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martes, abril 01, 2014

Del nacimiento del mundo y de mí mismo



o que yo pueda asesinar un día
en mi alma, al despertar, esa persona
que me hizo el mundo mientras yo dormía.

(A. Machado)

Cuando me topé, la primera vez, con estos versitos en un librillo de Machado me quedé hechizado. Se trata, como después reconocería A. García Calvo, del terceto de un soneto incompleto. Pero lo que me fascinó, era el revés de la cosa que funcionaba como una bisagra de un lado y el otro, teniendo siempre sentido y siendo siempre el mismo.

Porque, dada cierta ambigüedad gramatical en la composición queda la duda de sí lo que se quiere es i) asesinar a la persona que hizo el mundo mientras yo dormía, o ii) en el desdoblamiento, hablar de sí mismo, y desear el asesinato de esa persona (que soy yo) y que el mundo hizo para mí mientras yo dormía.

Y en ello me devanaba el seso: ¿cuál posibilidad era o cuál era la correcta? Y sin parar mucho en conclusiones podía suponer que ambas eran buenas y válidas. Hasta que me di cuenta que son una y la misma posibilidad. Pues esa persona que hizo el mundo fui "Yo".

Hace poco, una niña de una decena y media de años dio con una fórmula mágica que me fascinó y no dejo de pensarla y decirla como un conjuro o mantra. Acertó a formular en un lenguaje tan llano y simple algo que yo andaba buscando a tientas en mis enrevesadas proposiciones y guerreo. Dijo: "No quiero tener noticias de mí, de esto que soy". Razonamiento más limpio y demoledor no vi antes. Y yo que alguna vez la llevé de la mano a las clases de piano y música, me sentí como un niño descubriendo una verdad milenaria de su boca.

¡No quiero tener noticias de mí!

El mundo este (que no es mas que la pura noticia del mundo, porque ya se sabe que plantas, cosas, materia, tierra viva y los gusanillos ciegos que en ella pululan no se puede saber nunca demasiado qué son sino por la noticia que de ellos se tenga) y yo mismo como parte del mundo (como caso de cosa) en nada me distingo de él. Soy el mundo, gracias a mí existe (no por el viejo solo ipse de los latinos, sino porque yo creo en él y creyendo en él, teniendo fe en que existe es como me aseguro de que yo mismo existo y soy parte de él). La persona que me hizo el mundo mientras yo dormía es precisamente yo. Edipo al cuadrado.

Y por ello quería yo traer esto de la noticia de mí. Del rehuir a aparecer en ese lenguaje ideado de la fotografía y de la noticia. Que mi nombre, que ni es mío ni me pertenece ni nombra nada de veras de acá del otro lado de ese (meta)lenguaje de la Realidad, lo digan como dicen un nombre vacío, sin identidad, sin sustancia.

Porque escaquearme de mí mismo y del mundo se logra en la guerra de no dejar de hacer cosas, sin enterarse mucho de lo que se hace. Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, que no sepa yo que tengo manos. Que no sepa nada de mí. ¡Ah, bendita la boca que lo dijo con tanta claridad! ¡No tener noticia de mí! 

Claro que eso no es quedarse sin recuerdos, ni masa, ni ánimos, ni lenguaje ni nada. Es simplemente negarse a convertir esos recuerdos, este cuerpo, estos ánimos y este lenguaje en serviles al mundo y su Realidad. Convertirlos en Historia, en Cuerpo Ejercitado, Fe para el futuro y Ciencia. 

Una rebelión tan furibunda y alegre. Ah, ¡claro! Solo podía habérsele ocurrido a una niña de 15 años.

Ah, y luego, cunado tiempo después de leer los versitos de Machado, me enteré de que García Calvo, precisamente a estos, les había compuesto el resto del soneto para dejarlo como: 

[Que ya no puedo más tal vez me digo,
cansado de esta guerra que en mi pecho
muevo contra mí mismo, y doy por hecho
que soy yo el que no puedo y yo el que sigo.

Pero ése no soy yo, y con mi enemigo
vivir no quiero sobre el mismo techo,
cielo falso, que él pinta (me sospecho)
para que yo aquí muera al par consigo.

No: que alguien me arranque esta corona
que me pusieron cuando aún crecía
y ya contra las sienes se me encona,]

o que yo pueda asesinar un día
en mi alma, al despertar, esa persona
que me hizo el mundo mientras yo dormía.

(A. García Calvo - A. Machado)

Acaso baste con no saber demasiado de mí mismo para que el mundo y Alejandro se mueran a la par de una estocada de desesperanza. ¡De firme y alegre desesperanza!

viernes, diciembre 21, 2012

Del fin del mundo...


Ay, que se acaba, uy, que se cierra el negocio, que ya nos mandan a freir el churro a los santos infiernos. Nada, nada, que esta aurora, como la de ayer y la de mañana será exactamente igual de aburrida y rutinaria que las demás... acaso el signo más inequívoco de que, sí, era verdad, el mundo, hace mucho tiempo que ya se acabó.

¡El fin del mundo no es algo que ocurra en el tiempo! No, el fin de la cosa misma del mundo no puede ser que se de dentro del tiempo si su clausura, es la propia clausura de este tiempo (al menos del calendario gregoriano, vaya usted a saber si las lluvias de neutrinos y chorros de materia oscura que andan por allá por las galaxias, cuenten y midan los tiempos). El fin no se espera en el tiempo, eso es ya mera lógica.

Ahora bien, eso no significa en modo alguno que el fin no pueda tener su lugar. Tener lugar (que algún listillo quiera entender como tener su suceder en el tiempo, ya que tiempo y espacio, más o menos, vienen a ser lo mismo, pero no, no será así si el espacio sin ser trocado en tiempo es algo que se da antes del tiempo o que subsiste por debajo de él, corriendo a su par, sin una aparente modificación del transcurrir del propio tiempo).

Sí, una vez un loco le dijo a mi maestro, "Eh, tú, Calvo, que hablas del fin del mundo, ¡pero si eso fue hace tanto tiempo!", dijo y se sonreía desdentado. Y es verdad, hace tanto que el mundo ya no es mundo.

Quizá el mundo se empezó ha acabar hace unos tres mil quinentos años cuando unos pastores asiros comenzaron a hacer marquitas con un estilete en un forro de lana tejida para ir haciendo las cuentas de las cabezas de ganado y los censos de las poblaciones. Así se comenzó la lenta caída hacia el fin que nos va dejando varias pistas por ahí. La escritura alfabética fenicia, la ida de Colón a América, la invención de la imprenta y finalmente la creación del progreso progresado a partir de la creación del automóvil, el satélite y la producción estúpida del capital.

Ay, amigos, ¿realmente esperan el fin en el tiempo? ¿No se dan cuenta que es justamente el hecho de que el mundo esté conocido y redondo por sus cuatro costados? Si ya lo dice la palabra: "Definir" es dar fin, es delimitar y poner al mundo en la áridez de lo ya conocido de su geografía y de su rutina. ¡Ya se sabe lo que es! Y ya lo que pueda pasar en él, tiene el mismo razgo de aburrimiento, bostezo y desesperación que lo que pueda ocurrir en el Reino de Dios. 

Poco nos deben escandalizar los agoreros del fin de la historia y o del mundo. Desde San Juan a Boris Cristoff, pasando por Hegel o Harold Camping, es lo mismo... Predicen a toro pasado, ya el mundo se acabó, al momento de saberse, ya no hay nada que pueda pasar en él sino lo que estaba mandado que ocurriera.

¿No se dan cuenta la terrible situación? ¿No está el mundo ya tan muerto que a uno solo le puede pasar lo que ya estaba destinado a ocurrirle? El mundo ya se acabó, si no en el tiempo, porque eso es imposible, sí en su tener lugar. Ya no hay lugar para que ocurran cosas inesperadas y ello ya es suficiente evidencia de que el apocalipsis ya se consumó. 

Mefistofélico contrato que el hombre ha firmado con los poderes celestiales: ha cambiado la vida por la seguridad. Y así nos va, trocando significados, los unos por sus contrarios: ¿nunca se han parado a pensar que es posiblemente el hecho de estar tan obsesionados por nuestro fin, nuestra desaparición y abogando por nuestra supervivencia, el signo claro y distinto de que ya lo que hay aquí no puede llamársele vida? Pura espera de la muerte, aquí sentados, viendo al sol levantarse con su redondez sobre todo el orbe conocido. 

Acaso, haya, quién sabe, entre esas hendiduras de saber, algo que se pueda de veras vivir, que se pueda de veras palapar, que ya no sea ese devenir de lo ya hecho y lo ya dicho. Pero eso, queridos, tampoco ocurre en el tiempo... y caso tampoco le quede el lugar. 

miércoles, abril 04, 2012

El pacto


Cuando veo a mis perritas observo sus comportamientos. Sus vaivenes, las colas que se mueven, que juguetean, veo cómo se trepan las unas sobre las otras para verme desde la reja cuando vuelvo del tajo grasiento y sudoroso. Más divertido es verlas correr y jugar, se lanzan cual balas peludas o revolotean entre el pasto como cerditos en una pradera. Aunque también las escucho y veo gruñir, ladrar, establecer sus jerarquías, sus ordenes, sus "aquí mando yo", "eh, este es mi lugar, tú vete", subiéndose unas encima de otras, alguna de ellas llevará -o eso creerá, la pobre- el control sobre las otras dos. Una corre desbocada y las otras le siguen. Aquella se mete en su casa y las otras le siguen. Aquesta otra se tumba a mis pies para pedir cariños y las otras dos, ni tardas ni perezosas, se enciman cual montaña de pelos para ganar la caricia.

Están, continuamente, renovando un pacto. Alguna lo propone, las otras lo aceptan tranquilamente. El pacto es móvil, tiene aún esa gracia, porque ninguna es lo suficientemente fuerte como para mantener el poder todo el tiempo. Hay mandas de perros, monos y hombres en los que este pacto si tiene una continuidad desalentadora, de eso no cabe duda.

Y es de ese pacto del que yo ya estoy francamente harto. ¿A ustedes no les pasa? Es un pacto que se firma sin quererlo. Se nace a ese contrato. Un pacto en dónde líder y seguidores están ambos sujetos y que ni uno ni otro es más libre.

En todos lados vemos eso: el pacto familiar, laboral, político, moral, identitario. Todos son uno y lo mismo. El padre es padre y el hijo es hijo. El trabajador -llámese mecánico, reportero, servidor público, adiestrador canino, etc.- siempre tiene que estar guardando su papel. He conocido gente de lo más cínica y desvergonzada que de pronto la encuentro hablando de moral y de justicia, sólo porque ahora es policía. O el servidor público esclavo de los partidos, los reporteros en su papel siempre mandado por el editor, el escritor y artista siempre pendiente de lo que los mercados públicos y modas se encaprichan -que si novelas históricas, o género negro de los urales, o vampiros o conceptualismo o land-art o...-, los jefes, evidentemente, siempre con el trabajo de mantener la idea -cual sea que sea, de subir su empresa, de ganar más dinero, de producir mejor, da igual-, o el marido que ha optado por dejar de hablar con su mujer, no vaya a ser que en una de esas le diga algo de verdad, todos cumpliendo su papel como mis perritas. Como yo mismo.

Ese tristísimo pacto con la Realidad de ser quién se es y de defenderlo hasta la última de las consecuencias. Defender el nombre, la profesión, el quehacer, la persona en resumidas cuentas. Como decía aquella canción de García Calvo:

Todos tienen su idea: son ellos
los reyes del aire.
Y si tú ves que, cuando a todos
los cierre en la cárcel
de los versos y que la música
ya se apague,
yo me quedo a las nubes
mirando distante,
recuérdame y dime «La veo ahí
la cara del que sabe».

Porque el caso de ese pacto es que nadie gana. No seamos tan ingenuos que el jefe es más libre que el obrero. Que el rico es más feliz que el pobre. Que el profesionista independiente y educado está más realizado que el obrero ignorante. Aquí todos pierden. Todos viven esclavos de la idea y del aire. ¡Y con tan poca gracia...! ¡Por tan poca cosa! Que si fuera una caricia del ovillo de pelos de esas mis tres perrillas, o por correr y alcanzar a la flecha de pelo marrón que se lanza a galopar montaña abajo...

No, en este pacto al que todos nacemos -y algunos ratifican con más ímpetu que otros- no tiene más que ofrecernos que nuestro lugar en la Realidad. Un lugar. Eso es lo que da. Dinero, prestigio, fama, cartera, persona, arte, cultura... son cosas que en último lugar dan fe y constancia de ese lugar que ocupa uno. Su triste nombre.

Me emborrono. Nada puede servirme de intercambio como para dejar de ser un rato yo mismo e irme tras el primer perro que cruce a mi derecha, sacándole la vuelta a la Realidad y sus pactos.

viernes, febrero 24, 2012

El triunfo de la muerte


Cuando estos huesos tuvieron, casi por casualidad, que pasearse entre las galerías del Museo Nacional del Prado, ya sabían la existencia de este cuadro por demás medio morboso de Brueghel. Así que cuando llegué a la galería de la pintura flamenca me quedé un rato viendo este cuadro e imaginando toda esa estética medievalista apocalíptica: los cartujos que entran danzando a rostizarse en las llamas mientras cantan loas al señor, las procesiones de penitentes que caminaban de un lado al otro de Alemania azotándose las espaldas gritando que el fin de este mundo pecador estaba cerca, los cadáveres olorosos de las brujas en los Países Bajos, la hediondez de las piras de muertos ardiendo consumidos por la lepra y la peste... y en fin, todas esas lindezas que parece que la modernidad se empeña en hacernos pensar del medievo, un poco por no tener nada que decir y otro tanto para hacernos creer que todo eso no eran más que supercherías de ignorantes y fanáticos.

Y claro, frente a ese cuadro y esta representación de las épocas, un no puede evitar la suspicacia. ¿No eran aquellas alegres canciones del Carmina Burana unas tonadas llegas de alegría y desenfado? ¡Mucho más que las taciturnas e idiotizadoras canciones de amor por el ideal o jolgorio para el beber que hoy padecemos en esta época moderna! Los goliardos no lo pasaron tan mal: In taberna quando sumus. Y aunque es verdad que los Carmina Burana ya se acercan al Renacimiento Carolingio, no es menos impensable que antes al pueblo -ese pueblo que no es nadie y que, por consiguiente, no entra en la Historia- no le debería de ir tan mal.
Y sin embargo, lo que nos queda es el miedo. ¡El miedo a la muerte! Ya no entraremos aquí en las consideraciones acerca de la propia muerte, sino sólo en su miedo... Aunque, nada más para dejarlo ahí, sacamos aquella frase de Epicuro que ahora mismo no recuerdo en qué fragmento está, de que a la muerte no se le tiene que tener miedo porque no es una cosa que le ocurra a uno. Creo que de estas lindezas ya hablamos en otra ocasión y no quiero dentenerme más en ello. Lo básico de la muerte es que sea siempre futura y que nunca llegue a su término. Basta con que tengamos esa idea fija de lo malo de la muerte para que la sarta de cartujos se lance al fuego o los penitentes ronden plañendo en las calles.

El trampantojo está montado independentemente de las épocas. Lo vivimos hoy mismos, que si crisis, que si narco, que si SIDA, que si banco. Y ustedes me disculparán que ultimamente esté hablando de casos concretos en este intento de desmontar la Realidad, cosa que ya me he pronunciado en contra. Porque cuando uno habla de casos concretos, tiende mucho a perder la perspectiva de lo general y la verdad uno patina mucho en cosas contingentes... valga la aclaración para decir que si nos valemos de verbigracias son únicamente en loor de su utilzación para mostrar lo que está pasando en todas las sociedades en mayor o menor medida, apuntalando estas u otras instituciones de la Realidad.

¡Y es que la muerte es la mayor institución de la Realidad! ¡La primera, si tomamos en cuenta que el tiempo cronológico prácticamente nace junto con la muerte misma!

Pero a lo que voy. Ha vuelto sobre la mesa este debate sobre la pena de muerte en los territorios de México, debido a los sucesos que acontecieron hace unos cuantos días en el penal estatal de Apodaca en Nuevo León. Informarse de las noticias es algo muy penoso, así que digamos que durante una jornada cualquiera, celadores y prisioneros decidieron exterminar a 44 reos de la banda contraria y después darse a la fuga. Los nombres, por ahora, son lo de menos. Que si gobernadores, que si directores penitenciarios, que si esto que si lo otro. La cuestión sorprendente es que ante estos sucesos la gente está a nada de celebrar la muerte de 44 personas simple y sencillamente por su noción de culpabilidad criminal.


Aunque ello tuviera su sentido, no vamos a meternos -aquí y ahora- a debatir qué sea eso de la culpabilidad criminal o cómo el Estado y Capital fundidos en una sola y única Realidad vienen a producir sistemáticamente criminales a través de sus leyes y sus administraciones. No. Vamos a saltarnos eso, porque aún nos distraería de a donde quiero ir.

Y sobre este clima de crispación, vuelve la burra al maíz, vuelve a estar sobre la palestra (no tanto en los medios, sino en el cruce de pláticas con el común) el tema de la pena de muerte. Y si tanto eco se oye entre la gente, ¿será porque realmente lo quieren? ¿Realmente quieren entregar al Estado (y un Estado completamente disfuncional) el poder para disponer de la vida de cualquiera según las legalidades burocráticas pertinentes? ¿Por qué íbamos a desear que el Estado tomara semejante decisión?

Independientemente de cuestiones morales, de quitar una vida, de matar, en suma. La pregunta es: ¿hasta es punto ha triunfado el miedo? Miedo que no es otra cosa que temor a la muerte. ¿Hasta ese punto ha llegado la propaganda y la exposición en los medios de las imágenes de terror? El telediario acaba cumpliendo las funciones de la fachada de una catedral o de este arte apocalíptico de Breugel: el de procurar el triunfo del miedo, que la gente tema de todo. Hasta de los prisioneros que están tras las rejas.

Y ahora planteamos la pregunta: ¿a qué le tememos? ¿A qué le tenemos miedo? ¿A la delincuencia? Pues parece que sí y parece que no. O mejor dicho, parece que el miedo a la delincuencia es sólo una caricatura monstruosa de un miedo del que los propios narcotraficantes, asaltantes y secuestradores son parte. ¿A qué le puede tener miedo un secuestrador? ¿Qué es lo que hace que funcione tan bien este sistema en dónde llega un punto en donde policías y criminales son absolutamente indistinguibles? ¿Qué es lo que nos hace tener miedo?

Al final, reponiendo a esas preguntas volvemos a esa cuestión que no debemos olvidar: la Realidad, por más que se presente en forma de asesinatos y secuestros y robos, no sigue siendo mas que una pura ilusión. Una ilusión sangrienta y violenta, pero una ilusión al fin.

¿No será una cosa accesoria pedirle al Capital y al Estado que nos den pena de muerte? Si al final todos estamos medio muertos y medio condenados. Entregados al trabajo o a cualquier otra actividad, el sustituto de vida acaba llevándoselo todo: las muertes violentas son algo que solo están ahí para distraer y horrorizar, haciendo creer que por no tener una muerte violenta o pobreza o drogadicción, tenemos una vida.

Si todo se trata de una ilusión, y como decía mi maestro: "El fin del mundo ya ha tenido lugar...", hay que decirlo claramente, la Realidad se construye gracias al miedo y luchando contra el miedo, es como se lucha contra ella.



lunes, diciembre 12, 2011

Contra la democracia

Quieren que nos contemos. Quieren timarnos una vez más. Quieren que nos miremos a la cara y lancemos una moneda al aire, y lo peor: quieren que creamos que es nuestra decisión.

Decida usted: Vote.

¿Y qué podemos hacer? Decir aquél refrán viejo español de «A falta de hombres buenos, hicieron á mi padre Alcalde».

Y aunque aquí no encontrarán adhesiones ni partidistas ni de candidato ninguno, lo cierto es que no podemos dejar que gane la tele. Así sin más. No puede ganar la tele. Es imperativo que, cueste lo que cueste, no gane la tele. Porque entonces sí, ya valió madre, lo que costaría meterle del diente a pareja tan perfecta hecha a base de Estado-Capital-Tele, todo mezclado y sin diferencias para crear una especie de organismo totalitario que en triada nos meta sus discursos sin doblez ni reparo ninguno.

¿Usted se deja contar, pregunto yo? ¿Seremos tan imbéciles como para dejar que nos conviertan en un numerito y nos hagan decidir? ¡Escoge tu yugo! ¡Escoge tu yogur!

Porque parece que ya entendieron los de arriba que en la democracia, la política y los políticos son lo mismo que cualquier producto barato del capital. Que da exactamente lo mismo que tan bueno o que tan malo sea, sino que lo que importa, es que lo aparente. ¡Nunca el maquiavelismo había sido tan poco maquiavélico! O lo que es lo mismo, nunca lo vacío del príncipe había estado tan expuesto, tan expuesto que no hay absolutamente nada detrás de los políticos sino el discruso constante de los medios de formación de masas!

Dicen que no hay esperanza. Que los dados ya están lanzados y no podemos más que asistir a la realización de lo que pactan las encuestas pagadas de la tele.

¡Y sin embargo la solución estan seniclla! ¡Y está tan al alcance de la mano! Tan al alcance de nuestro control remoto!

Supongo que recuerdan aquel cuento en que un Rey de oriente quería lucir, en un desfile, el mejor traje que jamás pudieron haber confeccionado. Y ningun hilo ni seda le acababan de gustar. Hasta que un astuto comerciante le aseguró que el tenía la tela más bella de todas... Una tela invisible que, sin embargo, supo vender tan bien con tantos halagos y bellas palabras, que no pudo menos que encantar al Rey y a la corte entera. Y ahí tenemos al Rey encuerado, caminando al frente del desfile, mientras toda su corte y plebe aplaudian tan bello traje.

Y no podía ser mas que un niño el que descubirera lo que ya todo el mundo sabía: Y es que el Rey está desnudo, mucho copete, pero completamente desnudo. Eso ya todos lo saben: y hasta de exponen en revistuchas de intelectualoides mercenarios para ver de qué manera se puede disimular esa desnudez del candidato. ¿Cómo disimular mejor? ¿Cómo mentir mejor? Esa es la cuestión a debatir en el régimen partidisto-democrática que padecemos.

¿Qué hacer contra este régimen democrático tan poderoso y a la vez tan endeble e inmaterial como un espectro de banda televisiva? ¡Es tan sencillo! Apague la tele. Dejemos de ver al Rey desnudo. Si el momento llega de votar contra la tele, se hace sin mayor espaviento. Pero eso que se presenta tan brutal en forma de encuestas pagadas, lo único que necesita es que se les ignore. Que se diga: "El precandidato está desnudo". Y se apague la tele, se cierre el periódico, se quite de en medio a tanta corte pagada y a dedicarse a otras cosas que hacen menos daño y sin duda son mas importantes que recordar lo obvio.

A la otra nos ocupamos de cuestiones más metafísicas, que no dejan de ser importantes, de cómo no se pueden contar a la gente, ni al pueblo y que todo régimen democrático se asienta sobre bases aritméticas equivocadas. Por ahora es suficiente.

sábado, abril 23, 2011

La bondad de las máquinas


Siempre hay algo de conciencia por ahí estropeándolo todo, ¿verdad? Cuando estamos a punto de cantar una canción, tocar un instrumento, hablar o teclear aquí mismo en una computadora, aparece ese fantasma de la toma de conciencia para arruinarlo todo. Para enrojecernos la cara de vergüenza, para hacernos olvidar cómo pasar las manos por los trastes y las cuerdas, para enredarnos las lenguas con temores y barricadas o para hacernos patentes que aunque podemos teclear con una fluidez envidiable, nunca sabremos qué letra está al lado de la R sin ver el teclado.

Así es: la conciencia es un estorbo. Una monserga. Un trampantojo ridículo que lo único que hace es estorbar a la bondad de las máquinas. La máquina de la música, la máquina de la lengua, la máquina del subconsciente que no pueden sino hacer cosas y cosas buenas llenas de arte y buena técnica.

Las máquinas, siempre y cuando sean máquinas de verdad, siempre son buenas. Acaso de ahí se explique ese terror de la ciencia ficción de que, algún día, una máquina, tome conciencia de sí misma –es decir, se haga como hombre- y no pueda más que volverse mala. Pero las máquinas… las máquinas por sí mismas siempre son buenas. ¿No?

Y supongo que alguno o alguna, muy amante de su propia conciencia, llegue a pensar que si andamos por aquí luchando contra la Realidad, pues, «no hay mayor lucha posible que la que se hace desde la conciencia.» Y así en el gran trampantojo –no ya de la Ilustración y la modernidad, que sería demasiado achacarle a ellas semejante error- sino al capitalismo puro y duro, podemos llegar a creer que es la toma de conciencia de sí mismo lo que nos salvará de nuestra constante caída en la Realidad.

Pero no.

Ay, no.

Que nuestras conciencias o, más pedantemente, nuestros ‘yoes’ respectivos de cada uno de nosotros los que leemos esto –el mío, desde luego también-, no son más que meras cosillas de la Realidad y cómo tal jamás podrán luchar contra ella. ¡Es justamente desde la conciencia que se actúa como la manada lo manda! Cómo el capital lo suplica. La gran mentira del capital es la formación del individuo a partir del imperativo de soberanía de la Ilustración. Si el siglo de las Luces con aquellos franchutes modernistas pedía hombres libres, los Estados se encargaron de producir ciudadanos y el Mercado se encargó de producir consumidores.

Evidentemente aquí lo que está en predicamento es la libertad. Pero… ¿qué tiene que ver esto con las máquinas? Bueno, que no seremos tan pretenciosamente estúpidos como para suponer que si no hay conciencia –si no hay individuo, ni yo, ni sustancia dentro de los nombres propios- (o por lo menos esa es la intención un poco para caernos de la Realidad un poquito y de vez en cuando), pues ¿vamos a caso a suponer por ello que no se hará nada? ¿Qué sólo nosotros como conciencia somos capaces de actuar?

Eso no sólo es falso sino ridículamente pretencioso. No sabemos nada. Y ese no saber no significa que no se pueda hacer nada –y acaso ‘saber’ sea justamente lo contrario de ‘hacer’, aunque eso, ya algún día lo hablaremos con más detalle si se pre
senta la ocasión-, sino que en ese lugar en dónde no habite la conciencia y podamos exorcizar a ese parásito llamado Alejandro Vázquez Ortiz, pues podamos, ¿quién sabe?, llegar al desgarro que aquí estamos buscando. Llegar al punto en donde se quiebra la Realidad y cosas nuevas –cosas que no estaban hechas y por tanto no pueden formar parte de la Realidad, al menos no de momento-, puedan ocurrir.

Claro que esta sugerencia a muchos nos asusta. ¿Cómo no iba a asustarnos si nosotros mismos, yo, tú y todos somos la fortaleza misma de la Realidad? Y la propia lucha contra la Realidad es siempre una lucha contra uno mismo. ¡Ah! Pero eso que aflora cuando la conciencia se va de paseo –eso que ya los antiguos achacaban a las musas con aquellas invocaciones a la inspiración, achacando a otros lo que no podía ser de uno. Y en fin, aquí mismo cuando realmente se logre dar con algo de más o menos sentido común, será porque acaso hemos podido desembarazarnos un poco de nosotros mismos y dejar que la máquina de la razón razone y hable por nuestros dedos de forma casi inconciente.

Así que dejemos a un lado esos malentendidos y dejemos que las máquinas hagan lo que tengan que hacer, que seguro siempre será algo mucho mejor que lo que nosotros podamos hacer. Dejarse hablar, dejarse razonar, dejarse cantar, dejarse hacer todo lo que no esté hecho… Y a ver qué pasa. A ver qué ocurre. Estoy seguro que ocurrirán cosas mucho más interesantes que estar viéndolo todo desde la cobarde y mentecata sensación de que soy ‘yo’ quién piensa esto que pienso y por tanto al pensarlo no puedo más que estarme cuidando. Acaso descubramos que las máquinas en esa bondad prácticamente gratuita que proporcionan siempre han sido mucho más soberanas que cualquier individuo.

(Ahora que voy terminando, me empiezo a preguntar si acaso, diciendo todo esto que digo, no me he preocupado en dejar claro acaso qué es una máquina y cómo es que muchas de lo que hoy consideramos ‘máquinas’ no lo son, pero en fin, eso será para otro día, pero igual ustedes, acaso cuando tengan la gracia de estar lavándose los dientes, comer o ir montado en el camión a sus casas, gracias a que todas estas cosas se realizan maquinalmente, puedan estar gustosos de revolcarse en el problema y a ver qué sacan).


sábado, febrero 19, 2011

Amor y guerra: la palabra



Y acaso nos toque, de vez en cuando, como no queda más remedio, hablar de lo que habla. O lo que es lo mismo palabrear con las palabras.

Porque ante la palabra, algunos solemos quedarnos boquiabiertos aún. ¿No es cierto? Y es que hay tanto que decir de las palabras… Como ya dijimos una vez –hablando un poco sobre la falsa diferencia entre lo ideal y lo material-, aquello de que la mejor arma contra la Realidad era siempre la palabra, por más que nos quieran hacer creer lo contrario.

Y es que es tan sencillo descorrer el velo de la mentira, que se vuelve absolutamente indispensable tapiar las bocas, neutralizar la palabra y condenarla a una mera negociación en el intercambio de ideas y opiniones.

i) Por un lado valdrá la pena recordar acaso, así al mero vuelo, porque ya más o menos lo hemos hablado antes. Que eso de que las formaciones de individuos se basen principalmente en la encuesta y recolección de opiniones, puntos de vista e ideas personales, no se logra mas que la perpetua negociación de la Realidad.

Si se negocia, ya no se está atacando ese pacto de fe. Que sobre el poder de la Realidad no se puede invocar ni anteponer el poder de nada. Ni imaginaciones, ni sueños, ni nada de eso puede estar negociando con el poder o pactando para suplantarlo en las privacidades.

Ay, que los Estados y Capitales nos venden la idea de que cada uno, en sí mismo y sus contratos puede convertirse con mucho tiento y apasionamiento, en un pequeño Estado, en un pequeño Capital…

ii) Pero lo que realmente me gustaría acaso apuntar es acaso la manera de que la palabra puede seguir ayudando a lo que intentamos aquí. Y es que acaso es en el Amor y en la Guerra en que la palabra vuelve a estar llena de significado.

Las palabras se vuelven casi necesariamente precisas. Porque hieren y curan. Esto es, traspasan al individuo. Hablar, cuando de verdad se puede hablar de amor y hacer la guerra que importa con la boca: es cuando el individuo se quita de en medio, cuando deja que la palabra florezca como algo que está siendo hablado desde otro lugar que no es el mismo.

En ese sentido: razón y sentimiento son lo mismo.

Sentir la herida del mundo es querer curarlo. Querer curarlo es querer guerrear con la Realidad. Guerrear con la Realidad es casi guerrear contra uno mismo. Contra esa cosa que soy yo y que no me deja hablar mas que para decir mi opinión.

Simplemente, estaba tentado a querer mostrarles lo que creo que el lenguaje, al dejarse manifestar –que no usarse-, puede realmente hacerle un verdadero roto a la Realidad.

Amor y guerra, lo que cura y lo que hiere. Palabra puede ser ambas. Arma arrojadiza o caricia delicada. La palabra, cuando es pronunciada por un amante o un enemigo, se vuelve de nuevo cargada de sentido. El amante puede conmover o herir, el enemigo puede devastar o enmendar.

La palabra vuelve a tener la significación de desgarro. No se trata ya de un mero intercambio de informaciones más o menos prosaicas, más o menos cotidianas, más o menos importantes. Se convierte entonces el vehículo por el cual ocurre lo más importante que tiene que ocurrir en la Realidad para que algo pase: desgarrarse, deshacerse, desechar de una vez la persona que posee la lengua en la que se habla.

Ese caerse de la Realidad que a algunos les pasa cuando hablan –cunado hablan de verdad y no para decir lo que ya fue dicho, sino para ir buscando en la cabeza algún hálito nuevo (o acaso vetusto y original)- para decir algo que pueda sonarnos nuevo.

Entonces, lo verdaderamente nuevo es la posibilidad de que la piel, de uno y de otro –enemigo y amante- se desgarren de una vez y para siempre, para poder perder de vista la Realidad.

Ese es el verdadero milagro de hablar. Lo absolutamente gratuito que resulta y que cuando ocurre de verdad, la vida de un vuelco para salirse de la Realidad. Hablar de verdad sólo puede ocurrir al margen de la Realidad.

Por eso se empeñan las entrevistas, encuestas y periódicos en convertir todo en una suerte de conteo aritmético, en un vuelo de águila que más que hablar con las cosas, únicamente las someta a una despiadada forma de conocimiento. Saber lo que se piensa, los programas de la televisión, las opiniones públicas, las elecciones municipales; todo es el gran simulacro de la negociación de las libertades y avances de las democracias representativas.

Negociar con la Realidad es hacerla siempre más poderosa.

Hablar es la única opción.

Aunque, no vamos a dejar de decirlo: ¡lo difícil que es hacerlo! Hablar de verdad es un acto tan absolutamente nuevo y violento que muchas veces no tenemos más remedio que callarnos.

Y aunque no valgan para nada, ni aquí ni en ninguna otra parte, los ejemplos personales ni los detalles, puesto que un servidor, como cualquiera de los que en este momento leen, no son más que un caso de cosa y acaso, únicamente tenga sentido contar lo que le pasa a uno a condición de recordar que uno que soy yo, soy cualquiera.

Siendo que, como siempre, el primer baluarte donde la Realidad se atrinchera soy yo mismo, la tarea de hablar siempre está poniendo en juego a mí mismo. De lo que se trata es que al dejarse hablar, lo único que puede pasar es que toda la intimidad constituyente de los individuos se vaya al trasto. La amenaza es viva y real: lo que se está jugando siempre en ese hablar es la justificación de todo lo que soy.

Hablo de verdad acaso cuando se muestra ante todos y se ventila, de alguna manera, el secreto de mi mentira. Que yo no puedo ser Alejandro Vázquez Ortiz. Cuando hablo de verdad, el nombre desaparece.

Evidentemente yo no lo logro. Fracaso siempre. Acaso por eso me entretenga en volver, como un mal inventor y peor constructor, sobre estas máquinas. Por eso mismo está siempre el empeño y la lucha. Por eso mismo esta siempre el intento y nunca el triunfo. Y acaso sólo en destellos, en breves apariciones de esto que hablo se dejen ver de vez en cuando, no ya en lo que hablo, sino en lo que consigo ir aprehendiendo con los oídos de todo lo que me rodea.

Lo que ocurrirá en ese hablar, eso nadie lo sabe. Sólo se puede adivinar que es puro descubrimiento, es puro brotar de nuevas cosas. Cuando el mundo se habla y en ese hablar se forma: hablar de verdad sea la única manera de andarlo hacia atrás. De sumergirse en el descubrimiento de que el mundo todavía no está del todo hecho, todavía no está del todo muerto.

Porque hacerle la guerra a la Realidad es siempre amar el mundo. Porque amar el mundo es siempre hacerse la guerra a uno mismo. Porque en esta guerra no haya paz perpetua de los cuerpos, sino desgarro vivo de la persona… y vuelta a empezar.


martes, enero 11, 2011

Espera...


El que espera desespera,
dice la voz popular.
¡Qué verdad tan verdadera!

La verdad es lo que es,
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés.

(Antonio Machado)


Conjuro sea esto, del buen Machado, para iniciar el desgrane del tiempo. Conjuro sea al corazón para que nos cicatrice las heridas cual lametones de triste y rutinario quehacer. Y que así, convirtiendo esa flecha surcando el espacio –mezclándose con él-, haremos, si podemos, una margarita que deshacer con los dedos de síes y noes esperando no volverla a esperar.

Pero… claro, esto no será más que un intento. Un sortilegio, poderoso o no tanto, que lanzaremos, como cruzando en la tierra un círculo de sal y ¡hala! Ah, y a ver que tal nos sale…

Y es que la guerra contra esta Realidad es casi siempre una guerra contra el Tiempo. Y esa guerra contra el Tiempo es, casi siempre, una guerra contra uno mismo. Ansí que a ver que tal se nos da.

Allá que se traza con firme creencia la negación de la espera. ¡No voy a esperar! Gritamos todos los nuestros en la constante y perenne desepción del ideal. ¡No voy a esperar!

Pero lo vuelto del revés sigue siendo verdad. Y acaso en esa perpetua desepción se halle siempre a la vez la espera encerrada, vuelta hacia atrás. Que bien dice el conjuro:

La verdad es la que es,
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés.

¡Ay! Y es que habrá tantas cosillas, mentirijillas, colándose entre ese círculillo trazado en la arena. Y la primer mentira soy yo. ¡Yo soy lo primero que espero! Qué ese mandato de realización y futuro y supervivencia es la primera espera de todas. Y claro, es en mis sueños, en trabajos, dineros, pasatiempos, amores, verdades y nombres, donde en juego se encuentra el éxito de nuestro conjuro. Qué el conjuro del tiempo y la espera, es siempre un conjuro de mí.

Naturalmente no esperamos lograrlo tampoco del todo. No es ese el mandato de cruel amotinamiento contra uno mismo el que nos importa, sino simplemente el reconocimiento de que aquello que espero, siempre es lo que está aniquilando lo vivo que corre debajo.

No seré yo el que lo disfrute, ciertamente. Que lo más probable es que como cualquier vulgar hijuelo de vecino, seguiré entre mis carnes mañana, volviendo del curro con el maletín en el hombro, cansado, con una taza de café en la mano… El ceño enjuto por… bueno, porque este conjuro absolutamente defectuoso tampoco sirve para mucho… Pero por lo menos, y acaso con la misma tortura de siempre al volver a meterme en la cama y acaso no esté lo suficientemente cansado, puede que vuelva a estar ahí aplastado, repsando la espera de mí mismo, siempre pospuesta, siempre lejana.

¡Qué la otras personas desepcionen los ideales es algo tan cotidiano que apenas merece atención! ¡Lo auténticamente terrible es que en la espera de la realización (de su Verdad), las cosas –y yo y usted, querido lector, no somos más que un mero caso de cosa- están permanentemente luchando en una cosa y la otra!

No suele haber tregua en esto. Acaso haya que despreciar, con toda la benevolencia que se pueda, ese contar de los relojes, las promesas, los amores, los futuros, los dineros, las facturas, los contratos y los trabajos. Y digo benevolencia para no acabar dándole la vuelta a la cosa para acabar en esa tupida desilusión de la esperanza, que no es más que lo contrario de esa especie de ilusión de lo mismo.

Cada vez más endebles se vuelven las trabajos de este blog. Pero, lo cierto es, a pesar de todo, que cualquier corazón que sienta el peso del ir y venir del tiempo, hiriéndolo constantemente con esa punta que no cesa de atravesarlo en perpetúa fuga… pues no queda más que la festiva posibilidad de aliarse con el descreimiento, la alegría y un poco tanto del olvido –olvido de sí, que es olvido del tiempo-. Para ver si por fin esa flecha se vuelve flor. Para ver si un día de estos realmente el tiempo acaba llegando al corazón y tocarlo.

Hoy fue lunes… y la Santísima Semana que el Señor insitituyó para las labores del Progreso acaba de comenzar. Una cosa os pido: no esperen al sábado… por acá tenemos los ojos llenos lágrimas –por no decir ni invocar a las esperanzas- deseando, cruzando los dedos, tocando madera, para que nunca llegue.




Que no haya Domingo en tu vida, ni Sábado más…


domingo, abril 11, 2010

Buenos días, Don Nadie


I'm Nobody! Who are you?
Are you - Nobody - Too'?
Then there's a pair of us?
Don't tell! they'd advertise - you know!

How deary - to be - Somebody!
How public - like a Frog -
To tell one's name - the livelong June -
To an admiring Bog!

(Emily Dickinson, Variorum edition, 288)


¡Soy Nadie! ¿Quién eres tú?
¿Tú eres – Nadie – también?
¿Entonces ya somos dos?
¡Calla! ¡Lo proclamarían – ya sabes!

¡Que aburrido – ser – Alguien!
¡Qué vulgar – como una Rana –
Decir nuestro nombre – todo el largo Junio –
A una Ciénaga que te admire!


¿Cómo se puede ser alguien? No ya sólo en la vida sino en el puro lenguaje que nos enuncia. Si mi boca dice: «Soy alguien», ¿no estará ya ella misma mintiendo? ¿Cómo va a saber la lengua que hay algo detrás que habla?

Y como ya lo dijimos una vez, esto del hacerse persona sólo puede ocurrir en la medida en que uno se contempla a sí mismo. Se logra básicamente con la trampa maledicente que dice que uno es el reflejo del espejo, cuando no puede haber nada más falso. Simple y sencillamente porque la vista no se puede ver a sí misma, tal y como el lenguaje no puede hablar de sí mismo.

Está ahí. Estamos ahí, o por lo menos eso parece. Pero de ahí a ser Alguien –alguien en el sentido de que sea uno, no que sea algo, ya que si es uno, necesariamente tendrá que ser él todo uno, impidiendo que así, dentro de sí se un simple algo-, hay una diferencia considerable.

Luego, ¿qué hay acá abajo? ¿Qué hay del otro lado de la Realidad? (Ese Ojo que esta observándolo todo desde lo Alto y que pretende que todos veamos con su mirada) ¿Qué hay aquí abajo? ¿Qué dice la boca cuando se sincera consigo mismo?

Soy Nadie, o lo que es lo mismo soy cualquiera o más lógicamente, si algo que no es uno. Y si hay algo de amargor en ese descubrimiento, no será nunca, eso lo puedo asegurar, debido a la suplica constante de la Realidad (de Dios) que pretende realizarse con furia entre los mortales, a base de pasaportes, cuentas bancarias, nóminas personales, currículos y números de identificación fiscal.


domingo, noviembre 01, 2009

¿Qué es Realidad?: Hablando de lo Real (otra vez)


Frontispicio de Mundus subterraneus, in XII libros digestos; quo divinum subterrestris mundi opificium, universae denique naturae majestas & divitiae summa rerum varietate exponuntur, de Athanasius Kricher (1665)


Otra vez volvemos a hablar sobre lo mismo porque es imposible acabar el tema y decirlo del todo…

Hasta mis oídos han llegado justas quejas a las que hay que dar razón aquí. Queja clara y queja de cualquiera: Que para estar en contra de la Realidad, aquí se la mienta tanto a mansalva que no habrá manera de decir nada en claro, nada útil.

Por un lado, es cierto que REALIDAD es una palabra culta: una palabra del poder que únicamente se utiliza para el servicio del poder mismo. Una palabra que viene desde arriba y que no tiene nada que ver con el uso común y corriente en el hablar de cualquiera. Y no es poco el riesgo que al utilizarla y mentarla tanto en estos decires se nos vaya perdiendo el significado ella quiera decir.

Realidad es suma de cosas, pero cosas que son todas y cada una ella misma (si no fuera así, no podrían sumarse). Sin embargo hay otras notas constitutivas de la Realidad que es importante decirlas para que quede claro por qué hablamos contra ella. Que no será por afán de vivir entre sueños e ilusiones –que son ellas otra cosa más de la Realidad (tan necesaria para ella como las cosas concretas y los números naturales).

1) Que se puede hablar de la Realidad: esa es una de las notas más modernas y que no siempre ni en todos los casos se ha aplicado. Ya tenemos a los místicos y teósofos neoplatónicos y medievales que aunque admitían una Realidad –una cosa que era suma Verdad-, esta sólo podía ser Dios y que de Dios no se podía hablar siendo el supremo Uno… que al hablarlo y someterlo a la palabra no tenía más remedio que descomponerse en la díada.

Pero en fin, no nos perdamos ni distraigamos… valga ello solamente para decir que el hecho de que ‘haya’ o no Realidad es muy distinto del hecho de que a esa Realidad se le preste la palabra para describirla. Aunque esto de que de la Realidad se pueda hablar es un decir: ya que la pretensión de esa palabra que dice al mundo no será sino la pretensión de una tautología de algo que el mundo –si acaso habla- está diciendo ya de sí mismo. Y así cuando un científico cualquiera describe un fenómeno cualquiera de cualquiera de las cosas de la Realidad no estará sino reproduciendo el discurso que ya de sí la cosa tenía grabado consigo.

Sin embargo, esta característica es sumamente importante: que se puede hablar de la Realidad y no perderla entre sus hablares. Que se pueden contar las cabras más allá de que haya o no haya cabras, que se pueden manejar y dar número, p. e. a los peces de una pecera o las hojas de unos árboles y en ese hablar se captura, de alguna u otra manera, la Realidad.

2) Que la Realidad está cerrada: Nota importantísima. Sea que se pueda hablar de ella o no, lo absolutamente imprescindible de la Realidad es que este cerrada. Que si en un momento dado los discursos sobre ella se equivocan, no se equivoquen porque la Realidad ha cambiado, sino porque las razones no habían sabido descubrir el secreto ya sellado que mudo en sus labios siempre había estado escrito.

Así cuando no se sabía nada de la teoría de la evolución, cuando se descubre… no se trata de que hay un cambio en la forma del nacimiento y transcurso de la vida en el planeta, sino que se descubre el verdadero secreto que desde siempre la Realidad estaba hablando por lo bajo.

Naturalmente esto no significará que las ‘cosas’ que componen la Realidad, como la mesa sobre la que escribo, yo mismo o usted que lee, no cambien… sino que hasta las propias leyes y causas de tal cambio –que no pueden ser sino procesos y más cosas de la Realidad que a su vez se le puede dar nombre y cupo en un libro cualquiera de filosofía, tales como principio de causalidad, etc.-, estén reguladas desde siempre y para siempre por medio de las explicaciones de tales movimientos. De esta manera la mesa se puede transformar siempre y cuando admita dentro de esa transformación todas las leyes ya descritas por la ciencia sobre cómo las mesas tienen que cambiar para poder seguir siendo mesa a pesar de haber cambiado.

3) Que todo lo que no es Real es nada: O dicho de otra manera que la Realidad es todo lo que hay y de esta manera todo lo que hay es Real.

Es gracias a este tercer principio que se puede llegar a pensar que lo que aquí nos traemos es nihilismo puro y duro… que luchar contra la Realidad será embarcarse en aplastarlo todo y demolerlo todo. Es este principio el que puede confundir esta lucha con descarnado ejercicio de angustia y de aniquilación. Naturalmente esto no es así. La Realidad dice: «Yo soy todo lo que hay», y no puede sino estar mintiendo, claro esta.

La Realidad necesita ser, toda ella, lo que hay. Por ello mismo se hace necesario la Nada para que todo funcione… esa nada que la negatividad tan pura y tan absoluta que sólo puede ser una afirmación.

Esto es: la nada de Meliso de Samos. En efecto de ello nos cuenta en sus glosas a la Física de Aristóteles, el buen Simplicio:

Y Meliso demostró que ello es inmóvil por el mismo motivo de que es necesario que si el ser se mueve, haya algún vacío del ser hacia el cual pueda desplazarse; pero demostró previamente que el vació no es posible. Dice así en su propio escrito: «Y no hay ningún vacío, porque el vacío no es nada: ¡y la nada no podría ser! Tampoco lo que es se mueve: no tendría lugar alguno donde desplazarse, pues es un pleno. Si hubiese el vacío, podría desplazarse en el vacío; pero, puesto que el vacío no es, no tiene donde desplazarse. Tampoco podría ser denso o raro. No es factible que lo raro sea pleno de manera semejante a lo denso, sino que lo raro precisamente resulta más vacío que lo denso. Entre lo pleno y lo no pleno hay que hacer esta distinción: si algo hace lugar a algo o lo acoge, no es pleno; si, en cambio, ni hace lugar ni lo acoge, es pleno. En consecuencia, es necesario que sea un pleno, si el vacío no es. Y si, por tanto, es un pleno, no se mueve.» (DK 30 B 7, Filosofos presocráticos, II, Gredos, fr. 181. trad. Olivieri, F.J.)

Y aunque aquí habla sobre el movimiento se refiera a todo: tanto movimiento como límite. La Realidad no puede tener límite –es decir tiene que ser infinita (que no sin fin)- en tanto que lo que hay fuera de ella no puede ser sino la nada misma (la nada entendida ya como una pura negación) y por tanto estar impregnandolo todo: la Realidad es todo hasta lo que no se conoce, lo que está ahí en secreto esperando venir a la luz de los discursos de la ciencia es tan Real como los discursos de ahora.

Naturalmente frente a estos mentirosos principios –que no porque se den y se les de su sentido, dejarán de ser mentira-, tenemos que descubrirlos una vez descritos… descubrir su mentira y su sentido.


1) No se trata que de la Realidad no se pueda hablar, sino que es justamente ese hablar del hablar de las cosas lo que constituye esencialmente la Realidad. Digámoslo con un ejemplo:

Una cosa será decir: «Sentémonos a la mesa azul.»

Y otra muy distinta será: «Esta mesa es azul.»

Si tomamos en cuenta que ‘mesa’ sólo podemos saber que es mesa en tanto que es un nombre que está perpetuamente señalando a las cosas, en el primer caso únicamente estamos indicando –o sugiriendo según el modo de la frase- una acción que hacer. Sin embargo, la segunda frase es otra cosa: estamos hablando del hablar. Hablando de la mesa y no ya indicando nada, sino volviendo con la cópula sobre la descripción de la mesa y vemos que ya son otros juegos de los lenguajes que no tiene nada que ver con el primero.

Uno será hablar y el otro hablar de lo que se habla. Y es mediante esas operaciones –que tampoco tendrían nada de extraño si no fueran por las prontas intervenciones de políticas y ciencias que intervienen por ahí afirmando y dando fe (cual peritos e interventores) de que, en efecto, «esta mesa es azul»- se va manufacturando la Realidad.

2) La Realidad, igual que cualquier cosa, está siempre abierta… abierta en el sentido de que hay cosas que constantemente están entrando y saliendo de ella, abierta porque el hacer de su hablar es siempre mentira porque siempre las cosas están en un movimiento que no obedece nunca a ninguna ley ni a ningún principio. Y ello es tan sencillo de descubrir como observar atentamente cualquier cosa.

3) La Realidad no es todo lo que hay… (decía el otro) y esta sencilla máxima ya nos vale para descubrir que hay muchas cosas que no son reales y que están ahí. Que no están gritando con todo su ser la gana de ser cosa y que sin embargo están ahí para que cualquiera las disfrute.

Naturalmente Realidad está ahí. Siempre acechando: haciendo creer que todo aquello que se descubre es eso… más y más Realidad. Su movimiento es un movimiento político… es la gana de demostrar lo indemostrable, de dar palabra a lo que ya era pura palabra en sí misma: el dar fin a las cosas, de temer que las cosas se confundan en lo sin fin (en lo no definido de sus formas, sus principios, sus quehaceres) ya que ello sería el principal obstáculo para poder manejarlas, contarlas y someterlas.




jueves, octubre 08, 2009

Las mentiras de las cosas


Pues sí eso, que las cosas mienten, así de claro. De hecho mienten constantemente.

Y ustedes, con más o menos razón, pueden que se pregunten: «¿Cómo? Un árbol, cuando está ahí parado, nada más con su sola existencia, sin hablar, sin hacer nada, sin agitarse ni moverse, sin conciencia, sin lenguaje… ¿puede mentirme?» Sí, lo hace… o por lo menos lo intenta, ya otra cosa será que uno esté lo suficientemente alerta o no, para tragarse la mentira –ya que lo más seguro es que el árbol es lo suficientemente inteligente para no tragarse la nuestra (porque naturalmente, al ser nosotros cosas de la realidad no tenemos otro remedio que mentir)… e igual sucede con las mesas, los perros y jamones… todos ellos mienten.

Y a pesar de lo extravagante que pueda parecerles esto, veamos si podemos decirlo de alguna manera que se pueda entender.

Primero hablaremos de los filósofos o los creadores de opinión –que por una extraña razón han quedado fuera durante todo este tiempo, cuando, al ser ellos mismos los grandes soportadores de la Realidad, tendríamos que ya haber disparado algunas que otras ráfagas más claras anteriormente-, y que van por ahí haciendo las descripciones en sus doctos libros de actualidad y de análisis de sociedades de masa y de consumo, retratando tal o cual pulsión social, denunciando aquella operación bursátil irregular, retratando, en fin, al hombre moderno entre sus miserias…

Y, no sé que les ocurra a ustedes, pero lo que es aquí la duda que constantemente me corroe, es que sentía un no sé qué de rechazo contra las cosas que decían. No sabía en principio por qué, por ejemplo, al leer a Foucault, a Baudrillard o a Wittgenstein, a Derrida, a Deluze e incluso a la gran panoplia de escritores hijos del marxismo… no sé… algo me daba mala espina, algo no acababa de cuadrar en lo que decían –a pesar de que sus análisis eran inexcusables, incluso adecuados-,


(aunque eso sí, después de mi casual encuentro con los estudios de los filósofos
griegos –del que, por una cosa u otra, me resisto a salir- he empezado a
despreciar con toda mi alma a toda esta caterva de creadores de opinión que se
ponen a fabricar Realidad para ir agrandando el Poder de la estructura dominante
por medio de la invención –constante y cada vez más estúpida- de conceptos, de
Ideas, de definiciones… cosa por demás, no sólo imbécil e inútil, sino peligrosa
y hasta malévola… disfrazando de contenidos sutilísimos y complejísimos
conceptos (diferancia, epistéme, plano de consistencia, agenciamiento, etc.) de
significado que oscurecido apenas y dice algo y, estoy seguro, labor contraria a
todo uso del razonamiento común y simple que nos dice que es una estupidez
seguir fabricando conceptos e ideítas para las batallitas intelectuales, cuando
los propios conceptos, aparentemente más simples y límpidos –que los griegos nos
presentan- siguen siendo tan oscuros e impenetrables como mentira)

pero que yo no conseguía del todo asimilar y asentir ante él. Y creo haber descubierto la cuestión: Diciendo al Mundo, diciendo lo adecuado a la cosa del mundo, seguían mintiendo…

Y esto que ocurre con los decires sociales, los discursos sobre lo que pasa entre los hombres, es perfectamente trasladable a lo que pasa con los discursos sobre la naturaleza y las ciencias.

Eso me preocupó: eso significaba que el mundo mismo era un mentiroso. Y cada vez que lo pensaba mejor estaba más claro: las cosas mienten. Basta observar una mesa o una pared, o un pescado o un documental de animales, para darse cuenta que las cosas mienten.


(Naturalmente ustedes dirán: ¿Cómo pueden mentir si no tienen lenguaje? Ya que
quizá la característica primera de un lenguaje es que se pueda mentir con él…
Pero la cuestión es que sí tienen lenguaje, los árboles hablan… y hablan porque
son vistos. –Queda pendiente un artefacto que nos ayude a pensar las relaciones
de al visión con el lenguaje y de lo visto con el que ve, para que veamos de qué
manera ver es un acto lingüístico-),

y en fin, que no hay otra manera de entender que las cosas sean las cosas y aún tengan la capacidad de ser ‘verdaderas’ sino como producto de un gran milagro –esto es, una gran mentira.

Que contando lo adecuado al mundo –es decir, lo que pasa- (ya en un documental de pececillos, que los vemos unos grandes comerse a los otros chicos o al mono líder que pega y somete a la mona y al resto de monitos)… encima de ello –aunque no se diga de sopetón, sino que sea otra cosa más sutil la que actúa por debajo- se dice: Esto es la Verdad.

Por ello no pocas veces animales han sido tomados como ejemplo del hombre –debido a que el animal, en su aparente mudez, debía tener algo más de cosa (esto es, de Naturaleza)- que los seres humanos que ya tenían cultura, historia y demás. Y no pocos se quedan tranquilos con argumentos del tipo del darwinismo social –que como el monito le pega a la mona y sodomiza al resto de sus congéneres de la manada, no hay más remedio que seguir la Verdad de la cosa que nos la grita- puesto que lo veían en el espejo sabio de las cosas: y someter a las mujeres y hombres…

En efecto: estos verán en la colonización de la hierba mala, la proliferación de plagas, el constante ir y venir de la historia en sus narraciones, el surgimiento y resurgimiento de poderes y líderes y caudillos y sanguinarios y sociedades de consumo y modas y asesinos la flor de lo Verdadero. Y seguramente no pocos, resumirían su argumento en: «Pero si así son las cosas, amigo mío, ¿cómo rebelarse contra la Realidad?»

Porque, hay que contestarle, las cosas también están mintiendo. Así de simple: lo que dicen no es verdad. ¡No hay verdad en nada de lo que dicen! ¡Porque hablan y mucho! (Lo suficiente como para justificar en ellas las atrocidades del Poder, y eso ya es demasiada mentira, creo yo).

Sí, el mono atiza a la mona, el pez grande se come al chico y los líderes sanguinarios se suceden –y quién sabe si se sucederán- en la Historia constantemente… ¿y acaso ello significa que es Verdad? ¿Qué es lo que nos hace suponer que debajo de la cosa, debajo del mono, debajo del pez, hay una contradicción brutal que parece resolverse, pero que perennemente está siempre en una discordia profunda?

¿No hay una fuerza por debajo de las cosas, no ya que les está dando su ser, sino que las está sometiendo constantemente a través de distintas máquinas (teckné: arte o técnica), para que justamente parezcan ser las que son?

¿Qué poderosa fuerza, qué violencia, qué mentira tan poderosa tiene que estar convocando constantemente esta mesa sobre la que escribo para no deshacerse bajo el peso de mis libros y mis codos?

(Volveremos otra vez sobre este problema a propósito de los fragmentos de
Heráclito –que ya hemos comentado en otra ocasión y sobre todo las reflexiones
del sofista Antifonte sobre el ser de las cosas y las críticas de Aristóteles al
buen sofista)

La cosa no es la cosa y al decirnos lo contrario miente. Porque se presenta como Una cuando es muchas: se nos da como un mono que atiza a la mona y no como un mono que se atiza a sí mismo para atizar a la mona –y quién sabe cuantos monos tenga dentro de sí que atizándose duro estén imponiendo la Mentira como una Verdad.

Por otro lado hay que hablar propiamente del lenguaje de la cosa. ¿Cómo se puede decir algo ‘adecuado’ a la cosa? ¿Cómo podemos decir algo que sea adecuado a una cosa, sino porque la cosa, en sí misma, antes de poder decirla, es ya pura palabra? ¿Cómo una locución –un enunciado- puede adecuarse a una cosa, a algo que supuestamente es mudo? ¿Cómo, en resumidas cuentas, podemos decir al mundo?

Quizá esa es la raíz de que las cosas mientan: mienten en la medida en que quieren pasar por Verdades del mundo. Por ello las ciencias y la Realidad necesita desesperadamente que las cosas estén mudas –repitiendo constantemente la tautología de ser las que son-, ya que si hablaran, necesariamente tendríamos que preguntarnos: ¿Mienten?

Este sinsentido llega a su límite último cuando decimos algo de ellas –creyendo, naturalmente que son ellas las que hablan, nombrándose a sí mismas- y que encontramos su Verdad. La Verdad –ese enunciado que pretende ser uno que el mundo (y por tanto no hablar, sino simplemente ser espejo dél)- quiere llegar a ser la homonimia del mundo. Que cuando se dice la Verdad sólo se está mostrando al mundo con su mudez más profunda.

La peligrosidad que entraña esto está en la aniquilación de cualquier voz de abajo. Esta en la supresión de lo otro que se esconde debajo de la cosa –que no vamos a caer en la tentación de decir que es más verdadera, pero que por lo menos está ahí y lo atestiguamos mudos de asombro-, y en ello van encaminadas todas las fuerzas del Poder.

Tampoco, ni siquiera, hablaremos por eso que bulle debajo nuestro. No es necesario. No estoy seguro que sea lenguaje –por lo menos no es el mismo lenguaje que utiliza la ciencia-, sino que, si habla no miente tanto… sigue hablando (no es mudez callada, ni sortilegio cerrado), sino índice que muestra lo abierto del mundo: Utiliza palabras tan simples y tan plenas como ‘esto’ / ‘ahí’ / ‘eso’ / ‘ello’; palabras que sólo indican: y aunque no posean significado, algo dicen al corazón, algo que no sé que es, ni pretendo someterlo a las explicaciones de la ciencia, está ahí… (por cierto, no tiene nada que ver con Dios, sino muy posiblemente es lo contrario; ya que, como dicen los Teólogos Dios es Palabra –lógos-): entre las flores, entre el correr límpido y claro de los arroyos y no es mentira… ¡No es mentira! (Aunque, evidentemente, tampoco sea Verdad).


domingo, septiembre 27, 2009

Notas al margen: Salvemos a los OVNIS

En la asquerosa vida que llevo he tenido que contemplar sacrilegios horripilantes: las ciudades vestidas de galas para los turistos, el continuo abandono de los medios de transporte útiles y eficaces como los ferrocarriles para gastarse los presupuestos en esas interminables carreteras de Dios en donde cientos de familias dejan la vida como un tributo de sangre al Divino Señor del Dinero, horrendos saqueos de tierras desconocidas, tristes sometimientos de fuerzas de ríos y de mares y cascadas para iluminar las tristes pantallas a las que nos sometemos, a la Huasteca me la hicieron parque ecológico, pero… ¡pero por lo menos que me dejen a los OVNIS! ¡Que los dejen en paz!

Ay, ay, ay, que cuando niño aún tenía la fortuna de pensar… de soñar… de dejar las noches enteras se fueran, se escaparan, delirando yo entre la vista de las incontables estrellas y soñar que ese resplandor podía haber sido, ¡algo! ¡Algo desconocido flotando en la bruma de mis locuras!

Ay, pero parece que ese divino consuelo de no-saber, se va haciendo cada vez más ‘real’ y por tanto una cosa más entre las cosas… Desclasificaciones militares, periodistas, y ese repugnante asedio de la Ciencia que no quiere dejar cosa sin someter a su régimen mortuorio de ser ‘cosa’ –y por tanto ser parte de Realidad-, van convirtiendo a ese delirio de mis noches sinsoñas en un evento más de la Historia, en un tránsito más en el quehacer de esta cordura enloquecida de las informaciones.

Yo, que había soñado con que por lo menos el mundo, la Luna –después de ese cuentito prehistórico (que ya adquiere tintas de relato bíblico) del alunizaje que Amstrong y cía. que ya se me había escurrido de la memoria-, y lo vacío del las estrellas se mantuvieran solas, desconocidas, como una puerta siempre abierta para el vuelo limpio de las imaginaciones… ¡ah, no! ¡Pero tenían que llegar los imbéciles de turno para seguir colonizando y agrandando estos falsos límites del Mundo! (Si ya hasta el vacío entre las estrellas lo tienen que hacer cosa –materia oscura- para seguir conociendo y abarcando la Totalidad): ¡Malditos! ¡Cerdos!

¡Salvad a los OVNIS! ¡Salvadlos! No creáis en las tonterías que os digan de ellos: están ahí, sí, ¿y qué pasa? No los hagáis parte de la Realidad, salvadlos por lo menos a ellos si no podemos salvar ni árboles ni mares ni a los vivos cuerpos de nuestros niños, por lo menos que ellos sigan vivos sin saberse…

miércoles, agosto 26, 2009

«Al negro llaman Juan Blanco»

Este refrán, que se cree que sirve para señalar a los lisonjeros, hay que aplicarlo a toda la Realidad. La sabiduría popular a veces nos esconde las más vivas máquinas contra el Poder entre sus decires: esto es que el Poder se precia en torcer todo lo que muestra.

Llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno. (Y aunque la fórmula sea un poco exagerada, es, por lo menos, un buen camino para combatir las mentiras de las Verdades). Por eso llaman a las Fiestas felicidad y al Aburrimiento tristeza. Por eso llaman a la Familia amor y al Desconocido peligro… la mentira es absolutamente necesaria para el Poder, porque si no, si de pronto, vemos que Juan Blanco resultó que no era tan blanco… ¿a qué riesgo se enfrenta la Realidad si descubren que eso a lo que llaman Vida –dineros, futuros, movimientos de capitales, etc.- en realidad era la Muerte?

lunes, julio 20, 2009

Notas al margen: Los videojuegos y su doble

La leyenda del Polybius es la creación de un inconsciente colectivo que presiente que los videojuegos tienen un poder más que el del mero entretenimiento. Según esta conocida leyenda urbana, la CIA habría fabricado –junto con una empresa de videojuegos- una máquina que fue colocada en algunos bares y establecimientos estados de la Unión Americana, que provocaba ciertos comportamientos extraños en quienes jugaban con ella: pesadillas, ataques epilépticos, dolores de cabeza, depresión y en un caso, el suicidio.

Lo que se pretende con esta leyenda es decir lo que es obvio: los videojuegos alteran lo otro que está de este lado. Aunque no se trate, como así han querido hacer sentir algunos padres preocupados y presas sensacionalistas –a propósito de los asesinatos en masa- que afecten a las límpidas e inocentes mentes de nuestros niños, sino que afectan y construyen la Realidad.

La estupidez reinante ha querido ver –para expandir la confusión entre los términos- en los videojuegos un escape de la Realidad, una evasión a las formas más acuciantes y reales de la lógica. Sin embargo este error es fácilmente demostrable: el videojuego es más bien otra forma de suministrar y de constituir la propia Verdad de la Realidad –junto con los telediarios, la televisión y el resto de los medios de formación de masas-.

Los videojuegos son más reales que la realidad –entendiendo la realidad meramente como lo otro que está del otro lado de la pantalla (sin decir que es suma de cosas, aún)-; aunque esto es nada más que un juego de palabras. Los videojuegos, si queremos ser claros, son la Realidad misma en tanto que lo que cae del otro lado, donde están nuestros niños que los usan... es otra cosa.

Y esto se ve muy fácilmente: ya que los jueguitos estos funcionan con reglas y algoritmos y programas y chuminadas por el estilo que lo que quiere decir es que nunca se podrán saltar ni equivocar tales reglas. De esta manera un niño tiene muy claro que juntando cien moneditas de esas podrá comprar una vida. Que siempre hay una mejor arma que es más útil. Que haciendo determinados objetivos el prestigio sube y se va haciendo todo más sencillo. Se sube de nivel. Y hasta se puede ligar en videojuegos con niños y niñas más Reales –es decir, que funcionan con cuatro reglas simples y sencillas, como un mero cálculo matemático- que los que están del otro lado.

Este doble, que es lo que está aquí rozándonos la punta de los dedos mientras escribimos, eso es lo que es verdaderamente irreal, en donde, a pesar de cumplir todos los objetivos, la recompensa puede no darse. Donde el dinero no compra vida, donde, por bueno que seas no tienes asegurado subir de nivel. Ese doble raquítico que pretenden, sea Realidad, es (afortunadamente) falible.

De este lado, en el doble, los algoritmos no funcionan: no hay programa a seguir por las cosas porque no están cerradas. Y eso es el principal motivo por los que deberíamos alejar a nuestros niños de los videojuegos: no porque sean una salida de la Realidad, sino porque es la forma más directa de entrada para creer que su doble también es Real.