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domingo, abril 01, 2012

Ciudadano, ciudad, pólis, política. Contra los chapulines.

Lo que sigue es una especie de contestación a un articulillo que apareció el día 13 de Marzo de 2012 en un rotativo de circulación nacional a propósito de movimiento anti-chapulineo en Nuevo León.

En él, su autor, defendía la tesis de que un servidor público puede ir brincando a otro puesto si así le conviene. Basado en dos argumentos:

"1. Porque en la democracia representativa no existe el "mandato imperativo", lo cual significa que un ciudadano, en lo particular, no puede obligar a su representante a terminar su encargo; y
2. Porque favorece la democratización y la movilidad en el reclutamiento de la clase política." (Cfr. "En defensa del chapulineo", M. Tijerina, El Norte, 13-03-12)

Valga la pena decir, antes de empezar, que esto no es únicamente una respuesta a ese artículo, sino también una glosa a cosas que ya en otra ocasión, había estado barruntando por aquestos lugares y en sí un dejarse hablar sobre el movimiento en general.

Más allá de que se intente disfrazar esta cuestión con un ir y venir de palabras de leguleyos y chupatintas de "mandato categórico", "ingeniería constitucional" y toda la serie de leyes hechas siempre por el propio poder para dialogar consigo mismo, quizá la cosa se simplifica más si recordamos que nadie le está pidiendo a la señora alcaldesa que termine con su mandato. Yo por lo menos no. Tanto me molesta que dicha señora esté aquí o esté allá, siendo que en cualquiera de las dos partes hace un daño inmenso. Aunque, como digo siempre, los casos y nombres particulares siempre son distractores muy efectivos para evitarnos ver la cuestión de fondo.

Para empezar, valdría mucho la pena recordar que el estatus de ciudadano en el Estado es justamente eso: un estatus. No es una cosa dada simple y sencillamente por existir y pisar este suelo mexicano. Es decir, se trata de una especie de contrato establecido entre La Realidad sustentada en el Estado y la gente, que gracias a ese contrato se vuelve servil. Por ello, ya en otra ocasión me quejé aquí del propio concepto de ciudadano, siempre rastrero ante el poder, y el otro de pueblo, que ese no se sabe ni bien qué es ni cómo se pueda manejar. Ese contrato conlleva ciertas especificaciones de obligatoriedad a cambio de ciertos derechos. Es un intercambio, de eso nunca se duda, porque el Estado no da nada nunca gratis y por esas cosas tan aparentemente inocentes de dejarse empadronar y nombrar y constituir como persona -para que ya no sea uno pueblo, sino número, nombre y apellido y de esa manera no tenga más remedio que tener que estar constantemente preocupándose por el mantenimiento fervoroso de ese nombre y número-, se le otorgan cosas tan pusilánimes como el derecho del libre tránsito -dentro del territorio que compete a tal Estado, porque más allá, no lo puede asegurar-, permiso de trabajar dentro de sus linderos, permiso para votar, permiso para ser votado, etc. Claro que este acuerdo se rompe según que casos. Ya ven ustedes que aquel que se atreva a hurtar lo que no era suyo, inmediatamente, pierde el derecho del libre tránsito y va derechito a chirona, al bote, a la trena, en fin... ya saben.

(Acaso alguna vez tendremos que hablar de cómo se construye la imagen de la libertad ciudadana -cosa absolutamente contradictoria-, única y exclusivamente a través de la diferenciación con los presos, los ilegales, los marginados o los esclavos de la antigua democracia Griega. Es decir, solo mediante la contemplación de estos esperpentos de la sociedad es como el ciudadano modelo puede realmente creer que, dadas las condiciones de su contrato con el Estado, es libre).

Bueno, pero volviendo al tema. Entre esas prerrogativas que el Estado entrega a sus ciudadanos esta esa que se encuentra en el ojo del huracán ahora que empieza esta estúpida festividad de la democracia representativa: el derecho de ser votado. Y claro, a esta señora alcaldesa que por angas o mangas -que las particularidades, como dicho queda, ni nos van ni nos vienen-, se le ha arrebatado el derecho de ser votado porque pierde el estatuto de ciudadano si acaso se le ocurriera renunciar a su cargo de alcaldesa. Cfr. Capítulo IV, del Título Primero de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, en particular el artículo 38 y 36, así como los art. 55, 127; e igualmente el inciso f) del apartado 1, del art. 7 de el COFIPE.

La ley está inscrita así, el contrato está escrito así. Resulta que esa es el fatídico destino por haber nacido en esta democracia representativa, que somos ciudadanos y estamos regidos por tal contrato.

Claro que, inmediatamente, el redactor del artículo, sabiendo que en el fondo de la cuestión es esto lo que se oculta -a pesar de haber gastado la mitad de su texto hablando sobre "mandato categórico"-, ofrece la solución. Algo que muy pedantemente llama "ingeniería constitucional", un vocablo muy chistoso, sobre todo si tomamos en cuenta que viene de un hacedor de publicidades. Esta "ingeniería constitucional" no sería otra cosa que modificar las leyes. Simple y sencillamente. Pero claro, ese vocablo de "ingeniería" que lo hace parecer tan moderno y profesional, parece sonar menos aparatoso que reformas y enmiendas a la Carta Fundacional del Estado. Claro que él no lo dice sin fundamento: Esa ingeniería de chupatintas vendría a fincar los procedimientos democráticos para la elección de nuestros mandamáses de turno. Osease, la profesionalización de la política. Bueno, la cuestión aquí es simple y sencilla. Tal y como está el panorama en la llamada "clase política" -un término repugnante, ya que da por sentado que hay una diferencia entre gobernados y gobernantes, es decir, los que hacen la política y los que no nos queda más remedio que sufrirla-, lo único que haría un sistema semejante sería todavía concentran con más virulencia el ir y venir de los apellidos de los mismos. ¿O no habrá en su institución partidista de turno, un buen mozo o moza que esté dispuesto a dar y entregar su trabajo y esfuerzo por el bien del VII Distrito Federal y justamente tienen que llamar a la fila a un alcaldesa en funciones? Si de democratizar las instituciones se trata...

Y aún más peligroso que esa ironía, es el hecho de que aquí nuestro articulista de por sentado lo que ya muchos clamores solicitan en esta democracia representativa: la profesionalización de la política. Que aunque parece un inocente reclamo porque sus servidores públicos sean eficaces, en realidad, parece estar clamando por la institucionalización de esa separación entre goberantes y gobernados, y recalcar el hecho de que la política es la mera administración de la ciudad, es una mera economía del Estado. Cuando la política tendría que ser otra cosa.

Pero ya lo decía la canción: "¡Ay, perogrullo, / si tuvieran las cortes / consejo tuyo!". ¿Valdrá la pena recordar una vez más eso que decía Aristóteles allá por los 400 antes de nuestra era, esas verdades de Pedro Grullo: Que la ciudad no es una casa. Que la pólis no es oikós y que como tal la política no puede ser economía. Y por lo tanto hablar de políticos profesionales es hablar de la constitución misma del régimen de la Realidad que estamos padeciendo, y contra lo que desde aquí, como se pueda y podamos, estamos en pie de guerra de palabras.


P.D.

Y que quede constancia que a esa alcaldesa en lo particular no le deseo mal alguno, que luego se prestan estos escritos a maledicencias y venganzas entre ciudadanos. Aquí se intentó -se logró o no, quién sabe- hablar como si fuera cualquier otro. E inclusive, si bien le asienta, le digo yo que si no fuera por la entrega de La Pastora a las garras de ese consorcio de muerte y meados embotellados llamado FEMSA, hasta la habría considerado igual de mediocre y sin lucimiento ni especial vergüenza como tantas otras a la zaga y que le seguirán después.


domingo, enero 15, 2012

Minima moralia: Esterilización animal



Baudrillard asegura que la esterilzación de la mascota es el punto culminante de la objetualización de la mascota. Es la mascota perfecta liberada hasta de su sexualidad y por tanto era una forma de llevar hasta su última consecuencia la realidad del capitalismo: reducir a todo lo que hay a objetos de consumo. Acaso como aquellas cucarachitas atadas a borchecitos de oro o la leyenda urbana de los bonzai-kittens. (Cfr. Baudrillard, Sistema de los objetos).

Sin embargo, el análisis del francés se centra únicamente en las relaciones amo-animal y no viéndola desde una perspectiva más amplia entre la relación mercado-crianza y ciudad-animal. Lo que ha ocurrido, (y esta es la verdadera cumbre del capitalismo), es que se ha reducido al animal, no un objeto de consumo, sino a un medio de producción. O lo que es lo mismo, a la crianza indiscriminada y sobre oferta, en cualquier ciudad del mundo, de compra-venta de animales.

La necesidad de esterilizar a los animales no yace en liberarlos de su sexualidad y así tranquilizar la inquietud de un objeto sexuado merodeando nuestro patio o nuestro salón; sino de imposibilitar su reproducción y con él, la del sistema capitalista mismo.

(Huelga decir que estas mismas palabras que se dicen de los animales, deberían repetirse sin cambio alguno, para las personas. Ya que, exactamente igual que los perros únicamente nacen para perpetuar la sinrazón de la compra-venta completamente innecesaria, los hombres nacen, no ya como personas, sino como mero potencial de mano de obra desocupada).

Por otro lado, la sexualidad en una sociedad latina no resulta perturbadora, sino todo lo contrario. La negación a la castración del animal no obedece sino al temor del propio amo a estar castrándose a sí mismo. La unión entre el animal y el amo presupone la sensación de que, al castrar a su animal, se está perpetrando alguna suerte de villanía en contra de la naturaleza.

Claro que, contradictoriamente, no debe parecele abominación alguna la caza, búsqueda, captura y sacrificio sistemático de miles y miles de animales año con año en todas las ciudades del mundo con los métodos más económicos posibles. Ante este holocausto animal los testículos del amo no corren riesgo. Todo lo contrario: parecen autoafirmarse en la medida en que igual que pueden procurar la vida a través de la crianza sistematizada, pueden procurar la muerte con cables pelados para la electrochoque en serie de perros y gatos.

La sexualización de los animales está ya presupuesta en el método de elección del amo. En Nuevo Laredo, el 80% de los animales recogidos de la calle por los centros antirábicos son hembras. La propia noción de que una perra lo único que hará será embrazarse y por ello generar indiscriminadamente animales no es más que la otra cara de la moneda. Quién acepta a las perras es porque, sistemáticamente, las va a poner a parir.

Habrá que mandar este mensaje tranquilizador a los amos. Esterilizar a su perro no los hará estériles a ustedes. Esterilzar a un perro, evitar que más perros nazcan, lo único que hara será producir oportunidades de lo único que merece la pena producir en el sistema capitalista: la posibilidad de que ocurra algo que no está contemplado.

O lo que es lo mismo, que se trastoquen las leyes de la oferta y la demanda. Que no se pueda comerciar más con los animales y que realmente fuesen tratados como lo que son: cosas absolutamente nuevas. No objetos de serie. No esa especie de eugenesia enfermiza de las razas ultrapuras, sino a la sensación de que el animal se conecta, fibra a fibra, con cualquiera del resto de cosas. Con usted, por ejemplo.

Lo mismo con los humanos. ¡Si tan sólo le dieran la oportunidad a su hijo de no nacer! ¿Quién sabe? Quizá realmente llegaría a disfrutar de la niñez del resto de los niños que ya pululan por el mundo.

No favorezca la cría: adopte, esterilice.


jueves, diciembre 15, 2011

Democracia: Ciudadanos v.s. pueblo

Que se queden con ese palabro tan feo y tan asquerosito, me refiero a eso de ciudadanos. Que se lo queden.

Parece que se a adoptado este nuevo palabro tan mediatizado por los mandamases en sus discursos para diferenciar al "ciudadano" del "pueblo". Ah, qué operación tan macabra. Porque claro: pueblo es cualquiera y es nadie. Pueblo es lo de abajo, lo rebelde, lo que no se puede dominar ni contar, ni dividir, ni dirigir, ni gobernar.

En cambio, el ciudadano... A ese pelele se le gobierna con el dedito, con cuatro pastiches de basura que se le ofrecen a cambio de un voto simbólico y la entrega de la soberanía (Uy, perdonen la pedrada de decir "soberanía" y no decir qué pienso que no es, pero ya habrá otros días o eso creo). El ciudadano es un mierda, porque esa es su condición primera: la de ser el depositario ontológico del miedo al quehacer político, de ser el mezquino resultado de un pastiche capitalista, un individuo económico, un engrane en el sistema.

A eso han reducido al pueblo: a la llamada "participación ciudadana" a que voten, a que consuman, a que paguen sus impuestos y que como un grado desefrenado de la loquera liberalista y magnánima de su gobierno, se les permita, de vez en cuando, que salgan con sus pancarititas a la calle a pedirle, como una malquerida esposa le suplica a su todopotente esposo, que no le gusta aquello, que quiere más de esto, que por favor le deje más para los gastos.

El ciudadano no puede ser más que reaccionario contra el pueblo. ¡Eso es lo macabro del sistema democrático! Que funciona en la medida en que convierte al pueblo -a la masa de gente sin mayor particularidad que la de estar por ahí vagando y hablando- en personas con apellidos, con credenciales de identificacion, cuentas de nómina, carritos a su nombre, historial crediticio, etc., y la tiranía ya está levantada por sus propios súbidtos.

¿O qué? ¿Nunca se han sorprendido a sí mismos temerosos de que la Bolsa de Valores se desplome a pesar de no tener ninguna clase de inversión en el mercado? ¿O al vecino que se congratula de que a los estudiantes que se manifiestan les van a dar duro con la cachiporra en la cabeza? ¿O el trabajador que aplaude las disoluciones de las huelgas?

Sí, es un espectáculo tristísimo. El hecho de haber reducido la política a la economía. La ciudad a la casa. La pólis -política- a la oikós -la casa-. La política es del pueblo. La economía es para los individuos... o ciudadanos, que para el caso es lo mismo.

No sean ciudadanos, no sean dóciles. Hay que hablar públicamente siempre en cuanto docto, como diría Kant. O, quitándo jerga, hay que hablar como si uno no fuese uno, sino otro, como si fuera cualquiera y nadie.

Porque el pueblo no puede tener autos o defender sus gasolineras o sus careteras. Todo ciudadano es reaccionario y quiere aplastar al pueblo por esas raquíticas conseciones que la Realidad y sus Estados otorgan a quienes cooperan con él.

Evidentemente esto que comento en general es por lo que se vivió en particular en Ayotzinapa. Que el hecho es delesznable e indescriptible es algo que a duras penas se puede expresar. Pero el hecho de que mucha ciudadanía a tu alrededor empieza explicarse con cosas como "Pues sí, matar está mal, pero...", "Deberían estar estudiando", "Es vandalismo y terrorismo...", "La violencia engendra violencia, ¿qué esperaban?", "Hay medios pacíficos para la expresión..." y un largo y penoso ecétera.

He ahí la transformación de pueblo en masa, de gente en ciudadanos, de ojos en rating televisivo, de palabra en consigna, de razón en idea: la fusión del gobierno y el gobernado en uno sólo: La democracia. Este régimen que hasta hoy seguimos padeciendo.


sábado, julio 02, 2011

Ecologías


Hemos dicho y repetimos que eso de fijarnos en cosas particulares muchas veces nos hace perder la noción y el norte de esta guerra. Por eso, aunque el día a día no inunda de nombres, situaciones que más o menos nos incitan al comentario, aún así procuro no soltar demasiado la rienda y acercarnos a la particularidad.

La razón es muy simple. Las particularidades más atroces siempre son descendientes directas de la fe más ramplona y absurda. Luchar contra la particularidad se vuelve farragoso y se presta a vericuetos sin final. La guerra no se libra ahí –aunque alguna que otra escaramuza sea necesaria. Sino que lo que verdaderamente hay que atacar –y la palabra aquí siempre es la mejor arma- es la fe de las personas. La fe en los ideales.

Bueno y con ello quería presentarles el caso ya tan traído y tan manoseado de ese estadiuco barato que se quieren fabricar en uno de los últimos reductos de verde que a duras penas se ha mantenido en las riberas del río La Silla. Las notas de prensa local pueden ponerlos un poco al tanto de las empresas en litigio, de las chupatintas alcahuetas y las burocracias religiosas que solamente están haciéndola de emoción de algo que sabemos que se hará.

Más allá de que el destino de esa tierra viva, sombreada, verde y nutritiva esté tan echado y condenado como están las vidas pensionadas de todos los directivos de la empresucha de malos alcoholes que promueve la edificación, me gustaría hablar de lo que está empapando todos los cruces de argumentos de a favor y en contra.

Y es que la tan traída y llevada ecología que está en boca de todos no deja de andar haciéndome ruido y molestarme. Porque me pregunto cómo es que uno y otro organismo, los que quieren la Gran Cantina para seguir adorando a ese montón de estrellitas paliduchas o las que pretenden hacer la Conservación de los arbolitos como Bienes Públicos –el nombre simplemente me aterroriza-, utilizan los mismos argumentos. Salpicados de algún que otro matiz, pero siempre se utiliza todo para lo mismo.

Porque eso de llamar ‘bien público’ a los arbolitos o pajarillos me suena tan a muerte. Lo mismo que llamarlo pulmón vital o último rincón para que lo animalillos se replieguen. Lo mismo que llamarlos recursos naturales, paisajes bonitos o incluso naturaleza en el sentido científico. Todo ello me da la misma peste que los del otro lado que llegan con sus topógrafos a medir los cerros, riberas y árboles, partiendo, con escuadra en mano los ríos, laderas y calveros, con la excusa de dineros y dineros.

¿No es exactamente lo mismo? Si ya esta infame empresa de Meados Embotellados –porque si por lo menos hicieran buena cerveza-, ha prometido destinar decenas de millones de pesos para replantación de árboles en quién sabe dónde. Y será justamente un organismo ecologico el que acabe firmando la sentencia de muerte de esos árboles. ¿No le parece a usted que hablar de conservación es hacer exactamente lo mismo que meter retroexcavadoras y construir Santos Templos del Mear o Santuarios de Abominable Compra? ¿No le parece usted que suponer que las especies de animalillos y arbolillos que están, por obra y gracia de los hados, encerrados en esa cuadrícula amurallada para que los conservemos y los salvemos, un acto de la más vil y ruin de las presunciones?

Es decir, que los árboles son cosas útiles a la Realidad. Que La Pastora es un pulmón que justamente sostiene el revés de hormigón y humo industrial que es el resto de la ciudad. Terror me da pensar eso. Que lo bueno que tienen los árboles es que se asemejan a los estadios en utilidad y progreso, en beneficio monetario a largo plazo, etc.

Las protestas de nuestros amigos, con las que necesariamente tenemos que simpatizar, aunque no estemos de acuerdo, porque es necesario, sea como sea, decir que NO a ese repugnante monstruo –otro repugnante monstruo, como si no fuera suficiente la Torre aquella que tantos periodicazos produce, o la basura de edificios que llena todo el centro de la ciudad, las moles olvidadas del estadio de béisbol o las plazas de toros que se caen a pedazos-, sea donde sea que lo quieran poner; y sin embargo, sus protestas son tan quedas, tan condescendientes con la basura que por todos lados nos quieren vender.

No sé si lo sienten ustedes, tanto los que viven en esta ciudad particular, como los que viven en cualquier otra (ya que todos siempre son espejos de otra Gran Ciudad). Que hay una especie de mandato de destruirlo todo. Y lo que me preocupa de estas protestas es que sean tan dóciles a lo que se les ofrece. «Sí al Estadio, pero en otro lado.» Dicen.

Y bueno, ¿qué le queda a uno? Son esos movimientos que están tan condescendientes al poder, como una esposa malquerida que haciéndose del rogar y con reproches más o menos condescendientes, le v pidiendo a su Señor que deje de hacer tanto el idiota y que…

Bueno, ¿qué se le va a hacer? Apoyo. Apoyemos al NO al Estadio. Siempre y cuando recordemos con claridad que 1) La Pastora, ni árbol ninguno está ahí para ser pulmón de usted, de mí y mucho menos de esta Gomorra Industrial de sol, cerveza y fútbol, 2) la ecología y todas sus formas son más bien chivos expiatorios para seguir haciendo la misma mierda una y otra vez, de ordenar la explotación.

No al estadio. Ni ahí, ni en ningún otro lado. Y de hecho, también deberían demoler los que ya están. Y la torre aquella también. Y ya que estamos, ¿nunca se les había ocurrido a ustedes tirar uno a uno esos anuncios de publicidad de chorrocientos metros? ¿Y carros? ¿Y banquetas? ¿Y no se les hace agua la boca de imaginar que de pronto la Pastora se desborde? No que la conservemos… sino que los árboles de puro crecer se vayan llevando este oasis de concreto y cristal y lo vayan empujando poquito a poco al olvido y así esta ciudad de Monterrey, Guadalupe, San Pedro, todo se vaya cayendo al olvido y de esta manera no necesitemos estadios de fútbol para matar el aburrimiento y defender colores de algo que no hay y quién sabe… por lo menos no tengamos tanto calor este verano que falta y a la sombra de algún sauce olvidemos por fin esa fe estúpida de que el Hombre tiene ese deber patriótico de someter a la naturaleza –convirtiéndola en Estadios de Fútbol para un equipillo de quinta o para conservarla y clasificarla-.

Una cosa no va sin la otra. Así que, adiós ecologías, adiós estadios.


lunes, agosto 30, 2010

Del cielo a la tierra y de vuelta otra vez


La tierra siempre es mujer. Una mujer que tiene que ser conquistada, arrasada, convertida en ciudad y colocarle el nombre -ya Propio, ya del dueño, que en poco se diferencian- y así decir: ¡Ea, estás entrando en La Villa de Nuestra Señora de Monterrey o esta finca es de don Alvargonzález!

La tierra, esa tierra sin nombre, anónima, gratuita, destejida y desencajada de la Realidad, pronto acaba convirtiendose en fraccionamientos, propiedades, en poco más que espacios geométricos trazados a escuadra y cartabón entre los catastros y bibliotecas de los ayuntamientos.

Y, bueno, alguno saldrá con la idea de que es de esa manera en que las organizaciones estatales, las instituciones gubernamentales y económicas no tienen otra manera de organizarse, y ante esa triste imposiblidad ya quedan justificadas todas las maquinaciones de los gobiernos por ponerle nombre y geometrizar al mundo. Sin embargo, si esto fuera una de esas cosas puramente modernas, hechas para y por el estado que hoy padecemos... pero lo cierto es que es una constante esto de intentar que el suelo se vaya pareciendo cada vez más al cielo... o por lo menos al cielo que los antiguos creían vislumbrar en lo amplio y vacío de la noche.

De eso ya hablamos una vez. Pero se me regresó a las mientes cuando leía un auto sacramental de Valdivielso, El Peregrino, en donde un Pregrino que se marcha a Tierra Santa se enfrasca con en un diálogo con la Tierra misma:

Peregrino:
Déxame que busque el cielo,
pues que fuy para él criado.

Tierra:
¿De tu madre es bien te austentes
con deliberación tanta?

Peregrino:
Yr quiero a la Tierra Santa,
que es tierra de los vibientes.
Si en ti no ay cosa segura
ni permanente ciudad,
dime, ¿no es temeridad
que no inquiera la futura?

Tierra:
¿Baste?

Peregrino:
Sí, a buscar mi vida.

Tierra:
Hijo, ¿yo no te la doy?

Peregrino:
Madre, tras la eterna voy,
que es vida en Dios escondida.

Tierra:
De mis brazos te destierra
tan peligrosa jornada.

Peregrino:
Suelta que estás muy pesada.

Tierra:
Téngote amor y soy Tierra.

Peregirno:
A aqueste punto me trae
verte vieja, y es locura
no buscar casa segura
quando la propia se cae.


Mansión eterna buscaba el hombre, ya sea en las esfera inmóvil de las estrellas de la cosmología tolemáica, ya en la creencia de que habría algún lugar en donde el mundo fuera permanente -como la fatídica deducción de Platón-, o simple y sencillamente, el Paraíso de las religiones que entregan la dicha eterna espantándose de la terrena.

Tendría sentido también hablar de aquella misión cuasi-divina del Imperio Romano -y en realidad, todos los imperios que le fueron a la zaga- de civilizar el mundo más allá de las murallas de la ciudad -lease el análisis de la Constitución Romana de Polibio o los aformismos de Marco Aurelio-, en donde todo lo desconocido, todo lo que está entre los pueblos, ciudades y ayuntamientos, no era más que un espacio vacío, hueco e inútil en la perpetua espera de convertirse en su verdadero ser: que era ser ciudad, ser útil, productiva, tener nombre, industria, movimientos de capitales -que en última instancia a esa temeridad se reduce- y así venir a ser parte única e indistitnta de lo mismo.

Esa es la necesidad en la matematización del espacio: el crear una unidad geométrica -la carretera, el bloque, la ciudad, los empleados, lo índices de población- que al distribuirse sobre las tierras, acaben convirtiendo a los lugares en simples repeticiones de lo mismo. En índices de riqueza, en PIB, en futuro, en una unidad de cosa que se resista al paso del tiempo.

No resulta nada sorprendente que la labor del Estado nuevo -tan entremezclado y unificado con el Capital- sea exactamente la misma que con el antiguo gobierno de las Iglesias... y nosotros los parroquianos, supliquemos a las alturas por más productividad para México, por más industria, más empleo, más fuerza en el Estado para que someta la tierra: para que le ponga nombres y números, para que la domestique y le robe lo gratuito, lo dulce, lo fértil, lo anónimo, lo secreto.

Golpes de pecho se dan todos: ¡que el mundo se vaya pareciendo cada vez más a ese Paraíso en donde no ocurre nada! Donde únicamente están las carnes y los números que le acompañan para ir sucediéndose y que el mundo de más vueltas siempre en el mismo lugar.

La tierra es mujer. La luna es mujer. El secreto es mujer. Lo dado sin fin es mujer. El cielo es hombre. Dios es hombre. El sol es hombre. El futuro es hombre. El estado es hombre. Lo infinito es hombre. Y ahí están los cuerpecillos, buscando su hogar entre los sitios numerables de su ciudad.

Quedenos el consuelo de que pese a los golpes de pecho de los creyentes, lo que hay por ahí abajo, en la Tierra... en las mujeres, siempre le va a quedar algún rinconcillo intacto, un lugar a donde no lleguen los nombres... ni sus hombres.


martes, septiembre 22, 2009

Anexo al uno y su repetición: yo mismo, una ciudad


Hay que volver sobre un tema que ya hemos tocado, pero que puede provocar los suficiente equívocos como para que tengamos que volver a él constantemente –de hecho, en el fondo nunca lo abandonamos-, me refiero al tema de ‘yo mismo’ o ‘el yo’ que es uno.

(Es importante volver a él ahora que hablamos del Uno –la unidad,
Dios, el poder-, para ver de qué manera el Uno y ‘el yo’ son prácticamente lo
mismo. Esto es, como ya hemos dicho, que el individuo es parte de la Realidad y
que si hemos decidido combatirla a ella, necesariamente, el individuo es nuestro
enemigo.)

La parte constituyente de un individuo es que sea uno, si no, no es individuo (y aunque ya vimos antes lo imposible de esto)… Supongamos que es verdad que puede haber individuos: ¿no será la suma de estos –esto es, su repetición y posterior trato en cuentas y estadísticas- lo que en sí constituirá algo así como la ciudad? Así tenemos a uno que es uno, a otro que es uno, a aquel que también es uno, a ti que eres uno y etc. etc. etc. que todos son más o menos uno. Por tanto: masa

(el ‘pueblo’ de la ‘demo’cracia –aunque aquí no nos paremos a ver el sinsentido
de cómo el pueblo vaya a poder tomar los poderes-, que por no equivocarnos
llamaremos aquí ‘masa’ –aunque el nombre esté muy manoseado- para diferenciarlo
del de pueblo. En efecto, el pueblo no se sabe bien que sea, ni podemos saber
cuándo de verdad hay pueblos, ni se puede decir cuándo un conjunto de personas
se convierten en pueblo, etc. En cambio ‘masa’ es menos equívoco en tanto que ya
se sabe que la masa –como la masa material- está compuesta de partes más
pequeñas, de átomos, de individuos que en su agrupación forman poco más que un
conjunto de cosas. Así que no diremos ‘pueblo’ a pesar de que haya gente que
pueda confundir estos dos términos: el pueblo es cualquiera, la masa está hecha
de inviduos.),

y es esta masa la que nos quieren hacer pasar por multiplicidad o libertad. Esto es que la proliferación de Unos tiene que constituir la base misma de la pluralidad, la tolerancia, el respeto y todas esas virtudes de la democracia –manufacturadas precisamente para que no le pase nada a los Unos-, que permita que los Unos convivan entre sí en plena pluralidad –eso sí llegan a conseguirla- sin que nunca los límites de uno entren en conflicto con los límites de otro.

Esto que se quiere disfrazar como al forma más progresada de respeto civilizado y fecundo foco para diversidad cultural, es en realidad la forma más reaccionaria del Uno. Es el Uno imperando bajo las formas más sutiles de la individualidad, en la forma de la persona, condenada a la más helada de las soledades… hablando en el fondo de sí misma, abandonada a los muros de su propia piel.

Tal y como nos sugiere el estoico Epicteto en sus Pláticas:

«Como, en efecto, Sócrates decían no vivir una vida sin examen, así no debe admitire una representación sin examen, sino decirse: ‘Aguarda, deja que vea quién eres, y de dónde vienes’ (como los centinelas nocturnos: “Muéstrame la contraseña”). ‘¿Tienes esa marca de naturaleza que debe tener la representación de recibo?’» (Pláticas o Diatribas, III 12, 15-16. trad. de Urríez y Azara, P. J.)

Esto es, de someter todo posible desgarro del Uno a una constante vigilancia de tal manera que el cuerpo mismo se transforma en un estado policial, en un lugar geográfico sitiado: en una ciudad que se tiene que comportar ante el asedio.

(No es aquí el momento de divagar sobre todos los conceptos que
desde Sócrates hasta el final de la época helenística estuvieron impregnando
todo el pensamiento griego: individuo, ataraxia, adiaforía, dihaíresis, etc.
pero quede dicho que todo este bagaje conceptual estaba encaminado para reforzar
la misma mentira)

Este estado policial del Uno es absolutamente necesario y no se puede concebir ningún individuo sin que dentro de sí tenga esa noción de protección.

Por otra parte, si queremos adentrarnos más, podemos rastrear un componente esencialmente colonizador en todo esto: Ya decía Marco Aurelio en sus Meditaciones: «Mi ciudad y mi patria, como Antonino que soy, es Roma. Como hombre es el universo.» (VI, 44). Durante el imperio romano está la cláusula absoluta de que todo el espacio hueco que hay entre las ciudades –recordemos que antiguamente las ciudades tenían la sana costumbre de estar amuralladas-, era un espacio dispuesto para la colonización: esto es, el campo también era la ciudad futura, lo que todavía no le había llegado el tiempo de convertirse en ciudad e integrarse al Imperio.

Esto, aplicado a lo que nos ocupa, quiere decir que el Uno siempre tiende a reproducirse sobre la pluralidad difusa –esto es, una multiplicidad que no esté constituida de unidades, ni redes ni nada-, para colonizarla y reordenarla: este procedimiento sucede a cada paso y en todas partes, desde la apropiación de las formas artísticas por parte del poder hasta la colonización de la conciencia sobre los sin-saberes del psicoanálisis. Todo se trata de hacerlo Uno y con ese quehacer ya todo lo demás está dado: no existe nada más que hacer sino esperar a que no suceda nada… a que la Realidad se constituya por sí misma y que en tanto que sea nada más que una acumulación de unidades, se mantenga en sí misma por todo el tiempo posible.

Por ello cuando se ataque la Realidad no se debe hacer nunca desde el invididuo, que cómo ya hemos visto, únicamente es una caricatura en donde todos los mecanismos del poder –tal y como se presentan en las ciudades- se repiten y tienen a proliferar. Y, naturalmente, es contra este orden que esta guerra tiene que rebelarse… una guerra civil dentro de uno mismo, como quien dice. Que el agua que brota de ese desconocimiento ya se encargará de ungir cualquier herida de la batalla...


martes, septiembre 01, 2009

El uno y su repetición: la construcción de los sistemas a partir de la unidad. Arquitectura, ley y metafísica.



Arquitectura es, sí, el arte de la construcción. Pero no el mero arte de la fabricación de casas, tal y como podría resultar serlo la albañilería, sino el arte de la construcción a partir de un principio (entendido como origen rector), a partir de un arché que rige el desarrollo –de ahí archétectura, de la misma manera que archétipo- y Verdad de lo construido.

Si no hay ese origen rector no hay arquitectura… hay otra cosa. No es que nos preocupe la arquitectura aquí, ni que vayamos a dar pistas para que los nuevos arquitectos de hoy hagan otra arquitectura…, no; la cuestión nos vale como ejemplo… ya que en una de mis lecturas me encontré con un fragmento inestimable de filosofía que se me quedó muy grabado…

He aquí el fragmento, aunque sea, no lo dudo, un poco largo y aburrido de leer, no es menos significativo en todo lo que dice: de Descartes en el Discurso del método, segunda parte. Utilizo la traducción de Risieri Frondozi, Ed. Alianza, 2006, p. 89-93.

«Encontrábame por entonces en Alemania, […], con toda la tranquilidad necesaria para entregarme por entero a mis pensamientos. Entre los cuales fue uno de los primeros el ocurrírseme considerar que muchas veces sucede que no hay tanta perfección en las obras compuestas de varios trozos y hechas por diferentes maestros como en aquellas en que uno solo ha trabajado. Se ve, en efecto, que los edificios que ha emprendido y acabado un solo arquitecto suelen ser más bellos y mejor ordenados que aquellos otros que varios han tratado de restaurar, sirviéndose de antiguos muros construidos para otros fines. Esas viejas ciudades que no fueron al principio sino aldeas y que con el transcurso del tiempo se convirtieron en grandes ciudades, están ordinariamente muy mal trazadas si las comparamos con esas plazas regulares que un ingeniero diseña a su gusto en una llanura; y, aunque considerando sus edificios uno por uno, encontrásemos a menudo en ellos tanto o más arte que en los de las ciudades nuevas, sin embargo, viendo cómo están dispuestos -aquí uno grande, allá uno pequeño- y cuán tortuosas y desiguales son por esta causa las calles, diríase que es más bien el azar, y no la voluntad de unos hombres provistos de razón, el que los ha dispuesto así. Y si se considera que en todo tiempo ha habido, sin embargo, funcionarios encargados de cuidar que los edificios particulares sirvan de ornato público, bien se comprenderá lo difícil que es hacer cabalmente las cosas cuando se trabaja sobre lo hecho por otros. Del mismo modo, imaginaba yo que esos pueblos que fueron en otro tiempo semisalvajes y se han ido civilizando poco a poco, estableciendo leyes a medida que a ellos les obligaba el malestar causado por los delitos y las querellas, no pueden estar tan bien constituidos como los que han observado las constituciones de un legislador prudente desde el momento en que se reunieron por primera vez. Por esto es muy cierto que el gobierno de la verdadera religión, cuyas ordenanzas fueron hechas por Dios, debe estar incomparablemente mejor arreglado que los de los demás. […] Y pensé asimismo que por haber sido todos nosotros niños antes de ser hombres y haber necesitado por largo tiempo que nos gobernasen nuestros apetitos y nuestros preceptores, con frecuencia contrarios unos a otros, y acaso no aconsejándonos, ni unos ni otros, siempre lo mejor, es casi imposible que nuestros juicios sean tan puros y sólidos como lo serían si desde el momento de nacer hubiéramos dispuesto por completo de nuestra razón y ella únicamente nos hubiera dirigido.

Es cierto que no vemos que se derriben todas las casas de una ciudad con el único propósito de reconstruirlas de otra manera y hacer más hermosas las calles; pero no menos cierto es que muchos particulares mandan echar abajo sus viviendas para reedificarlas, y aun vemos que a veces lo hacen obligados cuando hay el peligro de que la casa se caiga o cuando sus cimientos no son muy firmes.»

No hablemos del mal gusto de Descartes. Concentrémonos en otra cosa… en esa extraña relación entre lo Uno y los muchos, o lo que es lo mismo, entre la unidad y la multiplicidad:


(Esta vez nos concentraremos en tanto que consideremos al uno como un mero
aparato político y de conocimiento –en metafísica y política-, que el otro
campo, quiero decir, el uno y los números tendrá que ser tocado con más
detenimiento en otra ocasión distinta, ya que hay que estudiar con detenimiento
otros procesos del universo matemático de los que no me atrevería a abordar
ahora… más adelante)

Lo que dice Descartes está, aparentemente, lleno de sentido… Vemos esas cosas funcionar a diario, ¿no es cierto? Haciéndonos suponer que una cosa funciona mejor en tanto que tenga una cabeza visible, un líder, un Estado que someta el desorden de las multiplicidades a una armonía preestablecida.


(Un apéndice meramente significativo: obsérvense las ciudades de Brasilia, Barcelona, San
Petersburgo
, Puebla de
los Ángeles
, etc. cuya construcción tan artificial como geométrica es
francamente desasosegante y no veo por dónde ver en ellas más vida o más belleza
o más utilidad que entre las favelas, suburbios o chabolas que se instalan
siempre a las márgenes)

Incontables ocasiones se escucha, por anhelos ya prácticos ya armónicos, que una cosa cualquiera no puede llegar a buen puerto si no está comandada y regida por alguien: caudillos, líderes, arquitectos, da igual, la cosa está siempre enfocada desde lo múltiple de la cosa –lo que no se resiste a someterse al régimen del Uno y que en un estado (no natural, que me resisto a utilizar esa palabra por lo equívoca que resulta), pero sí descuidado, sin que hubiese nadie que se ocupara ni mandara sobre la cosa, parece tender a deshacerse en lo múltiple- para someterlo a lo Uno.

La arquitectura es un mero ejemplo… todas las ciencias y las artes parecen estar enfocadas a eso de Uno que hay detrás de su apariencia múltiple… Política, ciencia, matemáticas, metafísica… todo parece querer señalar y apuntar al Uno; válganos como guinda de lo dicho algunos textos aristotélicos sobre la ciencia primera


(Digo ‘ciencia primera’ y no metafísica por no asentar equívocos que se han
traído a través de la Historia de la Filosofía. Recordemos simplemente que
cuando
Andrónico
de Rodas
–editor del corups aristotélico- se topó con los apuntes del
estagirita allá por el s. II d. C. y se propuso la tarea de ordenarlos y
editarlos, al toparse con los libros que hoy se publican bajo el lema
‘Metafísica’ no tenía muy claro el tema del que trataban y mucho menos cómo
titular la materia que abordaban, y no tuvo más remedio que llamarlos: metá tá
phýsica
, o lo que es lo mismo ‘[los libros, lecciones o ciencia] que van después
de la Física’, ya que se encontraban en un volumen posterior a la edición de los
libros que trataban sobre la Naturaleza –o phýsis-… descripción bastante mala si
entendemos que Aristóteles siempre dijo que la filosofía primera tenía una
cierta prioridad y preeminencia de estudio sobre los estudios naturales; y que
en el fondo –como veremos en los textos-, muy probablemente cuando hablaba de
filosofía primera se refería específicamente a la Teología):

Recogemos tres pasajes significativos de los libros IV y VI que citamos en cada caso siguiendo la traducción de Tomás Calvo Martínez en la Ed. Gredos, Madrid, 1994:

i) «La expresión ‘algo que es’ se dice en muchos sentidos, pero en relación con una sola cosa y una sola naturaleza y no por mera homonimia, […] así también ‘algo que es’ se dice en muchos sentidos, pero en todos los casos en relación con un único principio: de unas cosas se dice que son por ser entidades, de otras por ser afecciones de la entidad, de otras por ser un proceso hacia la entidad […]. Y de ahí que, incluso de lo que no es, digamos que es "algo que no es"». (IV 2, 1003a 34ss)

ii) «Cabe plantearse la aporía de si la filosofía primera es acaso universal, o bien se ocupa de un género determinado y de una sola naturaleza […]. Así pues, si no existe ninguna otra entidad fuera de las físicamente constituidas, la física sería ciencia primera. Si, por el contrario, existe alguna entidad inmóvil, ésta será anterior, y filosofía primera, y será universal de este modo: por ser primera. Y le corresponderá estudiar lo que es, en tanto que algo es, y qué-es, y los atributos que le pertenecen en tanto que algo es.» (VI 1, 1026a 22ss)

iii) «…hay que decir, en primer lugar, sobre ‘lo que es’ accidentalmente que no es posible estudio alguno acerca de ello. He aquí una prueba: ninguna ciencia –ni práctica, ni productiva, ni teórica- lo tiene en cuenta. En efecto, el que hace una casa no hace todas aquellas cosas que accidentalmente suceden con la casa ya terminada (estas cosas son, desde luego, infinitas: y es que nada impide que, terminada ya, a unos les resulte agradable y a otros peligrosa y a otros provechosa, y que resulte, por así decirlo, distinta de cuanto existe; nada de lo cual es producido por el arte de construir)…» (VI 2, 1026b 2ss)


(Antes que nada, como mero glosario, porque aquí partimos de la base de que los
estudios de filosofía son inútiles en la medida en que sólo se tomen como meros
catálogos históricos y sólo tienen un poquitín de utilidad en la medida en que
sean entendidos y utilizados para deshacer la Realidad; entidad la traduce Calvo
Martínez del término griego ousía que tradicionalmente solía traducirse por
sustancia en el vocabulario escolástico y que es definido según el propio
Aristóteles (Met. V 8): «el sujeto último que ya no se predica de otra cosa». Y
aunque no sé si esto valga para aclarar el término, se puede acudir al capítulo
citado (V 8) para comprobar la polisemia del término y acotarlo según se pueda.)

Sin embargo, y aunque aquí nos podríamos entretener muy mucho hablando de las tonterías de conceptos y definiciones de los términos peripatéticos, lo importante es ver cómo en estos tres textos todo apunta hacia el Uno. Primero en i habla sobre cómo toda la polisemia de ‘lo que es’ que se puede hasta predicar de ‘lo que no es’, está siempre apuntando hacia un Uno: esto quiere decir, que todo aquello que sea en realidad es por virtud de un único significado –no me atrevo a decir sustancia o entidad (que eso sería ya mandarlo del todo al plano de la teología), pero veremos como ello parece indicarlo-. Y ese significado tiene que ser Uno en la medida que está acotado (encontrar ese significado será, muy claramente, la tarea de la filosofía primera): esto es, en resumidas cuentas, que lo que hay de múltiple en lo que es está dado por una sola cosa.

En ii el problema ya sale del mero ámbito del hablar y llega a suponer la existencia, sí, de una entidad –una sustancia- que sea propiamente inmóvil y anterior a las cosas múltiples –esto es Dios, claro está-, lo que ha llevado a este pasaje a ser uno de los más problemáticos de todo el corpus aristotélico: ya que parece decir, sin mayor empacho, que la filosofía primera lo que tiene que hacer es buscar a Dios –como bien ya lo decía la canción- y que no hay una metafísica que no sea propiamente una teología.


(Sobre estos problemitas –no poco desdeñables- se puede consultar los trabajos
de Owen, Merlan o Jeager, para ver de qué manera los especialistas se han pegado
de tortas, los unos para intentar salvaguardar al Aristóteles científico y
positivo, enemigo de los presupuestos platónicos; y los otros por señalar en el
estagirita la gran reforma del pensamiento platónico que culminó en el
neoplatonismo plotiniano)

Y finalmente en iii encontramos el colofón, lo que cierra el razonamiento: sobre lo demás –es decir, sobre lo que no apunta hacia el Uno- no cabe forma alguna de ciencia. Ya que la ciencia siempre trata de lo que es Uno –de la misma manera que el zapatero, necesariamente tiene que contemplar al ‘zapato’ (a la Idea del zapato o ‘zapatidad’, si se me permite el palabro) para realizar su arte-… y aquello que no esté ordenado hacia ese Uno, será necesariamente misterioso e impredecible… y si se dice que es, es por mero reflejo, como el espejo último de la materia… allá donde Plotino decía que el reflejo de la Luz de el Uno-Divino que colinda con el no-ser y sólo puede alcanzar su redención en la medida en que contemple la irradiación profunda del Uno incognoscible.

Esto es: que lo que hay y lo que pasa –lo accidental, lo azaroso de la construcción de las calles, lo impredecible del apetito, lo misterioso del amor- es imposible de someter a ciencia, imposible de someterlo si no lo hacemos parte de ese Uno rector (de Dios, Estado, Necesidad, principio de No-contradicción, Dinero, Individuo, Voluntad, Alma, etc. da igual el nombre y sus características), y si no sometemos la multiplicidad a la Unidad.

Sin embargo queda un problema… queda algo que bien nos hace mirar Aristóteles de la siguiente manera, cuando en la Política, criticando las medidas platónicas respecto de las ciudades (ante todo y sobre todo la comunidad de hijos y mujeres Rep. V, 464d, como medida de someter la multiplicidad de la ciudad a una forma de unidad,) dice en el libro II, 1261a 15ss: (uso la trad. Manuela García Valdés, Ed. Gredos, Madrid, 1994)

«Sin embargo, es evidente que al avanzar en este sentido y hacerse más unitaria, ya no será ciudad. Pues la ciudad es por su naturaleza una cierta pluralidad, y al hacerse más una, de ciudad se convertirá en casa, y de casa en hombre, ya que podríamos afirmar que la casa es más unitaria que la ciudad y el individuo más que la casa. De modo que aunque alguien fuera capaz de hacer esto, no debería hacerlo, porque destruiría la ciudad.

Y no sólo la ciudad está compuesta de una pluralidad de hombres, sino que también difieren de modo específico. […] Unos gobiernan y otros son gobernados alternativamente, como si se transformaran en otros. Y del mismo modo entre los que mandan; unos ejercen unos cargos y otros, otros. Por lo tanto, de todo esto es claro que la ciudad no es tan unitaria por naturaleza, como algunos dicen, y que lo que llaman el mayor bien en las ciudades, las destruye. Sin embargo, el bien de cada cosa la salva.»

Con esto es suficiente. Naturalmente ocurre de nuevo con Aristóteles lo que ya hemos señalado con otros filosofantes… que después de parir un razonamiento maravilloso, acaba echándolo por tierra al convertirlo en Idea… esto es, que primero crítica y dice NO al modelo platónico –ya que la comunidad de hijos y mujeres lo único que pretendía era dar más unidad a la ciudad (esto es, encaminarla desde su multiplicidad hacia lo uno)-, aunque luego acaba hablando de eso que llama pluralidad y lo manda todo al traste.

Y esto era con lo que quería acabar… con lo que nos lleva el paso de nuestro razonamiento de la negación del Uno: a saber, que si no hay Uno tampoco puede haber Multiplicidad (por lo menos entendida como una serie de unidades que convivan de tal o cual modo). Si negamos al Uno, en realidad estamos negando el substrato sobre la que se asienta la Pluralidad –en otras palabras, si en aritmética decimos que no hay unidad, no podrá haber acaso ni dos ni tres ni cuatro ni toda la serie de los números naturales que sólo se pueden construir a partir de la unidad.

Cuando llegamos a este punto la cosa puede parecerle a alguno trágica: está bien que neguemos al Padre-Uno-Tirano… pero ¿negar la díada múltiple y plural?

Cuando negamos la Unidad –sea de la ciudad, de las leyes, de los estados, de la arquitectura o de lo que sea-, pero pretendemos mantener esa pluralidad que sigue regida por la unidad, esto es que se enaltece la diferencia específica entre los individuos, familias, religiones, partidos políticos, naciones o folclores de tradiciones, entonces la negación del Uno no sirve para nada. Es en este ensueño de la negación del Padre en el que vivimos –los que tengamos la desdicha de padecer estos regímenes democráticos-; que negando el totalitarismo se piensa que la pluralidad ingente –producciones industriales de pluralidades: géneros sexuales, modas, consumo, partidos políticos, quehaceres, modas, pasatiempos, corrientes artísticas alternativas, etc.- en algo se está combatiendo al Padre-Uno




(y aunque con justa razón podamos dudar de que algo de eso se esté haciendo en
tanto que lo que siempre opera por debajo de todos es el poderoso caballero Don
Dinero
y que no hay corriente artística que valga, ni realidad política que
salte a la palestra, ni moda alguna que se pueda decir que exista en la
pluralidad de las formas si no está por Él Todopoderoso apadrinada),

pero aunque fuese cierto, no tendríamos menos que decir que estas formas unitarias de lo múltiple es exactamente lo mismo: una cierta multiplicidad que está siempre contemplando a Dios… a su propia verdad.

Por ello lo verdaderamente opuesto al Uno no es la pluralidad ni la multiplicidad, ni siquiera el azar o la construcción deliberadamente horrible de nuestras ciudades –por llevarle la contra al buen Descartes. No. Lo único que puede hacer frente a esa mentira del Uno es la negación de que las cosas sean las que son –ya que si fueran tendrían que ser en virtud de algo que es Uno-, y de ahí partir a quién sabe dónde.

Desde hace ya tiempo que no veo en esto ninguna forma de angustia –tal y como alguno pudiera pensar… habrá que profundizar más en desarraigar el principio de no-contradicción-; ni mucho menos creo yo que si se niega tanto al Uno como a la díada (o multiplicidad) nos quedemos con la Nada. Ni mucho menos –digamos, aunque será un tema que tendremos que abordar en otra ocasión, que ‘la nada’ no puede surgir ante la negación auténtica de lo Uno, ya que ‘la Nada’ es una parte fundamental para la existencia misma del ‘ser’ (ya abordaremos estos temas cuando nos acerquemos a Meliso de Samos, un presocrático apasionante)-… sino que lo que nos queda es otra cosa, es la negación misma del ser de la cosa: lo que le permite, naturalmente, que florezca desde su misterio sin tener que mirar a ningún Dios para poder generarse y haberla.

Porque, como dicen los galleguiños: las cosas sin el ser –lo mismo que las brujas y las santas compañas- haberlas hailas. Flores y perros por igual, creciendo a ritmo de quién sabe que misterio –que ni es uno ni es muchos, porque siendo muchos serían unos y siendo uno serían el principio de los muchos-, sino que es algo… algo que bulle ahí y que se alza de hombros y parpadea...