Mostrando entradas con la etiqueta yo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta yo. Mostrar todas las entradas

martes, abril 01, 2014

Del nacimiento del mundo y de mí mismo



o que yo pueda asesinar un día
en mi alma, al despertar, esa persona
que me hizo el mundo mientras yo dormía.

(A. Machado)

Cuando me topé, la primera vez, con estos versitos en un librillo de Machado me quedé hechizado. Se trata, como después reconocería A. García Calvo, del terceto de un soneto incompleto. Pero lo que me fascinó, era el revés de la cosa que funcionaba como una bisagra de un lado y el otro, teniendo siempre sentido y siendo siempre el mismo.

Porque, dada cierta ambigüedad gramatical en la composición queda la duda de sí lo que se quiere es i) asesinar a la persona que hizo el mundo mientras yo dormía, o ii) en el desdoblamiento, hablar de sí mismo, y desear el asesinato de esa persona (que soy yo) y que el mundo hizo para mí mientras yo dormía.

Y en ello me devanaba el seso: ¿cuál posibilidad era o cuál era la correcta? Y sin parar mucho en conclusiones podía suponer que ambas eran buenas y válidas. Hasta que me di cuenta que son una y la misma posibilidad. Pues esa persona que hizo el mundo fui "Yo".

Hace poco, una niña de una decena y media de años dio con una fórmula mágica que me fascinó y no dejo de pensarla y decirla como un conjuro o mantra. Acertó a formular en un lenguaje tan llano y simple algo que yo andaba buscando a tientas en mis enrevesadas proposiciones y guerreo. Dijo: "No quiero tener noticias de mí, de esto que soy". Razonamiento más limpio y demoledor no vi antes. Y yo que alguna vez la llevé de la mano a las clases de piano y música, me sentí como un niño descubriendo una verdad milenaria de su boca.

¡No quiero tener noticias de mí!

El mundo este (que no es mas que la pura noticia del mundo, porque ya se sabe que plantas, cosas, materia, tierra viva y los gusanillos ciegos que en ella pululan no se puede saber nunca demasiado qué son sino por la noticia que de ellos se tenga) y yo mismo como parte del mundo (como caso de cosa) en nada me distingo de él. Soy el mundo, gracias a mí existe (no por el viejo solo ipse de los latinos, sino porque yo creo en él y creyendo en él, teniendo fe en que existe es como me aseguro de que yo mismo existo y soy parte de él). La persona que me hizo el mundo mientras yo dormía es precisamente yo. Edipo al cuadrado.

Y por ello quería yo traer esto de la noticia de mí. Del rehuir a aparecer en ese lenguaje ideado de la fotografía y de la noticia. Que mi nombre, que ni es mío ni me pertenece ni nombra nada de veras de acá del otro lado de ese (meta)lenguaje de la Realidad, lo digan como dicen un nombre vacío, sin identidad, sin sustancia.

Porque escaquearme de mí mismo y del mundo se logra en la guerra de no dejar de hacer cosas, sin enterarse mucho de lo que se hace. Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, que no sepa yo que tengo manos. Que no sepa nada de mí. ¡Ah, bendita la boca que lo dijo con tanta claridad! ¡No tener noticia de mí! 

Claro que eso no es quedarse sin recuerdos, ni masa, ni ánimos, ni lenguaje ni nada. Es simplemente negarse a convertir esos recuerdos, este cuerpo, estos ánimos y este lenguaje en serviles al mundo y su Realidad. Convertirlos en Historia, en Cuerpo Ejercitado, Fe para el futuro y Ciencia. 

Una rebelión tan furibunda y alegre. Ah, ¡claro! Solo podía habérsele ocurrido a una niña de 15 años.

Ah, y luego, cunado tiempo después de leer los versitos de Machado, me enteré de que García Calvo, precisamente a estos, les había compuesto el resto del soneto para dejarlo como: 

[Que ya no puedo más tal vez me digo,
cansado de esta guerra que en mi pecho
muevo contra mí mismo, y doy por hecho
que soy yo el que no puedo y yo el que sigo.

Pero ése no soy yo, y con mi enemigo
vivir no quiero sobre el mismo techo,
cielo falso, que él pinta (me sospecho)
para que yo aquí muera al par consigo.

No: que alguien me arranque esta corona
que me pusieron cuando aún crecía
y ya contra las sienes se me encona,]

o que yo pueda asesinar un día
en mi alma, al despertar, esa persona
que me hizo el mundo mientras yo dormía.

(A. García Calvo - A. Machado)

Acaso baste con no saber demasiado de mí mismo para que el mundo y Alejandro se mueran a la par de una estocada de desesperanza. ¡De firme y alegre desesperanza!

miércoles, septiembre 11, 2013

Profesión / Voluntad

1. Qué cambiazo eso de la gente por las profesiones. Es horrible y triste ver como gente que más o menos puede tener ciertas inteligencias, se ve borrado de súbito por la profesionalización de los que haceres. Ya no hay gente, sino profesionistas. Es decir, gente que cree que sabe lo que hace. O que por lo menos aparente saber lo que hace, ya da lo mismo si cree que sabe o no sabe con tal de que lo parezca. 

2. Sería esa la gracia que podían conservar las mujeres cuando tenían ese pecado tan gordo de no trabajar. Bueno sí, trabajaban al servicio del señor de la casa, pero bueno, eso se arreglaba con cuatro pegos y listo. Y eso de que se llevara en la intimidad y no revistiera mayor dificultad que mantener la casa en orden y la cena lista, y más bien el trabajo (si acaso le daban esa cualidad) era manual, físico... humillante. Tan humillante o más como el de los campesinos o albañiles. Nada que ver con los profesionales de las cosas que hoy abundan por aquí y por allá. Y las pobres mujeres, pasaron de renunciar a ese trabajo de humillación ante el marido (al que después podían, si el susodicho se dejaba ir envenenándole el día a gritos y revueltas, a trastazos o besos y no dejarle tan en paz de su dominio) para caer en las garras del Dios y amo incuestionable y que reina con una paz tan árida que miedo da. El dinero, claro.

3. Y la cosa no sería tan grave, ¿verdad?, si todo esto de los profesionales  se limitara a su basta incompetencia para hacer las cosas. Es decir, demostrar con su pretención de saber hacer una cosa, es casi proclamar no saber hacer nada de lo demás... Eso, bien mirado, no sería tan malo, porque por lo general estos profesionales a lo único que se dedican es a administrar la basura y muerte que despide el sistema, público o privado, da lo mismo. Y si la administración de la mierda no fuera tan eficiente, ¿qué duda cabe que la cosa sería mejor? 

4. Pero la cuestión va más allá, hasta la fundación misma de la Persona como profesional. Porque ya de pronto al separarse del cuerpo vivo del pueblo (desidentificarse finalmente con el ama de casa humillada por el Señor) pues ya el que sabe tiene, por fuerza, que estar por encima del que no sabe. Y por tanto creer que siempre uno es quién toma las desiciones y manda y vota y compra y elige y decide el canal televisivo para ver. En resúmen, seguimos siendo la misma ama de casa, humillada, vilpendiada, a la misma vez que tenemos el control de las cosas. 

5. De esta manera el trabajo mismo constituye a la persona y la hace ser la que es. Con todo el padecimiento y dominio que tiene un par de la cópula sobre el otro. Y en esta doble predicación errónea (puesto que una cosa no debe predicarse doblemente, mucho menos de un verbo tan poco parecido a un predicado como el de "ser") es el que se haya como clave de bóveda de este sistema que padecemos.

6. Nadie, por cierto, puede decir por esto que digo que "está mal trabajar". El trabajo es lo último que importa en esto de las profesiones. Más bien, tal y como se puede ver en el escalafón jerárquico de los trabajos, parece ser que un empleo tiene más prestigio entre menos trabajo implique. Así el campesino y albañil son despreciables y molestas; y en cambio, los políticos y banqueros siguen guardando el prestigio que conlleva ese puesto de trabajo que es su puro nombramiento. 

7. Y por cierto, no podemos menos que hacer notar como este tinglado tecnodemocrático sigue siendo, a grandes rasgos, la construcción del platonismo ya bastante añejo y pasado por el cristianismo y sobre todo Hegel. Esto es, ver que el cumplimiento de la idea de la civilización es precisamente este momento de la historia en la que las personas solo asisten al cumplimiento de su destino en el trabajo: ser ellos mismos. 

8. Cabe señalar, finalmente, que esta realización del destino de la persona (que no es sino hacer lo que ya estaba mandado hacer desde siempre, desde que el hombre asumió la tarea de hacer el Reino de Dios sobre la tierra a través del perfeccionamiento técnico de los empleos -sin trabajo- y las ideas), no tiene nada que ver con la vocación sino más bien al contrario.

9. La vocación es llamado. El vocativo siempre tiene que ser invocado por otro. Cualquiera que siga la vocación, precisamente lo que hace es alejarse del mandato al cumplimiento de su destino: es salirse del camino de la condena a lo hecho desde siempre y correr el riesgo de jamás realizarse. De no ser el mismo. De admitir ese llamado de otro y vivir para eso otro que no es uno.

10. Claro que las operaciones de domestiación de la vocación están a la orden del día. De hecho, es en la vocación donde el sistema tecnodemocrático del individualismo ve su punto límite de su éxito. Es decir, si un ecritor, poeta, artista o lo que fuera, siguendo su vocación consigue el éxito, ve reflejado en él y sirve como ejemplo para ver de qué manera el cumplimiento del destino es precisamente "el suyo". Y trocan así la pasión por la voluntad. El desvivirse del artesano por la obra (desvivirse por otro) en una voluntad del artista: en un trabajo positivo.

11. Este cambiazo es la razón por la que el arte ya no sirve para nada sino para venderse... 

11 (bis). Lo mismo que la gente.

sábado, abril 23, 2011

La bondad de las máquinas


Siempre hay algo de conciencia por ahí estropeándolo todo, ¿verdad? Cuando estamos a punto de cantar una canción, tocar un instrumento, hablar o teclear aquí mismo en una computadora, aparece ese fantasma de la toma de conciencia para arruinarlo todo. Para enrojecernos la cara de vergüenza, para hacernos olvidar cómo pasar las manos por los trastes y las cuerdas, para enredarnos las lenguas con temores y barricadas o para hacernos patentes que aunque podemos teclear con una fluidez envidiable, nunca sabremos qué letra está al lado de la R sin ver el teclado.

Así es: la conciencia es un estorbo. Una monserga. Un trampantojo ridículo que lo único que hace es estorbar a la bondad de las máquinas. La máquina de la música, la máquina de la lengua, la máquina del subconsciente que no pueden sino hacer cosas y cosas buenas llenas de arte y buena técnica.

Las máquinas, siempre y cuando sean máquinas de verdad, siempre son buenas. Acaso de ahí se explique ese terror de la ciencia ficción de que, algún día, una máquina, tome conciencia de sí misma –es decir, se haga como hombre- y no pueda más que volverse mala. Pero las máquinas… las máquinas por sí mismas siempre son buenas. ¿No?

Y supongo que alguno o alguna, muy amante de su propia conciencia, llegue a pensar que si andamos por aquí luchando contra la Realidad, pues, «no hay mayor lucha posible que la que se hace desde la conciencia.» Y así en el gran trampantojo –no ya de la Ilustración y la modernidad, que sería demasiado achacarle a ellas semejante error- sino al capitalismo puro y duro, podemos llegar a creer que es la toma de conciencia de sí mismo lo que nos salvará de nuestra constante caída en la Realidad.

Pero no.

Ay, no.

Que nuestras conciencias o, más pedantemente, nuestros ‘yoes’ respectivos de cada uno de nosotros los que leemos esto –el mío, desde luego también-, no son más que meras cosillas de la Realidad y cómo tal jamás podrán luchar contra ella. ¡Es justamente desde la conciencia que se actúa como la manada lo manda! Cómo el capital lo suplica. La gran mentira del capital es la formación del individuo a partir del imperativo de soberanía de la Ilustración. Si el siglo de las Luces con aquellos franchutes modernistas pedía hombres libres, los Estados se encargaron de producir ciudadanos y el Mercado se encargó de producir consumidores.

Evidentemente aquí lo que está en predicamento es la libertad. Pero… ¿qué tiene que ver esto con las máquinas? Bueno, que no seremos tan pretenciosamente estúpidos como para suponer que si no hay conciencia –si no hay individuo, ni yo, ni sustancia dentro de los nombres propios- (o por lo menos esa es la intención un poco para caernos de la Realidad un poquito y de vez en cuando), pues ¿vamos a caso a suponer por ello que no se hará nada? ¿Qué sólo nosotros como conciencia somos capaces de actuar?

Eso no sólo es falso sino ridículamente pretencioso. No sabemos nada. Y ese no saber no significa que no se pueda hacer nada –y acaso ‘saber’ sea justamente lo contrario de ‘hacer’, aunque eso, ya algún día lo hablaremos con más detalle si se pre
senta la ocasión-, sino que en ese lugar en dónde no habite la conciencia y podamos exorcizar a ese parásito llamado Alejandro Vázquez Ortiz, pues podamos, ¿quién sabe?, llegar al desgarro que aquí estamos buscando. Llegar al punto en donde se quiebra la Realidad y cosas nuevas –cosas que no estaban hechas y por tanto no pueden formar parte de la Realidad, al menos no de momento-, puedan ocurrir.

Claro que esta sugerencia a muchos nos asusta. ¿Cómo no iba a asustarnos si nosotros mismos, yo, tú y todos somos la fortaleza misma de la Realidad? Y la propia lucha contra la Realidad es siempre una lucha contra uno mismo. ¡Ah! Pero eso que aflora cuando la conciencia se va de paseo –eso que ya los antiguos achacaban a las musas con aquellas invocaciones a la inspiración, achacando a otros lo que no podía ser de uno. Y en fin, aquí mismo cuando realmente se logre dar con algo de más o menos sentido común, será porque acaso hemos podido desembarazarnos un poco de nosotros mismos y dejar que la máquina de la razón razone y hable por nuestros dedos de forma casi inconciente.

Así que dejemos a un lado esos malentendidos y dejemos que las máquinas hagan lo que tengan que hacer, que seguro siempre será algo mucho mejor que lo que nosotros podamos hacer. Dejarse hablar, dejarse razonar, dejarse cantar, dejarse hacer todo lo que no esté hecho… Y a ver qué pasa. A ver qué ocurre. Estoy seguro que ocurrirán cosas mucho más interesantes que estar viéndolo todo desde la cobarde y mentecata sensación de que soy ‘yo’ quién piensa esto que pienso y por tanto al pensarlo no puedo más que estarme cuidando. Acaso descubramos que las máquinas en esa bondad prácticamente gratuita que proporcionan siempre han sido mucho más soberanas que cualquier individuo.

(Ahora que voy terminando, me empiezo a preguntar si acaso, diciendo todo esto que digo, no me he preocupado en dejar claro acaso qué es una máquina y cómo es que muchas de lo que hoy consideramos ‘máquinas’ no lo son, pero en fin, eso será para otro día, pero igual ustedes, acaso cuando tengan la gracia de estar lavándose los dientes, comer o ir montado en el camión a sus casas, gracias a que todas estas cosas se realizan maquinalmente, puedan estar gustosos de revolcarse en el problema y a ver qué sacan).


domingo, abril 11, 2010

Buenos días, Don Nadie


I'm Nobody! Who are you?
Are you - Nobody - Too'?
Then there's a pair of us?
Don't tell! they'd advertise - you know!

How deary - to be - Somebody!
How public - like a Frog -
To tell one's name - the livelong June -
To an admiring Bog!

(Emily Dickinson, Variorum edition, 288)


¡Soy Nadie! ¿Quién eres tú?
¿Tú eres – Nadie – también?
¿Entonces ya somos dos?
¡Calla! ¡Lo proclamarían – ya sabes!

¡Que aburrido – ser – Alguien!
¡Qué vulgar – como una Rana –
Decir nuestro nombre – todo el largo Junio –
A una Ciénaga que te admire!


¿Cómo se puede ser alguien? No ya sólo en la vida sino en el puro lenguaje que nos enuncia. Si mi boca dice: «Soy alguien», ¿no estará ya ella misma mintiendo? ¿Cómo va a saber la lengua que hay algo detrás que habla?

Y como ya lo dijimos una vez, esto del hacerse persona sólo puede ocurrir en la medida en que uno se contempla a sí mismo. Se logra básicamente con la trampa maledicente que dice que uno es el reflejo del espejo, cuando no puede haber nada más falso. Simple y sencillamente porque la vista no se puede ver a sí misma, tal y como el lenguaje no puede hablar de sí mismo.

Está ahí. Estamos ahí, o por lo menos eso parece. Pero de ahí a ser Alguien –alguien en el sentido de que sea uno, no que sea algo, ya que si es uno, necesariamente tendrá que ser él todo uno, impidiendo que así, dentro de sí se un simple algo-, hay una diferencia considerable.

Luego, ¿qué hay acá abajo? ¿Qué hay del otro lado de la Realidad? (Ese Ojo que esta observándolo todo desde lo Alto y que pretende que todos veamos con su mirada) ¿Qué hay aquí abajo? ¿Qué dice la boca cuando se sincera consigo mismo?

Soy Nadie, o lo que es lo mismo soy cualquiera o más lógicamente, si algo que no es uno. Y si hay algo de amargor en ese descubrimiento, no será nunca, eso lo puedo asegurar, debido a la suplica constante de la Realidad (de Dios) que pretende realizarse con furia entre los mortales, a base de pasaportes, cuentas bancarias, nóminas personales, currículos y números de identificación fiscal.


jueves, febrero 18, 2010

¿Vida privada?

No es coincidencia que aquí me resista con fiereza a hablar de la vida privada esta que me toca. No es coincidencia pero tampoco es honesto del todo. Por lo menos no queda más remedio en hablar sobre el silencio de mi vida privada y del por qué tampoco eso sirve para nada.

La vida privada de uno no es más que el residuo más pequeño de la Realidad. Realidad es el nombre equívoco y a veces odioso de una serie de ideales ya preestablecidos a los que uno despierta un buen día, sin saber muy bien ni cómo ni cuando. No es del todo honesto simplemente apartar la vida privada, porque, naturalmente, esa vida (que a ver quien me dice cómo puede ser vida y a la vez ser privada, que es lo mismo que decir que es la vida de uno, la vida que es propiedad de uno, la vida que controla uno, y cómo en algo que está controlado –aunque sea uno mismo el que lo lleve- puede haber algo de vida que de verás sea vida). Algunos se llevan bien con esa guerra que les propone día con día, otros despertamos un poco asqueados cada mañana para mirar por la ventana y ver cómo la Realidad se extiende ante nosotros en forma de grandes edificios.

Vida privada. Privado. Es acaso en ese diminuto reino de la alcoba en donde se atrincheran a placer los ideales más molestos, los más redondos, los más aceptados.

A nadie, creo yo, ojeando las palabras que dejo en este maldito blog (grandilocuente y pretencioso donde los haya), con un mínimo de atención, se le escapa de que hay ciertos temas que me dan más que pensar que otros. El amor, la muerte y yo mismo. Si acaso me dan guerra estos temas, no es porque yo la esté buscando… no me tengo por pendenciero. Es simplemente que me los encontré, ni se muy bien el cómo y el por qué, se han levantado ellos contra la poca alegría que invade a veces mis días. Se levantaron ellos, se han levantado siempre una y otra vez, Amor, Muerte y Yo (La santísima trinidad de la Realidad), a mi no me queda mas que entrarle al quite, inventarme una estrategia sobre la marcha e intentar que haya las menos bajas posibles.

La Realidad no es mala. Simplemente triste. Lo que le pasa a la Realidad para que sea triste es que es la que es. Es lo que le pasa a mis amores, lo que le pasa a mi muerte futura –y a la vida privada a la que tengo que sobrevivir que es simplemente su revés- y por supuesto a mi mismo es que todos ellos, a veces, cuando no tengo más remedio, son los que son. Y cuando las cosas son las que son… son tristes. Tristes y solitarias: privadas.

Claro que hay gente que se lleva bien con la Realidad, que se lleva bien con la guerra declarada del mundo y hace suyo el mandato de resonancia militar que vomitan a cada paso los televisores y las publicidades de la Realidad: ¡sé tú mismo! Invitación, amenaza y salvación para algunos… todo al mismo tiempo.

Yo también escucho eso… lo escucho constantemente y a veces la confundiré hasta con mi propia voz –como si la voz pudiera pertenecer a alguien-, y es que hay momentos, momentos en donde no puedo más. Simplemente eso… no puedo más con esta guerra y a veces quiero, sí, quiero que venga la Realidad y me lleve así entre su corriente de cosas que van cayendo: a veces al suicidio, a veces al triunfo y al éxito, al esplendor de los Ideales. ¿Habrá acaso alguna gran diferencia entre ellos?

Tampoco me gusta mucho este símil de la guerra, porque es equívoco. Pero el desgarro es básicamente el de una guerra… la tristeza es la de una guerra, el sentimiento es el de una guerra y a veces la única manera de no dejarte caer en ese cause de la Realidad es pensar que hay un enemigo… que verdaderamente hay algo contra qué luchar. Sin embargo siempre estoy hablando de mí… es contra mí contra el primero que estoy luchando, yo soy el primer baluarte de la Realidad.

Yo. Alejandro Vázquez Ortiz. Ese nombre que me hace uno ante ustedes y ante el reflejo en el espejo. Ese es mi más grande enemigo, el más despreciable y horrendo. El más crédulo y tonto, mi más cruel verdugo.

¿Qué ocurre pues ahí cuando surge de pronto el Yo –si ese Yo determinado con su artículo y todo-, en medio de la más absoluta alegría de no saber lo que se es?

¿Qué pasa cuando viene a apropiarse de los insultos o de las caricias? A establecer la economía del dar-te doy, de la apropiación de la identidad de ese que se ve en el espejo o incluso a hacerse propietario de las palabras que va dejando tras de sí, que dice: ¡este soy yo! ¡Aquí podéis verme! ¡Aquí estoy yo!

Mentira… nada de eso es verdad.

Y sin embargo, ocurre. Sin embargo, se da. No sé por qué, es uno de los misterios que más nos vienen preocupando a los que estamos aquí abajo, perplejos de ver como el mundo parece querer ser el que es, a pesar de que en ello y por ello se abre la herida fundamental, la más grande de todas y la constitutiva del Sistema este que padecemos de las democracias, los dineros, las políticas baratas y ridículas: la herida de ser el que es, como una permanente raja abierta y sangrante entre la piel de uno y el resto del vivo de las cosas que están ahí sin fin y ante el que nuestra pequeñez sólo puede aspirar a deshacerse en el olorcillo de una flor gratuita.

Sí.

La Realidad, mal que bien, nos obliga a adscribirnos a nuestros pasaportes, a nuestros currículos, a nuestras identidades particulares. Incluso este espacio ridículo abierto no esta abierto para ser un digno combate contra la Realidad, sino apenas para construir el futuro currículo de un futuro industrioso productor de cultura… que eso es a lo único que puede aspirar uno que está aquí… y aunque esté obligado a ello, no por ello vamos a cantar la contradicción, a ponerla en negro sobre blanco y acaso haya cometido el error, más de una vez, de creer que de verdad esto servía para algo.

No. No sirve. Y aún así aquí seguimos.

No sé bien para qué. No sé bien por qué. No va a haber honestidad aquí, no la encuentro por ningún lado. Habrá como mucho algún breve testimonio de la herida que nace ante ser quien soy y el daño que explota ante la contradicción del miedo que se nos impone a la hora de aceptar o no el Nombre que nos da la Realidad y que nos constituye y nos permite los éxitos y fracasos, las culpas y las recompensas, los amores y los odios.

¿Qué se le va a hacer? Uno tiene que estar ahí, como un acróbata –quizá ese sea un mejor símil que el de la guerra-, jugando a estar siempre una cuerda floja y el equilibrio es propiamente la lucha. No habrá paz, no aspiro a ella. Simplemente a detener los claveles de las heridas… como sea, como se pueda.

¡Valga ello para lo que valga!



martes, septiembre 22, 2009

Anexo al uno y su repetición: yo mismo, una ciudad


Hay que volver sobre un tema que ya hemos tocado, pero que puede provocar los suficiente equívocos como para que tengamos que volver a él constantemente –de hecho, en el fondo nunca lo abandonamos-, me refiero al tema de ‘yo mismo’ o ‘el yo’ que es uno.

(Es importante volver a él ahora que hablamos del Uno –la unidad,
Dios, el poder-, para ver de qué manera el Uno y ‘el yo’ son prácticamente lo
mismo. Esto es, como ya hemos dicho, que el individuo es parte de la Realidad y
que si hemos decidido combatirla a ella, necesariamente, el individuo es nuestro
enemigo.)

La parte constituyente de un individuo es que sea uno, si no, no es individuo (y aunque ya vimos antes lo imposible de esto)… Supongamos que es verdad que puede haber individuos: ¿no será la suma de estos –esto es, su repetición y posterior trato en cuentas y estadísticas- lo que en sí constituirá algo así como la ciudad? Así tenemos a uno que es uno, a otro que es uno, a aquel que también es uno, a ti que eres uno y etc. etc. etc. que todos son más o menos uno. Por tanto: masa

(el ‘pueblo’ de la ‘demo’cracia –aunque aquí no nos paremos a ver el sinsentido
de cómo el pueblo vaya a poder tomar los poderes-, que por no equivocarnos
llamaremos aquí ‘masa’ –aunque el nombre esté muy manoseado- para diferenciarlo
del de pueblo. En efecto, el pueblo no se sabe bien que sea, ni podemos saber
cuándo de verdad hay pueblos, ni se puede decir cuándo un conjunto de personas
se convierten en pueblo, etc. En cambio ‘masa’ es menos equívoco en tanto que ya
se sabe que la masa –como la masa material- está compuesta de partes más
pequeñas, de átomos, de individuos que en su agrupación forman poco más que un
conjunto de cosas. Así que no diremos ‘pueblo’ a pesar de que haya gente que
pueda confundir estos dos términos: el pueblo es cualquiera, la masa está hecha
de inviduos.),

y es esta masa la que nos quieren hacer pasar por multiplicidad o libertad. Esto es que la proliferación de Unos tiene que constituir la base misma de la pluralidad, la tolerancia, el respeto y todas esas virtudes de la democracia –manufacturadas precisamente para que no le pase nada a los Unos-, que permita que los Unos convivan entre sí en plena pluralidad –eso sí llegan a conseguirla- sin que nunca los límites de uno entren en conflicto con los límites de otro.

Esto que se quiere disfrazar como al forma más progresada de respeto civilizado y fecundo foco para diversidad cultural, es en realidad la forma más reaccionaria del Uno. Es el Uno imperando bajo las formas más sutiles de la individualidad, en la forma de la persona, condenada a la más helada de las soledades… hablando en el fondo de sí misma, abandonada a los muros de su propia piel.

Tal y como nos sugiere el estoico Epicteto en sus Pláticas:

«Como, en efecto, Sócrates decían no vivir una vida sin examen, así no debe admitire una representación sin examen, sino decirse: ‘Aguarda, deja que vea quién eres, y de dónde vienes’ (como los centinelas nocturnos: “Muéstrame la contraseña”). ‘¿Tienes esa marca de naturaleza que debe tener la representación de recibo?’» (Pláticas o Diatribas, III 12, 15-16. trad. de Urríez y Azara, P. J.)

Esto es, de someter todo posible desgarro del Uno a una constante vigilancia de tal manera que el cuerpo mismo se transforma en un estado policial, en un lugar geográfico sitiado: en una ciudad que se tiene que comportar ante el asedio.

(No es aquí el momento de divagar sobre todos los conceptos que
desde Sócrates hasta el final de la época helenística estuvieron impregnando
todo el pensamiento griego: individuo, ataraxia, adiaforía, dihaíresis, etc.
pero quede dicho que todo este bagaje conceptual estaba encaminado para reforzar
la misma mentira)

Este estado policial del Uno es absolutamente necesario y no se puede concebir ningún individuo sin que dentro de sí tenga esa noción de protección.

Por otra parte, si queremos adentrarnos más, podemos rastrear un componente esencialmente colonizador en todo esto: Ya decía Marco Aurelio en sus Meditaciones: «Mi ciudad y mi patria, como Antonino que soy, es Roma. Como hombre es el universo.» (VI, 44). Durante el imperio romano está la cláusula absoluta de que todo el espacio hueco que hay entre las ciudades –recordemos que antiguamente las ciudades tenían la sana costumbre de estar amuralladas-, era un espacio dispuesto para la colonización: esto es, el campo también era la ciudad futura, lo que todavía no le había llegado el tiempo de convertirse en ciudad e integrarse al Imperio.

Esto, aplicado a lo que nos ocupa, quiere decir que el Uno siempre tiende a reproducirse sobre la pluralidad difusa –esto es, una multiplicidad que no esté constituida de unidades, ni redes ni nada-, para colonizarla y reordenarla: este procedimiento sucede a cada paso y en todas partes, desde la apropiación de las formas artísticas por parte del poder hasta la colonización de la conciencia sobre los sin-saberes del psicoanálisis. Todo se trata de hacerlo Uno y con ese quehacer ya todo lo demás está dado: no existe nada más que hacer sino esperar a que no suceda nada… a que la Realidad se constituya por sí misma y que en tanto que sea nada más que una acumulación de unidades, se mantenga en sí misma por todo el tiempo posible.

Por ello cuando se ataque la Realidad no se debe hacer nunca desde el invididuo, que cómo ya hemos visto, únicamente es una caricatura en donde todos los mecanismos del poder –tal y como se presentan en las ciudades- se repiten y tienen a proliferar. Y, naturalmente, es contra este orden que esta guerra tiene que rebelarse… una guerra civil dentro de uno mismo, como quien dice. Que el agua que brota de ese desconocimiento ya se encargará de ungir cualquier herida de la batalla...


jueves, enero 22, 2009

«Yo mismo», un caso de cosa


Vámonos haciendo espirales, ¿les parece? Quiero decir que no cometeremos aquí la torpeza de creer que se puede seguir hablando y profundizando en las definiciones del tema Realidad hasta agotarlo, porque, como ya se imaginarán, la cosa de las cosas no se deja agotar, ni estas maquinitas no se pertrechan para empresas tan magníficas ni gloriosas (que ya se verían ellos atacando a gran escala, como reemplazadoras de la Realidad misma), y todo ello sin contar la manera en que aburrimos al personal. Así que, posponiendo la seguridad de tener que habérnoslas con Ella de formas más directas, hablemos de otra cosa.

(Aunque decir 'otra cosa' es inexacto, porque ya con ser 'cosa' (res), ya se está hablando de Ella, aunque ni la nombremos ni nos haga falta hacerlo, que para eso sabemos que estar contra la 'cosa' es estar ya contra la Realidad y seguir en estas batallitas)

Y en fin, de lo que quería hablar era de usted y de mí... de cualquiera que sea uno y que, siendo uno, no podrá evitar ser un caso de cosa. Una cosa entre las demás. El asunto tiene su importancia. Ya en su momento dije que estos artefactos no eran -ni mucho menos- para que los usara alguien. No se trata de esa rancia pelea por las 'libertades individuales' (que ya me dirá usted como una palabra caza con la otra). No. Las máquinas tienen que estar también para atacarnos a nosotros en la medida en que también seamos parte de la Realidad, y nosotros, en la medida en que somos personas, sujetos, 'yoes', etc. somos parte de Ella, y aún, creo yo, uno de los pilares más importantes en los que se sostiene.

¿Por qué, entonces, íbamos a nosotros a merecer otro trato? Si somos un caso de cosa, sin duda, una cosa que usa una máquina sólo la puede utilizar para seguir creando más y más cosas, es decir, más y más Realidad. Si maldecimos el contorno de la piedra, la separación del pájaro y la rosa, el límite del triángulo, la medida de la escuadra, ¿por qué no íbamos
a maldecir el contorno de nuestra alma, el perfil de nuestro 'yo', y hasta la separación y terminación de la piel de uno y de otro?

Aunque ya veo a más de uno que esto le provoca problemas. Al fin y al cabo, una de las oraciones de la Realidad, dice otra cosa sobre nosotros. Dice: uno es uno e indivisible, por eso se llaman individuos, y si uno es uno sólo puede ser un 'sujeto', pero nunca una cosa, nunca un objeto, nunca parte de la Realidad, sino la parte percipiente -que percibe- la Realidad del Mundo. ¿Cómo entonces es que somos una cosa entre las cosas?

Citamos, antes que nada, a don Agustín García Calvo (por no romper con la costumbre), hablando de los objetos de la psicología, ('El Yo que no soy yo', Contra la Realidad, Zamora, 2002, p.197):

Como os advertí antes, el termino en sí, este objeto de la psicología dicho como 'alma', es una cosa anticuada, suena muy mal (para algo las ciencias progresan), pero, a cambio de ello, se han desarrollado otros como es 'la persona', 'la personalidad' y todos los demás nombres de los mecanismos anímicos a los que estás de sobra acostumbrados. Y, en último término, con ayuda, a iniciativa de filósofos y, después, del propio psicoanálisis, se inventó el yo, que es la manera más hábil y directa de dar el cambiazo: en lugar de 'mí' está 'el yo'.

No sólo está 'el yo', sino que, si me descuido, está 'mi yo' y 'tu yo', es decir, meros disimulos para evitar decir 'alma', para evitar decir 'mi alma' y 'tu alma'; es decir, disimulos porque, en definitiva, con sólo el truco ese de sustantivarlo y poner un artículo ("el yo" o "mi yo" o "tu yo") ya se le está convirtiendo en una realidad: en una realidad que no era cuando estaba vivo. Una realidad que yo no era cuando estaba vivo. Vuelvo con esto al título: que el yo no soy yo.

Aunque, bueno, aquí vamos a detenernos, sobre todo, en la manera en que uno se hace cosa, y no ya tanto -que en otra ocasión podríamos hablar- como se puede seguir usando 'yo' sin convertirlo en cosa -es decir, como puede que aún uno pueda seguir medio vivo, a pesar de todo-.

Y ya entrando en detalle, como decía el otro, no hay uno sin dos, ni dos sin tres. Y así es como se nos hace ya imposible vernos a nosotros solitos, o por lo menos no sin darnos cuenta que tiene que haber otro por ahí que nos esté mirando y rondándome por la mente.


Mejor; que en estas falcedades -y necedades- de la Realidad, que sólo pueden parecer verdad a fuerza de repetirse cual letrilla de jardín de infancia, de que uno tenga su 'yo' o de que, en resumidas cuentas, uno sea uno, se ve claramente como falsos con el sólo hecho de pensarlas y seguirlas.

No vamos a entrar en esos detalles -muy válidos, por otra parte- de preguntar: ¿Dónde está 'mi yo' dentro del cuerpo? Ni de: ¿cómo se construye 'mi yo'? (Y fijarse que ya con el sólo hecho de enunciar la pregunta ya nos tenemos que dividir en dos, 1) que lo tiene que haber, porque así lo dice la ciencias y sus psicologías, y 2) el que duda, que no sabe localizar al primero). Ya las doctas teorías de los neurólogos sabrán apañarselas con esas mentiras, intentando a la desesperada, hacerlas pasar como verdades.

Uno sólo tiene que darse a la tarea de saber y enunciar esa mentira de la Realidad y dejarse rodar por el razonamiento. Y así decimos: Hay uno -que soy yo- que es único y está viviendo y percibiendo el mundo. Y para no meternos con cuantificadores existenciales, si lo quisieramos traducir a la lógica de enunciados sería algo como:

U→M

Donde, U es uno y M es el mundo. Pero ya el sólo hecho de decirlo nos tiene que estar revelando que por lo menos tiene que existir otro que esté, a su vez, viendo a ese uno que está en el mundo. Y se sigue que: Hay otro que ve y puede enunciar que 'hay uno -que soy yo- que es único y está viviendo y percibiendo el mundo.' Que se diría algo así como:

O→(U→M)

Y ese otro ya no puede ser ese uno que soy yo, ¿o sí? Y si en eso se resolviera todo, la cosa no sería tan grave, pero ya el hecho de darme cuenta que esta cosa tan rara ocurre, me está indicando que tiene que haber por ahí un tercero que este viendo todo el tinglado montado, y al que la duda lo acosa, de no saber si es uno u otro, si el que está en el mundo o el que ve al que está en el mundo, por tanto la cosa termina así:

T→(O→(U→M))

Y ya me dirán ustedes cual 'yo' es el verdadero, si la persona que escribe bien se identifica con todos. Lo que es claro es que el que está en el mundo, el que lo ve y el que ve a estos dos últimos, no pueden ser uno y el mismo al mismo tiempo.

Y ya ustedes que habrían de estar percibiendo un malestar con esto de que haya tantos yoes y tues, deben de estar haciéndose una idea de cómo la Realidad -como la Máquina de máquinas que es- se las apaña para que estos absurdos (que se siguen del honesto razonar de sus proposiciones) no ocurran muy a menudo.

Y lo que hace es suspender el juicio llegando a un momento dado. Y simple y sencillamente se detiene en el Otro, pero siempre y cuando este no se vea... Y dice algo así como:
Hay uno -que soy yo- que es único y está viviendo y percibiendo el mundo. Agregando al hecho, un pequeño corolario que dice algo así como: Y el que lo ve es justamente el mismo a través de una propiedad de reflexividad. Y así mantiene en secreto a ese Otro que lo enuncia:

o → [(U→M)↔(U→M)]

Que la o minúscula, está por ese otro que lo enuncia, pero que no se ve. Pues en el hecho de detenerse encuentra todo su sentido y su razón la Realidad. Puesto que si nadie se pone a ver que hace ese Otro ya no puede ser que vara a decir que sea un enunciado, ya no es lenguaje, sino que es la suma o la conclusión de una Verdad regida por las otras dos premisas solas, es decir, una cosa que se desprende del hecho de que haya uno que anda por el mundo. Y al no ser ya lenguaje la oración entera, ya no puede pasar por un enunciado que viene de mí y por tanto no puede ser yo. Y siendo siempre de Otro ya nos llega como la palabra de la Realidad (o Palabra de Dios, que viene a ser lo mismo). Tanto así que tampoco hay empacho en concebir -en uno mismo, porque al fin y al cabo, alguien tiene que hacer carne la lógica- un enunciado que diga: Hay individuos varios que están por el mundo, es decir:

({U1, U2, U3,… Un}→M)

sin que ya este Otro se deje ver (aunque dejamos los paréntesis para que quede constancia que es un enunciado y tiene que haber alguien que lo esté diciendo) y así desde las sombras ese Otro sostenga lo absurdo de que todas las proposiciones de la Realidad (aún a diferentes niveles de conocimiento
-por diferentes niveles me refiero a:
1. Veo una mesa.
2. Percibo que veo una mesa.
3. Veo que percibo que veo una mesa.
Que estos niveles sean sin fin o no, no lo he pensado aún así que no me atrevo a pronunciarlo así a secas, pero por lo menos estos tres seguro que están-)
tengan que pasar por mi boca, mi conciencia, mi hablar, etc. para poder estar presentes y figurar, ya en los libros de ciencia, psicología o constituciones estatales.

Y así ese Otro que habla -que también soy yo, pero nadie quiere que me de cuenta- y que dice que eres 'uno viviendo en el mundo', se convierte en Dios, en ese que habla, actúa, piensa, etc. sin ser visto... Que su condición primera para ser Dios es justamente esa: perderse en la tiniebla de la negatividad. ¿No decía ya en el Pseudo-Dionisio que la mejor manera de encontrar a Dios era negando todos los predicados que estrictamente no podían aplicarsele, y así llegar a la Tiniebla esencial? Y ya tenemos que Dios es algo así como el vacío o la nada: natura quae nec creat nec creatur, como diría Eriúgena... y que sin embargo Habla.

No cabe duda: esta maquinita que tenemos servirá para dejar que los razonamientos caminen y se les deje correr libres y no se les detenga a fuerza de axiomas ni dogmas -ni por supuesto, teorías sacadas de la manga de cualquiera: puesto que eso de la reflexividad implicaría tener, algo así como un espejo, en donde el 'yo' se revele a sí mismo y ello me parece tan misterioso y tan inexplicable como el dogma de la Santísima Trinidad-... Ya veo que con el sólo rodar del razonar ya se cae esa mentira que alguno tendría como verdad: esa de que uno es uno.

Y en cuanto a la cátedra a seguir, por lo menos hasta que volvamos sobre estos temas de usted y yo y de cualquier otro que tenga la desgracia de haber venido al mundo como sujeto y que es su 'sí mismo', yo me quedo con Víctor Jara.


miércoles, diciembre 29, 2004

Rotura




Ni aguantar ni escapar,
ni el luto ni la fiesta,
ni designio ni azar,
ni el llano ni la cuesta.

Ni puro ni perverso,
ni denso ni vacío,
ni en uno mismo inmerso
ni extroverso...

ni abrazador ni frío.

Ni de ida ni de vuelta,
ni al margen ni en el ajo,
ni pasión ni desdén.

Vacilación resuelta
con el suelo debajo
por entre el mal y el bien.

Ni cubierta la faz
ni mirando al abismo,
ni mandobles ni en paz
que viene a ser lo mismo.

Ni falta de criterio
ni sobra de juicio,
ni un carnaval tan serio
ni el dicterio...

tan sacado de quicio.

Ni súbdito ni rey,
ni a cualquier viento hoja
ni el paso altivo y fuerte,

por dónde pisa el buey
pero en la cuerda floja
mientras llega la muerte.

Estaba yo y mis piezas más o menos juntas. Era fácil mentir, era tan fácil... ¡Iba yo a que el mundo me devorara! E iba contento.

Sólo queda la fascinación.

La sensación de estar roto y que no hay fe ni fuerza ni pegamento en el mundo que logre unir lo que se ha desunido... que logre disimular todas las grietas estas de mis manos y las cicatrices de mis brazos. No, no lo hay. Olvidé todo, se me olvidó hasta mi nombre de usarlo tan poquito... se me olvidó mi apellido, el lugar donde nací, la casa donde me críe, se me fueron olvidando todas esas cosas que mantenían el orden unido... y todo se me dehizo entre las manos.

Qué miedo pasaba entonces... ¡no tengo hogar! Me decía... y ya no sé si aquella verdad -sin ser verdadera- me llenaba de tristeza o alegría... ya no sabía quien era el que tenía miedo. ¿Qué miedo podía sentir entonces?

Ah, ya... lo veía... sí, era eso... Creo que miedo sentía de que yo saltara en mil pedazos, pero el mundo no. El mundo quieto giraba entre sus cosas: uno, uno, uno era... y parpadeaba.

Pero nadie puede decir nada del mundo que sea cierto. La vida florece entre mis ruinas, como las raíces que parten con su crecimiento silencioso, los tiestos y barros que las contienen. Silenciosas caminan y el jardín tiembla todo. No hay humanos para contemplar ese hermoso espectáculo con ojos de humano, y sólo cabe que los perro sonrían... ni yo. Sólo las cosas.