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martes, julio 07, 2009

Lo ideal y lo Real II: El misterio del cuerpo



Ya hablamos la última vez sobre este mismo tema (la falsa separación entre lo ideal y lo concreto) en referencia al tema del dinero y las utilidades –‘materiales’- que puedan o no reportar las ideas y los estudios, dejando del lado toda consideración física o metafísica del asunto de la abstracción o de la materia.

Es momento, pues, de abordar cosas un poco más alejadas del sentir claro y directo que uno experimenta ante la llamada de los ‘materialistas’ –es decir, que llaman ‘materia’ al dinero y viceversa-, para tocar los razonamientos que algunos hayan proferido sobre este tema, para ver de que manera nos puede aportar más arma para demostrar la mentira encerrada en esta división.


Quizá la mejor manera para comenzar es reconociendo la utilidad que la Realidad extrae de esta forma de administrar sus cosas: llamándolas a unas reales o concretas o materiales y a las otras ideales o abstractas o inmateriales.

(Más allá del establecimiento de la común confusión de los términos y que los
hombres confundan dineros, ideas y cosas, para que así el cambiazo de la Fe por
lo otro sea mucho más sencillo y fácil.)

La importancia de esta concepción, se ve, es la noción implícita que tiene todo hombre que se apropia de esta separación es suponer que lo concreto es más manejable que lo abstracto (falacia que no se sostiene al más leve de los exámenes): y así someter a las cosas físicas, como una mesa, un perro o un jamón, a un régimen de conocimiento absolutamente sencillo… siendo que estos serán mucho más fáciles de conocer –ya que se usan, se comen, se poseen- que un triángulo isósceles, la teoría epistemológica de Platón o el conjunto de los números primos.

Las cosas concretas, según esa opinión, no esconden ningún secreto y son absolutamente simples: manejables, computables y acumulables –de ahí su misteriosa semejanza con el dinero, que sin esta división no se sostendría-, e igualmente, dado que se conocen y se tocan, se les puede imponer un valor.

No hace falta demasiado tiempo para deshacernos de esta mentira: baste con reconocer que es prácticamente imposible saber lo que es una mesa, un perro o un jamón, cuando se piensa adecuadamente. Y sirva como ejemplo la triste labor de los zoólogos y naturalistas: que ante la imposibilidad de definir un vencejo, un alcornoque o un almendro, no tienen más remedio que –al reconocer que lo inútil que supondría intentar hacer una descripción que agotase las notas de la cosa- el de elaborar una serie de taxonomías, ordenes, géneros, especies, etc. en la que acomodan desde los pájaros hasta las setas… y todas las cosas que se agrupan en tales familias y taxones consiguen definirse individualmente en sus diferencias específicas. Esto es que ningún botánico podrá decir nunca qué es un almendro, ni un zoólogo qué es un vencejo… sino apenas agruparlos e ir desviando los significados en otros tantos.


Ante esto, sin duda ya se nos empieza revelar la mentira: es mucho más fácil definir –o por lo menos decir algo adecuado a la cosa- en cuanto tratamos de triángulos isósceles o teorías filosóficas, que decir lo que se adecua a una mariposa o una flor cualquiera.

En ese sentido, digamos de una vez por todas que ‘lo concreto’ es incluso más inmanejable –si se mira con detalle-, que cualquier aparato ideal.


Naturalmente esto ya se sabía desde hace mucho tiempo y no estoy diciendo absolutamente nada nuevo. Aristóteles mismo –y toda la tradición escolástica- hablan siempre de la materia como algo que raya en lo inasible. Para Plotino, la materia es lo colindante con el no-ser, guarda una extraña semejanza con Dios –el Uno- que es que es incognoscible –que no se le puede someter al lógos-, los únicos entes con los que se puede contar (los únicos que poseen algún grado de aceptable de Realidad) son las almas e ideas.

Lo que hace Plotino es simplemente vertebrar el platonismo. Pero también en Aristóteles –a quién la tradición académica ha alzado como principal oponente del platonismo, puesto que aunque haya gastado gran parte del libro XIII y XIV de la Metafísica en criticar la ‘existencia separada de las ideas’- maneja la materia de una manera extraña… Esto es, convirtiéndola en un agregado de la forma (al êidos) carente de toda característica o propiedad: lo que se denominó entre los escolásticos materia prima, y que provocó no pocos descalabros en cuestiones teológicas durante la reintroducción de Aristóteles a occidente a través de averroísmo.

Es decir, que para Aristóteles existía ‘lo que aparece’, sin decir que aquello que tenemos dado en el árbol o el vencejo, sea puramente material –ya que está compuesto también de forma- y únicamente por abstracción –separación: chorístos-, se puede separa lo Ideal –lo abstracto, tales como las reglas silogísticas del razonamiento dialéctico, las figuras geométricas o los números- y lo Material.

Sin embargo lo más que se puede decir sobre la materia en Aristóteles es que le funciona como un mero principio de individuación y nada más. Esto es, una mera forma de separación entre las cosas que se ‘nos aparecen’ pero ninguna otra característica puede tener sino por virtud de su forma.


Ahora bien, no quiero entretenerme demasiado con Aristóteles y lo que vino después con los sucesivos platonismos y herejías sobre el mundo y la materia –y como durante toda la Edad Media, hubo grandes controversias sobre si Dios podía estar en el Mundo (o incluso el extraño caso de David de Dinant –cuya obra De tomis, hoc est, de divisionibus desaforutunadamente se ha condenados en 1210 y prohibidos en 1215-, que Santo Tomás [S.T., Ia, 4, 20, 2] nos dice escuetamente que «decía muy neciamente que Dios es materia prima.» Aunque lo más probable es que esta información del aquinatense no sea mas que una mala interpretación –aristotelización- de otra cosa), sino acudir a argumentos más simples, directos, modernos –sin tanta cháchara sobre historia de la filosofía- que nos pueda demostrar de qué manera materia e idea se confunden en una sola cosa.


Aunque quisiera aventurarme y sumergirme en cómo es que ya la materia se nos ha vuelto luz y energía, mis conocimientos sobre física cuántica y la teoría de la relatividad son absolutamente raquíticos… pero quede dicho cómo a los propios estudiosos de la ‘más rabiosa actualidad’ –dando por sentado de que todos los tiempos están, como dijo el otro, en este tiempo-, la materia se les ha escapado montada en un rayo de luz.


Para lo otro quisiera recoger dos textitos de don George Berkeley, ese obispo irlandés al que tradicionalmente la academia no ha tenido el mayor empacho en llamar –en su necesidad de catalogar todo lo que aparece por aquí y por allá- ‘idealista’. (O en una peor denominación, aunque eso propiciada por unas interpretaciones parciales de su obra ‘solipsista’). No entraremos en ello ahora…


Apenas diré que Berkeley se empeña en destruir la concepción de la materia únicamente como un amague retórico para demostrar la existencia de Dios. Ese era su cometido… y aunque aquí bien poco nos interese su conclusión y resultado, su razonamiento no deja de ser válido.

En la Introducción a su Tratado sobre los principios del conocimiento humano, en escasos 20 párrafos da al trasto con toda la teoría de la existencia de la materia, negando justamente la posibilidad de que existan cosas separadas de las ideas –puesto que si estuviesen separadas de las ideas (fuera de la mente) no podrían ser ni conocidas ni tendrían ningún significado –sobra decir que Berkeley siguiendo la tradición psicológica de Locke abre el campo de lo que se llamó después filosofía del lenguaje:

«Que los demás tengan esta maravillosa facultad de abstraer ideas, es cosa que ellos mismos podrán decir mejor que nadie. Por lo que a mí respecta, yo encuentro, ciertamente, que poseo la facultad de imaginar o de representarme las ideas de las cosas particulares que he percibido, y de las otras varias que resultan de combinarlas o dividirlas. […] Pero siempre que imagino una mano o un ojo, éstos han de tener una forma y un color particulares. Del mismo modo, la idea de hombre que yo me formo, ha de ser siempre la de un hombre blanco, o negro, o bronceado, o derecho, o torcido, o alto, o bajo, o de mediana estatura.» (§ 10, Ed. Alianza, trad. Carlos Mellizo)

Lo que dice tiene la intención de negar la teoría de las cualidades primarias y secundarias de los objetos, que enunciara Locke en el Ensayo sobre el entendimiento humano.

Sigue Berkeley después de asegurar la no existencia de las ideas sin la mente –y por tanto la existencia necesaria de un sujeto, convertido en sustancia percipiente-, ya fuera de la Introducción:

«Hay algunos que establecen una distinción entre cualidades primarias y secundarias. Por las primarias entienden la extensión, la figura, el movimiento, el reposo, la solidez o impenetrabilidad, y el número; por las segundas entienden todas las demás cualidades sensibles, como los colores, los sonidos, los sabores y demás. Reconocen que las ideas que tenemos de éstas no son imágenes de algo que existe fuera de la mente o no-percibido; pero mantienen que nuestras ideas de las cualidades primarias son representaciones o imágenes de cosas que existen independientemente de la mente, en una sustancia no-pensante a la que llaman materia. Por tanto, debemos entender po materia una sustancia inerte e insensible, en la que la extensión, la figura y el movimiento subsisten de hecho. Pero, partiendo de lo que ya hemos mostrado, resulta evidente que la extensión, la figura y el movimiento son únicamente ideas que existen en la mente, y que una idea no puede parecerse más que a otra idea; y que, en consecuencia, ni ellas ni sus arquetipos pueden existir en una sustancia no-perceptiva. De lo cual resulta claro que la misma noción de materia o de sustancia corpórea implica de suyo una contradicción.» (Berkeley, Tratado sobre los principios del conocimiento humano, § 9, Ed. Alianza, trad. Carlos Mellizo.)


No creo que haga falta añadir más párrafos explicativos: La materia, tal y como se le concibe sigue siendo una Idea, sea como soporte o como Dinero o como algo que se puede manejar y contar y agrupar en la mesa, el perro o el jamón: la materia sigue siendo Idea en la medida que la sometemos a una explicación:

«Hylas: (Sobre el sustrato material) No pretendo tener una idea positiva adecuada de él. Sin embargo concluyo que existe porque no se puede concebir que existan cualidades sin un soporte.
Philonús: Parece, por consiguiente, que tienes de él sólo una noción relativa, o que no lo concibes más que al comparar la relación que tiene con las cualidades sensibles.» (Berkeley, Tres diálogos entre Hylas y Philonús. A lo largo de los cuales quedan plenamente demostrados la Realidad y Perfección del conocimiento humano, la naturaleza incorpórea del alma y la inmediata providencia de una Deidad: en oposición a los escépticos y ateos, así como un método abierto para convertir las ciencias en algo más sencillo, útil y compendioso. –este es el título completo-, Ed. Humanitas, trad. Manuel Satue)

No hace falta en que continúe el razonamiento del diálogo: el título del libro lo deja bien claro. Naturalmente que Berkeley aceptaba que existían Ideas –percepciones- que el sujeto –‘yo’- no puede controlar… pero era justamente eso lo que demostraba la existencia necesaria de otra sustancia –algo que tenía que ser similar a una idea, ya que una Idea sólo puede parecerse a otra Idea- que era el Espíritu Supremo o Dios. (Por eso la nomenclatura de ‘solipsismo’ es una interpretación parcial porque para Berkeley tienen grado de existencia no únicamente el Sujeto sino también Dios, comunicándose incesantemente a través de las percepciones incontrolables)


Naturalmente eso de Dios nos interesa bien poco. Lo que hace Berkeley –como es su mandato e intención- es siempre defender la Realidad (y nosotros, no debemos olvidarlo, estamos aquí para atacarla)… sin embargo su razonamiento no deja de ser brillante y útil si nos deshacemos de su conclusión: la materia, en tanto que no es idea es un misterio absoluto.

A ese misterio el irlandés lo nombra Dios –y, si cabe peor, el Dios cristiano-, pero a nosotros no nos hace falta. Ese misterio extraño, que yo sigo sin entender, es el que funciona como una herramienta útil contra la Realidad… contra la pretensión de vender mesas, comprar perros o saber jamones… Cuando uno se da cuenta de ese misterio y lo vive y lo siente –no como los misterios teológicos que pretenden dar explicación a lo inexplicable, sino como puro asombro y pura duda- entonces la Realidad se desquebraja y muestra su verdadera cara: que no está cerrada y se le puede atacar con las máquinas adecuadas.


miércoles, junio 17, 2009

Lo ideal y lo Real, I: De por qué la idea y la materia son lo mismo, el Dinero.


Siguiendo de nuevo con las máquinas que nos tienen que ayudar a ir desmontando la Realidad, cacho a cacho, vamos a tocar un tema que, de alguna u otra manera, siempre nos está rondando por lo bajo cuando se hablan de estas cosas:

Una de las divisiones –ya que, como dijimos hace ya tiempo, la Realidad se va construyendo a partir de la separación de eso ‘sin fin’ que es el mundo, en cosas particulares y distintas para así dominarlo y someterlo- más importantes y que ayudan a domesticar las ansias y furores de los que apenas les va despertando esa ira y esa ansia de rebeldía contra lo Real.

Me refiero a esa división de lo ideal y lo real, a eso que nos asalta –a mí también, ¿cómo no?- entre los razonamientos: ¿de verdad sirve esto para algo? ¿De verdad la palabra, -esta triste palabra que no encuentra mas que este medio para salir y ver si tiene la gracia de divulgarse e irse pasando de uno a otro ido como un incendio o como una peste-, de verdad esta palabra puede transformar lo que está del otro lado?

Y esto que huele tanto a eso que decía el viejo Marx de los filósofos… (que los filósofos interpretaban el mundo, cuando de lo que se trataba era de transformarlo), y que nos huele tanto a debate político moderno, en realidad nace con la propia historia –esto es, la historia escrita y la filosofía misma (sin detenernos demasiado en las fechas ni separación de géneros textuales que nos distraen demasiado para nuestro propósito):

Y ya nos cuenta Diógenes Laercio en una escueta noticia de Tales de Mileto:

Cuenta también Jerónimo de Rodas en el libro segundo de sus Recuerdos anecdóticos que, queriendo demostrar que es fácil hacerse rico, al llegar la época de recolección de la aceituna, alquiló con previsión los talleres de aceite y reunió muchísimo dinero. (D. L. I, 26. Ed. Alianza, trad. García Gual, C., p. 46)

La misma anécdota, aunque con un toque mucho más literario, nos las relata Aristóteles en los Políticos, I, 11, 1259a (colocado como el fragmento 11 A 10 en D-K, la trad. es de Eggers Lan y Juliá, de los Filósofos Presocráticos, Ed. Gredos):

En efecto, como lo injuriaban por su pobreza y por la inutilidad de la filosofía, se dice que, gracias a sus conocimientos astronómicos, pudo saber cómo sería la cosecha de aceitunas. Así, cuando era aún invierno y tenía poco dinero, tomó mediante fianza todas las prensas de aceite de Mileto y de Quíos, arrendándolas por muy poco, pues no había competencia. Cuando llegó la oportunidad y todos a la vez buscaban prensas, las alquiló como quería, juntando mucho dinero, para demostrar qué fácil resulta a los filósofos enriquecerse cuando quieren hacerlo.


Esta anécdota la traigo a colación, tanto para ver que esto de la inutilidad de la filosofía ya estaba en boca de todos desde su propio surgimiento, como para ver de qué manera cualquier prueba contra esa inutilidad es del todo falsa y que acaba demostrando justamente lo contrario: es decir, que la filosofía –o el quehacer teorético o el razonamiento puro y duro- no sirve para nada.

No hay tiempo para establecer los matices de las cosas, ya habrá tiempo para detenernos en otra ocasión en ese problemático nombre de ‘filosofía’. Pasemos al ejemplo:

Por un lado se propugna la inutilidad de filosofía y por otro la maniobra financiera de Tales parece –al menos a ojos de Aristóteles y de Diógenes- estar demostrando lo contrario: que la filosofía, ciertamente, es útil a pesar de todo.

El problema aquí es el concepto de utilidad. La utilidad –que tiene que ser uno de los debates cruciales por aquí, que al fin y al cabo, esta es una pequeña fábrica de máquinas que pretenden ser útiles- es vista aquí como la generación de Dinero. Cuando lo significativo del Dinero está justamente en que no sirve para nada sino para ser dinero… El Dinero, dicho clara y simplemente, no cambia nada.

El Dinero es el lugar de la Realidad en donde vienen a sumarse y a encontrarse todas las contradicciones de la Gran Máquina ya que, en una moderna teología, no cabe duda que es el Dinero y sólo el Dinero el que podría ocupar el lugar de Dios. Y por cierto, el Dios más perfecto que jamás religión alguna haya podido aspirar y que a su lado Jehová, Alá y el resto de deidades más o menos moribundas no son más que minúsculas máculas de fe: ya que es justamente el Dinero el que da la fe (el crédito) a cualquier cosa en cualquier circunstancia y ante quien el resto de dioses tienen que inclinarse y a quien deben su poder.

Por eso la prueba de traducir el conocimiento en Dinero no es más que una falacia de la Realidad, que hace pensar que algo cambia cuando lo único que está sucediendo es hacer lo que ya estaba hecho desde siempre.


Es en el Dinero en donde mejor podemos ver que esta separación entre lo que es Ideal y lo que es Real es tan falsa como reaccionaria con la amenaza de libertad que surge en cualquier razonamiento que esté descubriendo la mentira de la Realidad.

Por un lado se dice, con más o menos empacho, que lo más concreto, lo más tangible, el non plus ultra de la Realidad se haya enterrado en el Dinero. Así cualquiera al que se enfrenta a cualquier razonamiento, por más o menos demoledor que resulte, lo que quiere ver por encima suya, es eso que llaman la ‘aplicación práctica’ y que por lo general siempre se mide en Dinero. Sea la eliminación de los pobres, el aumento de salario de los trabajadores, la bajada de los impuestos, la inyección económica, etc., ningún razonamiento sirve, sino es en la medida en que esté produciendo Dinero –esto es lo que ya está hecho y no puede hacer nada sino reproducirse a si mismo.



(Y esto no querrá decir que subir los salarios de aquí o de allá esté mal, o
acaso borrar pobreza, pero siempre téngase en la cabeza que hacer eso no es
hacer nada, sino lo que estaba destinado a suceder desde que Dinero y Estado se
fundaron en uno. En resumen, no existe nada bueno que pueda salir del Dinero)


De esta manera la Realidad gana siempre. Si el razonamiento es improductivo se detiene por su propia ‘inutilidad’, si el razonamiento produce, lo único que hace es producir más Realidad –Dinero, naturalmente.

Y por más señas de esta extraña confusión, traigamos a colación, en relación a esto del Dinero… eso que en los decires comunes –que no populares, que es distinto- se tiende a llamar ‘materialista’ a aquél que se fija sólo en el Dinero. Porque de verdad cree que el Dinero sirve para algo y es igual a cualquier cosa material, porque se puede intercambiar muy fácilmente por ella.

E incluso, no conformes con ese malentendido, a quienes pretenden más o menos, mejor o peor, rebelarse contra el poder del Dinero –o acaso simplemente no les interese demasiado y otras cosas les muevan en el corazón más que andarse dejando la vida trabajando para este Dios-, se les llama (¿lo contrario?): ‘idealistas’. Y así tenemos de un lado la Idea y del otro la Materia.


(Dejaremos para la segunda parte de esta entrada cuestiones más metafísicas como
el misterio absoluto de la materia y la más absoluta Realidad de la idea, porque
ahora me quiero quedar en esto del Dinero, por la importancia que tiene y ver
cómo en esta cosa tan común se encierra el misterio teológico más grande de
todos: la confusión última de la Realidad en donde Idea y Materia se funden a
condición de ser Reales –o en otras palabras- a condición de tener un precio).

Y porque siempre nos valgan poemas mejor que razonamientos –en el fondo porque vienen a ser casi lo mismo- ponemos aquí dos estrofas que nos servirán para ver al de qué manera se nos juntan irremediablemente los ‘idealistas’ y ‘materialistas’ en uno solo (Agustín García Calvo, Libro de Conjuros, Ed. Lucina, p. 17):

y añadiría en nueva mudanza
«Venga el pastor de empresas y bancos,
el que esquilaba los débitos blancos,
el que de crédito hechía la panza;
venga y suscriba aquí mi libranza,
venga y verá lo que vale dinero:
todas sus cifras verá que eran cero
y qué de vacío mi cuenta se danza.
[…]
Y tú, la clienta de las galerías
del supermercado, que por la escalera
mecánica en pos de la cosa cualquiera
bajabas al cielo, al limbo subías,
entra a mi danza, y tus chucherías
saldrán de la bolsa profunda hechas humo,
consumidora de puro consumo,
tu vientre sin fondo, tus manos vacías. »

Por lo general explicar un poema, cuando está tan bien escrito, sólo se puede hacer con el riesgo de enturbiarlo, de esfumar y borrar lo que ya está perfectamente claro en el inconsciente. Aún así, tenemos que hacerlo… y correr ese riesgo de que al hacer conciente lo que quiere decir, se nos pierda el sentido verdadero.

El par de estrofas tocan dos extremos distintos del dinero. i) Por un lado la cima de la pirámide financiera: esas entelequias abstractas que nadie sabe bien como funcionan ni como se mantienen en pie, esa extraña base de la economía que se mueve a través de rumores, gestos, señales, ilusiones: los ires y venires de las acciones que no tienen nada que ver con el hombre de a pie. ii) Por otro, el consumo puro y duro de cualquier hijo de vecino que a salto de mata acude a los centros comerciales a ver si es verdad que puede llamar vida a lo que hace el resto de la semana: esto es, trabajar.

Sin embargo estos extremos no se hayan separados… todo lo contrario son dos aspectos de lo mismo… a pesar de que nos pueda parecer que allá en las alturas económicas en donde –según los economistas- se teje el mundo del dinero con alguna teleología divina ajena a nuestro entendimiento…

Porque bien claro es verlo que no se sabe muy bien ni cómo ni cuándo ni por qué
se desploman de vez en cuando las bolsas y quiebran los bancos, como si los
números tiranos de las lucecitas de Nueva York, brincasen cual Oráculo de Delfos
y enardecidos no se sepa ya a qué pitia acudir… ¿Quién hay que diga ‘Yo sé
porque hay recesión y crisis y la madre que la parió, hacedme caso a mí…’?
Naturalmente nadie puede decir que no lo sabe… todo el mundo dice algo, que si
la inflación inmobiliaria, que si el repartir y regalar créditos hipotecarios,
que si la rapiña de la banca privada... Pero nadie sabe por qué ni lo han de
saber porque los motivos de Dios son insondables…)


Y así desde esa cumbre abstracta el Dinero baja como una procesión plotiniana, otorgando realidad a todo aquello que produce: dando fe de verdad (crédito) a todo lo que, al bajar, va tocando. Y cuando llega, ya como un vago reflejo de Dios, en esa calderilla que tintinea en los bolsillos, no debemos olvidar lo que significa: es el símbolo, la cosa de todas las cosas… La cosa por la cuál todas las demás obtienen su Realidad, su valor, su lugar en el Mundo. No es mas que la forma imperfecta de aquello que tiene que ser puro número, pura cifra… Si es moneda es porque, desafortunadamente, tiene que serlo… y mejor le conviene al dinero ser más bien electrones fluyendo en las redes bancarias y dejándose ver en pantallitas de cajeros automáticos como ventanitas a la verdadera Realidad.

Pero la segunda estrofa, esa que habla de algo que, naturalmente, parece más Real, más ‘material’ y palpable, cuando señora y señor, niño y niña, se pasean entre los bazares y galerías, cartera en mano… esa estrofa es todavía más interesante. Porque aunque se diga que el Dinero es un símbolo y lo que importa es lo que representa: esto es Capital, ‘materia’ en existencias –como dicen-, y que en el momento en que sea se pueda lo uno trocar por lo otro y así comprar comidas y blusas y faldas y coches y casas y juegos y teles y todo lo que se ofrezca entre los escaparates… De pronto, si uno se deja raptar por sentido común se dará cuenta que no… que eso que compra no puede ser material, que lo que está comprando y consumiendo no puede ser cosa como una piedra o un árbol cualquiera. No puede serlo de la misma manera… cuanto más que cada uno de esos objetos están siempre fabricando otra cosa: la Realidad misma que constituyen.

Porque son sólo Dinero. Y el Dinero se mueve sólo para sí mismo…

Y en última instancia, la más macabra noticia, es que siempre está el resto absoluto de esas materias –que no es materia, porque la materia (ya lo veremos la próxima vez) es un misterio insondable que nadie jamás ha conocido ni conocerá- sino meras formas vagas de Ideas que adquieren en alguna fábrica China la forma de un monitor, de un teclado, de un altavoz y que funcionan quién sabe bajo que mágico mandato divino incomprensible, y todas están para la muerte. Naturalmente, ¿cómo no?, si de lo que siempre se trató es de entreteneros, ya sea comiendo o viendo películas o jugando a los videojuegos, mientras llega la muerte.


No hay nada que sea útil entre esas máquinas. Absolutamente nada. La prueba de Tales –si es que hubo tal que tampoco nos interesa-, de intentar demostrar la utilidad de la filosofía, fracasa en el momento en que entendemos la absoluta inutilidad del propio Dinero.

No. La utilidad de eso que algunos llaman bajo el equívoco rótulo de ‘filosofía’ es útil por otra cosa: porque puede de pronto ayudar a romper la Realidad, a desquebrajarla y triturarla en medio de la razón… Todo lo demás que pueda hacerse, es perfectamente inútil.