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sábado, julio 02, 2011

Ecologías


Hemos dicho y repetimos que eso de fijarnos en cosas particulares muchas veces nos hace perder la noción y el norte de esta guerra. Por eso, aunque el día a día no inunda de nombres, situaciones que más o menos nos incitan al comentario, aún así procuro no soltar demasiado la rienda y acercarnos a la particularidad.

La razón es muy simple. Las particularidades más atroces siempre son descendientes directas de la fe más ramplona y absurda. Luchar contra la particularidad se vuelve farragoso y se presta a vericuetos sin final. La guerra no se libra ahí –aunque alguna que otra escaramuza sea necesaria. Sino que lo que verdaderamente hay que atacar –y la palabra aquí siempre es la mejor arma- es la fe de las personas. La fe en los ideales.

Bueno y con ello quería presentarles el caso ya tan traído y tan manoseado de ese estadiuco barato que se quieren fabricar en uno de los últimos reductos de verde que a duras penas se ha mantenido en las riberas del río La Silla. Las notas de prensa local pueden ponerlos un poco al tanto de las empresas en litigio, de las chupatintas alcahuetas y las burocracias religiosas que solamente están haciéndola de emoción de algo que sabemos que se hará.

Más allá de que el destino de esa tierra viva, sombreada, verde y nutritiva esté tan echado y condenado como están las vidas pensionadas de todos los directivos de la empresucha de malos alcoholes que promueve la edificación, me gustaría hablar de lo que está empapando todos los cruces de argumentos de a favor y en contra.

Y es que la tan traída y llevada ecología que está en boca de todos no deja de andar haciéndome ruido y molestarme. Porque me pregunto cómo es que uno y otro organismo, los que quieren la Gran Cantina para seguir adorando a ese montón de estrellitas paliduchas o las que pretenden hacer la Conservación de los arbolitos como Bienes Públicos –el nombre simplemente me aterroriza-, utilizan los mismos argumentos. Salpicados de algún que otro matiz, pero siempre se utiliza todo para lo mismo.

Porque eso de llamar ‘bien público’ a los arbolitos o pajarillos me suena tan a muerte. Lo mismo que llamarlo pulmón vital o último rincón para que lo animalillos se replieguen. Lo mismo que llamarlos recursos naturales, paisajes bonitos o incluso naturaleza en el sentido científico. Todo ello me da la misma peste que los del otro lado que llegan con sus topógrafos a medir los cerros, riberas y árboles, partiendo, con escuadra en mano los ríos, laderas y calveros, con la excusa de dineros y dineros.

¿No es exactamente lo mismo? Si ya esta infame empresa de Meados Embotellados –porque si por lo menos hicieran buena cerveza-, ha prometido destinar decenas de millones de pesos para replantación de árboles en quién sabe dónde. Y será justamente un organismo ecologico el que acabe firmando la sentencia de muerte de esos árboles. ¿No le parece a usted que hablar de conservación es hacer exactamente lo mismo que meter retroexcavadoras y construir Santos Templos del Mear o Santuarios de Abominable Compra? ¿No le parece usted que suponer que las especies de animalillos y arbolillos que están, por obra y gracia de los hados, encerrados en esa cuadrícula amurallada para que los conservemos y los salvemos, un acto de la más vil y ruin de las presunciones?

Es decir, que los árboles son cosas útiles a la Realidad. Que La Pastora es un pulmón que justamente sostiene el revés de hormigón y humo industrial que es el resto de la ciudad. Terror me da pensar eso. Que lo bueno que tienen los árboles es que se asemejan a los estadios en utilidad y progreso, en beneficio monetario a largo plazo, etc.

Las protestas de nuestros amigos, con las que necesariamente tenemos que simpatizar, aunque no estemos de acuerdo, porque es necesario, sea como sea, decir que NO a ese repugnante monstruo –otro repugnante monstruo, como si no fuera suficiente la Torre aquella que tantos periodicazos produce, o la basura de edificios que llena todo el centro de la ciudad, las moles olvidadas del estadio de béisbol o las plazas de toros que se caen a pedazos-, sea donde sea que lo quieran poner; y sin embargo, sus protestas son tan quedas, tan condescendientes con la basura que por todos lados nos quieren vender.

No sé si lo sienten ustedes, tanto los que viven en esta ciudad particular, como los que viven en cualquier otra (ya que todos siempre son espejos de otra Gran Ciudad). Que hay una especie de mandato de destruirlo todo. Y lo que me preocupa de estas protestas es que sean tan dóciles a lo que se les ofrece. «Sí al Estadio, pero en otro lado.» Dicen.

Y bueno, ¿qué le queda a uno? Son esos movimientos que están tan condescendientes al poder, como una esposa malquerida que haciéndose del rogar y con reproches más o menos condescendientes, le v pidiendo a su Señor que deje de hacer tanto el idiota y que…

Bueno, ¿qué se le va a hacer? Apoyo. Apoyemos al NO al Estadio. Siempre y cuando recordemos con claridad que 1) La Pastora, ni árbol ninguno está ahí para ser pulmón de usted, de mí y mucho menos de esta Gomorra Industrial de sol, cerveza y fútbol, 2) la ecología y todas sus formas son más bien chivos expiatorios para seguir haciendo la misma mierda una y otra vez, de ordenar la explotación.

No al estadio. Ni ahí, ni en ningún otro lado. Y de hecho, también deberían demoler los que ya están. Y la torre aquella también. Y ya que estamos, ¿nunca se les había ocurrido a ustedes tirar uno a uno esos anuncios de publicidad de chorrocientos metros? ¿Y carros? ¿Y banquetas? ¿Y no se les hace agua la boca de imaginar que de pronto la Pastora se desborde? No que la conservemos… sino que los árboles de puro crecer se vayan llevando este oasis de concreto y cristal y lo vayan empujando poquito a poco al olvido y así esta ciudad de Monterrey, Guadalupe, San Pedro, todo se vaya cayendo al olvido y de esta manera no necesitemos estadios de fútbol para matar el aburrimiento y defender colores de algo que no hay y quién sabe… por lo menos no tengamos tanto calor este verano que falta y a la sombra de algún sauce olvidemos por fin esa fe estúpida de que el Hombre tiene ese deber patriótico de someter a la naturaleza –convirtiéndola en Estadios de Fútbol para un equipillo de quinta o para conservarla y clasificarla-.

Una cosa no va sin la otra. Así que, adiós ecologías, adiós estadios.


domingo, noviembre 01, 2009

¿Qué es Realidad?: Hablando de lo Real (otra vez)


Frontispicio de Mundus subterraneus, in XII libros digestos; quo divinum subterrestris mundi opificium, universae denique naturae majestas & divitiae summa rerum varietate exponuntur, de Athanasius Kricher (1665)


Otra vez volvemos a hablar sobre lo mismo porque es imposible acabar el tema y decirlo del todo…

Hasta mis oídos han llegado justas quejas a las que hay que dar razón aquí. Queja clara y queja de cualquiera: Que para estar en contra de la Realidad, aquí se la mienta tanto a mansalva que no habrá manera de decir nada en claro, nada útil.

Por un lado, es cierto que REALIDAD es una palabra culta: una palabra del poder que únicamente se utiliza para el servicio del poder mismo. Una palabra que viene desde arriba y que no tiene nada que ver con el uso común y corriente en el hablar de cualquiera. Y no es poco el riesgo que al utilizarla y mentarla tanto en estos decires se nos vaya perdiendo el significado ella quiera decir.

Realidad es suma de cosas, pero cosas que son todas y cada una ella misma (si no fuera así, no podrían sumarse). Sin embargo hay otras notas constitutivas de la Realidad que es importante decirlas para que quede claro por qué hablamos contra ella. Que no será por afán de vivir entre sueños e ilusiones –que son ellas otra cosa más de la Realidad (tan necesaria para ella como las cosas concretas y los números naturales).

1) Que se puede hablar de la Realidad: esa es una de las notas más modernas y que no siempre ni en todos los casos se ha aplicado. Ya tenemos a los místicos y teósofos neoplatónicos y medievales que aunque admitían una Realidad –una cosa que era suma Verdad-, esta sólo podía ser Dios y que de Dios no se podía hablar siendo el supremo Uno… que al hablarlo y someterlo a la palabra no tenía más remedio que descomponerse en la díada.

Pero en fin, no nos perdamos ni distraigamos… valga ello solamente para decir que el hecho de que ‘haya’ o no Realidad es muy distinto del hecho de que a esa Realidad se le preste la palabra para describirla. Aunque esto de que de la Realidad se pueda hablar es un decir: ya que la pretensión de esa palabra que dice al mundo no será sino la pretensión de una tautología de algo que el mundo –si acaso habla- está diciendo ya de sí mismo. Y así cuando un científico cualquiera describe un fenómeno cualquiera de cualquiera de las cosas de la Realidad no estará sino reproduciendo el discurso que ya de sí la cosa tenía grabado consigo.

Sin embargo, esta característica es sumamente importante: que se puede hablar de la Realidad y no perderla entre sus hablares. Que se pueden contar las cabras más allá de que haya o no haya cabras, que se pueden manejar y dar número, p. e. a los peces de una pecera o las hojas de unos árboles y en ese hablar se captura, de alguna u otra manera, la Realidad.

2) Que la Realidad está cerrada: Nota importantísima. Sea que se pueda hablar de ella o no, lo absolutamente imprescindible de la Realidad es que este cerrada. Que si en un momento dado los discursos sobre ella se equivocan, no se equivoquen porque la Realidad ha cambiado, sino porque las razones no habían sabido descubrir el secreto ya sellado que mudo en sus labios siempre había estado escrito.

Así cuando no se sabía nada de la teoría de la evolución, cuando se descubre… no se trata de que hay un cambio en la forma del nacimiento y transcurso de la vida en el planeta, sino que se descubre el verdadero secreto que desde siempre la Realidad estaba hablando por lo bajo.

Naturalmente esto no significará que las ‘cosas’ que componen la Realidad, como la mesa sobre la que escribo, yo mismo o usted que lee, no cambien… sino que hasta las propias leyes y causas de tal cambio –que no pueden ser sino procesos y más cosas de la Realidad que a su vez se le puede dar nombre y cupo en un libro cualquiera de filosofía, tales como principio de causalidad, etc.-, estén reguladas desde siempre y para siempre por medio de las explicaciones de tales movimientos. De esta manera la mesa se puede transformar siempre y cuando admita dentro de esa transformación todas las leyes ya descritas por la ciencia sobre cómo las mesas tienen que cambiar para poder seguir siendo mesa a pesar de haber cambiado.

3) Que todo lo que no es Real es nada: O dicho de otra manera que la Realidad es todo lo que hay y de esta manera todo lo que hay es Real.

Es gracias a este tercer principio que se puede llegar a pensar que lo que aquí nos traemos es nihilismo puro y duro… que luchar contra la Realidad será embarcarse en aplastarlo todo y demolerlo todo. Es este principio el que puede confundir esta lucha con descarnado ejercicio de angustia y de aniquilación. Naturalmente esto no es así. La Realidad dice: «Yo soy todo lo que hay», y no puede sino estar mintiendo, claro esta.

La Realidad necesita ser, toda ella, lo que hay. Por ello mismo se hace necesario la Nada para que todo funcione… esa nada que la negatividad tan pura y tan absoluta que sólo puede ser una afirmación.

Esto es: la nada de Meliso de Samos. En efecto de ello nos cuenta en sus glosas a la Física de Aristóteles, el buen Simplicio:

Y Meliso demostró que ello es inmóvil por el mismo motivo de que es necesario que si el ser se mueve, haya algún vacío del ser hacia el cual pueda desplazarse; pero demostró previamente que el vació no es posible. Dice así en su propio escrito: «Y no hay ningún vacío, porque el vacío no es nada: ¡y la nada no podría ser! Tampoco lo que es se mueve: no tendría lugar alguno donde desplazarse, pues es un pleno. Si hubiese el vacío, podría desplazarse en el vacío; pero, puesto que el vacío no es, no tiene donde desplazarse. Tampoco podría ser denso o raro. No es factible que lo raro sea pleno de manera semejante a lo denso, sino que lo raro precisamente resulta más vacío que lo denso. Entre lo pleno y lo no pleno hay que hacer esta distinción: si algo hace lugar a algo o lo acoge, no es pleno; si, en cambio, ni hace lugar ni lo acoge, es pleno. En consecuencia, es necesario que sea un pleno, si el vacío no es. Y si, por tanto, es un pleno, no se mueve.» (DK 30 B 7, Filosofos presocráticos, II, Gredos, fr. 181. trad. Olivieri, F.J.)

Y aunque aquí habla sobre el movimiento se refiera a todo: tanto movimiento como límite. La Realidad no puede tener límite –es decir tiene que ser infinita (que no sin fin)- en tanto que lo que hay fuera de ella no puede ser sino la nada misma (la nada entendida ya como una pura negación) y por tanto estar impregnandolo todo: la Realidad es todo hasta lo que no se conoce, lo que está ahí en secreto esperando venir a la luz de los discursos de la ciencia es tan Real como los discursos de ahora.

Naturalmente frente a estos mentirosos principios –que no porque se den y se les de su sentido, dejarán de ser mentira-, tenemos que descubrirlos una vez descritos… descubrir su mentira y su sentido.


1) No se trata que de la Realidad no se pueda hablar, sino que es justamente ese hablar del hablar de las cosas lo que constituye esencialmente la Realidad. Digámoslo con un ejemplo:

Una cosa será decir: «Sentémonos a la mesa azul.»

Y otra muy distinta será: «Esta mesa es azul.»

Si tomamos en cuenta que ‘mesa’ sólo podemos saber que es mesa en tanto que es un nombre que está perpetuamente señalando a las cosas, en el primer caso únicamente estamos indicando –o sugiriendo según el modo de la frase- una acción que hacer. Sin embargo, la segunda frase es otra cosa: estamos hablando del hablar. Hablando de la mesa y no ya indicando nada, sino volviendo con la cópula sobre la descripción de la mesa y vemos que ya son otros juegos de los lenguajes que no tiene nada que ver con el primero.

Uno será hablar y el otro hablar de lo que se habla. Y es mediante esas operaciones –que tampoco tendrían nada de extraño si no fueran por las prontas intervenciones de políticas y ciencias que intervienen por ahí afirmando y dando fe (cual peritos e interventores) de que, en efecto, «esta mesa es azul»- se va manufacturando la Realidad.

2) La Realidad, igual que cualquier cosa, está siempre abierta… abierta en el sentido de que hay cosas que constantemente están entrando y saliendo de ella, abierta porque el hacer de su hablar es siempre mentira porque siempre las cosas están en un movimiento que no obedece nunca a ninguna ley ni a ningún principio. Y ello es tan sencillo de descubrir como observar atentamente cualquier cosa.

3) La Realidad no es todo lo que hay… (decía el otro) y esta sencilla máxima ya nos vale para descubrir que hay muchas cosas que no son reales y que están ahí. Que no están gritando con todo su ser la gana de ser cosa y que sin embargo están ahí para que cualquiera las disfrute.

Naturalmente Realidad está ahí. Siempre acechando: haciendo creer que todo aquello que se descubre es eso… más y más Realidad. Su movimiento es un movimiento político… es la gana de demostrar lo indemostrable, de dar palabra a lo que ya era pura palabra en sí misma: el dar fin a las cosas, de temer que las cosas se confundan en lo sin fin (en lo no definido de sus formas, sus principios, sus quehaceres) ya que ello sería el principal obstáculo para poder manejarlas, contarlas y someterlas.




viernes, julio 10, 2009

¿Qué es filosofía? Contra este blog y la domesticación de la duda


«La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.
Agamenón.- Conforme.
Su porquero.- No me convence.»

Don Juan de Mairena.



A pesar del título este texto no pretende dar cuenta de lo que sea filosofía.
Las razones que me mueven a escribirlo son muchas y muy variadas. La primera de ellas es recordar y aclarar que esto no es un blog de filosofía (y aunque puede que en las categorías aparezca como tal –ya que todo, para la Realidad, tiene que aparecer catalogado y etiquetado), sino únicamente son un montón de textitos que más o menos pretenden romper con lo que la filosofía trata de conocer.

Esta duda me asalta porque a veces creo, como algunos de mis colaboradores me han hecho saber, que el riesgo siempre latente de dejar de combatir la Realidad y pasar a reforzarla distrayéndonos con filosofitos, filosofantes y nombres empolvados de la Historia de las Filosofías.

Es cierto que nos valemos de razonamientos de otros que ya han razonado algo sobre lo que pensamos –y seguiremos haciendo- y da la extraña casualidad de que estas personas eran filósofos… -aunque las canciones que aparecen debajo de cada uno de los textos ha veces acierten tanto o más que los propios razonamientos-, pero si razonamos con sus razonamientos es porque estamos, de alguna manera, firmemente convencidos de que sus razonamientos no son suyos. Quisiera tirar el nombre y quedarme con lo otro… ya que el Nombre Propio, sea de Heráclito de Éfeso o de Giovanni Versace, son los que comienzan a dar categoría de Realidad a las cosas.

El propio Nombre con el que firmo y que se supone que es el mío, bueno… me provoca muchos reparos. Pero ahí quede… que los motivos de que ahí aparezca sean siempre claros y distintos: el más puro de los miedos.

(Habrá que pararse a explicar esto más detenidamente en otra ocasión)


Pero al revelarnos contra la filosofía, al decir: esto no es filosofía, nos queda la pregunta pues: ¿Qué es filosofía y por qué esto no lo puede ser?

Bueno, primero que nada he decir que ‘filosofía’ la utilizaré, sin el mayor empacho, sin detenerme a ver sus ‘verdaderos’ significados –si acaso la filosofía es más que la ciencia, es una ciencia entre las ciencias o es una mera enjuiciadora de los enunciados científicos-, sino únicamente me limitare a su estrato más Real… es decir, a las Facultades y Manuales y Libros de Filosofía: a sus nombres.


Lo primero que he de decir es que no hay cosa más triste que se le haya podido hacer a la inquietud y la pregunta de cualquiera que hacerla licenciatura. No existe enemigo más sigiloso de la duda y del asombro que la propia Facultad de Filosofía…

Cuando casi unos niños entregan la inquietud y la extrañeza de este mundo a un montón de catedráticos que difícilmente saben ir separando lo que es la redonda mentira de la Realidad (historias, nombres, textos, cánones, ciencia positiva) y lo que es de verdad razonamiento, duda y rebeldía… (porque la razón, si de verdad es razón, sólo puede ser rebelde). Acaban licenciados, intercambiando articulitos en revistas de divulgación universitaria sobre las hipóstasis plotinianas…

Y esa es, al fin y al cabo, la gran tarea de la Educación y Pedagogía Oficial: Domesticar las dudas, apaciguar los asombros, silenciar las aporías en las que acaban cada una de las cosas…


Porque los filósofos llegan a aceptar la mera enunciación que se repitió entre los escolásticos: La Verdad, dicen, es decir lo adecuado a la cosa.

(De esta manera –y únicamente de esta manera- se pueden construir
las tesis doctorales soporíferas que están obligados a redactar:
El vaciamiento
de significado de los noúmenos ideales en la teoría comunicativa de Jürgen
Habermas
o acaso,
Influencias del imperativo socrático-délfico del gnoti seautón
en el estoicismo romano de Marco Aurelio Antonino
… Porque se vive de la creencia
de que tanto la teoría comunicativa de Habermas o Sócrates o Marco Aurelio, son
cosas… de las que se puede decir lo adecuado y así revelar lo prístino de los
límites del objeto a tratar.

Esta clara mentira se derrumba ante el sólo
testimonio del más leve del sentir: ya que Habermas no puede ser Habermas y
Sócrates tampoco puede ser Sócrates. No se puede decir nada adecuado al
estoicismo romano, ni admite ninguna cosa que se le cierre y se le describa de
manera absolutamente adecuada. La cosa siempre se deshace y eso es lo que la
filosofía ha olvidado desde hace mucho tiempo.)


Se dice que Pitágoras (D. L., I, 12) que respondiendo al León, tirano de Sición, que le llamo sabio: «dijo que nadie era sabio más que la divinidad. Antes se la llamaba ‘sabiduría’ (sophía), y sabio al que hacía profesión de ella, que debía destacarse por la elevación del espíritu. Filósofo es el que ama la sabiduría

Como siempre sucede con los filósofos, tenemos que quedarnos con algunas partes y desechar el resto. En algún momento este enunciado tan simple y tan complejo a la vez se ha llegado a resbalar de toda memoria: simple porque en su buen sentido sabe reconocer que la sabiduría es imposible para lo que muere y que ningún mortal puede atrapar con su boca a Doña Verdad; complejo en su error, ya que supone que aunque no pueda haber Verdad entre los hombres necesita seguir creyendo que aún existe la Verdad en algún lugar de las divinas constelaciones.



Por esta simple y sencilla razón es imposible decir Verdad y por tanto decir lo adecuado a la cosa. Ya que la cosa, en la medida en que sea ella misma, está mintiendo. Las cosas, en tanto que hablan –y es a ese discurso al que el filósofo pretende unir el suyo-, son absolutamente capaces de mentir. Cuando se muestran cerradas, hechas, derechas y bien limitadas, cuando se prestan más a que nuestros hablares se ajusten de fácil manera a ella, es en ese momento cuando más está mintiendo.

Por ello el filósofo se ha confundido –esto es, los licenciados de filosofía- y en algún momento han llegado a creer que decir a la cosa era decir la Verdad de este mundo. Que al mundo se le podía someter a explicación –sea en el fenómeno que sea: desde los medios de comunicación hasta los movimientos de los átomos- es imposible.

Y sin embargo ahí los tienen: catedráticos, maestros de bachillerato, manuales de filosofía, latigueando las inocentes espaldas con nombres y fechas y memorizaciones de teorías para alimentar yo que sé qué desconcierto y los niños se pierdan y confundan sus dudas y lo vivo de los razonamientos con Nombres y su parafernalia… que para lo único que sirve es para repetirse y seguir haciendo infinitamente lo que ya estaba hecho desde siempre.


Por eso hay que decir que la filosofía no es una herramienta contra la Realidad. No puede ser un arma, porque ella misma, en sus formas institucionalizadas se ha vuelto parte de la Realidad misma –y aunque esto fuera más claro antiguamente, cuando los regímenes teocráticos se sostenían justamente por los filósofos oficiales de turno y se combatían con una ferocidad virulenta toda herejía teorética-, los modos de accionar de la Filosofía, reconvertida en una mera institución más apocada entre las facultades de Ciencias Productivas –que también, evidentemente, son nuestro objetivo a atacar-, que a lo que se dedica es a domesticar la pregunta viva de todos los corazones…

Otra cosa será en qué medida algunos de los enunciados de la filosofía –sin importarnos de dónde vengan- puedan servirnos –como de hecho aquí de ellos nos aprovechamos como meras máquinas- para siempre servir a la rabia viva que nos tiene que estar acosando todos por el simple hecho de estar aquí. Y, naturalmente, reconducir la tarea original de todo razonamiento que es, no decir verdad, sino decir a la mentira que miente.


lunes, diciembre 22, 2008

Apostilla de la negación: desdibujar la realidad. De las diferencias entre idear y razonar.


Pensar el mundo es como hacerlo nuevo
de la sombra o la nada, desustanciado y frío.
Bueno es pensar, decolorir el huevo
universal, sorberlo hasta el vacío.

Pensar: borrar primero y dibujar después,
y quien borrar no sabe camina en cuatro pies.
Una neblina opaca confunde toda cosa:
el monte, el mar, el pino, el pájaro, la rosa.
Pitágoras alarga a Cartesius la mano.
Es la extensión sustancia del universo humano.
Y sobre el lienzo blanco o la pizarra oscura
se pinta, en blanco o negro, la cifra o la figura.
Yo pienso. (Un hombre arroja una traiña al mar
y la saca vacía; no ha logrado pescar.
"No tiene el pensamiento traíñas sino amarras,
las cosas obedecen al peso de las garras",
exclama, y luego dice: "Aunque las presas son,
lo mismo que las garras, pura figuración."
Sobre la blanca arena aparece un caimán,
que muerde ahincadamente el bronce de Kant.

Tus formas, tus principios y tus categorías,
redes que el mar escupe, enjuntas y vacías.
Kratilo ha sonreído y arrugado Zenón
el ceño, adivinando a M. de Bergson.
Puedes coger cenizas del fuego heraclitano,
mas no apuñar la onda que fluye con tu mano.
Vuestras retortas, sabios, sólo destilan heces.
¡Oh machacad zurrapas en vuestros almireces!
Medir las vivas aguas del mundio..., ¡desvarío!
Entre las dos agujas de tu compás va el río.
La realidad es la vida fugaz, funambulesca,
el cigarrón voltario, el pez que nadie pesca.
Si quieres saber algo del mar, vuelve otra vez,
un poco pescador y un tanto pez.
En la barra del puerto bate la marejada,
y todo el mar resuena como una carcajada.


Puerto de Santa María, 1915.



Este poema de Antonio Machado, (que aparece en Proverbios y cantares, ed. El País, 2003, p. 142.) nos cuenta y resume, mejor que cualquier otra exposición, mediada por cierto por esas oraciones declarativas de las que ya hablamos, la labor que habría que empezar a hacer y como hacerla contra las cosas que se nos dan en la Realidad. Nunca he conocido más tierno rodar de palabras que dijese que fuese el pensar y cómo se opone con fuerza al idear de la Realidad.

Porque, aunque la tentación de querer ver en este combate contra lo real, como una forma moderna -o superada, si se quiere- de lo racional y de la ciencia, es grande. Y que lo que se opone indistintamente a las Realidades, instituciones y poder, es el irracionalismo, las modas postmodernas, las vanguardias artísticas, los surrealismos, los dadaísmos, los nihilismos, etc.; todo ello es falso e incorrecto, y es justamente lo que la Realidad pretende.

Lo que la Realidad pretende, en última instancia, es hacer para sí todo elemento de pensamiento y reducirlo a una cosa más entre las cosas. Lo que verdaderamente se opone a esa intención no es renunciar a la racionalidad, sino evitar que esta se convierta en una cosa entre las cosas. Es decir, que el razonamiento no se vuelva idea.

Ya se nos está haciendo patente la diferencia entre pensar e idear, entre el razonar y esa otra operación que es hacer imágenes -imágenes que se dan como un todo en el tiempo- de las cosas. Y la diferencia está clara y sencilla: frente a quienes quieren ver que una operación de la razón, (2+2=4, por poner un ejemplo) es una operación entre ideas (la suma de 2 de las ideas de 2 entre ellas mismas, es igual a la idea de 4); nosotros decimos que la operación de la razón y las operaciones de las ideas no tienen nada que ver, que, de hecho, son antagonistas, que se contrapoenen claramente.

(Al ejemplo dado la cosa es sencilla. Dado un par de números cualesean no se puede jamás saber el resultado de la operación de la adición, como no sea que de hecho se haya realizado -que haya tomado en el tiempo su realización y su razonamiento hasta dar con la solución-, ni siquiera cuál de las respuestas sea válida y cuál incorrecta: así 2+2=4 es equivalente a 2+2=3+1 o 2+2=100-96. Sin embargo, los que quieren hacer que las operaciones de la aritmética y el resto de ciencias, como operaciones entre ideas, tienen que suponer que en el cuatro están ya contenidas todas las ideas en las que se puede desplegar la idea de '4' -y sus notas, en este caso, tendrían que ser infinitas- y ante la imposibilidad del despliegue de todas las ideas -'imágenes'- que podrían significar o equivaler a la idea de '4', tienen que acudir a una síntesis y abstracción, asegurando que es posible, aunque yo no veo como, que a partir de '4' se genere una sola idea que venga a posibilitar la enunciación de la sola deducción de '4=2+2', a saber: la idea de unidad. Y así '4=1+1+1+1', etc. Quien tenga la idea de unidad, que la diga.

En resúmen: que quieren hacer que la cosa que lleva su tiempo, su trabajo y su dedicación, se desprenda por sí sola, del solo hecho de pensarla. Sobra decir que lo único que hace esto es delimitar las posibles respuestas, solidificar sus límites y condenar la cosa -por ejemplo a los números- a ser los que son.)

Porque, como ya lo dice el poema: Pensar: borrar primero y dibujar después. Y aunque en este verso ya se nos presentan los dos movimientos clásicos del pensamiento -la crítica y la construcción- y aunque aquí nos importe bien poco el segundo (eso de seguir haciendo Realidad), no cabe duda que el maestro sevillano estuviese seguro de que lo más importante de todo en el pensar era el borrar (y quien borrar no sabe camina en cuatro pies), y ello porque las cosas de las que se componen la Realidad, son hechas gracias a un dibujo, un trazado y un límite que se le impone. Dibujo que quiere decir imágen, que quiere decir separación, línea, frontera, etc. Y como todo trazado no puede ser sino arbitrario, cifrado ya en eso que se dice en el primer fragmento textual -allá por el s. VI a. C.- que nos ha llegado de la filosofía: (el fragmento de Anaximandro DK 12 B 1, lo tomamos de Filósofos presocráticos, ed. Gredos, vol. I, 1978, trad. de Eggers Lan, C. y Juliá, V. -cambiamos lo infinito por lo sin fin-)
Anaximandro... dijo que el principio y elemento de todas las cosas es lo sin fin... Ahora bien, a partir de donde hay generación para las cosas, hacia allí se produce también la destrucción, según la necesidad; en efecto, pagan la culpa unas a otras y la reparación de la injusticia, según el ordenamiento del tiempo.
Y de ahí ya se puede saber: lo sin fin (ápeiron), en donde sólo puede entrar el límite (del gr., péras, de donde vienen también palabras como, perímetro o los consabidos Perí Phýseos -títulos genéricos de los primeros textos de filosofía, que literalmente se traducen Sobre la naturaleza, aunque slavando anacronismos, habríamos de traducir Sobre la Realidad, dadas las diferencias entre lo que un griego pensaría de la naturaleza y nosotros.), para ser lo que es, para llegar a la existencia. Entrar en el límite, ser dibujado, tener sus lados, sus determinaciones quiere decir ser hecho cosa; mientras que eso de ápeiron (sin fin o infinito, aunque para aclararnos la diferencia entre estas dos palabritas tendríamos que ocuparnos mucho tramo sobre Anaximandro y la filosofía presocrática a la que ahora no podemos ni debemos), esa nebilina opaca que confunde toda cosa: el monte, el pino, el mar, el pájaro la rosa; esa masa de cosas que no se saben si quiera si son cosas, porque no tienen límite ni trazado alguno que las determine, ni es nada que se pueda siquiera entender -como harían algunos peripatéticos- como una especie de materia prima, potencialidad pura; va tomando forma en la medida en que la metemos en cintura, en la medida en que vamos trazando límites y poniendo barreras a la cosa que no las tiene. Dibujando el contorno de un árbol y diciendo: "Esto es un pino", pretendiendo que en esa predicación vaya conjunta la cosa que dice: "Esto no es una rosa, ni el mar, ni un pájaro". Y así se van construyendo las 'imágenes' -las esencias, las ideas platónicas, las verdades, etc.- de los pájaros, las rosas, los pinos, etc. Y así las cosas se van haciendo y generando realidades...

Aunque, por más que Anaximandro fuera filósofo no fue tan ingenuo como para no darse cuenta que esas cosas que venían a ser, no lo eran por sí mismas, ni porque las cosas estaban así dadas; sino por un mandato cuasi-jurídico (táxis se puede traducir como mandato, pero también como ordenanza o sentencia) del Tiempo. (¿Algún deje de pena habrá en las palabras del milesio? Bastante difícil es saberlo si acaso ya se extrañaba, como Platón luego lo haría, de que las cosas no durarán para siempre... pero en fin, no estamos aquí por la labor de pensar a Anaximandro). ¿Qué hay pues en esa pretención de conocer la Realidad? Fácil: la necesidad de medirla, de separarla, de abstraerla.

Nada más alejado de nuestra labor por acá: que es desatarla, desliarla y ver como está construida sobre trazados y dibujos más bien burdos, falsos, raquíticos. (Aunque no por mejor trabada la cosa vendría a ser Verdadera). Aquí vamos a desmontarla y a admitir con la fidelidad y humildad necesaria que lo que se va moviendo allá abajo, (que algo se moverá, entre las aguas, pececes, ríos, árboles, corazones, nubes y demás) es necesariamente sin fin, y no llega uno a darse cuenta del todo el por qué de que las nubes no sean rosa ni las rosas sean yo.

Machado va por la misma labor de saber que eso que mete en sí mismas a las cosas no pueden ser sino garras así con su sonido político, agresivo... porque alguna agresión ha de haber a la cosa cuando se le manda que sea la que ella misma es. Y, sin pensarlo dos veces: aunque lo mismo que las garras son, lo mismo que las garras, pura figuración. ¡Maestro! Porque tampoco hay algo verdadero ahí que vayamos a liberar, aquí que nos afanamos por soltar las amarras, las redes, garras y ordenanzas de la Realidad, sino que ya al liberarnos nos damos cuenta que justamente las garras, los límites y las cateogrías, no eras sino las cosas ya dadas con sus límites y falsedades.

Así que borremos un poco la diferencia (entre el pez y el pescador) para a ver si de toda esa balumba algo queda que de veras esté diciendo algo con sentido común -aunque justa y únicamente la negación de la cosa, y la imposibilidad de arar en el mar... Por ello, por acá:

Negamos, no afirmamos. Razonamos, no ideamos. Soltamos, no amarramos. Desaprendemos, no aprendemos. Estamos en contra, nunca a favor. Destruimos, no construimos. Borramos, no dibujamos. Nuestro empeño ha de estar en dejar de entender la Realidad, en que de verdad nos parezca asombrosa, falsa: que se nos aparezca como es La Gigantesca Máquina de lo Natural, con todos los embrollos, falsedades y pasos al límite que se necesitan para que funcione como tal.

Así que, vamos contra las ganas de medir las vivas aguas del mundo... o en palabras de otro presocrático (Heráclito DK 22 B 57, tomada la traducción del vol. citado de Los filósofos presocráticos):
Maestro de muchos es Hesíodo: concideran que sabe muchas cosas éste, quien no conoció el día y la noche, pues son una sola cosa.