
sábado, febrero 19, 2011
Amor y guerra: la palabra

martes, enero 11, 2011
Espera...

martes, marzo 23, 2010
¡Qué pereza! / ¿Qué es pereza?

martes, febrero 23, 2010
Vida y muerte

jueves, febrero 18, 2010
¿Vida privada?
sábado, noviembre 07, 2009
Para las cosas... ¿el olvido?
rey de oros, rey de espadas,
rey de nada.
Ya no me queda más que echar
vino en la poza
de mis entrañas,
para olvidar lo que fuí
y olivdar la que me aguarda.
Pero ¿qué que olvide
todo yo, si ella
no me olvida ni se embriaga?
Ella de mí
lo sabe todo:
yo de ella no sé nada.
No. A las cosas no se les puede olvidar… quiero decir a las cosas que ya están hechas como tales cosas, que es como decir que si se puede olvidar uno de la Realidad… Olvidar que sea un olvido que pretenda liquidarla.
Al fin y al cabo existen muchos y muy variados métodos para olvidarse de las cosas, aunque sea durante un momento… Y acaso la gana de rehuir de la viva desesperación ante las cosas –ante la muerte de las cosas que es que sean las que ya son. Porque entonces… las cosas, al ser ellas mismas, no son ya meras cositas que están ahí –justo como nosotros mismos lo somos- sino la muerte misma encarnada en la macabra máquina de ser la que es.
La Realidad, para sostenerse, necesitará de todas estas huidas: ocios, drogas, alcoholes y demás parafernalia: ese desorden necesario para que pueda seguir trabajando a sus anchas…
No hace falta huir de ella, ni para nada sirve: A las cosas les pasa lo mismo que a la Realidad, sólo que en pequeño… es imposible que una cosa sea ella misma y esté cerrada, clausurada, perfilada… no. (Y en tanto nosotros también somos cosas, será imposible lo mismo para nosotros… -esa es la base de la mentira de esta triste demoeconotecnoracia).
No, las cosas no se olvidan de nosotros –la muerte, no se olvida de nosotros-, habrá que alzarnos contra ella, que nunca será lo mismo que olvidarla… desconocerla, puede ser útil, no estoy del todo seguro… no reconocer los límites de las cosas: ¡eso es importante! Aunque la cosa esté ahí y nosotros –nosotros las cosas- vivamos gracias a ellas.
¡Gracias cosas! ¡Alzaos, revelaos contra la Realidad que os cuenta como a las personas!
miércoles, septiembre 09, 2009
Sin tregua...
Este fragmento de Heráclito (que en la edición de Diels Kranz está en el 53), podría traducirse (siguiendo siempre la versión del maestro García Calvo –Razón Común, edición crítica, ordenación, traducción y comentario de los restos del libro de Heráclito, (Lecturas presocráticas II), Ed. Lucina, Zamora, 1984):
«Guerra de todos es padre, de todos rey.»
Válganos de epígrafe para hablar, un poco más detenidamente, de esta guerra contra la Realidad. Y lo hago principalmente para que quede bien sentados los motivos, para que no se crea que esto es una propuesta más del arte y sus formas más o menos literarias; y de paso detenernos el tiempo que resulte necesario en el tema de guerra y paz y sus aledaños, tan confusos y tan idealizados, de los que hay que decir alguna que otra cosa.
Primero, si decimos que esta Guerra no tiene fin –ni tiene paz posible- es porque cualquier paz es la reestructuración de la Realidad misma, esto es, del Poder. Si decimos Guerra –un nombre un poco rimbombante y problemático, aunque no inadecuado- es porque estamos obligados a ello: si se pudiera, tranquilamente, yo llamaría a esto simplemente ‘razonar’ la Realidad, ‘desmontar’ la Realidad o –según ese verbo prostituido de Derrida- ‘deconstruir’ la Realidad…
Si no podemos llamarlo así es que en ciertos temas si no dices las cosas con un puntito de exageración parece que no dices nada, a pesar de que, en el fondo, sea lo mismo. ‘Guerra’ es un nombre problemático… pero ajustado a lo que aquí hacemos. Y lo llamamos ‘guerra’ porque el Poder –de la misma manera que hace con todas las obras de las artes y las filosofías- se apropia con fiereza de las cosas y, convirtiéndolas en blanca Idea, no las suelta a menos de que se ejerza una cierta violencia sobre Él.
Esa violencia no es nuestra… de hecho se puede atacar la Realidad con suma tranquilidad. Pero es el Poder quién hace de esa duda, de ese razonamiento –puesto que al final todas nuestras máquinas se reducen a eso: a la duda y al razonamiento- una violencia intratable. Cualquier duda o razonamiento es imposible desde el Poder…
(Jamás veremos a un presentador de televisión,
un periodista de renombre, un político en campaña o un empresario exitoso,
jamás, digo, lo veremos dudando. La duda y el razonamiento es la verdadera
amenaza de la Realidad –más que los terrorismos y crímenes que la justifican-,
lo auténticamente desgarrador sería ver a un político llorando por no saber que
hacer o acaso un profesor de matemáticas que ya no está seguro de la
consistencia de los axiomas de los números naturales de Peano… pero bueno, vamos
más despacio:)
Si queremos hablar de motivos… (aunque la palabra a mí mismo me chirría bastante), no sabría muy bien qué decir. No sé… A cualquiera que preguntara: «¿Y por qué la Guerra?», quizá habría que devolverle la pregunta: «¿Y qué es la Paz?»
Ya no nos vamos a meter, aunque en un momento dado podríamos, del sinsentido absoluto de llamar a esto que se vive en las urbes de occidente –por no irnos a las Áfricas y Orientes, que sirven siempre de justificación-: llamar, digo, a lo que hay aquí ‘Paz’.
Como dice el maestro, sólo es posible llamar a lo que tenemos en las ciudades del progreso progresado ‘paz’ si se contempla esas guerritas de los márgenes: Ruanda, Congo, Afganistán, Pakistán y la India, Israel y Palestina, etc. Y sin embargo, lo que aquí tenemos, el régimen que aquí padecemos, sea más o menos enriquecido –como en Europa o menos, como en América Latina), lo que hay es la misma mortecina sensación. La Guerra, aunque este más disimulada, está ahí, viva y coleando… y la primera medida del enemigo es llamar a esto que vivimos ‘Paz’.
No hay paz. Tampoco estoy seguro de que me interese probar la paz… creo que sólo los muertos pueden tenerla –o por lo menos eso se dice-, pero lo sangriento de la Realidad está ahí para que cualquiera lo vea: futbolistas muriendo en plenos partidos, guerritas de bandas, las economías de guerras ante las hipotecas, la sangre empapando las carreteras, la mortecina y horripilante soledad de las urbes construidas para el Dinero, la miseria –más o menos disimulada- con la que se convive a diario entre los callejones y debajo de los puentes, la desolación, en fin, de la Realidad que, condenándonos a este eterno sufrir, se atreve, encima de todo, a llamar a esto ‘paz’.
Por otro lado, aquí no nos planteamos armas… de esas ‘verdaderas’, de esas de fusil y bala y metralla ni apoyamos ninguna guerrita o guerrilla que a balazos lo único que acaba haciendo es justificar ejércitos, policías, poderes y el miedo y el terror a la guerra. Ello es, más allá de que por lo general apenas están imitando las formas de la Realidad –creando organismos ejecutivos, militares y de gobierno-, ese tipo de Guerras siempre están buscando la ‘paz’. No se puede combatir a la Realidad con armas porque la Realidad justamente se constituye y es la que es gracias a las armas y sus máquinas.
La guerra cuando se hace por la guerra misma –porque el Poder, ¿quién lo duda?, está aquí metido entre mis carnes, entre mis propias palabras, ‘Yo soy el Estado’, dice el guerrillero- empieza librándose contra uno mismo. El primer y más grande enemigo es este Nombre Propio con el que publico y del que reniego. ¡Ese no soy yo! –de ahí la gran sabiduría de los niños y los loros que no saben reconocerse en los espejos. Cuando uno siempre está guerreando contra estas formas no puede aspirar a instaurar forma alguna de tranquilidad –la tranquilidad mortecina de la paz-, sino que sus únicas treguas de alegría se basan en ir recuperando y disfrutando, poco a poco, en ir desmantelando, según se vaya pudiendo, cada uno de los campamentos del enemigo. Devolver a la forma que pide: a la tierra de nadie, a ese espacio hueco y vacío en dónde sólo lo inesperado puede surgir…
Y para ello, lo único que hace falta es dejar rodar el razonamiento… no es ni mucho menos sorprendente que al leer este otro fragmento de Heráclito (DK 22 B 80, trad. de Calvo):
«Pero se debe ver la guerra cómo es común, y justicia contienda, y cómo según contienda se producen todas las cosas y se valen unas de otras.»
ver que se sirve, para describir a la Razón –razón común, xynón esti pâsi tò phronéein (DK 22 B 113)-, el mismo epíteto que usa para la guerra: a saber, xynón, esto es: común. Común que quiere decir que es de todos, en la medida en que cada uno sea cualquiera y no el que es (común en el sentido en el que está separado de las cosas todas) –ya que ‘el que es’ sólo puede estar dormido en la ilusión de creer que su pensamiento es individual y propio de su sujeto (Cfr. DK 22 B 1)-; y por tanto recogemos del efesio esta brillante y límpida razón para decir razón es guerra y guerra es razón –siempre y cuando no se haga para la ‘paz’, ya que entonces Guerra sería Fe, Idea, Muerte-, y sólo en el permanente rodar de la razón –ya que la razón, tal y como venimos diciendo, no llega nunca a conclusión alguna, no cierra nunca su enunciados y siempre está negando, diciendo NO- se puede llegar a concebir esta guerra sin final, sin paz posible… y sin embargo, con ese no sé qué de alegría, con esa sensación de ir recuperando el misterio, metro a metro, trinchera a trinchera, los lugares, las plantas, los animales, los libros, los amores, las canciones y los momentos, libres ya de toda ‘paz’ perpetúa que parecía estar matándolos por dentro.
domingo, agosto 09, 2009
En el lugar de cualquier otro...

Decía algo así como que estas máquinas que están hechas para combatir la Realidad no están para que las use ningún sujeto, es decir, ninguna persona sea usted o yo –en la medida en que usted y yo seamos personas con nombres propios-, ni para que sean la excusa para que cualquier individuo de la Realidad se revele contra esta y funde una Realidad particular –pensando acaso que es la verdadera oposición a la Realidad de las instituciones. No.
Las máquinas que aquí se dan –o lo que es lo mismo, los razonamientos que aquí se entregan-, no están hechas para las personas. E incluso, no dudo, que a más de uno le habrá hasta repugnado escuchar algunas razones que aquí se dan y confundida en la gran balumba de los discursos filosofantes y cientificoide hasta le haya resultado un tanto ¿absoluto? ¿radical? ¿unilateral? por nuestra parte el habernos lanzado al exterminio de la Realidad con tan poco sentido de la duda y más bien atacando de frente.
Ciertamente, de esto ya hablé al principio –porque sabía que es uno de los principales equívocos-, cuando hablé de la negación y de las diferencias entre idear y razonar, que son muchas y muy profundas
(que por resumir se podría decir que razonar no tiene nada que ver con el fundar
ideas positivas –a las que sí se les podría dar el nombre de absolutas,
radicales y unilaterales-, sino lo único que puede hacer el razonar es decir No,
y realizar una cadena sin fin de enunciados que justamente lo que hacen es
combatir a la idea. Lo que aquí intentamos hacer, por tanto, es razonar que no
idear, que sería estar fundando más y más cosas para agrandar el conjunto de la
Realidad, sino que, sirviéndonos de la razón, eliminar las Ideas que se van
cuajando en ella),
y debido a estas diferencias es que aquí no se hace ninguna ley ni ningún Uno –esto del Uno habrá que tocarse con más detenimiento en otra ocasión, de preferencia en contacto con el resto de números. Lo que aquí hay son meros enunciados que van a descubrir lo contradictorio de la Realidad, que es lo mismo que es deshacer su hechizo sobre las cosas, y nada más.
Naturalmente, esa repugnancia puede persistir en nosotros… es decir, puede que –y a mí me pasa a cada paso- haya algo en nosotros que se siga negando a aceptar lo simple del razonamiento, lo contundente y a veces, cuando uno no está demasiado endurecido por los sufrimientos que engendra la Realidad –porque en el fondo nuestra guerra contra ella no es por otra cosa sino por lo sangriento que conlleva el aplastante peso de las cosas convertidas en eso: en Realidad-, si uno no está demasiado alerta contra ella, naturalmente puede pasar que todo esto le parezca un sinsentido… y a pesar de que los razonamientos sean todo lo claros a lo que puedo aspirar, algo se resiste a aceptarlos.
Eso que se resiste a aceptarlos no es otra cosa que el sujeto, ese que nos han enseñado a tener por nuestro verdadero yo –y siempre que se utilice, frente a cualquier cosa, la palabra verdadero es porque se le está intentando, más o menos desesperadamente, introducir en las cosas de la Realidad-, el Nombre Propio, ‘el yo’ que le llaman los psicólogos y demás médicos del alma: y es bastante comprensible, al fin y al cabo, hay un gran riesgo a para la Persona cuando empieza a utilizar estas maquinitas, ya que tiene que tener un presentimiento por lo bajo de saberse parte de esa Realidad a la que estos razonamientos están encaminados a destruir.
Esto es, que la Persona, en tanto individuo, es –como ya lo dijimos en alguna otra ocasión- sólo un caso de cosa… una más entre las cosas de Realidad y por tanto, algo que hay que combatir con ferocidad.
Por tanto ante la pregunta: ¿Quién usa estas máquinas? La respuesta es cualquiera siempre y cuando ese cualquiera no sea un sujeto, no sea un individuo…
¿Y esto cómo se logra? ¿Cómo se hace? Muy fácil, procurando dejar de lado las mentiras con las que hemos ido creciendo desde niños: a saber, que nosotros somos los que somos y que no podemos ser otro.
Aunque ya hace mucho tiempo que no sale el tema en estas máquinas, debemos recordar que la Idea fundamental de la Realidad es la del límite. Esto es, el límite de las cosas que separa lo que son y lo que no son, el límite que separa y divide al sujeto del objeto –es decir a mí mismo del Mundo (aunque, paradójicamente, únicamente para hablar del sujeto como si se tratara de un objeto –engañosamente fuera de la Realidad). La única manera en que puede sostenerse esa mentira es bajo la suposición de que hay un límite que está separando mis palabras y las suyas; que usted –sea quién sea- es una interioridad a dónde las cosas entran, donde las palabras llegan y se toman según de quién vienen.
(Es en esta mentira en la que se basa el fabuloso despropósito del
cogito cartesiano: es decir que el ‘pienso, luego existo’ sólo sobrevive a
condición de suponer –y eso es siempre una suposición- de que soy ‘yo’ el que
pienso… de que hay un sujeto detrás de la mascarada y los gestos de los hombres.
No hay mayor trampa y más estúpida. Efectivamente, se da el lenguaje, se entrega
a través de mis palabras que se van reproduciendo dentro de cualquiera que las
lea… y sin embargo, no encuentro mayor misterio cuando me pregunto a mí mismo:
¿quién habla?)
Esto tampoco tiene que ser tan esotérico. No tiene por que prestar mayor dificultad… ya que de la misma manera que se da el lenguaje sin saber cómo, también se dan otra serie de circunstancias que bien nos pueden ayudar a comprender de qué manera se puede hacer una guerra contra la Realidad sin tener que hacer intervenir nunca a los individuos: esto es la razón. Razón entendida como una serie sin fin –que no infinita- de enunciados, de cadenas de proposiciones, de dudas sin fin que siempre le dan la vuelta a la cosa para encontrar de qué manera la cosa no puede ser cosa (es decir, que no está cerrada del todo)… razón, en suma, entendida únicamente como una duda sin final que está a cada paso liquidando la Realidad.
La razón no únicamente es quién usa estas máquinas, sino que a la misma vez pretende ser el único principio que rige su producción: la razón común que no es de nadie… No es mía, ni suya, ni de Kant, ni de Descartes ni de ningún nombre propio: es de nadie en el sentido que es de cualquiera, que está ahí como una cosa pública, gratuita y lo único que sabe decir es NO.
(No debemos nunca confundir aquellos que usan el nombre de Razón
semejante al de Idea, al de Conjunto Lógico, al de Verdad… No. Esta confusión,
tan útil para la Realidad, es la que ha llevado a muchos en los últimos años a
creer que la guerra contra la Realidad es igual a la guerra contra la razón…
Esto es falso. Ya que razón, entendida como tal, sólo es una máquina y nada más.
Es cierto que algunas formas más o menos razonables han sido siempre utilizadas
por el Poder para seguir fundado más y más Realidad, pero si uno acude a leer
los textos –cualquier libro de teología, filosofía, lógica, matemáticas, etc.-
uno puede identificar cuando trabaja la razón: esto es, un momento puramente
negativo y maravilloso en el que sólo trabaja lo que la razón, desmontando
mentiras e ideas… (p. e. en Berkeley –cómo ya lo dijimos una vez-, en cuya introducción
en escasos 20 párrafos destruye la concepción de materia y de las ideas
abstractas) aunque después, según como lo manda el Poder y la Realidad acaben
haciendo una reconstitución y reconstrucción de lo que razón, sabiamente, ha
destruido (en Berkeley, ya se sabe, está la reconstitución del sujeto y la
existencia de un Espíritu Árbitro)… Por eso aún podemos servirnos, mal que bien,
de algunos textitos de estos señores, para voltearlo del revés y hacer
intervenir a la razón allá en donde sólo había la desierta y sangrienta
Idea)
«¿Y entonces para qué esta cruenta batalla?», preguntan los corazones. Pero no tienen por que preocuparse… que otra de las grandes mentiras –de las que habrá que hablar después- es esa de que razón y sentimiento son dos cosas separadas. Otra de las falsedades de las que se ha ocupado el Poder en propagar (ya que, si cualquiera se sentía de pronto desesperado, rabioso y hasta con gana de reventar las mentiras que le llovían desde arriba, había que neutralizarlo diciéndole: «Es que lo que tú estás sintiendo, querido, no tiene nada que ver con la razón.», porque ya se sabe y lo sospecha mucho el poder de que quizá ese odio es lo único que puede llamarse de verdad razón), y que cuando estas máquinas hagan –mal que bien- su trabajo pueda encontrar el corazón (y la razón) un resquicio para la alegría de saberse hundir, a sus anchas, en el misterio de la vida.
Aunque ya lo digo: No hay paz posible… esta guerra no tiene fin, aunque aquí nos mantengamos al pie del cañón. No hay paz (la paz es sólo el sometimiento de las formas a su ser, la máxima forma de violencia)… No aspiramos a la paz en esta guerra, sino únicamente a encontrar esos momentos en que Realidad se ve conjurada, alejada, perdida entre la fantasía y el ensueño de su falsedad… y acá, por lo bajo, en esto que no tiene nombre, ni soy yo, ni es nadie, ni sabe nadie que sea, se viene, se deja venir con una alegría, y que algunos, por ahorrarse tanta verborrea –aunque provoque tantos equívocos que sólo razón endereza- llaman vida.
viernes, julio 10, 2009
¿Qué es filosofía? Contra este blog y la domesticación de la duda

«La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.
Agamenón.- Conforme.
Su porquero.- No me convence.»
Don Juan de Mairena.
A pesar del título este texto no pretende dar cuenta de lo que sea filosofía.
Las razones que me mueven a escribirlo son muchas y muy variadas. La primera de ellas es recordar y aclarar que esto no es un blog de filosofía (y aunque puede que en las categorías aparezca como tal –ya que todo, para la Realidad, tiene que aparecer catalogado y etiquetado), sino únicamente son un montón de textitos que más o menos pretenden romper con lo que la filosofía trata de conocer.
Esta duda me asalta porque a veces creo, como algunos de mis colaboradores me han hecho saber, que el riesgo siempre latente de dejar de combatir la Realidad y pasar a reforzarla distrayéndonos con filosofitos, filosofantes y nombres empolvados de la Historia de las Filosofías.
Es cierto que nos valemos de razonamientos de otros que ya han razonado algo sobre lo que pensamos –y seguiremos haciendo- y da la extraña casualidad de que estas personas eran filósofos… -aunque las canciones que aparecen debajo de cada uno de los textos ha veces acierten tanto o más que los propios razonamientos-, pero si razonamos con sus razonamientos es porque estamos, de alguna manera, firmemente convencidos de que sus razonamientos no son suyos. Quisiera tirar el nombre y quedarme con lo otro… ya que el Nombre Propio, sea de Heráclito de Éfeso o de Giovanni Versace, son los que comienzan a dar categoría de Realidad a las cosas.
El propio Nombre con el que firmo y que se supone que es el mío, bueno… me provoca muchos reparos. Pero ahí quede… que los motivos de que ahí aparezca sean siempre claros y distintos: el más puro de los miedos.
(Habrá que pararse a explicar esto más detenidamente en otra ocasión)
Pero al revelarnos contra la filosofía, al decir: esto no es filosofía, nos queda la pregunta pues: ¿Qué es filosofía y por qué esto no lo puede ser?
Bueno, primero que nada he decir que ‘filosofía’ la utilizaré, sin el mayor empacho, sin detenerme a ver sus ‘verdaderos’ significados –si acaso la filosofía es más que la ciencia, es una ciencia entre las ciencias o es una mera enjuiciadora de los enunciados científicos-, sino únicamente me limitare a su estrato más Real… es decir, a las Facultades y Manuales y Libros de Filosofía: a sus nombres.
Lo primero que he de decir es que no hay cosa más triste que se le haya podido hacer a la inquietud y la pregunta de cualquiera que hacerla licenciatura. No existe enemigo más sigiloso de la duda y del asombro que la propia Facultad de Filosofía…
Cuando casi unos niños entregan la inquietud y la extrañeza de este mundo a un montón de catedráticos que difícilmente saben ir separando lo que es la redonda mentira de la Realidad (historias, nombres, textos, cánones, ciencia positiva) y lo que es de verdad razonamiento, duda y rebeldía… (porque la razón, si de verdad es razón, sólo puede ser rebelde). Acaban licenciados, intercambiando articulitos en revistas de divulgación universitaria sobre las hipóstasis plotinianas…
Y esa es, al fin y al cabo, la gran tarea de la Educación y Pedagogía Oficial: Domesticar las dudas, apaciguar los asombros, silenciar las aporías en las que acaban cada una de las cosas…
Porque los filósofos llegan a aceptar la mera enunciación que se repitió entre los escolásticos: La Verdad, dicen, es decir lo adecuado a la cosa.
(De esta manera –y únicamente de esta manera- se pueden construir
las tesis doctorales soporíferas que están obligados a redactar: El vaciamiento
de significado de los noúmenos ideales en la teoría comunicativa de Jürgen
Habermas o acaso, Influencias del imperativo socrático-délfico del gnoti seautón
en el estoicismo romano de Marco Aurelio Antonino… Porque se vive de la creencia
de que tanto la teoría comunicativa de Habermas o Sócrates o Marco Aurelio, son
cosas… de las que se puede decir lo adecuado y así revelar lo prístino de los
límites del objeto a tratar.
Esta clara mentira se derrumba ante el sólo
testimonio del más leve del sentir: ya que Habermas no puede ser Habermas y
Sócrates tampoco puede ser Sócrates. No se puede decir nada adecuado al
estoicismo romano, ni admite ninguna cosa que se le cierre y se le describa de
manera absolutamente adecuada. La cosa siempre se deshace y eso es lo que la
filosofía ha olvidado desde hace mucho tiempo.)
Se dice que Pitágoras (D. L., I, 12) que respondiendo al León, tirano de Sición, que le llamo sabio: «dijo que nadie era sabio más que la divinidad. Antes se la llamaba ‘sabiduría’ (sophía), y sabio al que hacía profesión de ella, que debía destacarse por la elevación del espíritu. Filósofo es el que ama la sabiduría.»
Como siempre sucede con los filósofos, tenemos que quedarnos con algunas partes y desechar el resto. En algún momento este enunciado tan simple y tan complejo a la vez se ha llegado a resbalar de toda memoria: simple porque en su buen sentido sabe reconocer que la sabiduría es imposible para lo que muere y que ningún mortal puede atrapar con su boca a Doña Verdad; complejo en su error, ya que supone que aunque no pueda haber Verdad entre los hombres necesita seguir creyendo que aún existe la Verdad en algún lugar de las divinas constelaciones.
Por esta simple y sencilla razón es imposible decir Verdad y por tanto decir lo adecuado a la cosa. Ya que la cosa, en la medida en que sea ella misma, está mintiendo. Las cosas, en tanto que hablan –y es a ese discurso al que el filósofo pretende unir el suyo-, son absolutamente capaces de mentir. Cuando se muestran cerradas, hechas, derechas y bien limitadas, cuando se prestan más a que nuestros hablares se ajusten de fácil manera a ella, es en ese momento cuando más está mintiendo.
Por ello el filósofo se ha confundido –esto es, los licenciados de filosofía- y en algún momento han llegado a creer que decir a la cosa era decir la Verdad de este mundo. Que al mundo se le podía someter a explicación –sea en el fenómeno que sea: desde los medios de comunicación hasta los movimientos de los átomos- es imposible.
Y sin embargo ahí los tienen: catedráticos, maestros de bachillerato, manuales de filosofía, latigueando las inocentes espaldas con nombres y fechas y memorizaciones de teorías para alimentar yo que sé qué desconcierto y los niños se pierdan y confundan sus dudas y lo vivo de los razonamientos con Nombres y su parafernalia… que para lo único que sirve es para repetirse y seguir haciendo infinitamente lo que ya estaba hecho desde siempre.
Por eso hay que decir que la filosofía no es una herramienta contra la Realidad. No puede ser un arma, porque ella misma, en sus formas institucionalizadas se ha vuelto parte de la Realidad misma –y aunque esto fuera más claro antiguamente, cuando los regímenes teocráticos se sostenían justamente por los filósofos oficiales de turno y se combatían con una ferocidad virulenta toda herejía teorética-, los modos de accionar de la Filosofía, reconvertida en una mera institución más apocada entre las facultades de Ciencias Productivas –que también, evidentemente, son nuestro objetivo a atacar-, que a lo que se dedica es a domesticar la pregunta viva de todos los corazones…
Otra cosa será en qué medida algunos de los enunciados de la filosofía –sin importarnos de dónde vengan- puedan servirnos –como de hecho aquí de ellos nos aprovechamos como meras máquinas- para siempre servir a la rabia viva que nos tiene que estar acosando todos por el simple hecho de estar aquí. Y, naturalmente, reconducir la tarea original de todo razonamiento que es, no decir verdad, sino decir a la mentira que miente.
lunes, diciembre 22, 2008
Apostilla de la negación: desdibujar la realidad. De las diferencias entre idear y razonar.

de la sombra o la nada, desustanciado y frío.
Bueno es pensar, decolorir el huevo
universal, sorberlo hasta el vacío.
Pensar: borrar primero y dibujar después,
y quien borrar no sabe camina en cuatro pies.
Una neblina opaca confunde toda cosa:
el monte, el mar, el pino, el pájaro, la rosa.
Pitágoras alarga a Cartesius la mano.
Es la extensión sustancia del universo humano.
Y sobre el lienzo blanco o la pizarra oscura
se pinta, en blanco o negro, la cifra o la figura.
Yo pienso. (Un hombre arroja una traiña al mar
y la saca vacía; no ha logrado pescar.
"No tiene el pensamiento traíñas sino amarras,
las cosas obedecen al peso de las garras",
exclama, y luego dice: "Aunque las presas son,
lo mismo que las garras, pura figuración."
Sobre la blanca arena aparece un caimán,
que muerde ahincadamente el bronce de Kant.
Tus formas, tus principios y tus categorías,
redes que el mar escupe, enjuntas y vacías.
Kratilo ha sonreído y arrugado Zenón
el ceño, adivinando a M. de Bergson.
Puedes coger cenizas del fuego heraclitano,
mas no apuñar la onda que fluye con tu mano.
Vuestras retortas, sabios, sólo destilan heces.
¡Oh machacad zurrapas en vuestros almireces!
Medir las vivas aguas del mundio..., ¡desvarío!
Entre las dos agujas de tu compás va el río.
La realidad es la vida fugaz, funambulesca,
el cigarrón voltario, el pez que nadie pesca.
Si quieres saber algo del mar, vuelve otra vez,
un poco pescador y un tanto pez.
En la barra del puerto bate la marejada,
y todo el mar resuena como una carcajada.
Porque, aunque la tentación de querer ver en este combate contra lo real, como una forma moderna -o superada, si se quiere- de lo racional y de la ciencia, es grande. Y que lo que se opone indistintamente a las Realidades, instituciones y poder, es el irracionalismo, las modas postmodernas, las vanguardias artísticas, los surrealismos, los dadaísmos, los nihilismos, etc.; todo ello es falso e incorrecto, y es justamente lo que la Realidad pretende.
Lo que la Realidad pretende, en última instancia, es hacer para sí todo elemento de pensamiento y reducirlo a una cosa más entre las cosas. Lo que verdaderamente se opone a esa intención no es renunciar a la racionalidad, sino evitar que esta se convierta en una cosa entre las cosas. Es decir, que el razonamiento no se vuelva idea.
Ya se nos está haciendo patente la diferencia entre pensar e idear, entre el razonar y esa otra operación que es hacer imágenes -imágenes que se dan como un todo en el tiempo- de las cosas. Y la diferencia está clara y sencilla: frente a quienes quieren ver que una operación de la razón, (2+2=4, por poner un ejemplo) es una operación entre ideas (la suma de 2 de las ideas de 2 entre ellas mismas, es igual a la idea de 4); nosotros decimos que la operación de la razón y las operaciones de las ideas no tienen nada que ver, que, de hecho, son antagonistas, que se contrapoenen claramente.
(Al ejemplo dado la cosa es sencilla. Dado un par de números cualesean no se puede jamás saber el resultado de la operación de la adición, como no sea que de hecho se haya realizado -que haya tomado en el tiempo su realización y su razonamiento hasta dar con la solución-, ni siquiera cuál de las respuestas sea válida y cuál incorrecta: así 2+2=4 es equivalente a 2+2=3+1 o 2+2=100-96. Sin embargo, los que quieren hacer que las operaciones de la aritmética y el resto de ciencias, como operaciones entre ideas, tienen que suponer que en el cuatro están ya contenidas todas las ideas en las que se puede desplegar la idea de '4' -y sus notas, en este caso, tendrían que ser infinitas- y ante la imposibilidad del despliegue de todas las ideas -'imágenes'- que podrían significar o equivaler a la idea de '4', tienen que acudir a una síntesis y abstracción, asegurando que es posible, aunque yo no veo como, que a partir de '4' se genere una sola idea que venga a posibilitar la enunciación de la sola deducción de '4=2+2', a saber: la idea de unidad. Y así '4=1+1+1+1', etc. Quien tenga la idea de unidad, que la diga.
Anaximandro... dijo que el principio y elemento de todas las cosas es lo sin fin... Ahora bien, a partir de donde hay generación para las cosas, hacia allí se produce también la destrucción, según la necesidad; en efecto, pagan la culpa unas a otras y la reparación de la injusticia, según el ordenamiento del tiempo.
Nada más alejado de nuestra labor por acá: que es desatarla, desliarla y ver como está construida sobre trazados y dibujos más bien burdos, falsos, raquíticos. (Aunque no por mejor trabada la cosa vendría a ser Verdadera). Aquí vamos a desmontarla y a admitir con la fidelidad y humildad necesaria que lo que se va moviendo allá abajo, (que algo se moverá, entre las aguas, pececes, ríos, árboles, corazones, nubes y demás) es necesariamente sin fin, y no llega uno a darse cuenta del todo el por qué de que las nubes no sean rosa ni las rosas sean yo.
Maestro de muchos es Hesíodo: concideran que sabe muchas cosas éste, quien no conoció el día y la noche, pues son una sola cosa.
martes, diciembre 16, 2008
De la negación y la realidad: hablando de lo real.
Ahora que ya nos hemos, usted y yo, embarcado en esta extraña tarea que es hablar contra la Realidad, ya se nos hace patente que se nos presentarán muchas y muy variadas complicaciones, antes siquiera de empezar a hablar contra ella. Al fin y al cabo, en este rodar de los discursos sobre ella, ya hay muchas y muy variadas trampas, pasos al límite, axiomas, principios, etc. que nos obligan a retrasar la salida y a detenernos constantemente a revisar qué estamos diciendo contra ella... (como por ejemplo, ¿quién habla en contra de la realidad?, ¿la negación ya comporta una afirmación?, ¿qué es la Realidad?, etc.), para ello nos detendremos tanto como sea necesario antes de denunciarla...Por lo que respecta a la negación: hay que hacer ciertas aclaraciones respecto de cómo negar la realidad. El motivo es bien sencillo; que antes del hablar, de la negación de la cosa, ya se nos presuponen ciertas reglas -de índole puramente 'Real'- que pretenden hacernos algunas jugarretas con la negación y la afirmación y sus respectivas consecuencias. Me refiero, en particular, a los principios de la lógica: Principio de No-contradicción (a saber: que una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo) y el Principio del Tercio excluso (a saber: que una cosa dicha -es decir, siguiendo el modelo de 'decir' como un enunciado declarativo-, o es falso o es verdadero; de lo que se sigue que si es verdadero no puede ser falso y si es falso, es verdadero en algún sentido). Y que en palabras más simples viene simplemente a significar que: cada vez que se niega algo, se está afirmando otra cosa por lo bajo.
Y dado que ya se dijo que estas máquinas contra la realidad no están para reformarla, perfeccionarla, criticarla y reemplazarla (ya que eso es seguir 'haciendo' la realidad) habría que deternos para explicar de qué manera es que esa negación actúa para que no se produzcan más realidades. Así que, para quien pretenda decir que ir contra la realidad es el principio de lo que comunmente se conoce como "idealismo" le valdrá este pequeño manual sobre la negación y las maneras de decir de la Realidad.
Para ello nos valdremos de la explicación de Agustín García Calvo (puesto que no aspiro a poder superarlo en claridad, consición y cristalina siplicidad y netitud a la ora de ponerlo por escrito), de sus Lecturas Presocráticas I, ed. Lucina, 1981 [2001], prf. 90, p. 68-69.
Mas querría que no olvidáras un momento desde ahora que la negación tiene dos modos contrapuestos de ejercerse: si se dice "La Quimera no tiene ojos de gato", en el tono y con el sentido de decir
lo único que tal acción intenta es que el NO rompa el efecto de la prediccación previa, o que se da por hecha, "La Quimera tiene ojos de gato", y tal acción negativa podría glosarse con otras como "No es verdad que", "Nunca debió decirse qué", "No hay derecho ni fundamento para decir que", "No se sabe que la Quimera tenga ojos de gato"; pero siempre el Poder está empujando a que la negación se inserte o se incluya en el curso de la predicación, y que, aparentemente la misma, "La Quimera no tiene ojos de gato", se diga y oiga en el sentido de
con un verbo, por así decir, "no-tiene", esto es, "carece de", que impone sobre la Quimera una determinación, si no tan positiva, positiva igual que la de tener ojos de gato.Y así mismo, si se dice no hay quimeras como
ello no implica sino ello mismo, es decir que no es verdad (en el sentido, por cierto, de
que haya Quimeras, por más que constanemente el Poder insita en que ello automáticamente se entienda como
en el sentido de que sea verdad que no hay Quimeras, cosa que, por el hecho de que no sea verdad que haya Quimeras no tiene por qué ser verdad.
Este delicado y suncito resúmen que hace Calvo debe servirnos de metodología para el uso de las máquinas. Y así cada vez que digamos: "No hay ser", no querra decir: "Es verdad que no hay ser" -porque, para el caso, el concepto de la Verdad y el Ser se están tan entremezclados el uno con el otro, que, este último enunciado, se podría glosar con la contradicción: "El ser de las cosas es que no hay ser"-. Ello quiere decir que cuando se niegue la Realidad no estaremos (por más que así se intente siempre y se haga siempre ese amago tramposo de recomponer la Realidad) afirmando ninguna otra Realidad, ni más arriba ni más abajo de la que ya hay y nos pesa sobre los lomos. Así que quitemos de enmedio esas connotaciones ontó-logico-lógicas.
Que siendo lo más resumidos posibles se dirá: Que no vamos aquí a seguir predicando de la Realidad, a seguir contándola y liando Sujeto con Predicado, sino desliando, desatando y viendo de que manera el uno con el otro no pueden cazar como quiere que haga la ciencia.
Porque, y ahora que ya hemos entrado en el tema, tenemos que suponer -y esta es otra indicación de Calvo- que si queremos hacer algo así como un estudio de lo que hay, no debemos suponer siquiera esas directrices escolares de que "lo que es, es y lo que no es, no es", por lo menos debemos conceder a esto que hay en el mundo el beneficio de no saber de antemano de qué se trate, ni aún siquiera de suponer su estructura lógica. Y ante ello, reeinscribirnos en la intención de que hay que deshacerse de la Realidad, más que contribuir a perfeccionarla.
Queda, por lo pronto qué sea eso de "hablar de la realidad" no puede ser cualquier cosa, ni cualquier hablar. Sino, ya lo decía Aristóteles, un particular hablar en que incluye a todas las oraciones predicativas (declarativas, o "de decir"), que se componen con la cópula simple de Sujeto-Predicado. Ante ellas, como afriman los lógicos, cabe decir si son verdaderas o falsas, si son o no son, si dan cuenta de lo que hay o no lo hacen. Esto no es algo que incumba sólo a los lógicos, ya se sabe, sino que de ello dependen las proposiciones de toda la ciencia entera, desde las especulaciones de la física y la matemática, hasta los malabares de la psicología, la teología y la metafísica. No nos ocuparemos aquí, ni mucho menos, de resolverlos, sino de desenmascararlos.
Hay que decir, ante todo una cosa obvia: que el mundo está mudo. Este descubrimiento, que tiene que serlo para cualquiera que se dedique a investigar con sinceridad a lo que hay, tiene que parecerle esto un golpe terrible. Pese a Wittgenstein (que pretende que la estructura lógica del mundo y los hechos del mundo se den de una manera idéntica) y a los griegos que decían con don Parménides (DK 2, 3 y 6, seguímos la versión de García Calvo en las Lecturas presocráticas I ya citadas, v. 42-46, p. 199-200):
ni en ello pensar. Pues es concebirlo lo mismo que serlo.
Ser debe el decir y saber siendo algo: pues cabe así serlo;
mas, sin ser algo, no cabe; lo cual meditar te aconsejo.
Y si de esa mudez partimos, contra Parménides y los hacedores de Realidad, no puede menos que apercibirnos que todo lo que se ha dicho de lo que hay, y que por lo pronto tiene un peso jurídico y político enorme, es tan falso y tan horriblemente castrante como lo que más. Porque es importante decir cómo es que "concebirlo" no puede ser lo mismo que serlo (autó noeîn estín te kaì eînai) para descubir de qué manera las cosas hablan y de qué manera están mudas.
Ahora bien, los nombres nos sobran y ya algunos, porque alguno, llevandose las manos a la cabeza, dirá: "¡Nihilismo militante!" Pero esto es parte de la trampa que ya venimos diciendo (porque, ya dice el mismo principio de no-contradicción -y sus corolarios- que si estamos contra la Realidad -y la Realidad es todo lo que hay- pues con la nada nos habríamos de quedar), porque si bien decimos que el mundo está en silencio -y no en silencio del todo, sino que lo que particularmente, pertinaz y obsecado, calla es justamente esas oraciones declarativas de las que Aristóteles dervió sus teorías del silogismo y que componen las oraciones de la ciencia-; hay mundo y de eso no nos cabe duda. Las cosas están ahí, pero no son Verdad, porque la Verdad, tal y como se entiende tiene que tener ciertos atributos de los que quizá nos ocuparemos en otra ocación.
Para discutir esto acudamos a Ret Marut (posible seudónimo de B. Traven) que publicase un extraño tratado de Física/artimética/lógica titulado La destrucción de nuestro sistema del mundo por la curva de Mar allá por los veinte del siglo pasado. Citamos la traducción de Luis Andrés Bredlow, ed. Lucina, 2001, prf. 2, p. 17-18).
Los hechos no necesitan demostración. Los hechos no se pueden demostrar. Cuando un hecho necesita ser demostrado o cuando puede demostrarse, entonces yano es un hecho, sino una construcción; una construcción patentizada. La verdad es la verdad. No se puede introducir en la ecuación ningún otro concepto en lugar de la verdad que no sea el de la verdad misma. Y la verdad no necesita demostración (ni puede demostrarse), lo mismo que los hechos.
Lo único que puedo hacer es reconocer un hecho como hecho y tratar de hacerlo reconocible o, cuando menos, comprensible a otros hombres como tal hecho.
Así pues aunque las cosas no estén ahí predicando de sí mismas todos y cada uno de sus atributos verdaderos -y, según los lógicos, al momento de predicar las
relaciones verdaderas, estarían (sin darse cuenta, las pobres cosas) predicando también sus relaciones falsas, o las relaciones que no se dan en ellas, como quien dice-; no negamos que la cosa está ahí y tiene su gracia y su alegría (¿quién es uno para negarlo?) cuando de veras se toca, se vive y se siente -aunque sin hacer demasiada división entre lo que se siente y lo que se piensa-; cosa que sin duda ocurre, siempre y cuando se pase por la consabida condición que ya nos dice Marut: que no se sepa, o que no se pueda demostrar, que para el caso es más o menos lo mismo.Espero que ya se vea clara la intención de decir que lo que hay aquí -y habrá, si se deja la cosa meter en palabras y hacerse electrones que fluyan, etc.- no es un hablar de la Realidad que a la misma vez va produciendo y haciendo más Realidad a su paso; sino un hablar contra la Realidad que, por más que niegue y reniegue de ella, nunca estará por la labor de que su negación se vuelva afirmación, o lo que es lo mismo: que lo negado se se nos haga afirmación por el lado que los lógicos nos vienen diciendo.
Así estas máquinas funcionan para contar las mentiras -como mentrias, ya se sabe, que para contarlas como verdades tenemos a los poderes y sus instituciones- y jamás ellas se gloriarían de una cosa tan imposible como de decir la verdad y mucho menos de demostrarla.





