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sábado, febrero 19, 2011

Amor y guerra: la palabra



Y acaso nos toque, de vez en cuando, como no queda más remedio, hablar de lo que habla. O lo que es lo mismo palabrear con las palabras.

Porque ante la palabra, algunos solemos quedarnos boquiabiertos aún. ¿No es cierto? Y es que hay tanto que decir de las palabras… Como ya dijimos una vez –hablando un poco sobre la falsa diferencia entre lo ideal y lo material-, aquello de que la mejor arma contra la Realidad era siempre la palabra, por más que nos quieran hacer creer lo contrario.

Y es que es tan sencillo descorrer el velo de la mentira, que se vuelve absolutamente indispensable tapiar las bocas, neutralizar la palabra y condenarla a una mera negociación en el intercambio de ideas y opiniones.

i) Por un lado valdrá la pena recordar acaso, así al mero vuelo, porque ya más o menos lo hemos hablado antes. Que eso de que las formaciones de individuos se basen principalmente en la encuesta y recolección de opiniones, puntos de vista e ideas personales, no se logra mas que la perpetua negociación de la Realidad.

Si se negocia, ya no se está atacando ese pacto de fe. Que sobre el poder de la Realidad no se puede invocar ni anteponer el poder de nada. Ni imaginaciones, ni sueños, ni nada de eso puede estar negociando con el poder o pactando para suplantarlo en las privacidades.

Ay, que los Estados y Capitales nos venden la idea de que cada uno, en sí mismo y sus contratos puede convertirse con mucho tiento y apasionamiento, en un pequeño Estado, en un pequeño Capital…

ii) Pero lo que realmente me gustaría acaso apuntar es acaso la manera de que la palabra puede seguir ayudando a lo que intentamos aquí. Y es que acaso es en el Amor y en la Guerra en que la palabra vuelve a estar llena de significado.

Las palabras se vuelven casi necesariamente precisas. Porque hieren y curan. Esto es, traspasan al individuo. Hablar, cuando de verdad se puede hablar de amor y hacer la guerra que importa con la boca: es cuando el individuo se quita de en medio, cuando deja que la palabra florezca como algo que está siendo hablado desde otro lugar que no es el mismo.

En ese sentido: razón y sentimiento son lo mismo.

Sentir la herida del mundo es querer curarlo. Querer curarlo es querer guerrear con la Realidad. Guerrear con la Realidad es casi guerrear contra uno mismo. Contra esa cosa que soy yo y que no me deja hablar mas que para decir mi opinión.

Simplemente, estaba tentado a querer mostrarles lo que creo que el lenguaje, al dejarse manifestar –que no usarse-, puede realmente hacerle un verdadero roto a la Realidad.

Amor y guerra, lo que cura y lo que hiere. Palabra puede ser ambas. Arma arrojadiza o caricia delicada. La palabra, cuando es pronunciada por un amante o un enemigo, se vuelve de nuevo cargada de sentido. El amante puede conmover o herir, el enemigo puede devastar o enmendar.

La palabra vuelve a tener la significación de desgarro. No se trata ya de un mero intercambio de informaciones más o menos prosaicas, más o menos cotidianas, más o menos importantes. Se convierte entonces el vehículo por el cual ocurre lo más importante que tiene que ocurrir en la Realidad para que algo pase: desgarrarse, deshacerse, desechar de una vez la persona que posee la lengua en la que se habla.

Ese caerse de la Realidad que a algunos les pasa cuando hablan –cunado hablan de verdad y no para decir lo que ya fue dicho, sino para ir buscando en la cabeza algún hálito nuevo (o acaso vetusto y original)- para decir algo que pueda sonarnos nuevo.

Entonces, lo verdaderamente nuevo es la posibilidad de que la piel, de uno y de otro –enemigo y amante- se desgarren de una vez y para siempre, para poder perder de vista la Realidad.

Ese es el verdadero milagro de hablar. Lo absolutamente gratuito que resulta y que cuando ocurre de verdad, la vida de un vuelco para salirse de la Realidad. Hablar de verdad sólo puede ocurrir al margen de la Realidad.

Por eso se empeñan las entrevistas, encuestas y periódicos en convertir todo en una suerte de conteo aritmético, en un vuelo de águila que más que hablar con las cosas, únicamente las someta a una despiadada forma de conocimiento. Saber lo que se piensa, los programas de la televisión, las opiniones públicas, las elecciones municipales; todo es el gran simulacro de la negociación de las libertades y avances de las democracias representativas.

Negociar con la Realidad es hacerla siempre más poderosa.

Hablar es la única opción.

Aunque, no vamos a dejar de decirlo: ¡lo difícil que es hacerlo! Hablar de verdad es un acto tan absolutamente nuevo y violento que muchas veces no tenemos más remedio que callarnos.

Y aunque no valgan para nada, ni aquí ni en ninguna otra parte, los ejemplos personales ni los detalles, puesto que un servidor, como cualquiera de los que en este momento leen, no son más que un caso de cosa y acaso, únicamente tenga sentido contar lo que le pasa a uno a condición de recordar que uno que soy yo, soy cualquiera.

Siendo que, como siempre, el primer baluarte donde la Realidad se atrinchera soy yo mismo, la tarea de hablar siempre está poniendo en juego a mí mismo. De lo que se trata es que al dejarse hablar, lo único que puede pasar es que toda la intimidad constituyente de los individuos se vaya al trasto. La amenaza es viva y real: lo que se está jugando siempre en ese hablar es la justificación de todo lo que soy.

Hablo de verdad acaso cuando se muestra ante todos y se ventila, de alguna manera, el secreto de mi mentira. Que yo no puedo ser Alejandro Vázquez Ortiz. Cuando hablo de verdad, el nombre desaparece.

Evidentemente yo no lo logro. Fracaso siempre. Acaso por eso me entretenga en volver, como un mal inventor y peor constructor, sobre estas máquinas. Por eso mismo está siempre el empeño y la lucha. Por eso mismo esta siempre el intento y nunca el triunfo. Y acaso sólo en destellos, en breves apariciones de esto que hablo se dejen ver de vez en cuando, no ya en lo que hablo, sino en lo que consigo ir aprehendiendo con los oídos de todo lo que me rodea.

Lo que ocurrirá en ese hablar, eso nadie lo sabe. Sólo se puede adivinar que es puro descubrimiento, es puro brotar de nuevas cosas. Cuando el mundo se habla y en ese hablar se forma: hablar de verdad sea la única manera de andarlo hacia atrás. De sumergirse en el descubrimiento de que el mundo todavía no está del todo hecho, todavía no está del todo muerto.

Porque hacerle la guerra a la Realidad es siempre amar el mundo. Porque amar el mundo es siempre hacerse la guerra a uno mismo. Porque en esta guerra no haya paz perpetua de los cuerpos, sino desgarro vivo de la persona… y vuelta a empezar.


martes, enero 11, 2011

Espera...


El que espera desespera,
dice la voz popular.
¡Qué verdad tan verdadera!

La verdad es lo que es,
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés.

(Antonio Machado)


Conjuro sea esto, del buen Machado, para iniciar el desgrane del tiempo. Conjuro sea al corazón para que nos cicatrice las heridas cual lametones de triste y rutinario quehacer. Y que así, convirtiendo esa flecha surcando el espacio –mezclándose con él-, haremos, si podemos, una margarita que deshacer con los dedos de síes y noes esperando no volverla a esperar.

Pero… claro, esto no será más que un intento. Un sortilegio, poderoso o no tanto, que lanzaremos, como cruzando en la tierra un círculo de sal y ¡hala! Ah, y a ver que tal nos sale…

Y es que la guerra contra esta Realidad es casi siempre una guerra contra el Tiempo. Y esa guerra contra el Tiempo es, casi siempre, una guerra contra uno mismo. Ansí que a ver que tal se nos da.

Allá que se traza con firme creencia la negación de la espera. ¡No voy a esperar! Gritamos todos los nuestros en la constante y perenne desepción del ideal. ¡No voy a esperar!

Pero lo vuelto del revés sigue siendo verdad. Y acaso en esa perpetua desepción se halle siempre a la vez la espera encerrada, vuelta hacia atrás. Que bien dice el conjuro:

La verdad es la que es,
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés.

¡Ay! Y es que habrá tantas cosillas, mentirijillas, colándose entre ese círculillo trazado en la arena. Y la primer mentira soy yo. ¡Yo soy lo primero que espero! Qué ese mandato de realización y futuro y supervivencia es la primera espera de todas. Y claro, es en mis sueños, en trabajos, dineros, pasatiempos, amores, verdades y nombres, donde en juego se encuentra el éxito de nuestro conjuro. Qué el conjuro del tiempo y la espera, es siempre un conjuro de mí.

Naturalmente no esperamos lograrlo tampoco del todo. No es ese el mandato de cruel amotinamiento contra uno mismo el que nos importa, sino simplemente el reconocimiento de que aquello que espero, siempre es lo que está aniquilando lo vivo que corre debajo.

No seré yo el que lo disfrute, ciertamente. Que lo más probable es que como cualquier vulgar hijuelo de vecino, seguiré entre mis carnes mañana, volviendo del curro con el maletín en el hombro, cansado, con una taza de café en la mano… El ceño enjuto por… bueno, porque este conjuro absolutamente defectuoso tampoco sirve para mucho… Pero por lo menos, y acaso con la misma tortura de siempre al volver a meterme en la cama y acaso no esté lo suficientemente cansado, puede que vuelva a estar ahí aplastado, repsando la espera de mí mismo, siempre pospuesta, siempre lejana.

¡Qué la otras personas desepcionen los ideales es algo tan cotidiano que apenas merece atención! ¡Lo auténticamente terrible es que en la espera de la realización (de su Verdad), las cosas –y yo y usted, querido lector, no somos más que un mero caso de cosa- están permanentemente luchando en una cosa y la otra!

No suele haber tregua en esto. Acaso haya que despreciar, con toda la benevolencia que se pueda, ese contar de los relojes, las promesas, los amores, los futuros, los dineros, las facturas, los contratos y los trabajos. Y digo benevolencia para no acabar dándole la vuelta a la cosa para acabar en esa tupida desilusión de la esperanza, que no es más que lo contrario de esa especie de ilusión de lo mismo.

Cada vez más endebles se vuelven las trabajos de este blog. Pero, lo cierto es, a pesar de todo, que cualquier corazón que sienta el peso del ir y venir del tiempo, hiriéndolo constantemente con esa punta que no cesa de atravesarlo en perpetúa fuga… pues no queda más que la festiva posibilidad de aliarse con el descreimiento, la alegría y un poco tanto del olvido –olvido de sí, que es olvido del tiempo-. Para ver si por fin esa flecha se vuelve flor. Para ver si un día de estos realmente el tiempo acaba llegando al corazón y tocarlo.

Hoy fue lunes… y la Santísima Semana que el Señor insitituyó para las labores del Progreso acaba de comenzar. Una cosa os pido: no esperen al sábado… por acá tenemos los ojos llenos lágrimas –por no decir ni invocar a las esperanzas- deseando, cruzando los dedos, tocando madera, para que nunca llegue.




Que no haya Domingo en tu vida, ni Sábado más…


martes, marzo 23, 2010

¡Qué pereza! / ¿Qué es pereza?

(Gustave Courbet, Las mujeres dormidas o La pereza y la lujuría.
Sobra decir que a ninguna de estas dos guapas señoritas nos referimos en el texto de abajo.)

De repente, cuando estaba a punto de dormirme, pensando en las cosas que van y vienen en los problemas de la gente –de gente particular, pero que no viene al caso nombrar aquí, ya que puede ser yo mismo o cualquiera-, pensé: ¡tanto problema, tanto problema! Si en realidad todo le pasa por pereza.

Y de pronto ese palabro: PEREZA, se me empezó a deshacer en los labios. Pereza, pereza, pereza pereza pereza perezaperezaperezapereza. ¿Qué es pereza?

No, no se preocupen: por desconfiar y sospechar de la pereza, su servidor –ni ninguno de los que estemos por aquí abajo tirándole piedras a la Realidad-, les recomendará jamás el esfuerzo y el trabajo. Jamás. Se aclara por si se malentiende, que me consta que es posible.

Pero volviéndonos a lo que nos ocupa, es que no podía dejar de pensar en eso: ¿Qué es la pereza? Y me decía: Pero la pereza era un pecado… ¡y de los capitales! Así que ¿por qué ahora venía yo a sospechar de una cosa que se supone que tenía que ser un atentado mayor a las gracias divinas de Dios? ¿Por qué ahora esta incomodidad mía frente a la pereza? ¡La mía y la de los otros!

Porque yo también soy perezoso. Perezoso como el que más. Cada vez menos, pero pues, sí lo soy y lo era. Recuerdo más niño cuando estaba con mis padres, veía al viejo que se empantingaba su cachucha violeta, sus calcetines a media pantorrilla, sus pantaloncillos cortos que dejaban a la vista sus dos carrizos blancos y delgaditos y se iba a caminar a la montaña. «Vente, D. me decía.» Y yo, con la pereza acogotada en la garganta, y la tristeza de tener que desairarlo, le decía… «Otro día». La verdad es que el viejo me daba tres vueltas con sus ganas de ir para arriba y para abajo. Recuerdo que una vez en que le acompañé, me dejó atrás apenas comenzar y me dijo: «Nos vemos en la meseta.» No le vi el pelo en las tres o cuatro horas que se tarda uno en llegar a la meseta… Solo pensaba: «Me caguen dios, se supone que este sacrificio lo hice para pasar un tiempo con mi padre…»

Soy y sigo siendo un perezoso. Y me molesta ver la pereza en el resto de la gente (y en mí, y en mí), pero… ¿por qué? ¿Qué es esta pereza? ¡No puede ser la misma del pecado capital! No, no puede ser. ¿Cómo va a serla? Si esta yo la veo tan extendida y tan canónica que más bien parece el Santo Credo en todas las bocas. Si ya sabemos por qué nadie lee este blog, ni el de al lado, ni el de más allá, ni todos los que más o menos intentan –por lo menos lo intentamos, joder- decir algo: por pereza. Nadie escribe en condiciones por pereza, nadie lee con cuidado con pereza, nadie piensa, habla y dice todo lo que tiene que decir muchas veces por pereza. Pereza de meterse en barrizales, pereza de todo y por todo.

Así que esta pereza no puede ser pecado. Si entendiéramos que el pecado es lo que molesta a Dios, lo que atenta contra él; esta pereza que traemos encima parece más bien que le ayuda, le viene bien. Le hace estar más cómodo allá arriba, mientras aquí todos bostezamos.

Y es que esta pereza no es pereza. No puede ser simplemente pereza, gana de no hacer nada y dejar que todo se aburra de su propio ser. Lo que aquí pasa, lo que pasa en los momentos en que las personas se sienten atrapadas por su pereza -¿por qué, dígame usted si a veces no se siente ya asqueado de la pura repetición de lo mismo y lo mismo en la comodidad repantingada de su flojera?-, es otra cosa. ¡Tiene que ser otra cosa! A ver, porque no es una pereza que da gusto… como solo pueden dar gusto los pecados. No, no, al contrario. Es una pereza que da agobio, que incluso no le deja a uno hacer pecados… una pereza que con el solo hecho de serla le viene muy pero que muy bien a todas las Santas Gracias que sostienen la Realidad.

Y es que es, justamente, una pereza de hacer algo en contra de la Realidad. Una pereza de agachar la cabeza y dejar que la vida siga corriendo a sus anchas a su perdición en un futuro ya sabido. Es la gana de olvidarse de hacer algo aquí y empeñarlo todo por un futuro, una comodidad, una vida siempre futura. Me sorprendo mucho cuando traigo a la memoria esos miedos que cuando entraban todos mis amigos en sus respectivas licenciaturas y dimplomaturas de podredumbre –y yo naturalmente, me apuntaba a la mía, claro está-, todo el mundo tenía ese miedo en la flor de los labios: ¡trabajo! ¡futuro! ¡mañana! ¡dinero! Y yo, más o menos contaminado por semejante miedo, me comía un poco la cabeza sí, pero a la misma vez decía: ¡bua! ¡Si al final a todos nos dan por el culo! ¿Encima voy a estudiar lo que me manda el futuro?

Y realmente, realmente la vida no es tan mortal como la pintan, ¿no es así? Ya, ya, aquí exageramos a veces un poco los amargores de la Realidad –y quizá hacemos mal, yo no lo niego-, pero realmente la cosa no es tan grave… no es tan grave, quiero decir, cuando se trata de dinero y de pensar las cosas con tranquilidad –aunque me consta que los niños siguen sufriendo e inculcándoles ese miedo vivo y claro para que no se salgan nunca del redil-. Entonces, ¿por qué hacen eso? ¿Por qué todos seguimos tan tranquilos en el lugar que nos corresponde? ¿Por miedo? ¿Por pereza?

¿Y no será que la pereza es miedo? ¿Qué hay algo aquí adentro que teme, sí, teme, que se desgarre ante cualquier posible hacer? ¡Pero digo un hacer que de veras haga algo! No trabajar, ni construirse un futuro, ni hacer una familia, ni pagar el diezmo en la misa, joder. Digo hacer algo que sea hacer algo de veras y no simplemente hacer lo que ya estaba hecho, lo que ya estaba mandado hacer desde siempre. Esa pereza que mantiene todas las cosas en su sitio como una inercia saludable para el sistema. ¡Y qué bien le viene marcar a fuego en el corazón de los hombres al sistema creer que lo único contrario a la pereza es el trabajo!

¿Y no habrá otra cosa? ¿No habrá algo por ahí que no sea ni una cosa ni la otra? Que sea así pura acción… acción más alegre que la pereza y sin esa mortaja de tedio que lleva encima el trabajo.

¡Seguramente algo de eso tenía la otra pereza! (Me refiero a la pereza del pecado capital). ¡Sí! Esa pereza que no agrada a Dios sólo podía ser algo que no estaba hecho, algo que podía hacer que los horarios se incumplieran –aunque claro, hoy todo Cristo respeta su sacrosanto horario, y seguro que hasta algunos apuntan en la agenda una hora para hacer el perro y tirar la hueva.

Pues habrá otra cosa. Habrá otra cosa.



martes, febrero 23, 2010

Vida y muerte


Aclaremos, porque releyendo y repensando muchas de los artefactos que, en teoría, deberían ayudar a deshacer la Realidad, la vida y la muerte, ciertamente tienden a convertirse en algo que no son y siempre me queda la duda que intentando desbancar a la Realidad acabe subiendo al podio del éxito otra cosa que no... que no es.

Es siempre mi culpa, naturalmente. Parte de ello lo es, además de que estos discursos escritos sólo sirven para que la Realidad se los vaya a apropiando en la medida en que se fosilizan en lo hueco y lo falso, entre la negra tipografía que fija para siempre los errores de apreciación que en una oración escrita resultan tan poco útiles.

Hay que expresarse correctamente, y en ello no siempre se consigue decir lo que se quiere.

La vida y la muerte están ahí apareciendo muchas veces… y sin embargo no sé hasta que punto queda claro lo que son (o puedan ser para la Realidad y para lo que está fuera de ella) respectivamente.

Además de que, por otro lado, el hecho de decirlo –y en decirlo ya estamos obligados a redondear sus significados, cuando en realidad lo propio de cada uno de estas cosas es que esté abierta para que el viento de las bocas y la salvia de las lenguas los use a su antojo y acierte a deshacerla cuando quiera-, ya lo esté falseando de sí, ya está errando porque la referencia nunca está del todo clara.

Digamos que la primera regla metodológica en esto de ir contra la Realidad es decir que toda palabra es provisoria, que toda máquina es poco más que una herramienta que se usa en el momento pero que está a la espera de que, con más o menos ayuda de los que por aquí pasen, se mejorará y se pulirá hasta dar con algo más cercano a lo que necesitamos para seguir con esta guerra, más o menos alegremente.


VIDA FUERA DE LA REALIDAD (que dentro de ella, muchas veces, la llaman muerte)

Vida no es una meta. No es un estado, no es un lugar, no es un objetivo de la guerra. Esta guerra carece de objetivos. La guerra esta no es para ninguna paz futura ni para ninguna promesa que al final del esfuerzo se vea recompensada por alguna flor inesperada de alegría. Así no funciona esta guerra. Si fuera así, no se diferenciaría en nada de las otras paces y Realidad que nos rodea: como si la vida siempre fuera un lugar al que llegar, en el permanente anhelo futuro de la paz y la felicidad.

No. Vida será otra cosa. No sé bien qué es. Pero está ahí y eso nadie, que acuda con sentido común a las cosas, lo puede negar. Vida será lo que de pronto se abre, indeterminado e indeterminable, y se conecta –sin saber ni como ni por qué- con una herida profunda, fraguada acaso con el nacimiento de la propia persona. Vida será la repentina e inesperada sanación de esa herida por el extraño contacto con otra (otra herida) de cualquier cosa. Cualquier cosa, una canción, un amor, una flor, una poesía, una nube, ¡qué se yo! vida, por supuesto, no es una propiedad de lo que los biologos se empeñan en separar en ‘seres vivientes’ y no vivientes. Vida es otra cosa.


VIDA DENTRO DE LA REALIDAD (que fuera de ella, es la Muerte misma)

Naturalmente, dentro de la Realidad, Vida tiene otro significado. Vida se usa como sinónimo de dinero, de éxito, del cumplimento de ideal. Y así se dice: «Qué buena vida se tiran los ricos», o «en este pueblo miserable no hay vida», ya en sus connotaciones más ridículas: «Vive la vida loca» como sinónimo de fiesta, pachanga y sarao.

Vida entonces sí se sabe qué es: es lo que se vende desde arriba, lo que existe como el ideal perpetúo y que nosotros, mortales, apenas nacemos para alcanzarla. En ese sentido, como se puede ver, quien no conozca estos ideales, quien no esté rellenando con cada uno de los actos de su tiempo mortal esos ideales, ya compras de los mercados, ya concepciones de belleza y juventud, ya matrimonio y engendramiento de familia, ya sexo pleno y satisfactorio, etc. simple y sencillamente está muerto.

Es la persecución de esta Vida la que mantiene sometidos a ese ideal de futuro, e impone su ley de miedo y sometimiento, de compra-venta de tiempo y de prebendas, de seguridades y domas. Llamar a eso que no está aquí, que no se puede alcanzar –porque, digámoslo claro, el fundamento mismo de los Ideales es que no se alcancen, porque si cualquiera los pudiera lograr, entonces no tendrían el menor sentido ni podrían llamarse Ideales- Vida es la mejor forma de nunca conseguirla, de mantener a todos sobreviviendo en ese especie de limbo neoplatónico que se aleja de Dios y nos mantiene en el permanente anhelo de Él mismo.


MUERTE FUERA DE LA REALIDAD

La muerte, cuando está fuera de los conteos de vidas y tiempos, no puede significar nada. No está ahí. No es algo que se de en el tiempo. Sino acaso es el final –si se quiere ver así, pero aún esa conciencia de final, necesita la perspectiva del que vive, cosa que no se da, naturalmente, cuando uno es el muere.

La muerte fuera de la realidad no significa absolutamente nada, porque no es nada, ni merece ningún temor ni ninguna planificación ni ninguna angustia. No se sabe qué es, ese desconocimiento, pura duda, pura sombra, no tiene porque significar nada en el mundo sin que venga a hacerse UNA en el tiempo y la Realidad. Pero eso ya sería meterla en el tiempo, ya sería contarla desde la Realidad.


MUERTE DENTRO DE LA REALIDAD

Muerte dentro de la Realidad es una cosa en el tiempo, es el futuro. Es el destino al que se nace y del que todos intentamos huir corriendo directamente hacia él –justo como aquel romance del enamorado y la muerte, que ya en su tiempo comentamos o como Edipo-.

La Muerte dentro de la Realidad es, pese a los disimulos muy disimulados, la máxima realización de la Vida –dentro de la Realidad, claro está-. Es lo que los filosofantes desde los estoicos hasta los existencialistas –y más acá (Derrida, p. e.)- han estado llamando esperarse a sí mismo en los límites de la Muerte. Es en la Muerte en donde el ‘ser’ de cada uno llega a su máximo esplendor: es la entrada al Paraíso de las cosas terrenales.

La memoria, el nombre en la lápida, el epígrafe, la firma sobre el mármol –cuando no el mausoleo y el monumento- que certifique para siempre la entidad absoluta, redonda y bien establecida del muerto. Que diga: «Este cuerpo fue Sutanito Perengano, hijo de Su Mentada Madre y el Padre Altísimo. Sus familiares le lloran en el recuerdo y su memoria inmortal vivirá por siempre».

Esa Muerte es la misma aquella por la que Aquiles se deja los huesitos en el sitio troyano, esa Muerte que se da un cambiazo –por medio de un trampantojo bastante burdo y que se cae a las primeras- tan sabido de la Vida en la Inmortalidad –como si pudiera haber Vida en un lugar sin tiempo, en un paraíso que quiere semejarse a estar fuera de la Realidad –pero en la Muerte.


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Nada de esto es así. La vida –fuera de la Realidad- que no se sabe qué es ni como llega, ni cuando ni por qué –y como tal se va-, va y viene, viene y va como cotorra entre los abedules de un instituto que yo me sé. ¡Va y viene! Ni está ni deja de estar. No es ningún fin, ni ningún ideal, ninguna meta.

Obviamente si tenemos esta guerra contra la Realidad –que se compone principalmente de guerra contra los Ideales- es para intentar ver de que manera podemos conjurar a la Muerte: a esa Muerte y esa Vida dentro de la Realidad que son una y la misma, compuestas de contrarios para hacerse una con la otra, redonda idea. La guerra es contra esa Vida y también contra esa Muerte.

¡Quien sabe! ¡Algo vivo pueda yo tocarme desde acá! ¡Alguna herida que hurguemos juntos todos y que brote el clavel caliente del amor y de la vida, mezclándose todo sin término, límite y fin! Aunque sea un poco… un poquito, una endeble amenaza de rotura de la Realidad.


jueves, febrero 18, 2010

¿Vida privada?

No es coincidencia que aquí me resista con fiereza a hablar de la vida privada esta que me toca. No es coincidencia pero tampoco es honesto del todo. Por lo menos no queda más remedio en hablar sobre el silencio de mi vida privada y del por qué tampoco eso sirve para nada.

La vida privada de uno no es más que el residuo más pequeño de la Realidad. Realidad es el nombre equívoco y a veces odioso de una serie de ideales ya preestablecidos a los que uno despierta un buen día, sin saber muy bien ni cómo ni cuando. No es del todo honesto simplemente apartar la vida privada, porque, naturalmente, esa vida (que a ver quien me dice cómo puede ser vida y a la vez ser privada, que es lo mismo que decir que es la vida de uno, la vida que es propiedad de uno, la vida que controla uno, y cómo en algo que está controlado –aunque sea uno mismo el que lo lleve- puede haber algo de vida que de verás sea vida). Algunos se llevan bien con esa guerra que les propone día con día, otros despertamos un poco asqueados cada mañana para mirar por la ventana y ver cómo la Realidad se extiende ante nosotros en forma de grandes edificios.

Vida privada. Privado. Es acaso en ese diminuto reino de la alcoba en donde se atrincheran a placer los ideales más molestos, los más redondos, los más aceptados.

A nadie, creo yo, ojeando las palabras que dejo en este maldito blog (grandilocuente y pretencioso donde los haya), con un mínimo de atención, se le escapa de que hay ciertos temas que me dan más que pensar que otros. El amor, la muerte y yo mismo. Si acaso me dan guerra estos temas, no es porque yo la esté buscando… no me tengo por pendenciero. Es simplemente que me los encontré, ni se muy bien el cómo y el por qué, se han levantado ellos contra la poca alegría que invade a veces mis días. Se levantaron ellos, se han levantado siempre una y otra vez, Amor, Muerte y Yo (La santísima trinidad de la Realidad), a mi no me queda mas que entrarle al quite, inventarme una estrategia sobre la marcha e intentar que haya las menos bajas posibles.

La Realidad no es mala. Simplemente triste. Lo que le pasa a la Realidad para que sea triste es que es la que es. Es lo que le pasa a mis amores, lo que le pasa a mi muerte futura –y a la vida privada a la que tengo que sobrevivir que es simplemente su revés- y por supuesto a mi mismo es que todos ellos, a veces, cuando no tengo más remedio, son los que son. Y cuando las cosas son las que son… son tristes. Tristes y solitarias: privadas.

Claro que hay gente que se lleva bien con la Realidad, que se lleva bien con la guerra declarada del mundo y hace suyo el mandato de resonancia militar que vomitan a cada paso los televisores y las publicidades de la Realidad: ¡sé tú mismo! Invitación, amenaza y salvación para algunos… todo al mismo tiempo.

Yo también escucho eso… lo escucho constantemente y a veces la confundiré hasta con mi propia voz –como si la voz pudiera pertenecer a alguien-, y es que hay momentos, momentos en donde no puedo más. Simplemente eso… no puedo más con esta guerra y a veces quiero, sí, quiero que venga la Realidad y me lleve así entre su corriente de cosas que van cayendo: a veces al suicidio, a veces al triunfo y al éxito, al esplendor de los Ideales. ¿Habrá acaso alguna gran diferencia entre ellos?

Tampoco me gusta mucho este símil de la guerra, porque es equívoco. Pero el desgarro es básicamente el de una guerra… la tristeza es la de una guerra, el sentimiento es el de una guerra y a veces la única manera de no dejarte caer en ese cause de la Realidad es pensar que hay un enemigo… que verdaderamente hay algo contra qué luchar. Sin embargo siempre estoy hablando de mí… es contra mí contra el primero que estoy luchando, yo soy el primer baluarte de la Realidad.

Yo. Alejandro Vázquez Ortiz. Ese nombre que me hace uno ante ustedes y ante el reflejo en el espejo. Ese es mi más grande enemigo, el más despreciable y horrendo. El más crédulo y tonto, mi más cruel verdugo.

¿Qué ocurre pues ahí cuando surge de pronto el Yo –si ese Yo determinado con su artículo y todo-, en medio de la más absoluta alegría de no saber lo que se es?

¿Qué pasa cuando viene a apropiarse de los insultos o de las caricias? A establecer la economía del dar-te doy, de la apropiación de la identidad de ese que se ve en el espejo o incluso a hacerse propietario de las palabras que va dejando tras de sí, que dice: ¡este soy yo! ¡Aquí podéis verme! ¡Aquí estoy yo!

Mentira… nada de eso es verdad.

Y sin embargo, ocurre. Sin embargo, se da. No sé por qué, es uno de los misterios que más nos vienen preocupando a los que estamos aquí abajo, perplejos de ver como el mundo parece querer ser el que es, a pesar de que en ello y por ello se abre la herida fundamental, la más grande de todas y la constitutiva del Sistema este que padecemos de las democracias, los dineros, las políticas baratas y ridículas: la herida de ser el que es, como una permanente raja abierta y sangrante entre la piel de uno y el resto del vivo de las cosas que están ahí sin fin y ante el que nuestra pequeñez sólo puede aspirar a deshacerse en el olorcillo de una flor gratuita.

Sí.

La Realidad, mal que bien, nos obliga a adscribirnos a nuestros pasaportes, a nuestros currículos, a nuestras identidades particulares. Incluso este espacio ridículo abierto no esta abierto para ser un digno combate contra la Realidad, sino apenas para construir el futuro currículo de un futuro industrioso productor de cultura… que eso es a lo único que puede aspirar uno que está aquí… y aunque esté obligado a ello, no por ello vamos a cantar la contradicción, a ponerla en negro sobre blanco y acaso haya cometido el error, más de una vez, de creer que de verdad esto servía para algo.

No. No sirve. Y aún así aquí seguimos.

No sé bien para qué. No sé bien por qué. No va a haber honestidad aquí, no la encuentro por ningún lado. Habrá como mucho algún breve testimonio de la herida que nace ante ser quien soy y el daño que explota ante la contradicción del miedo que se nos impone a la hora de aceptar o no el Nombre que nos da la Realidad y que nos constituye y nos permite los éxitos y fracasos, las culpas y las recompensas, los amores y los odios.

¿Qué se le va a hacer? Uno tiene que estar ahí, como un acróbata –quizá ese sea un mejor símil que el de la guerra-, jugando a estar siempre una cuerda floja y el equilibrio es propiamente la lucha. No habrá paz, no aspiro a ella. Simplemente a detener los claveles de las heridas… como sea, como se pueda.

¡Valga ello para lo que valga!



sábado, noviembre 07, 2009

Para las cosas... ¿el olvido?

Rey de copas, rey de bastos,
rey de oros, rey de espadas,
rey de nada.

Ya no me queda más que echar
vino en la poza
de mis entrañas,
para olvidar lo que fuí
y olivdar la que me aguarda.

Pero ¿qué que olvide
todo yo, si ella
no me olvida ni se embriaga?

Ella de mí
lo sabe todo:
yo de ella no sé nada.

(¿Agustín García Calvo?, Baraja del rey Don Pedro)



No. A las cosas no se les puede olvidar… quiero decir a las cosas que ya están hechas como tales cosas, que es como decir que si se puede olvidar uno de la Realidad… Olvidar que sea un olvido que pretenda liquidarla.

Al fin y al cabo existen muchos y muy variados métodos para olvidarse de las cosas, aunque sea durante un momento… Y acaso la gana de rehuir de la viva desesperación ante las cosas –ante la muerte de las cosas que es que sean las que ya son. Porque entonces… las cosas, al ser ellas mismas, no son ya meras cositas que están ahí –justo como nosotros mismos lo somos- sino la muerte misma encarnada en la macabra máquina de ser la que es.

La Realidad, para sostenerse, necesitará de todas estas huidas: ocios, drogas, alcoholes y demás parafernalia: ese desorden necesario para que pueda seguir trabajando a sus anchas…

No hace falta huir de ella, ni para nada sirve: A las cosas les pasa lo mismo que a la Realidad, sólo que en pequeño… es imposible que una cosa sea ella misma y esté cerrada, clausurada, perfilada… no. (Y en tanto nosotros también somos cosas, será imposible lo mismo para nosotros… -esa es la base de la mentira de esta triste demoeconotecnoracia).


No, las cosas no se olvidan de nosotros –la muerte, no se olvida de nosotros-, habrá que alzarnos contra ella, que nunca será lo mismo que olvidarla… desconocerla, puede ser útil, no estoy del todo seguro… no reconocer los límites de las cosas: ¡eso es importante! Aunque la cosa esté ahí y nosotros –nosotros las cosas- vivamos gracias a ellas.

¡Gracias cosas! ¡Alzaos, revelaos contra la Realidad que os cuenta como a las personas!





miércoles, septiembre 09, 2009

Sin tregua...


Este fragmento de Heráclito (que en la edición de Diels Kranz está en el 53), podría traducirse (siguiendo siempre la versión del maestro García Calvo –Razón Común, edición crítica, ordenación, traducción y comentario de los restos del libro de Heráclito, (Lecturas presocráticas II), Ed. Lucina, Zamora, 1984):

«Guerra de todos es padre, de todos rey.»

Válganos de epígrafe para hablar, un poco más detenidamente, de esta guerra contra la Realidad. Y lo hago principalmente para que quede bien sentados los motivos, para que no se crea que esto es una propuesta más del arte y sus formas más o menos literarias; y de paso detenernos el tiempo que resulte necesario en el tema de guerra y paz y sus aledaños, tan confusos y tan idealizados, de los que hay que decir alguna que otra cosa.


Primero, si decimos que esta Guerra no tiene fin –ni tiene paz posible- es porque cualquier paz es la reestructuración de la Realidad misma, esto es, del Poder. Si decimos Guerra –un nombre un poco rimbombante y problemático, aunque no inadecuado- es porque estamos obligados a ello: si se pudiera, tranquilamente, yo llamaría a esto simplemente ‘razonar’ la Realidad, ‘desmontar’ la Realidad o –según ese verbo prostituido de Derrida- ‘deconstruir’ la Realidad…

Si no podemos llamarlo así es que en ciertos temas si no dices las cosas con un puntito de exageración parece que no dices nada, a pesar de que, en el fondo, sea lo mismo. ‘Guerra’ es un nombre problemático… pero ajustado a lo que aquí hacemos. Y lo llamamos ‘guerra’ porque el Poder –de la misma manera que hace con todas las obras de las artes y las filosofías- se apropia con fiereza de las cosas y, convirtiéndolas en blanca Idea, no las suelta a menos de que se ejerza una cierta violencia sobre Él.

Esa violencia no es nuestra… de hecho se puede atacar la Realidad con suma tranquilidad. Pero es el Poder quién hace de esa duda, de ese razonamiento –puesto que al final todas nuestras máquinas se reducen a eso: a la duda y al razonamiento- una violencia intratable. Cualquier duda o razonamiento es imposible desde el Poder…

(Jamás veremos a un presentador de televisión,
un periodista de renombre,
un político en campaña o un empresario exitoso,
jamás, digo, lo veremos dudando. La duda y el razonamiento es la verdadera
amenaza de la Realidad –más que los terrorismos y crímenes que la justifican-,
lo auténticamente desgarrador sería ver a un político llorando por no saber que
hacer o acaso un profesor de matemáticas que ya no está seguro de la
consistencia de
los axiomas de los números naturales de Peano… pero bueno, vamos
más despacio:)


Si queremos hablar de motivos… (aunque la palabra a mí mismo me chirría bastante), no sabría muy bien qué decir. No sé… A cualquiera que preguntara: «¿Y por qué la Guerra?», quizá habría que devolverle la pregunta: «¿Y qué es la Paz?»

Ya no nos vamos a meter, aunque en un momento dado podríamos, del sinsentido absoluto de llamar a esto que se vive en las urbes de occidente –por no irnos a las Áfricas y Orientes, que sirven siempre de justificación-: llamar, digo, a lo que hay aquí ‘Paz’.

Como dice el maestro, sólo es posible llamar a lo que tenemos en las ciudades del progreso progresado ‘paz’ si se contempla esas guerritas de los márgenes: Ruanda, Congo, Afganistán, Pakistán y la India, Israel y Palestina, etc. Y sin embargo, lo que aquí tenemos, el régimen que aquí padecemos, sea más o menos enriquecido –como en Europa o menos, como en América Latina), lo que hay es la misma mortecina sensación. La Guerra, aunque este más disimulada, está ahí, viva y coleando… y la primera medida del enemigo es llamar a esto que vivimos ‘Paz’.

No hay paz. Tampoco estoy seguro de que me interese probar la paz… creo que sólo los muertos pueden tenerla –o por lo menos eso se dice-, pero lo sangriento de la Realidad está ahí para que cualquiera lo vea: futbolistas muriendo en plenos partidos, guerritas de bandas, las economías de guerras ante las hipotecas, la sangre empapando las carreteras, la mortecina y horripilante soledad de las urbes construidas para el Dinero, la miseria –más o menos disimulada- con la que se convive a diario entre los callejones y debajo de los puentes, la desolación, en fin, de la Realidad que, condenándonos a este eterno sufrir, se atreve, encima de todo, a llamar a esto ‘paz’.

Por otro lado, aquí no nos planteamos armas… de esas ‘verdaderas’, de esas de fusil y bala y metralla ni apoyamos ninguna guerrita o guerrilla que a balazos lo único que acaba haciendo es justificar ejércitos, policías, poderes y el miedo y el terror a la guerra. Ello es, más allá de que por lo general apenas están imitando las formas de la Realidad –creando organismos ejecutivos, militares y de gobierno-, ese tipo de Guerras siempre están buscando la ‘paz’. No se puede combatir a la Realidad con armas porque la Realidad justamente se constituye y es la que es gracias a las armas y sus máquinas.

La guerra cuando se hace por la guerra misma –porque el Poder, ¿quién lo duda?, está aquí metido entre mis carnes, entre mis propias palabras, ‘Yo soy el Estado’, dice el guerrillero- empieza librándose contra uno mismo. El primer y más grande enemigo es este Nombre Propio con el que publico y del que reniego. ¡Ese no soy yo! –de ahí la gran sabiduría de los niños y los loros que no saben reconocerse en los espejos. Cuando uno siempre está guerreando contra estas formas no puede aspirar a instaurar forma alguna de tranquilidad –la tranquilidad mortecina de la paz-, sino que sus únicas treguas de alegría se basan en ir recuperando y disfrutando, poco a poco, en ir desmantelando, según se vaya pudiendo, cada uno de los campamentos del enemigo. Devolver a la forma que pide: a la tierra de nadie, a ese espacio hueco y vacío en dónde sólo lo inesperado puede surgir…

Y para ello, lo único que hace falta es dejar rodar el razonamiento… no es ni mucho menos sorprendente que al leer este otro fragmento de Heráclito (DK 22 B 80, trad. de Calvo):

«Pero se debe ver la guerra cómo es común, y justicia contienda, y cómo según contienda se producen todas las cosas y se valen unas de otras.»

ver que se sirve, para describir a la Razón –razón común, xynón esti pâsi tò phronéein (DK 22 B 113)-, el mismo epíteto que usa para la guerra: a saber, xynón, esto es: común. Común que quiere decir que es de todos, en la medida en que cada uno sea cualquiera y no el que es (común en el sentido en el que está separado de las cosas todas) –ya que ‘el que es’ sólo puede estar dormido en la ilusión de creer que su pensamiento es individual y propio de su sujeto (Cfr. DK 22 B 1)-; y por tanto recogemos del efesio esta brillante y límpida razón para decir razón es guerra y guerra es razón –siempre y cuando no se haga para la ‘paz’, ya que entonces Guerra sería Fe, Idea, Muerte-, y sólo en el permanente rodar de la razón –ya que la razón, tal y como venimos diciendo, no llega nunca a conclusión alguna, no cierra nunca su enunciados y siempre está negando, diciendo NO- se puede llegar a concebir esta guerra sin final, sin paz posible… y sin embargo, con ese no sé qué de alegría, con esa sensación de ir recuperando el misterio, metro a metro, trinchera a trinchera, los lugares, las plantas, los animales, los libros, los amores, las canciones y los momentos, libres ya de toda ‘paz’ perpetúa que parecía estar matándolos por dentro.




domingo, agosto 09, 2009

En el lugar de cualquier otro...


En la primera entrada de este blog –en la que más o menos explicaba las razones que iban, más o menos, a dirigir el quehacer de estas maquinitas-, dije una cosa en la que ahora me quiero detener…

Decía algo así como que estas máquinas que están hechas para combatir la Realidad no están para que las use ningún sujeto, es decir, ninguna persona sea usted o yo –en la medida en que usted y yo seamos personas con nombres propios-, ni para que sean la excusa para que cualquier individuo de la Realidad se revele contra esta y funde una Realidad particular –pensando acaso que es la verdadera oposición a la Realidad de las instituciones. No.

Las máquinas que aquí se dan –o lo que es lo mismo, los razonamientos que aquí se entregan-, no están hechas para las personas. E incluso, no dudo, que a más de uno le habrá hasta repugnado escuchar algunas razones que aquí se dan y confundida en la gran balumba de los discursos filosofantes y cientificoide hasta le haya resultado un tanto ¿absoluto? ¿radical? ¿unilateral? por nuestra parte el habernos lanzado al exterminio de la Realidad con tan poco sentido de la duda y más bien atacando de frente.

Ciertamente, de esto ya hablé al principio –porque sabía que es uno de los principales equívocos-, cuando hablé de la negación y de las diferencias entre idear y razonar, que son muchas y muy profundas

(que por resumir se podría decir que razonar no tiene nada que ver con el fundar
ideas positivas –a las que sí se les podría dar el nombre de absolutas,
radicales y unilaterales-, sino lo único que puede hacer el razonar es decir No,
y realizar una cadena sin fin de enunciados que justamente lo que hacen es
combatir a la idea. Lo que aquí intentamos hacer, por tanto, es razonar que no
idear, que sería estar fundando más y más cosas para agrandar el conjunto de la
Realidad, sino que, sirviéndonos de la razón, eliminar las Ideas que se van
cuajando en ella),

y debido a estas diferencias es que aquí no se hace ninguna ley ni ningún Uno –esto del Uno habrá que tocarse con más detenimiento en otra ocasión, de preferencia en contacto con el resto de números. Lo que aquí hay son meros enunciados que van a descubrir lo contradictorio de la Realidad, que es lo mismo que es deshacer su hechizo sobre las cosas, y nada más.

Naturalmente, esa repugnancia puede persistir en nosotros… es decir, puede que –y a mí me pasa a cada paso- haya algo en nosotros que se siga negando a aceptar lo simple del razonamiento, lo contundente y a veces, cuando uno no está demasiado endurecido por los sufrimientos que engendra la Realidad –porque en el fondo nuestra guerra contra ella no es por otra cosa sino por lo sangriento que conlleva el aplastante peso de las cosas convertidas en eso: en Realidad-, si uno no está demasiado alerta contra ella, naturalmente puede pasar que todo esto le parezca un sinsentido… y a pesar de que los razonamientos sean todo lo claros a lo que puedo aspirar, algo se resiste a aceptarlos.

Eso que se resiste a aceptarlos no es otra cosa que el sujeto, ese que nos han enseñado a tener por nuestro verdadero yo –y siempre que se utilice, frente a cualquier cosa, la palabra verdadero es porque se le está intentando, más o menos desesperadamente, introducir en las cosas de la Realidad-, el Nombre Propio, ‘el yo’ que le llaman los psicólogos y demás médicos del alma: y es bastante comprensible, al fin y al cabo, hay un gran riesgo a para la Persona cuando empieza a utilizar estas maquinitas, ya que tiene que tener un presentimiento por lo bajo de saberse parte de esa Realidad a la que estos razonamientos están encaminados a destruir.

Esto es, que la Persona, en tanto individuo, es –como ya lo dijimos en alguna otra ocasión- sólo un caso de cosa… una más entre las cosas de Realidad y por tanto, algo que hay que combatir con ferocidad.

Por tanto ante la pregunta: ¿Quién usa estas máquinas? La respuesta es cualquiera siempre y cuando ese cualquiera no sea un sujeto, no sea un individuo…

¿Y esto cómo se logra? ¿Cómo se hace? Muy fácil, procurando dejar de lado las mentiras con las que hemos ido creciendo desde niños: a saber, que nosotros somos los que somos y que no podemos ser otro.

Aunque ya hace mucho tiempo que no sale el tema en estas máquinas, debemos recordar que la Idea fundamental de la Realidad es la del límite. Esto es, el límite de las cosas que separa lo que son y lo que no son, el límite que separa y divide al sujeto del objeto –es decir a mí mismo del Mundo (aunque, paradójicamente, únicamente para hablar del sujeto como si se tratara de un objeto –engañosamente fuera de la Realidad). La única manera en que puede sostenerse esa mentira es bajo la suposición de que hay un límite que está separando mis palabras y las suyas; que usted –sea quién sea- es una interioridad a dónde las cosas entran, donde las palabras llegan y se toman según de quién vienen.

(Es en esta mentira en la que se basa el fabuloso despropósito del
cogito cartesiano: es decir que el ‘pienso, luego existo’ sólo sobrevive a
condición de suponer –y eso es siempre una suposición- de que soy ‘yo’ el que
pienso… de que hay un sujeto detrás de la mascarada y los gestos de los hombres.
No hay mayor trampa y más estúpida. Efectivamente, se da el lenguaje, se entrega
a través de mis palabras que se van reproduciendo dentro de cualquiera que las
lea… y sin embargo, no encuentro mayor misterio cuando me pregunto a mí mismo:
¿quién habla?)


Esto tampoco tiene que ser tan esotérico. No tiene por que prestar mayor dificultad… ya que de la misma manera que se da el lenguaje sin saber cómo, también se dan otra serie de circunstancias que bien nos pueden ayudar a comprender de qué manera se puede hacer una guerra contra la Realidad sin tener que hacer intervenir nunca a los individuos: esto es la razón. Razón entendida como una serie sin fin –que no infinita- de enunciados, de cadenas de proposiciones, de dudas sin fin que siempre le dan la vuelta a la cosa para encontrar de qué manera la cosa no puede ser cosa (es decir, que no está cerrada del todo)… razón, en suma, entendida únicamente como una duda sin final que está a cada paso liquidando la Realidad.

La razón no únicamente es quién usa estas máquinas, sino que a la misma vez pretende ser el único principio que rige su producción: la razón común que no es de nadie… No es mía, ni suya, ni de Kant, ni de Descartes ni de ningún nombre propio: es de nadie en el sentido que es de cualquiera, que está ahí como una cosa pública, gratuita y lo único que sabe decir es NO.

(No debemos nunca confundir aquellos que usan el nombre de Razón
semejante al de Idea, al de Conjunto Lógico, al de Verdad… No. Esta confusión,
tan útil para la Realidad, es la que ha llevado a muchos en los últimos años a
creer que la guerra contra la Realidad es igual a la guerra contra la razón…
Esto es falso. Ya que razón, entendida como tal, sólo es una máquina y nada más.
Es cierto que algunas formas más o menos razonables han sido siempre utilizadas
por el Poder para seguir fundado más y más Realidad, pero si uno acude a leer
los textos –cualquier libro de teología, filosofía, lógica, matemáticas, etc.-
uno puede identificar cuando trabaja la razón: esto es, un momento puramente
negativo y maravilloso en el que sólo trabaja lo que la razón, desmontando
mentiras e ideas… (p. e. en Berkeley –
cómo ya lo dijimos una vez-, en cuya introducción
en escasos 20 párrafos destruye la concepción de materia y de las ideas
abstractas) aunque después, según como lo manda el Poder y la Realidad acaben
haciendo una reconstitución y reconstrucción de lo que razón, sabiamente, ha
destruido (en Berkeley, ya se sabe, está la reconstitución del sujeto y la
existencia de un Espíritu Árbitro)… Por eso aún podemos servirnos, mal que bien,
de algunos textitos de estos señores, para voltearlo del revés y hacer
intervenir a la razón allá en donde sólo había la desierta y sangrienta
Idea)


«¿Y entonces para qué esta cruenta batalla?», preguntan los corazones. Pero no tienen por que preocuparse… que otra de las grandes mentiras –de las que habrá que hablar después- es esa de que razón y sentimiento son dos cosas separadas. Otra de las falsedades de las que se ha ocupado el Poder en propagar (ya que, si cualquiera se sentía de pronto desesperado, rabioso y hasta con gana de reventar las mentiras que le llovían desde arriba, había que neutralizarlo diciéndole: «Es que lo que tú estás sintiendo, querido, no tiene nada que ver con la razón.», porque ya se sabe y lo sospecha mucho el poder de que quizá ese odio es lo único que puede llamarse de verdad razón), y que cuando estas máquinas hagan –mal que bien- su trabajo pueda encontrar el corazón (y la razón) un resquicio para la alegría de saberse hundir, a sus anchas, en el misterio de la vida.

Aunque ya lo digo: No hay paz posible… esta guerra no tiene fin, aunque aquí nos mantengamos al pie del cañón. No hay paz (la paz es sólo el sometimiento de las formas a su ser, la máxima forma de violencia)… No aspiramos a la paz en esta guerra, sino únicamente a encontrar esos momentos en que Realidad se ve conjurada, alejada, perdida entre la fantasía y el ensueño de su falsedad… y acá, por lo bajo, en esto que no tiene nombre, ni soy yo, ni es nadie, ni sabe nadie que sea, se viene, se deja venir con una alegría, y que algunos, por ahorrarse tanta verborrea –aunque provoque tantos equívocos que sólo razón endereza- llaman vida.


viernes, julio 10, 2009

¿Qué es filosofía? Contra este blog y la domesticación de la duda


«La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.
Agamenón.- Conforme.
Su porquero.- No me convence.»

Don Juan de Mairena.



A pesar del título este texto no pretende dar cuenta de lo que sea filosofía.
Las razones que me mueven a escribirlo son muchas y muy variadas. La primera de ellas es recordar y aclarar que esto no es un blog de filosofía (y aunque puede que en las categorías aparezca como tal –ya que todo, para la Realidad, tiene que aparecer catalogado y etiquetado), sino únicamente son un montón de textitos que más o menos pretenden romper con lo que la filosofía trata de conocer.

Esta duda me asalta porque a veces creo, como algunos de mis colaboradores me han hecho saber, que el riesgo siempre latente de dejar de combatir la Realidad y pasar a reforzarla distrayéndonos con filosofitos, filosofantes y nombres empolvados de la Historia de las Filosofías.

Es cierto que nos valemos de razonamientos de otros que ya han razonado algo sobre lo que pensamos –y seguiremos haciendo- y da la extraña casualidad de que estas personas eran filósofos… -aunque las canciones que aparecen debajo de cada uno de los textos ha veces acierten tanto o más que los propios razonamientos-, pero si razonamos con sus razonamientos es porque estamos, de alguna manera, firmemente convencidos de que sus razonamientos no son suyos. Quisiera tirar el nombre y quedarme con lo otro… ya que el Nombre Propio, sea de Heráclito de Éfeso o de Giovanni Versace, son los que comienzan a dar categoría de Realidad a las cosas.

El propio Nombre con el que firmo y que se supone que es el mío, bueno… me provoca muchos reparos. Pero ahí quede… que los motivos de que ahí aparezca sean siempre claros y distintos: el más puro de los miedos.

(Habrá que pararse a explicar esto más detenidamente en otra ocasión)


Pero al revelarnos contra la filosofía, al decir: esto no es filosofía, nos queda la pregunta pues: ¿Qué es filosofía y por qué esto no lo puede ser?

Bueno, primero que nada he decir que ‘filosofía’ la utilizaré, sin el mayor empacho, sin detenerme a ver sus ‘verdaderos’ significados –si acaso la filosofía es más que la ciencia, es una ciencia entre las ciencias o es una mera enjuiciadora de los enunciados científicos-, sino únicamente me limitare a su estrato más Real… es decir, a las Facultades y Manuales y Libros de Filosofía: a sus nombres.


Lo primero que he de decir es que no hay cosa más triste que se le haya podido hacer a la inquietud y la pregunta de cualquiera que hacerla licenciatura. No existe enemigo más sigiloso de la duda y del asombro que la propia Facultad de Filosofía…

Cuando casi unos niños entregan la inquietud y la extrañeza de este mundo a un montón de catedráticos que difícilmente saben ir separando lo que es la redonda mentira de la Realidad (historias, nombres, textos, cánones, ciencia positiva) y lo que es de verdad razonamiento, duda y rebeldía… (porque la razón, si de verdad es razón, sólo puede ser rebelde). Acaban licenciados, intercambiando articulitos en revistas de divulgación universitaria sobre las hipóstasis plotinianas…

Y esa es, al fin y al cabo, la gran tarea de la Educación y Pedagogía Oficial: Domesticar las dudas, apaciguar los asombros, silenciar las aporías en las que acaban cada una de las cosas…


Porque los filósofos llegan a aceptar la mera enunciación que se repitió entre los escolásticos: La Verdad, dicen, es decir lo adecuado a la cosa.

(De esta manera –y únicamente de esta manera- se pueden construir
las tesis doctorales soporíferas que están obligados a redactar:
El vaciamiento
de significado de los noúmenos ideales en la teoría comunicativa de Jürgen
Habermas
o acaso,
Influencias del imperativo socrático-délfico del gnoti seautón
en el estoicismo romano de Marco Aurelio Antonino
… Porque se vive de la creencia
de que tanto la teoría comunicativa de Habermas o Sócrates o Marco Aurelio, son
cosas… de las que se puede decir lo adecuado y así revelar lo prístino de los
límites del objeto a tratar.

Esta clara mentira se derrumba ante el sólo
testimonio del más leve del sentir: ya que Habermas no puede ser Habermas y
Sócrates tampoco puede ser Sócrates. No se puede decir nada adecuado al
estoicismo romano, ni admite ninguna cosa que se le cierre y se le describa de
manera absolutamente adecuada. La cosa siempre se deshace y eso es lo que la
filosofía ha olvidado desde hace mucho tiempo.)


Se dice que Pitágoras (D. L., I, 12) que respondiendo al León, tirano de Sición, que le llamo sabio: «dijo que nadie era sabio más que la divinidad. Antes se la llamaba ‘sabiduría’ (sophía), y sabio al que hacía profesión de ella, que debía destacarse por la elevación del espíritu. Filósofo es el que ama la sabiduría.»

Como siempre sucede con los filósofos, tenemos que quedarnos con algunas partes y desechar el resto. En algún momento este enunciado tan simple y tan complejo a la vez se ha llegado a resbalar de toda memoria: simple porque en su buen sentido sabe reconocer que la sabiduría es imposible para lo que muere y que ningún mortal puede atrapar con su boca a Doña Verdad; complejo en su error, ya que supone que aunque no pueda haber Verdad entre los hombres necesita seguir creyendo que aún existe la Verdad en algún lugar de las divinas constelaciones.



Por esta simple y sencilla razón es imposible decir Verdad y por tanto decir lo adecuado a la cosa. Ya que la cosa, en la medida en que sea ella misma, está mintiendo. Las cosas, en tanto que hablan –y es a ese discurso al que el filósofo pretende unir el suyo-, son absolutamente capaces de mentir. Cuando se muestran cerradas, hechas, derechas y bien limitadas, cuando se prestan más a que nuestros hablares se ajusten de fácil manera a ella, es en ese momento cuando más está mintiendo.

Por ello el filósofo se ha confundido –esto es, los licenciados de filosofía- y en algún momento han llegado a creer que decir a la cosa era decir la Verdad de este mundo. Que al mundo se le podía someter a explicación –sea en el fenómeno que sea: desde los medios de comunicación hasta los movimientos de los átomos- es imposible.

Y sin embargo ahí los tienen: catedráticos, maestros de bachillerato, manuales de filosofía, latigueando las inocentes espaldas con nombres y fechas y memorizaciones de teorías para alimentar yo que sé qué desconcierto y los niños se pierdan y confundan sus dudas y lo vivo de los razonamientos con Nombres y su parafernalia… que para lo único que sirve es para repetirse y seguir haciendo infinitamente lo que ya estaba hecho desde siempre.


Por eso hay que decir que la filosofía no es una herramienta contra la Realidad. No puede ser un arma, porque ella misma, en sus formas institucionalizadas se ha vuelto parte de la Realidad misma –y aunque esto fuera más claro antiguamente, cuando los regímenes teocráticos se sostenían justamente por los filósofos oficiales de turno y se combatían con una ferocidad virulenta toda herejía teorética-, los modos de accionar de la Filosofía, reconvertida en una mera institución más apocada entre las facultades de Ciencias Productivas –que también, evidentemente, son nuestro objetivo a atacar-, que a lo que se dedica es a domesticar la pregunta viva de todos los corazones…

Otra cosa será en qué medida algunos de los enunciados de la filosofía –sin importarnos de dónde vengan- puedan servirnos –como de hecho aquí de ellos nos aprovechamos como meras máquinas- para siempre servir a la rabia viva que nos tiene que estar acosando todos por el simple hecho de estar aquí. Y, naturalmente, reconducir la tarea original de todo razonamiento que es, no decir verdad, sino decir a la mentira que miente.


lunes, diciembre 22, 2008

Apostilla de la negación: desdibujar la realidad. De las diferencias entre idear y razonar.


Pensar el mundo es como hacerlo nuevo
de la sombra o la nada, desustanciado y frío.
Bueno es pensar, decolorir el huevo
universal, sorberlo hasta el vacío.

Pensar: borrar primero y dibujar después,
y quien borrar no sabe camina en cuatro pies.
Una neblina opaca confunde toda cosa:
el monte, el mar, el pino, el pájaro, la rosa.
Pitágoras alarga a Cartesius la mano.
Es la extensión sustancia del universo humano.
Y sobre el lienzo blanco o la pizarra oscura
se pinta, en blanco o negro, la cifra o la figura.
Yo pienso. (Un hombre arroja una traiña al mar
y la saca vacía; no ha logrado pescar.
"No tiene el pensamiento traíñas sino amarras,
las cosas obedecen al peso de las garras",
exclama, y luego dice: "Aunque las presas son,
lo mismo que las garras, pura figuración."
Sobre la blanca arena aparece un caimán,
que muerde ahincadamente el bronce de Kant.

Tus formas, tus principios y tus categorías,
redes que el mar escupe, enjuntas y vacías.
Kratilo ha sonreído y arrugado Zenón
el ceño, adivinando a M. de Bergson.
Puedes coger cenizas del fuego heraclitano,
mas no apuñar la onda que fluye con tu mano.
Vuestras retortas, sabios, sólo destilan heces.
¡Oh machacad zurrapas en vuestros almireces!
Medir las vivas aguas del mundio..., ¡desvarío!
Entre las dos agujas de tu compás va el río.
La realidad es la vida fugaz, funambulesca,
el cigarrón voltario, el pez que nadie pesca.
Si quieres saber algo del mar, vuelve otra vez,
un poco pescador y un tanto pez.
En la barra del puerto bate la marejada,
y todo el mar resuena como una carcajada.


Puerto de Santa María, 1915.



Este poema de Antonio Machado, (que aparece en Proverbios y cantares, ed. El País, 2003, p. 142.) nos cuenta y resume, mejor que cualquier otra exposición, mediada por cierto por esas oraciones declarativas de las que ya hablamos, la labor que habría que empezar a hacer y como hacerla contra las cosas que se nos dan en la Realidad. Nunca he conocido más tierno rodar de palabras que dijese que fuese el pensar y cómo se opone con fuerza al idear de la Realidad.

Porque, aunque la tentación de querer ver en este combate contra lo real, como una forma moderna -o superada, si se quiere- de lo racional y de la ciencia, es grande. Y que lo que se opone indistintamente a las Realidades, instituciones y poder, es el irracionalismo, las modas postmodernas, las vanguardias artísticas, los surrealismos, los dadaísmos, los nihilismos, etc.; todo ello es falso e incorrecto, y es justamente lo que la Realidad pretende.

Lo que la Realidad pretende, en última instancia, es hacer para sí todo elemento de pensamiento y reducirlo a una cosa más entre las cosas. Lo que verdaderamente se opone a esa intención no es renunciar a la racionalidad, sino evitar que esta se convierta en una cosa entre las cosas. Es decir, que el razonamiento no se vuelva idea.

Ya se nos está haciendo patente la diferencia entre pensar e idear, entre el razonar y esa otra operación que es hacer imágenes -imágenes que se dan como un todo en el tiempo- de las cosas. Y la diferencia está clara y sencilla: frente a quienes quieren ver que una operación de la razón, (2+2=4, por poner un ejemplo) es una operación entre ideas (la suma de 2 de las ideas de 2 entre ellas mismas, es igual a la idea de 4); nosotros decimos que la operación de la razón y las operaciones de las ideas no tienen nada que ver, que, de hecho, son antagonistas, que se contrapoenen claramente.

(Al ejemplo dado la cosa es sencilla. Dado un par de números cualesean no se puede jamás saber el resultado de la operación de la adición, como no sea que de hecho se haya realizado -que haya tomado en el tiempo su realización y su razonamiento hasta dar con la solución-, ni siquiera cuál de las respuestas sea válida y cuál incorrecta: así 2+2=4 es equivalente a 2+2=3+1 o 2+2=100-96. Sin embargo, los que quieren hacer que las operaciones de la aritmética y el resto de ciencias, como operaciones entre ideas, tienen que suponer que en el cuatro están ya contenidas todas las ideas en las que se puede desplegar la idea de '4' -y sus notas, en este caso, tendrían que ser infinitas- y ante la imposibilidad del despliegue de todas las ideas -'imágenes'- que podrían significar o equivaler a la idea de '4', tienen que acudir a una síntesis y abstracción, asegurando que es posible, aunque yo no veo como, que a partir de '4' se genere una sola idea que venga a posibilitar la enunciación de la sola deducción de '4=2+2', a saber: la idea de unidad. Y así '4=1+1+1+1', etc. Quien tenga la idea de unidad, que la diga.

En resúmen: que quieren hacer que la cosa que lleva su tiempo, su trabajo y su dedicación, se desprenda por sí sola, del solo hecho de pensarla. Sobra decir que lo único que hace esto es delimitar las posibles respuestas, solidificar sus límites y condenar la cosa -por ejemplo a los números- a ser los que son.)

Porque, como ya lo dice el poema: Pensar: borrar primero y dibujar después. Y aunque en este verso ya se nos presentan los dos movimientos clásicos del pensamiento -la crítica y la construcción- y aunque aquí nos importe bien poco el segundo (eso de seguir haciendo Realidad), no cabe duda que el maestro sevillano estuviese seguro de que lo más importante de todo en el pensar era el borrar (y quien borrar no sabe camina en cuatro pies), y ello porque las cosas de las que se componen la Realidad, son hechas gracias a un dibujo, un trazado y un límite que se le impone. Dibujo que quiere decir imágen, que quiere decir separación, línea, frontera, etc. Y como todo trazado no puede ser sino arbitrario, cifrado ya en eso que se dice en el primer fragmento textual -allá por el s. VI a. C.- que nos ha llegado de la filosofía: (el fragmento de Anaximandro DK 12 B 1, lo tomamos de Filósofos presocráticos, ed. Gredos, vol. I, 1978, trad. de Eggers Lan, C. y Juliá, V. -cambiamos lo infinito por lo sin fin-)
Anaximandro... dijo que el principio y elemento de todas las cosas es lo sin fin... Ahora bien, a partir de donde hay generación para las cosas, hacia allí se produce también la destrucción, según la necesidad; en efecto, pagan la culpa unas a otras y la reparación de la injusticia, según el ordenamiento del tiempo.
Y de ahí ya se puede saber: lo sin fin (ápeiron), en donde sólo puede entrar el límite (del gr., péras, de donde vienen también palabras como, perímetro o los consabidos Perí Phýseos -títulos genéricos de los primeros textos de filosofía, que literalmente se traducen Sobre la naturaleza, aunque slavando anacronismos, habríamos de traducir Sobre la Realidad, dadas las diferencias entre lo que un griego pensaría de la naturaleza y nosotros.), para ser lo que es, para llegar a la existencia. Entrar en el límite, ser dibujado, tener sus lados, sus determinaciones quiere decir ser hecho cosa; mientras que eso de ápeiron (sin fin o infinito, aunque para aclararnos la diferencia entre estas dos palabritas tendríamos que ocuparnos mucho tramo sobre Anaximandro y la filosofía presocrática a la que ahora no podemos ni debemos), esa nebilina opaca que confunde toda cosa: el monte, el pino, el mar, el pájaro la rosa; esa masa de cosas que no se saben si quiera si son cosas, porque no tienen límite ni trazado alguno que las determine, ni es nada que se pueda siquiera entender -como harían algunos peripatéticos- como una especie de materia prima, potencialidad pura; va tomando forma en la medida en que la metemos en cintura, en la medida en que vamos trazando límites y poniendo barreras a la cosa que no las tiene. Dibujando el contorno de un árbol y diciendo: "Esto es un pino", pretendiendo que en esa predicación vaya conjunta la cosa que dice: "Esto no es una rosa, ni el mar, ni un pájaro". Y así se van construyendo las 'imágenes' -las esencias, las ideas platónicas, las verdades, etc.- de los pájaros, las rosas, los pinos, etc. Y así las cosas se van haciendo y generando realidades...

Aunque, por más que Anaximandro fuera filósofo no fue tan ingenuo como para no darse cuenta que esas cosas que venían a ser, no lo eran por sí mismas, ni porque las cosas estaban así dadas; sino por un mandato cuasi-jurídico (táxis se puede traducir como mandato, pero también como ordenanza o sentencia) del Tiempo. (¿Algún deje de pena habrá en las palabras del milesio? Bastante difícil es saberlo si acaso ya se extrañaba, como Platón luego lo haría, de que las cosas no durarán para siempre... pero en fin, no estamos aquí por la labor de pensar a Anaximandro). ¿Qué hay pues en esa pretención de conocer la Realidad? Fácil: la necesidad de medirla, de separarla, de abstraerla.

Nada más alejado de nuestra labor por acá: que es desatarla, desliarla y ver como está construida sobre trazados y dibujos más bien burdos, falsos, raquíticos. (Aunque no por mejor trabada la cosa vendría a ser Verdadera). Aquí vamos a desmontarla y a admitir con la fidelidad y humildad necesaria que lo que se va moviendo allá abajo, (que algo se moverá, entre las aguas, pececes, ríos, árboles, corazones, nubes y demás) es necesariamente sin fin, y no llega uno a darse cuenta del todo el por qué de que las nubes no sean rosa ni las rosas sean yo.

Machado va por la misma labor de saber que eso que mete en sí mismas a las cosas no pueden ser sino garras así con su sonido político, agresivo... porque alguna agresión ha de haber a la cosa cuando se le manda que sea la que ella misma es. Y, sin pensarlo dos veces: aunque lo mismo que las garras son, lo mismo que las garras, pura figuración. ¡Maestro! Porque tampoco hay algo verdadero ahí que vayamos a liberar, aquí que nos afanamos por soltar las amarras, las redes, garras y ordenanzas de la Realidad, sino que ya al liberarnos nos damos cuenta que justamente las garras, los límites y las cateogrías, no eras sino las cosas ya dadas con sus límites y falsedades.

Así que borremos un poco la diferencia (entre el pez y el pescador) para a ver si de toda esa balumba algo queda que de veras esté diciendo algo con sentido común -aunque justa y únicamente la negación de la cosa, y la imposibilidad de arar en el mar... Por ello, por acá:

Negamos, no afirmamos. Razonamos, no ideamos. Soltamos, no amarramos. Desaprendemos, no aprendemos. Estamos en contra, nunca a favor. Destruimos, no construimos. Borramos, no dibujamos. Nuestro empeño ha de estar en dejar de entender la Realidad, en que de verdad nos parezca asombrosa, falsa: que se nos aparezca como es La Gigantesca Máquina de lo Natural, con todos los embrollos, falsedades y pasos al límite que se necesitan para que funcione como tal.

Así que, vamos contra las ganas de medir las vivas aguas del mundo... o en palabras de otro presocrático (Heráclito DK 22 B 57, tomada la traducción del vol. citado de Los filósofos presocráticos):
Maestro de muchos es Hesíodo: concideran que sabe muchas cosas éste, quien no conoció el día y la noche, pues son una sola cosa.



martes, diciembre 16, 2008

De la negación y la realidad: hablando de lo real.

Ahora que ya nos hemos, usted y yo, embarcado en esta extraña tarea que es hablar contra la Realidad, ya se nos hace patente que se nos presentarán muchas y muy variadas complicaciones, antes siquiera de empezar a hablar contra ella. Al fin y al cabo, en este rodar de los discursos sobre ella, ya hay muchas y muy variadas trampas, pasos al límite, axiomas, principios, etc. que nos obligan a retrasar la salida y a detenernos constantemente a revisar qué estamos diciendo contra ella... (como por ejemplo, ¿quién habla en contra de la realidad?, ¿la negación ya comporta una afirmación?, ¿qué es la Realidad?, etc.), para ello nos detendremos tanto como sea necesario antes de denunciarla...

Por lo que respecta a la negación: hay que hacer ciertas aclaraciones respecto de cómo negar la realidad. El motivo es bien sencillo; que antes del hablar, de la negación de la cosa, ya se nos presuponen ciertas reglas -de índole puramente 'Real'- que pretenden hacernos algunas jugarretas con la negación y la afirmación y sus respectivas consecuencias. Me refiero, en particular, a los principios de la lógica: Principio de No-contradicción (a saber: que una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo) y el Principio del Tercio excluso (a saber: que una cosa dicha -es decir, siguiendo el modelo de 'decir' como un enunciado declarativo-, o es falso o es verdadero; de lo que se sigue que si es verdadero no puede ser falso y si es falso, es verdadero en algún sentido). Y que en palabras más simples viene simplemente a significar que: cada vez que se niega algo, se está afirmando otra cosa por lo bajo.

Y dado que ya se dijo que estas máquinas contra la realidad no están para reformarla, perfeccionarla, criticarla y reemplazarla (ya que eso es seguir 'haciendo' la realidad) habría que deternos para explicar de qué manera es que esa negación actúa para que no se produzcan más realidades. Así que, para quien pretenda decir que ir contra la realidad es el principio de lo que comunmente se conoce como "idealismo" le valdrá este pequeño manual sobre la negación y las maneras de decir de la Realidad.

Para ello nos valdremos de la explicación de Agustín García Calvo (puesto que no aspiro a poder superarlo en claridad, consición y cristalina siplicidad y netitud a la ora de ponerlo por escrito), de sus Lecturas Presocráticas I, ed. Lucina, 1981 [2001], prf. 90, p. 68-69.

Mas querría que no olvidáras un momento desde ahora que la negación tiene dos modos contrapuestos de ejercerse: si se dice "La Quimera no tiene ojos de gato", en el tono y con el sentido de decir
lo único que tal acción intenta es que el NO rompa el efecto de la prediccación previa, o que se da por hecha, "La Quimera tiene ojos de gato", y tal acción negativa podría glosarse con otras como "No es verdad que", "Nunca debió decirse qué", "No hay derecho ni fundamento para decir que", "No se sabe que la Quimera tenga ojos de gato"; pero siempre el Poder está empujando a que la negación se inserte o se incluya en el curso de la predicación, y que, aparentemente la misma, "La Quimera no tiene ojos de gato", se diga y oiga en el sentido de

con un verbo, por así decir, "no-tiene", esto es, "carece de", que impone sobre la Quimera una determinación, si no tan positiva, positiva igual que la de tener ojos de gato.Y así mismo, si se dice no hay quimeras como

ello no implica sino ello mismo, es decir que no es verdad (en el sentido, por cierto, de
que haya Quimeras, por más que constanemente el Poder insita en que ello automáticamente se entienda como

en el sentido de que sea verdad que no hay Quimeras, cosa que, por el hecho de que no sea verdad que haya Quimeras no tiene por qué ser verdad.

Este delicado y suncito resúmen que hace Calvo debe servirnos de metodología para el uso de las máquinas. Y así cada vez que digamos: "No hay ser", no querra decir: "Es verdad que no hay ser" -porque, para el caso, el concepto de la Verdad y el Ser se están tan entremezclados el uno con el otro, que, este último enunciado, se podría glosar con la contradicción: "El ser de las cosas es que no hay ser"-. Ello quiere decir que cuando se niegue la Realidad no estaremos (por más que así se intente siempre y se haga siempre ese amago tramposo de recomponer la Realidad) afirmando ninguna otra Realidad, ni más arriba ni más abajo de la que ya hay y nos pesa sobre los lomos. Así que quitemos de enmedio esas connotaciones ontó-logico-lógicas.

Que siendo lo más resumidos posibles se dirá: Que no vamos aquí a seguir predicando de la Realidad, a seguir contándola y liando Sujeto con Predicado, sino desliando, desatando y viendo de que manera el uno con el otro no pueden cazar como quiere que haga la ciencia.

Porque, y ahora que ya hemos entrado en el tema, tenemos que suponer -y esta es otra indicación de Calvo- que si queremos hacer algo así como un estudio de lo que hay, no debemos suponer siquiera esas directrices escolares de que "lo que es, es y lo que no es, no es", por lo menos debemos conceder a esto que hay en el mundo el beneficio de no saber de antemano de qué se trate, ni aún siquiera de suponer su estructura lógica. Y ante ello, reeinscribirnos en la intención de que hay que deshacerse de la Realidad, más que contribuir a perfeccionarla.

Queda, por lo pronto qué sea eso de "hablar de la realidad" no puede ser cualquier cosa, ni cualquier hablar. Sino, ya lo decía Aristóteles, un particular hablar en que incluye a todas las oraciones predicativas (declarativas, o "de decir"), que se componen con la cópula simple de Sujeto-Predicado. Ante ellas, como afriman los lógicos, cabe decir si son verdaderas o falsas, si son o no son, si dan cuenta de lo que hay o no lo hacen. Esto no es algo que incumba sólo a los lógicos, ya se sabe, sino que de ello dependen las proposiciones de toda la ciencia entera, desde las especulaciones de la física y la matemática, hasta los malabares de la psicología, la teología y la metafísica. No nos ocuparemos aquí, ni mucho menos, de resolverlos, sino de desenmascararlos.

Hay que decir, ante todo una cosa obvia: que el mundo está mudo. Este descubrimiento, que tiene que serlo para cualquiera que se dedique a investigar con sinceridad a lo que hay, tiene que parecerle esto un golpe terrible. Pese a Wittgenstein (que pretende que la estructura lógica del mundo y los hechos del mundo se den de una manera idéntica) y a los griegos que decían con don Parménides (DK 2, 3 y 6, seguímos la versión de García Calvo en las Lecturas presocráticas I ya citadas, v. 42-46, p. 199-200):

pues ni podrás lo que no es conocer (que es vano el intento)
ni en ello pensar. Pues es concebirlo lo mismo que serlo.
Ser debe el decir y saber siendo algo: pues cabe así serlo;
mas, sin ser algo, no cabe; lo cual meditar te aconsejo.

Y si de esa mudez partimos, contra Parménides y los hacedores de Realidad, no puede menos que apercibirnos que todo lo que se ha dicho de lo que hay, y que por lo pronto tiene un peso jurídico y político enorme, es tan falso y tan horriblemente castrante como lo que más. Porque es importante decir cómo es que "concebirlo" no puede ser lo mismo que serlo (autó noeîn estín te kaì eînai) para descubir de qué manera las cosas hablan y de qué manera están mudas.

Ahora bien, los nombres nos sobran y ya algunos, porque alguno, llevandose las manos a la cabeza, dirá: "¡Nihilismo militante!" Pero esto es parte de la trampa que ya venimos diciendo (porque, ya dice el mismo principio de no-contradicción -y sus corolarios- que si estamos contra la Realidad -y la Realidad es todo lo que hay- pues con la nada nos habríamos de quedar), porque si bien decimos que el mundo está en silencio -y no en silencio del todo, sino que lo que particularmente, pertinaz y obsecado, calla es justamente esas oraciones declarativas de las que Aristóteles dervió sus teorías del silogismo y que componen las oraciones de la ciencia-; hay mundo y de eso no nos cabe duda. Las cosas están ahí, pero no son Verdad, porque la Verdad, tal y como se entiende tiene que tener ciertos atributos de los que quizá nos ocuparemos en otra ocación.

Para discutir esto acudamos a Ret Marut (posible seudónimo de B. Traven) que publicase un extraño tratado de Física/artimética/lógica titulado La destrucción de nuestro sistema del mundo por la curva de Mar allá por los veinte del siglo pasado. Citamos la traducción de Luis Andrés Bredlow, ed. Lucina, 2001, prf. 2, p. 17-18).

Los hechos no necesitan demostración. Los hechos no se pueden demostrar. Cuando un hecho necesita ser demostrado o cuando puede demostrarse, entonces yano es un hecho, sino una construcción; una construcción patentizada. La verdad es la verdad. No se puede introducir en la ecuación ningún otro concepto en lugar de la verdad que no sea el de la verdad misma. Y la verdad no necesita demostración (ni puede demostrarse), lo mismo que los hechos.

Lo único que puedo hacer es reconocer un hecho como hecho y tratar de hacerlo reconocible o, cuando menos, comprensible a otros hombres como tal hecho.

Así pues aunque las cosas no estén ahí predicando de sí mismas todos y cada uno de sus atributos verdaderos -y, según los lógicos, al momento de predicar las relaciones verdaderas, estarían (sin darse cuenta, las pobres cosas) predicando también sus relaciones falsas, o las relaciones que no se dan en ellas, como quien dice-; no negamos que la cosa está ahí y tiene su gracia y su alegría (¿quién es uno para negarlo?) cuando de veras se toca, se vive y se siente -aunque sin hacer demasiada división entre lo que se siente y lo que se piensa-; cosa que sin duda ocurre, siempre y cuando se pase por la consabida condición que ya nos dice Marut: que no se sepa, o que no se pueda demostrar, que para el caso es más o menos lo mismo.

Espero que ya se vea clara la intención de decir que lo que hay aquí -y habrá, si se deja la cosa meter en palabras y hacerse electrones que fluyan, etc.- no es un hablar de la Realidad que a la misma vez va produciendo y haciendo más Realidad a su paso; sino un hablar contra la Realidad que, por más que niegue y reniegue de ella, nunca estará por la labor de que su negación se vuelva afirmación, o lo que es lo mismo: que lo negado se se nos haga afirmación por el lado que los lógicos nos vienen diciendo.

Así estas máquinas funcionan para contar las mentiras -como mentrias, ya se sabe, que para contarlas como verdades tenemos a los poderes y sus instituciones- y jamás ellas se gloriarían de una cosa tan imposible como de decir la verdad y mucho menos de demostrarla.