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miércoles, septiembre 11, 2013

Profesión / Voluntad

1. Qué cambiazo eso de la gente por las profesiones. Es horrible y triste ver como gente que más o menos puede tener ciertas inteligencias, se ve borrado de súbito por la profesionalización de los que haceres. Ya no hay gente, sino profesionistas. Es decir, gente que cree que sabe lo que hace. O que por lo menos aparente saber lo que hace, ya da lo mismo si cree que sabe o no sabe con tal de que lo parezca. 

2. Sería esa la gracia que podían conservar las mujeres cuando tenían ese pecado tan gordo de no trabajar. Bueno sí, trabajaban al servicio del señor de la casa, pero bueno, eso se arreglaba con cuatro pegos y listo. Y eso de que se llevara en la intimidad y no revistiera mayor dificultad que mantener la casa en orden y la cena lista, y más bien el trabajo (si acaso le daban esa cualidad) era manual, físico... humillante. Tan humillante o más como el de los campesinos o albañiles. Nada que ver con los profesionales de las cosas que hoy abundan por aquí y por allá. Y las pobres mujeres, pasaron de renunciar a ese trabajo de humillación ante el marido (al que después podían, si el susodicho se dejaba ir envenenándole el día a gritos y revueltas, a trastazos o besos y no dejarle tan en paz de su dominio) para caer en las garras del Dios y amo incuestionable y que reina con una paz tan árida que miedo da. El dinero, claro.

3. Y la cosa no sería tan grave, ¿verdad?, si todo esto de los profesionales  se limitara a su basta incompetencia para hacer las cosas. Es decir, demostrar con su pretención de saber hacer una cosa, es casi proclamar no saber hacer nada de lo demás... Eso, bien mirado, no sería tan malo, porque por lo general estos profesionales a lo único que se dedican es a administrar la basura y muerte que despide el sistema, público o privado, da lo mismo. Y si la administración de la mierda no fuera tan eficiente, ¿qué duda cabe que la cosa sería mejor? 

4. Pero la cuestión va más allá, hasta la fundación misma de la Persona como profesional. Porque ya de pronto al separarse del cuerpo vivo del pueblo (desidentificarse finalmente con el ama de casa humillada por el Señor) pues ya el que sabe tiene, por fuerza, que estar por encima del que no sabe. Y por tanto creer que siempre uno es quién toma las desiciones y manda y vota y compra y elige y decide el canal televisivo para ver. En resúmen, seguimos siendo la misma ama de casa, humillada, vilpendiada, a la misma vez que tenemos el control de las cosas. 

5. De esta manera el trabajo mismo constituye a la persona y la hace ser la que es. Con todo el padecimiento y dominio que tiene un par de la cópula sobre el otro. Y en esta doble predicación errónea (puesto que una cosa no debe predicarse doblemente, mucho menos de un verbo tan poco parecido a un predicado como el de "ser") es el que se haya como clave de bóveda de este sistema que padecemos.

6. Nadie, por cierto, puede decir por esto que digo que "está mal trabajar". El trabajo es lo último que importa en esto de las profesiones. Más bien, tal y como se puede ver en el escalafón jerárquico de los trabajos, parece ser que un empleo tiene más prestigio entre menos trabajo implique. Así el campesino y albañil son despreciables y molestas; y en cambio, los políticos y banqueros siguen guardando el prestigio que conlleva ese puesto de trabajo que es su puro nombramiento. 

7. Y por cierto, no podemos menos que hacer notar como este tinglado tecnodemocrático sigue siendo, a grandes rasgos, la construcción del platonismo ya bastante añejo y pasado por el cristianismo y sobre todo Hegel. Esto es, ver que el cumplimiento de la idea de la civilización es precisamente este momento de la historia en la que las personas solo asisten al cumplimiento de su destino en el trabajo: ser ellos mismos. 

8. Cabe señalar, finalmente, que esta realización del destino de la persona (que no es sino hacer lo que ya estaba mandado hacer desde siempre, desde que el hombre asumió la tarea de hacer el Reino de Dios sobre la tierra a través del perfeccionamiento técnico de los empleos -sin trabajo- y las ideas), no tiene nada que ver con la vocación sino más bien al contrario.

9. La vocación es llamado. El vocativo siempre tiene que ser invocado por otro. Cualquiera que siga la vocación, precisamente lo que hace es alejarse del mandato al cumplimiento de su destino: es salirse del camino de la condena a lo hecho desde siempre y correr el riesgo de jamás realizarse. De no ser el mismo. De admitir ese llamado de otro y vivir para eso otro que no es uno.

10. Claro que las operaciones de domestiación de la vocación están a la orden del día. De hecho, es en la vocación donde el sistema tecnodemocrático del individualismo ve su punto límite de su éxito. Es decir, si un ecritor, poeta, artista o lo que fuera, siguendo su vocación consigue el éxito, ve reflejado en él y sirve como ejemplo para ver de qué manera el cumplimiento del destino es precisamente "el suyo". Y trocan así la pasión por la voluntad. El desvivirse del artesano por la obra (desvivirse por otro) en una voluntad del artista: en un trabajo positivo.

11. Este cambiazo es la razón por la que el arte ya no sirve para nada sino para venderse... 

11 (bis). Lo mismo que la gente.

viernes, abril 30, 2010

Arte y vacío

(Detalle de la Pared oeste de la Sala del Fondo de la Cueva de Chauvet)


Cuando veo a mi perro, no puedo evitar sentir una cosquillita de envidia. No sé si es adecuada o no, no sé si es correcta o no. Pero le veo ahí, tirado, con sus orejillas miel cayéndole como una cascada hasta extenderse sobre el suelo. A veces extendido para ahuyentar los calores que ya coquetean con la primavera, o en la noche, cuando refresca, echo un ovillo para recojerse la calidez de su cuerpecillo magro y compacto. Y le miro, y le miro como no se cansa de dormir. Debajo de la cama, debajo de mis pies, ante la luz de la ventana o buscándose un trapillo para hacerse una camita con su industria y su afán.

Le envidio porque, después de mucho pensarlo, me he dado cuenta de que no se aburre, de que no se siente vacío. De que el podría seguir tirado ahí horas y horas, días y días, y cuando le mirara, el cruzaría la mirada conmigo y agitando el rabo se montaría en cualquier juego, pero sin esperarlo. No espera nada. Está ahí. Dormido. Y le da igual si juego o no, si de pronto salto y le lanzo una pelota. ¡Y eso que vive, como cualquiera, en uno de los nichos que nos tiene reservado la industria inmobiliaria! Me lo imagino durmiendo a campo traviesa -cuando los campos eran campos, no ahora que hay puro vacío tapizado de carreteras- y no imagino que ningún perro ni animal alguno se aburra, sienta el vacío.

Y luego, hablando con una amiga me preguntaba sobre algo del arte -que aunque no tenía mucho que ver-, después me vinieron a contar que la apreciación del arte era algo así como una de las grandes capacidades de la especie del mico racional a la que supuestamente pertenezco. Y pensé: "Momento, que soy lento... ¿y esta apreciación del arte? ¿Y esta gana de rellenar el mundo con pinturas y poemas, de hacer canciones y adornar las cuevas? ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Tras de qué está corriendo ese mico artístico?"

Y cuando los primeros micos racionales empezaron a manchar las paredes de las grutas de Altamira o de Lascaux... ¿para qué? ¿Qué falta les hacía?

Y sí, al fin y al cabo, me di cuenta. Que el vacío que dentro del cuerpo se siente -chupándolo y relamiendo todo por dentro de uno- lo lleva a intentar buscar a yo que sé qué cosa sagrada entre las pinturas, los pinceles, las sílabas, las letras. Vacío.

Y ahí tenemos que todas las obras de arte están ahí para hablarnos del vacío. Las catedrales, los museos, las exposiciones, las pirámides, las presentaciones de libros, las conferencias de historia, los programas culturales, etc. Todo para el vacío... Y si podemos pensar que habrá algunos vacíos que no tengan más remedio que chisporrotear de los dedos de quienes lo hacen, hay otros vacíos tan fecundos que propagan el sopor y glorifican la nada, como el museo del Prado o la Basílica de San Pedro.

Y lo podemos imaginar... ¿no? El pequeño mico desnudo acercándose a la pared de la cueva, acercándose hasta la piedra y tiznando con la punta de sus dedos, las virutas de una fogata hasta ir pintando sobre la roca viva y anónima un dibujo, para ahuyentar su vacío. Para hacer algo. Para moverse. Para sentir que algo pasaba en su mundo... que algún Dios le escuchaba, que alguien le escuchaba, aunque fuera otro mico racional, que miles de años después, viera esos dibujos y pensara en su vacío.

¡Mirad! ¡Mirad mi vacío! Gritan.

Y el mío, de paso.

Y los perros, si acaso había perros con aquellos micos, seguro estaban ahí, a su lado, riéndose por lo bajini, vueltos pelotilla para aprovechar los calorcillos de su cuerpo ante lo fresco de la cueva, acercándose a las ascuillas parpadeantes de la fogata recién apagada o acaso relamiendo de las estalactitas las gotitas de agua que bajaban heladas y nutritivas... y pensaban: "¿Y este mico racional? ¿Qué hace? ¿Qué busca?" Como seguramente está pensando ahora mi perro, mirándome escribiendo aquí, a ver si alguien -aunque sea yo mismo- me entero de mi aburrimiento, de mi vacío.



Pasaron varios siglos sin que el hombre descubriera
que vivía a su manera el electrón.
Estaba en todas partes y no estaba en ningún sitio
por aquello de la indeterminación.

Vivía para siempre enamorado
de un próximo y pesado nucleón.
Jamás los vieron juntos en la Tierra,
la Luna o el Sol.

Qué triste es ser electrón,
vivir en una nube,
el electrón se aburre por definición.
(x2)

Sentía una atracción irresistible
y el amor era imposible por aquel bello protón.
El Hombre destrozó todo el encanto
con la inversa del cuadrado que se le ocurrió a un señor.

Danzando por un átomo cualquiera,
espera conocer lo que es amor.
Jamás los vieron juntos en la Tierra,
la Luna o el Sol.

Qué triste es ser electrón,
vivir en una nube,
el electrón se aburre por definición.

(La tristeza del electrón, Prin' Lalá)

jueves, noviembre 26, 2009

Notas al Márgen: Arte

Un día el Gobierno Griego le pidió al Gobierno Británico:

«-Oye, toú, inglesito de ligeros dedos, endevuélveme joi frisous del Partenón.»

A lo que el Gobierno Británico hizo como que no escuchaba. Tosió y siguió embebiéndo su té. A lo cuál, un montón de muchachines (de toda Europa) e historiadores que se adueñaron de la indignación del Gobierno Griego y sacaron a pasear protestas por el exfolio realizado a la cultura madre de Europa cuando un montón de turcos nacionalistas ocupaba la bella perla del mediterráneo.

«-Les han robado su identidad cultural –dijo uno.

-Qué vergüenza que el gran patrimonio del Arte se halla preso y conseguido en el exfolio de una guerra –dijo otro.

-¡Qué inmoralidad! ¿Sostener el lujo de los museos a costa del saqueo y la rapiña? ¡Oh, qué venga Al Gore y que haga una película sobre esto!»

A lo que el Gobierno Británico volvió a carraspear y abrillantó sus uñas en la solapa de su chaqueta.

Ahora bien, lo que ni el Gobierno Británico ni el Gobierno Griego quería que nadie se enterase –y ahí entremetidos en la balumba, los niñatos también- es que no importa quién tenga el arte, la identidad o la cultura: ¡ésta sólo puede servir para someter al pueblo!

Porque ahí estaba el pueblo –que sí unos eran griegos y los otros ingleses, eso naiden lo puede ensaber-: que se alzaba de hombros y sonreía.