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sábado, abril 23, 2011

La bondad de las máquinas


Siempre hay algo de conciencia por ahí estropeándolo todo, ¿verdad? Cuando estamos a punto de cantar una canción, tocar un instrumento, hablar o teclear aquí mismo en una computadora, aparece ese fantasma de la toma de conciencia para arruinarlo todo. Para enrojecernos la cara de vergüenza, para hacernos olvidar cómo pasar las manos por los trastes y las cuerdas, para enredarnos las lenguas con temores y barricadas o para hacernos patentes que aunque podemos teclear con una fluidez envidiable, nunca sabremos qué letra está al lado de la R sin ver el teclado.

Así es: la conciencia es un estorbo. Una monserga. Un trampantojo ridículo que lo único que hace es estorbar a la bondad de las máquinas. La máquina de la música, la máquina de la lengua, la máquina del subconsciente que no pueden sino hacer cosas y cosas buenas llenas de arte y buena técnica.

Las máquinas, siempre y cuando sean máquinas de verdad, siempre son buenas. Acaso de ahí se explique ese terror de la ciencia ficción de que, algún día, una máquina, tome conciencia de sí misma –es decir, se haga como hombre- y no pueda más que volverse mala. Pero las máquinas… las máquinas por sí mismas siempre son buenas. ¿No?

Y supongo que alguno o alguna, muy amante de su propia conciencia, llegue a pensar que si andamos por aquí luchando contra la Realidad, pues, «no hay mayor lucha posible que la que se hace desde la conciencia.» Y así en el gran trampantojo –no ya de la Ilustración y la modernidad, que sería demasiado achacarle a ellas semejante error- sino al capitalismo puro y duro, podemos llegar a creer que es la toma de conciencia de sí mismo lo que nos salvará de nuestra constante caída en la Realidad.

Pero no.

Ay, no.

Que nuestras conciencias o, más pedantemente, nuestros ‘yoes’ respectivos de cada uno de nosotros los que leemos esto –el mío, desde luego también-, no son más que meras cosillas de la Realidad y cómo tal jamás podrán luchar contra ella. ¡Es justamente desde la conciencia que se actúa como la manada lo manda! Cómo el capital lo suplica. La gran mentira del capital es la formación del individuo a partir del imperativo de soberanía de la Ilustración. Si el siglo de las Luces con aquellos franchutes modernistas pedía hombres libres, los Estados se encargaron de producir ciudadanos y el Mercado se encargó de producir consumidores.

Evidentemente aquí lo que está en predicamento es la libertad. Pero… ¿qué tiene que ver esto con las máquinas? Bueno, que no seremos tan pretenciosamente estúpidos como para suponer que si no hay conciencia –si no hay individuo, ni yo, ni sustancia dentro de los nombres propios- (o por lo menos esa es la intención un poco para caernos de la Realidad un poquito y de vez en cuando), pues ¿vamos a caso a suponer por ello que no se hará nada? ¿Qué sólo nosotros como conciencia somos capaces de actuar?

Eso no sólo es falso sino ridículamente pretencioso. No sabemos nada. Y ese no saber no significa que no se pueda hacer nada –y acaso ‘saber’ sea justamente lo contrario de ‘hacer’, aunque eso, ya algún día lo hablaremos con más detalle si se pre
senta la ocasión-, sino que en ese lugar en dónde no habite la conciencia y podamos exorcizar a ese parásito llamado Alejandro Vázquez Ortiz, pues podamos, ¿quién sabe?, llegar al desgarro que aquí estamos buscando. Llegar al punto en donde se quiebra la Realidad y cosas nuevas –cosas que no estaban hechas y por tanto no pueden formar parte de la Realidad, al menos no de momento-, puedan ocurrir.

Claro que esta sugerencia a muchos nos asusta. ¿Cómo no iba a asustarnos si nosotros mismos, yo, tú y todos somos la fortaleza misma de la Realidad? Y la propia lucha contra la Realidad es siempre una lucha contra uno mismo. ¡Ah! Pero eso que aflora cuando la conciencia se va de paseo –eso que ya los antiguos achacaban a las musas con aquellas invocaciones a la inspiración, achacando a otros lo que no podía ser de uno. Y en fin, aquí mismo cuando realmente se logre dar con algo de más o menos sentido común, será porque acaso hemos podido desembarazarnos un poco de nosotros mismos y dejar que la máquina de la razón razone y hable por nuestros dedos de forma casi inconciente.

Así que dejemos a un lado esos malentendidos y dejemos que las máquinas hagan lo que tengan que hacer, que seguro siempre será algo mucho mejor que lo que nosotros podamos hacer. Dejarse hablar, dejarse razonar, dejarse cantar, dejarse hacer todo lo que no esté hecho… Y a ver qué pasa. A ver qué ocurre. Estoy seguro que ocurrirán cosas mucho más interesantes que estar viéndolo todo desde la cobarde y mentecata sensación de que soy ‘yo’ quién piensa esto que pienso y por tanto al pensarlo no puedo más que estarme cuidando. Acaso descubramos que las máquinas en esa bondad prácticamente gratuita que proporcionan siempre han sido mucho más soberanas que cualquier individuo.

(Ahora que voy terminando, me empiezo a preguntar si acaso, diciendo todo esto que digo, no me he preocupado en dejar claro acaso qué es una máquina y cómo es que muchas de lo que hoy consideramos ‘máquinas’ no lo son, pero en fin, eso será para otro día, pero igual ustedes, acaso cuando tengan la gracia de estar lavándose los dientes, comer o ir montado en el camión a sus casas, gracias a que todas estas cosas se realizan maquinalmente, puedan estar gustosos de revolcarse en el problema y a ver qué sacan).


martes, abril 20, 2010

Notas al margen: La locura de las máquinas

Estaba yo con mi hermano, la otra vez, en una cantinucha de mala muerte, cuando él, de pronto, sin venir a cuento, alzando puchero compungido como mal de amores, vino a quejarse, aterradamente, de mi sobrino de escasos tres años. Y me dijo: «Ay, Daniel, ya no sé que hacer, no sé… pero Fernandito no para de hacer las cosas más extrañas que yo haya visto. Nos tiene a mí y a tu cuñada pendiendo de un hilo, entre médicos, consultas, revistas de pediatría… no sé…»

Y en fin, tuve que sonsacarle la información que entra tanto lamento y autocompasión no se dignaba en soltar. Resultó pues que lo que Fernandito, el pedacito de cielo más gracioso que le ha salido nunca a chocho alguno, se ponía a coger el teléfono cuando no había nadie del otro lado de la línea y se ponía a hablar solo. «¡Pero no sólo habla! ¡No! Discute y todo… se inventa cada cosa, como si del otro lado alguien le estuviera respondiendo… ¡ay! ¡ay! ¡qué miedo! A ver si mi niño va estar medio loco…!» (Naturalmente esto no lo decía él, pero sus ojos y su seriedad me lo chillaban a la cara).

Yo, francamente, me puse triste. No por el hecho de que su padre estuviese tachando de loco a Fernandito, ni mucho menos porque creyera yo que Fernandito ya le iba germinando la semilla de la esquizofrenia… no, era porque me daba cuenta de que Fernandito ya estaba creciendo. Ya se estaba volviendo loquito como sus papás.

«Imbécil», le dije bastante molesto de que me tachara a mi sobrino favorito de loco, «¿no te das cuenta de que lo único que hace ese cielo que tienes por hijo es imitarte a ti, pedazo de baboso? Lo que está haciendo es simplemente aplicar el sentido común a ese aparato monstruoso y enloquecedor que es el teléfono… ¡el único loco eres tú por creer que hablar por teléfono es lo más natural del mundo y no cabe duda que estás enseñando a tu hijo, a que eso es lo natural!»

«¿No te acuerdas cuando nos sentábamos a poner el ATARI? ¿No te acuerdas de que esas máquinas de cachiporra estaban locas? ¡No te acuerdas ya! ¡Te parece de lo más normal y corriente que los ATARI funcionaran a hostias consagradas, a soplidos de cartuchos, a lametones de niños impacientes! ¿Te acuerdas que movíamos el cartucho de un lado al otro, buscando quién sabe qué mágica conexión para que se abriera el mundo virtual ante nuestra pantalla? Con nuestro sentido común, sabíamos que las máquinas pueden estar locas, que de repente les da por hacer lo que les sale de los cojones y uno tiene que apelar más a la religiosidad que a las chuminadas de los informáticos o ingenieros. Pero ahora tú vas de racional, de que todo tiene que tener un por qué, que el pobre Fernandito, está loquito, en ves de verte a ti durante un momento ante un teléfono, con la oreja pegada al vacío, ya ni siquiera sin cable, sin nada, como si esa voz estuviera viniendo de un más allá de quién sabe dónde. No, Fernandito lo que le pasa es que está aprendiendo la locura de las máquinas, no te preocupes… al final acabará como tú, tan cuerdo, tan hundido en esa normalidad de vivir rodeado de artificios extravagantes como si fuese la naturaleza misma.»

domingo, agosto 09, 2009

En el lugar de cualquier otro...


En la primera entrada de este blog –en la que más o menos explicaba las razones que iban, más o menos, a dirigir el quehacer de estas maquinitas-, dije una cosa en la que ahora me quiero detener…

Decía algo así como que estas máquinas que están hechas para combatir la Realidad no están para que las use ningún sujeto, es decir, ninguna persona sea usted o yo –en la medida en que usted y yo seamos personas con nombres propios-, ni para que sean la excusa para que cualquier individuo de la Realidad se revele contra esta y funde una Realidad particular –pensando acaso que es la verdadera oposición a la Realidad de las instituciones. No.

Las máquinas que aquí se dan –o lo que es lo mismo, los razonamientos que aquí se entregan-, no están hechas para las personas. E incluso, no dudo, que a más de uno le habrá hasta repugnado escuchar algunas razones que aquí se dan y confundida en la gran balumba de los discursos filosofantes y cientificoide hasta le haya resultado un tanto ¿absoluto? ¿radical? ¿unilateral? por nuestra parte el habernos lanzado al exterminio de la Realidad con tan poco sentido de la duda y más bien atacando de frente.

Ciertamente, de esto ya hablé al principio –porque sabía que es uno de los principales equívocos-, cuando hablé de la negación y de las diferencias entre idear y razonar, que son muchas y muy profundas

(que por resumir se podría decir que razonar no tiene nada que ver con el fundar
ideas positivas –a las que sí se les podría dar el nombre de absolutas,
radicales y unilaterales-, sino lo único que puede hacer el razonar es decir No,
y realizar una cadena sin fin de enunciados que justamente lo que hacen es
combatir a la idea. Lo que aquí intentamos hacer, por tanto, es razonar que no
idear, que sería estar fundando más y más cosas para agrandar el conjunto de la
Realidad, sino que, sirviéndonos de la razón, eliminar las Ideas que se van
cuajando en ella),

y debido a estas diferencias es que aquí no se hace ninguna ley ni ningún Uno –esto del Uno habrá que tocarse con más detenimiento en otra ocasión, de preferencia en contacto con el resto de números. Lo que aquí hay son meros enunciados que van a descubrir lo contradictorio de la Realidad, que es lo mismo que es deshacer su hechizo sobre las cosas, y nada más.

Naturalmente, esa repugnancia puede persistir en nosotros… es decir, puede que –y a mí me pasa a cada paso- haya algo en nosotros que se siga negando a aceptar lo simple del razonamiento, lo contundente y a veces, cuando uno no está demasiado endurecido por los sufrimientos que engendra la Realidad –porque en el fondo nuestra guerra contra ella no es por otra cosa sino por lo sangriento que conlleva el aplastante peso de las cosas convertidas en eso: en Realidad-, si uno no está demasiado alerta contra ella, naturalmente puede pasar que todo esto le parezca un sinsentido… y a pesar de que los razonamientos sean todo lo claros a lo que puedo aspirar, algo se resiste a aceptarlos.

Eso que se resiste a aceptarlos no es otra cosa que el sujeto, ese que nos han enseñado a tener por nuestro verdadero yo –y siempre que se utilice, frente a cualquier cosa, la palabra verdadero es porque se le está intentando, más o menos desesperadamente, introducir en las cosas de la Realidad-, el Nombre Propio, ‘el yo’ que le llaman los psicólogos y demás médicos del alma: y es bastante comprensible, al fin y al cabo, hay un gran riesgo a para la Persona cuando empieza a utilizar estas maquinitas, ya que tiene que tener un presentimiento por lo bajo de saberse parte de esa Realidad a la que estos razonamientos están encaminados a destruir.

Esto es, que la Persona, en tanto individuo, es –como ya lo dijimos en alguna otra ocasión- sólo un caso de cosa… una más entre las cosas de Realidad y por tanto, algo que hay que combatir con ferocidad.

Por tanto ante la pregunta: ¿Quién usa estas máquinas? La respuesta es cualquiera siempre y cuando ese cualquiera no sea un sujeto, no sea un individuo…

¿Y esto cómo se logra? ¿Cómo se hace? Muy fácil, procurando dejar de lado las mentiras con las que hemos ido creciendo desde niños: a saber, que nosotros somos los que somos y que no podemos ser otro.

Aunque ya hace mucho tiempo que no sale el tema en estas máquinas, debemos recordar que la Idea fundamental de la Realidad es la del límite. Esto es, el límite de las cosas que separa lo que son y lo que no son, el límite que separa y divide al sujeto del objeto –es decir a mí mismo del Mundo (aunque, paradójicamente, únicamente para hablar del sujeto como si se tratara de un objeto –engañosamente fuera de la Realidad). La única manera en que puede sostenerse esa mentira es bajo la suposición de que hay un límite que está separando mis palabras y las suyas; que usted –sea quién sea- es una interioridad a dónde las cosas entran, donde las palabras llegan y se toman según de quién vienen.

(Es en esta mentira en la que se basa el fabuloso despropósito del
cogito cartesiano: es decir que el ‘pienso, luego existo’ sólo sobrevive a
condición de suponer –y eso es siempre una suposición- de que soy ‘yo’ el que
pienso… de que hay un sujeto detrás de la mascarada y los gestos de los hombres.
No hay mayor trampa y más estúpida. Efectivamente, se da el lenguaje, se entrega
a través de mis palabras que se van reproduciendo dentro de cualquiera que las
lea… y sin embargo, no encuentro mayor misterio cuando me pregunto a mí mismo:
¿quién habla?)


Esto tampoco tiene que ser tan esotérico. No tiene por que prestar mayor dificultad… ya que de la misma manera que se da el lenguaje sin saber cómo, también se dan otra serie de circunstancias que bien nos pueden ayudar a comprender de qué manera se puede hacer una guerra contra la Realidad sin tener que hacer intervenir nunca a los individuos: esto es la razón. Razón entendida como una serie sin fin –que no infinita- de enunciados, de cadenas de proposiciones, de dudas sin fin que siempre le dan la vuelta a la cosa para encontrar de qué manera la cosa no puede ser cosa (es decir, que no está cerrada del todo)… razón, en suma, entendida únicamente como una duda sin final que está a cada paso liquidando la Realidad.

La razón no únicamente es quién usa estas máquinas, sino que a la misma vez pretende ser el único principio que rige su producción: la razón común que no es de nadie… No es mía, ni suya, ni de Kant, ni de Descartes ni de ningún nombre propio: es de nadie en el sentido que es de cualquiera, que está ahí como una cosa pública, gratuita y lo único que sabe decir es NO.

(No debemos nunca confundir aquellos que usan el nombre de Razón
semejante al de Idea, al de Conjunto Lógico, al de Verdad… No. Esta confusión,
tan útil para la Realidad, es la que ha llevado a muchos en los últimos años a
creer que la guerra contra la Realidad es igual a la guerra contra la razón…
Esto es falso. Ya que razón, entendida como tal, sólo es una máquina y nada más.
Es cierto que algunas formas más o menos razonables han sido siempre utilizadas
por el Poder para seguir fundado más y más Realidad, pero si uno acude a leer
los textos –cualquier libro de teología, filosofía, lógica, matemáticas, etc.-
uno puede identificar cuando trabaja la razón: esto es, un momento puramente
negativo y maravilloso en el que sólo trabaja lo que la razón, desmontando
mentiras e ideas… (p. e. en Berkeley –
cómo ya lo dijimos una vez-, en cuya introducción
en escasos 20 párrafos destruye la concepción de materia y de las ideas
abstractas) aunque después, según como lo manda el Poder y la Realidad acaben
haciendo una reconstitución y reconstrucción de lo que razón, sabiamente, ha
destruido (en Berkeley, ya se sabe, está la reconstitución del sujeto y la
existencia de un Espíritu Árbitro)… Por eso aún podemos servirnos, mal que bien,
de algunos textitos de estos señores, para voltearlo del revés y hacer
intervenir a la razón allá en donde sólo había la desierta y sangrienta
Idea)


«¿Y entonces para qué esta cruenta batalla?», preguntan los corazones. Pero no tienen por que preocuparse… que otra de las grandes mentiras –de las que habrá que hablar después- es esa de que razón y sentimiento son dos cosas separadas. Otra de las falsedades de las que se ha ocupado el Poder en propagar (ya que, si cualquiera se sentía de pronto desesperado, rabioso y hasta con gana de reventar las mentiras que le llovían desde arriba, había que neutralizarlo diciéndole: «Es que lo que tú estás sintiendo, querido, no tiene nada que ver con la razón.», porque ya se sabe y lo sospecha mucho el poder de que quizá ese odio es lo único que puede llamarse de verdad razón), y que cuando estas máquinas hagan –mal que bien- su trabajo pueda encontrar el corazón (y la razón) un resquicio para la alegría de saberse hundir, a sus anchas, en el misterio de la vida.

Aunque ya lo digo: No hay paz posible… esta guerra no tiene fin, aunque aquí nos mantengamos al pie del cañón. No hay paz (la paz es sólo el sometimiento de las formas a su ser, la máxima forma de violencia)… No aspiramos a la paz en esta guerra, sino únicamente a encontrar esos momentos en que Realidad se ve conjurada, alejada, perdida entre la fantasía y el ensueño de su falsedad… y acá, por lo bajo, en esto que no tiene nombre, ni soy yo, ni es nadie, ni sabe nadie que sea, se viene, se deja venir con una alegría, y que algunos, por ahorrarse tanta verborrea –aunque provoque tantos equívocos que sólo razón endereza- llaman vida.


martes, mayo 26, 2009

Contra las Máquinas


Disculparan los pocos que usan de estos artefactos el hecho de que su publicación esté prácticamente reñida con toda periodicidad. Afortunadamente el buen Juan Charrasquea de la Colina y su Maestro Orejuela, saben hacernos las delicias por mientras.

Ahora bien, hay que hablar contra las máquinas –hablar, que es razonar (¿se va viendo que la única manera de verdaderamente hacer algo contra la Realidad es hablar contra ella? ¡Hablar que es hacer!)

Una de las grandes ventajas de las máquinas –aunque la ciencia ficción nos quiera enseñar lo contrario- es que no se ocupan de sí mismas, no practican aquel viejo predicamento socrático del ocúpate de ti mismo –una versión probablemente helenística de ese otro, más platónico, conócete a ti mismo. Es decir, no procuran autoconservarse. Las máquinas que de verdad son máquinas –y en tanto máquinas- no procuran perpetuarse; y ante ese maravilloso gesto de desprendimiento, no hay contradicción alguna en hacer una máquina contra las máquinas.

Y la cosa tiene su importancia. Como recordarán la vez pasada dije, sin reparar mucho en ello, que la Realidad era la Gran Máquina, o como alguna le llaman (aunque el vocablo me suene demasiado teológico y aún temeroso de creer de que cuando se entablando de él se está hablando de Dios): el Sistema. Y sin duda a alguno, como a mí, le haya asaltado la duda: ¿Cómo? Si la Realidad es una Máquina, al crear más maquinitas –o artefactos- como aquí lo estamos haciendo, ¿no estaremos, por el más sencillo de los silogismos, reforzando la Realidad que pretendemos combatir?

Y ante esa duda, por demás razonable, no nos queda otro remedio que aclarar:
Tiene que haber dos tipos distintos de máquinas (no es afán de taxonomía sino la manera en que se impone la verdad del uso de las máquinas, aunque –si se prefiere- únicamente hay una máquina y el resto que parecen máquinas, no lo son).

Antes de pasar a decir qué tipos de máquinas hay, tenemos que pensar en definir a la propia máquina… y con esto de las definiciones siempre nos hacemos un lío gordo por la simple y terrible razón de que la palabra nunca se deja cerrar del todo.

(De tiempo para acá me he dado cuenta, hablando aquí y allá, que
cuando uno se propone una cosa tan espantosamente imposible como decir ‘el ser’
–eso del ‘ser’, tendremos que hablarlo largo y tendido en otras ocasiones, hoy
pasamos de largo para no perdernos demasiado-, se pueden cometer dos clases de
errores: 1) separar esa cosa de las cosas con las que está en contacto de común
de tal manera que, en un afán de presentarla en estado puro, se acaba dando
cuenta de otra cosa que nada tiene que ver con la que en un principio
pretendíamos definir –errores, los más comunes entre los científicos y que se
potencia más y más con esto de la especialización del conocimiento-; y 2) que se
cree que cuando se habla de una cosa en contacto con las demás se puede llegar a
agotar esas cosas con las que entra en contacto y que a través de una especie de
lista taxonómica de casuística se pueda de verdad llegar a decir la definición
que buscamos. Así preguntando la cosa más simple y sencilla del mundo, p. e. el
clásico ejemplo de ¿Qué es un zapato?, no podemos mas que declararnos
incompetentes para abordar tal definición. Ambas son erróneas por cortas, la
primera quiere encontrar al objeto desnudo, purificado y en sus límites… la
segunda es un poco más sincera, aunque para ser correcta tendría que ser
infinita.

Esto es lo que Heidegger formula de una manera más pedante y
dificultosa de entender diciendo (¿Qué es metafísica?, Ed. Alianza, trad. Cortés
y Leyte, p. 14) «toda pregunta metafísica abarca siempre la totalidad de la
problemática de la metafísica.» Y aunque luego el buen Martinico se decanta por
centrarse en su Dasein, su observación no es menos zagas ni oportuna: toda
pregunta por el ser de una cosa, en realidad, en el fondo, después de ocuparse
de deshacerse de todas las particularidades –que ciertamente no son la que dan
el ‘ser’ a la cosa que es-, uno acaba descubriendo que desde siempre era la
pregunta por el simple y desnudo ‘ser’.


De esta manera se ve que toda definición es falsa y errónea. Porque lo
que hay es
siempre sin fin… y toda
definición es –por definición (porque definir quiere decir separar y la
cosa entre las cosas es de por sí inseparable)- incompleta. Y, por supuesto, consideramos que la pregunta en la que se detuvo Heidegger durante toda su
vida, no estaba, pese a los buenos frutos que dio –que por lo demás,
no fueron producto nunca de su intención-, correctamente formulada: es
decir, que a nosotros no nos ocupa ‘el ser’ de ninguna cosa. Y parece que,
como siempre –como antes hicieron Aristóteles, Descartes y su compañero
Husserl- lo único que hizo fue salvar la metafísica.

Habiendo dicho esto y recalcando que pensar una cosa es pensarla
entre las cosas, lo que la hace de sí inseparable y por tanto
absolutamente infinita –es decir, sin límite alguno-, decimos todo
lo que se dice aquí es de carácter puramente provisional e incompleto).


Digamos pues, que en su acepción más sencilla una máquina es algo que sirve para algo. Y punto.

Esta sencillez, como se ve, sólo puede separarse por una cuestión:
Esta es a quién le sirve.

El primer tipo de máquina le sirve al pueblo, el segundo tipo de máquina sirve a Dios (en ese sentido, es bastante posible que el segundo tipo de máquina, no sea verdaderamente una máquina, pero el tema de la purificación del lenguaje nos puede llegar a grandes equívocos de los que prefiero alejarme y dado que se les llama indistintamente, a unas y a otras, máquinas, no nos queda más remedio que aceptar sin más tal designación).

Ejemplos de las máquinas que sirven al pueblo –esta denominación traerá a colación numerosas apostillas que hemos de posponer para un momento más oportuno- son el fuego, la palabra, el ferrocarril, la memoria, ¿la radio?, etc. Ejemplos de las máquinas que sirven a Dios son el automóvil, la carretera, la televisión, la tarjeta de crédito, los ordenadores, la escritura, etc. Evidentemente esta separación –que es incompleta y falsa, como todas las separaciones- encuentra numerosas excepciones y los usos y quehaceres que se le puede dar a una máquina no siempre están imbuidos en el propio artefacto, y habrá veces (¿quién sabe?) que como producto de industriosos esfuerzos, uno consiga hacer que la escritura, p. e., sirva de verdad para el pueblo… o en otras palabras: en contra de su connatural designio, la escritura combata a Dios.

Pero, ¿de qué manera unas y otras sirven? Es bien sencillo y práctico.

El primer caso es bastante evidente –si comulgáramos con ese deseo de purificar al lenguaje, podríamos decir que cuando una máquina sirve al pueblo es cuando de verdad es una máquina-: cuando una máquina simplifica un trabajo, entonces… tenemos una máquina para el pueblo. (Lo dificultoso es que, evidentemente, estas máquinas, por lo general, siguen gobernadas por la Máquina de máquinas de hoy día que viene a ser Dios –por otro nombre: Dinero- y por tanto es demasiado simplista y torpe decir, por ejemplo, que una tuneladora o un robotito de las minas viene a simplificar y hacer más sencillo el trabajo de los barrenistas y los mineros si tenemos en cuenta que lo que se produce con ellas es siempre más Dinero). Quizá el ejemplo más claro y precioso lo tengamos en esa extrañísima máquina de la palabra. Ese sorprendente tejido de formas gramaticales, palabras sintagmáticas y aún, un denso manto de palabras semánticas que permite, por una extraña y misteriosa operación –que por más explicada que esté por los neurólogos y psicólogos no deja de ser extraña y misteriosa- nos permite ¿comunicarnos? –la palabra no me gusta-. (Aunque es un hecho que el lenguaje, usado de una determinada manera, sirve como una Máquina de Dios, haciendo su realidad, su lenguaje teológico, sus conceptos intocables, etc., lo cierto es que ese uso es bastante restringido en el uso verdadero de la lengua y tiene unos mecanismos bastante concretos que quizá vayamos viendo por acá poco a poco…) El lenguaje es la máquina más importante de todas, la que más nos sirve, la que va descosiendo la realidad a medida en que se va hablando –y quizá a la misma vez la va reformando en una especie de guerra perpetua-, pero que es el mejor medio –gratuito y disponible para cualquiera- para atacarla.

La palabra es el mejor de los artefactos contra Dios y su Realidad... y por ello mismo es la máquina que más sirve al pueblo.

Ahora bien, ¿y el segundo caso? ¿Qué máquinas sirven a Dios? Son las más, eso está claro. Pero antes de dejar claro de qué manera sirven a Dios, hay que decir que sin esa servidumbre de la Máquina, muy probablemente Dios no podría sostenerse. Dios necesita de las máquinas, como de los sacerdotes y de los ángeles… porque Dios no es nada ni hace nada… Deja que todos a su alrededor, desde los automóviles, las catedrales, los museos, los motores de combustión interna, los radio-telescopios y las cuentas bancarias estén demostrando a cada paso su existencia. Sin esa demostración, Dios no podría sostenerse por sí mismo.

Una vez dicho esto… tomamos un motor de combustión interna, un avión, una polea, o lo que sea... y lo ponemos a funcionar. Ante ese funcionamiento caben dos observaciones, 1) que la polea disminuye la fuerza necesaria para mover un peso, es decir que hay una especie de transformación en el quehacer de la cosa más o menos inútil, o 2) que la polea funciona de una determinada manera ante unas condiciones dadas y que, si fuese posible que los materiales no se desgastaran, la máquina podría seguir funcionando infinitamente sin variar uno sólo de sus movimientos. Esta infinitud de las repeticiones es la que esta demostrando su existencia: es decir, que dadas las mismas condiciones infinitamente, la polea se estaría comportando de la misma manera, siempre.

Toda caída de un avión, todo accidente de tráfico, todo fallo mecánico, tiene para Dios una explicación, una causalidad. Esta mentira que los científicos anuncian sin ningún empacho diciendo que no existe nada que sea inexplicable, que los fenómenos desconocidos están siempre por explicarse –como si la explicación no pidiera tantos axiomas misteriosos como los propios misterios teológicos de la encarnación-. Las máquinas funcionan no debido a imperfecciones mecánicas, sino que constitutivamente al funcionamiento se encuentra el fallo. Las ruinas ridículas de la razón no resisten, ni mucho menos, la embestida de un martillo que estalla en mil pedazos cuando se utiliza contra un clavo.

Por ello es que las máquinas, por más uso que le demos, ya sea para guerrear contra la realidad o simplemente utilizarlas para que el día a día se vaya emancipando poco a poco de trabajos engorrosos, lo cierto es que por todo lo alto siempre van pregonando las leyes con las que funcionan, el orden que las mantiene en funcionamiento: la mentira que van exponiendo con su simple desarrollo.



miércoles, diciembre 10, 2008

Máquinas contra la realidad.

Se supone que habría que dar cuenta de lo que quieren 'hacer' estas palabras. El problema con los 'haceres' de las cosas es que siempre tienen que estar respaldados por la realidad. En este caso, más o menos, también lo está, por lo menos de una manera negativa: se podría decir que la justificación del próximo desplante de artefactos es contra la realidad.

Si estos artefactos están aquí, estas pequeñas maquinitas mentales es para que se haga uso de ellas, no para que ellas lo usen a uno -quien quiera que se crea que sea-, ello implica ciertas reglas implícitas que habría que mentar.

Primero, que cuando se hable aquí no se habla para 'hacer' más realidad. Si ello ocurre, como puede llegar a ocurrir según el descuido del que escribe, es producto de un error y merece ser criticado y denostado. Todo lo que aquí aparezca quiere servir para 'deshacerse' de la realidad con la que ya cargamos y no para propagar su hechizo ni su mentira.

Segundo, que la utilidad que se dé a las cosas que aquí aparezcan tiene su fin -como mera máquina que es- en destruir la realidad, después de ello... la propia máquina es absolutamente inútil y hay que deshacernos de ella, (porque corre el riesgo de que la propia máquina se nos convierta en parte de realidad -reemplazándola-, es decir, que lo artificial se nos haga natural).

Tercero, a manera de guía, la labor del desecho de lo real pasa por una destrucción de la fe que se tiene en la Realidad.

Cuarto, una técnica sin realidad que la respalde no es igual al resto de las máquinas, por tanto hay que decir que las maquinitas que aquí se entregan funcionan de distinta manera que como lo haría, por ejemplo, un motor de conbustión interna -que juega y funciona con las reglas de la física y las propiedades de sus materiales-. ¿Cómo funcionan? No es una pregunta que proceda... porque cualquier respuesta sería dar realidad al arma que pretendemos usar.

Esta falta de fundamento, evidente y clara para cualquiera, se entiende si comparamos que por otro lado, la Realidad carece de fundamento y sin embargo sigue 'haciendo' cosas, como por ejemplo, determinar lo sano de lo enfermo, lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, etc.; y algo se tendrá que hacer contra ello. La función de estas máquinas es puramente política, ni científica, ni filosófica, ni reformadora.)

Ahora nos queda decir que entendemos por Realidad, sin que la cosa se nos vuelva muy abstracta. Quizá la definción más sencilla que se me ocurre (y que en última instancia puede funcionar como un pequeño salmo interrogativo al que acudir ante la duda) es: Realidad es lo que es, siendo que no puede no ser.

De esta definición tan general se podrían sacar varias modalidades, pero por ahora con ella nos debe bastar. Simplemente hay que apuntar, para recorrer el camino inverso: lo que mantiene la Realidad, se ve claramente, es la Fe. Porque una cosa sólo puede ser la que es, sin posibilidad de ser cualquier otra cosa, teniendo absoluta fe en ella -y las implicaciones filosóficas con las que se rodea la cosa y la realidad.

Por ello, ya se nos ve venir la cosa, aunque tampoco fuera muy de nuestro agrado, hablaremos de filosofía y los filósofos. Pero reiterando la advertencia: no los vamos a usar (como, dicho sea de paso, se les utiliza normalmente) para reformar la realidad, para cambiarla, para amuentarla, para hacerla más real, en suma, de lo que ya es; sino que los usaremos para demostrar sus mentiras, para que el propio rodar de sus palabras y las conexiónes que através de la historia han venido haciendo, se vean lo falsas que son todas sus premisas, lo imposibles de sus razonamientos y lo políticamente peligroso de sus sentencias.

Ya se verá que trataremos de la misma manera un texto filosófico, científico, literario, poético, etc. Los géneros forman una parte importante de la Realidad, sus falsas divisiones sus mentiras, sus taxonomías, especies, disciplinas, especialidades, etc. no son más que el desesperado intento de contener la mentira que haría imposible, por ejemplo, que la geometría y la antropología fueran productos de un mismo razonamiento claro, prístino y cristalino. Como ello no es así, la Realidad ha invalidado cualquier cruce de juegos lógicos entre los discursos... esto es, que nos ha prohíbido pensar poéticamente la química y filosofar sobre las matemáticas.

Hay que romper esa regla, la más simple e insostenible de todas, una vez rota esa, las demás le siguen una a otra con el simple rodar del más ingenuo razonamiento. Estas máquinas pretenden servir para ello.

Decir finalmente, que aunque estas son máquinas, no las usa nadie. Es decir, no están hechas para que las use usted, yo o el vecino de enfrente; las máquinas se usan solas y funcionan solas demostrando con el puro silogismo tratado de la Realidad su falsedad y su mentira. Usted, yo y el vecino de enfrente, al ser cosas de la Realidad, no podemos sino entorpecer el funcionamiento de estos artefactos, así que siéntese y mírelas actuar, demostrando lo falso de la Realidad -y de paso, ya lo vera usted, lo falso de usted y yo... (y del vecino de enfrente también).