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miércoles, diciembre 08, 2010

La inteligencia



Alguna vez, no recuerdo a santo de qué, habíamos quedado entre estas mismas letras, si alguno hubiera quien las lea, en decir que es eso de inteligencia.

Promesa de sobra pretenciosa y algo bastante pedante de mi parte, que viendola en perspectiva no tenemos más remedio que reconocer que nos será impoible determinarla aquí. Acaso, sea por la mera imposibilidad que decía ese alemancillo vestido de tirolés: eso de que en cualquier pregunta que se esté intentando invocar al SER de cualquier cosa, en realidad la pregunta ya no apunta a la cosa, sino a la propia condición de SER, y ¿qué es ‘ser’? Es la verdadera pregunta que se pregunta cuando se pregunta cualquier estupidez como: ¿Qué es un perro o un zapato?

Bueno, bueno, dejemos estas tonterías filosóficas, quien quiera saber más Cfr. Hediegger, Martín, ¿Qué es metafísica? p. 104 de la edición de Gesamtausgabe de Klostermann.

Pero, como imaginaran, esta imposibilidad de decir el ‘ser’ de la cosa, no debe, ni mucho menos, clausurarnos los labios. ¿Por qué? ¿Acaso no van por ahí diciendo los psicólogos o los pediatras o los científicos de turno lo que es la sacrosanta inteligencia? ¡Naturalmente que hay que intentar indagar en la cosa! A lo cual acaso tengamos que acudir a esa técnica de contra luz que utilizan los magos en sus rutinas de silueta. Sin saber exactamente que ocurre dentro de la sombra, por lo menos contentándonos con siquiera encontrar los límites de la misma: diciendo lo que no es de la cosa, algo habremos hecho de bueno… ¿no es así? Por lo menos para reconocer que lo que se dice de ella positivamente –diciendo el QUE ES, de la cosa- siempre está mintiendo.

No. Inteligencia no es, como dicen algunos darwinistas en sus sueñecitos de entenderla, la capacidad de adaptación al medio. Tampoco es algo que puedan nuestros más juiciosos y minuciosos pedagogos, medir en probeta ni matráz alguno de notas, calificaciones y diplomas. Inteligencia no tiene nada que ver con la escuela, ni con las matemáticas, ni el conocimiento, ni la ciencia. Mucho menos, acaso, con habilidades puramente técnicas como mecanografiar, tocar el piano o hacer dinero.

Y para adentrarnos un poco, para intuir un poco los bordes de la cosa, nos valga acaso esos juegos de etimologías. Porque bien es cierto que INTER-LIGERE significa propiamente ‘ENTRE-LINEAS’ y va a resultar que lo inteligente es justamente aquello que no está en ninguna de las líneas, sino justamente entre ellas.

Pero aunque la metáfora del propio decir acaso se refiera a la línea textual de un libro –cuando acaso en las escuelas medievales se dedicaban a la lectio y no faltaba algún habilidoso que leyendo un texto, sabía leer cosas que no estaban escritas en él-, lo cierto es que podemos salir, cual hombre renacentista, de la cosa puramente textual y ver que el mundo, en su secreto, es siempre un chisporroteo constante de lenguaje:

¡Luego el inteligente será aquél que sepa ver entre las líneas de lo que hay!

Líneas que no son otra cosa que las cosas, así en bruto. (Cómo aquél poema de Machado que comentamos hace ya mucho tiempo). Así pues lo que tenemos ante nosotros no es una propiedad de las cosas: ¿cómo, Por los Santos y Sangrantes Clavos de Cristo de los Gitanos, podrá un hombre ser inteligente, si justamente la inteligencia es la que lo tiene necesariamente que estar sacando de su ser –puesto que él, al ser cosa, no podrá ser sino una de esas LÍNEAS, a la que la inteligencia tiene que esquivar para ponerse en práctica? O lo qué es lo mismo, dicho de manera más simple: que uno, mientras intelige, no puede ser él mismo.

Entendido como persona e individuo.

Todo esto por hacer eco de aquella frase del sabio de Éfeso, Heráclito el oscuro, recogido por la edición de Diels y Kranz en el fr. 108 sacado del Florilegio de Juan Estobeo, que dice: «De todos cuantos he oído razones, ninguno llega a tanto como a reconocer que lo inteligente está separado de todas las cosas.»

Y aunque esta afirmación, soltada así nomas pudiera parecer tan epistemológica que aburre, lo cierto es que no hay nada de lo que aquí se trate que no tenga que ver con esa guerra con la Realidad que nos traemos –que en el fondo no es otra guerra que contra este idiota que la escribe (y que si alguno de los lectores comparte tal idiotez, pues en algún sentido le ayuden los planos y planes de guerrilla que se me ocurren, mejor que mejor).

Pues, claro que por una afirmación relativamente semejante a esta que nos contó el tal Heráclito, se nos transmite también en un fragmentillo del De anima de Aristóteles que ya en su tiempo hizo correr ríos de tinta, cuando no alguna que otra cabecilla de algún franchute averroísta del s. XIII. Me refiero al libro III, capítulo 5. En donde dice, textualmente, según la traducción de Calvo Martínez, T.: «Así pues, existe un intelecto que es capaz de llegar a ser todas las cosas y otro capaz de hacerlas todas; este último es a manera de una disposición habitual como, por ejemplo, la luz: también la luz hace en cierto modo de los colores en potencia colores en acto. Y tal intelecto es separable, sin mezcla e impasible, siendo como es acto por su propia entidad. Y es que siempre es más excelso el agente que el paciente, el principio que la materia.»

(Y sí, este capullete macedonio se atrevía a llamar a Heráclito ‘oscuro’)

En fin, que más o menos, resumiendo, Aristóteles llegó a concebir en su serie de intelectos y tipificaciones del mismo (el inicio mismo de la psicología), un intelecto potencial, una especie de saber que tenía que estar separado del individuo, un saber que no podía ser parte del agente que traía al acto su potencia a través del acto de inteligir. Claro que, sin tomar demasiado en cuenta la terminología peripatética que prácticamente sólo sirve para el propio Aristóteles, la reformulación de semejante decir, generó una de las polémicas más duras del cristianismo contra el averroísmo y cuya nota final nos la transmite Santo Tomás en su De unitate intellectus contra averroistas, en donde la base de la polémica se haya en la posibilidad de que el intelecto esté SEPARADO de los sujetos, de los individuos.

Ya que, claro, ¡nefastas consecuencias se cernerían sobre el cristianismo de ser así! Como igualmente nefastas serían las consecuencias para esta sociedad de masas si alguien, de pronto, contra ese mandato de idiotez ilustrada –el sumergimiento en mí mismo como la suprema autoconciencia de mi ombligo-, si alguien se encargara de recordarles: cuando ustedes piensan de verdad, no pueden ser ustedes mismos.

¡Pero claro! ¿No estamos todos haciendo aquello que nos gusta? ¿No se está jugando constantemente con que es justamente que lo que nos gusta a todos –en particular- es justamente lo que hacen todos en bloque? Ver los mismos programas de zombies, jugar los mismos juegos de guerritas, leer las mismas novelas de vampirucos y policletos suecos, escuchar la misma música de rimpompun pun pun, hasta llevar el amarillo y el negro según la temporada que nos mande la diseñadora o ¿por qué no decirlo? ¿acaso escribir en un blog de estos para dárselas de muy escaqueado del sistema?

No señores, no. Son justamente los individuos los que son tan dóciles, tan miedosos, tan absolutamente inofensivos para cualquier orden. ¿O qué? ¿No os dais cuenta que lo que quería salvar justamente Santo Tomás era esa docilidad del individuo? ¿Qué lo que realmente quería sostener el aquinatense era justamente la posibilidad de que el individuo se salvara: que el intelecto, al estar unido al hombre –a su alma- era justamente aquello que pervivía tras su muerte? ¡Lo mismo ahora, señores, sólo que remozado como un cartucho deportivo!

En fin, en fin… que bueno, basta de tanta moralina, que también cansa. Quedémonos, como tendría que ser siempre, sin ese tremendismo por el que a veces me dejo arrebatar. Y es que nada más hace falta una ligera pérdida de esa sensación, una… una como nublazón de los ojos del amigo o la amiga, para que de pronto, entre ambos, entre tú y yo, ¿quién lo sabe? Se inaugure otra cosa… una cosa que no es ni tuya ni mía. Una cosa que no es cosa porque siempre está entre las cosas. No, yo no soy inteligente. Sólo al perderme yo, acaso brote algo de sensatez de lo que digo… sólo entonces, quizá…

Como dice el maestro en su Sermón del Ser y no Ser:

No me queda más remedio que esperar que en ti se diga, lo que yo no puedo decirte.


jueves, octubre 01, 2009

Entre el cielo y el suelo: Tales de Mileto, movilidad y conocimiento


Bien conocida es la anécdota que nos transmite Platón en el Teeteto (174a) sobre Tales de Mileto -al que se llamó de entre todos, al primero que generalizó la investigación de la naturaleza (phisikoi historías)-:

«Como también se dice que Tales, mientras estudiaba los astros… y miraba hacia
arriba, cayó en un pozo, y que una bonita y graciosa criada tracia se burló de
que quisiera conocer las cosas del cielo y no advirtiera las que tenía junto a
sus pies.» (DK 11 A 9, Los Filósofos presocráticos, Ed. Gredos, fr. 10,
trad. Juliá y Eggers Lan)

Muy a parte de cualquier consideración de si esta anécdota fuese verdad o fuese una mera fabulación a costa de la figura del sabio

(es ya bien conocido que en la época clásica, la figura de Tales –una figura que
entre los atenienses debería tener un cierto exotismo debido a su origen jónico-
era un especie de prototipo de científico –p. e., este fragmento de las Aves de
Aristófanes, en una conversación en que Metón da cuenta de la manera correcta de
medir el aire: «METÓN: Mido por medio de la regla recta, de modo que el círculo
se convierte en cuadrado… / PISTÉTERO: ¡Este hombre es un verdadero Tales!» (
Los
Filósofos presocráticos
, Ed. Gredos, fr. 31, trad. Juliá y Eggers Lan), y aunque
el episodio es claramente burlesco, deja clara constancia de la manera en que
Tales era tratado entre un público medio),

además de que, por lo general, todas estas discusiones de si es verdad o mentira que, efectivamente, en algún punto situable de la historia, el buen milesio anduviera caminando por ahí mirando quién sabe cuál constelación cuando de pronto, ¡zaz! que se cae en un pozo en el momento justo en que una esclava tracia estaría fregando o haciendo labores propias de esclavas y, efectivamente, la muchacha se riera del sabio y que esa risa fuera movida por que « quisiera conocer las cosas del cielo y no advirtiera las que tenía junto a sus pies»; y en fin, que el decir de estas cosas si son ciertas o falsa (pasatiempo favorito de nuestros filólogos y ordenadores de textos y doxografías) distrae tanto y tan estúpidamente que al final uno no acaba haciéndose cargo de lo que está tratando de decirnos la anécdota en sí misma.

Por ello vamos a ir recogiendo testimonios y hasta pseudo-fragmentos de Tales de Mileto, importándonos muy poco la docta opinión de los filólogos de si esta palabrita que se usa aquí es demasiado moderna para haberla podido usar un jonio del s. VI a. C., o si la supuesta Astronomía náutica que se le atribuye en Diógenes Laercio (I, 23) era más probablemente de Foco de Samos y que es prácticamente seguro que el primero de los investigadores de la naturaleza –siempre utilizando la terminología peripatética- nunca haya dejado nada escrito y únicamente podamos estar seguros de que dijo algo sobre el agua y realizó varios experimentos de geometría… es decir, que no nos vamos a ocupar históricamente de la figura de Tales

(ya que eso, ¿quién lo duda?, sería generar más y más Realidad –aunque hacia
atrás, tal y como lo hacen nuestros arqueólogos y prehistoriadotes que al
encontrar un huesito o un triangulito fragmentado de una vasija en la Anatolia,
ya nos ofrecen imágenes prístinas de civilizaciones e Historias-)

sino que más bien vamos a ‘hablar con Tales’ o por lo menos a hablar con los testimonios que nos han llegado de él y ver qué podemos sacar de las cosas que nos dicen que decía –sin importarnos si las dijo o no- y de qué manera podemos servirnos de ellas para atacar la Realidad.


Mantengamos pues esta anécdota en la mente: Tales cayéndose a un pozo y la esclava burlándose de él.

No es poco significativa la anécdota en sí misma… no sólo por lo pedagógico del cuento, sino por sus elementos: Tales de Mileto y el cielo / la esclava y aquello que tenía junto a sus pies.

(Sin pararnos demasiado en hacer análisis psicoanalíticos, que ciertamente por
lo general conllevan un cierto grado de ‘Realidad’ que la verdad me desagrada
mucho, podemos incluso ver de qué manera el Cielo es siempre el Poder del
Hombre, esto es, el Poder de la recreación de la Realidad y el Suelo, la Tierra,
es siempre mujer –y mujer dominada, esto es, esclava- y aún así se ríe)…

Pero esta anécdota cobra mucho más sentido si leemos unas supuestas palabras que el buen Laercio nos deja constancia en el pasaje en el que se ocupa sobre las posibles obras escritas de Tales:

«Según otros sólo escribió dos obras: Sobre el solsticio y Sobre el equinoccio, por qué estimó que lo demás es incomprensible.» (sigo la trad. Ed. Alianza, de García Gual, aunque con ciertos arreglos… lo llamativo es que el traductor en la versión entrecomilla lo que aquí subrayamos, cosa que le da un carácter de fragmento, aunque para lo que nos ocupa innecesario)


Cuando juntas un testimonio y otro, la risa de la esclava se tiende a contagiarse.

Más allá de las concepciones griegas del Universo y el cielo (que culminan y terminan con Aristóteles –ya que, creo yo, que el sistema ptolemáico ya forma parte de otra cosa, de otra inquietud que no tiene nada que ver con la teoría, sino con el arte de la predicción astronómica para la utilidad en la navegación-) que siempre tratan de reflejar al cielo con la uniformidad y claridad del kósmos –esto es, del orden-; lo que está diciendo es que sólo lo divino, lo ordenado, lo de arriba –lo que raya en lo ideal- es únicamente lo cognoscible, lo que se puede conocer. Mientras que lo de abajo, lo que está pululando junto a los pies, lo que está sumido en un movimiento sin fin –aunque entendamos movimiento como mera indeterminación y no movimiento como lo entendería Aristóteles-, los esclavos, las mujeres, lo ilimitado del mundo encerrado en el misterio, está libre del sometimiento a la delimitación que requiere el saber.

Naturalmente estas son sólo metáforas más o menos válidas, pero no son del todo inadecuadas para guiarnos la manera en que debamos atacar la Realidad: por un lado tenemos al cielo / Dios / orden / filósofo / señor / amo / conocimiento / arriba / yo / conciencia / voluntad / Idea / la seriedad / muerte / individuo, etc. y del otro tenemos al suelo / lo pagano / lo sucesivo / ¿el poeta? / la mujer / la esclava / el misterio / abajo / ello / subconsciente / ¿deseo? / razonamiento / la risa-alegría / vida / pueblo, etc.; y aunque hay ciertas cosas que podrían discutirse largamente y pueda que no sean del todo adecuadas, nos sirve bien como mapa de lo que decía.

(Quizá lo que sí hay que decir es que este mapa no quiere constituir ninguna
dicotomía o dialéctica simple; esto es, no quiere decir que lo que se opone al
Señor sea la Mujer en tanto que Mujer tiene que imponerse sobre el Señor y la
lucha es de igual a igual Hombre v.s. Mujer y Mujer v.s. Hombre, como Machismo
v.s. Feminismo –y así en todos los pares-. Sino que mujer no puede ser algo
positivo que oponer al Hombre. Simple y sencillamente podríamos decir: mujer es
lo que no es Hombre, y nada más; esto es, que no hay un ‘ser’ de la Mujer que
pueda suplantar al ‘ser’ del Hombre, ya que, como se ve, eso sería reemplazar la
Realidad (el Poder) del Señor por la Realidad (el Poder) de la Mujer y
convertirla en Señora. Esto sería, claro está, dejar indemne a nuestro verdadero
enemigo –que no son hombres ni mujeres- sino la Realidad. Por tanto el suelo y
todos los pares que le van a la zaga son únicamente la negación pura y dura de
lo que se nos está imponiendo desde arriba, esto es ser Hombres, Individuos,
Amos, Señores, dueños de nuestra Voluntad y Mortales ya muertos)


Por ello no tiene que resultar ni extravagante ni una conclusión esotérica –sino puro sentido común- que cualquier investigación epistemológica sea un acontecimiento político –mil veces más político que la hueca asistencia a las urnas o esos fúnebres debates de los administradores de muerte-, y así cuando se nombra una cosa y se le quiere delimitar y definir, lo que se le intenta es someter a los regímenes del cielo. Cuando se toma a la mujer o a la vida o a la alegría y se le intenta hacer formar parte de esa constelación del cielo –eso que Platón llamó el topós hiper uranus- lo único que se hace es someter a los límites a la cosa y matarla –tan muerta como los amores de nuestro Amado.

Naturalmente ello ya nos indica el camino… ¡Negarse a entrar a esas mentiras! Negarse a morir entre los límites del conocimiento, ya que todo lo vivo, necesariamente, tiene que fluir y moverse, tiene que resistirse –como se pueda- ante el sangriento mandato de la Muerte.

(¿Se va viendo que esta guerra contra la Realidad pasa, fundamentalmente, por la
necesidad de negarla y que ya con el simple hecho de negarla algo de vivo, sin
saber de dónde ni cuando parece brotar de los corazones?)

Aunque quede como apunte para otros ulteriores desarrollos y ataques –aunque ya lo empezamos más o menos por acá- el saber que necesariamente tiene que haber un intermedio entre el cielo y el suelo; tiene que haber un espacio en el que la Realidad se fundamente –ya que no puede fundamentarse en el misterio de las cosas-, tiene que encontrar algo que esté otorgando calidad de Verdad a esas cosas que relucen en lo alto… y esto no es otra cosa que lo que, mal que bien, subsiste de alguna extraña manera entre la vida y la muerte; entre el misterio y la tautología: la técnica.

Ya dijimos cuando hablamos contra la máquinas, el hecho de que es justamente la Máquina la que viene a sostener la Ley de la Física (o cualquier otra forma de conocimiento) –y no al revés, como se pretende hacernos creer-: la máquina al subsistir pretende estar estableciendo un contacto entre las cosas y los éteres de la Realidad: la técnica y su funcionamiento es lo que permite enlazarlo todo… la utilidad es la que otorga Verdad a las luminarias inalcanzables del cielo. La geometría de Tales de Mileto no sería la que es si no hubiese servido para enriquecerse con las aceitunas o para atravesar el río con el ejército que comandaba (Cfr. DK 11 A 6).

Por ello son las propias máquinas las únicas que pueden servirnos para destruirlas… para demostrar lo falso del cielo. Según como lo decía Heráclito en el DK 22 B 56, con ese acertijo engañabobos que, según algunas tradiciones, acabó matando al poeta, siempre según la traducción de don García Calvo:

«Engañados están los hombres tocante al conocimiento de las cosas aparentes y reales por manera muy semejante a la de Homero, el que vino a ser más sabio que los helenos todos: pues también a él unos niños que andaban matando piojos le engañaron al decirle “Todos los que vimos y cogimos, ésos los vamos dejando, y todos los que no vimos ni cogimos, esos los traemos.”»



miércoles, septiembre 09, 2009

Sin tregua...


Este fragmento de Heráclito (que en la edición de Diels Kranz está en el 53), podría traducirse (siguiendo siempre la versión del maestro García Calvo –Razón Común, edición crítica, ordenación, traducción y comentario de los restos del libro de Heráclito, (Lecturas presocráticas II), Ed. Lucina, Zamora, 1984):

«Guerra de todos es padre, de todos rey.»

Válganos de epígrafe para hablar, un poco más detenidamente, de esta guerra contra la Realidad. Y lo hago principalmente para que quede bien sentados los motivos, para que no se crea que esto es una propuesta más del arte y sus formas más o menos literarias; y de paso detenernos el tiempo que resulte necesario en el tema de guerra y paz y sus aledaños, tan confusos y tan idealizados, de los que hay que decir alguna que otra cosa.


Primero, si decimos que esta Guerra no tiene fin –ni tiene paz posible- es porque cualquier paz es la reestructuración de la Realidad misma, esto es, del Poder. Si decimos Guerra –un nombre un poco rimbombante y problemático, aunque no inadecuado- es porque estamos obligados a ello: si se pudiera, tranquilamente, yo llamaría a esto simplemente ‘razonar’ la Realidad, ‘desmontar’ la Realidad o –según ese verbo prostituido de Derrida- ‘deconstruir’ la Realidad…

Si no podemos llamarlo así es que en ciertos temas si no dices las cosas con un puntito de exageración parece que no dices nada, a pesar de que, en el fondo, sea lo mismo. ‘Guerra’ es un nombre problemático… pero ajustado a lo que aquí hacemos. Y lo llamamos ‘guerra’ porque el Poder –de la misma manera que hace con todas las obras de las artes y las filosofías- se apropia con fiereza de las cosas y, convirtiéndolas en blanca Idea, no las suelta a menos de que se ejerza una cierta violencia sobre Él.

Esa violencia no es nuestra… de hecho se puede atacar la Realidad con suma tranquilidad. Pero es el Poder quién hace de esa duda, de ese razonamiento –puesto que al final todas nuestras máquinas se reducen a eso: a la duda y al razonamiento- una violencia intratable. Cualquier duda o razonamiento es imposible desde el Poder…

(Jamás veremos a un presentador de televisión,
un periodista de renombre,
un político en campaña o un empresario exitoso,
jamás, digo, lo veremos dudando. La duda y el razonamiento es la verdadera
amenaza de la Realidad –más que los terrorismos y crímenes que la justifican-,
lo auténticamente desgarrador sería ver a un político llorando por no saber que
hacer o acaso un profesor de matemáticas que ya no está seguro de la
consistencia de
los axiomas de los números naturales de Peano… pero bueno, vamos
más despacio:)


Si queremos hablar de motivos… (aunque la palabra a mí mismo me chirría bastante), no sabría muy bien qué decir. No sé… A cualquiera que preguntara: «¿Y por qué la Guerra?», quizá habría que devolverle la pregunta: «¿Y qué es la Paz?»

Ya no nos vamos a meter, aunque en un momento dado podríamos, del sinsentido absoluto de llamar a esto que se vive en las urbes de occidente –por no irnos a las Áfricas y Orientes, que sirven siempre de justificación-: llamar, digo, a lo que hay aquí ‘Paz’.

Como dice el maestro, sólo es posible llamar a lo que tenemos en las ciudades del progreso progresado ‘paz’ si se contempla esas guerritas de los márgenes: Ruanda, Congo, Afganistán, Pakistán y la India, Israel y Palestina, etc. Y sin embargo, lo que aquí tenemos, el régimen que aquí padecemos, sea más o menos enriquecido –como en Europa o menos, como en América Latina), lo que hay es la misma mortecina sensación. La Guerra, aunque este más disimulada, está ahí, viva y coleando… y la primera medida del enemigo es llamar a esto que vivimos ‘Paz’.

No hay paz. Tampoco estoy seguro de que me interese probar la paz… creo que sólo los muertos pueden tenerla –o por lo menos eso se dice-, pero lo sangriento de la Realidad está ahí para que cualquiera lo vea: futbolistas muriendo en plenos partidos, guerritas de bandas, las economías de guerras ante las hipotecas, la sangre empapando las carreteras, la mortecina y horripilante soledad de las urbes construidas para el Dinero, la miseria –más o menos disimulada- con la que se convive a diario entre los callejones y debajo de los puentes, la desolación, en fin, de la Realidad que, condenándonos a este eterno sufrir, se atreve, encima de todo, a llamar a esto ‘paz’.

Por otro lado, aquí no nos planteamos armas… de esas ‘verdaderas’, de esas de fusil y bala y metralla ni apoyamos ninguna guerrita o guerrilla que a balazos lo único que acaba haciendo es justificar ejércitos, policías, poderes y el miedo y el terror a la guerra. Ello es, más allá de que por lo general apenas están imitando las formas de la Realidad –creando organismos ejecutivos, militares y de gobierno-, ese tipo de Guerras siempre están buscando la ‘paz’. No se puede combatir a la Realidad con armas porque la Realidad justamente se constituye y es la que es gracias a las armas y sus máquinas.

La guerra cuando se hace por la guerra misma –porque el Poder, ¿quién lo duda?, está aquí metido entre mis carnes, entre mis propias palabras, ‘Yo soy el Estado’, dice el guerrillero- empieza librándose contra uno mismo. El primer y más grande enemigo es este Nombre Propio con el que publico y del que reniego. ¡Ese no soy yo! –de ahí la gran sabiduría de los niños y los loros que no saben reconocerse en los espejos. Cuando uno siempre está guerreando contra estas formas no puede aspirar a instaurar forma alguna de tranquilidad –la tranquilidad mortecina de la paz-, sino que sus únicas treguas de alegría se basan en ir recuperando y disfrutando, poco a poco, en ir desmantelando, según se vaya pudiendo, cada uno de los campamentos del enemigo. Devolver a la forma que pide: a la tierra de nadie, a ese espacio hueco y vacío en dónde sólo lo inesperado puede surgir…

Y para ello, lo único que hace falta es dejar rodar el razonamiento… no es ni mucho menos sorprendente que al leer este otro fragmento de Heráclito (DK 22 B 80, trad. de Calvo):

«Pero se debe ver la guerra cómo es común, y justicia contienda, y cómo según contienda se producen todas las cosas y se valen unas de otras.»

ver que se sirve, para describir a la Razón –razón común, xynón esti pâsi tò phronéein (DK 22 B 113)-, el mismo epíteto que usa para la guerra: a saber, xynón, esto es: común. Común que quiere decir que es de todos, en la medida en que cada uno sea cualquiera y no el que es (común en el sentido en el que está separado de las cosas todas) –ya que ‘el que es’ sólo puede estar dormido en la ilusión de creer que su pensamiento es individual y propio de su sujeto (Cfr. DK 22 B 1)-; y por tanto recogemos del efesio esta brillante y límpida razón para decir razón es guerra y guerra es razón –siempre y cuando no se haga para la ‘paz’, ya que entonces Guerra sería Fe, Idea, Muerte-, y sólo en el permanente rodar de la razón –ya que la razón, tal y como venimos diciendo, no llega nunca a conclusión alguna, no cierra nunca su enunciados y siempre está negando, diciendo NO- se puede llegar a concebir esta guerra sin final, sin paz posible… y sin embargo, con ese no sé qué de alegría, con esa sensación de ir recuperando el misterio, metro a metro, trinchera a trinchera, los lugares, las plantas, los animales, los libros, los amores, las canciones y los momentos, libres ya de toda ‘paz’ perpetúa que parecía estar matándolos por dentro.