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miércoles, diciembre 08, 2010

La inteligencia



Alguna vez, no recuerdo a santo de qué, habíamos quedado entre estas mismas letras, si alguno hubiera quien las lea, en decir que es eso de inteligencia.

Promesa de sobra pretenciosa y algo bastante pedante de mi parte, que viendola en perspectiva no tenemos más remedio que reconocer que nos será impoible determinarla aquí. Acaso, sea por la mera imposibilidad que decía ese alemancillo vestido de tirolés: eso de que en cualquier pregunta que se esté intentando invocar al SER de cualquier cosa, en realidad la pregunta ya no apunta a la cosa, sino a la propia condición de SER, y ¿qué es ‘ser’? Es la verdadera pregunta que se pregunta cuando se pregunta cualquier estupidez como: ¿Qué es un perro o un zapato?

Bueno, bueno, dejemos estas tonterías filosóficas, quien quiera saber más Cfr. Hediegger, Martín, ¿Qué es metafísica? p. 104 de la edición de Gesamtausgabe de Klostermann.

Pero, como imaginaran, esta imposibilidad de decir el ‘ser’ de la cosa, no debe, ni mucho menos, clausurarnos los labios. ¿Por qué? ¿Acaso no van por ahí diciendo los psicólogos o los pediatras o los científicos de turno lo que es la sacrosanta inteligencia? ¡Naturalmente que hay que intentar indagar en la cosa! A lo cual acaso tengamos que acudir a esa técnica de contra luz que utilizan los magos en sus rutinas de silueta. Sin saber exactamente que ocurre dentro de la sombra, por lo menos contentándonos con siquiera encontrar los límites de la misma: diciendo lo que no es de la cosa, algo habremos hecho de bueno… ¿no es así? Por lo menos para reconocer que lo que se dice de ella positivamente –diciendo el QUE ES, de la cosa- siempre está mintiendo.

No. Inteligencia no es, como dicen algunos darwinistas en sus sueñecitos de entenderla, la capacidad de adaptación al medio. Tampoco es algo que puedan nuestros más juiciosos y minuciosos pedagogos, medir en probeta ni matráz alguno de notas, calificaciones y diplomas. Inteligencia no tiene nada que ver con la escuela, ni con las matemáticas, ni el conocimiento, ni la ciencia. Mucho menos, acaso, con habilidades puramente técnicas como mecanografiar, tocar el piano o hacer dinero.

Y para adentrarnos un poco, para intuir un poco los bordes de la cosa, nos valga acaso esos juegos de etimologías. Porque bien es cierto que INTER-LIGERE significa propiamente ‘ENTRE-LINEAS’ y va a resultar que lo inteligente es justamente aquello que no está en ninguna de las líneas, sino justamente entre ellas.

Pero aunque la metáfora del propio decir acaso se refiera a la línea textual de un libro –cuando acaso en las escuelas medievales se dedicaban a la lectio y no faltaba algún habilidoso que leyendo un texto, sabía leer cosas que no estaban escritas en él-, lo cierto es que podemos salir, cual hombre renacentista, de la cosa puramente textual y ver que el mundo, en su secreto, es siempre un chisporroteo constante de lenguaje:

¡Luego el inteligente será aquél que sepa ver entre las líneas de lo que hay!

Líneas que no son otra cosa que las cosas, así en bruto. (Cómo aquél poema de Machado que comentamos hace ya mucho tiempo). Así pues lo que tenemos ante nosotros no es una propiedad de las cosas: ¿cómo, Por los Santos y Sangrantes Clavos de Cristo de los Gitanos, podrá un hombre ser inteligente, si justamente la inteligencia es la que lo tiene necesariamente que estar sacando de su ser –puesto que él, al ser cosa, no podrá ser sino una de esas LÍNEAS, a la que la inteligencia tiene que esquivar para ponerse en práctica? O lo qué es lo mismo, dicho de manera más simple: que uno, mientras intelige, no puede ser él mismo.

Entendido como persona e individuo.

Todo esto por hacer eco de aquella frase del sabio de Éfeso, Heráclito el oscuro, recogido por la edición de Diels y Kranz en el fr. 108 sacado del Florilegio de Juan Estobeo, que dice: «De todos cuantos he oído razones, ninguno llega a tanto como a reconocer que lo inteligente está separado de todas las cosas.»

Y aunque esta afirmación, soltada así nomas pudiera parecer tan epistemológica que aburre, lo cierto es que no hay nada de lo que aquí se trate que no tenga que ver con esa guerra con la Realidad que nos traemos –que en el fondo no es otra guerra que contra este idiota que la escribe (y que si alguno de los lectores comparte tal idiotez, pues en algún sentido le ayuden los planos y planes de guerrilla que se me ocurren, mejor que mejor).

Pues, claro que por una afirmación relativamente semejante a esta que nos contó el tal Heráclito, se nos transmite también en un fragmentillo del De anima de Aristóteles que ya en su tiempo hizo correr ríos de tinta, cuando no alguna que otra cabecilla de algún franchute averroísta del s. XIII. Me refiero al libro III, capítulo 5. En donde dice, textualmente, según la traducción de Calvo Martínez, T.: «Así pues, existe un intelecto que es capaz de llegar a ser todas las cosas y otro capaz de hacerlas todas; este último es a manera de una disposición habitual como, por ejemplo, la luz: también la luz hace en cierto modo de los colores en potencia colores en acto. Y tal intelecto es separable, sin mezcla e impasible, siendo como es acto por su propia entidad. Y es que siempre es más excelso el agente que el paciente, el principio que la materia.»

(Y sí, este capullete macedonio se atrevía a llamar a Heráclito ‘oscuro’)

En fin, que más o menos, resumiendo, Aristóteles llegó a concebir en su serie de intelectos y tipificaciones del mismo (el inicio mismo de la psicología), un intelecto potencial, una especie de saber que tenía que estar separado del individuo, un saber que no podía ser parte del agente que traía al acto su potencia a través del acto de inteligir. Claro que, sin tomar demasiado en cuenta la terminología peripatética que prácticamente sólo sirve para el propio Aristóteles, la reformulación de semejante decir, generó una de las polémicas más duras del cristianismo contra el averroísmo y cuya nota final nos la transmite Santo Tomás en su De unitate intellectus contra averroistas, en donde la base de la polémica se haya en la posibilidad de que el intelecto esté SEPARADO de los sujetos, de los individuos.

Ya que, claro, ¡nefastas consecuencias se cernerían sobre el cristianismo de ser así! Como igualmente nefastas serían las consecuencias para esta sociedad de masas si alguien, de pronto, contra ese mandato de idiotez ilustrada –el sumergimiento en mí mismo como la suprema autoconciencia de mi ombligo-, si alguien se encargara de recordarles: cuando ustedes piensan de verdad, no pueden ser ustedes mismos.

¡Pero claro! ¿No estamos todos haciendo aquello que nos gusta? ¿No se está jugando constantemente con que es justamente que lo que nos gusta a todos –en particular- es justamente lo que hacen todos en bloque? Ver los mismos programas de zombies, jugar los mismos juegos de guerritas, leer las mismas novelas de vampirucos y policletos suecos, escuchar la misma música de rimpompun pun pun, hasta llevar el amarillo y el negro según la temporada que nos mande la diseñadora o ¿por qué no decirlo? ¿acaso escribir en un blog de estos para dárselas de muy escaqueado del sistema?

No señores, no. Son justamente los individuos los que son tan dóciles, tan miedosos, tan absolutamente inofensivos para cualquier orden. ¿O qué? ¿No os dais cuenta que lo que quería salvar justamente Santo Tomás era esa docilidad del individuo? ¿Qué lo que realmente quería sostener el aquinatense era justamente la posibilidad de que el individuo se salvara: que el intelecto, al estar unido al hombre –a su alma- era justamente aquello que pervivía tras su muerte? ¡Lo mismo ahora, señores, sólo que remozado como un cartucho deportivo!

En fin, en fin… que bueno, basta de tanta moralina, que también cansa. Quedémonos, como tendría que ser siempre, sin ese tremendismo por el que a veces me dejo arrebatar. Y es que nada más hace falta una ligera pérdida de esa sensación, una… una como nublazón de los ojos del amigo o la amiga, para que de pronto, entre ambos, entre tú y yo, ¿quién lo sabe? Se inaugure otra cosa… una cosa que no es ni tuya ni mía. Una cosa que no es cosa porque siempre está entre las cosas. No, yo no soy inteligente. Sólo al perderme yo, acaso brote algo de sensatez de lo que digo… sólo entonces, quizá…

Como dice el maestro en su Sermón del Ser y no Ser:

No me queda más remedio que esperar que en ti se diga, lo que yo no puedo decirte.


lunes, agosto 23, 2010

Tener futuro

No voy a venir a descubrir la rueda. Tener futuro es una frase que se dice así como quien no quiere la cosa como para ir descartando las cosas. Así hay amores, carreras, estudios, trabajos, quehaceres, negocios y hasta infantes y personas que ‘tienen futuro’.

Y a veces, gracias a quien sabe que hado malcriado, me ocurre eso de quedarme anclado en el asombro de la pura frase –y pareciera que los que nos dedicamos a estudiar estas cosas y ha darles vuelta, parece que somos los más torpes, en vez de los más sabihondos-… «Tener futuro».

Y en ese especie de colguije gramático me quedé: ¿Cómo demonios, si alguien es tan amable de explicármelo, puede una cosa, sea la que sea, tener futuro? ¡Como si el futuro fuera una cosa más entre las cosas que pudiéramos tener! ¿Puede usted tener y retener al futuro? Algo que justamente se caracteriza por su nota principal de no haber pasado, es decir, de no estar en ningún lado, de no haber ocurrido… ¿Cómo entonces, alguien o algo, lo iban a tener?

Sin embargo, más allá de la corrección gramatical o no de la cosa –ya que hace del futuro una cosa que se tiene, naturalmente, en presente-, está claro que la idea va por otros derroteros, y habrá quién juzgue que los errorzuelos de este tipo –que a mí se me antojan de sobra reveladores-, les parezcan meras averiguaciones de ociosos. Pero que el ‘tener futuro’ de las cosas sigue tan claro para ellos como siempre…

Claro. Por ir más a lo seguro, hacia ya lo que tiene que ver con las ciencias y las cosas, podemos, por no perder la costumbre, remitir a Aristóteles en el libro IX de la Metafísica, en donde trata de cuestiones sobre la potencia y el acto, es decir, sobre las cosas que pueden estar de alguna manera latentes en las cosas y que a través del cambio vienen a realizarse. En ese sentido se diría que una semilla, p. e., TIENE la potencia de ser un árbol. Es decir, tiene un futuro. Sin embargo, no sé por qué esta noción de FUTURO que se trae esta formulita no acaba de cuadrarme del todo.

Es muy sencillo: el propio estragirita admite que el tema de la Potencia y el Acto no tiene únicamente que ver con el movimiento, es decir, con el tiempo. El paso de la Potencia al Acto tiene una relación directa con lo que el macedonio llamó ousía o entidad o sustancia… es decir, con la cosa en sí misma, con el sujeto de predicación. Por tanto, no tiene tanto que ver con el tiempo futuro más que de manera material, puesto que lo que está ocurriéndole a la semilla al volverse árbol, no es pasar de lo conocido a lo desconocido –nota primera y necesaria del futuro, ya que si no ha pasado, es imposible que lo conozcamos-, sino pasar de lo conocido de la semilla a otra cosa aún más original y natural en la semilla: su devenir en árbol. Al devenir la semilla en árbol, más que ir hacia un futuro, ha volteado sobre sí misma para recabar su originalidad impresa en su ser desde siempre.

Así las cosas que tienen futuro no van hacia adelante… no hacen nada… porque ese TENER FUTURO, no es otra cosa que el volver sobre sí mismo para cumplir el mandato más caduco, añejo y simplón de ser lo que estaba destinado a ser: los novios que tengan futuro, no son más que marido y mujer en potencia; o un trabajador con perspectivas, ha sido un jefe desde siempre y no lo sabe… el tiempo que pase entre que lo descubre y no lo descubre, puede ser llamado ‘pasado, presente y futuro’, pero sólo se trata de un trance desagradable en el ir de vuelta a lo que ya estaba hecho desde siempre, a lo que ya se sabía desde siempre que tenía que pasar.

Luego, no sólo gramaticalmente la frase es un galimatías, sino semánticamente es un trampantojo. Fundamentalmente por el error básico y bastante conveniente a la Realidad que aquí intentamos combatir, de suponer que sabemos los que es el futuro. Cuando el futuro es justamente lo que no podemos saber. Lo que no está ahí para que lo sepamos. Hacer lo que ya está hecho, ir por donde ya estaba mandad ir, decir lo que ya estaba dicho.

Afortunadamente, nos cabe ese ligero consuelo, por lo general, a muchas de esas cosas que ‘tienen futuro’ les suele ocurrir que, por angas o mangas, durante ese espacio vacío en el que convierten el tiempo en la esperada de esa llegada de sentido original y totalmente pretérito –tan pretérito que se me antoja eterno-, se desvían de su futuro. Se desvían, quien sabe ni cómo ni como no, pero les ocurre que se salen del camino predestinado y puede que ahora sí, como un súbito golpe les dé de lleno un sabor inesperado y dulce que de verdad sepa a tiempo, a tiempo que corre junto a uno… absolutamente imposible de TENER ni retener.




¡Ay, luna, ¿tú no ‘tas cansa’a de girar al mesmo mundo?!
Ay, luna, quédate conmigou y nu te vayas.


martes, septiembre 01, 2009

El uno y su repetición: la construcción de los sistemas a partir de la unidad. Arquitectura, ley y metafísica.



Arquitectura es, sí, el arte de la construcción. Pero no el mero arte de la fabricación de casas, tal y como podría resultar serlo la albañilería, sino el arte de la construcción a partir de un principio (entendido como origen rector), a partir de un arché que rige el desarrollo –de ahí archétectura, de la misma manera que archétipo- y Verdad de lo construido.

Si no hay ese origen rector no hay arquitectura… hay otra cosa. No es que nos preocupe la arquitectura aquí, ni que vayamos a dar pistas para que los nuevos arquitectos de hoy hagan otra arquitectura…, no; la cuestión nos vale como ejemplo… ya que en una de mis lecturas me encontré con un fragmento inestimable de filosofía que se me quedó muy grabado…

He aquí el fragmento, aunque sea, no lo dudo, un poco largo y aburrido de leer, no es menos significativo en todo lo que dice: de Descartes en el Discurso del método, segunda parte. Utilizo la traducción de Risieri Frondozi, Ed. Alianza, 2006, p. 89-93.

«Encontrábame por entonces en Alemania, […], con toda la tranquilidad necesaria para entregarme por entero a mis pensamientos. Entre los cuales fue uno de los primeros el ocurrírseme considerar que muchas veces sucede que no hay tanta perfección en las obras compuestas de varios trozos y hechas por diferentes maestros como en aquellas en que uno solo ha trabajado. Se ve, en efecto, que los edificios que ha emprendido y acabado un solo arquitecto suelen ser más bellos y mejor ordenados que aquellos otros que varios han tratado de restaurar, sirviéndose de antiguos muros construidos para otros fines. Esas viejas ciudades que no fueron al principio sino aldeas y que con el transcurso del tiempo se convirtieron en grandes ciudades, están ordinariamente muy mal trazadas si las comparamos con esas plazas regulares que un ingeniero diseña a su gusto en una llanura; y, aunque considerando sus edificios uno por uno, encontrásemos a menudo en ellos tanto o más arte que en los de las ciudades nuevas, sin embargo, viendo cómo están dispuestos -aquí uno grande, allá uno pequeño- y cuán tortuosas y desiguales son por esta causa las calles, diríase que es más bien el azar, y no la voluntad de unos hombres provistos de razón, el que los ha dispuesto así. Y si se considera que en todo tiempo ha habido, sin embargo, funcionarios encargados de cuidar que los edificios particulares sirvan de ornato público, bien se comprenderá lo difícil que es hacer cabalmente las cosas cuando se trabaja sobre lo hecho por otros. Del mismo modo, imaginaba yo que esos pueblos que fueron en otro tiempo semisalvajes y se han ido civilizando poco a poco, estableciendo leyes a medida que a ellos les obligaba el malestar causado por los delitos y las querellas, no pueden estar tan bien constituidos como los que han observado las constituciones de un legislador prudente desde el momento en que se reunieron por primera vez. Por esto es muy cierto que el gobierno de la verdadera religión, cuyas ordenanzas fueron hechas por Dios, debe estar incomparablemente mejor arreglado que los de los demás. […] Y pensé asimismo que por haber sido todos nosotros niños antes de ser hombres y haber necesitado por largo tiempo que nos gobernasen nuestros apetitos y nuestros preceptores, con frecuencia contrarios unos a otros, y acaso no aconsejándonos, ni unos ni otros, siempre lo mejor, es casi imposible que nuestros juicios sean tan puros y sólidos como lo serían si desde el momento de nacer hubiéramos dispuesto por completo de nuestra razón y ella únicamente nos hubiera dirigido.

Es cierto que no vemos que se derriben todas las casas de una ciudad con el único propósito de reconstruirlas de otra manera y hacer más hermosas las calles; pero no menos cierto es que muchos particulares mandan echar abajo sus viviendas para reedificarlas, y aun vemos que a veces lo hacen obligados cuando hay el peligro de que la casa se caiga o cuando sus cimientos no son muy firmes.»

No hablemos del mal gusto de Descartes. Concentrémonos en otra cosa… en esa extraña relación entre lo Uno y los muchos, o lo que es lo mismo, entre la unidad y la multiplicidad:


(Esta vez nos concentraremos en tanto que consideremos al uno como un mero
aparato político y de conocimiento –en metafísica y política-, que el otro
campo, quiero decir, el uno y los números tendrá que ser tocado con más
detenimiento en otra ocasión distinta, ya que hay que estudiar con detenimiento
otros procesos del universo matemático de los que no me atrevería a abordar
ahora… más adelante)

Lo que dice Descartes está, aparentemente, lleno de sentido… Vemos esas cosas funcionar a diario, ¿no es cierto? Haciéndonos suponer que una cosa funciona mejor en tanto que tenga una cabeza visible, un líder, un Estado que someta el desorden de las multiplicidades a una armonía preestablecida.


(Un apéndice meramente significativo: obsérvense las ciudades de Brasilia, Barcelona, San
Petersburgo
, Puebla de
los Ángeles
, etc. cuya construcción tan artificial como geométrica es
francamente desasosegante y no veo por dónde ver en ellas más vida o más belleza
o más utilidad que entre las favelas, suburbios o chabolas que se instalan
siempre a las márgenes)

Incontables ocasiones se escucha, por anhelos ya prácticos ya armónicos, que una cosa cualquiera no puede llegar a buen puerto si no está comandada y regida por alguien: caudillos, líderes, arquitectos, da igual, la cosa está siempre enfocada desde lo múltiple de la cosa –lo que no se resiste a someterse al régimen del Uno y que en un estado (no natural, que me resisto a utilizar esa palabra por lo equívoca que resulta), pero sí descuidado, sin que hubiese nadie que se ocupara ni mandara sobre la cosa, parece tender a deshacerse en lo múltiple- para someterlo a lo Uno.

La arquitectura es un mero ejemplo… todas las ciencias y las artes parecen estar enfocadas a eso de Uno que hay detrás de su apariencia múltiple… Política, ciencia, matemáticas, metafísica… todo parece querer señalar y apuntar al Uno; válganos como guinda de lo dicho algunos textos aristotélicos sobre la ciencia primera


(Digo ‘ciencia primera’ y no metafísica por no asentar equívocos que se han
traído a través de la Historia de la Filosofía. Recordemos simplemente que
cuando
Andrónico
de Rodas
–editor del corups aristotélico- se topó con los apuntes del
estagirita allá por el s. II d. C. y se propuso la tarea de ordenarlos y
editarlos, al toparse con los libros que hoy se publican bajo el lema
‘Metafísica’ no tenía muy claro el tema del que trataban y mucho menos cómo
titular la materia que abordaban, y no tuvo más remedio que llamarlos: metá tá
phýsica
, o lo que es lo mismo ‘[los libros, lecciones o ciencia] que van después
de la Física’, ya que se encontraban en un volumen posterior a la edición de los
libros que trataban sobre la Naturaleza –o phýsis-… descripción bastante mala si
entendemos que Aristóteles siempre dijo que la filosofía primera tenía una
cierta prioridad y preeminencia de estudio sobre los estudios naturales; y que
en el fondo –como veremos en los textos-, muy probablemente cuando hablaba de
filosofía primera se refería específicamente a la Teología):

Recogemos tres pasajes significativos de los libros IV y VI que citamos en cada caso siguiendo la traducción de Tomás Calvo Martínez en la Ed. Gredos, Madrid, 1994:

i) «La expresión ‘algo que es’ se dice en muchos sentidos, pero en relación con una sola cosa y una sola naturaleza y no por mera homonimia, […] así también ‘algo que es’ se dice en muchos sentidos, pero en todos los casos en relación con un único principio: de unas cosas se dice que son por ser entidades, de otras por ser afecciones de la entidad, de otras por ser un proceso hacia la entidad […]. Y de ahí que, incluso de lo que no es, digamos que es "algo que no es"». (IV 2, 1003a 34ss)

ii) «Cabe plantearse la aporía de si la filosofía primera es acaso universal, o bien se ocupa de un género determinado y de una sola naturaleza […]. Así pues, si no existe ninguna otra entidad fuera de las físicamente constituidas, la física sería ciencia primera. Si, por el contrario, existe alguna entidad inmóvil, ésta será anterior, y filosofía primera, y será universal de este modo: por ser primera. Y le corresponderá estudiar lo que es, en tanto que algo es, y qué-es, y los atributos que le pertenecen en tanto que algo es.» (VI 1, 1026a 22ss)

iii) «…hay que decir, en primer lugar, sobre ‘lo que es’ accidentalmente que no es posible estudio alguno acerca de ello. He aquí una prueba: ninguna ciencia –ni práctica, ni productiva, ni teórica- lo tiene en cuenta. En efecto, el que hace una casa no hace todas aquellas cosas que accidentalmente suceden con la casa ya terminada (estas cosas son, desde luego, infinitas: y es que nada impide que, terminada ya, a unos les resulte agradable y a otros peligrosa y a otros provechosa, y que resulte, por así decirlo, distinta de cuanto existe; nada de lo cual es producido por el arte de construir)…» (VI 2, 1026b 2ss)


(Antes que nada, como mero glosario, porque aquí partimos de la base de que los
estudios de filosofía son inútiles en la medida en que sólo se tomen como meros
catálogos históricos y sólo tienen un poquitín de utilidad en la medida en que
sean entendidos y utilizados para deshacer la Realidad; entidad la traduce Calvo
Martínez del término griego ousía que tradicionalmente solía traducirse por
sustancia en el vocabulario escolástico y que es definido según el propio
Aristóteles (Met. V 8): «el sujeto último que ya no se predica de otra cosa». Y
aunque no sé si esto valga para aclarar el término, se puede acudir al capítulo
citado (V 8) para comprobar la polisemia del término y acotarlo según se pueda.)

Sin embargo, y aunque aquí nos podríamos entretener muy mucho hablando de las tonterías de conceptos y definiciones de los términos peripatéticos, lo importante es ver cómo en estos tres textos todo apunta hacia el Uno. Primero en i habla sobre cómo toda la polisemia de ‘lo que es’ que se puede hasta predicar de ‘lo que no es’, está siempre apuntando hacia un Uno: esto quiere decir, que todo aquello que sea en realidad es por virtud de un único significado –no me atrevo a decir sustancia o entidad (que eso sería ya mandarlo del todo al plano de la teología), pero veremos como ello parece indicarlo-. Y ese significado tiene que ser Uno en la medida que está acotado (encontrar ese significado será, muy claramente, la tarea de la filosofía primera): esto es, en resumidas cuentas, que lo que hay de múltiple en lo que es está dado por una sola cosa.

En ii el problema ya sale del mero ámbito del hablar y llega a suponer la existencia, sí, de una entidad –una sustancia- que sea propiamente inmóvil y anterior a las cosas múltiples –esto es Dios, claro está-, lo que ha llevado a este pasaje a ser uno de los más problemáticos de todo el corpus aristotélico: ya que parece decir, sin mayor empacho, que la filosofía primera lo que tiene que hacer es buscar a Dios –como bien ya lo decía la canción- y que no hay una metafísica que no sea propiamente una teología.


(Sobre estos problemitas –no poco desdeñables- se puede consultar los trabajos
de Owen, Merlan o Jeager, para ver de qué manera los especialistas se han pegado
de tortas, los unos para intentar salvaguardar al Aristóteles científico y
positivo, enemigo de los presupuestos platónicos; y los otros por señalar en el
estagirita la gran reforma del pensamiento platónico que culminó en el
neoplatonismo plotiniano)

Y finalmente en iii encontramos el colofón, lo que cierra el razonamiento: sobre lo demás –es decir, sobre lo que no apunta hacia el Uno- no cabe forma alguna de ciencia. Ya que la ciencia siempre trata de lo que es Uno –de la misma manera que el zapatero, necesariamente tiene que contemplar al ‘zapato’ (a la Idea del zapato o ‘zapatidad’, si se me permite el palabro) para realizar su arte-… y aquello que no esté ordenado hacia ese Uno, será necesariamente misterioso e impredecible… y si se dice que es, es por mero reflejo, como el espejo último de la materia… allá donde Plotino decía que el reflejo de la Luz de el Uno-Divino que colinda con el no-ser y sólo puede alcanzar su redención en la medida en que contemple la irradiación profunda del Uno incognoscible.

Esto es: que lo que hay y lo que pasa –lo accidental, lo azaroso de la construcción de las calles, lo impredecible del apetito, lo misterioso del amor- es imposible de someter a ciencia, imposible de someterlo si no lo hacemos parte de ese Uno rector (de Dios, Estado, Necesidad, principio de No-contradicción, Dinero, Individuo, Voluntad, Alma, etc. da igual el nombre y sus características), y si no sometemos la multiplicidad a la Unidad.

Sin embargo queda un problema… queda algo que bien nos hace mirar Aristóteles de la siguiente manera, cuando en la Política, criticando las medidas platónicas respecto de las ciudades (ante todo y sobre todo la comunidad de hijos y mujeres Rep. V, 464d, como medida de someter la multiplicidad de la ciudad a una forma de unidad,) dice en el libro II, 1261a 15ss: (uso la trad. Manuela García Valdés, Ed. Gredos, Madrid, 1994)

«Sin embargo, es evidente que al avanzar en este sentido y hacerse más unitaria, ya no será ciudad. Pues la ciudad es por su naturaleza una cierta pluralidad, y al hacerse más una, de ciudad se convertirá en casa, y de casa en hombre, ya que podríamos afirmar que la casa es más unitaria que la ciudad y el individuo más que la casa. De modo que aunque alguien fuera capaz de hacer esto, no debería hacerlo, porque destruiría la ciudad.

Y no sólo la ciudad está compuesta de una pluralidad de hombres, sino que también difieren de modo específico. […] Unos gobiernan y otros son gobernados alternativamente, como si se transformaran en otros. Y del mismo modo entre los que mandan; unos ejercen unos cargos y otros, otros. Por lo tanto, de todo esto es claro que la ciudad no es tan unitaria por naturaleza, como algunos dicen, y que lo que llaman el mayor bien en las ciudades, las destruye. Sin embargo, el bien de cada cosa la salva.»

Con esto es suficiente. Naturalmente ocurre de nuevo con Aristóteles lo que ya hemos señalado con otros filosofantes… que después de parir un razonamiento maravilloso, acaba echándolo por tierra al convertirlo en Idea… esto es, que primero crítica y dice NO al modelo platónico –ya que la comunidad de hijos y mujeres lo único que pretendía era dar más unidad a la ciudad (esto es, encaminarla desde su multiplicidad hacia lo uno)-, aunque luego acaba hablando de eso que llama pluralidad y lo manda todo al traste.

Y esto era con lo que quería acabar… con lo que nos lleva el paso de nuestro razonamiento de la negación del Uno: a saber, que si no hay Uno tampoco puede haber Multiplicidad (por lo menos entendida como una serie de unidades que convivan de tal o cual modo). Si negamos al Uno, en realidad estamos negando el substrato sobre la que se asienta la Pluralidad –en otras palabras, si en aritmética decimos que no hay unidad, no podrá haber acaso ni dos ni tres ni cuatro ni toda la serie de los números naturales que sólo se pueden construir a partir de la unidad.

Cuando llegamos a este punto la cosa puede parecerle a alguno trágica: está bien que neguemos al Padre-Uno-Tirano… pero ¿negar la díada múltiple y plural?

Cuando negamos la Unidad –sea de la ciudad, de las leyes, de los estados, de la arquitectura o de lo que sea-, pero pretendemos mantener esa pluralidad que sigue regida por la unidad, esto es que se enaltece la diferencia específica entre los individuos, familias, religiones, partidos políticos, naciones o folclores de tradiciones, entonces la negación del Uno no sirve para nada. Es en este ensueño de la negación del Padre en el que vivimos –los que tengamos la desdicha de padecer estos regímenes democráticos-; que negando el totalitarismo se piensa que la pluralidad ingente –producciones industriales de pluralidades: géneros sexuales, modas, consumo, partidos políticos, quehaceres, modas, pasatiempos, corrientes artísticas alternativas, etc.- en algo se está combatiendo al Padre-Uno




(y aunque con justa razón podamos dudar de que algo de eso se esté haciendo en
tanto que lo que siempre opera por debajo de todos es el poderoso caballero Don
Dinero
y que no hay corriente artística que valga, ni realidad política que
salte a la palestra, ni moda alguna que se pueda decir que exista en la
pluralidad de las formas si no está por Él Todopoderoso apadrinada),

pero aunque fuese cierto, no tendríamos menos que decir que estas formas unitarias de lo múltiple es exactamente lo mismo: una cierta multiplicidad que está siempre contemplando a Dios… a su propia verdad.

Por ello lo verdaderamente opuesto al Uno no es la pluralidad ni la multiplicidad, ni siquiera el azar o la construcción deliberadamente horrible de nuestras ciudades –por llevarle la contra al buen Descartes. No. Lo único que puede hacer frente a esa mentira del Uno es la negación de que las cosas sean las que son –ya que si fueran tendrían que ser en virtud de algo que es Uno-, y de ahí partir a quién sabe dónde.

Desde hace ya tiempo que no veo en esto ninguna forma de angustia –tal y como alguno pudiera pensar… habrá que profundizar más en desarraigar el principio de no-contradicción-; ni mucho menos creo yo que si se niega tanto al Uno como a la díada (o multiplicidad) nos quedemos con la Nada. Ni mucho menos –digamos, aunque será un tema que tendremos que abordar en otra ocasión, que ‘la nada’ no puede surgir ante la negación auténtica de lo Uno, ya que ‘la Nada’ es una parte fundamental para la existencia misma del ‘ser’ (ya abordaremos estos temas cuando nos acerquemos a Meliso de Samos, un presocrático apasionante)-… sino que lo que nos queda es otra cosa, es la negación misma del ser de la cosa: lo que le permite, naturalmente, que florezca desde su misterio sin tener que mirar a ningún Dios para poder generarse y haberla.

Porque, como dicen los galleguiños: las cosas sin el ser –lo mismo que las brujas y las santas compañas- haberlas hailas. Flores y perros por igual, creciendo a ritmo de quién sabe que misterio –que ni es uno ni es muchos, porque siendo muchos serían unos y siendo uno serían el principio de los muchos-, sino que es algo… algo que bulle ahí y que se alza de hombros y parpadea...



martes, julio 07, 2009

Lo ideal y lo Real II: El misterio del cuerpo



Ya hablamos la última vez sobre este mismo tema (la falsa separación entre lo ideal y lo concreto) en referencia al tema del dinero y las utilidades –‘materiales’- que puedan o no reportar las ideas y los estudios, dejando del lado toda consideración física o metafísica del asunto de la abstracción o de la materia.

Es momento, pues, de abordar cosas un poco más alejadas del sentir claro y directo que uno experimenta ante la llamada de los ‘materialistas’ –es decir, que llaman ‘materia’ al dinero y viceversa-, para tocar los razonamientos que algunos hayan proferido sobre este tema, para ver de que manera nos puede aportar más arma para demostrar la mentira encerrada en esta división.


Quizá la mejor manera para comenzar es reconociendo la utilidad que la Realidad extrae de esta forma de administrar sus cosas: llamándolas a unas reales o concretas o materiales y a las otras ideales o abstractas o inmateriales.

(Más allá del establecimiento de la común confusión de los términos y que los
hombres confundan dineros, ideas y cosas, para que así el cambiazo de la Fe por
lo otro sea mucho más sencillo y fácil.)

La importancia de esta concepción, se ve, es la noción implícita que tiene todo hombre que se apropia de esta separación es suponer que lo concreto es más manejable que lo abstracto (falacia que no se sostiene al más leve de los exámenes): y así someter a las cosas físicas, como una mesa, un perro o un jamón, a un régimen de conocimiento absolutamente sencillo… siendo que estos serán mucho más fáciles de conocer –ya que se usan, se comen, se poseen- que un triángulo isósceles, la teoría epistemológica de Platón o el conjunto de los números primos.

Las cosas concretas, según esa opinión, no esconden ningún secreto y son absolutamente simples: manejables, computables y acumulables –de ahí su misteriosa semejanza con el dinero, que sin esta división no se sostendría-, e igualmente, dado que se conocen y se tocan, se les puede imponer un valor.

No hace falta demasiado tiempo para deshacernos de esta mentira: baste con reconocer que es prácticamente imposible saber lo que es una mesa, un perro o un jamón, cuando se piensa adecuadamente. Y sirva como ejemplo la triste labor de los zoólogos y naturalistas: que ante la imposibilidad de definir un vencejo, un alcornoque o un almendro, no tienen más remedio que –al reconocer que lo inútil que supondría intentar hacer una descripción que agotase las notas de la cosa- el de elaborar una serie de taxonomías, ordenes, géneros, especies, etc. en la que acomodan desde los pájaros hasta las setas… y todas las cosas que se agrupan en tales familias y taxones consiguen definirse individualmente en sus diferencias específicas. Esto es que ningún botánico podrá decir nunca qué es un almendro, ni un zoólogo qué es un vencejo… sino apenas agruparlos e ir desviando los significados en otros tantos.


Ante esto, sin duda ya se nos empieza revelar la mentira: es mucho más fácil definir –o por lo menos decir algo adecuado a la cosa- en cuanto tratamos de triángulos isósceles o teorías filosóficas, que decir lo que se adecua a una mariposa o una flor cualquiera.

En ese sentido, digamos de una vez por todas que ‘lo concreto’ es incluso más inmanejable –si se mira con detalle-, que cualquier aparato ideal.


Naturalmente esto ya se sabía desde hace mucho tiempo y no estoy diciendo absolutamente nada nuevo. Aristóteles mismo –y toda la tradición escolástica- hablan siempre de la materia como algo que raya en lo inasible. Para Plotino, la materia es lo colindante con el no-ser, guarda una extraña semejanza con Dios –el Uno- que es que es incognoscible –que no se le puede someter al lógos-, los únicos entes con los que se puede contar (los únicos que poseen algún grado de aceptable de Realidad) son las almas e ideas.

Lo que hace Plotino es simplemente vertebrar el platonismo. Pero también en Aristóteles –a quién la tradición académica ha alzado como principal oponente del platonismo, puesto que aunque haya gastado gran parte del libro XIII y XIV de la Metafísica en criticar la ‘existencia separada de las ideas’- maneja la materia de una manera extraña… Esto es, convirtiéndola en un agregado de la forma (al êidos) carente de toda característica o propiedad: lo que se denominó entre los escolásticos materia prima, y que provocó no pocos descalabros en cuestiones teológicas durante la reintroducción de Aristóteles a occidente a través de averroísmo.

Es decir, que para Aristóteles existía ‘lo que aparece’, sin decir que aquello que tenemos dado en el árbol o el vencejo, sea puramente material –ya que está compuesto también de forma- y únicamente por abstracción –separación: chorístos-, se puede separa lo Ideal –lo abstracto, tales como las reglas silogísticas del razonamiento dialéctico, las figuras geométricas o los números- y lo Material.

Sin embargo lo más que se puede decir sobre la materia en Aristóteles es que le funciona como un mero principio de individuación y nada más. Esto es, una mera forma de separación entre las cosas que se ‘nos aparecen’ pero ninguna otra característica puede tener sino por virtud de su forma.


Ahora bien, no quiero entretenerme demasiado con Aristóteles y lo que vino después con los sucesivos platonismos y herejías sobre el mundo y la materia –y como durante toda la Edad Media, hubo grandes controversias sobre si Dios podía estar en el Mundo (o incluso el extraño caso de David de Dinant –cuya obra De tomis, hoc est, de divisionibus desaforutunadamente se ha condenados en 1210 y prohibidos en 1215-, que Santo Tomás [S.T., Ia, 4, 20, 2] nos dice escuetamente que «decía muy neciamente que Dios es materia prima.» Aunque lo más probable es que esta información del aquinatense no sea mas que una mala interpretación –aristotelización- de otra cosa), sino acudir a argumentos más simples, directos, modernos –sin tanta cháchara sobre historia de la filosofía- que nos pueda demostrar de qué manera materia e idea se confunden en una sola cosa.


Aunque quisiera aventurarme y sumergirme en cómo es que ya la materia se nos ha vuelto luz y energía, mis conocimientos sobre física cuántica y la teoría de la relatividad son absolutamente raquíticos… pero quede dicho cómo a los propios estudiosos de la ‘más rabiosa actualidad’ –dando por sentado de que todos los tiempos están, como dijo el otro, en este tiempo-, la materia se les ha escapado montada en un rayo de luz.


Para lo otro quisiera recoger dos textitos de don George Berkeley, ese obispo irlandés al que tradicionalmente la academia no ha tenido el mayor empacho en llamar –en su necesidad de catalogar todo lo que aparece por aquí y por allá- ‘idealista’. (O en una peor denominación, aunque eso propiciada por unas interpretaciones parciales de su obra ‘solipsista’). No entraremos en ello ahora…


Apenas diré que Berkeley se empeña en destruir la concepción de la materia únicamente como un amague retórico para demostrar la existencia de Dios. Ese era su cometido… y aunque aquí bien poco nos interese su conclusión y resultado, su razonamiento no deja de ser válido.

En la Introducción a su Tratado sobre los principios del conocimiento humano, en escasos 20 párrafos da al trasto con toda la teoría de la existencia de la materia, negando justamente la posibilidad de que existan cosas separadas de las ideas –puesto que si estuviesen separadas de las ideas (fuera de la mente) no podrían ser ni conocidas ni tendrían ningún significado –sobra decir que Berkeley siguiendo la tradición psicológica de Locke abre el campo de lo que se llamó después filosofía del lenguaje:

«Que los demás tengan esta maravillosa facultad de abstraer ideas, es cosa que ellos mismos podrán decir mejor que nadie. Por lo que a mí respecta, yo encuentro, ciertamente, que poseo la facultad de imaginar o de representarme las ideas de las cosas particulares que he percibido, y de las otras varias que resultan de combinarlas o dividirlas. […] Pero siempre que imagino una mano o un ojo, éstos han de tener una forma y un color particulares. Del mismo modo, la idea de hombre que yo me formo, ha de ser siempre la de un hombre blanco, o negro, o bronceado, o derecho, o torcido, o alto, o bajo, o de mediana estatura.» (§ 10, Ed. Alianza, trad. Carlos Mellizo)

Lo que dice tiene la intención de negar la teoría de las cualidades primarias y secundarias de los objetos, que enunciara Locke en el Ensayo sobre el entendimiento humano.

Sigue Berkeley después de asegurar la no existencia de las ideas sin la mente –y por tanto la existencia necesaria de un sujeto, convertido en sustancia percipiente-, ya fuera de la Introducción:

«Hay algunos que establecen una distinción entre cualidades primarias y secundarias. Por las primarias entienden la extensión, la figura, el movimiento, el reposo, la solidez o impenetrabilidad, y el número; por las segundas entienden todas las demás cualidades sensibles, como los colores, los sonidos, los sabores y demás. Reconocen que las ideas que tenemos de éstas no son imágenes de algo que existe fuera de la mente o no-percibido; pero mantienen que nuestras ideas de las cualidades primarias son representaciones o imágenes de cosas que existen independientemente de la mente, en una sustancia no-pensante a la que llaman materia. Por tanto, debemos entender po materia una sustancia inerte e insensible, en la que la extensión, la figura y el movimiento subsisten de hecho. Pero, partiendo de lo que ya hemos mostrado, resulta evidente que la extensión, la figura y el movimiento son únicamente ideas que existen en la mente, y que una idea no puede parecerse más que a otra idea; y que, en consecuencia, ni ellas ni sus arquetipos pueden existir en una sustancia no-perceptiva. De lo cual resulta claro que la misma noción de materia o de sustancia corpórea implica de suyo una contradicción.» (Berkeley, Tratado sobre los principios del conocimiento humano, § 9, Ed. Alianza, trad. Carlos Mellizo.)


No creo que haga falta añadir más párrafos explicativos: La materia, tal y como se le concibe sigue siendo una Idea, sea como soporte o como Dinero o como algo que se puede manejar y contar y agrupar en la mesa, el perro o el jamón: la materia sigue siendo Idea en la medida que la sometemos a una explicación:

«Hylas: (Sobre el sustrato material) No pretendo tener una idea positiva adecuada de él. Sin embargo concluyo que existe porque no se puede concebir que existan cualidades sin un soporte.
Philonús: Parece, por consiguiente, que tienes de él sólo una noción relativa, o que no lo concibes más que al comparar la relación que tiene con las cualidades sensibles.» (Berkeley, Tres diálogos entre Hylas y Philonús. A lo largo de los cuales quedan plenamente demostrados la Realidad y Perfección del conocimiento humano, la naturaleza incorpórea del alma y la inmediata providencia de una Deidad: en oposición a los escépticos y ateos, así como un método abierto para convertir las ciencias en algo más sencillo, útil y compendioso. –este es el título completo-, Ed. Humanitas, trad. Manuel Satue)

No hace falta en que continúe el razonamiento del diálogo: el título del libro lo deja bien claro. Naturalmente que Berkeley aceptaba que existían Ideas –percepciones- que el sujeto –‘yo’- no puede controlar… pero era justamente eso lo que demostraba la existencia necesaria de otra sustancia –algo que tenía que ser similar a una idea, ya que una Idea sólo puede parecerse a otra Idea- que era el Espíritu Supremo o Dios. (Por eso la nomenclatura de ‘solipsismo’ es una interpretación parcial porque para Berkeley tienen grado de existencia no únicamente el Sujeto sino también Dios, comunicándose incesantemente a través de las percepciones incontrolables)


Naturalmente eso de Dios nos interesa bien poco. Lo que hace Berkeley –como es su mandato e intención- es siempre defender la Realidad (y nosotros, no debemos olvidarlo, estamos aquí para atacarla)… sin embargo su razonamiento no deja de ser brillante y útil si nos deshacemos de su conclusión: la materia, en tanto que no es idea es un misterio absoluto.

A ese misterio el irlandés lo nombra Dios –y, si cabe peor, el Dios cristiano-, pero a nosotros no nos hace falta. Ese misterio extraño, que yo sigo sin entender, es el que funciona como una herramienta útil contra la Realidad… contra la pretensión de vender mesas, comprar perros o saber jamones… Cuando uno se da cuenta de ese misterio y lo vive y lo siente –no como los misterios teológicos que pretenden dar explicación a lo inexplicable, sino como puro asombro y pura duda- entonces la Realidad se desquebraja y muestra su verdadera cara: que no está cerrada y se le puede atacar con las máquinas adecuadas.


miércoles, junio 17, 2009

Lo ideal y lo Real, I: De por qué la idea y la materia son lo mismo, el Dinero.


Siguiendo de nuevo con las máquinas que nos tienen que ayudar a ir desmontando la Realidad, cacho a cacho, vamos a tocar un tema que, de alguna u otra manera, siempre nos está rondando por lo bajo cuando se hablan de estas cosas:

Una de las divisiones –ya que, como dijimos hace ya tiempo, la Realidad se va construyendo a partir de la separación de eso ‘sin fin’ que es el mundo, en cosas particulares y distintas para así dominarlo y someterlo- más importantes y que ayudan a domesticar las ansias y furores de los que apenas les va despertando esa ira y esa ansia de rebeldía contra lo Real.

Me refiero a esa división de lo ideal y lo real, a eso que nos asalta –a mí también, ¿cómo no?- entre los razonamientos: ¿de verdad sirve esto para algo? ¿De verdad la palabra, -esta triste palabra que no encuentra mas que este medio para salir y ver si tiene la gracia de divulgarse e irse pasando de uno a otro ido como un incendio o como una peste-, de verdad esta palabra puede transformar lo que está del otro lado?

Y esto que huele tanto a eso que decía el viejo Marx de los filósofos… (que los filósofos interpretaban el mundo, cuando de lo que se trataba era de transformarlo), y que nos huele tanto a debate político moderno, en realidad nace con la propia historia –esto es, la historia escrita y la filosofía misma (sin detenernos demasiado en las fechas ni separación de géneros textuales que nos distraen demasiado para nuestro propósito):

Y ya nos cuenta Diógenes Laercio en una escueta noticia de Tales de Mileto:

Cuenta también Jerónimo de Rodas en el libro segundo de sus Recuerdos anecdóticos que, queriendo demostrar que es fácil hacerse rico, al llegar la época de recolección de la aceituna, alquiló con previsión los talleres de aceite y reunió muchísimo dinero. (D. L. I, 26. Ed. Alianza, trad. García Gual, C., p. 46)

La misma anécdota, aunque con un toque mucho más literario, nos las relata Aristóteles en los Políticos, I, 11, 1259a (colocado como el fragmento 11 A 10 en D-K, la trad. es de Eggers Lan y Juliá, de los Filósofos Presocráticos, Ed. Gredos):

En efecto, como lo injuriaban por su pobreza y por la inutilidad de la filosofía, se dice que, gracias a sus conocimientos astronómicos, pudo saber cómo sería la cosecha de aceitunas. Así, cuando era aún invierno y tenía poco dinero, tomó mediante fianza todas las prensas de aceite de Mileto y de Quíos, arrendándolas por muy poco, pues no había competencia. Cuando llegó la oportunidad y todos a la vez buscaban prensas, las alquiló como quería, juntando mucho dinero, para demostrar qué fácil resulta a los filósofos enriquecerse cuando quieren hacerlo.


Esta anécdota la traigo a colación, tanto para ver que esto de la inutilidad de la filosofía ya estaba en boca de todos desde su propio surgimiento, como para ver de qué manera cualquier prueba contra esa inutilidad es del todo falsa y que acaba demostrando justamente lo contrario: es decir, que la filosofía –o el quehacer teorético o el razonamiento puro y duro- no sirve para nada.

No hay tiempo para establecer los matices de las cosas, ya habrá tiempo para detenernos en otra ocasión en ese problemático nombre de ‘filosofía’. Pasemos al ejemplo:

Por un lado se propugna la inutilidad de filosofía y por otro la maniobra financiera de Tales parece –al menos a ojos de Aristóteles y de Diógenes- estar demostrando lo contrario: que la filosofía, ciertamente, es útil a pesar de todo.

El problema aquí es el concepto de utilidad. La utilidad –que tiene que ser uno de los debates cruciales por aquí, que al fin y al cabo, esta es una pequeña fábrica de máquinas que pretenden ser útiles- es vista aquí como la generación de Dinero. Cuando lo significativo del Dinero está justamente en que no sirve para nada sino para ser dinero… El Dinero, dicho clara y simplemente, no cambia nada.

El Dinero es el lugar de la Realidad en donde vienen a sumarse y a encontrarse todas las contradicciones de la Gran Máquina ya que, en una moderna teología, no cabe duda que es el Dinero y sólo el Dinero el que podría ocupar el lugar de Dios. Y por cierto, el Dios más perfecto que jamás religión alguna haya podido aspirar y que a su lado Jehová, Alá y el resto de deidades más o menos moribundas no son más que minúsculas máculas de fe: ya que es justamente el Dinero el que da la fe (el crédito) a cualquier cosa en cualquier circunstancia y ante quien el resto de dioses tienen que inclinarse y a quien deben su poder.

Por eso la prueba de traducir el conocimiento en Dinero no es más que una falacia de la Realidad, que hace pensar que algo cambia cuando lo único que está sucediendo es hacer lo que ya estaba hecho desde siempre.


Es en el Dinero en donde mejor podemos ver que esta separación entre lo que es Ideal y lo que es Real es tan falsa como reaccionaria con la amenaza de libertad que surge en cualquier razonamiento que esté descubriendo la mentira de la Realidad.

Por un lado se dice, con más o menos empacho, que lo más concreto, lo más tangible, el non plus ultra de la Realidad se haya enterrado en el Dinero. Así cualquiera al que se enfrenta a cualquier razonamiento, por más o menos demoledor que resulte, lo que quiere ver por encima suya, es eso que llaman la ‘aplicación práctica’ y que por lo general siempre se mide en Dinero. Sea la eliminación de los pobres, el aumento de salario de los trabajadores, la bajada de los impuestos, la inyección económica, etc., ningún razonamiento sirve, sino es en la medida en que esté produciendo Dinero –esto es lo que ya está hecho y no puede hacer nada sino reproducirse a si mismo.



(Y esto no querrá decir que subir los salarios de aquí o de allá esté mal, o
acaso borrar pobreza, pero siempre téngase en la cabeza que hacer eso no es
hacer nada, sino lo que estaba destinado a suceder desde que Dinero y Estado se
fundaron en uno. En resumen, no existe nada bueno que pueda salir del Dinero)


De esta manera la Realidad gana siempre. Si el razonamiento es improductivo se detiene por su propia ‘inutilidad’, si el razonamiento produce, lo único que hace es producir más Realidad –Dinero, naturalmente.

Y por más señas de esta extraña confusión, traigamos a colación, en relación a esto del Dinero… eso que en los decires comunes –que no populares, que es distinto- se tiende a llamar ‘materialista’ a aquél que se fija sólo en el Dinero. Porque de verdad cree que el Dinero sirve para algo y es igual a cualquier cosa material, porque se puede intercambiar muy fácilmente por ella.

E incluso, no conformes con ese malentendido, a quienes pretenden más o menos, mejor o peor, rebelarse contra el poder del Dinero –o acaso simplemente no les interese demasiado y otras cosas les muevan en el corazón más que andarse dejando la vida trabajando para este Dios-, se les llama (¿lo contrario?): ‘idealistas’. Y así tenemos de un lado la Idea y del otro la Materia.


(Dejaremos para la segunda parte de esta entrada cuestiones más metafísicas como
el misterio absoluto de la materia y la más absoluta Realidad de la idea, porque
ahora me quiero quedar en esto del Dinero, por la importancia que tiene y ver
cómo en esta cosa tan común se encierra el misterio teológico más grande de
todos: la confusión última de la Realidad en donde Idea y Materia se funden a
condición de ser Reales –o en otras palabras- a condición de tener un precio).

Y porque siempre nos valgan poemas mejor que razonamientos –en el fondo porque vienen a ser casi lo mismo- ponemos aquí dos estrofas que nos servirán para ver al de qué manera se nos juntan irremediablemente los ‘idealistas’ y ‘materialistas’ en uno solo (Agustín García Calvo, Libro de Conjuros, Ed. Lucina, p. 17):

y añadiría en nueva mudanza
«Venga el pastor de empresas y bancos,
el que esquilaba los débitos blancos,
el que de crédito hechía la panza;
venga y suscriba aquí mi libranza,
venga y verá lo que vale dinero:
todas sus cifras verá que eran cero
y qué de vacío mi cuenta se danza.
[…]
Y tú, la clienta de las galerías
del supermercado, que por la escalera
mecánica en pos de la cosa cualquiera
bajabas al cielo, al limbo subías,
entra a mi danza, y tus chucherías
saldrán de la bolsa profunda hechas humo,
consumidora de puro consumo,
tu vientre sin fondo, tus manos vacías. »

Por lo general explicar un poema, cuando está tan bien escrito, sólo se puede hacer con el riesgo de enturbiarlo, de esfumar y borrar lo que ya está perfectamente claro en el inconsciente. Aún así, tenemos que hacerlo… y correr ese riesgo de que al hacer conciente lo que quiere decir, se nos pierda el sentido verdadero.

El par de estrofas tocan dos extremos distintos del dinero. i) Por un lado la cima de la pirámide financiera: esas entelequias abstractas que nadie sabe bien como funcionan ni como se mantienen en pie, esa extraña base de la economía que se mueve a través de rumores, gestos, señales, ilusiones: los ires y venires de las acciones que no tienen nada que ver con el hombre de a pie. ii) Por otro, el consumo puro y duro de cualquier hijo de vecino que a salto de mata acude a los centros comerciales a ver si es verdad que puede llamar vida a lo que hace el resto de la semana: esto es, trabajar.

Sin embargo estos extremos no se hayan separados… todo lo contrario son dos aspectos de lo mismo… a pesar de que nos pueda parecer que allá en las alturas económicas en donde –según los economistas- se teje el mundo del dinero con alguna teleología divina ajena a nuestro entendimiento…

Porque bien claro es verlo que no se sabe muy bien ni cómo ni cuándo ni por qué
se desploman de vez en cuando las bolsas y quiebran los bancos, como si los
números tiranos de las lucecitas de Nueva York, brincasen cual Oráculo de Delfos
y enardecidos no se sepa ya a qué pitia acudir… ¿Quién hay que diga ‘Yo sé
porque hay recesión y crisis y la madre que la parió, hacedme caso a mí…’?
Naturalmente nadie puede decir que no lo sabe… todo el mundo dice algo, que si
la inflación inmobiliaria, que si el repartir y regalar créditos hipotecarios,
que si la rapiña de la banca privada... Pero nadie sabe por qué ni lo han de
saber porque los motivos de Dios son insondables…)


Y así desde esa cumbre abstracta el Dinero baja como una procesión plotiniana, otorgando realidad a todo aquello que produce: dando fe de verdad (crédito) a todo lo que, al bajar, va tocando. Y cuando llega, ya como un vago reflejo de Dios, en esa calderilla que tintinea en los bolsillos, no debemos olvidar lo que significa: es el símbolo, la cosa de todas las cosas… La cosa por la cuál todas las demás obtienen su Realidad, su valor, su lugar en el Mundo. No es mas que la forma imperfecta de aquello que tiene que ser puro número, pura cifra… Si es moneda es porque, desafortunadamente, tiene que serlo… y mejor le conviene al dinero ser más bien electrones fluyendo en las redes bancarias y dejándose ver en pantallitas de cajeros automáticos como ventanitas a la verdadera Realidad.

Pero la segunda estrofa, esa que habla de algo que, naturalmente, parece más Real, más ‘material’ y palpable, cuando señora y señor, niño y niña, se pasean entre los bazares y galerías, cartera en mano… esa estrofa es todavía más interesante. Porque aunque se diga que el Dinero es un símbolo y lo que importa es lo que representa: esto es Capital, ‘materia’ en existencias –como dicen-, y que en el momento en que sea se pueda lo uno trocar por lo otro y así comprar comidas y blusas y faldas y coches y casas y juegos y teles y todo lo que se ofrezca entre los escaparates… De pronto, si uno se deja raptar por sentido común se dará cuenta que no… que eso que compra no puede ser material, que lo que está comprando y consumiendo no puede ser cosa como una piedra o un árbol cualquiera. No puede serlo de la misma manera… cuanto más que cada uno de esos objetos están siempre fabricando otra cosa: la Realidad misma que constituyen.

Porque son sólo Dinero. Y el Dinero se mueve sólo para sí mismo…

Y en última instancia, la más macabra noticia, es que siempre está el resto absoluto de esas materias –que no es materia, porque la materia (ya lo veremos la próxima vez) es un misterio insondable que nadie jamás ha conocido ni conocerá- sino meras formas vagas de Ideas que adquieren en alguna fábrica China la forma de un monitor, de un teclado, de un altavoz y que funcionan quién sabe bajo que mágico mandato divino incomprensible, y todas están para la muerte. Naturalmente, ¿cómo no?, si de lo que siempre se trató es de entreteneros, ya sea comiendo o viendo películas o jugando a los videojuegos, mientras llega la muerte.


No hay nada que sea útil entre esas máquinas. Absolutamente nada. La prueba de Tales –si es que hubo tal que tampoco nos interesa-, de intentar demostrar la utilidad de la filosofía, fracasa en el momento en que entendemos la absoluta inutilidad del propio Dinero.

No. La utilidad de eso que algunos llaman bajo el equívoco rótulo de ‘filosofía’ es útil por otra cosa: porque puede de pronto ayudar a romper la Realidad, a desquebrajarla y triturarla en medio de la razón… Todo lo demás que pueda hacerse, es perfectamente inútil.