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viernes, marzo 21, 2014

¡Viva!

Sólo hay dos pedagogías: la del amor y la de la muerte. Ambas enseñan lo mismo.


No, mamá. Yo sé que tú no estás muerta. No creo en trasmundos de chamusqueo eterno, ni de paraíso de aburrición, ni de tibio purgatorio. Tanto menos (que me parece que es darle del revés para lo mismo a la cosa) en espíritus chocarreros ni brujas ni entreplanos de la Realidad. Que ya con una Realidad me basta y sobra como para andar buscando otra.


Pero yo sé bien que no estás muerta. Que aunque te ande por aquí extrañando el cuerpo lirondo tuyo, tus gafas oscuras, tu mata negrísima de pelo (con el entrecano de los años), tu sorna perenne del mundo este de hombres que te tocó parir, yo sé que no estás muerta.


Mientras haya gramática que te nombre, que nos nombre. Habrá vida. La muerte es que ya a uno no le pase nada. Que uno sea el que es. Y tú no serás, no señora, de eso ya me encargaré yo, de seguir dándote quebraderos de sueños y miedos, madre que los tenías a puños.


Quién sabe, quizá sin el burbujeo televisivo que te hacía compañía siempre, sientas algo y escuches mejor. Perdona que, aún después de este trance tuyo, siga con la sorna de la tele y el crucifijo (que para mí, ya lo sabes, son casi lo mismo), pero ¿qué quieres? Ya mucha paz te dará el cuerpo tuyo, lindo y fregado ya de rosas, déjame que te siga yo (como solías hacer tan empecinadamente tú) poniéndote el gorro de razones y tonterías que se me cruzan por en medio.


¿Haz visto que fui a tu funeral? Con corbata y todo. Como me decías, sabiendo lo poco que me gusta, cuando la usaba: "Qué guapo" y te sonreías. Por más mortificaciones que la peste esa que te cayó encima te estuviera dando. Y hasta fui a misa. Y hasta recé. O por lo menos mustié lo mismo que mustiaban los demás. Fíjate nada más lo mucho que te quiero como para andar pasando por esos trances. 


Que es que ya sabes que ni funerales ni cumpleaños (que para mí son más o menos lo mismo) me gustan nada ni me gustarán jamás. Nunca me perdonaste que ni me parara en tu último cumpleaños, mamá. Pero, oye, es que yo no aguanto esto del conteo del tiempo (que es lo mismo que el funeral, cerrar el tiempo y el ciclo) y, aunque los sacrificios se valgan, hay que medirlos y darlos oportunamente.


Pues sí, que ya parece que nunca más vas a andar por acá, en la casa. Tú cama ya esta limpita y tendida, vacía. La misma cama en la que te vi hace dos días cuando vine a recoger una refacción entremedias del trabajo y me dijo la enfermera que ocupabas que te sentaran, que ya podías caminar con esas piernecillas maltrechas que te había dejado esa peste de Dios. Y bueno, yo, que te siento en la silla de ruedas y me miras y ves la ventana y resoplas y jalas el aire con la garganta y tu hilillo de oxígeno atado a la máquina resopla contigo burbujeando y te digo que ahorita regreso que voy a hacer una cosa y vuelvo y estás agotada de estar sentada y te digo si quieres volver a acostarte en tu cama y me dices que sí y tienes calor y te echan aire con una toalla y te acuesto y miro a mi tía y miro a la enfermera y te miro a ti y me veo a mí, que puedo caminar y brincar y correr y pasear y andar a barruntos por el cerro (aunque claro, tenga yo que volver corriendo al trabajo a dejar la pieza y cobrar los dineros para ir juntando, como tú bien hacías previsora que eras, para mis servicios funerales del futuro) y te di un beso en tu frente perlada y te dije te quiero y te dije que al rato volvía que nos veíamos en la tarde y ya nunca más te vi.


O sí.

O no sé.


Bueno, yo ¿qué voy a saber? Si soy yo. Que ya se sabe que esta pedagogía fantástica del amor y de la muerte es precisamente que hay que olvidarse de uno, de sí, del contorno preciso del límite del alma y patochadas psicológicas que le vengan detrás.


Y estás aquí. Porque te nombro. Que aunque, claro, no sea lo mismo que verte en el rebujo de la sorna y la risota que te traías hasta el lecho mismo de tu muerte, será una forma de no dejarte en paz. Que no te deje la razón, de vez en cuando, de asaltar... y cuando te hacías ovillo con el alma atorada y llenas de miedo, y te venía yo, algo cansado, es verdad (que ya mucho batallaba y batallo yo solo para deshenebrarme el miedo y las ideas), a sacarte algún resabio de alegría a fuerza de parir dudas y más dudas.


No, no estás muerta mamá. Porque la muerte tuya es la muerte de todos, ya se sabe. La muerte de cualquiera es la estadística que juega contra nosotros y nos condena: No, niña, no. Que aunque aquí sigamos en la congoja de la falta de ti, de los abuelos, de Agustín, de Javier, de Juan Pedro, de Panchito, de la Mandrake, de Happy, de... bueno, de esa ristra de nombres y sueños y masa que yo decía ver y tocar y abrazar, pues algo queda, algo se nos va cayendo, una venda que nos dice que el lenguaje lo cubre todo en ese lugar podemos, si aprendemos, como decía el nigromante zamorano, a dejarnos hablar, saldrán vivos y muertos a puños por bocas y nadie sabrá nada. 


¿Te imaginas una forma más bonita de Apocalipsis? Que los muertos resuciten en la boca de los vivos. Que de pronto de la urna de tus cenizas naciera una palabra, una palabra sola y que retumbara con un eco levantando de sus sepulcros a los corazones (más muertos los de los vivos, qué duda cabe) e hiciera añicos en un santiamén todo el mundo, el mundo todo con sus crucifijos, sus televisiones, sus cumpleaños y funerales.


Tú, mamá, tú no estás muerta. Así de simple. Por qué si, como decía el silogismo, si no estás ni aquí ni allá, ni en cielo, ni en infierno, ni en tu urna, ni en tu cama, ni en tu cuerpo... ¿por qué ya concluiré que no estás en ningún sitio? No. La demanda sin fin está ahí. La búsqueda puede seguir por siempre y no acabarse nunca. No estás aquí. Pero no estás muerta.


Viva.


Vivan tú y todos los muertos del cementerio. Que esta Realidad que te llenaba de miedos y tristezas, tiene como piedra angular la lápida de cada uno de nuestros muertos. 


Vivas tú por siempre, María Magdalena. No llores más, mamá. 


Te quiero.




miércoles, enero 02, 2013

El más triste de todos los mandamientos...


Resulta más que curioso constatar que solo existen tres mandamientos (de la ley cristiana, claro), que son abiertamente positivos. 

1. Amar a Dios sobre todas las cosas.
2. Santificar las fiestas
3. Honrar a tu padre y a tu madre.

El resto de los siete son más bien negativos o prohibitivos. Te impiden hacer cosas, en lugar de obligarte a hacerlas. 

De esos tres mandamientos de obligación, uno tiene que ver con Dios (cosa que lo vuelve bastante importante) y el otro tiene que ver con los padres (cosa que más o menos se puede entender según qué cosas). Es decir, ambos tienen que ver con un cierto "amor" y "honra" hacia otra cosa que no es uno y reviste cierta autoridad: Dios y los padres. Algo que sería bastante digno de analizar y desmenuzar  pero que dejaremos para otra ocasión  porque es que es el tercer mandamiento el que no deja de llamarme la atención:

Santificarás las fiestas.

Locución que no quiere decir sino que se cumplirá el rito establecido según el precepto de la fiesta, sea de cilicio, ayuno o abstinencia y oración, solamente la importancia de Dios supera la del rito:

Ya que en orden de importancia (si se quiere dar, como parece que es, un cierto orden jerárquico al mero ordinal de los  mandamientos), solamente la figura del amor a Dios y la no utilización del nombre de Dios en vano, superan a la importancia de guardar las fiestas, de celebrarlas como es debido.

Incluso por encima de la honra a los padres, al hurto o al asesinato, parece preocuparle a la canónica eclesiástica que lo que primero se haga, una vez queda liquidado el asunto de Dios, es que se reúnan los feligreses al rededor del rito para poder continuar con la institución.

Preguntas son muchas y muy graves las que surgen al rededor de este descubrimiento de Perogrullo. No ahondaremos, aunque tendría sus sentido, en las distintas polémicas alrededor de las teorías de las fiestas y rituales sociales desde el punto de vista antropológico. La fiesta de Pierre Calestres (bastante criticada por lo demás por antropólogos que hacen más trabajo de campo), retomando ciertas nociones de Mauss y Bataille, ve en la fiesta una suerte de transgresión para la eliminación del excedente de la producción (esto aplicado, claro está, a los pueblos fundamentalmente neolíticos, es decir, los pueblos que aún siguen sosteniendo su economía fundamentalmente de la tierra).

Quizá no esté del todo equivocado Calestres siempre y cuando recordemos la máxima fundamental de la transgresión: que es justamente el polo dialéctico del orden. O, como diría el profesor Juan de Mairena, es su complementario, cumpliéndose las dos reglas fundamentales: 1) ser el uno lo contrario de lo otro y 2) ser el un condición de posibilidad de lo otro.

Es decir, sin transgresión no hay orden, sin orden no hay transgresión. Luego, ¿la fiesta es solo la lavada de cara del orden? ¿Será que estas borracheras de muerte y congestión alcohólica y pseudobacanales solo son comprensibles desde la perspectiva del absoluto aburrimiento del día a día? 

Ya he dejado más que claro siempre y en cada momento que odio las fiestas. Las odio con ferocidad y desprecio. Desde las fiestas de fin de año, pascua y vacaciones, como por supuesto y sobre todo, la fiesta personal del cumpleaños y los aniversarios. Independientemente de que nos quieran vender que se trata de una inocentada, que no importa, que da lo mismo celebrar que no celebrar, que es una excusa para pasárselo bien, que no se lo tome uno demasiado en serio...

No, no se puede. Me lo tomo en serio, lo más serio que puedo sin llegar a importunar a la gente. Me tomo, hasta un cierto punto, muy a pecho la tarea de recordar la tristeza. ¿No sienten ustedes como esta orgía de lucesitas y de abrazos esconde una tristeza enorme? ¿No huelen aquí a un trampantojo? ¡Casi como las fiestas de la sangre de San Pantaleón! El hecho de que suceda ante 5 mil personas la licuación de una sangre de más de 1700 años... ¿significa que es verdad? ¿Significa que lo que está ahí ocurriendo es un milagro?

¡Quién lo sabe! Yo, lo cierto, es que no. Pero ese hecho, no me parece más milagroso que ver cómo la gente, acepta sin más, el cambalache tramposo de cambiar 363 días de gusto y regocijo, por uno de orgía y locura. Me sorprende la docilidad de la gente para aceptar esto. (Lo mismo, por cierto, que me sorprende la docilidad de la gente para aceptar el tráfico o los impuestos o el crédito). Me deja boquiabierto, más que si viera yo mismo la higuera seca florecer con la sangre derramada de la decapitación de San Pantaleón. 

¡No señores! Aquí hay un camelo gordísimo. ¡Enorme! ¡Tiene que haberlo para estar justo después del rendir tributo y obediencia y amor y respeto a lo más sublime y sagrado de la institución! Es decir, a Dios. ¡Dios es justamente la justificación de la fiesta! Y no porque se trate de Navidad, sino porque esa idea es la que en el fondo, está detrás de esas carnes entristecidas, cuerpos enmohecidos, alegrías entumecidas, que se lanzan en un frenesí místico y enloquecedor a divertirse. ¡Para qué el cilicio si hoy se bebe cerveza como si de un auténtico deber de penitente se tratara! Y ese sonido de cohetes y pirotécnica que viene a ensordecer como silencio de monje cartujo. ¡No vaya a ser que en ese silencio, se desquebraje la idea de Dios! No vaya a ser que en esa pausa de la producción infernal, nos demos cuenta de que todo esto es una ilusión, todos contemplamos embobados la ampolleta de sangre de San Pantaleón y nos damos golpes de pecho con espantasuegras y gorritos de "Feliz año nuevo"! 

Para que al final, esta pirueta de la roca azul vagabundeando al rededor de la nada de soles, cobre algo de significado... porque si no... porque si no... ¿Cómo iban a sostenerse las alzas de las acciones, los créditos hipotecarios, las idas y venidas a los estadios? ¿Cómo iba a sostenerse todo si no hay un fin? Aunque sea el de este año... ¿Cómo iba a sostenerse Dios si no fuera porque el no es puro amor ni puro nombre, sino institución, rito y fiesta? ¡Dios se desmoronaría sobre nosotros mismos, salpicándonos de su divina sinrazón, si no fuera porque está condenado, como idea que es, a presentarse en la forma ordenada de la fiesta, del pulso, del ritmo, de la mentira teatralizada!

Que se jodan las fiestas, queridos, y ya verán como no necesitamos tanto petardo, ni cerveza, ni abrazos, ni Dios, para estar alegres y cantar.

viernes, diciembre 21, 2012

Del fin del mundo...


Ay, que se acaba, uy, que se cierra el negocio, que ya nos mandan a freir el churro a los santos infiernos. Nada, nada, que esta aurora, como la de ayer y la de mañana será exactamente igual de aburrida y rutinaria que las demás... acaso el signo más inequívoco de que, sí, era verdad, el mundo, hace mucho tiempo que ya se acabó.

¡El fin del mundo no es algo que ocurra en el tiempo! No, el fin de la cosa misma del mundo no puede ser que se de dentro del tiempo si su clausura, es la propia clausura de este tiempo (al menos del calendario gregoriano, vaya usted a saber si las lluvias de neutrinos y chorros de materia oscura que andan por allá por las galaxias, cuenten y midan los tiempos). El fin no se espera en el tiempo, eso es ya mera lógica.

Ahora bien, eso no significa en modo alguno que el fin no pueda tener su lugar. Tener lugar (que algún listillo quiera entender como tener su suceder en el tiempo, ya que tiempo y espacio, más o menos, vienen a ser lo mismo, pero no, no será así si el espacio sin ser trocado en tiempo es algo que se da antes del tiempo o que subsiste por debajo de él, corriendo a su par, sin una aparente modificación del transcurrir del propio tiempo).

Sí, una vez un loco le dijo a mi maestro, "Eh, tú, Calvo, que hablas del fin del mundo, ¡pero si eso fue hace tanto tiempo!", dijo y se sonreía desdentado. Y es verdad, hace tanto que el mundo ya no es mundo.

Quizá el mundo se empezó ha acabar hace unos tres mil quinentos años cuando unos pastores asiros comenzaron a hacer marquitas con un estilete en un forro de lana tejida para ir haciendo las cuentas de las cabezas de ganado y los censos de las poblaciones. Así se comenzó la lenta caída hacia el fin que nos va dejando varias pistas por ahí. La escritura alfabética fenicia, la ida de Colón a América, la invención de la imprenta y finalmente la creación del progreso progresado a partir de la creación del automóvil, el satélite y la producción estúpida del capital.

Ay, amigos, ¿realmente esperan el fin en el tiempo? ¿No se dan cuenta que es justamente el hecho de que el mundo esté conocido y redondo por sus cuatro costados? Si ya lo dice la palabra: "Definir" es dar fin, es delimitar y poner al mundo en la áridez de lo ya conocido de su geografía y de su rutina. ¡Ya se sabe lo que es! Y ya lo que pueda pasar en él, tiene el mismo razgo de aburrimiento, bostezo y desesperación que lo que pueda ocurrir en el Reino de Dios. 

Poco nos deben escandalizar los agoreros del fin de la historia y o del mundo. Desde San Juan a Boris Cristoff, pasando por Hegel o Harold Camping, es lo mismo... Predicen a toro pasado, ya el mundo se acabó, al momento de saberse, ya no hay nada que pueda pasar en él sino lo que estaba mandado que ocurriera.

¿No se dan cuenta la terrible situación? ¿No está el mundo ya tan muerto que a uno solo le puede pasar lo que ya estaba destinado a ocurrirle? El mundo ya se acabó, si no en el tiempo, porque eso es imposible, sí en su tener lugar. Ya no hay lugar para que ocurran cosas inesperadas y ello ya es suficiente evidencia de que el apocalipsis ya se consumó. 

Mefistofélico contrato que el hombre ha firmado con los poderes celestiales: ha cambiado la vida por la seguridad. Y así nos va, trocando significados, los unos por sus contrarios: ¿nunca se han parado a pensar que es posiblemente el hecho de estar tan obsesionados por nuestro fin, nuestra desaparición y abogando por nuestra supervivencia, el signo claro y distinto de que ya lo que hay aquí no puede llamársele vida? Pura espera de la muerte, aquí sentados, viendo al sol levantarse con su redondez sobre todo el orbe conocido. 

Acaso, haya, quién sabe, entre esas hendiduras de saber, algo que se pueda de veras vivir, que se pueda de veras palapar, que ya no sea ese devenir de lo ya hecho y lo ya dicho. Pero eso, queridos, tampoco ocurre en el tiempo... y caso tampoco le quede el lugar. 

jueves, noviembre 01, 2012

Buenas noches, Agustín





¿Qué voy a decir de ti, maestro? ¿Qué es lo primero que se me viene a la mente? ¿Tus portentosas obras de traducción? ¿Tus dialéctica sobre la gramática? ¿Tus razones sobre las heridas estas del alma? ¿Tus poemas como perlas y tesoros escondidos en la pulpa del papel que se me vuelven un palpito viviente aquí junto a mi corazón, para herirlo y arrancarle lágrimas y asombros?

No, Agustín, nada de eso se me viene a la mente. Sabemos que tus siembras de tinta seguirán por ahí pululando por siempre y para siempre. 

Hoy simplemente me acuerdo de que tenías un corazón muy bonito, Agustín. Nada más. ¡Tan bonito que no te cansabas de dibujarlo por ahí por donde ibas! ¿Te acuerdas? En el libro este de Contra el tiempo, aparece a cada rato. Corazones cruzados de una flecha. Es en lo primero que pienso de ti, maestro. En tu enrome corazón y te imagino con babuchas acercándote al burro con cáscaras de melón para comer. Nada más.

¿De lo demás? Quién sabe si el Régimen, ahora que ya no estás hablando quiera colgarse medallas a tu costa ahora que ya no puedes responderle como hacías, ojalá por lo menos le quede esa decencia. Acaso, si sirviera para algo... bueno... quién sabe. ¿Qué importa, Agustín?

Yo ya no sé bien qué decir. Simplemente quiero decirte "buenas noches", otra vez. Como cuando al salir del Ateneo de Madrid con tus bufandas y tu paso tranquilo, pausado, ligero, ibas sacando un purito para degustarlo en las escaleras y pasar el rato mientas esperaban un taxi o seguías tertuliando ya en la calle. Yo pasaba a veces y sin atreverme demasiado a interrumpirte te decía: "Buenas noches", y tú, aunque tuvieras siempre esa cara de cascarrabias en las fotos, levantabas tus ojillos y lanzabas una sonrisa que ni la más buena de las abuelas es capaz de sonreír así de franca y así de clara. 

¡Ay, Agustín, con ese corazón tuyo tan enorme, tan abierto, tan sincero! Te dejabas arrastrar siempre por la muchachada, y es sólo en nombre de ella en que me atrevo a interrumpirte en los pitillos que te haz de estar fumando ahora. Es en el nombre de la muchachada que te veía en las tertulias, en las que te conoció durante el 15M, o de las que fueron tus alumnos en la Complutense o con las que estuviste allá cuando las rebeldías del '65, los que te acompañaron en la Comuna de Zamora, los que estuvieron en las cárceles de Madrid contigo por rebelarse ante la dictadura, por los que cantan tus palabras, por los de las tertulias de la calle Desengaño, por los de Nanterre, los que cantan tu himno preguntándose qué quiere decir, los que te leían en los periódicos, los que te oyeron en la radio, los que te invitaban sin un duro que darte a cambio, los obreros, los estudiantes, los del teatro deleitados por tus adaptaciones de Shakespeare, los filólogos que se quedaban de piedra al ver tus traducciones, los filósofos que preferían hacer como que miraban a otro lado, en nombre de los anónimos simplemente me acerco a decirte gracias, maestro. Muchas gracias.

¿Sabes? Siempre que leo o escucho a alguien con razones atinadas, pienso: Agustín lo sabría decir mejor. Porque ese era el mejor botón de muestra de tu amor, maestro. Que no te bastaba con decir razones que dieran en la diana de las cosas, de las heridas, de los dolores de estos que seguimos por aquí, mediosobreviviendo. No, eso no te bastaba. ¡Había que decirlas bien! ¡Había que hacer el esfuerzo por decirlas de la manera correcta y precisa! Y recalcar que ese decir no era un decir oscuro ni destinado a las élites de la inteligencia, sino para cualquiera, para que cualquiera lo pudiera entender. Y cuando no lo conseguías, me consta que te mortificabas, y buscabas, te devanabas los sesos por encontrar una fórmula, la fórmula más sencilla posible, para explicar eso que otros presentan bajo disfraces de profundidad.

Y tú poesía, señor mío. ¡Tú poesía! Ay, de mí que me salvaste, señor mío. ¡Ay de mí que yo ya andaba barruntando fabricar escupideras con los poemarios del mundo! Pero cuando leí tu poesía quede deslumbrado. ¡Al principio no lo quise aceptar! Era una potencia tan grande la que ejercía, que pensaba: ¡Ea, no qué este es un brujo, un sedicioso, un seductor! Pero después comprendí que no había revés de ninguna de tus intenciones. Que realmente lo que querías hacer, en lo que te dejaste años y heridas sobre la tinta, solo había la intención de hacer algo bello, algo lindo, algo que dijera algo. Y entonces se me abrió de nuevo ese mundo delicioso, amoroso, rico, como palacetes de nácar y esmeraldas, como rincones olvidados de bosques tapizados de frutas y hierba suave, descubriste ante mí una lira apolínea, una manera nueva (¡que de nueva tenía lo que tiene la poesía clásica griega!) de hacer poesía, de regalar versos, de entregarse al deleite de la lengua. 

Y eso sin hablar de las cartas que nos enviamos, de los favores que me hiciste a mí personalmente, un muchacho indocumentado mexicano en Madrid estudiante mediocre de una licenciatura inútil. Y siempre tan presto a ayudar, a saber, a intentar hacer algo. Son muchos hoy los que nos sentimos un poco más huérfanos.

Ay, Agustín, tú toda ricura, tú toda holgura y largueza, me impresiona. Tú, manirroto de tesoros y perlas de tu alma, gracias, maestro. Gracias, Agustín, gracias por todo lo que nos dejas, gracias por esta herida de este pedazo de corazón que te nos llevas. 

Y al enterarme, amigo, que ha sido tu corazón el que te ha fallado... ¿Qué decir? ¿Qué pensar? Sigo recordando, llorando, tu corazón cruzado por una flecha. Barricada, bastión, castillo frondoso donde solazarse y cantar, habrá que hacer algo para seguir conjurando a la innombrable. Habrá que seguir en esta batalla, maestro, contra la Realidad. Aquí seguimos, Agustín. Muchas gracias, dulce maestro y buenas noches.



viernes, mayo 11, 2012

Excursus: Vida y muerte

Los últimos años del profesor fueron una suerte de bendición. A los 93 años seguía tan lúcido como si tuviera 20. Llegando a ver los albores de este siglo en el que nos acomodamos para esperar a la muerte, el profesor, a pesar de haber pasado más de la mitad de su vida en grandes urbes como Madrid, México D.F., Buenos Aires, etc. nunca dejó de ser un provinciano. Un cordobés amante de la vida sencilla, tranquila y enemigo de los tropeles de masas que de un lado a otro se lanzaban al futuro.


El episodio que narro a continuación ocurrió el mes de Junio del año 2001, algunos meses antes de su muerte y la última vez que pude acompañarle personalmente a tomarse un lágrimas de jabalón y una tapa de paella. No hay cinta ni grabación de ese momento por lo tanto tenemos que fiarnos de la memoria de este que escribe para traerlo aquí y presentarlo a vosotros…

Para entonces el estado de salud ya estaba bastante deteriorado, un cáncer de faringe le hacía muy dificultoso el comer, aunque él nunca se quejaba. Simplemente se declaraba inapetente… Estaba en los huesos, sus movimientos eran tan lentos, tan delicados, que siempre que se movía uno tenía la sensación de que se fuera a romper en el canto de una mesa, en el borde de la silla. Me resultaba inexplicable cómo es que aún tenía fuerzas para ponerse en pie. Sin embargo el brío de su lucidez –a pesar de algunos rumores infundados sobre su supuesta chochez-, era incuestionable.

Salimos de su apartamento, despacio, muy despacio… llevaba ya varias semanas sin salir, sin tocar la calle, sin ver a aquel Madrid que tanto se había pateado de bar en bar, de tahona en aula… y ahí estaba: su Gran vía. Durante un momento se quedó deslumbrado, como un niño que descubre el mundo con sus caravanas, las furgonetas, los albañiles, los inmigrantes, el viento gélido de la colina madrileña, como si el cielo se quisiera llevar aquella ciudad de una vez y para siempre… y él, con su escaso pelo cano, bailando en la solapa de su boina, con unas gafas gruesas y los ojos entrecerrados por el sol de la mañana que se colaba por entre los edificios hasta alumbrar su portal se quedó quieto:

No dijo nada –apenas podía hablar-, sólo él sabe lo que estaba pensando… lo que le estaba cruzando por la cabeza, si acaso un horror de ver aquél Madrid acosado por la marabunta del movimiento industrial, acaso por los rubios turistas que cámara en mano avanzaban como puñados de irrealidad flotando a miles de años luz en sus lenguas bárbaras, o acaso simplemente el dejarse sentir una vez más entre aquél vivo anonimato de la calle y, pensando quizá, que sería la última vez.

Me dio su mano… su tímida mano, avejentada, fría, cansada y nudosa como quien entrega una rienda. Tocarla me estremeció… se aferró a mí y no me soltó desde la calle de los Tudescos hasta San Bernardo: caminamos juntos, como dos amantes, dos amigos, padre e hijo, aunque no sé por qué yo me sentía su padre y él, con la pureza de su asombro al ver las marquesinas, escaparates, automóviles, modas, teléfonos, no podía ser sino un niño… un niño perdido y extraviado entre aquel mundo de altura, hormigón y silencio difuminado por el tráfico de capital disfrazado de automóviles y personas.

Lo curioso, lo verdaderamente extraño que ocurrió fue al llegar al cruce de peatones de San Bernardo. Era en la acera de enfrente en la que estaba ubicado el único bar que más o menos toleraba de la zona, sin televisiones, ni radiolas para disimular el silencio, apenas una pianola destartalada y desafinada que aporreaban de vez en cuando los niños en sus juegos.

Pero esperando a que el semáforo cambiara a verde, el profesor Hipólito hizo algo bastante curioso:

Sin decir palabra, ahí, junto al semáforo y la papelera gris, junto a los miles de madrileños y foráneos que circulaban ya a pie, ya en las bocanas del metro, ya en sus autitos personales, se soltó de mi mano y con una lentitud parsimoniosa, su mano lechada cruzada por venas que parecían flores moteadas por pecas y manchas, me soltó y sosegadamente se introdujo en el bolsillo.

Cuando la sacó tenía en su mano un puñado de sal. Y con el cuidado que ponen los niños en sus juegos abstraídos, fue dibujando un círculo sobre la acera alrededor nuestro. Yo sin atreverme a interrumpirlo, el viento que intentaba desdibujar el polvo sin lograrlo del todo y la concurrencia que de pronto comenzó a darse cuenta de lo que estaba haciendo el prof. Orejuela. Y después de acabar… tomándome de mis brazo y tiró de mí hasta arrodillarme dentro del círculo.

El semáforo se puso en verde en aquél momento y los peatones circularon ante nosotros, mirándonos… Hipólito acercó hasta mí sus labios desdibujados y dijo:

-¿Sabes alguna oración?

No hacía falta responder, estaba temblando… no sé si de frío o de miedo. La multitud se movía como una lenta marabunta, observando aquellos dos hombres que estaban arrodillados dentro de un circulo de sal… y estoy seguro de que Hipólito tenía más miedo de ellos que cualquiera de él.

viernes, febrero 24, 2012

El triunfo de la muerte


Cuando estos huesos tuvieron, casi por casualidad, que pasearse entre las galerías del Museo Nacional del Prado, ya sabían la existencia de este cuadro por demás medio morboso de Brueghel. Así que cuando llegué a la galería de la pintura flamenca me quedé un rato viendo este cuadro e imaginando toda esa estética medievalista apocalíptica: los cartujos que entran danzando a rostizarse en las llamas mientras cantan loas al señor, las procesiones de penitentes que caminaban de un lado al otro de Alemania azotándose las espaldas gritando que el fin de este mundo pecador estaba cerca, los cadáveres olorosos de las brujas en los Países Bajos, la hediondez de las piras de muertos ardiendo consumidos por la lepra y la peste... y en fin, todas esas lindezas que parece que la modernidad se empeña en hacernos pensar del medievo, un poco por no tener nada que decir y otro tanto para hacernos creer que todo eso no eran más que supercherías de ignorantes y fanáticos.

Y claro, frente a ese cuadro y esta representación de las épocas, un no puede evitar la suspicacia. ¿No eran aquellas alegres canciones del Carmina Burana unas tonadas llegas de alegría y desenfado? ¡Mucho más que las taciturnas e idiotizadoras canciones de amor por el ideal o jolgorio para el beber que hoy padecemos en esta época moderna! Los goliardos no lo pasaron tan mal: In taberna quando sumus. Y aunque es verdad que los Carmina Burana ya se acercan al Renacimiento Carolingio, no es menos impensable que antes al pueblo -ese pueblo que no es nadie y que, por consiguiente, no entra en la Historia- no le debería de ir tan mal.
Y sin embargo, lo que nos queda es el miedo. ¡El miedo a la muerte! Ya no entraremos aquí en las consideraciones acerca de la propia muerte, sino sólo en su miedo... Aunque, nada más para dejarlo ahí, sacamos aquella frase de Epicuro que ahora mismo no recuerdo en qué fragmento está, de que a la muerte no se le tiene que tener miedo porque no es una cosa que le ocurra a uno. Creo que de estas lindezas ya hablamos en otra ocasión y no quiero dentenerme más en ello. Lo básico de la muerte es que sea siempre futura y que nunca llegue a su término. Basta con que tengamos esa idea fija de lo malo de la muerte para que la sarta de cartujos se lance al fuego o los penitentes ronden plañendo en las calles.

El trampantojo está montado independentemente de las épocas. Lo vivimos hoy mismos, que si crisis, que si narco, que si SIDA, que si banco. Y ustedes me disculparán que ultimamente esté hablando de casos concretos en este intento de desmontar la Realidad, cosa que ya me he pronunciado en contra. Porque cuando uno habla de casos concretos, tiende mucho a perder la perspectiva de lo general y la verdad uno patina mucho en cosas contingentes... valga la aclaración para decir que si nos valemos de verbigracias son únicamente en loor de su utilzación para mostrar lo que está pasando en todas las sociedades en mayor o menor medida, apuntalando estas u otras instituciones de la Realidad.

¡Y es que la muerte es la mayor institución de la Realidad! ¡La primera, si tomamos en cuenta que el tiempo cronológico prácticamente nace junto con la muerte misma!

Pero a lo que voy. Ha vuelto sobre la mesa este debate sobre la pena de muerte en los territorios de México, debido a los sucesos que acontecieron hace unos cuantos días en el penal estatal de Apodaca en Nuevo León. Informarse de las noticias es algo muy penoso, así que digamos que durante una jornada cualquiera, celadores y prisioneros decidieron exterminar a 44 reos de la banda contraria y después darse a la fuga. Los nombres, por ahora, son lo de menos. Que si gobernadores, que si directores penitenciarios, que si esto que si lo otro. La cuestión sorprendente es que ante estos sucesos la gente está a nada de celebrar la muerte de 44 personas simple y sencillamente por su noción de culpabilidad criminal.


Aunque ello tuviera su sentido, no vamos a meternos -aquí y ahora- a debatir qué sea eso de la culpabilidad criminal o cómo el Estado y Capital fundidos en una sola y única Realidad vienen a producir sistemáticamente criminales a través de sus leyes y sus administraciones. No. Vamos a saltarnos eso, porque aún nos distraería de a donde quiero ir.

Y sobre este clima de crispación, vuelve la burra al maíz, vuelve a estar sobre la palestra (no tanto en los medios, sino en el cruce de pláticas con el común) el tema de la pena de muerte. Y si tanto eco se oye entre la gente, ¿será porque realmente lo quieren? ¿Realmente quieren entregar al Estado (y un Estado completamente disfuncional) el poder para disponer de la vida de cualquiera según las legalidades burocráticas pertinentes? ¿Por qué íbamos a desear que el Estado tomara semejante decisión?

Independientemente de cuestiones morales, de quitar una vida, de matar, en suma. La pregunta es: ¿hasta es punto ha triunfado el miedo? Miedo que no es otra cosa que temor a la muerte. ¿Hasta ese punto ha llegado la propaganda y la exposición en los medios de las imágenes de terror? El telediario acaba cumpliendo las funciones de la fachada de una catedral o de este arte apocalíptico de Breugel: el de procurar el triunfo del miedo, que la gente tema de todo. Hasta de los prisioneros que están tras las rejas.

Y ahora planteamos la pregunta: ¿a qué le tememos? ¿A qué le tenemos miedo? ¿A la delincuencia? Pues parece que sí y parece que no. O mejor dicho, parece que el miedo a la delincuencia es sólo una caricatura monstruosa de un miedo del que los propios narcotraficantes, asaltantes y secuestradores son parte. ¿A qué le puede tener miedo un secuestrador? ¿Qué es lo que hace que funcione tan bien este sistema en dónde llega un punto en donde policías y criminales son absolutamente indistinguibles? ¿Qué es lo que nos hace tener miedo?

Al final, reponiendo a esas preguntas volvemos a esa cuestión que no debemos olvidar: la Realidad, por más que se presente en forma de asesinatos y secuestros y robos, no sigue siendo mas que una pura ilusión. Una ilusión sangrienta y violenta, pero una ilusión al fin.

¿No será una cosa accesoria pedirle al Capital y al Estado que nos den pena de muerte? Si al final todos estamos medio muertos y medio condenados. Entregados al trabajo o a cualquier otra actividad, el sustituto de vida acaba llevándoselo todo: las muertes violentas son algo que solo están ahí para distraer y horrorizar, haciendo creer que por no tener una muerte violenta o pobreza o drogadicción, tenemos una vida.

Si todo se trata de una ilusión, y como decía mi maestro: "El fin del mundo ya ha tenido lugar...", hay que decirlo claramente, la Realidad se construye gracias al miedo y luchando contra el miedo, es como se lucha contra ella.



domingo, octubre 24, 2010

Cáncer


Es que aunque uno quiera darle la espalda al mundo y sus cotidianeidades más vulgares, la Realidad empeña en mostrárseme ante los ojos. Y es que aunque uno ponga todo su empeño en ello, no puede evitar enterarse que hace unos días, no se cuando exactamente, fue el día mundial contra el cáncer de mama.

Y uno ve a todos los prohombres de noticias y espectáculos trayendo encima el lacito rosa, acaso combinando con su corbata de seda, comprada específicamente para la ocasión. Anuncios de papanicolaos y demás putrefacta profilaxis para que las mujeres y sus hombres tengan una preocupación más encima… otra más.

Y se habla de estadísticas, muertes al año, prevención, cuidado, autoexploración, tetas, mamas, quimios y demás culteranismos médicos para que todos los mortales, una vez más (cual mandato de Epicteto y los estoicos), piensen en su propia muerte.

Ustedes, es posible, que piensen: ¿Y eso que tiene de malo? ¿No es algo bueno invitar a las poblaciones a la autoexploración, al cuidado del cuerpo y a la vigilancia de la salud propia?

De eso de la profilaxis, ya hablaremos en otra ocasión, que ahora más que el hecho de que eso tenga o no tenga una utilidad o acaso un asomo de sensatez; me asombra más el hecho de la universalidad y el común acuerdo en el que se sintonizan los medios para hablarnos de una cosa es específico: ya sea de días del cáncer, o marcha universal contra la homofobia, o el día de la mujer, o las semanas santas del barrio de Tunalguilla, N.L.; etc., etc., etc.

Y es que con el caso del cáncer la cosa se vuelve más sangrante. Y es que, por más que sea una mortandad considerable las vidas que se van esfumando en los brazos de esa peste, no es menos cierto que se convive con pestes aún más horrorosas día con día, de la que no hay cura, ni propaganda alguna que nos ayude a combatirla.

No me refiero a pestes médicas, síndromes o cualquier otra clase de porquerías que se le resbalen de la boca a nuestros galenos. No. Sino a la peste diaria no menos sanguinaria de la productividad, el tráfico, la publicidad, las noticias, el trabajo, el futuro, el Dinero, la esclavitud perpetua de la rutina, el bostezo universal que sume a la ciudad en sí misma: el matrimonio, la pareja, las hipotecas, la puñetera sensación de que el mundo da vueltas para seguir en lo mismo. La peste de los aparatos, de los accidentes automovilísticos, de los fines de semana establecidos para que la semana y el orden permanezcan incólumes: esa peste sangrante que sume a muchos en depresiones, en alcoholismos, en el perpetuo anhelo de que pase algo… que aunque sea, su equipo, gane en la jornada del fin de semana. ¡Aunque fuese sólo eso!

¡Ah, no! Pero esas no son pestes, según los noticiarios. ¿No llevan lacitos para combatir la despiadada productividad que literalmente esclaviza a sus trabajadores? ¿No hay papanicolao que prevenga que cada uno se autolatiguee para la compra y consumo de fiestas, diversión y aparatejos que el Capital nos arroja desde lo alto como golosinas envenenadas, para que, oh, creamos que ha salido un auto, un teléfono, un ordenador verdaderamente nuevo?

No, hermanos, no. Lo nuevo en esta vida se ha acabado. Cualquier aliento de vida y amor, parece que se cercena y cae al suelo despatarrado, muerto ante la idea del futuro, del Dinero, de su utilidad.

¡Ese es el verdadero cáncer!

Ah, maladados, que cuando una persona particular, una mujer particular, una teta en particular viene a tener, desgraciada de sí, una peste de esas de celulillas rebeldes que se niegan a seguir con el trabajo de soportar su función… ¿qué cosa más trágica puede imaginarse uno? ¿Qué esa persona va a morir? ¿Y no estaba ya muerta? ¿No estaba ahí, entre sus cuentas, echando números, sabiendo que está ahí ella, blanca, simple, eterna, e infinita? ¿No es esta vida una pura administración de los cánceres? ¿No es una espera perpetua de la muerte?

Pero de eso se cuidan mucho los medios de hablar. No sea que de verdad las personas de abajo se den cuenta del cambiazo, no vaya a ser que se den cuenta que sus tetas, son el menor de sus males y que hay una peste perpetua insuflando todo quehacer está siempre conviviendo con ellos, padeciendo un mal que se empeñan en venderles como un bien: trabajo, futuro, Dinero. No vaya a ser que las personas se den cuenta que en realidad no necesitaban de eso: que uno se puede meter en las aguas y enguajarse la cara, lavarse el cuerpo de esa peste de profilaxis y de pronto una sombra de vida, sin esperarla, sin suponerla, sin llamarla, acude.


jueves, octubre 07, 2010

Amor y muerte... otra vez

William Blake, Jerusalem, La emanación del Gigante Albión, plancha 92.

Vuelven a mí, por azares de las lecturas, los tercetos de un soneto de Quevedo de la Musa IV en la edición de Joseph Antonio González de Salas del Parnaso Español. Y que dicen:

Y dije: «Quiera el amor, quiera mi suerte
Que nunca duerma yo, si estoy despierto
Y que si duermo, que jamás despierte.»

Mas desperté del dulce desconcierto,
Y vi que estuve vivo con la muerte,
Y vi que con la vida estaba muerto.

Y volvemos con estos versos a ir repasando quizá una de las divisiones y límites más importantes de todos, los juegos de espejos que se nos abren al querer ver los límites de la vida y de la muerte.

Volver a trazar firme el trazo de lo que es y no es. Y cómo el amor, el simple amor, puede venir a trastocar esos límites, girando una cosa por la otra y otra cosa por la una.

Pero, aunque pueda parecer pleno de sentido a veces, no puedo creer que este simple juego resuelva el acertijo: es decir, que el trocar la una cosa por la otra –la muerte en vida y la vida en muerte- sea toda la respuesta que podamos encontrar.

Es decir, que el dejarse llevar por el amor sea realmente la manera de hacer revivir en las carnes ajenas –carnes vedadas, por supuesto para la vida de uno y que siempre está en esa especie de lugar en donde solo reina lo Otro… (lo Otro con mayúscula como dijo el otro)- que sólo puede ser muerte… Muerte, evidentemente, de esas pretenciones de que la vida sea únicamente lo que cabe dentro de los muros de la piel. Muerte… o como algunos pedantescos le llaman ‘disolución del yo’ que no es otra cosa sino la súbita toma de conciencia de que algo dentro de uno simplemente cae hacia el vacío.

El amor es un buen pedagogo.

No sé porque nos empeñamos en penetrar en su misterio. Reconocer lo que hace el amor en la triste paz de las carnes es ser acaso demasiado necio o demasiado torpe. Sin embargo, aunque nada vaya más allá de una sonrisa, de una caricia, de un beso… que el intercambio de los cuerpos se vea reducida a semejante política que a ojos profanos puede parecer bastante vana, me parece que ahí, se encuentra el misterio de todo.

Y cuando los cuerpos consiguen deshacerse –más por puro aburrimiento de ser ellos mismos que verdaderamente entregarse a eso de Uno que tiene el Otro- de su particularidad –de su vida tan miserablemente similar a cualquiera- a través de una súbita singularización: el nombre del amado que todo lo cubre, el grito de amor invocando ese nombre propio que no significa nada, sino acaso la pura significación, el puro vacío fijo y luminoso.

En ese momento en que el amante desaparece bajo el peso del nombre del amado y ya ni el amado vive… sino solo la imagen de sí mismo proyectándose sobre un espejo, cuyo revés de carne sólo puede ser infiel a la curvatura reflejada.

El espejo se torna en la verdad: la vida se torna en muerte y la muerte en vida. Ninguno de los dos está vivo: los dos acaso mueren, uno bajo el peso del otro, el otro en el filo de su trazo en el reflejo de la imagen de sí mismo.

¡Cómo puede amor y vida estar juntos! ¿Cómo puede amor volver la dicha en carne y la carne en puro olvido?

¿Cómo de verdad el amor puede ser olvido del nombre y no su máxima forma de glorificación? ¿Cómo, en resumen, podemos borrar de la faz del amor esa mancha irreductible de muerte que parece llevar consigo a todas partes?

Quitar por siempre ya de encima esa continuidad, ya del sueño, ya de la vigilia. No tener más miedo a que el tiempo corra… no tener ya miedo a que el nombre se pierda entre la arena. Y si estoy despierto sueño te nombro y si durmiendo me encuentro del revés te llamo real. Del revés real.

Amor, dijo el otro, es de pronto dejar de saber. Dejar de verdad de saber.


martes, septiembre 28, 2010

Que hable...

William Blake, plancha 11 de Las puertas del Paraíso, para los Niños


¿Hay alguien ahí? ¿Hay algo ahí al fondo?

Lo había, lo hay. Quizá eso era lo más difícil de todo, ¿verdad? Que a pesar de que la muerte se iba llevando poco a poco –muy despacio- cada uno de los glaucos puntos de sus ojos, no había más remedio que admitir, pese a las muecas y al danzarín andar que te llevaba de la cama al sofá, del sofá al retrete, del retrete al bar, del bar a vagar aturdido por las calles cordobesas… allá, al fondo de aquel cuerpo hecho pedazos por quien sabe qué peste, brillaban sus ojos de potente inteligencia.

Claro que tú, que si tuviste nombre ahora ya no importa, nos sirves, allá a donde estás, para acordarnos que nosotros, los de acá, los que supuestamente vivimos, tampoco deberíamos tener nombres.

Y algunos, los más inocentes o insensibles, querrán consolar a los que te amaron pensando: bueno, sí, así es mejor, era mejor dejar de sufrir.

Y acaso crean que con tu muerte, la vida ya te olvide y te ofrezca perpetuo santuario en la memoria de los que te conocimos. Pero honda tristeza a mí me cabe más al acordarme de cosas que no supe de tu boca, sino de vivos recuerdos pulidos y hermoseados por los ojos de una niña, e ir imaginando que no se sabe ya desde cuando te estabas muriendo.

No, no me refiero a la peste esa que en cosa de una de las décadas humanas te consumió sin más remisión. Sino de otra peste que a saber cuando se nos mete al alma a todos los hombres.

No sé si tengo derecho siquiera a imaginarte las particularidades de tu peste… ¡está tan generalizada! Yo mismo la padezco como cualquiera. Una peste insufrible de nombre, un cáncer horroroso de futuro, un padecimiento tan universal… de hombres y mujeres –y a veces de gatos y perros y cosas y flores, se me antoja también, sin estar demasiado seguro-, que el hecho de utilizar tú ejemplo para recordárnoslo me sabe a villanía.

Nada, nada, guapo, que te he visto en secreto cantar con pandero y sé muy bien que también a ti te encantaba deshacerte de ese nombre. Así fuera con malas artes en una partida de póquer o acaso tirándote de cabeza por paracaídas y caer y caer y caer quién sabe a dónde.

Todos esos nombres que tuviste, deslavados poco a poco de tu cara, a fuerza de pandereta, de chiste, de anécdota; a fuerza de lagrimitas de jubón que llenaban las copas e iban trayéndote una vida tan enorme que no era vida particular, sino vida de de veras; se te fueron cayendo también con la peste. Y ante los asombrados ojos de ya sabes quién, te nos volviste un niño despatarrado en el sofá mirando la televisión, intentando escaparte a la calle, peleando por una copita de güisqui, asaltando el refrigerador cual zafarrancho de combate.

Pero, aunque ya no te aparezcas por aquí, que no te vea yo ni ya sabes quién, ¿qué importa? ¿A caso por es no habrá motivos para que un día, sin saber ni como ni cuando, aparezcas de pronto en el olor esfumado de los algodones de un chándal? ¿No vas a seguir aquí, apretando el corazón a quien tenga la gana suficiente de quedarse un poco con los oído abiertos a la noche y las lágrimas se vayan saliendo, una tras otra, sin cuenta ni traza de los ojillos de ya sabes cuál sin ver tu figura, sino por el puro frágil volver de yo que sé que aromilla de manzanilla, de hierba, de campo, de esparraguillos, de pecas, de…? Y allí entre sus mejillas, te me vuelvas de nuevo, lavado de nombres, lavado de muerte, te vuelvas de nuevo a la vida.

Para que nos recuerdes que ni los de acá vivos somos del todo, ni allende la muerte del todo reina.

Cuídala.


lunes, abril 05, 2010

San Lamberto. A trabajar.


Ahora que ya pasamos, guarecidos en las sombras, estas tristes fiestas, ya nos toca volver al tajo y a destajo ir dejando las horas en sus nichitos, muertitas y anónimas. Y ya que hablamos, la otra vez, así muy por encima, que ya veo que esto de intentar profundizar es como cavar sin fin una tumba, de la pereza, pues pensé –puesto que la mala costumbre nos impone, que si hablamos contra la pereza, la gente va a creer que aquí estamos A FAVOR del trabajo- y que sería oportuno, hablar, también contra el curro, la chamba, el tajo, el laburo, como dicen los argentinos.

Y no es que yo estuviera por cerca de la cofradía de los labradores zaragozanos, no. Pero me vino a las mientes la historia de San Lamberto, un pobre mártir cristiano que por faltar a su amo, este le mandó decapitar. Y tan bueno y tan santo era el buen Lamberto que dijo, «no os molestéis, caballeros, que ya yo me arreglo el estropicio». Y, levantándose del suelo y recogiendo cual bártulo inútil su cabezica, se fue caminando hacia su tumba. Y acaso bien podría haberse enterrado a sí mismo si pudiera, como cuentan que se llegaron a hacer los ermitaños herejes que se mortificaban con votos de oscuridad y reglas comunes que se cuentan se hicieron en cuevas entre las serranías burgalesas y alavesas.

Y ahora bien, ¿qué tiene qué ver esto con el trabajo?

Es tan simple: ¡Mirad como la nueva iglesia nos pide la misma sumisión para él que San Lamberto tuvo para con su propia muerte!

Aún recuerdo grabado a fuego en mi memoria cuando me contaron que mi abuela, cuando iba, prácticamente echa un palito y desahuciada, al hospital, se negó, rotundamente, a que la dejaran ir sin haber hecho su propia cama. Hacer la cama de nuestro casi lecho de muerte. Creo que esa es la definición perfecta de lo que quiere el buen Dios de nosotros.

Lo curioso es que este santo sea el patrón de los labradores de Zaragoza. Que los labradores, los trabajadores y al fin, todo mortal que se le ha vedado, por el simple hecho de nacer al mundo y al Estado el gran privilegio de los que no-existen, pues siga el ejemplo, en la alabanza del trabajo, ese heroísmo inhumano de San Lamberto.

«¡A la tumba, compañeros! ¡Con brío y con la cabeza alta!» Parecen pedirnos, día con día.

Y en fin, se habla de trabajo alienante, se habla de cifras del paro, desempleo, marginalidad, etc. Pero todo eso sólo es para esconder lo más evidente. Para que nadie lo vea, para que agazapado se esconda ante todos los ojos que la buscan y que día a día se dejan los ojos, las manos, los pensamientos por ahí: ¿qué es lo que esconde todo esto? ¿Qué hay allá detrás de esos numerangos y esas cifras?

Acaso una sonrisa, una sonrisa y un cigarrito, el vuelo de una mariposa que distrae al labrador de su tesón y su futuro. Sí, ¡eso! Eso es lo que desesperadamente están intentando esconder y que nadie se de cuenta: ¡una mariposilla que cruza revoloteando ante nosotros y envidiablemente alza al vuelo a beber de las flores, mientras nosotros, (los animalitos predilectos del creador), de sabañones cubiertos, sin tiempo para la vida, tenemos seguir trabajando y construir en tierra un Paraíso para Él!






Pauvres rois, pharaons! Pauvre Napoléon!
Pauvres grands disparus gisant au Panthéon!
Pauvres cendres de conséquence!
Vous envierez un peu l'éternel estivant,
Qui fait du pédalo sur la vague en rêvant,
Qui passe sa mort en vacances.

(G.B.)

martes, febrero 23, 2010

Vida y muerte


Aclaremos, porque releyendo y repensando muchas de los artefactos que, en teoría, deberían ayudar a deshacer la Realidad, la vida y la muerte, ciertamente tienden a convertirse en algo que no son y siempre me queda la duda que intentando desbancar a la Realidad acabe subiendo al podio del éxito otra cosa que no... que no es.

Es siempre mi culpa, naturalmente. Parte de ello lo es, además de que estos discursos escritos sólo sirven para que la Realidad se los vaya a apropiando en la medida en que se fosilizan en lo hueco y lo falso, entre la negra tipografía que fija para siempre los errores de apreciación que en una oración escrita resultan tan poco útiles.

Hay que expresarse correctamente, y en ello no siempre se consigue decir lo que se quiere.

La vida y la muerte están ahí apareciendo muchas veces… y sin embargo no sé hasta que punto queda claro lo que son (o puedan ser para la Realidad y para lo que está fuera de ella) respectivamente.

Además de que, por otro lado, el hecho de decirlo –y en decirlo ya estamos obligados a redondear sus significados, cuando en realidad lo propio de cada uno de estas cosas es que esté abierta para que el viento de las bocas y la salvia de las lenguas los use a su antojo y acierte a deshacerla cuando quiera-, ya lo esté falseando de sí, ya está errando porque la referencia nunca está del todo clara.

Digamos que la primera regla metodológica en esto de ir contra la Realidad es decir que toda palabra es provisoria, que toda máquina es poco más que una herramienta que se usa en el momento pero que está a la espera de que, con más o menos ayuda de los que por aquí pasen, se mejorará y se pulirá hasta dar con algo más cercano a lo que necesitamos para seguir con esta guerra, más o menos alegremente.


VIDA FUERA DE LA REALIDAD (que dentro de ella, muchas veces, la llaman muerte)

Vida no es una meta. No es un estado, no es un lugar, no es un objetivo de la guerra. Esta guerra carece de objetivos. La guerra esta no es para ninguna paz futura ni para ninguna promesa que al final del esfuerzo se vea recompensada por alguna flor inesperada de alegría. Así no funciona esta guerra. Si fuera así, no se diferenciaría en nada de las otras paces y Realidad que nos rodea: como si la vida siempre fuera un lugar al que llegar, en el permanente anhelo futuro de la paz y la felicidad.

No. Vida será otra cosa. No sé bien qué es. Pero está ahí y eso nadie, que acuda con sentido común a las cosas, lo puede negar. Vida será lo que de pronto se abre, indeterminado e indeterminable, y se conecta –sin saber ni como ni por qué- con una herida profunda, fraguada acaso con el nacimiento de la propia persona. Vida será la repentina e inesperada sanación de esa herida por el extraño contacto con otra (otra herida) de cualquier cosa. Cualquier cosa, una canción, un amor, una flor, una poesía, una nube, ¡qué se yo! vida, por supuesto, no es una propiedad de lo que los biologos se empeñan en separar en ‘seres vivientes’ y no vivientes. Vida es otra cosa.


VIDA DENTRO DE LA REALIDAD (que fuera de ella, es la Muerte misma)

Naturalmente, dentro de la Realidad, Vida tiene otro significado. Vida se usa como sinónimo de dinero, de éxito, del cumplimento de ideal. Y así se dice: «Qué buena vida se tiran los ricos», o «en este pueblo miserable no hay vida», ya en sus connotaciones más ridículas: «Vive la vida loca» como sinónimo de fiesta, pachanga y sarao.

Vida entonces sí se sabe qué es: es lo que se vende desde arriba, lo que existe como el ideal perpetúo y que nosotros, mortales, apenas nacemos para alcanzarla. En ese sentido, como se puede ver, quien no conozca estos ideales, quien no esté rellenando con cada uno de los actos de su tiempo mortal esos ideales, ya compras de los mercados, ya concepciones de belleza y juventud, ya matrimonio y engendramiento de familia, ya sexo pleno y satisfactorio, etc. simple y sencillamente está muerto.

Es la persecución de esta Vida la que mantiene sometidos a ese ideal de futuro, e impone su ley de miedo y sometimiento, de compra-venta de tiempo y de prebendas, de seguridades y domas. Llamar a eso que no está aquí, que no se puede alcanzar –porque, digámoslo claro, el fundamento mismo de los Ideales es que no se alcancen, porque si cualquiera los pudiera lograr, entonces no tendrían el menor sentido ni podrían llamarse Ideales- Vida es la mejor forma de nunca conseguirla, de mantener a todos sobreviviendo en ese especie de limbo neoplatónico que se aleja de Dios y nos mantiene en el permanente anhelo de Él mismo.


MUERTE FUERA DE LA REALIDAD

La muerte, cuando está fuera de los conteos de vidas y tiempos, no puede significar nada. No está ahí. No es algo que se de en el tiempo. Sino acaso es el final –si se quiere ver así, pero aún esa conciencia de final, necesita la perspectiva del que vive, cosa que no se da, naturalmente, cuando uno es el muere.

La muerte fuera de la realidad no significa absolutamente nada, porque no es nada, ni merece ningún temor ni ninguna planificación ni ninguna angustia. No se sabe qué es, ese desconocimiento, pura duda, pura sombra, no tiene porque significar nada en el mundo sin que venga a hacerse UNA en el tiempo y la Realidad. Pero eso ya sería meterla en el tiempo, ya sería contarla desde la Realidad.


MUERTE DENTRO DE LA REALIDAD

Muerte dentro de la Realidad es una cosa en el tiempo, es el futuro. Es el destino al que se nace y del que todos intentamos huir corriendo directamente hacia él –justo como aquel romance del enamorado y la muerte, que ya en su tiempo comentamos o como Edipo-.

La Muerte dentro de la Realidad es, pese a los disimulos muy disimulados, la máxima realización de la Vida –dentro de la Realidad, claro está-. Es lo que los filosofantes desde los estoicos hasta los existencialistas –y más acá (Derrida, p. e.)- han estado llamando esperarse a sí mismo en los límites de la Muerte. Es en la Muerte en donde el ‘ser’ de cada uno llega a su máximo esplendor: es la entrada al Paraíso de las cosas terrenales.

La memoria, el nombre en la lápida, el epígrafe, la firma sobre el mármol –cuando no el mausoleo y el monumento- que certifique para siempre la entidad absoluta, redonda y bien establecida del muerto. Que diga: «Este cuerpo fue Sutanito Perengano, hijo de Su Mentada Madre y el Padre Altísimo. Sus familiares le lloran en el recuerdo y su memoria inmortal vivirá por siempre».

Esa Muerte es la misma aquella por la que Aquiles se deja los huesitos en el sitio troyano, esa Muerte que se da un cambiazo –por medio de un trampantojo bastante burdo y que se cae a las primeras- tan sabido de la Vida en la Inmortalidad –como si pudiera haber Vida en un lugar sin tiempo, en un paraíso que quiere semejarse a estar fuera de la Realidad –pero en la Muerte.


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Nada de esto es así. La vida –fuera de la Realidad- que no se sabe qué es ni como llega, ni cuando ni por qué –y como tal se va-, va y viene, viene y va como cotorra entre los abedules de un instituto que yo me sé. ¡Va y viene! Ni está ni deja de estar. No es ningún fin, ni ningún ideal, ninguna meta.

Obviamente si tenemos esta guerra contra la Realidad –que se compone principalmente de guerra contra los Ideales- es para intentar ver de que manera podemos conjurar a la Muerte: a esa Muerte y esa Vida dentro de la Realidad que son una y la misma, compuestas de contrarios para hacerse una con la otra, redonda idea. La guerra es contra esa Vida y también contra esa Muerte.

¡Quien sabe! ¡Algo vivo pueda yo tocarme desde acá! ¡Alguna herida que hurguemos juntos todos y que brote el clavel caliente del amor y de la vida, mezclándose todo sin término, límite y fin! Aunque sea un poco… un poquito, una endeble amenaza de rotura de la Realidad.


jueves, diciembre 10, 2009

Fiestas


Ya vuelven otra vez esas fiestucas fúnebres para ir matando el aburrimiento del año… ¡Qué importante es matar al aburrimiento! No se vaya a dar uno cuenta, en esa flor viva de razón que suele revivir cuando esa vorágine de los trabajos se detiene un poquito, de que es uno el que ya está bien muertito y embalsamado.

Ay, y es que yo ya no sé que me da más tristeza. No lo sé… si acaso la rabiosa alegría con que se lanzan a la calle los mozos a tirar sus artificios de pólvora y repartir alcoholes, justo y sólo en el momento, en el que Dios se lo manda, o si acaso la ansiedad enloquecedora de ver las lucecitas de los centros comerciales rebosantes de familias dispuestas a entregarse a las delirantes orgías del Amor que el Señor nos da en forma de Santa Closes y ofertuchas en regalazos a tuti plé, o será la cogorza atragantada de la Santa Familia de Misterios siemprenvuelta que se abrazan en la más extraña de las cenas del año…

Pero no… ¿saben qué es lo que más me entristece? Pues que con el haber yéndome creciendo… y que yo creía que esto era pura hipocresía. Que no podía ser así, que no había manera de que esta mentira se sostuviese por tanto tiempo, de pronto me encontré en mí mismo ese terror malsano. Esa angustia por el festejo, esa gana de morirme en la borrachera más grande del año, de ver en mí y en mis alrededores próximos la fe de las Navidades… ¡eso fue lo que acabó por matarme!

¡Qué esto era de verdad! Que no había mentira por debajo…

Que se siente un no sé qué de angustia que acaba a uno por volverlo loco si no festeja, si no tira los cuetes, si no se abre unas cervecitas, sino corta el pavo… y sólo con una fuerza de voluntad, más poderosa que yo mismo, a veces sumido en el más totalitario de los olvidos, he conseguido sobrevivir a estas Fiestas en años pasados… increpando a unos, gritándole a otros, llorando a solas, cagandomeenlaputamarserena de la Realidad entera, y…

¡Y esa fe que le tenía yo, sin saberlo ni quererlo, a la Fiesta, sólo se la podía quitar, quitándome yo de en medio! Sólo la podía romper a condición de romperme yo.

Y quizá pasó, no sé.

Y ahora, vuelven. Y quería decir lo triste que son: Que cuando el cariño se hace carne en un puto brindis de mierda, está ahí todo el amor de la Santa Familia que se entrega a sí misma todo el alcance de su Vida. Que no… que no hay más.

Bueno… no hay más en la Realidad. Y quizá ese es el error (mío y de todos los Santos Suicidas que este año nos abandonarán) que aún seguimos esperando algo que nos llueva desde arriba: de la Familia, del Niñito Jesús o de Santo Nicolás de Bari el alcahuete turco.

No lo sé.

Sólo se que hubo un Verbo… y que se le quiere callar desesperadamente a base de cogorzas de güisqui y coca-cola… que la Realidad necesita que guarde silencio… y poco más.




Oy comamos y bebamos
y cantemos y holguemos
que mañana ayunaramos.

Por onrra de san Antruejo
paremonos oy bien anchos,
enbutamos estos panchos,
rrecalquemos el pellejo,
que costumbres de concejo
que todos oy nos hartemos,
que mañana ayunaremos.

Honremos a tan buen santo,
porque en hambre nos acorra,
comamos a calcaporra,
que mañana hay gran quebranto.

Comamos, bebamos tanto,
hasta que nos reventemos,
que mañana ayunaremos.

Bebe Bras, más tú, Beneyto,
beba Pidruelo y Llorente,
bebe tú primeramente,
quitarnos has deste preito.
En beber bien me deleyto,
daca, daca, beberemos,
que mañana ayunaremos.

Tomemos oy gasajado,
que manana viene la muerte,
bebamos, comamos huerte,
vamonos para el ganado,
no perderemos bocado,
que comiendo nos iremos,
que mañana ayunaremos.

(Cancionero de Juan de la Encina, 1492)

lunes, noviembre 16, 2009

Asombros breves: Deporte

Estaba yo enreleyéndome esa farsa de don AGC sobre el Deporte y me dio por irme acordando de todas esas estrellas estrelladas que se iban dejando sus huesitos en cachas y asfaltos, en muertes y suicidios, en glorias y tormentos… Y de cómo es algo sorprendente que nadie venga a decir nada en contra del Deporte… y que si se viene a decir algo, cual intelectualillo de turno es decir lo que ya está dicho: Que si el futbol es un circo, que si patatín, que si patatán, que si es pan para el pueblo…

Pero nadie habla en contra del Ideal: nadie habla en contra de verdad de los valores que enarbola por todo lo alto, nacionalismos, heroísmos, triunfo, mejoramiento, progreso, etc., y en fin todos los valores que biensirven a la gloriosa constitución del Estado y por consiguiente de la Realidad que aquí intentamos (como se pueda) ir desarmando y combatiendo.

Ejemplos hay a patadas en donde el asqueroso deporte se va llevando entre sus piernas a hombres. Daniel Jarque, Antonio Puerta, Miklós Fehér, Marc Viven Foe, Andrés Escobar, José Antonio Gallardo, Miguel Martínez (At. Madrid), y esta ristra sólo se refiere al fútbol y a las últimas fechas –y la mayoría en Europa-, que si fueramos sumando los de automovilismo, toros y suicidas (Enke o De Faw, por citar los últimos) la lista se nos haría tan homérica que asusta...

Y cuando se habla de estos temas desagradables para el deporte: los periodistos siempre hablan de ‘destino’, ‘constituciones genéticas’, de ‘infortunados accidentes’, de ‘heróes para el recuerdo’, de ‘condolencias a las familias’, y todos callan, sí, todos callan como alcahuetes –y parece que las aficiones reclaman más y más muertes a sus jugadores- para entonces entregarse en una especie de orgasmo de compasión y de ramos y flores y…

Y los muertos siguen cayendo a la fosa: ¿será pura coincidencia? ¿Será que ese gol de la muerte de Pablo Escobar fue también un puro destino? ¿O el infierno vivido por Jürgen Sparwasser era simplemente un infortunado accidente? ¿O qué me dicen de la Guerra del Futbol y sus 6000 muertos?

Y yo no digo que el fútbol o el deporte sea veneno… ni siquiera la copetición. Sino otra cosa… que es que a mi me da que estos muchachotes hace mucho que dejaron de correr tras el balón y están corriendo tras otra cosa… otra cosa…

Y todas las masas de banderas e himnos, de glorias y membretes dorados, medallas y atletas corren detrás de otra cosa... y si los alienta Estado y Realidad, y Medios y sus parafernalias, estemos seguros de que no puede ser nada bueno... Que esa carrera, en donde muchos se van apeando a costa de muertes y otros se van apagando poco a poco cual llamitas en lo alto del pebetero olímpico, todo es lo mismo: la Realidad no se constituye en el juego ni en la competición, sino en el Triunfo y en la Gloria, en el Honor y en la Eternidad... y eso es lo que van persiguiendo estos hombres y sus naciones, aunque se vayan cayendo a pedazos en el intento y el hecho de acallarlo con homenajes y lutos no es sólo repugnante sino, en verdad, me da miedo.