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viernes, febrero 24, 2012

El triunfo de la muerte


Cuando estos huesos tuvieron, casi por casualidad, que pasearse entre las galerías del Museo Nacional del Prado, ya sabían la existencia de este cuadro por demás medio morboso de Brueghel. Así que cuando llegué a la galería de la pintura flamenca me quedé un rato viendo este cuadro e imaginando toda esa estética medievalista apocalíptica: los cartujos que entran danzando a rostizarse en las llamas mientras cantan loas al señor, las procesiones de penitentes que caminaban de un lado al otro de Alemania azotándose las espaldas gritando que el fin de este mundo pecador estaba cerca, los cadáveres olorosos de las brujas en los Países Bajos, la hediondez de las piras de muertos ardiendo consumidos por la lepra y la peste... y en fin, todas esas lindezas que parece que la modernidad se empeña en hacernos pensar del medievo, un poco por no tener nada que decir y otro tanto para hacernos creer que todo eso no eran más que supercherías de ignorantes y fanáticos.

Y claro, frente a ese cuadro y esta representación de las épocas, un no puede evitar la suspicacia. ¿No eran aquellas alegres canciones del Carmina Burana unas tonadas llegas de alegría y desenfado? ¡Mucho más que las taciturnas e idiotizadoras canciones de amor por el ideal o jolgorio para el beber que hoy padecemos en esta época moderna! Los goliardos no lo pasaron tan mal: In taberna quando sumus. Y aunque es verdad que los Carmina Burana ya se acercan al Renacimiento Carolingio, no es menos impensable que antes al pueblo -ese pueblo que no es nadie y que, por consiguiente, no entra en la Historia- no le debería de ir tan mal.
Y sin embargo, lo que nos queda es el miedo. ¡El miedo a la muerte! Ya no entraremos aquí en las consideraciones acerca de la propia muerte, sino sólo en su miedo... Aunque, nada más para dejarlo ahí, sacamos aquella frase de Epicuro que ahora mismo no recuerdo en qué fragmento está, de que a la muerte no se le tiene que tener miedo porque no es una cosa que le ocurra a uno. Creo que de estas lindezas ya hablamos en otra ocasión y no quiero dentenerme más en ello. Lo básico de la muerte es que sea siempre futura y que nunca llegue a su término. Basta con que tengamos esa idea fija de lo malo de la muerte para que la sarta de cartujos se lance al fuego o los penitentes ronden plañendo en las calles.

El trampantojo está montado independentemente de las épocas. Lo vivimos hoy mismos, que si crisis, que si narco, que si SIDA, que si banco. Y ustedes me disculparán que ultimamente esté hablando de casos concretos en este intento de desmontar la Realidad, cosa que ya me he pronunciado en contra. Porque cuando uno habla de casos concretos, tiende mucho a perder la perspectiva de lo general y la verdad uno patina mucho en cosas contingentes... valga la aclaración para decir que si nos valemos de verbigracias son únicamente en loor de su utilzación para mostrar lo que está pasando en todas las sociedades en mayor o menor medida, apuntalando estas u otras instituciones de la Realidad.

¡Y es que la muerte es la mayor institución de la Realidad! ¡La primera, si tomamos en cuenta que el tiempo cronológico prácticamente nace junto con la muerte misma!

Pero a lo que voy. Ha vuelto sobre la mesa este debate sobre la pena de muerte en los territorios de México, debido a los sucesos que acontecieron hace unos cuantos días en el penal estatal de Apodaca en Nuevo León. Informarse de las noticias es algo muy penoso, así que digamos que durante una jornada cualquiera, celadores y prisioneros decidieron exterminar a 44 reos de la banda contraria y después darse a la fuga. Los nombres, por ahora, son lo de menos. Que si gobernadores, que si directores penitenciarios, que si esto que si lo otro. La cuestión sorprendente es que ante estos sucesos la gente está a nada de celebrar la muerte de 44 personas simple y sencillamente por su noción de culpabilidad criminal.


Aunque ello tuviera su sentido, no vamos a meternos -aquí y ahora- a debatir qué sea eso de la culpabilidad criminal o cómo el Estado y Capital fundidos en una sola y única Realidad vienen a producir sistemáticamente criminales a través de sus leyes y sus administraciones. No. Vamos a saltarnos eso, porque aún nos distraería de a donde quiero ir.

Y sobre este clima de crispación, vuelve la burra al maíz, vuelve a estar sobre la palestra (no tanto en los medios, sino en el cruce de pláticas con el común) el tema de la pena de muerte. Y si tanto eco se oye entre la gente, ¿será porque realmente lo quieren? ¿Realmente quieren entregar al Estado (y un Estado completamente disfuncional) el poder para disponer de la vida de cualquiera según las legalidades burocráticas pertinentes? ¿Por qué íbamos a desear que el Estado tomara semejante decisión?

Independientemente de cuestiones morales, de quitar una vida, de matar, en suma. La pregunta es: ¿hasta es punto ha triunfado el miedo? Miedo que no es otra cosa que temor a la muerte. ¿Hasta ese punto ha llegado la propaganda y la exposición en los medios de las imágenes de terror? El telediario acaba cumpliendo las funciones de la fachada de una catedral o de este arte apocalíptico de Breugel: el de procurar el triunfo del miedo, que la gente tema de todo. Hasta de los prisioneros que están tras las rejas.

Y ahora planteamos la pregunta: ¿a qué le tememos? ¿A qué le tenemos miedo? ¿A la delincuencia? Pues parece que sí y parece que no. O mejor dicho, parece que el miedo a la delincuencia es sólo una caricatura monstruosa de un miedo del que los propios narcotraficantes, asaltantes y secuestradores son parte. ¿A qué le puede tener miedo un secuestrador? ¿Qué es lo que hace que funcione tan bien este sistema en dónde llega un punto en donde policías y criminales son absolutamente indistinguibles? ¿Qué es lo que nos hace tener miedo?

Al final, reponiendo a esas preguntas volvemos a esa cuestión que no debemos olvidar: la Realidad, por más que se presente en forma de asesinatos y secuestros y robos, no sigue siendo mas que una pura ilusión. Una ilusión sangrienta y violenta, pero una ilusión al fin.

¿No será una cosa accesoria pedirle al Capital y al Estado que nos den pena de muerte? Si al final todos estamos medio muertos y medio condenados. Entregados al trabajo o a cualquier otra actividad, el sustituto de vida acaba llevándoselo todo: las muertes violentas son algo que solo están ahí para distraer y horrorizar, haciendo creer que por no tener una muerte violenta o pobreza o drogadicción, tenemos una vida.

Si todo se trata de una ilusión, y como decía mi maestro: "El fin del mundo ya ha tenido lugar...", hay que decirlo claramente, la Realidad se construye gracias al miedo y luchando contra el miedo, es como se lucha contra ella.



jueves, diciembre 15, 2011

Democracia: Ciudadanos v.s. pueblo

Que se queden con ese palabro tan feo y tan asquerosito, me refiero a eso de ciudadanos. Que se lo queden.

Parece que se a adoptado este nuevo palabro tan mediatizado por los mandamases en sus discursos para diferenciar al "ciudadano" del "pueblo". Ah, qué operación tan macabra. Porque claro: pueblo es cualquiera y es nadie. Pueblo es lo de abajo, lo rebelde, lo que no se puede dominar ni contar, ni dividir, ni dirigir, ni gobernar.

En cambio, el ciudadano... A ese pelele se le gobierna con el dedito, con cuatro pastiches de basura que se le ofrecen a cambio de un voto simbólico y la entrega de la soberanía (Uy, perdonen la pedrada de decir "soberanía" y no decir qué pienso que no es, pero ya habrá otros días o eso creo). El ciudadano es un mierda, porque esa es su condición primera: la de ser el depositario ontológico del miedo al quehacer político, de ser el mezquino resultado de un pastiche capitalista, un individuo económico, un engrane en el sistema.

A eso han reducido al pueblo: a la llamada "participación ciudadana" a que voten, a que consuman, a que paguen sus impuestos y que como un grado desefrenado de la loquera liberalista y magnánima de su gobierno, se les permita, de vez en cuando, que salgan con sus pancarititas a la calle a pedirle, como una malquerida esposa le suplica a su todopotente esposo, que no le gusta aquello, que quiere más de esto, que por favor le deje más para los gastos.

El ciudadano no puede ser más que reaccionario contra el pueblo. ¡Eso es lo macabro del sistema democrático! Que funciona en la medida en que convierte al pueblo -a la masa de gente sin mayor particularidad que la de estar por ahí vagando y hablando- en personas con apellidos, con credenciales de identificacion, cuentas de nómina, carritos a su nombre, historial crediticio, etc., y la tiranía ya está levantada por sus propios súbidtos.

¿O qué? ¿Nunca se han sorprendido a sí mismos temerosos de que la Bolsa de Valores se desplome a pesar de no tener ninguna clase de inversión en el mercado? ¿O al vecino que se congratula de que a los estudiantes que se manifiestan les van a dar duro con la cachiporra en la cabeza? ¿O el trabajador que aplaude las disoluciones de las huelgas?

Sí, es un espectáculo tristísimo. El hecho de haber reducido la política a la economía. La ciudad a la casa. La pólis -política- a la oikós -la casa-. La política es del pueblo. La economía es para los individuos... o ciudadanos, que para el caso es lo mismo.

No sean ciudadanos, no sean dóciles. Hay que hablar públicamente siempre en cuanto docto, como diría Kant. O, quitándo jerga, hay que hablar como si uno no fuese uno, sino otro, como si fuera cualquiera y nadie.

Porque el pueblo no puede tener autos o defender sus gasolineras o sus careteras. Todo ciudadano es reaccionario y quiere aplastar al pueblo por esas raquíticas conseciones que la Realidad y sus Estados otorgan a quienes cooperan con él.

Evidentemente esto que comento en general es por lo que se vivió en particular en Ayotzinapa. Que el hecho es delesznable e indescriptible es algo que a duras penas se puede expresar. Pero el hecho de que mucha ciudadanía a tu alrededor empieza explicarse con cosas como "Pues sí, matar está mal, pero...", "Deberían estar estudiando", "Es vandalismo y terrorismo...", "La violencia engendra violencia, ¿qué esperaban?", "Hay medios pacíficos para la expresión..." y un largo y penoso ecétera.

He ahí la transformación de pueblo en masa, de gente en ciudadanos, de ojos en rating televisivo, de palabra en consigna, de razón en idea: la fusión del gobierno y el gobernado en uno sólo: La democracia. Este régimen que hasta hoy seguimos padeciendo.


sábado, abril 23, 2011

La bondad de las máquinas


Siempre hay algo de conciencia por ahí estropeándolo todo, ¿verdad? Cuando estamos a punto de cantar una canción, tocar un instrumento, hablar o teclear aquí mismo en una computadora, aparece ese fantasma de la toma de conciencia para arruinarlo todo. Para enrojecernos la cara de vergüenza, para hacernos olvidar cómo pasar las manos por los trastes y las cuerdas, para enredarnos las lenguas con temores y barricadas o para hacernos patentes que aunque podemos teclear con una fluidez envidiable, nunca sabremos qué letra está al lado de la R sin ver el teclado.

Así es: la conciencia es un estorbo. Una monserga. Un trampantojo ridículo que lo único que hace es estorbar a la bondad de las máquinas. La máquina de la música, la máquina de la lengua, la máquina del subconsciente que no pueden sino hacer cosas y cosas buenas llenas de arte y buena técnica.

Las máquinas, siempre y cuando sean máquinas de verdad, siempre son buenas. Acaso de ahí se explique ese terror de la ciencia ficción de que, algún día, una máquina, tome conciencia de sí misma –es decir, se haga como hombre- y no pueda más que volverse mala. Pero las máquinas… las máquinas por sí mismas siempre son buenas. ¿No?

Y supongo que alguno o alguna, muy amante de su propia conciencia, llegue a pensar que si andamos por aquí luchando contra la Realidad, pues, «no hay mayor lucha posible que la que se hace desde la conciencia.» Y así en el gran trampantojo –no ya de la Ilustración y la modernidad, que sería demasiado achacarle a ellas semejante error- sino al capitalismo puro y duro, podemos llegar a creer que es la toma de conciencia de sí mismo lo que nos salvará de nuestra constante caída en la Realidad.

Pero no.

Ay, no.

Que nuestras conciencias o, más pedantemente, nuestros ‘yoes’ respectivos de cada uno de nosotros los que leemos esto –el mío, desde luego también-, no son más que meras cosillas de la Realidad y cómo tal jamás podrán luchar contra ella. ¡Es justamente desde la conciencia que se actúa como la manada lo manda! Cómo el capital lo suplica. La gran mentira del capital es la formación del individuo a partir del imperativo de soberanía de la Ilustración. Si el siglo de las Luces con aquellos franchutes modernistas pedía hombres libres, los Estados se encargaron de producir ciudadanos y el Mercado se encargó de producir consumidores.

Evidentemente aquí lo que está en predicamento es la libertad. Pero… ¿qué tiene que ver esto con las máquinas? Bueno, que no seremos tan pretenciosamente estúpidos como para suponer que si no hay conciencia –si no hay individuo, ni yo, ni sustancia dentro de los nombres propios- (o por lo menos esa es la intención un poco para caernos de la Realidad un poquito y de vez en cuando), pues ¿vamos a caso a suponer por ello que no se hará nada? ¿Qué sólo nosotros como conciencia somos capaces de actuar?

Eso no sólo es falso sino ridículamente pretencioso. No sabemos nada. Y ese no saber no significa que no se pueda hacer nada –y acaso ‘saber’ sea justamente lo contrario de ‘hacer’, aunque eso, ya algún día lo hablaremos con más detalle si se pre
senta la ocasión-, sino que en ese lugar en dónde no habite la conciencia y podamos exorcizar a ese parásito llamado Alejandro Vázquez Ortiz, pues podamos, ¿quién sabe?, llegar al desgarro que aquí estamos buscando. Llegar al punto en donde se quiebra la Realidad y cosas nuevas –cosas que no estaban hechas y por tanto no pueden formar parte de la Realidad, al menos no de momento-, puedan ocurrir.

Claro que esta sugerencia a muchos nos asusta. ¿Cómo no iba a asustarnos si nosotros mismos, yo, tú y todos somos la fortaleza misma de la Realidad? Y la propia lucha contra la Realidad es siempre una lucha contra uno mismo. ¡Ah! Pero eso que aflora cuando la conciencia se va de paseo –eso que ya los antiguos achacaban a las musas con aquellas invocaciones a la inspiración, achacando a otros lo que no podía ser de uno. Y en fin, aquí mismo cuando realmente se logre dar con algo de más o menos sentido común, será porque acaso hemos podido desembarazarnos un poco de nosotros mismos y dejar que la máquina de la razón razone y hable por nuestros dedos de forma casi inconciente.

Así que dejemos a un lado esos malentendidos y dejemos que las máquinas hagan lo que tengan que hacer, que seguro siempre será algo mucho mejor que lo que nosotros podamos hacer. Dejarse hablar, dejarse razonar, dejarse cantar, dejarse hacer todo lo que no esté hecho… Y a ver qué pasa. A ver qué ocurre. Estoy seguro que ocurrirán cosas mucho más interesantes que estar viéndolo todo desde la cobarde y mentecata sensación de que soy ‘yo’ quién piensa esto que pienso y por tanto al pensarlo no puedo más que estarme cuidando. Acaso descubramos que las máquinas en esa bondad prácticamente gratuita que proporcionan siempre han sido mucho más soberanas que cualquier individuo.

(Ahora que voy terminando, me empiezo a preguntar si acaso, diciendo todo esto que digo, no me he preocupado en dejar claro acaso qué es una máquina y cómo es que muchas de lo que hoy consideramos ‘máquinas’ no lo son, pero en fin, eso será para otro día, pero igual ustedes, acaso cuando tengan la gracia de estar lavándose los dientes, comer o ir montado en el camión a sus casas, gracias a que todas estas cosas se realizan maquinalmente, puedan estar gustosos de revolcarse en el problema y a ver qué sacan).


sábado, febrero 19, 2011

Amor y guerra: la palabra



Y acaso nos toque, de vez en cuando, como no queda más remedio, hablar de lo que habla. O lo que es lo mismo palabrear con las palabras.

Porque ante la palabra, algunos solemos quedarnos boquiabiertos aún. ¿No es cierto? Y es que hay tanto que decir de las palabras… Como ya dijimos una vez –hablando un poco sobre la falsa diferencia entre lo ideal y lo material-, aquello de que la mejor arma contra la Realidad era siempre la palabra, por más que nos quieran hacer creer lo contrario.

Y es que es tan sencillo descorrer el velo de la mentira, que se vuelve absolutamente indispensable tapiar las bocas, neutralizar la palabra y condenarla a una mera negociación en el intercambio de ideas y opiniones.

i) Por un lado valdrá la pena recordar acaso, así al mero vuelo, porque ya más o menos lo hemos hablado antes. Que eso de que las formaciones de individuos se basen principalmente en la encuesta y recolección de opiniones, puntos de vista e ideas personales, no se logra mas que la perpetua negociación de la Realidad.

Si se negocia, ya no se está atacando ese pacto de fe. Que sobre el poder de la Realidad no se puede invocar ni anteponer el poder de nada. Ni imaginaciones, ni sueños, ni nada de eso puede estar negociando con el poder o pactando para suplantarlo en las privacidades.

Ay, que los Estados y Capitales nos venden la idea de que cada uno, en sí mismo y sus contratos puede convertirse con mucho tiento y apasionamiento, en un pequeño Estado, en un pequeño Capital…

ii) Pero lo que realmente me gustaría acaso apuntar es acaso la manera de que la palabra puede seguir ayudando a lo que intentamos aquí. Y es que acaso es en el Amor y en la Guerra en que la palabra vuelve a estar llena de significado.

Las palabras se vuelven casi necesariamente precisas. Porque hieren y curan. Esto es, traspasan al individuo. Hablar, cuando de verdad se puede hablar de amor y hacer la guerra que importa con la boca: es cuando el individuo se quita de en medio, cuando deja que la palabra florezca como algo que está siendo hablado desde otro lugar que no es el mismo.

En ese sentido: razón y sentimiento son lo mismo.

Sentir la herida del mundo es querer curarlo. Querer curarlo es querer guerrear con la Realidad. Guerrear con la Realidad es casi guerrear contra uno mismo. Contra esa cosa que soy yo y que no me deja hablar mas que para decir mi opinión.

Simplemente, estaba tentado a querer mostrarles lo que creo que el lenguaje, al dejarse manifestar –que no usarse-, puede realmente hacerle un verdadero roto a la Realidad.

Amor y guerra, lo que cura y lo que hiere. Palabra puede ser ambas. Arma arrojadiza o caricia delicada. La palabra, cuando es pronunciada por un amante o un enemigo, se vuelve de nuevo cargada de sentido. El amante puede conmover o herir, el enemigo puede devastar o enmendar.

La palabra vuelve a tener la significación de desgarro. No se trata ya de un mero intercambio de informaciones más o menos prosaicas, más o menos cotidianas, más o menos importantes. Se convierte entonces el vehículo por el cual ocurre lo más importante que tiene que ocurrir en la Realidad para que algo pase: desgarrarse, deshacerse, desechar de una vez la persona que posee la lengua en la que se habla.

Ese caerse de la Realidad que a algunos les pasa cuando hablan –cunado hablan de verdad y no para decir lo que ya fue dicho, sino para ir buscando en la cabeza algún hálito nuevo (o acaso vetusto y original)- para decir algo que pueda sonarnos nuevo.

Entonces, lo verdaderamente nuevo es la posibilidad de que la piel, de uno y de otro –enemigo y amante- se desgarren de una vez y para siempre, para poder perder de vista la Realidad.

Ese es el verdadero milagro de hablar. Lo absolutamente gratuito que resulta y que cuando ocurre de verdad, la vida de un vuelco para salirse de la Realidad. Hablar de verdad sólo puede ocurrir al margen de la Realidad.

Por eso se empeñan las entrevistas, encuestas y periódicos en convertir todo en una suerte de conteo aritmético, en un vuelo de águila que más que hablar con las cosas, únicamente las someta a una despiadada forma de conocimiento. Saber lo que se piensa, los programas de la televisión, las opiniones públicas, las elecciones municipales; todo es el gran simulacro de la negociación de las libertades y avances de las democracias representativas.

Negociar con la Realidad es hacerla siempre más poderosa.

Hablar es la única opción.

Aunque, no vamos a dejar de decirlo: ¡lo difícil que es hacerlo! Hablar de verdad es un acto tan absolutamente nuevo y violento que muchas veces no tenemos más remedio que callarnos.

Y aunque no valgan para nada, ni aquí ni en ninguna otra parte, los ejemplos personales ni los detalles, puesto que un servidor, como cualquiera de los que en este momento leen, no son más que un caso de cosa y acaso, únicamente tenga sentido contar lo que le pasa a uno a condición de recordar que uno que soy yo, soy cualquiera.

Siendo que, como siempre, el primer baluarte donde la Realidad se atrinchera soy yo mismo, la tarea de hablar siempre está poniendo en juego a mí mismo. De lo que se trata es que al dejarse hablar, lo único que puede pasar es que toda la intimidad constituyente de los individuos se vaya al trasto. La amenaza es viva y real: lo que se está jugando siempre en ese hablar es la justificación de todo lo que soy.

Hablo de verdad acaso cuando se muestra ante todos y se ventila, de alguna manera, el secreto de mi mentira. Que yo no puedo ser Alejandro Vázquez Ortiz. Cuando hablo de verdad, el nombre desaparece.

Evidentemente yo no lo logro. Fracaso siempre. Acaso por eso me entretenga en volver, como un mal inventor y peor constructor, sobre estas máquinas. Por eso mismo está siempre el empeño y la lucha. Por eso mismo esta siempre el intento y nunca el triunfo. Y acaso sólo en destellos, en breves apariciones de esto que hablo se dejen ver de vez en cuando, no ya en lo que hablo, sino en lo que consigo ir aprehendiendo con los oídos de todo lo que me rodea.

Lo que ocurrirá en ese hablar, eso nadie lo sabe. Sólo se puede adivinar que es puro descubrimiento, es puro brotar de nuevas cosas. Cuando el mundo se habla y en ese hablar se forma: hablar de verdad sea la única manera de andarlo hacia atrás. De sumergirse en el descubrimiento de que el mundo todavía no está del todo hecho, todavía no está del todo muerto.

Porque hacerle la guerra a la Realidad es siempre amar el mundo. Porque amar el mundo es siempre hacerse la guerra a uno mismo. Porque en esta guerra no haya paz perpetua de los cuerpos, sino desgarro vivo de la persona… y vuelta a empezar.


jueves, septiembre 16, 2010

La paz


Ay, que este terruño, tan particular y tan espejo del resto. Y es que uno que vuelve, que ha estado perdido dando tumbos por las ruinas del primer mundo –destino de todos estos paisillos de poca monta, mal montados y mal instalados-, y le vienen con tanto histerismo de contarme que a qué volví que aquí mira, como la canción aquella de …”por los pueblitos del norte, siempre ha corrido la sangre”.

Claro, reconozco que en cosa de tres y cuatro años la cosa sí que ha cambiado bastante. Y ahora, Monterrey, una ciudad horripilante que contaba con el dudoso beneficio de ser segura, ahora también asaltan, matan y roban cochecitos. Y claro: ahí tenemos a un montón de mexicanos bienpensantes y bientrabajantes que reniegan de esta situación, que cómo puede ser, que qué vergüenza, que qué burla al Estado de Derecho y nuestras instituciones de impartición de justicia. Y algunos, acaso sin saber que están pidiendo, piden más policía, más poder para el gobierno, más de esto, más de aquello, con tal de ver cómo se combate a los malitos.

Y, bueno, uno que se ha dedicado a estar fuera y de pronto entra en la gresca, casi como salió: por puro error… se queda preguntando a santo de qué vamos a pedir más ejército, mejores instituciones, más policía. Si es que todos son lo mismo y lo que se está buscando no se consigue con nada de eso.

Uno así de inocentón y con las preguntas importantes que son las que podría formular un niño: me pregunto, ¿y dónde estaban estos malitos hace tres o cuatro años? Allá, cuando supuestamente había PAZ, cuando no había asaltos. La guerra siempre ha estado ahí, queridiños. La separación, más o menos forzada, siempre ha estado aquí, con sus super-barrios con policía escopetado a la entrada, con la división radical entre clases, con el constante ejercicio de ignorancia por parte de la mayoría a todo lo que le rodea. La violencia siempre estuvo ahí: la propia constitución del trabajo, del Estado, de la Paz, sólo se puede lograr a partir de una violencia.

Claro, claro… esa PAZ –supuesta- siempre está necesitando de sus guerritas de las márgenes, como ahora nos toca a nosotros sufrir la nuestra en medio de pacas de cocaína y camionetas de lujo. Pero, antes estaba la de Afganaistán, Irak, Palestina… esas guerras que sólo están ahí para el trampantojo vulgar y simple de recordar a los negritos de Nueva Orleans, a los gitanos expulsados de Francia, o a los campesinos de Atenco, que lo que había en su país, pese a que lo duden, era Paz.

No, caballeros. En un Estado no hay Paz. Como mucho hay una administración de la violencia, pero nunca paz. Por otro lado, no sé a cuento de qué piden unos y otros, el fortalecimiento del Estado para combatir el narco tráfico, si bien se sabe que unos y otros se distinguen apenas en cuestiones puramente accidentales.

Y no me refiero al comprobado hecho de que municipales, federales y ejército tengan nexos con el narcotráfico. Eso es lo de menos. Sino en el hecho de que el Gobierno y el Narco se necesitan desesperadamente el uno al otro como en un matrimonio demencial.

¿O qué? ¿Tendría sentido el valor de cambio que se le da al negocio de las drogas si no tuviera como signo y valor añadido el hecho de que es un negocio por debajo del agua? ¿Y acaso el gobierno tendría excusa alguna para tener su ejército, aceitarlo, empolvarlo y sacarlo a pasear a las calles –donde puedan balear dos o tres coches familiares más-, si no estuviera justificado por la violencia que generan sus peores enemigos?

Cualquier organización de esta calaña lo único que hace es fundar un Estado, un gobierno, por debajo del gobierno: únicamente hace falta ver cómo distribuyen las tareas nuestros emprendedores narcotraficantes y verán que en poco se diferencian de las jerarquías ya de los negocios legales, ya de los mandamases de los gobiernos. Con sus achichincles, con sus jerarquías, sus tareas distribuidas, sus brazos ejecutores y hasta sus paupérrimos órganos de justicia. Los unos son una caricatura de los otros.

Así que… ¿cuál paz? ¿Dónde está esa paz que buscan? ¿Qué es esa Paz que anhelan y contra quién se está levantando esa Paz? Al separar la institución que le toque separar, ¿qué violencia, tan sútil, tan diáfana y cristalina estará ejerciendo?

No hay paz bajo un Estado. Eso hay que tenerlo bien claro: y el primero que ejerce la violencia es el propio Gobierno que, como un pastor chicoteando a sus borregos, se encarga de que ninguno se salga del redil. Que todos tengan su nombre, que todos tengan su identificación, su pasaporte, su servicio militar. Que todo el mundo tenga una manera de ser controlado, identificado… claro, siempre en miras de esa Paz anhelada.


jueves, febrero 18, 2010

¿Vida privada?

No es coincidencia que aquí me resista con fiereza a hablar de la vida privada esta que me toca. No es coincidencia pero tampoco es honesto del todo. Por lo menos no queda más remedio en hablar sobre el silencio de mi vida privada y del por qué tampoco eso sirve para nada.

La vida privada de uno no es más que el residuo más pequeño de la Realidad. Realidad es el nombre equívoco y a veces odioso de una serie de ideales ya preestablecidos a los que uno despierta un buen día, sin saber muy bien ni cómo ni cuando. No es del todo honesto simplemente apartar la vida privada, porque, naturalmente, esa vida (que a ver quien me dice cómo puede ser vida y a la vez ser privada, que es lo mismo que decir que es la vida de uno, la vida que es propiedad de uno, la vida que controla uno, y cómo en algo que está controlado –aunque sea uno mismo el que lo lleve- puede haber algo de vida que de verás sea vida). Algunos se llevan bien con esa guerra que les propone día con día, otros despertamos un poco asqueados cada mañana para mirar por la ventana y ver cómo la Realidad se extiende ante nosotros en forma de grandes edificios.

Vida privada. Privado. Es acaso en ese diminuto reino de la alcoba en donde se atrincheran a placer los ideales más molestos, los más redondos, los más aceptados.

A nadie, creo yo, ojeando las palabras que dejo en este maldito blog (grandilocuente y pretencioso donde los haya), con un mínimo de atención, se le escapa de que hay ciertos temas que me dan más que pensar que otros. El amor, la muerte y yo mismo. Si acaso me dan guerra estos temas, no es porque yo la esté buscando… no me tengo por pendenciero. Es simplemente que me los encontré, ni se muy bien el cómo y el por qué, se han levantado ellos contra la poca alegría que invade a veces mis días. Se levantaron ellos, se han levantado siempre una y otra vez, Amor, Muerte y Yo (La santísima trinidad de la Realidad), a mi no me queda mas que entrarle al quite, inventarme una estrategia sobre la marcha e intentar que haya las menos bajas posibles.

La Realidad no es mala. Simplemente triste. Lo que le pasa a la Realidad para que sea triste es que es la que es. Es lo que le pasa a mis amores, lo que le pasa a mi muerte futura –y a la vida privada a la que tengo que sobrevivir que es simplemente su revés- y por supuesto a mi mismo es que todos ellos, a veces, cuando no tengo más remedio, son los que son. Y cuando las cosas son las que son… son tristes. Tristes y solitarias: privadas.

Claro que hay gente que se lleva bien con la Realidad, que se lleva bien con la guerra declarada del mundo y hace suyo el mandato de resonancia militar que vomitan a cada paso los televisores y las publicidades de la Realidad: ¡sé tú mismo! Invitación, amenaza y salvación para algunos… todo al mismo tiempo.

Yo también escucho eso… lo escucho constantemente y a veces la confundiré hasta con mi propia voz –como si la voz pudiera pertenecer a alguien-, y es que hay momentos, momentos en donde no puedo más. Simplemente eso… no puedo más con esta guerra y a veces quiero, sí, quiero que venga la Realidad y me lleve así entre su corriente de cosas que van cayendo: a veces al suicidio, a veces al triunfo y al éxito, al esplendor de los Ideales. ¿Habrá acaso alguna gran diferencia entre ellos?

Tampoco me gusta mucho este símil de la guerra, porque es equívoco. Pero el desgarro es básicamente el de una guerra… la tristeza es la de una guerra, el sentimiento es el de una guerra y a veces la única manera de no dejarte caer en ese cause de la Realidad es pensar que hay un enemigo… que verdaderamente hay algo contra qué luchar. Sin embargo siempre estoy hablando de mí… es contra mí contra el primero que estoy luchando, yo soy el primer baluarte de la Realidad.

Yo. Alejandro Vázquez Ortiz. Ese nombre que me hace uno ante ustedes y ante el reflejo en el espejo. Ese es mi más grande enemigo, el más despreciable y horrendo. El más crédulo y tonto, mi más cruel verdugo.

¿Qué ocurre pues ahí cuando surge de pronto el Yo –si ese Yo determinado con su artículo y todo-, en medio de la más absoluta alegría de no saber lo que se es?

¿Qué pasa cuando viene a apropiarse de los insultos o de las caricias? A establecer la economía del dar-te doy, de la apropiación de la identidad de ese que se ve en el espejo o incluso a hacerse propietario de las palabras que va dejando tras de sí, que dice: ¡este soy yo! ¡Aquí podéis verme! ¡Aquí estoy yo!

Mentira… nada de eso es verdad.

Y sin embargo, ocurre. Sin embargo, se da. No sé por qué, es uno de los misterios que más nos vienen preocupando a los que estamos aquí abajo, perplejos de ver como el mundo parece querer ser el que es, a pesar de que en ello y por ello se abre la herida fundamental, la más grande de todas y la constitutiva del Sistema este que padecemos de las democracias, los dineros, las políticas baratas y ridículas: la herida de ser el que es, como una permanente raja abierta y sangrante entre la piel de uno y el resto del vivo de las cosas que están ahí sin fin y ante el que nuestra pequeñez sólo puede aspirar a deshacerse en el olorcillo de una flor gratuita.

Sí.

La Realidad, mal que bien, nos obliga a adscribirnos a nuestros pasaportes, a nuestros currículos, a nuestras identidades particulares. Incluso este espacio ridículo abierto no esta abierto para ser un digno combate contra la Realidad, sino apenas para construir el futuro currículo de un futuro industrioso productor de cultura… que eso es a lo único que puede aspirar uno que está aquí… y aunque esté obligado a ello, no por ello vamos a cantar la contradicción, a ponerla en negro sobre blanco y acaso haya cometido el error, más de una vez, de creer que de verdad esto servía para algo.

No. No sirve. Y aún así aquí seguimos.

No sé bien para qué. No sé bien por qué. No va a haber honestidad aquí, no la encuentro por ningún lado. Habrá como mucho algún breve testimonio de la herida que nace ante ser quien soy y el daño que explota ante la contradicción del miedo que se nos impone a la hora de aceptar o no el Nombre que nos da la Realidad y que nos constituye y nos permite los éxitos y fracasos, las culpas y las recompensas, los amores y los odios.

¿Qué se le va a hacer? Uno tiene que estar ahí, como un acróbata –quizá ese sea un mejor símil que el de la guerra-, jugando a estar siempre una cuerda floja y el equilibrio es propiamente la lucha. No habrá paz, no aspiro a ella. Simplemente a detener los claveles de las heridas… como sea, como se pueda.

¡Valga ello para lo que valga!



domingo, septiembre 20, 2009

Actualidades: Tiroteo 'contra el gobierno'

Aquí, por regla general, solemos dar la esplada bastante a los sucesos noticiosos y de acutalidad. Pero ahora ha venido a tocarnos las fibras esto que ha ocurrido en el metro de la Ciudad de México. No nos ocupemos de nombres ni de datos ni de reivindicaciones, que para esas estupideces sobran informaciones, mejor hablemos de lo que nadie habla... de lo que entre tanta balumba y balazos se quiere taponar.

La verdad, si nos ha tocado las fibras es porque según relatos de los periodistos, el sicario estaba escribiendo consignas contra el gobierno, cuando se le acercó un policía bancario para detenerlo y es entonces cuando desenfunda y comienza a disparar. Otras informaciones dicen que sus reivindicaciones tenían contienido religioso.

Naturalmente esto nos tiene que caer aquí al lado no tanto por el acto, por esto que aquí llamamos 'guerra' contra la Realidad. Naturalmente, decir contra la Realidad es decir contra el Gobierno que es únicamente un estamento más de esa Realidad.

De lo que hay que hablar y nadie habla es de los motivos. Lo que ha pasado en México no tiene nada que ver -y confundirlo es más que un error- con los asesinatos en masa.

Es algo que los que estamos aquí en esta guerrita tiene que preocuparnos mucho... Podemos comprender la desesperación de cualquiera -y de hecho para mí siempre ha sido algo sorprendente que esta clase de cosas no sucedan más a menudo-, pero esa no puede ser, ni por error, la forma de llevar la guerra contra la realidad ni contra el gobierno. Por lo general, tal y como podemos ver en las informaciones, lo único que sucede es justo lo contrario: la justificación del uso de la fuerza, la proliferación de la sensación de inseguridad -y suplicar por más y más Gobierno- y la ayuda para el establecimiento de la mentira que dice que sin gobierno sólo el caos se impondría, etc.

No hace falta -ya que tampoco lo harán- que los telediarios pongan atención a los motivos del pistolero, saltan a la vista en cualquier titular: es esa violencia de la Paz, es la pobreza, la miseria y la obligación de la resignación, del sometimiento, de la masacre de tiempos y amores. Los motivos están ahí, aquí, frente a nosotros y palpitan.

Hay que desconfiar de todas las informaciones, de la repulsiva manera en que los periodistos -esa es su labor- se dedican a vender la sangre y lágrimas a quien quiera comprarlas y sentirlas. Esta alharaca repugnante da más asco en la medida en que únicamente toma 15 minutos lipiar la estación de ese mismo metro cuando alguien se ha suicidado. La cuenta es esa, pero los muertos son los mismos... la máquina sigue funcionando y parece que funicona más y mejor en la medida que venga la sangre de estos desesperados -ya de sicarios ya de héroes- a aceitarla.

La leyenda de los sacamantecas que se hizo popular durante el s. XIX cuando se decía que las máquinas industriales sólo podían funcionar bien a costa de una buena grasa densa y tierna (esto es la grasa de niño), únicamente es la exageración de una cosa que sucede a diario. La máquina estatal, la Realidad misma, sólo puede mantenerse a costa de estas noticias, a costa de la desesperación viva de la gente que cuando, sin saber que hacer, se traduce en esta estúpida violencia sólo alimenta el fuego siemprevivo de la Realidad. La soporta, la ayuda queriendo combatirla. No sé bien cómo se combate la Realidad... eso no se sabe y si andamos en estos tejemanejes es justamente para ver si algo de nuestra inteligencia al hablar nos lo va revelando..., sólo sé como no se hace: y es así, pegando plomazos.

Las armas llevan grabadas en sí mismas la consigna de la Paz de los muertos, de matar al que habla, de liquidar la razón... y ya dijimos que esta guerra no es para la Paz. Esos son justamente los métodos del Estado, los métodos de la Realidad y es justamente lo que aquí combatimos.



miércoles, septiembre 09, 2009

Sin tregua...


Este fragmento de Heráclito (que en la edición de Diels Kranz está en el 53), podría traducirse (siguiendo siempre la versión del maestro García Calvo –Razón Común, edición crítica, ordenación, traducción y comentario de los restos del libro de Heráclito, (Lecturas presocráticas II), Ed. Lucina, Zamora, 1984):

«Guerra de todos es padre, de todos rey.»

Válganos de epígrafe para hablar, un poco más detenidamente, de esta guerra contra la Realidad. Y lo hago principalmente para que quede bien sentados los motivos, para que no se crea que esto es una propuesta más del arte y sus formas más o menos literarias; y de paso detenernos el tiempo que resulte necesario en el tema de guerra y paz y sus aledaños, tan confusos y tan idealizados, de los que hay que decir alguna que otra cosa.


Primero, si decimos que esta Guerra no tiene fin –ni tiene paz posible- es porque cualquier paz es la reestructuración de la Realidad misma, esto es, del Poder. Si decimos Guerra –un nombre un poco rimbombante y problemático, aunque no inadecuado- es porque estamos obligados a ello: si se pudiera, tranquilamente, yo llamaría a esto simplemente ‘razonar’ la Realidad, ‘desmontar’ la Realidad o –según ese verbo prostituido de Derrida- ‘deconstruir’ la Realidad…

Si no podemos llamarlo así es que en ciertos temas si no dices las cosas con un puntito de exageración parece que no dices nada, a pesar de que, en el fondo, sea lo mismo. ‘Guerra’ es un nombre problemático… pero ajustado a lo que aquí hacemos. Y lo llamamos ‘guerra’ porque el Poder –de la misma manera que hace con todas las obras de las artes y las filosofías- se apropia con fiereza de las cosas y, convirtiéndolas en blanca Idea, no las suelta a menos de que se ejerza una cierta violencia sobre Él.

Esa violencia no es nuestra… de hecho se puede atacar la Realidad con suma tranquilidad. Pero es el Poder quién hace de esa duda, de ese razonamiento –puesto que al final todas nuestras máquinas se reducen a eso: a la duda y al razonamiento- una violencia intratable. Cualquier duda o razonamiento es imposible desde el Poder…

(Jamás veremos a un presentador de televisión,
un periodista de renombre,
un político en campaña o un empresario exitoso,
jamás, digo, lo veremos dudando. La duda y el razonamiento es la verdadera
amenaza de la Realidad –más que los terrorismos y crímenes que la justifican-,
lo auténticamente desgarrador sería ver a un político llorando por no saber que
hacer o acaso un profesor de matemáticas que ya no está seguro de la
consistencia de
los axiomas de los números naturales de Peano… pero bueno, vamos
más despacio:)


Si queremos hablar de motivos… (aunque la palabra a mí mismo me chirría bastante), no sabría muy bien qué decir. No sé… A cualquiera que preguntara: «¿Y por qué la Guerra?», quizá habría que devolverle la pregunta: «¿Y qué es la Paz?»

Ya no nos vamos a meter, aunque en un momento dado podríamos, del sinsentido absoluto de llamar a esto que se vive en las urbes de occidente –por no irnos a las Áfricas y Orientes, que sirven siempre de justificación-: llamar, digo, a lo que hay aquí ‘Paz’.

Como dice el maestro, sólo es posible llamar a lo que tenemos en las ciudades del progreso progresado ‘paz’ si se contempla esas guerritas de los márgenes: Ruanda, Congo, Afganistán, Pakistán y la India, Israel y Palestina, etc. Y sin embargo, lo que aquí tenemos, el régimen que aquí padecemos, sea más o menos enriquecido –como en Europa o menos, como en América Latina), lo que hay es la misma mortecina sensación. La Guerra, aunque este más disimulada, está ahí, viva y coleando… y la primera medida del enemigo es llamar a esto que vivimos ‘Paz’.

No hay paz. Tampoco estoy seguro de que me interese probar la paz… creo que sólo los muertos pueden tenerla –o por lo menos eso se dice-, pero lo sangriento de la Realidad está ahí para que cualquiera lo vea: futbolistas muriendo en plenos partidos, guerritas de bandas, las economías de guerras ante las hipotecas, la sangre empapando las carreteras, la mortecina y horripilante soledad de las urbes construidas para el Dinero, la miseria –más o menos disimulada- con la que se convive a diario entre los callejones y debajo de los puentes, la desolación, en fin, de la Realidad que, condenándonos a este eterno sufrir, se atreve, encima de todo, a llamar a esto ‘paz’.

Por otro lado, aquí no nos planteamos armas… de esas ‘verdaderas’, de esas de fusil y bala y metralla ni apoyamos ninguna guerrita o guerrilla que a balazos lo único que acaba haciendo es justificar ejércitos, policías, poderes y el miedo y el terror a la guerra. Ello es, más allá de que por lo general apenas están imitando las formas de la Realidad –creando organismos ejecutivos, militares y de gobierno-, ese tipo de Guerras siempre están buscando la ‘paz’. No se puede combatir a la Realidad con armas porque la Realidad justamente se constituye y es la que es gracias a las armas y sus máquinas.

La guerra cuando se hace por la guerra misma –porque el Poder, ¿quién lo duda?, está aquí metido entre mis carnes, entre mis propias palabras, ‘Yo soy el Estado’, dice el guerrillero- empieza librándose contra uno mismo. El primer y más grande enemigo es este Nombre Propio con el que publico y del que reniego. ¡Ese no soy yo! –de ahí la gran sabiduría de los niños y los loros que no saben reconocerse en los espejos. Cuando uno siempre está guerreando contra estas formas no puede aspirar a instaurar forma alguna de tranquilidad –la tranquilidad mortecina de la paz-, sino que sus únicas treguas de alegría se basan en ir recuperando y disfrutando, poco a poco, en ir desmantelando, según se vaya pudiendo, cada uno de los campamentos del enemigo. Devolver a la forma que pide: a la tierra de nadie, a ese espacio hueco y vacío en dónde sólo lo inesperado puede surgir…

Y para ello, lo único que hace falta es dejar rodar el razonamiento… no es ni mucho menos sorprendente que al leer este otro fragmento de Heráclito (DK 22 B 80, trad. de Calvo):

«Pero se debe ver la guerra cómo es común, y justicia contienda, y cómo según contienda se producen todas las cosas y se valen unas de otras.»

ver que se sirve, para describir a la Razón –razón común, xynón esti pâsi tò phronéein (DK 22 B 113)-, el mismo epíteto que usa para la guerra: a saber, xynón, esto es: común. Común que quiere decir que es de todos, en la medida en que cada uno sea cualquiera y no el que es (común en el sentido en el que está separado de las cosas todas) –ya que ‘el que es’ sólo puede estar dormido en la ilusión de creer que su pensamiento es individual y propio de su sujeto (Cfr. DK 22 B 1)-; y por tanto recogemos del efesio esta brillante y límpida razón para decir razón es guerra y guerra es razón –siempre y cuando no se haga para la ‘paz’, ya que entonces Guerra sería Fe, Idea, Muerte-, y sólo en el permanente rodar de la razón –ya que la razón, tal y como venimos diciendo, no llega nunca a conclusión alguna, no cierra nunca su enunciados y siempre está negando, diciendo NO- se puede llegar a concebir esta guerra sin final, sin paz posible… y sin embargo, con ese no sé qué de alegría, con esa sensación de ir recuperando el misterio, metro a metro, trinchera a trinchera, los lugares, las plantas, los animales, los libros, los amores, las canciones y los momentos, libres ya de toda ‘paz’ perpetúa que parecía estar matándolos por dentro.