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martes, septiembre 01, 2009

El uno y su repetición: la construcción de los sistemas a partir de la unidad. Arquitectura, ley y metafísica.



Arquitectura es, sí, el arte de la construcción. Pero no el mero arte de la fabricación de casas, tal y como podría resultar serlo la albañilería, sino el arte de la construcción a partir de un principio (entendido como origen rector), a partir de un arché que rige el desarrollo –de ahí archétectura, de la misma manera que archétipo- y Verdad de lo construido.

Si no hay ese origen rector no hay arquitectura… hay otra cosa. No es que nos preocupe la arquitectura aquí, ni que vayamos a dar pistas para que los nuevos arquitectos de hoy hagan otra arquitectura…, no; la cuestión nos vale como ejemplo… ya que en una de mis lecturas me encontré con un fragmento inestimable de filosofía que se me quedó muy grabado…

He aquí el fragmento, aunque sea, no lo dudo, un poco largo y aburrido de leer, no es menos significativo en todo lo que dice: de Descartes en el Discurso del método, segunda parte. Utilizo la traducción de Risieri Frondozi, Ed. Alianza, 2006, p. 89-93.

«Encontrábame por entonces en Alemania, […], con toda la tranquilidad necesaria para entregarme por entero a mis pensamientos. Entre los cuales fue uno de los primeros el ocurrírseme considerar que muchas veces sucede que no hay tanta perfección en las obras compuestas de varios trozos y hechas por diferentes maestros como en aquellas en que uno solo ha trabajado. Se ve, en efecto, que los edificios que ha emprendido y acabado un solo arquitecto suelen ser más bellos y mejor ordenados que aquellos otros que varios han tratado de restaurar, sirviéndose de antiguos muros construidos para otros fines. Esas viejas ciudades que no fueron al principio sino aldeas y que con el transcurso del tiempo se convirtieron en grandes ciudades, están ordinariamente muy mal trazadas si las comparamos con esas plazas regulares que un ingeniero diseña a su gusto en una llanura; y, aunque considerando sus edificios uno por uno, encontrásemos a menudo en ellos tanto o más arte que en los de las ciudades nuevas, sin embargo, viendo cómo están dispuestos -aquí uno grande, allá uno pequeño- y cuán tortuosas y desiguales son por esta causa las calles, diríase que es más bien el azar, y no la voluntad de unos hombres provistos de razón, el que los ha dispuesto así. Y si se considera que en todo tiempo ha habido, sin embargo, funcionarios encargados de cuidar que los edificios particulares sirvan de ornato público, bien se comprenderá lo difícil que es hacer cabalmente las cosas cuando se trabaja sobre lo hecho por otros. Del mismo modo, imaginaba yo que esos pueblos que fueron en otro tiempo semisalvajes y se han ido civilizando poco a poco, estableciendo leyes a medida que a ellos les obligaba el malestar causado por los delitos y las querellas, no pueden estar tan bien constituidos como los que han observado las constituciones de un legislador prudente desde el momento en que se reunieron por primera vez. Por esto es muy cierto que el gobierno de la verdadera religión, cuyas ordenanzas fueron hechas por Dios, debe estar incomparablemente mejor arreglado que los de los demás. […] Y pensé asimismo que por haber sido todos nosotros niños antes de ser hombres y haber necesitado por largo tiempo que nos gobernasen nuestros apetitos y nuestros preceptores, con frecuencia contrarios unos a otros, y acaso no aconsejándonos, ni unos ni otros, siempre lo mejor, es casi imposible que nuestros juicios sean tan puros y sólidos como lo serían si desde el momento de nacer hubiéramos dispuesto por completo de nuestra razón y ella únicamente nos hubiera dirigido.

Es cierto que no vemos que se derriben todas las casas de una ciudad con el único propósito de reconstruirlas de otra manera y hacer más hermosas las calles; pero no menos cierto es que muchos particulares mandan echar abajo sus viviendas para reedificarlas, y aun vemos que a veces lo hacen obligados cuando hay el peligro de que la casa se caiga o cuando sus cimientos no son muy firmes.»

No hablemos del mal gusto de Descartes. Concentrémonos en otra cosa… en esa extraña relación entre lo Uno y los muchos, o lo que es lo mismo, entre la unidad y la multiplicidad:


(Esta vez nos concentraremos en tanto que consideremos al uno como un mero
aparato político y de conocimiento –en metafísica y política-, que el otro
campo, quiero decir, el uno y los números tendrá que ser tocado con más
detenimiento en otra ocasión distinta, ya que hay que estudiar con detenimiento
otros procesos del universo matemático de los que no me atrevería a abordar
ahora… más adelante)

Lo que dice Descartes está, aparentemente, lleno de sentido… Vemos esas cosas funcionar a diario, ¿no es cierto? Haciéndonos suponer que una cosa funciona mejor en tanto que tenga una cabeza visible, un líder, un Estado que someta el desorden de las multiplicidades a una armonía preestablecida.


(Un apéndice meramente significativo: obsérvense las ciudades de Brasilia, Barcelona, San
Petersburgo
, Puebla de
los Ángeles
, etc. cuya construcción tan artificial como geométrica es
francamente desasosegante y no veo por dónde ver en ellas más vida o más belleza
o más utilidad que entre las favelas, suburbios o chabolas que se instalan
siempre a las márgenes)

Incontables ocasiones se escucha, por anhelos ya prácticos ya armónicos, que una cosa cualquiera no puede llegar a buen puerto si no está comandada y regida por alguien: caudillos, líderes, arquitectos, da igual, la cosa está siempre enfocada desde lo múltiple de la cosa –lo que no se resiste a someterse al régimen del Uno y que en un estado (no natural, que me resisto a utilizar esa palabra por lo equívoca que resulta), pero sí descuidado, sin que hubiese nadie que se ocupara ni mandara sobre la cosa, parece tender a deshacerse en lo múltiple- para someterlo a lo Uno.

La arquitectura es un mero ejemplo… todas las ciencias y las artes parecen estar enfocadas a eso de Uno que hay detrás de su apariencia múltiple… Política, ciencia, matemáticas, metafísica… todo parece querer señalar y apuntar al Uno; válganos como guinda de lo dicho algunos textos aristotélicos sobre la ciencia primera


(Digo ‘ciencia primera’ y no metafísica por no asentar equívocos que se han
traído a través de la Historia de la Filosofía. Recordemos simplemente que
cuando
Andrónico
de Rodas
–editor del corups aristotélico- se topó con los apuntes del
estagirita allá por el s. II d. C. y se propuso la tarea de ordenarlos y
editarlos, al toparse con los libros que hoy se publican bajo el lema
‘Metafísica’ no tenía muy claro el tema del que trataban y mucho menos cómo
titular la materia que abordaban, y no tuvo más remedio que llamarlos: metá tá
phýsica
, o lo que es lo mismo ‘[los libros, lecciones o ciencia] que van después
de la Física’, ya que se encontraban en un volumen posterior a la edición de los
libros que trataban sobre la Naturaleza –o phýsis-… descripción bastante mala si
entendemos que Aristóteles siempre dijo que la filosofía primera tenía una
cierta prioridad y preeminencia de estudio sobre los estudios naturales; y que
en el fondo –como veremos en los textos-, muy probablemente cuando hablaba de
filosofía primera se refería específicamente a la Teología):

Recogemos tres pasajes significativos de los libros IV y VI que citamos en cada caso siguiendo la traducción de Tomás Calvo Martínez en la Ed. Gredos, Madrid, 1994:

i) «La expresión ‘algo que es’ se dice en muchos sentidos, pero en relación con una sola cosa y una sola naturaleza y no por mera homonimia, […] así también ‘algo que es’ se dice en muchos sentidos, pero en todos los casos en relación con un único principio: de unas cosas se dice que son por ser entidades, de otras por ser afecciones de la entidad, de otras por ser un proceso hacia la entidad […]. Y de ahí que, incluso de lo que no es, digamos que es "algo que no es"». (IV 2, 1003a 34ss)

ii) «Cabe plantearse la aporía de si la filosofía primera es acaso universal, o bien se ocupa de un género determinado y de una sola naturaleza […]. Así pues, si no existe ninguna otra entidad fuera de las físicamente constituidas, la física sería ciencia primera. Si, por el contrario, existe alguna entidad inmóvil, ésta será anterior, y filosofía primera, y será universal de este modo: por ser primera. Y le corresponderá estudiar lo que es, en tanto que algo es, y qué-es, y los atributos que le pertenecen en tanto que algo es.» (VI 1, 1026a 22ss)

iii) «…hay que decir, en primer lugar, sobre ‘lo que es’ accidentalmente que no es posible estudio alguno acerca de ello. He aquí una prueba: ninguna ciencia –ni práctica, ni productiva, ni teórica- lo tiene en cuenta. En efecto, el que hace una casa no hace todas aquellas cosas que accidentalmente suceden con la casa ya terminada (estas cosas son, desde luego, infinitas: y es que nada impide que, terminada ya, a unos les resulte agradable y a otros peligrosa y a otros provechosa, y que resulte, por así decirlo, distinta de cuanto existe; nada de lo cual es producido por el arte de construir)…» (VI 2, 1026b 2ss)


(Antes que nada, como mero glosario, porque aquí partimos de la base de que los
estudios de filosofía son inútiles en la medida en que sólo se tomen como meros
catálogos históricos y sólo tienen un poquitín de utilidad en la medida en que
sean entendidos y utilizados para deshacer la Realidad; entidad la traduce Calvo
Martínez del término griego ousía que tradicionalmente solía traducirse por
sustancia en el vocabulario escolástico y que es definido según el propio
Aristóteles (Met. V 8): «el sujeto último que ya no se predica de otra cosa». Y
aunque no sé si esto valga para aclarar el término, se puede acudir al capítulo
citado (V 8) para comprobar la polisemia del término y acotarlo según se pueda.)

Sin embargo, y aunque aquí nos podríamos entretener muy mucho hablando de las tonterías de conceptos y definiciones de los términos peripatéticos, lo importante es ver cómo en estos tres textos todo apunta hacia el Uno. Primero en i habla sobre cómo toda la polisemia de ‘lo que es’ que se puede hasta predicar de ‘lo que no es’, está siempre apuntando hacia un Uno: esto quiere decir, que todo aquello que sea en realidad es por virtud de un único significado –no me atrevo a decir sustancia o entidad (que eso sería ya mandarlo del todo al plano de la teología), pero veremos como ello parece indicarlo-. Y ese significado tiene que ser Uno en la medida que está acotado (encontrar ese significado será, muy claramente, la tarea de la filosofía primera): esto es, en resumidas cuentas, que lo que hay de múltiple en lo que es está dado por una sola cosa.

En ii el problema ya sale del mero ámbito del hablar y llega a suponer la existencia, sí, de una entidad –una sustancia- que sea propiamente inmóvil y anterior a las cosas múltiples –esto es Dios, claro está-, lo que ha llevado a este pasaje a ser uno de los más problemáticos de todo el corpus aristotélico: ya que parece decir, sin mayor empacho, que la filosofía primera lo que tiene que hacer es buscar a Dios –como bien ya lo decía la canción- y que no hay una metafísica que no sea propiamente una teología.


(Sobre estos problemitas –no poco desdeñables- se puede consultar los trabajos
de Owen, Merlan o Jeager, para ver de qué manera los especialistas se han pegado
de tortas, los unos para intentar salvaguardar al Aristóteles científico y
positivo, enemigo de los presupuestos platónicos; y los otros por señalar en el
estagirita la gran reforma del pensamiento platónico que culminó en el
neoplatonismo plotiniano)

Y finalmente en iii encontramos el colofón, lo que cierra el razonamiento: sobre lo demás –es decir, sobre lo que no apunta hacia el Uno- no cabe forma alguna de ciencia. Ya que la ciencia siempre trata de lo que es Uno –de la misma manera que el zapatero, necesariamente tiene que contemplar al ‘zapato’ (a la Idea del zapato o ‘zapatidad’, si se me permite el palabro) para realizar su arte-… y aquello que no esté ordenado hacia ese Uno, será necesariamente misterioso e impredecible… y si se dice que es, es por mero reflejo, como el espejo último de la materia… allá donde Plotino decía que el reflejo de la Luz de el Uno-Divino que colinda con el no-ser y sólo puede alcanzar su redención en la medida en que contemple la irradiación profunda del Uno incognoscible.

Esto es: que lo que hay y lo que pasa –lo accidental, lo azaroso de la construcción de las calles, lo impredecible del apetito, lo misterioso del amor- es imposible de someter a ciencia, imposible de someterlo si no lo hacemos parte de ese Uno rector (de Dios, Estado, Necesidad, principio de No-contradicción, Dinero, Individuo, Voluntad, Alma, etc. da igual el nombre y sus características), y si no sometemos la multiplicidad a la Unidad.

Sin embargo queda un problema… queda algo que bien nos hace mirar Aristóteles de la siguiente manera, cuando en la Política, criticando las medidas platónicas respecto de las ciudades (ante todo y sobre todo la comunidad de hijos y mujeres Rep. V, 464d, como medida de someter la multiplicidad de la ciudad a una forma de unidad,) dice en el libro II, 1261a 15ss: (uso la trad. Manuela García Valdés, Ed. Gredos, Madrid, 1994)

«Sin embargo, es evidente que al avanzar en este sentido y hacerse más unitaria, ya no será ciudad. Pues la ciudad es por su naturaleza una cierta pluralidad, y al hacerse más una, de ciudad se convertirá en casa, y de casa en hombre, ya que podríamos afirmar que la casa es más unitaria que la ciudad y el individuo más que la casa. De modo que aunque alguien fuera capaz de hacer esto, no debería hacerlo, porque destruiría la ciudad.

Y no sólo la ciudad está compuesta de una pluralidad de hombres, sino que también difieren de modo específico. […] Unos gobiernan y otros son gobernados alternativamente, como si se transformaran en otros. Y del mismo modo entre los que mandan; unos ejercen unos cargos y otros, otros. Por lo tanto, de todo esto es claro que la ciudad no es tan unitaria por naturaleza, como algunos dicen, y que lo que llaman el mayor bien en las ciudades, las destruye. Sin embargo, el bien de cada cosa la salva.»

Con esto es suficiente. Naturalmente ocurre de nuevo con Aristóteles lo que ya hemos señalado con otros filosofantes… que después de parir un razonamiento maravilloso, acaba echándolo por tierra al convertirlo en Idea… esto es, que primero crítica y dice NO al modelo platónico –ya que la comunidad de hijos y mujeres lo único que pretendía era dar más unidad a la ciudad (esto es, encaminarla desde su multiplicidad hacia lo uno)-, aunque luego acaba hablando de eso que llama pluralidad y lo manda todo al traste.

Y esto era con lo que quería acabar… con lo que nos lleva el paso de nuestro razonamiento de la negación del Uno: a saber, que si no hay Uno tampoco puede haber Multiplicidad (por lo menos entendida como una serie de unidades que convivan de tal o cual modo). Si negamos al Uno, en realidad estamos negando el substrato sobre la que se asienta la Pluralidad –en otras palabras, si en aritmética decimos que no hay unidad, no podrá haber acaso ni dos ni tres ni cuatro ni toda la serie de los números naturales que sólo se pueden construir a partir de la unidad.

Cuando llegamos a este punto la cosa puede parecerle a alguno trágica: está bien que neguemos al Padre-Uno-Tirano… pero ¿negar la díada múltiple y plural?

Cuando negamos la Unidad –sea de la ciudad, de las leyes, de los estados, de la arquitectura o de lo que sea-, pero pretendemos mantener esa pluralidad que sigue regida por la unidad, esto es que se enaltece la diferencia específica entre los individuos, familias, religiones, partidos políticos, naciones o folclores de tradiciones, entonces la negación del Uno no sirve para nada. Es en este ensueño de la negación del Padre en el que vivimos –los que tengamos la desdicha de padecer estos regímenes democráticos-; que negando el totalitarismo se piensa que la pluralidad ingente –producciones industriales de pluralidades: géneros sexuales, modas, consumo, partidos políticos, quehaceres, modas, pasatiempos, corrientes artísticas alternativas, etc.- en algo se está combatiendo al Padre-Uno




(y aunque con justa razón podamos dudar de que algo de eso se esté haciendo en
tanto que lo que siempre opera por debajo de todos es el poderoso caballero Don
Dinero
y que no hay corriente artística que valga, ni realidad política que
salte a la palestra, ni moda alguna que se pueda decir que exista en la
pluralidad de las formas si no está por Él Todopoderoso apadrinada),

pero aunque fuese cierto, no tendríamos menos que decir que estas formas unitarias de lo múltiple es exactamente lo mismo: una cierta multiplicidad que está siempre contemplando a Dios… a su propia verdad.

Por ello lo verdaderamente opuesto al Uno no es la pluralidad ni la multiplicidad, ni siquiera el azar o la construcción deliberadamente horrible de nuestras ciudades –por llevarle la contra al buen Descartes. No. Lo único que puede hacer frente a esa mentira del Uno es la negación de que las cosas sean las que son –ya que si fueran tendrían que ser en virtud de algo que es Uno-, y de ahí partir a quién sabe dónde.

Desde hace ya tiempo que no veo en esto ninguna forma de angustia –tal y como alguno pudiera pensar… habrá que profundizar más en desarraigar el principio de no-contradicción-; ni mucho menos creo yo que si se niega tanto al Uno como a la díada (o multiplicidad) nos quedemos con la Nada. Ni mucho menos –digamos, aunque será un tema que tendremos que abordar en otra ocasión, que ‘la nada’ no puede surgir ante la negación auténtica de lo Uno, ya que ‘la Nada’ es una parte fundamental para la existencia misma del ‘ser’ (ya abordaremos estos temas cuando nos acerquemos a Meliso de Samos, un presocrático apasionante)-… sino que lo que nos queda es otra cosa, es la negación misma del ser de la cosa: lo que le permite, naturalmente, que florezca desde su misterio sin tener que mirar a ningún Dios para poder generarse y haberla.

Porque, como dicen los galleguiños: las cosas sin el ser –lo mismo que las brujas y las santas compañas- haberlas hailas. Flores y perros por igual, creciendo a ritmo de quién sabe que misterio –que ni es uno ni es muchos, porque siendo muchos serían unos y siendo uno serían el principio de los muchos-, sino que es algo… algo que bulle ahí y que se alza de hombros y parpadea...



domingo, mayo 31, 2009

Excursus: Contra mis estudiantes


Esta vez asaltamos cosas más de andar por casa… sin tanta metafísica. Porque hoy venimos a desmontar una de los artefactos más míticos y a la vez problemáticos que uno se pueda echar a la cara. Me refiero a la universidad y los estudiantes.

Notarán que digo ‘mis’ estudiantes y no los estudiantes… la razón no es porque yo tenga alumnos de ninguna clase, sino porque, aunque esté contra ellos –de alguna manera- a la misma vez uno no puede sentir viva simpatía por ellos de tal manera que hasta los hago míos… y si acaso algún reconcomio les tengo es porque no están lo suficientemente vivos, lo suficientemente alerta con las trampas de la Realidad, pero que aún así siguen siendo los que están más cerca del pie de guerra al que estamos volcados aquí.

Y si estamos contra ellos es en la medida en que ellos mismos constituyen parte de la Realidad… (y una parte bastante importante) y no menos me incluyo yo mismo entre ellos –en lo que tenga de estudiante. Digamos que en estudiante se funden esas dos fuerzas –la una en contra y la otra a favor de la Realidad- que hay que separar con mucho cuidado y no dejar que se mezcle la una con la otra.

De esta manera a la misma vez que atacamos al estudiante podemos atrevernos a alabar sus rebeldías contra Bolonia, sus huelgas de estudio, sus mayos franceses, sus diversos apoyos, en fin, contra el poder que pende sobre nuestras cabezas.


En esa separación vamos a quedarnos un rato, para pensarla y repensarla: ¿por qué es el estudiante el que, por lo general, se presta más a la batalla contra el poder dominante? Digo que, aunque no se rebelen en bloque, ni estén agrupados en sindicatos ni instituciones similares –la mayoría, por lo menos-, suelen estar más despiertos a las constantes mentiras que les van cayendo una tras otra desde arriba.

El motivo, después de pensarlo… la verdad es que es a la misma vez triste y feliz: feliz porque la verdadera causa de su quehacer es el hecho de que aún no están del todo hechos
-el estudiante, el joven, el niño (y en menor medida las mujeres, aunque cada vez menos), gozan del privilegio de no estar todavía hechos, de no tener sus límites claros, como en aquel poema de Machado. De pertenecer a una clase que no es clase ni está reconocida del todo en los estatutos de la Realidad, simple y sencillamente porque la Realidad no puede controlarla (como el pescador no puede dominar al mar en el poema que analizamos hace ya tiempo). La Realidad no puede controlar a la sangre nueva que va bullendo bajo las pieles de los estudiantes de la misma manera que un maestro difícilmente puede contener la sana alegría de un niño de seis años. Ante esta situación la mejor forma de reprimir esa amenaza de libertad que en sus espíritus les recorre es separándolos y arrogándolos a la pedagogía mortal a la que están sometidos todos los seres humanos que nacen bajo este régimen de Realidad. Y cuanta más energía tienen y gana tienen de sacudirse el yugo, tantas más cadenas hay que colocarle.

lo triste, del hecho es que su propia característica de estudiantes nos está ya diciendo que están en proceso de hacerse, de formarse, de delimitar sus cuerpos, sus respectivas individualidades, y así insertarse en la Realidad poco a poco, dócil y tranquilamente.

El paso por la escuela es el equivalente a los rituales iniciativos de las sociedades neolíticas que existen por todo alrededor del mundo: es el hecho de hacerse adulto, pero adulto en la medida en que es arrancar de su seno la viva fuerza de la niñez y someterlo a la muerte de la cultura. Entendiendo cultura como ‘lo que ya está hecho’ y a lo que el iniciado tiene que asentir sin más, el mundo cerrado de los adultos. Naturalmente existen prerrogativas y provechos para quién se somete a semejantes ritos iniciáticos: en algunas tribus americanas se les entregaba un nombre, un nombre verdadero y no el que tuvieran de cuando eran niños. El niño moría para la tribu, era una especie de homicidio ritual para que de sus despojos renaciera otra cosa que ya no era informe, que ya no era la encarnación de la fuerza indomable de la niñez: un adulto.

La pedagogía sólo puede establecerse en el mundo a través de un enconado y profundo odio hacia los niños. La Realidad odia a los niños de la misma manera que odia esa parte –que en mayor o menor medida persiste entre los adultos, pero siempre corriendo por lo bajo, donde nadie pueda verla- indomable, simple, y llena de esa razón vital que lo cuestiona todo con una claridad y una sencillez que destruiría cualquiera de las mentiras con las que se va tejiendo desde arriba.
Al fin y al cabo, el triste destino del estudiante es la integración: y su integración se establece a partir del trabajo remunerado: del dinero. Es un poco triste sentir que cuando el estudiante habla de ‘su’ futuro –porque es suyo, naturalmente que eso le han enseñado a creer al pobre, como el domingo que les daba su papá al caer la tarde si se habían portado bien, también sería suyo-, por lo general siempre están hablando de dinero.

Ese futuro que están esperando es siempre, como cabe suponerse, la introducción lenta y paulatina en la Realidad, no ya como estudiante, sino como hombre trabajador, como soldado del capital, hipotecado, padre de familia –divorciado o no, ¿qué más da?-, etc.

Sinceramente, para mí siempre había sido un misterio la transformación de los jóvenes en adultos. Un misterio auténtico: ¿cómo es qué aquel chaval que holgazaneaba tendido en el sofá, escuchando a todos y a todas que venían a contarle sus vidas, escuchando –en el supremo de la ingenuidad- hasta al pedagogo que al que le hayan adosado, cómo, repito, es que de pronto es un señor? Un señor de esos que camina solo… que desde la distancia aburre a los niños con su barriga, su cara larga, sus cuidados ademanes en la mesa, su imposibilidad para seguir ningún tema que no sea lo que ya está dicho o lo que no sirve para decir nada –los temas comunes: deportes, clima, dinero, algún titular del periódico, etc.- y que su cara rebela incomprensión a cualquier otra cosa.

(Naturalmente esta hechura del adulto nunca es total ni absoluta, y en ella
misma se pueden encontrar en grandes generalidades rasgos de eso otro indomable
de la juventud; aunque nunca se atreva del todo a dejarse llevar por ellos.)


Sea como sea, creo haber llegado al quid de la cuestión, ya que yo mismo me hallo en esa edad crítica en donde se suplica –ya por familiares, ya por dineros, ya por amores- que se tomen las riendas de la vida. Y debo decir que, aunque no se llegue a parodiar el asesinato ritual de los neolíticos, ciertamente, hay un momento en que el predominio en el joven, lo mismo que en el niño, es de miedo absoluto. Se le inflige miedo y a través del dominio de ese miedo –cuyo dominio pasa por sentirlo a ejercerlo en los demás- es lo que constituye la esencia de al adultez.

En ese sentido, el triste destino del estudiante es siempre insertarse en la vida adulta, en hacerse uno más entre los incontables que ahora les reprimen. Lo más inútil de la revuelta estudiantil, de la reyerta y del enfrentamiento con la autoridad, pasa por darse cuenta que esa misma autoridad hace una década estaba en el mismo lugar que el estudiante, y el estudiante, más tarde o más temprano, acudirá presuroso a esos puestos de autoridad a ocuparlos y ejercerlos –con más o menos convicción, da igual.

Naturalmente ello exige no únicamente la cuestionabilidad de toda la masa estudiantil, sino el someter a tela de juicio el valor actual de la propia educación y de la Universidad.

La Universidad desde su formación entre la comunidad de alumnos y profesores de las escuelas catedralicias de París en el s. XIII funcionó como un instrumento de regularización del saber… el conocimiento –sea lo que eso sea, que ya tendremos que hablar de ello en otra ocasión- pasaba por las manos de la Universidad de París que rápidamente se hizo presa de intrigas politico-religiosas entre los dominicos y los agustinos. Convirtiéndose inmediatamente el brazo más importante para normalizar cualquier disputa teológica –que en el fondo siempre se trataba de una disputa política-, para que nuestros bienpensantes, averroístas e intelectuales no se nos salieran del rebaño…

De la misma manera, hoy día las empresas usan a su antojo a las universidades y a su pobre alumnado, lanzado al estudio a los jóvenes como un buitre se lanza a la carroña, es decir, como su única oportunidad de supervivencia en este régimen del dinero y de la muerte. En un alarde de simpatía con el sistema capitalista, las universidades más prestigiosas cuentan con bolsas de trabajo con las empresas más importantes para incitar a sus alumnos a comprar sus puestos. Esto es a pagar las importantes colegiaturas a cambio de ingresar, sin más tránsito –casi sin notarlo, como si en realidad nunca hubiesen salido del todo de la Universidad (y así vigilar que salga bien esa transición del vigilante-pedagogo al vigilante-supervisor, y no vaya a ser que se desmadre una parte del engranaje en el camino). Y los alumnos, agradecidos, agachan la cabeza y presumen que desde los veinte años hacia delante lo único que tienen que hacer es esperar tranquilamente la muerte.

Y en cuanto a las universidades públicas, parece ser que lo único de públicas que tienen es su bajo coste –esto es para permitir que las clases más o menos bajas, puedan tener la oportunidad (no ya de instruirse, porque, siendo sinceros cualquiera puede reconocer que el gran grueso de los estudiantes no les importa tanto su instrucción como su diploma), sino de ingresar y subir un peldaño más en la escala social y de seguridad.

El destino de toda enseñanza que pueda salir de las Universidad es por lo general apoyar y recrear la Realidad… justamente entre las aulas de los doctores de física, biología, psicología, etc. van saliendo los titulares y formulitas que van sosteniendo y repitiéndose como un hueco eco entre los periódicos y los titulares de los telediarios –los más importantes productores de Realidad en cuanto a volumen:

(¿cuántas veces no se ha visto esos preciosos titulares entre una matanza en
Palestina y un asalto de joyería, un titular que dice algo así como: «Los genes
determinan más los comportamientos sexuales en hombres que en mujeres; así es,
un estudio realizado en la Universidad de Tubuctú ha demostrado a partir de la
comparación genética entre hombres y mujeres que hay un gen que determina qué
posición le gusta más unos u a otros. El doctor Roy Azbanut nos explica: “Así
es, a los hombres en la línea 23 del desciframiento del código genético dice
claramente que les gusta como perrito, en cambio a las mujeres no hay por donde
agarrarlas.” En noticias locales una joyería de Vallecas fue ayer asaltada por
un grupo de 3 hombres encapuchados y armados que irrumpieron en el local y se
llevaron 300 euros de la caja y 1.000 euros más en bisutería de plástico. Los
hombres tenían acento latinoamericano.»? Si la escena les resulta familiar,
piensen: ¿para qué está insertado ese estudio ahí?, ¿para qué sirve?, ¿por qué
la Universidad de Tumbutctú se gasta el dinero pagando a Roy Azbanut para
averiguar si la preferencia de la posición sexual en el coito se halla en el
genoma humano? Sencillo: porque sí. Es francamente útil para la Realidad ir
llenando los espacios que faltan por encontrarse e ir tapiando todas las
salidas, fomentando la mentira de que lo que no hay nada que no se pueda
explicar.)


Por ello es absolutamente necesario que los estudiantes comprendan, que vayan al final del asunto… que no se queden en su NO a BOLONIA (tan loable y tan superficial al mismo tiempo) y que ahonden y escarben en las situaciones que ha convertido a eso que llaman ‘conocimiento’ –aunque a mí la palabra me de ganas de devolver- en un bien más dentro de la sociedad capitalista, en algo que puede hipotecarse, que puede cambiarse por dinero y es justamente de Dinero de lo único que se trata en el fondo de la Universidad. La Realidad está pidiendo que el estudio es únicamente un trance entre la vida, necesario para la liquidación absoluta de lo incierto, de lo indomable, de lo vivo que corre bajo las pieles de todos los niños y jóvenes… está diciendo que en el momento en que se deja de ser estudiante se le otorgará las mismas prerrogativas que hoy día sostienen los dirigentes políticos, los doctores académicos y los padres de familia; esto es: ejercer el terror en vez de sufrirlo.

Contra esto es contra lo que se tiene que rebelar, eso sí, poniendo freno a todas sus ofensivas, diciendo siempre NO. Y estando siempre en pie de guerra contra la Realidad, con todos y cada uno de sus representantes: escuelas, Universidades, Estados, bancas, periódicos, medios de formación de masas, y como no, los nombres también.

¡Salud!