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viernes, febrero 07, 2014

El dinero ha muerto. ¡Viva el dinero!

1. Que se vea como estas últimas medidas de este estado particular van encaminadas a la desaparición del dinero contante y sonante. Ya se habían creado cosas tan molestas y engorrosas como el IDE (Impuesto al depósito en efectivo) que hacía que fuera completamente indeseable hacer manejo de sumas de dinero de billete sobre billete. El uso de la tan traída y mentada tarjeta inteligente de lectura de los medidores de electricidad o la aparición, en este y otros estados, los medios de pago con tarjetas prepagadas para el transporte público vienen a desaparecer el uso de monedas y billetes entre el común.

2. Aunque ya antes, desde finales de los años ochentas en los estados más progresados, funcionarios y pensionados, recibían su dinero por medio de transferencias electrónicas, hoy no hay quincena que no pase por cuentas y tarjetas de nóminas (eso sí, del banco de su preferencia, para seguir creyendo la estupidez que hay diferencias entre unos y otros). Desapareciendo la figura del habilitado y de los antiguos sobrecitos en donde se contaba el dinero. 

3. Se puede creer, aunque eso es solo el recubrimiento y el beneficio colateral, que esto se hace con motivos puramente fiscales. Que se hace para suprimir ese componente anónimo del dinero y que cada transacción deje el rastro burocrático-electrónico para el más fiable y expedito cobro de impuestos.

3.1 Nada de eso. O bien, eso solo es la consecuencia incidental de otra cosa. De lo que se trata es de reducir al dinero a su verdadera esencia que es la misma que se aspira tras el nombre propio de cada cual. Esto es: su esencia identitaria.

4. Es precisamente el nombre propio el que al final acaba siendo la rentabilidad misma del dinero. Y en su solo aparecer lleva ya cierta producción de capital. Cuando regresé a México me sorprendió (lo había, alegremente, olvidado) como los artistas de poca o mucha monta, sea de novela o de canción, se prestan tanto a anunciar y vender su nombre para tal o cual marca. No importa el estatus o seriedad del actor: nominados al Óscar o conductores de fama local. El caso es ganar dinero con el uso de su nombre: cosméticos, toallas higiénicas, pollos asados o incluso como referente turístico.

4.1 Esto, claro, no exclusivo de las celebridades sino solo su evidencia más caricaturesca. Hace poco la revista TIMES sacó un interactivo en donde invitaba a los usuarios de Twitter a calcular el costo de su cuenta según operaciones de marketing, cuánto valía su cuenta de Twitter. El propio nombre y su producción de información, por sí mismo ya generaba un dinero. Su nombre propio es claramente un gran signo monetario. Por si no se había dado cuenta. http://newsfeed.time.com/2013/11/07/interactive-this-is-how-much-money-twitter-owes-you/

5. De esta manera tenemos que la identidad de la persona es en sí su propio valor. Y la desaparición del efectivo y reducirlo ya a un puro número en las pantallas electrónicas es el siguiente paso desde que en los años veintes de la centuria pasada se abandonó el patrón oro. Esto es, a informatizar el dinero. No únicamente para que el numerario no circule, sino para crear en sí mismo la conciencia de que el dinero es pura información.

5.1 ¿Qué duda cabe, después de ver los ejemplos de publicidad y el bombo y platillo con la que se generan las noticias que es precisamente (como ya lo señalaba el maestro) la producción de información el negocio más rentable del sistema este que padecemos? Ya con el solo producir información se produce dinero. O como ya anunciaba el otro visionario de los negocios, que ya todos, sin importar el trabajo o puesto que se tenga, somos vendedores. Sin darse cuenta, el pobre, que lo que estaba diciendo más bien del revés, que todos estamos en venta. O mejor que el alma, la identidad y la privacidad es el objeto que se vende.

6. Antes estas cosas, como se sabía, estaban reservadas para los artistas, escritores, pintores, o cualesquiera que fuera su materia. Ya se sabe que cuando se compraba un cuadro, se estaba comprando la firma. O en el caso de los escritores, ellos también tienen que creerlo, las palabras que iban hilando (necesariamente) eran suyas o incluso, eran ellos mimos vertidos en las letras. Por lo que su propia venta era la venta de su propia identidad, de una parte de ellos. 

6.1 Claro que la modernidad que inicia con esa mágica visión del ciudadano baudeleriano que rescata de la masa anónima el éxito (la salida, al fin del anonimato) hasta la hiperexpresividad de las redes sociales que permiten entrever los rincones más íntimos e impúdicos de los entes privados, esto ya es patrimonio precisamente de la condición dineraria y ontológica de los nombres propios y de quienes los padecen.

7. De ahí que esa desaparición del dinero para convertirse en información (aritmética, publicitaria e intimidad) sea precisamente la evolución de la perfección del dinero. La forma en que tiene de desaparecer para estar más presente que nunca. 

7.1 Se predice, sin mucho problema, la desaparición absoluta de los billetes bancarios y de las moneditas de cuproníquel como antes desapareció el oro y plata de nuestras monedas.

8. La conversión precisamente del dinero en intimidad es la que asegura la producción indiscriminada y volatilizada de capital. La hiperinflación de los créditos hipotecarios (de un dinero siempre futuro) se llega a la hiperinflación de la privacidad y su venta en forma de un dinero que ya no sirve, como decía el maestro, más que para comprar dinero.


miércoles, abril 04, 2012

El pacto


Cuando veo a mis perritas observo sus comportamientos. Sus vaivenes, las colas que se mueven, que juguetean, veo cómo se trepan las unas sobre las otras para verme desde la reja cuando vuelvo del tajo grasiento y sudoroso. Más divertido es verlas correr y jugar, se lanzan cual balas peludas o revolotean entre el pasto como cerditos en una pradera. Aunque también las escucho y veo gruñir, ladrar, establecer sus jerarquías, sus ordenes, sus "aquí mando yo", "eh, este es mi lugar, tú vete", subiéndose unas encima de otras, alguna de ellas llevará -o eso creerá, la pobre- el control sobre las otras dos. Una corre desbocada y las otras le siguen. Aquella se mete en su casa y las otras le siguen. Aquesta otra se tumba a mis pies para pedir cariños y las otras dos, ni tardas ni perezosas, se enciman cual montaña de pelos para ganar la caricia.

Están, continuamente, renovando un pacto. Alguna lo propone, las otras lo aceptan tranquilamente. El pacto es móvil, tiene aún esa gracia, porque ninguna es lo suficientemente fuerte como para mantener el poder todo el tiempo. Hay mandas de perros, monos y hombres en los que este pacto si tiene una continuidad desalentadora, de eso no cabe duda.

Y es de ese pacto del que yo ya estoy francamente harto. ¿A ustedes no les pasa? Es un pacto que se firma sin quererlo. Se nace a ese contrato. Un pacto en dónde líder y seguidores están ambos sujetos y que ni uno ni otro es más libre.

En todos lados vemos eso: el pacto familiar, laboral, político, moral, identitario. Todos son uno y lo mismo. El padre es padre y el hijo es hijo. El trabajador -llámese mecánico, reportero, servidor público, adiestrador canino, etc.- siempre tiene que estar guardando su papel. He conocido gente de lo más cínica y desvergonzada que de pronto la encuentro hablando de moral y de justicia, sólo porque ahora es policía. O el servidor público esclavo de los partidos, los reporteros en su papel siempre mandado por el editor, el escritor y artista siempre pendiente de lo que los mercados públicos y modas se encaprichan -que si novelas históricas, o género negro de los urales, o vampiros o conceptualismo o land-art o...-, los jefes, evidentemente, siempre con el trabajo de mantener la idea -cual sea que sea, de subir su empresa, de ganar más dinero, de producir mejor, da igual-, o el marido que ha optado por dejar de hablar con su mujer, no vaya a ser que en una de esas le diga algo de verdad, todos cumpliendo su papel como mis perritas. Como yo mismo.

Ese tristísimo pacto con la Realidad de ser quién se es y de defenderlo hasta la última de las consecuencias. Defender el nombre, la profesión, el quehacer, la persona en resumidas cuentas. Como decía aquella canción de García Calvo:

Todos tienen su idea: son ellos
los reyes del aire.
Y si tú ves que, cuando a todos
los cierre en la cárcel
de los versos y que la música
ya se apague,
yo me quedo a las nubes
mirando distante,
recuérdame y dime «La veo ahí
la cara del que sabe».

Porque el caso de ese pacto es que nadie gana. No seamos tan ingenuos que el jefe es más libre que el obrero. Que el rico es más feliz que el pobre. Que el profesionista independiente y educado está más realizado que el obrero ignorante. Aquí todos pierden. Todos viven esclavos de la idea y del aire. ¡Y con tan poca gracia...! ¡Por tan poca cosa! Que si fuera una caricia del ovillo de pelos de esas mis tres perrillas, o por correr y alcanzar a la flecha de pelo marrón que se lanza a galopar montaña abajo...

No, en este pacto al que todos nacemos -y algunos ratifican con más ímpetu que otros- no tiene más que ofrecernos que nuestro lugar en la Realidad. Un lugar. Eso es lo que da. Dinero, prestigio, fama, cartera, persona, arte, cultura... son cosas que en último lugar dan fe y constancia de ese lugar que ocupa uno. Su triste nombre.

Me emborrono. Nada puede servirme de intercambio como para dejar de ser un rato yo mismo e irme tras el primer perro que cruce a mi derecha, sacándole la vuelta a la Realidad y sus pactos.

sábado, abril 23, 2011

La bondad de las máquinas


Siempre hay algo de conciencia por ahí estropeándolo todo, ¿verdad? Cuando estamos a punto de cantar una canción, tocar un instrumento, hablar o teclear aquí mismo en una computadora, aparece ese fantasma de la toma de conciencia para arruinarlo todo. Para enrojecernos la cara de vergüenza, para hacernos olvidar cómo pasar las manos por los trastes y las cuerdas, para enredarnos las lenguas con temores y barricadas o para hacernos patentes que aunque podemos teclear con una fluidez envidiable, nunca sabremos qué letra está al lado de la R sin ver el teclado.

Así es: la conciencia es un estorbo. Una monserga. Un trampantojo ridículo que lo único que hace es estorbar a la bondad de las máquinas. La máquina de la música, la máquina de la lengua, la máquina del subconsciente que no pueden sino hacer cosas y cosas buenas llenas de arte y buena técnica.

Las máquinas, siempre y cuando sean máquinas de verdad, siempre son buenas. Acaso de ahí se explique ese terror de la ciencia ficción de que, algún día, una máquina, tome conciencia de sí misma –es decir, se haga como hombre- y no pueda más que volverse mala. Pero las máquinas… las máquinas por sí mismas siempre son buenas. ¿No?

Y supongo que alguno o alguna, muy amante de su propia conciencia, llegue a pensar que si andamos por aquí luchando contra la Realidad, pues, «no hay mayor lucha posible que la que se hace desde la conciencia.» Y así en el gran trampantojo –no ya de la Ilustración y la modernidad, que sería demasiado achacarle a ellas semejante error- sino al capitalismo puro y duro, podemos llegar a creer que es la toma de conciencia de sí mismo lo que nos salvará de nuestra constante caída en la Realidad.

Pero no.

Ay, no.

Que nuestras conciencias o, más pedantemente, nuestros ‘yoes’ respectivos de cada uno de nosotros los que leemos esto –el mío, desde luego también-, no son más que meras cosillas de la Realidad y cómo tal jamás podrán luchar contra ella. ¡Es justamente desde la conciencia que se actúa como la manada lo manda! Cómo el capital lo suplica. La gran mentira del capital es la formación del individuo a partir del imperativo de soberanía de la Ilustración. Si el siglo de las Luces con aquellos franchutes modernistas pedía hombres libres, los Estados se encargaron de producir ciudadanos y el Mercado se encargó de producir consumidores.

Evidentemente aquí lo que está en predicamento es la libertad. Pero… ¿qué tiene que ver esto con las máquinas? Bueno, que no seremos tan pretenciosamente estúpidos como para suponer que si no hay conciencia –si no hay individuo, ni yo, ni sustancia dentro de los nombres propios- (o por lo menos esa es la intención un poco para caernos de la Realidad un poquito y de vez en cuando), pues ¿vamos a caso a suponer por ello que no se hará nada? ¿Qué sólo nosotros como conciencia somos capaces de actuar?

Eso no sólo es falso sino ridículamente pretencioso. No sabemos nada. Y ese no saber no significa que no se pueda hacer nada –y acaso ‘saber’ sea justamente lo contrario de ‘hacer’, aunque eso, ya algún día lo hablaremos con más detalle si se pre
senta la ocasión-, sino que en ese lugar en dónde no habite la conciencia y podamos exorcizar a ese parásito llamado Alejandro Vázquez Ortiz, pues podamos, ¿quién sabe?, llegar al desgarro que aquí estamos buscando. Llegar al punto en donde se quiebra la Realidad y cosas nuevas –cosas que no estaban hechas y por tanto no pueden formar parte de la Realidad, al menos no de momento-, puedan ocurrir.

Claro que esta sugerencia a muchos nos asusta. ¿Cómo no iba a asustarnos si nosotros mismos, yo, tú y todos somos la fortaleza misma de la Realidad? Y la propia lucha contra la Realidad es siempre una lucha contra uno mismo. ¡Ah! Pero eso que aflora cuando la conciencia se va de paseo –eso que ya los antiguos achacaban a las musas con aquellas invocaciones a la inspiración, achacando a otros lo que no podía ser de uno. Y en fin, aquí mismo cuando realmente se logre dar con algo de más o menos sentido común, será porque acaso hemos podido desembarazarnos un poco de nosotros mismos y dejar que la máquina de la razón razone y hable por nuestros dedos de forma casi inconciente.

Así que dejemos a un lado esos malentendidos y dejemos que las máquinas hagan lo que tengan que hacer, que seguro siempre será algo mucho mejor que lo que nosotros podamos hacer. Dejarse hablar, dejarse razonar, dejarse cantar, dejarse hacer todo lo que no esté hecho… Y a ver qué pasa. A ver qué ocurre. Estoy seguro que ocurrirán cosas mucho más interesantes que estar viéndolo todo desde la cobarde y mentecata sensación de que soy ‘yo’ quién piensa esto que pienso y por tanto al pensarlo no puedo más que estarme cuidando. Acaso descubramos que las máquinas en esa bondad prácticamente gratuita que proporcionan siempre han sido mucho más soberanas que cualquier individuo.

(Ahora que voy terminando, me empiezo a preguntar si acaso, diciendo todo esto que digo, no me he preocupado en dejar claro acaso qué es una máquina y cómo es que muchas de lo que hoy consideramos ‘máquinas’ no lo son, pero en fin, eso será para otro día, pero igual ustedes, acaso cuando tengan la gracia de estar lavándose los dientes, comer o ir montado en el camión a sus casas, gracias a que todas estas cosas se realizan maquinalmente, puedan estar gustosos de revolcarse en el problema y a ver qué sacan).


martes, enero 11, 2011

Espera...


El que espera desespera,
dice la voz popular.
¡Qué verdad tan verdadera!

La verdad es lo que es,
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés.

(Antonio Machado)


Conjuro sea esto, del buen Machado, para iniciar el desgrane del tiempo. Conjuro sea al corazón para que nos cicatrice las heridas cual lametones de triste y rutinario quehacer. Y que así, convirtiendo esa flecha surcando el espacio –mezclándose con él-, haremos, si podemos, una margarita que deshacer con los dedos de síes y noes esperando no volverla a esperar.

Pero… claro, esto no será más que un intento. Un sortilegio, poderoso o no tanto, que lanzaremos, como cruzando en la tierra un círculo de sal y ¡hala! Ah, y a ver que tal nos sale…

Y es que la guerra contra esta Realidad es casi siempre una guerra contra el Tiempo. Y esa guerra contra el Tiempo es, casi siempre, una guerra contra uno mismo. Ansí que a ver que tal se nos da.

Allá que se traza con firme creencia la negación de la espera. ¡No voy a esperar! Gritamos todos los nuestros en la constante y perenne desepción del ideal. ¡No voy a esperar!

Pero lo vuelto del revés sigue siendo verdad. Y acaso en esa perpetua desepción se halle siempre a la vez la espera encerrada, vuelta hacia atrás. Que bien dice el conjuro:

La verdad es la que es,
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés.

¡Ay! Y es que habrá tantas cosillas, mentirijillas, colándose entre ese círculillo trazado en la arena. Y la primer mentira soy yo. ¡Yo soy lo primero que espero! Qué ese mandato de realización y futuro y supervivencia es la primera espera de todas. Y claro, es en mis sueños, en trabajos, dineros, pasatiempos, amores, verdades y nombres, donde en juego se encuentra el éxito de nuestro conjuro. Qué el conjuro del tiempo y la espera, es siempre un conjuro de mí.

Naturalmente no esperamos lograrlo tampoco del todo. No es ese el mandato de cruel amotinamiento contra uno mismo el que nos importa, sino simplemente el reconocimiento de que aquello que espero, siempre es lo que está aniquilando lo vivo que corre debajo.

No seré yo el que lo disfrute, ciertamente. Que lo más probable es que como cualquier vulgar hijuelo de vecino, seguiré entre mis carnes mañana, volviendo del curro con el maletín en el hombro, cansado, con una taza de café en la mano… El ceño enjuto por… bueno, porque este conjuro absolutamente defectuoso tampoco sirve para mucho… Pero por lo menos, y acaso con la misma tortura de siempre al volver a meterme en la cama y acaso no esté lo suficientemente cansado, puede que vuelva a estar ahí aplastado, repsando la espera de mí mismo, siempre pospuesta, siempre lejana.

¡Qué la otras personas desepcionen los ideales es algo tan cotidiano que apenas merece atención! ¡Lo auténticamente terrible es que en la espera de la realización (de su Verdad), las cosas –y yo y usted, querido lector, no somos más que un mero caso de cosa- están permanentemente luchando en una cosa y la otra!

No suele haber tregua en esto. Acaso haya que despreciar, con toda la benevolencia que se pueda, ese contar de los relojes, las promesas, los amores, los futuros, los dineros, las facturas, los contratos y los trabajos. Y digo benevolencia para no acabar dándole la vuelta a la cosa para acabar en esa tupida desilusión de la esperanza, que no es más que lo contrario de esa especie de ilusión de lo mismo.

Cada vez más endebles se vuelven las trabajos de este blog. Pero, lo cierto es, a pesar de todo, que cualquier corazón que sienta el peso del ir y venir del tiempo, hiriéndolo constantemente con esa punta que no cesa de atravesarlo en perpetúa fuga… pues no queda más que la festiva posibilidad de aliarse con el descreimiento, la alegría y un poco tanto del olvido –olvido de sí, que es olvido del tiempo-. Para ver si por fin esa flecha se vuelve flor. Para ver si un día de estos realmente el tiempo acaba llegando al corazón y tocarlo.

Hoy fue lunes… y la Santísima Semana que el Señor insitituyó para las labores del Progreso acaba de comenzar. Una cosa os pido: no esperen al sábado… por acá tenemos los ojos llenos lágrimas –por no decir ni invocar a las esperanzas- deseando, cruzando los dedos, tocando madera, para que nunca llegue.




Que no haya Domingo en tu vida, ni Sábado más…


miércoles, diciembre 29, 2004

Rotura




Ni aguantar ni escapar,
ni el luto ni la fiesta,
ni designio ni azar,
ni el llano ni la cuesta.

Ni puro ni perverso,
ni denso ni vacío,
ni en uno mismo inmerso
ni extroverso...

ni abrazador ni frío.

Ni de ida ni de vuelta,
ni al margen ni en el ajo,
ni pasión ni desdén.

Vacilación resuelta
con el suelo debajo
por entre el mal y el bien.

Ni cubierta la faz
ni mirando al abismo,
ni mandobles ni en paz
que viene a ser lo mismo.

Ni falta de criterio
ni sobra de juicio,
ni un carnaval tan serio
ni el dicterio...

tan sacado de quicio.

Ni súbdito ni rey,
ni a cualquier viento hoja
ni el paso altivo y fuerte,

por dónde pisa el buey
pero en la cuerda floja
mientras llega la muerte.

Estaba yo y mis piezas más o menos juntas. Era fácil mentir, era tan fácil... ¡Iba yo a que el mundo me devorara! E iba contento.

Sólo queda la fascinación.

La sensación de estar roto y que no hay fe ni fuerza ni pegamento en el mundo que logre unir lo que se ha desunido... que logre disimular todas las grietas estas de mis manos y las cicatrices de mis brazos. No, no lo hay. Olvidé todo, se me olvidó hasta mi nombre de usarlo tan poquito... se me olvidó mi apellido, el lugar donde nací, la casa donde me críe, se me fueron olvidando todas esas cosas que mantenían el orden unido... y todo se me dehizo entre las manos.

Qué miedo pasaba entonces... ¡no tengo hogar! Me decía... y ya no sé si aquella verdad -sin ser verdadera- me llenaba de tristeza o alegría... ya no sabía quien era el que tenía miedo. ¿Qué miedo podía sentir entonces?

Ah, ya... lo veía... sí, era eso... Creo que miedo sentía de que yo saltara en mil pedazos, pero el mundo no. El mundo quieto giraba entre sus cosas: uno, uno, uno era... y parpadeaba.

Pero nadie puede decir nada del mundo que sea cierto. La vida florece entre mis ruinas, como las raíces que parten con su crecimiento silencioso, los tiestos y barros que las contienen. Silenciosas caminan y el jardín tiembla todo. No hay humanos para contemplar ese hermoso espectáculo con ojos de humano, y sólo cabe que los perro sonrían... ni yo. Sólo las cosas.

jueves, noviembre 29, 1984

Memoria viva




Si volviera el amor,
si tuviera un hermano,
un amigo o un sueño en la mano:
Moriría ese dolor
de buscar el calor
en el cruel laberinto
de este vaso de alcohol,
de estas calles sin sol.

Sí tuviera ilusiones,
sí existieran razones,
locuras, mentiras pasiones:
No habría necesidad
de pasarme por horas
bebiendo cantimploras
de esta gris soledad,
de esta eterna ansiedad.

Sí pudiera borrarme...
...de esos viejos recuerdos,
que como viles cuervos
arrancan ya mis ojos,
dejando mis despojos
entre historias hirientes,
igual de indiferentes
al amor y a las "gentes".

Si te hubieras quedado,
si me hubieras pedido,
que quemara el sonido...
...de ese viejo pasado
no estaría aquí metido
ahogando mis entrañas:
arañando el olvido,
bien confuso y perdido.

Cuando tenga la suerte
de encontrarme a la muerte
yo le voy a ofrecer
todo el tiempo vivido
y este vaso enchido
por un distante-intante...
...un instante de olvido.

Si volviera el amor...


Hay algo que bulle debajo de uno y que no es uno. Eso que bulle debajo lo matan los gustos, la persona, los nombres... y ahí, en el fondo lo común pervive: eso común que es de cualquiera, siempre vivo no importa qué lugar, qué ciudad, qué campo, qué membrete ni qué piel le recubra a uno y le separe.

Esa memoria viva que combate al tiempo y a la Realidad, que no la deja ser: porque el ir es el volver. Y cuando uno cree que ya el pasado se ha ido para siempre, se ha marchado entre olvidos y tristezas, de pronto vuelve con fuerza y te hunde o te alegra, rompe lo cotidiano de las cosas (la pretendida suma de las cosas).

Y aunque lo consigan: nacemos como un tributo a las ciudades, templos de sacrificio del Dios Dinero en donde un breve e insignificante holocausto se ofrece en todas las calles, niños limpiando parabrisas, mujeres con pedacitos de bronce atados a la espalda mendigan monedas a las ventanillas nubladas, la urbe, grande enorme, mole sin ojos ni sombra de ver lo que el ciego espectáculo de sangre le da día con día, historias de llantos de silencio entre soberanas paredes que dan su lugar a cada cual, evitando a toda costa la palabra, el unto primero con que una madre invisible nos nutrió en el acto de más absoluta gratuidad y don... y sí, consiguen callarnos.

Lo hacen a base de miedo, un vivo terror a recordar, de quedarnos prendados del olor de una flor y morirnos ahí de felicidad, de un terror infantil, de una niña que manda corazones secretos cruzando el atlántico frío y que allá, al otro lado de un mundo que no puede ser, algún adolescente se caiga y se olvide de su futuro, de su nombre, de, en suma, la Realidad, y logran inculcar la vergüenza de la almohadita a la que nos abrazábamos para dormir ante la falta de la teta de mamá, al charquito de pis que abandonábamos al levantarnos, nos enseñan a temer de cualquier cosa que rompa ese tiempo lineal en el que esperan que todos tengamos fe.

Es así como se funda la persona.

Y ya fundados en ese terror, el Estado se retira: para entonces el Estado y la Realidad somos nosotros y no hace falta policía alguna que nos empuje a ir tirando, ya solitos nosotros y nuestros gustos nos labramos la cárcel de gustos y de cuentas bancarias con la excusa de sobrevivir: y tirando hacemos nuestra la tarea de levantar las pirámides del futuro y el progreso... a sudar y dejar que la vida se pierda y se olvide en pos siempre de un mañana inalcanzable...

Sí, consiguen todo eso... y más.

... pero hay veces que todo se detiene... y me acuerdo. Me acuerdo... me acuerdo de todo lo que no es mío, todo lo que ya no puedo llamar mío y un gozo enorme que ya ni es alegría ni bienestar ni es nada, sino una simple extrañeza que sólo se dedica a amenazar toda la gloria ésta con la que se reviste la Realidad... y con eso basta para que adquiera el pomposo nombre de VIDA ¡VIDA!... y detenido el tiempo en la ciudades se pueden ver todas las líneas que las dirigen, se pueden escuchar todo, trazar la triste geometría de sus calles y se escucha como un canto, un lamento que se va escurriendo por todo el hormigón y las ventanas silenciosas. Sí, está ahí, es la memoria viva, la que no se puede olvidar, la que está ahí desde siempre... que es ella el propio desconocimiento hasta de nuestro nacer al mundo.

Y el tiempo y la Realidad no tienen más remedio que caer despatarrados, heridos de vida y amor, aunque sea por el breve tiempo de un beso o una canción.