Mostrando entradas con la etiqueta dios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta dios. Mostrar todas las entradas

lunes, enero 12, 2015

De la libre expresión, la contradicción y el #Jesuischarlie


Con los asuntos sangrantes de estos hombrecillos, sirvientes de Dios y sus ideas, viene a parecer, a algunos, las contradicciones aparentes de la libre expresión tan defendida en los occidentes. 

No hay contradicción alguna en que un hombre que denosta una revistilla de sátira de los Dioses del tercer mundo (que los Dioses del Primero, ya se ve, que pocos se atreven a satirizarlo de buena gana), ahora se eche las manos a la cabeza y defienda la libre expresión de esa revista a publicar las obscenidades que le venga en gana.

No es solo por el hecho, que salta a la vista que no es lo mismo, que una cosa es pedir -más o menos educadamente- el cierre o censura de una portada o revista, a entrar a metralla limpia a barrer la vida en aras de la idea. No es lo mismo. Pero no es eso lo que suprime la contradicción.

La contradicción se elimina, precisamente, porque la censura y la sátira, en occidente, siempre caen del lado de la libre expresión. Y es precisamente esta idea de la libre expresión lo que hace que una cosa y la otra puedan convivir en armonía sin mayor alteración del orden que unas cuantos rapapolvos de leguleyos. No cambia, no ha cambiado ni cambiará jamás nada con la libre expresión. 

Y así queda descubierto el horror: que si bien del lado de los sirvientes de Alá, la ejecución del servicio de la Idea deja cadáveres a su paso; acá, bajo el imperio de la libre expresión, lo que hay es una aridez terrible en donde cada enunciado es despojado de su sentido y reducido a la emisión empobrecida del idiotismo de turno. 

Así es como Occidente protege a sus Dioses. El mecanismo, al menos a mí, me parece claro. La libre expresión licuifica cualquier discurso. Lo reduce a la opinión. Lo banaliza. No es capaz de producir absolutamente nada. Quizá por eso parezca tan sorprendente que un montón de locos servidores de otra Idea entren a acribillar a unos pobres moneros. 

Pero, ¿no es precisamente la amenaza a la libre expresión la que podría, eso sí, llevar a Occidente a las armas? ¿No es la defensa de esa aridez del discurso, donde cada cual puede decir lo que quiera bajo la condición de que no signifique nada?

Si el Tercer Mundo y sus Dioses quema libros; acá, se limitan a despejarlos de su sentido. A licuarlos y escupirlos como un detrito de opiniones en donde el cruce de sentidos opuestos no implica ninguna contradicción. 

jueves, diciembre 11, 2014

¡Feliz día del banquero!

No parece ser ninguna casualidad que el día del banquero y el de la Santísima Vírgen de Guadalupe sean el mismo. Es más, ya podríamos borrar la diferencia entre uno y otro caso y pues llamarlo sin más Bancomer admirabilis o Santa Patrona de todos los Banortes. Y bueno, que es que, yo ya venía un rato barruntando esto de que los Bancos cada vez más parecen iglesias (y las iglesias, bancos), así que ya para que seguir confundiendo a la peña de que son dos cosas distintas. Un solo Dios tripartito.

Rituales, fe, castigos, mandas que aunque pareciera que solo se trata de un negocio de meter y sacar dinero, pero la cosa tiene su escatología. Y un husmo de mareo y de vómito me da siempre que tengo que entrar a uno de esos templos de fe. (Curioso caso que en Grecia misma, sin haberse perdido en tejemanejes de las derivaciones etimológicas, al "crédito bancario" lo llaman con el mismo significante que "fe", esto es pistis). La propia reforma del pagano (otra divertida coincidencia de los caprichos de la lengua, que es el no-cristiano y al final, el que paga), que tiene que aceptar y comprender las jergas molestas y especializadas que si amortización, que si egreso degrabable, que si impuesto inflacionario para PyMES y crédito revolvente quincenal, gravamen sobre el IPC de anualidad cero, etc.; y a través de esa molienda y remolienda le van metiendo al pagano, la misma idea al fin que la Iglesia Santa Romana, que estar bien con ellos es por nuestro propio bien.

Amén de todas esas peligrosas controversias teológicas de antaño, como al de la predestinación en el s. IX (de Godescalco de Orbais) o la del intelecto separado en el s. XIII (de Sigerio de Barbante), que lo que se encontraba en juego era, ni más ni menos, que el peso e importancia del Sujeto (del creyente, del cuentahabiente, por decirlo en términos contemporáneos) y el empeño de la ortodoxia de Rábano Mauro o Santo Tomás de Aquino era precisamente salvaguardar las almas y su libertad. Libertad únicamente para hacer lo mandado, lo hecho. 

Con el banco, lo mismo. La cosa fundamental es hacer creer al personal que cuando hablan del dinero, están hablando de usted. Esto es el sujeto mismo es ya puro dinero. Precisamente la desaparición del comercio se puede ver en que ya uno mismo es la única mercancía que se puede comprar y vender. (Pues uno mismo es ya su dinero puro). Y al final, cualquiera de nosotros, a regañadientes como uno, o lleno de fe y creencia en la salvación de su alma, hace la cola en banco, como antiguamente las hileras de pecadores ante los confesionarios. Y el trámite, nada gratuito del movimiento dierario, se hace precisamente para el bien individual (y sumando esos bienes individuales, la banca deduce los parabienes nacionales, mundiales y universales). 

O también podemos rastrear esta cambio (para ser lo mismo), del paso de la celebración del santoral católico a la celebración del onomástico personal. Pues el cumpleaños feliz es la fiesta máxima y perfecta del sistema capitalista: la celebración del individuo y el recordatorio perpetuo de su muerte. Una memorabilia vacía que colma de sentido solo en nivel personal.

Y sin embargo, ¡nada más imposible que tener dinero! Si es precisamente para el Estado (y la Banca, que con las reformas hacendarias cada vez se vuelve menos distinguible el uno del otro) que se mantienen las cuentas. Es precisamente para el estado que contamos el dinero que entra y sale y se produce. Pues el dinero (no solo su residuo material de cuproníquel y papelitos morados, sino el número mismo que representa la enormidad del PIB) es del Estado y siempre del Estado (o de la Banca, o de la Iglesia, que para el caso es lo mismo) y su ser y moverse es sólo para él. 

Porque, aunque ese ya sea otro tema y se nos descubra un venéreo de reflexiones todavía por hacer y precisar, el dinero (y usted y yo mismo, claro esta, que ya dedujimos que solo somos puro dinero) convive con una dialéctica contradictoria entre su moverse (moverse para multiplicarse) y su ser contado. Porque para contarlo hay que detenerlo. Para que se multiplique, tiene que moverse. Y así, se podría enunciar un principio de indeterminación del Dinero, tal y como Werner Heisenberg enunció la indeterminación de las subpartículas atómicas, es decir: que mientras el dinero se está multiplicando, no se puede contar; y a la inversa, mientras se cuenta, no se puede estar multiplicando. 

Esta dialéctica (tan parecida a tantos milagros teológicos, como la de la de la hermosa figura de la esfera sin centro, primera definición de Dios del libro de los veinticuatro filósofos) produce la indeterminación suma del Sumo Bien. 

Feliz día del banquero. 

lunes, agosto 30, 2010

Del cielo a la tierra y de vuelta otra vez


La tierra siempre es mujer. Una mujer que tiene que ser conquistada, arrasada, convertida en ciudad y colocarle el nombre -ya Propio, ya del dueño, que en poco se diferencian- y así decir: ¡Ea, estás entrando en La Villa de Nuestra Señora de Monterrey o esta finca es de don Alvargonzález!

La tierra, esa tierra sin nombre, anónima, gratuita, destejida y desencajada de la Realidad, pronto acaba convirtiendose en fraccionamientos, propiedades, en poco más que espacios geométricos trazados a escuadra y cartabón entre los catastros y bibliotecas de los ayuntamientos.

Y, bueno, alguno saldrá con la idea de que es de esa manera en que las organizaciones estatales, las instituciones gubernamentales y económicas no tienen otra manera de organizarse, y ante esa triste imposiblidad ya quedan justificadas todas las maquinaciones de los gobiernos por ponerle nombre y geometrizar al mundo. Sin embargo, si esto fuera una de esas cosas puramente modernas, hechas para y por el estado que hoy padecemos... pero lo cierto es que es una constante esto de intentar que el suelo se vaya pareciendo cada vez más al cielo... o por lo menos al cielo que los antiguos creían vislumbrar en lo amplio y vacío de la noche.

De eso ya hablamos una vez. Pero se me regresó a las mientes cuando leía un auto sacramental de Valdivielso, El Peregrino, en donde un Pregrino que se marcha a Tierra Santa se enfrasca con en un diálogo con la Tierra misma:

Peregrino:
Déxame que busque el cielo,
pues que fuy para él criado.

Tierra:
¿De tu madre es bien te austentes
con deliberación tanta?

Peregrino:
Yr quiero a la Tierra Santa,
que es tierra de los vibientes.
Si en ti no ay cosa segura
ni permanente ciudad,
dime, ¿no es temeridad
que no inquiera la futura?

Tierra:
¿Baste?

Peregrino:
Sí, a buscar mi vida.

Tierra:
Hijo, ¿yo no te la doy?

Peregrino:
Madre, tras la eterna voy,
que es vida en Dios escondida.

Tierra:
De mis brazos te destierra
tan peligrosa jornada.

Peregrino:
Suelta que estás muy pesada.

Tierra:
Téngote amor y soy Tierra.

Peregirno:
A aqueste punto me trae
verte vieja, y es locura
no buscar casa segura
quando la propia se cae.


Mansión eterna buscaba el hombre, ya sea en las esfera inmóvil de las estrellas de la cosmología tolemáica, ya en la creencia de que habría algún lugar en donde el mundo fuera permanente -como la fatídica deducción de Platón-, o simple y sencillamente, el Paraíso de las religiones que entregan la dicha eterna espantándose de la terrena.

Tendría sentido también hablar de aquella misión cuasi-divina del Imperio Romano -y en realidad, todos los imperios que le fueron a la zaga- de civilizar el mundo más allá de las murallas de la ciudad -lease el análisis de la Constitución Romana de Polibio o los aformismos de Marco Aurelio-, en donde todo lo desconocido, todo lo que está entre los pueblos, ciudades y ayuntamientos, no era más que un espacio vacío, hueco e inútil en la perpetua espera de convertirse en su verdadero ser: que era ser ciudad, ser útil, productiva, tener nombre, industria, movimientos de capitales -que en última instancia a esa temeridad se reduce- y así venir a ser parte única e indistitnta de lo mismo.

Esa es la necesidad en la matematización del espacio: el crear una unidad geométrica -la carretera, el bloque, la ciudad, los empleados, lo índices de población- que al distribuirse sobre las tierras, acaben convirtiendo a los lugares en simples repeticiones de lo mismo. En índices de riqueza, en PIB, en futuro, en una unidad de cosa que se resista al paso del tiempo.

No resulta nada sorprendente que la labor del Estado nuevo -tan entremezclado y unificado con el Capital- sea exactamente la misma que con el antiguo gobierno de las Iglesias... y nosotros los parroquianos, supliquemos a las alturas por más productividad para México, por más industria, más empleo, más fuerza en el Estado para que someta la tierra: para que le ponga nombres y números, para que la domestique y le robe lo gratuito, lo dulce, lo fértil, lo anónimo, lo secreto.

Golpes de pecho se dan todos: ¡que el mundo se vaya pareciendo cada vez más a ese Paraíso en donde no ocurre nada! Donde únicamente están las carnes y los números que le acompañan para ir sucediéndose y que el mundo de más vueltas siempre en el mismo lugar.

La tierra es mujer. La luna es mujer. El secreto es mujer. Lo dado sin fin es mujer. El cielo es hombre. Dios es hombre. El sol es hombre. El futuro es hombre. El estado es hombre. Lo infinito es hombre. Y ahí están los cuerpecillos, buscando su hogar entre los sitios numerables de su ciudad.

Quedenos el consuelo de que pese a los golpes de pecho de los creyentes, lo que hay por ahí abajo, en la Tierra... en las mujeres, siempre le va a quedar algún rinconcillo intacto, un lugar a donde no lleguen los nombres... ni sus hombres.


martes, marzo 23, 2010

¡Qué pereza! / ¿Qué es pereza?

(Gustave Courbet, Las mujeres dormidas o La pereza y la lujuría.
Sobra decir que a ninguna de estas dos guapas señoritas nos referimos en el texto de abajo.)

De repente, cuando estaba a punto de dormirme, pensando en las cosas que van y vienen en los problemas de la gente –de gente particular, pero que no viene al caso nombrar aquí, ya que puede ser yo mismo o cualquiera-, pensé: ¡tanto problema, tanto problema! Si en realidad todo le pasa por pereza.

Y de pronto ese palabro: PEREZA, se me empezó a deshacer en los labios. Pereza, pereza, pereza pereza pereza perezaperezaperezapereza. ¿Qué es pereza?

No, no se preocupen: por desconfiar y sospechar de la pereza, su servidor –ni ninguno de los que estemos por aquí abajo tirándole piedras a la Realidad-, les recomendará jamás el esfuerzo y el trabajo. Jamás. Se aclara por si se malentiende, que me consta que es posible.

Pero volviéndonos a lo que nos ocupa, es que no podía dejar de pensar en eso: ¿Qué es la pereza? Y me decía: Pero la pereza era un pecado… ¡y de los capitales! Así que ¿por qué ahora venía yo a sospechar de una cosa que se supone que tenía que ser un atentado mayor a las gracias divinas de Dios? ¿Por qué ahora esta incomodidad mía frente a la pereza? ¡La mía y la de los otros!

Porque yo también soy perezoso. Perezoso como el que más. Cada vez menos, pero pues, sí lo soy y lo era. Recuerdo más niño cuando estaba con mis padres, veía al viejo que se empantingaba su cachucha violeta, sus calcetines a media pantorrilla, sus pantaloncillos cortos que dejaban a la vista sus dos carrizos blancos y delgaditos y se iba a caminar a la montaña. «Vente, D. me decía.» Y yo, con la pereza acogotada en la garganta, y la tristeza de tener que desairarlo, le decía… «Otro día». La verdad es que el viejo me daba tres vueltas con sus ganas de ir para arriba y para abajo. Recuerdo que una vez en que le acompañé, me dejó atrás apenas comenzar y me dijo: «Nos vemos en la meseta.» No le vi el pelo en las tres o cuatro horas que se tarda uno en llegar a la meseta… Solo pensaba: «Me caguen dios, se supone que este sacrificio lo hice para pasar un tiempo con mi padre…»

Soy y sigo siendo un perezoso. Y me molesta ver la pereza en el resto de la gente (y en mí, y en mí), pero… ¿por qué? ¿Qué es esta pereza? ¡No puede ser la misma del pecado capital! No, no puede ser. ¿Cómo va a serla? Si esta yo la veo tan extendida y tan canónica que más bien parece el Santo Credo en todas las bocas. Si ya sabemos por qué nadie lee este blog, ni el de al lado, ni el de más allá, ni todos los que más o menos intentan –por lo menos lo intentamos, joder- decir algo: por pereza. Nadie escribe en condiciones por pereza, nadie lee con cuidado con pereza, nadie piensa, habla y dice todo lo que tiene que decir muchas veces por pereza. Pereza de meterse en barrizales, pereza de todo y por todo.

Así que esta pereza no puede ser pecado. Si entendiéramos que el pecado es lo que molesta a Dios, lo que atenta contra él; esta pereza que traemos encima parece más bien que le ayuda, le viene bien. Le hace estar más cómodo allá arriba, mientras aquí todos bostezamos.

Y es que esta pereza no es pereza. No puede ser simplemente pereza, gana de no hacer nada y dejar que todo se aburra de su propio ser. Lo que aquí pasa, lo que pasa en los momentos en que las personas se sienten atrapadas por su pereza -¿por qué, dígame usted si a veces no se siente ya asqueado de la pura repetición de lo mismo y lo mismo en la comodidad repantingada de su flojera?-, es otra cosa. ¡Tiene que ser otra cosa! A ver, porque no es una pereza que da gusto… como solo pueden dar gusto los pecados. No, no, al contrario. Es una pereza que da agobio, que incluso no le deja a uno hacer pecados… una pereza que con el solo hecho de serla le viene muy pero que muy bien a todas las Santas Gracias que sostienen la Realidad.

Y es que es, justamente, una pereza de hacer algo en contra de la Realidad. Una pereza de agachar la cabeza y dejar que la vida siga corriendo a sus anchas a su perdición en un futuro ya sabido. Es la gana de olvidarse de hacer algo aquí y empeñarlo todo por un futuro, una comodidad, una vida siempre futura. Me sorprendo mucho cuando traigo a la memoria esos miedos que cuando entraban todos mis amigos en sus respectivas licenciaturas y dimplomaturas de podredumbre –y yo naturalmente, me apuntaba a la mía, claro está-, todo el mundo tenía ese miedo en la flor de los labios: ¡trabajo! ¡futuro! ¡mañana! ¡dinero! Y yo, más o menos contaminado por semejante miedo, me comía un poco la cabeza sí, pero a la misma vez decía: ¡bua! ¡Si al final a todos nos dan por el culo! ¿Encima voy a estudiar lo que me manda el futuro?

Y realmente, realmente la vida no es tan mortal como la pintan, ¿no es así? Ya, ya, aquí exageramos a veces un poco los amargores de la Realidad –y quizá hacemos mal, yo no lo niego-, pero realmente la cosa no es tan grave… no es tan grave, quiero decir, cuando se trata de dinero y de pensar las cosas con tranquilidad –aunque me consta que los niños siguen sufriendo e inculcándoles ese miedo vivo y claro para que no se salgan nunca del redil-. Entonces, ¿por qué hacen eso? ¿Por qué todos seguimos tan tranquilos en el lugar que nos corresponde? ¿Por miedo? ¿Por pereza?

¿Y no será que la pereza es miedo? ¿Qué hay algo aquí adentro que teme, sí, teme, que se desgarre ante cualquier posible hacer? ¡Pero digo un hacer que de veras haga algo! No trabajar, ni construirse un futuro, ni hacer una familia, ni pagar el diezmo en la misa, joder. Digo hacer algo que sea hacer algo de veras y no simplemente hacer lo que ya estaba hecho, lo que ya estaba mandado hacer desde siempre. Esa pereza que mantiene todas las cosas en su sitio como una inercia saludable para el sistema. ¡Y qué bien le viene marcar a fuego en el corazón de los hombres al sistema creer que lo único contrario a la pereza es el trabajo!

¿Y no habrá otra cosa? ¿No habrá algo por ahí que no sea ni una cosa ni la otra? Que sea así pura acción… acción más alegre que la pereza y sin esa mortaja de tedio que lleva encima el trabajo.

¡Seguramente algo de eso tenía la otra pereza! (Me refiero a la pereza del pecado capital). ¡Sí! Esa pereza que no agrada a Dios sólo podía ser algo que no estaba hecho, algo que podía hacer que los horarios se incumplieran –aunque claro, hoy todo Cristo respeta su sacrosanto horario, y seguro que hasta algunos apuntan en la agenda una hora para hacer el perro y tirar la hueva.

Pues habrá otra cosa. Habrá otra cosa.



domingo, octubre 25, 2009

Notas al margen: No hay Dios

O lo que es lo mismo, no hay Bosón de Higgs. Ahorrémosle la molestia a nuestros físicos ginebrinos, repitamos: No hay Dios, y sintamos vibrar la alegría.

Si hay algo que llama la atención de este experimento eso es, sin duda, el ya descaro abierto con la que Ciencia quiere confundir a sus creyentes: se habla de Dios, se habla de encontrar la partícula que da su ser al resto de las cosas que son. El cúmulo primigenio de la Realidad, primer motor aristotélico, causa incausada aquinatense,…

Toda esta balumba, a pesar de que invita a la risa feroz, es algo bastante cruento y horripilante cuando se recuerda para lo que sirve. Esta máquina –cómo ya se dijo en su día en otras intervenciones de este ínclito blog- sólo sirve para eso, para sustentar durante un poco más la fe. Es evidente que los crédulos se quedarán como en Garabandal o en Les Coves de Vinromá, esperando el milagro mariano… y lo más terrible de todo es que seguramente los tullidos, los enfermos, rebosantes de fe –de la misma manera que lo hicieron en Castellón- se arrojen a las aguas fecales para suplir el milagro que no llega y saldrán empapados de mierda con la ilusión más renovada que nunca.

Lo peor es eso… que aunque la simplicidad del razonamiento dice: No hay Dios, lo que menos le importa a la fe es que los milagros lleguen o que los plazos se cumplan. Al fin y al cabo el verdadero cometido es la espera, la expectación, el relleno del tiempo vacío y del aburrimiento y sufrimiento de la Realidad: para eso y sólo eso sirven los milagros… y los experimentos de física.

viernes, septiembre 04, 2009

«Bien está San Pedro en Roma»

La geografía suele hacer maravillas. La omnipresencia de Dios la ponen siempre en tela de juicio la propia distancia, la sierra, el aire… Es mentira que Dios esté en todas partes, que lo vea todo. Eso lo sabían los gallegos que al salir por el bosque, en a la sombra fresca cuajada de rocío, en los encinares junto al Fin del Mundo, sabían que ahí no podía estar Dios.

Naturalmente, algunos se asustaban… y otros incluso podrían usar de manera irónica este mismo refrán: como un anhelo de la presencia de Dios. Lo que es en esta guerra, que se trata de subvertir la Realidad… este refrán no es sino la constatación de un consuelo: ¡Bien está San Pedro en Roma! Que allá se quede… y que Roma se quede en sí misma, por cierto. Y los brezos gloriosos de frutos y arbustos frondosos que recojen el cuajo de rocío en sus hojas… ¡libres quedan para seguir siendo misterio en su fresca sombra libre de este Sol de Justicia!

martes, mayo 26, 2009

Contra las Máquinas


Disculparan los pocos que usan de estos artefactos el hecho de que su publicación esté prácticamente reñida con toda periodicidad. Afortunadamente el buen Juan Charrasquea de la Colina y su Maestro Orejuela, saben hacernos las delicias por mientras.

Ahora bien, hay que hablar contra las máquinas –hablar, que es razonar (¿se va viendo que la única manera de verdaderamente hacer algo contra la Realidad es hablar contra ella? ¡Hablar que es hacer!)

Una de las grandes ventajas de las máquinas –aunque la ciencia ficción nos quiera enseñar lo contrario- es que no se ocupan de sí mismas, no practican aquel viejo predicamento socrático del ocúpate de ti mismo –una versión probablemente helenística de ese otro, más platónico, conócete a ti mismo. Es decir, no procuran autoconservarse. Las máquinas que de verdad son máquinas –y en tanto máquinas- no procuran perpetuarse; y ante ese maravilloso gesto de desprendimiento, no hay contradicción alguna en hacer una máquina contra las máquinas.

Y la cosa tiene su importancia. Como recordarán la vez pasada dije, sin reparar mucho en ello, que la Realidad era la Gran Máquina, o como alguna le llaman (aunque el vocablo me suene demasiado teológico y aún temeroso de creer de que cuando se entablando de él se está hablando de Dios): el Sistema. Y sin duda a alguno, como a mí, le haya asaltado la duda: ¿Cómo? Si la Realidad es una Máquina, al crear más maquinitas –o artefactos- como aquí lo estamos haciendo, ¿no estaremos, por el más sencillo de los silogismos, reforzando la Realidad que pretendemos combatir?

Y ante esa duda, por demás razonable, no nos queda otro remedio que aclarar:
Tiene que haber dos tipos distintos de máquinas (no es afán de taxonomía sino la manera en que se impone la verdad del uso de las máquinas, aunque –si se prefiere- únicamente hay una máquina y el resto que parecen máquinas, no lo son).

Antes de pasar a decir qué tipos de máquinas hay, tenemos que pensar en definir a la propia máquina… y con esto de las definiciones siempre nos hacemos un lío gordo por la simple y terrible razón de que la palabra nunca se deja cerrar del todo.

(De tiempo para acá me he dado cuenta, hablando aquí y allá, que
cuando uno se propone una cosa tan espantosamente imposible como decir ‘el ser’
–eso del ‘ser’, tendremos que hablarlo largo y tendido en otras ocasiones, hoy
pasamos de largo para no perdernos demasiado-, se pueden cometer dos clases de
errores: 1) separar esa cosa de las cosas con las que está en contacto de común
de tal manera que, en un afán de presentarla en estado puro, se acaba dando
cuenta de otra cosa que nada tiene que ver con la que en un principio
pretendíamos definir –errores, los más comunes entre los científicos y que se
potencia más y más con esto de la especialización del conocimiento-; y 2) que se
cree que cuando se habla de una cosa en contacto con las demás se puede llegar a
agotar esas cosas con las que entra en contacto y que a través de una especie de
lista taxonómica de casuística se pueda de verdad llegar a decir la definición
que buscamos. Así preguntando la cosa más simple y sencilla del mundo, p. e. el
clásico ejemplo de ¿Qué es un zapato?, no podemos mas que declararnos
incompetentes para abordar tal definición. Ambas son erróneas por cortas, la
primera quiere encontrar al objeto desnudo, purificado y en sus límites… la
segunda es un poco más sincera, aunque para ser correcta tendría que ser
infinita.

Esto es lo que Heidegger formula de una manera más pedante y
dificultosa de entender diciendo (¿Qué es metafísica?, Ed. Alianza, trad. Cortés
y Leyte, p. 14) «toda pregunta metafísica abarca siempre la totalidad de la
problemática de la metafísica.» Y aunque luego el buen Martinico se decanta por
centrarse en su Dasein, su observación no es menos zagas ni oportuna: toda
pregunta por el ser de una cosa, en realidad, en el fondo, después de ocuparse
de deshacerse de todas las particularidades –que ciertamente no son la que dan
el ‘ser’ a la cosa que es-, uno acaba descubriendo que desde siempre era la
pregunta por el simple y desnudo ‘ser’.


De esta manera se ve que toda definición es falsa y errónea. Porque lo
que hay es
siempre sin fin… y toda
definición es –por definición (porque definir quiere decir separar y la
cosa entre las cosas es de por sí inseparable)- incompleta. Y, por supuesto, consideramos que la pregunta en la que se detuvo Heidegger durante toda su
vida, no estaba, pese a los buenos frutos que dio –que por lo demás,
no fueron producto nunca de su intención-, correctamente formulada: es
decir, que a nosotros no nos ocupa ‘el ser’ de ninguna cosa. Y parece que,
como siempre –como antes hicieron Aristóteles, Descartes y su compañero
Husserl- lo único que hizo fue salvar la metafísica.

Habiendo dicho esto y recalcando que pensar una cosa es pensarla
entre las cosas, lo que la hace de sí inseparable y por tanto
absolutamente infinita –es decir, sin límite alguno-, decimos todo
lo que se dice aquí es de carácter puramente provisional e incompleto).


Digamos pues, que en su acepción más sencilla una máquina es algo que sirve para algo. Y punto.

Esta sencillez, como se ve, sólo puede separarse por una cuestión:
Esta es a quién le sirve.

El primer tipo de máquina le sirve al pueblo, el segundo tipo de máquina sirve a Dios (en ese sentido, es bastante posible que el segundo tipo de máquina, no sea verdaderamente una máquina, pero el tema de la purificación del lenguaje nos puede llegar a grandes equívocos de los que prefiero alejarme y dado que se les llama indistintamente, a unas y a otras, máquinas, no nos queda más remedio que aceptar sin más tal designación).

Ejemplos de las máquinas que sirven al pueblo –esta denominación traerá a colación numerosas apostillas que hemos de posponer para un momento más oportuno- son el fuego, la palabra, el ferrocarril, la memoria, ¿la radio?, etc. Ejemplos de las máquinas que sirven a Dios son el automóvil, la carretera, la televisión, la tarjeta de crédito, los ordenadores, la escritura, etc. Evidentemente esta separación –que es incompleta y falsa, como todas las separaciones- encuentra numerosas excepciones y los usos y quehaceres que se le puede dar a una máquina no siempre están imbuidos en el propio artefacto, y habrá veces (¿quién sabe?) que como producto de industriosos esfuerzos, uno consiga hacer que la escritura, p. e., sirva de verdad para el pueblo… o en otras palabras: en contra de su connatural designio, la escritura combata a Dios.

Pero, ¿de qué manera unas y otras sirven? Es bien sencillo y práctico.

El primer caso es bastante evidente –si comulgáramos con ese deseo de purificar al lenguaje, podríamos decir que cuando una máquina sirve al pueblo es cuando de verdad es una máquina-: cuando una máquina simplifica un trabajo, entonces… tenemos una máquina para el pueblo. (Lo dificultoso es que, evidentemente, estas máquinas, por lo general, siguen gobernadas por la Máquina de máquinas de hoy día que viene a ser Dios –por otro nombre: Dinero- y por tanto es demasiado simplista y torpe decir, por ejemplo, que una tuneladora o un robotito de las minas viene a simplificar y hacer más sencillo el trabajo de los barrenistas y los mineros si tenemos en cuenta que lo que se produce con ellas es siempre más Dinero). Quizá el ejemplo más claro y precioso lo tengamos en esa extrañísima máquina de la palabra. Ese sorprendente tejido de formas gramaticales, palabras sintagmáticas y aún, un denso manto de palabras semánticas que permite, por una extraña y misteriosa operación –que por más explicada que esté por los neurólogos y psicólogos no deja de ser extraña y misteriosa- nos permite ¿comunicarnos? –la palabra no me gusta-. (Aunque es un hecho que el lenguaje, usado de una determinada manera, sirve como una Máquina de Dios, haciendo su realidad, su lenguaje teológico, sus conceptos intocables, etc., lo cierto es que ese uso es bastante restringido en el uso verdadero de la lengua y tiene unos mecanismos bastante concretos que quizá vayamos viendo por acá poco a poco…) El lenguaje es la máquina más importante de todas, la que más nos sirve, la que va descosiendo la realidad a medida en que se va hablando –y quizá a la misma vez la va reformando en una especie de guerra perpetua-, pero que es el mejor medio –gratuito y disponible para cualquiera- para atacarla.

La palabra es el mejor de los artefactos contra Dios y su Realidad... y por ello mismo es la máquina que más sirve al pueblo.

Ahora bien, ¿y el segundo caso? ¿Qué máquinas sirven a Dios? Son las más, eso está claro. Pero antes de dejar claro de qué manera sirven a Dios, hay que decir que sin esa servidumbre de la Máquina, muy probablemente Dios no podría sostenerse. Dios necesita de las máquinas, como de los sacerdotes y de los ángeles… porque Dios no es nada ni hace nada… Deja que todos a su alrededor, desde los automóviles, las catedrales, los museos, los motores de combustión interna, los radio-telescopios y las cuentas bancarias estén demostrando a cada paso su existencia. Sin esa demostración, Dios no podría sostenerse por sí mismo.

Una vez dicho esto… tomamos un motor de combustión interna, un avión, una polea, o lo que sea... y lo ponemos a funcionar. Ante ese funcionamiento caben dos observaciones, 1) que la polea disminuye la fuerza necesaria para mover un peso, es decir que hay una especie de transformación en el quehacer de la cosa más o menos inútil, o 2) que la polea funciona de una determinada manera ante unas condiciones dadas y que, si fuese posible que los materiales no se desgastaran, la máquina podría seguir funcionando infinitamente sin variar uno sólo de sus movimientos. Esta infinitud de las repeticiones es la que esta demostrando su existencia: es decir, que dadas las mismas condiciones infinitamente, la polea se estaría comportando de la misma manera, siempre.

Toda caída de un avión, todo accidente de tráfico, todo fallo mecánico, tiene para Dios una explicación, una causalidad. Esta mentira que los científicos anuncian sin ningún empacho diciendo que no existe nada que sea inexplicable, que los fenómenos desconocidos están siempre por explicarse –como si la explicación no pidiera tantos axiomas misteriosos como los propios misterios teológicos de la encarnación-. Las máquinas funcionan no debido a imperfecciones mecánicas, sino que constitutivamente al funcionamiento se encuentra el fallo. Las ruinas ridículas de la razón no resisten, ni mucho menos, la embestida de un martillo que estalla en mil pedazos cuando se utiliza contra un clavo.

Por ello es que las máquinas, por más uso que le demos, ya sea para guerrear contra la realidad o simplemente utilizarlas para que el día a día se vaya emancipando poco a poco de trabajos engorrosos, lo cierto es que por todo lo alto siempre van pregonando las leyes con las que funcionan, el orden que las mantiene en funcionamiento: la mentira que van exponiendo con su simple desarrollo.