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jueves, octubre 08, 2009

Las mentiras de las cosas


Pues sí eso, que las cosas mienten, así de claro. De hecho mienten constantemente.

Y ustedes, con más o menos razón, pueden que se pregunten: «¿Cómo? Un árbol, cuando está ahí parado, nada más con su sola existencia, sin hablar, sin hacer nada, sin agitarse ni moverse, sin conciencia, sin lenguaje… ¿puede mentirme?» Sí, lo hace… o por lo menos lo intenta, ya otra cosa será que uno esté lo suficientemente alerta o no, para tragarse la mentira –ya que lo más seguro es que el árbol es lo suficientemente inteligente para no tragarse la nuestra (porque naturalmente, al ser nosotros cosas de la realidad no tenemos otro remedio que mentir)… e igual sucede con las mesas, los perros y jamones… todos ellos mienten.

Y a pesar de lo extravagante que pueda parecerles esto, veamos si podemos decirlo de alguna manera que se pueda entender.

Primero hablaremos de los filósofos o los creadores de opinión –que por una extraña razón han quedado fuera durante todo este tiempo, cuando, al ser ellos mismos los grandes soportadores de la Realidad, tendríamos que ya haber disparado algunas que otras ráfagas más claras anteriormente-, y que van por ahí haciendo las descripciones en sus doctos libros de actualidad y de análisis de sociedades de masa y de consumo, retratando tal o cual pulsión social, denunciando aquella operación bursátil irregular, retratando, en fin, al hombre moderno entre sus miserias…

Y, no sé que les ocurra a ustedes, pero lo que es aquí la duda que constantemente me corroe, es que sentía un no sé qué de rechazo contra las cosas que decían. No sabía en principio por qué, por ejemplo, al leer a Foucault, a Baudrillard o a Wittgenstein, a Derrida, a Deluze e incluso a la gran panoplia de escritores hijos del marxismo… no sé… algo me daba mala espina, algo no acababa de cuadrar en lo que decían –a pesar de que sus análisis eran inexcusables, incluso adecuados-,


(aunque eso sí, después de mi casual encuentro con los estudios de los filósofos
griegos –del que, por una cosa u otra, me resisto a salir- he empezado a
despreciar con toda mi alma a toda esta caterva de creadores de opinión que se
ponen a fabricar Realidad para ir agrandando el Poder de la estructura dominante
por medio de la invención –constante y cada vez más estúpida- de conceptos, de
Ideas, de definiciones… cosa por demás, no sólo imbécil e inútil, sino peligrosa
y hasta malévola… disfrazando de contenidos sutilísimos y complejísimos
conceptos (diferancia, epistéme, plano de consistencia, agenciamiento, etc.) de
significado que oscurecido apenas y dice algo y, estoy seguro, labor contraria a
todo uso del razonamiento común y simple que nos dice que es una estupidez
seguir fabricando conceptos e ideítas para las batallitas intelectuales, cuando
los propios conceptos, aparentemente más simples y límpidos –que los griegos nos
presentan- siguen siendo tan oscuros e impenetrables como mentira)

pero que yo no conseguía del todo asimilar y asentir ante él. Y creo haber descubierto la cuestión: Diciendo al Mundo, diciendo lo adecuado a la cosa del mundo, seguían mintiendo…

Y esto que ocurre con los decires sociales, los discursos sobre lo que pasa entre los hombres, es perfectamente trasladable a lo que pasa con los discursos sobre la naturaleza y las ciencias.

Eso me preocupó: eso significaba que el mundo mismo era un mentiroso. Y cada vez que lo pensaba mejor estaba más claro: las cosas mienten. Basta observar una mesa o una pared, o un pescado o un documental de animales, para darse cuenta que las cosas mienten.


(Naturalmente ustedes dirán: ¿Cómo pueden mentir si no tienen lenguaje? Ya que
quizá la característica primera de un lenguaje es que se pueda mentir con él…
Pero la cuestión es que sí tienen lenguaje, los árboles hablan… y hablan porque
son vistos. –Queda pendiente un artefacto que nos ayude a pensar las relaciones
de al visión con el lenguaje y de lo visto con el que ve, para que veamos de qué
manera ver es un acto lingüístico-),

y en fin, que no hay otra manera de entender que las cosas sean las cosas y aún tengan la capacidad de ser ‘verdaderas’ sino como producto de un gran milagro –esto es, una gran mentira.

Que contando lo adecuado al mundo –es decir, lo que pasa- (ya en un documental de pececillos, que los vemos unos grandes comerse a los otros chicos o al mono líder que pega y somete a la mona y al resto de monitos)… encima de ello –aunque no se diga de sopetón, sino que sea otra cosa más sutil la que actúa por debajo- se dice: Esto es la Verdad.

Por ello no pocas veces animales han sido tomados como ejemplo del hombre –debido a que el animal, en su aparente mudez, debía tener algo más de cosa (esto es, de Naturaleza)- que los seres humanos que ya tenían cultura, historia y demás. Y no pocos se quedan tranquilos con argumentos del tipo del darwinismo social –que como el monito le pega a la mona y sodomiza al resto de sus congéneres de la manada, no hay más remedio que seguir la Verdad de la cosa que nos la grita- puesto que lo veían en el espejo sabio de las cosas: y someter a las mujeres y hombres…

En efecto: estos verán en la colonización de la hierba mala, la proliferación de plagas, el constante ir y venir de la historia en sus narraciones, el surgimiento y resurgimiento de poderes y líderes y caudillos y sanguinarios y sociedades de consumo y modas y asesinos la flor de lo Verdadero. Y seguramente no pocos, resumirían su argumento en: «Pero si así son las cosas, amigo mío, ¿cómo rebelarse contra la Realidad?»

Porque, hay que contestarle, las cosas también están mintiendo. Así de simple: lo que dicen no es verdad. ¡No hay verdad en nada de lo que dicen! ¡Porque hablan y mucho! (Lo suficiente como para justificar en ellas las atrocidades del Poder, y eso ya es demasiada mentira, creo yo).

Sí, el mono atiza a la mona, el pez grande se come al chico y los líderes sanguinarios se suceden –y quién sabe si se sucederán- en la Historia constantemente… ¿y acaso ello significa que es Verdad? ¿Qué es lo que nos hace suponer que debajo de la cosa, debajo del mono, debajo del pez, hay una contradicción brutal que parece resolverse, pero que perennemente está siempre en una discordia profunda?

¿No hay una fuerza por debajo de las cosas, no ya que les está dando su ser, sino que las está sometiendo constantemente a través de distintas máquinas (teckné: arte o técnica), para que justamente parezcan ser las que son?

¿Qué poderosa fuerza, qué violencia, qué mentira tan poderosa tiene que estar convocando constantemente esta mesa sobre la que escribo para no deshacerse bajo el peso de mis libros y mis codos?

(Volveremos otra vez sobre este problema a propósito de los fragmentos de
Heráclito –que ya hemos comentado en otra ocasión y sobre todo las reflexiones
del sofista Antifonte sobre el ser de las cosas y las críticas de Aristóteles al
buen sofista)

La cosa no es la cosa y al decirnos lo contrario miente. Porque se presenta como Una cuando es muchas: se nos da como un mono que atiza a la mona y no como un mono que se atiza a sí mismo para atizar a la mona –y quién sabe cuantos monos tenga dentro de sí que atizándose duro estén imponiendo la Mentira como una Verdad.

Por otro lado hay que hablar propiamente del lenguaje de la cosa. ¿Cómo se puede decir algo ‘adecuado’ a la cosa? ¿Cómo podemos decir algo que sea adecuado a una cosa, sino porque la cosa, en sí misma, antes de poder decirla, es ya pura palabra? ¿Cómo una locución –un enunciado- puede adecuarse a una cosa, a algo que supuestamente es mudo? ¿Cómo, en resumidas cuentas, podemos decir al mundo?

Quizá esa es la raíz de que las cosas mientan: mienten en la medida en que quieren pasar por Verdades del mundo. Por ello las ciencias y la Realidad necesita desesperadamente que las cosas estén mudas –repitiendo constantemente la tautología de ser las que son-, ya que si hablaran, necesariamente tendríamos que preguntarnos: ¿Mienten?

Este sinsentido llega a su límite último cuando decimos algo de ellas –creyendo, naturalmente que son ellas las que hablan, nombrándose a sí mismas- y que encontramos su Verdad. La Verdad –ese enunciado que pretende ser uno que el mundo (y por tanto no hablar, sino simplemente ser espejo dél)- quiere llegar a ser la homonimia del mundo. Que cuando se dice la Verdad sólo se está mostrando al mundo con su mudez más profunda.

La peligrosidad que entraña esto está en la aniquilación de cualquier voz de abajo. Esta en la supresión de lo otro que se esconde debajo de la cosa –que no vamos a caer en la tentación de decir que es más verdadera, pero que por lo menos está ahí y lo atestiguamos mudos de asombro-, y en ello van encaminadas todas las fuerzas del Poder.

Tampoco, ni siquiera, hablaremos por eso que bulle debajo nuestro. No es necesario. No estoy seguro que sea lenguaje –por lo menos no es el mismo lenguaje que utiliza la ciencia-, sino que, si habla no miente tanto… sigue hablando (no es mudez callada, ni sortilegio cerrado), sino índice que muestra lo abierto del mundo: Utiliza palabras tan simples y tan plenas como ‘esto’ / ‘ahí’ / ‘eso’ / ‘ello’; palabras que sólo indican: y aunque no posean significado, algo dicen al corazón, algo que no sé que es, ni pretendo someterlo a las explicaciones de la ciencia, está ahí… (por cierto, no tiene nada que ver con Dios, sino muy posiblemente es lo contrario; ya que, como dicen los Teólogos Dios es Palabra –lógos-): entre las flores, entre el correr límpido y claro de los arroyos y no es mentira… ¡No es mentira! (Aunque, evidentemente, tampoco sea Verdad).


miércoles, agosto 26, 2009

«Al negro llaman Juan Blanco»

Este refrán, que se cree que sirve para señalar a los lisonjeros, hay que aplicarlo a toda la Realidad. La sabiduría popular a veces nos esconde las más vivas máquinas contra el Poder entre sus decires: esto es que el Poder se precia en torcer todo lo que muestra.

Llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno. (Y aunque la fórmula sea un poco exagerada, es, por lo menos, un buen camino para combatir las mentiras de las Verdades). Por eso llaman a las Fiestas felicidad y al Aburrimiento tristeza. Por eso llaman a la Familia amor y al Desconocido peligro… la mentira es absolutamente necesaria para el Poder, porque si no, si de pronto, vemos que Juan Blanco resultó que no era tan blanco… ¿a qué riesgo se enfrenta la Realidad si descubren que eso a lo que llaman Vida –dineros, futuros, movimientos de capitales, etc.- en realidad era la Muerte?

viernes, julio 10, 2009

¿Qué es filosofía? Contra este blog y la domesticación de la duda


«La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.
Agamenón.- Conforme.
Su porquero.- No me convence.»

Don Juan de Mairena.



A pesar del título este texto no pretende dar cuenta de lo que sea filosofía.
Las razones que me mueven a escribirlo son muchas y muy variadas. La primera de ellas es recordar y aclarar que esto no es un blog de filosofía (y aunque puede que en las categorías aparezca como tal –ya que todo, para la Realidad, tiene que aparecer catalogado y etiquetado), sino únicamente son un montón de textitos que más o menos pretenden romper con lo que la filosofía trata de conocer.

Esta duda me asalta porque a veces creo, como algunos de mis colaboradores me han hecho saber, que el riesgo siempre latente de dejar de combatir la Realidad y pasar a reforzarla distrayéndonos con filosofitos, filosofantes y nombres empolvados de la Historia de las Filosofías.

Es cierto que nos valemos de razonamientos de otros que ya han razonado algo sobre lo que pensamos –y seguiremos haciendo- y da la extraña casualidad de que estas personas eran filósofos… -aunque las canciones que aparecen debajo de cada uno de los textos ha veces acierten tanto o más que los propios razonamientos-, pero si razonamos con sus razonamientos es porque estamos, de alguna manera, firmemente convencidos de que sus razonamientos no son suyos. Quisiera tirar el nombre y quedarme con lo otro… ya que el Nombre Propio, sea de Heráclito de Éfeso o de Giovanni Versace, son los que comienzan a dar categoría de Realidad a las cosas.

El propio Nombre con el que firmo y que se supone que es el mío, bueno… me provoca muchos reparos. Pero ahí quede… que los motivos de que ahí aparezca sean siempre claros y distintos: el más puro de los miedos.

(Habrá que pararse a explicar esto más detenidamente en otra ocasión)


Pero al revelarnos contra la filosofía, al decir: esto no es filosofía, nos queda la pregunta pues: ¿Qué es filosofía y por qué esto no lo puede ser?

Bueno, primero que nada he decir que ‘filosofía’ la utilizaré, sin el mayor empacho, sin detenerme a ver sus ‘verdaderos’ significados –si acaso la filosofía es más que la ciencia, es una ciencia entre las ciencias o es una mera enjuiciadora de los enunciados científicos-, sino únicamente me limitare a su estrato más Real… es decir, a las Facultades y Manuales y Libros de Filosofía: a sus nombres.


Lo primero que he de decir es que no hay cosa más triste que se le haya podido hacer a la inquietud y la pregunta de cualquiera que hacerla licenciatura. No existe enemigo más sigiloso de la duda y del asombro que la propia Facultad de Filosofía…

Cuando casi unos niños entregan la inquietud y la extrañeza de este mundo a un montón de catedráticos que difícilmente saben ir separando lo que es la redonda mentira de la Realidad (historias, nombres, textos, cánones, ciencia positiva) y lo que es de verdad razonamiento, duda y rebeldía… (porque la razón, si de verdad es razón, sólo puede ser rebelde). Acaban licenciados, intercambiando articulitos en revistas de divulgación universitaria sobre las hipóstasis plotinianas…

Y esa es, al fin y al cabo, la gran tarea de la Educación y Pedagogía Oficial: Domesticar las dudas, apaciguar los asombros, silenciar las aporías en las que acaban cada una de las cosas…


Porque los filósofos llegan a aceptar la mera enunciación que se repitió entre los escolásticos: La Verdad, dicen, es decir lo adecuado a la cosa.

(De esta manera –y únicamente de esta manera- se pueden construir
las tesis doctorales soporíferas que están obligados a redactar:
El vaciamiento
de significado de los noúmenos ideales en la teoría comunicativa de Jürgen
Habermas
o acaso,
Influencias del imperativo socrático-délfico del gnoti seautón
en el estoicismo romano de Marco Aurelio Antonino
… Porque se vive de la creencia
de que tanto la teoría comunicativa de Habermas o Sócrates o Marco Aurelio, son
cosas… de las que se puede decir lo adecuado y así revelar lo prístino de los
límites del objeto a tratar.

Esta clara mentira se derrumba ante el sólo
testimonio del más leve del sentir: ya que Habermas no puede ser Habermas y
Sócrates tampoco puede ser Sócrates. No se puede decir nada adecuado al
estoicismo romano, ni admite ninguna cosa que se le cierre y se le describa de
manera absolutamente adecuada. La cosa siempre se deshace y eso es lo que la
filosofía ha olvidado desde hace mucho tiempo.)


Se dice que Pitágoras (D. L., I, 12) que respondiendo al León, tirano de Sición, que le llamo sabio: «dijo que nadie era sabio más que la divinidad. Antes se la llamaba ‘sabiduría’ (sophía), y sabio al que hacía profesión de ella, que debía destacarse por la elevación del espíritu. Filósofo es el que ama la sabiduría.»

Como siempre sucede con los filósofos, tenemos que quedarnos con algunas partes y desechar el resto. En algún momento este enunciado tan simple y tan complejo a la vez se ha llegado a resbalar de toda memoria: simple porque en su buen sentido sabe reconocer que la sabiduría es imposible para lo que muere y que ningún mortal puede atrapar con su boca a Doña Verdad; complejo en su error, ya que supone que aunque no pueda haber Verdad entre los hombres necesita seguir creyendo que aún existe la Verdad en algún lugar de las divinas constelaciones.



Por esta simple y sencilla razón es imposible decir Verdad y por tanto decir lo adecuado a la cosa. Ya que la cosa, en la medida en que sea ella misma, está mintiendo. Las cosas, en tanto que hablan –y es a ese discurso al que el filósofo pretende unir el suyo-, son absolutamente capaces de mentir. Cuando se muestran cerradas, hechas, derechas y bien limitadas, cuando se prestan más a que nuestros hablares se ajusten de fácil manera a ella, es en ese momento cuando más está mintiendo.

Por ello el filósofo se ha confundido –esto es, los licenciados de filosofía- y en algún momento han llegado a creer que decir a la cosa era decir la Verdad de este mundo. Que al mundo se le podía someter a explicación –sea en el fenómeno que sea: desde los medios de comunicación hasta los movimientos de los átomos- es imposible.

Y sin embargo ahí los tienen: catedráticos, maestros de bachillerato, manuales de filosofía, latigueando las inocentes espaldas con nombres y fechas y memorizaciones de teorías para alimentar yo que sé qué desconcierto y los niños se pierdan y confundan sus dudas y lo vivo de los razonamientos con Nombres y su parafernalia… que para lo único que sirve es para repetirse y seguir haciendo infinitamente lo que ya estaba hecho desde siempre.


Por eso hay que decir que la filosofía no es una herramienta contra la Realidad. No puede ser un arma, porque ella misma, en sus formas institucionalizadas se ha vuelto parte de la Realidad misma –y aunque esto fuera más claro antiguamente, cuando los regímenes teocráticos se sostenían justamente por los filósofos oficiales de turno y se combatían con una ferocidad virulenta toda herejía teorética-, los modos de accionar de la Filosofía, reconvertida en una mera institución más apocada entre las facultades de Ciencias Productivas –que también, evidentemente, son nuestro objetivo a atacar-, que a lo que se dedica es a domesticar la pregunta viva de todos los corazones…

Otra cosa será en qué medida algunos de los enunciados de la filosofía –sin importarnos de dónde vengan- puedan servirnos –como de hecho aquí de ellos nos aprovechamos como meras máquinas- para siempre servir a la rabia viva que nos tiene que estar acosando todos por el simple hecho de estar aquí. Y, naturalmente, reconducir la tarea original de todo razonamiento que es, no decir verdad, sino decir a la mentira que miente.