sábado, febrero 19, 2011

Amor y guerra: la palabra



Y acaso nos toque, de vez en cuando, como no queda más remedio, hablar de lo que habla. O lo que es lo mismo palabrear con las palabras.

Porque ante la palabra, algunos solemos quedarnos boquiabiertos aún. ¿No es cierto? Y es que hay tanto que decir de las palabras… Como ya dijimos una vez –hablando un poco sobre la falsa diferencia entre lo ideal y lo material-, aquello de que la mejor arma contra la Realidad era siempre la palabra, por más que nos quieran hacer creer lo contrario.

Y es que es tan sencillo descorrer el velo de la mentira, que se vuelve absolutamente indispensable tapiar las bocas, neutralizar la palabra y condenarla a una mera negociación en el intercambio de ideas y opiniones.

i) Por un lado valdrá la pena recordar acaso, así al mero vuelo, porque ya más o menos lo hemos hablado antes. Que eso de que las formaciones de individuos se basen principalmente en la encuesta y recolección de opiniones, puntos de vista e ideas personales, no se logra mas que la perpetua negociación de la Realidad.

Si se negocia, ya no se está atacando ese pacto de fe. Que sobre el poder de la Realidad no se puede invocar ni anteponer el poder de nada. Ni imaginaciones, ni sueños, ni nada de eso puede estar negociando con el poder o pactando para suplantarlo en las privacidades.

Ay, que los Estados y Capitales nos venden la idea de que cada uno, en sí mismo y sus contratos puede convertirse con mucho tiento y apasionamiento, en un pequeño Estado, en un pequeño Capital…

ii) Pero lo que realmente me gustaría acaso apuntar es acaso la manera de que la palabra puede seguir ayudando a lo que intentamos aquí. Y es que acaso es en el Amor y en la Guerra en que la palabra vuelve a estar llena de significado.

Las palabras se vuelven casi necesariamente precisas. Porque hieren y curan. Esto es, traspasan al individuo. Hablar, cuando de verdad se puede hablar de amor y hacer la guerra que importa con la boca: es cuando el individuo se quita de en medio, cuando deja que la palabra florezca como algo que está siendo hablado desde otro lugar que no es el mismo.

En ese sentido: razón y sentimiento son lo mismo.

Sentir la herida del mundo es querer curarlo. Querer curarlo es querer guerrear con la Realidad. Guerrear con la Realidad es casi guerrear contra uno mismo. Contra esa cosa que soy yo y que no me deja hablar mas que para decir mi opinión.

Simplemente, estaba tentado a querer mostrarles lo que creo que el lenguaje, al dejarse manifestar –que no usarse-, puede realmente hacerle un verdadero roto a la Realidad.

Amor y guerra, lo que cura y lo que hiere. Palabra puede ser ambas. Arma arrojadiza o caricia delicada. La palabra, cuando es pronunciada por un amante o un enemigo, se vuelve de nuevo cargada de sentido. El amante puede conmover o herir, el enemigo puede devastar o enmendar.

La palabra vuelve a tener la significación de desgarro. No se trata ya de un mero intercambio de informaciones más o menos prosaicas, más o menos cotidianas, más o menos importantes. Se convierte entonces el vehículo por el cual ocurre lo más importante que tiene que ocurrir en la Realidad para que algo pase: desgarrarse, deshacerse, desechar de una vez la persona que posee la lengua en la que se habla.

Ese caerse de la Realidad que a algunos les pasa cuando hablan –cunado hablan de verdad y no para decir lo que ya fue dicho, sino para ir buscando en la cabeza algún hálito nuevo (o acaso vetusto y original)- para decir algo que pueda sonarnos nuevo.

Entonces, lo verdaderamente nuevo es la posibilidad de que la piel, de uno y de otro –enemigo y amante- se desgarren de una vez y para siempre, para poder perder de vista la Realidad.

Ese es el verdadero milagro de hablar. Lo absolutamente gratuito que resulta y que cuando ocurre de verdad, la vida de un vuelco para salirse de la Realidad. Hablar de verdad sólo puede ocurrir al margen de la Realidad.

Por eso se empeñan las entrevistas, encuestas y periódicos en convertir todo en una suerte de conteo aritmético, en un vuelo de águila que más que hablar con las cosas, únicamente las someta a una despiadada forma de conocimiento. Saber lo que se piensa, los programas de la televisión, las opiniones públicas, las elecciones municipales; todo es el gran simulacro de la negociación de las libertades y avances de las democracias representativas.

Negociar con la Realidad es hacerla siempre más poderosa.

Hablar es la única opción.

Aunque, no vamos a dejar de decirlo: ¡lo difícil que es hacerlo! Hablar de verdad es un acto tan absolutamente nuevo y violento que muchas veces no tenemos más remedio que callarnos.

Y aunque no valgan para nada, ni aquí ni en ninguna otra parte, los ejemplos personales ni los detalles, puesto que un servidor, como cualquiera de los que en este momento leen, no son más que un caso de cosa y acaso, únicamente tenga sentido contar lo que le pasa a uno a condición de recordar que uno que soy yo, soy cualquiera.

Siendo que, como siempre, el primer baluarte donde la Realidad se atrinchera soy yo mismo, la tarea de hablar siempre está poniendo en juego a mí mismo. De lo que se trata es que al dejarse hablar, lo único que puede pasar es que toda la intimidad constituyente de los individuos se vaya al trasto. La amenaza es viva y real: lo que se está jugando siempre en ese hablar es la justificación de todo lo que soy.

Hablo de verdad acaso cuando se muestra ante todos y se ventila, de alguna manera, el secreto de mi mentira. Que yo no puedo ser Alejandro Vázquez Ortiz. Cuando hablo de verdad, el nombre desaparece.

Evidentemente yo no lo logro. Fracaso siempre. Acaso por eso me entretenga en volver, como un mal inventor y peor constructor, sobre estas máquinas. Por eso mismo está siempre el empeño y la lucha. Por eso mismo esta siempre el intento y nunca el triunfo. Y acaso sólo en destellos, en breves apariciones de esto que hablo se dejen ver de vez en cuando, no ya en lo que hablo, sino en lo que consigo ir aprehendiendo con los oídos de todo lo que me rodea.

Lo que ocurrirá en ese hablar, eso nadie lo sabe. Sólo se puede adivinar que es puro descubrimiento, es puro brotar de nuevas cosas. Cuando el mundo se habla y en ese hablar se forma: hablar de verdad sea la única manera de andarlo hacia atrás. De sumergirse en el descubrimiento de que el mundo todavía no está del todo hecho, todavía no está del todo muerto.

Porque hacerle la guerra a la Realidad es siempre amar el mundo. Porque amar el mundo es siempre hacerse la guerra a uno mismo. Porque en esta guerra no haya paz perpetua de los cuerpos, sino desgarro vivo de la persona… y vuelta a empezar.


martes, enero 11, 2011

Espera...


El que espera desespera,
dice la voz popular.
¡Qué verdad tan verdadera!

La verdad es lo que es,
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés.

(Antonio Machado)


Conjuro sea esto, del buen Machado, para iniciar el desgrane del tiempo. Conjuro sea al corazón para que nos cicatrice las heridas cual lametones de triste y rutinario quehacer. Y que así, convirtiendo esa flecha surcando el espacio –mezclándose con él-, haremos, si podemos, una margarita que deshacer con los dedos de síes y noes esperando no volverla a esperar.

Pero… claro, esto no será más que un intento. Un sortilegio, poderoso o no tanto, que lanzaremos, como cruzando en la tierra un círculo de sal y ¡hala! Ah, y a ver que tal nos sale…

Y es que la guerra contra esta Realidad es casi siempre una guerra contra el Tiempo. Y esa guerra contra el Tiempo es, casi siempre, una guerra contra uno mismo. Ansí que a ver que tal se nos da.

Allá que se traza con firme creencia la negación de la espera. ¡No voy a esperar! Gritamos todos los nuestros en la constante y perenne desepción del ideal. ¡No voy a esperar!

Pero lo vuelto del revés sigue siendo verdad. Y acaso en esa perpetua desepción se halle siempre a la vez la espera encerrada, vuelta hacia atrás. Que bien dice el conjuro:

La verdad es la que es,
y sigue siendo verdad
aunque se piense al revés.

¡Ay! Y es que habrá tantas cosillas, mentirijillas, colándose entre ese círculillo trazado en la arena. Y la primer mentira soy yo. ¡Yo soy lo primero que espero! Qué ese mandato de realización y futuro y supervivencia es la primera espera de todas. Y claro, es en mis sueños, en trabajos, dineros, pasatiempos, amores, verdades y nombres, donde en juego se encuentra el éxito de nuestro conjuro. Qué el conjuro del tiempo y la espera, es siempre un conjuro de mí.

Naturalmente no esperamos lograrlo tampoco del todo. No es ese el mandato de cruel amotinamiento contra uno mismo el que nos importa, sino simplemente el reconocimiento de que aquello que espero, siempre es lo que está aniquilando lo vivo que corre debajo.

No seré yo el que lo disfrute, ciertamente. Que lo más probable es que como cualquier vulgar hijuelo de vecino, seguiré entre mis carnes mañana, volviendo del curro con el maletín en el hombro, cansado, con una taza de café en la mano… El ceño enjuto por… bueno, porque este conjuro absolutamente defectuoso tampoco sirve para mucho… Pero por lo menos, y acaso con la misma tortura de siempre al volver a meterme en la cama y acaso no esté lo suficientemente cansado, puede que vuelva a estar ahí aplastado, repsando la espera de mí mismo, siempre pospuesta, siempre lejana.

¡Qué la otras personas desepcionen los ideales es algo tan cotidiano que apenas merece atención! ¡Lo auténticamente terrible es que en la espera de la realización (de su Verdad), las cosas –y yo y usted, querido lector, no somos más que un mero caso de cosa- están permanentemente luchando en una cosa y la otra!

No suele haber tregua en esto. Acaso haya que despreciar, con toda la benevolencia que se pueda, ese contar de los relojes, las promesas, los amores, los futuros, los dineros, las facturas, los contratos y los trabajos. Y digo benevolencia para no acabar dándole la vuelta a la cosa para acabar en esa tupida desilusión de la esperanza, que no es más que lo contrario de esa especie de ilusión de lo mismo.

Cada vez más endebles se vuelven las trabajos de este blog. Pero, lo cierto es, a pesar de todo, que cualquier corazón que sienta el peso del ir y venir del tiempo, hiriéndolo constantemente con esa punta que no cesa de atravesarlo en perpetúa fuga… pues no queda más que la festiva posibilidad de aliarse con el descreimiento, la alegría y un poco tanto del olvido –olvido de sí, que es olvido del tiempo-. Para ver si por fin esa flecha se vuelve flor. Para ver si un día de estos realmente el tiempo acaba llegando al corazón y tocarlo.

Hoy fue lunes… y la Santísima Semana que el Señor insitituyó para las labores del Progreso acaba de comenzar. Una cosa os pido: no esperen al sábado… por acá tenemos los ojos llenos lágrimas –por no decir ni invocar a las esperanzas- deseando, cruzando los dedos, tocando madera, para que nunca llegue.




Que no haya Domingo en tu vida, ni Sábado más…


sábado, enero 08, 2011

Cartita para los Reyes

A destiempo, como todo lo que se va haciendo por estas manecillas. Oigan, seré breve, brevísimo, que es que ya me frena la sola idea de saber que lo que quiero no lo van a poder cumplir. Pero bueno, acaso un rayo de sentido común les ilumine con mis plabras… y quién sabe ya que la frescura de estas fiestas se van emborronando con el redobles tamborileros de esta militar rutina, pues quizá entonces… no sé… con suerte y con eso de que el Mundo, por algunos lares, todavía parece vivo y con ganas de rehacerse, os mando esta carta como un no saber lo que hago, para ver si haciéndolo algo se hace. ¿Me explico?

No. Posiblemente no.

Pero es lo mismo. Estaba yo pensando que… pues un buen regalo de Reyes, no ya para mí, sino para la gente en general (si hubiera la gracia, por ahí de que siguiera habiendo gente en general), pues que no volvieráis.

No hace falta. En serio. No vuelvan. Los próximos Diciembres y Eneros, olvidense. No aparezcan por aquí.

No lo hago con el espaviento de aguarles la fiesta a los amantes de las Navidades, ni con rabia o coraje de ver sus carotas de sonrisas. No. Lo hago desde el temple helado de quien ya capeó el temporal y simplemente, con tranquilidad, dice ‘no’… ‘Ya no vuelvan.’

Con una honda, límpida y sana tristeza os lo pido de favor. No volváis. ¿De verdad créeis que lo que hacéis por acá es realmente importante? Hombre, y puede ser que aguno de entre los de acá piense lo mismo que ustedes. Que sin esas fiestas de súbitos tonos carmines y lucecitas de Navidad, la vida de los mortales sería terriblemente aburrida. Que Diciembre y Enero son los mejores meses del año porque se ve a la familia, se toca el pandero, se canta por las calles, se hacen monicos de nieve, se regalan cachivaches, se come turrón, romeritos, tamales, mariscos, cavas, sidras, whiskey, vino bueno, aves gordas, lechones, corderos, uvas, postres, mazapanaes, polvorones, roscón de vino y de reyes, ponches, cacahuates, mandarinas, dulces, coco, pan de jamón, galletitas, bla bla bla…

Y hombre, vamos, puesto de ese calibre, cualquiera se va con el engaño… cualquiera dice: Diciembre y Enero son los mejores meses del año, y por tanto estos reyezuelos de tres al cuarto, así como ese alcahuete turco de Myra, son absolutamente necesarios para pasarnolo bien y sonreír y hasta abrazar y sentir cosas bonitas y…

No, no, no… ¿Es que no veis el engaño tan simple, reyezuelos? Que todos los largos meses que arrastran los días, los años, las horas vueltas, revueltas y desenvueltas con la lentitud del letargo, rutina y quehacer, son justamente producto de esos meses de jarana y posada perpetua. Que esta bestial orgía de consumo y fiesta sólo se sostiene a su vez por la contra, por la aridez absoluta del resto del año.


Así que no os preocupéis, mis reyes, que ya los Hombres, cuando no tengan que esperar a Diciembre para festejar, ¿quién sabe? Ya se le olvide también esa manía de ir contando los tiempos en periplos orbitales alrededor de la estrella preponderante de este vagabundeo de materia en la nada.

Anden, haganme caso. Regálenos eso… si nos olvidan, si realmente se olvidan de nosotros. Si acaso el calendario se olvida de pasar y ya no hay ni Diciembres ni Eneros, (y sin Diciembres y Eneros, ¿cómo iba a acabar los años y a comenzar los siguientes?), se olviden ya los hombres de los tiempos, el sol se anime a salir por el norte y esconderse entre el levante, los hombres se olviden de trabajar, los telediarios se acaben por fin y los periódicos no tengan más remedio que reeditar las fechas pasadas para rellenar el tiraje de noticias. Ay, reyezuelos míos, se me hace agua la boca.

¡Quizá entonces no tengamos que esperar lo largo de los 365 días para descorchar una de cava, abrazar a alguno sin motivo o simplemente no tener la estúpida prisa militar de los trabajos!


Sinceramente suyo,
A. V. O.

P.D.
Disculpad no haber sido todo lo breve que hubiera deseado.


jueves, enero 06, 2011

Las rondas de la primavera


3. Las Rondas de la Primavera
(Tercera sección de la primera parte de La Consagración de la Primavera)

El silencio estremece dentro de casa
como si neblina nos envolviera
y procurarnos la privacidad
inquietante de cita primera de primavera.

No encuentro palabras o gestos
para romper la pueril timidez,
apenas dibujo, al darme la vuelta,
su nombre en mis labios,
como si invocarla en silencio,
de espaldas a vida y fertilidad,
ay, Primavera de Múltiples Pechos,
diera aquella niña semidesnuda
una fuerza divina, entendimiento absoluto.

No sé nada, ¿que puedo saber?
Nada: el tálamo vacío palpita
como si ya los cuerpos se agitan
sobre él, volcando en la tierra
semillas y flores de rocío húmedas,
ay, de terciopelo oloroso.

«Ven, acércate» dijo, «y verás.»
Y la Luna inició periplo hacia tiniebla
de este estuario de mórbida materia,
y la niña, desnuda, me mostraba
su cuerpo bronceado por juegos de estío,
y yo, oh Señora de la Abeja, fui hasta ella...
... y vi.

Sí, sí que lo vi, una vez más,
bajando del cielo cual cegador rayo
de Arco de Plata cayendo,
hasta ésta piel cúrcuma que recorrían,
presas desesperada avidez, mis manos
cubiertas de vientres y muslos y tetas,
abiertas sin fin ni frontera
que detuviera el rodar de mis ojos y de mi lengua,
subir y bajar, bajar y subir sobre carne morena.

Y vi, la vi, oh Ama de Perros,
Soberana Señora del Vértigo Ciego,
que libera saetas argentinas destellos
de platas de flores y cosas del cielo:
sin límite, abierta ante yo, secreto de amor
de dulce tupido y espanto y sudor.
Zumos, pistilos y miel, libando los jugos
de frutos maduros entre los muslos,
aullando con voz de cordero,
gimiendo con lengua de trueno.

«Yo soy Primavera», dice.
Y sus caderas se vuelven de fuego.
Aromas sus hombros,
de leche y canela sus pechos:
dueña de mil nombres
esclava de piel y caretos,
Devoradora de Hombres,
Reina de Espacios Desiertos.

Suplico a las musas informes
que den silencio a mi lengua
y lamer la verticalidad de tu nombre.

Rezos y cantos, aleluyas y loas,
conjuros y letanías ruedan de mi boca,
girando entre sábanas blancas
enredándome entre sus cabellos,
haciendo creer, oh Milpolimorfa,
que era yo... ¡que era yo el que te poseía!
Cuando sólo títere fui, cuerpo vacío
sin alma ni fuerza ni esencia,
porque toda agolpada estaba
entre tus muslos abiertos, dejándome seco,
¡ay!, dejándome seco.

Arriba, abajo, ya no sé yo dónde está el cielo,
vuelto de izquierda a derecha o acaso
bajo estremecidos resortes de este colchón viejo.
Niña, niña, niña... no quiero morir en tus manos,
¡ay! que un miedo me entra
cuando me hundo en ti,
terror pensar que nunca he de salir...

¡Ah, puta! ¡Puta soy yo! Temblando entre mi placer,
conteniéndome sintiendo que mi alma quiere correr,
huirse de mí, perderse en lo hondo de ti que amor
eres toda tú, amor eres toda tú, tetas de flor,
millonaria la lengua que te saborea,
contando entre mis labios el tiempo: ¡el tiempo!
Ese río en el que me ahogo...
ese río que mana de ti, fuente alimento,
¡cuánto tiempo yo viviré así, entre tus brazos muriendo!

«Niña, niña, niña... mira a este viejo,
sólo míralo un segundo, para sentir que soy yo
y no tú, oh Primavera sin nombre, el que te hace el Amor».

Pero la diosa en trance lloraba, gozaba, chillaba,
alzando sus brazos al aire, salivas y zumos y lágrimas
iban cayendo a nuestros lados, volcando sus ojos al blanco
cual flor parpadeante suspirando de blanca paciencia,
¡ola de de aceite de flores y frutos calientes
es la que sale de ella! y yo seco, muriendo, muriendo,
en el límite mismo de mi falso, mi falso cuerpo.

Me voy, te dejo mi nombre, que se lo quede el cielo,
me voy, dulce bocado de tierra, me voy a hundir en tu suelo
de carne morena y roja sangre sobre vientre de himeneo,
oh, blanca flor de porcelana, silvestre mujer, niña de fuego,
toma mis flores de leche, toma mi amor sobre tus pechos.

¿De quién? ¡Habla!
¿De quién es la herida de esta sangre sobre mi sexo?





miércoles, diciembre 08, 2010

La inteligencia



Alguna vez, no recuerdo a santo de qué, habíamos quedado entre estas mismas letras, si alguno hubiera quien las lea, en decir que es eso de inteligencia.

Promesa de sobra pretenciosa y algo bastante pedante de mi parte, que viendola en perspectiva no tenemos más remedio que reconocer que nos será impoible determinarla aquí. Acaso, sea por la mera imposibilidad que decía ese alemancillo vestido de tirolés: eso de que en cualquier pregunta que se esté intentando invocar al SER de cualquier cosa, en realidad la pregunta ya no apunta a la cosa, sino a la propia condición de SER, y ¿qué es ‘ser’? Es la verdadera pregunta que se pregunta cuando se pregunta cualquier estupidez como: ¿Qué es un perro o un zapato?

Bueno, bueno, dejemos estas tonterías filosóficas, quien quiera saber más Cfr. Hediegger, Martín, ¿Qué es metafísica? p. 104 de la edición de Gesamtausgabe de Klostermann.

Pero, como imaginaran, esta imposibilidad de decir el ‘ser’ de la cosa, no debe, ni mucho menos, clausurarnos los labios. ¿Por qué? ¿Acaso no van por ahí diciendo los psicólogos o los pediatras o los científicos de turno lo que es la sacrosanta inteligencia? ¡Naturalmente que hay que intentar indagar en la cosa! A lo cual acaso tengamos que acudir a esa técnica de contra luz que utilizan los magos en sus rutinas de silueta. Sin saber exactamente que ocurre dentro de la sombra, por lo menos contentándonos con siquiera encontrar los límites de la misma: diciendo lo que no es de la cosa, algo habremos hecho de bueno… ¿no es así? Por lo menos para reconocer que lo que se dice de ella positivamente –diciendo el QUE ES, de la cosa- siempre está mintiendo.

No. Inteligencia no es, como dicen algunos darwinistas en sus sueñecitos de entenderla, la capacidad de adaptación al medio. Tampoco es algo que puedan nuestros más juiciosos y minuciosos pedagogos, medir en probeta ni matráz alguno de notas, calificaciones y diplomas. Inteligencia no tiene nada que ver con la escuela, ni con las matemáticas, ni el conocimiento, ni la ciencia. Mucho menos, acaso, con habilidades puramente técnicas como mecanografiar, tocar el piano o hacer dinero.

Y para adentrarnos un poco, para intuir un poco los bordes de la cosa, nos valga acaso esos juegos de etimologías. Porque bien es cierto que INTER-LIGERE significa propiamente ‘ENTRE-LINEAS’ y va a resultar que lo inteligente es justamente aquello que no está en ninguna de las líneas, sino justamente entre ellas.

Pero aunque la metáfora del propio decir acaso se refiera a la línea textual de un libro –cuando acaso en las escuelas medievales se dedicaban a la lectio y no faltaba algún habilidoso que leyendo un texto, sabía leer cosas que no estaban escritas en él-, lo cierto es que podemos salir, cual hombre renacentista, de la cosa puramente textual y ver que el mundo, en su secreto, es siempre un chisporroteo constante de lenguaje:

¡Luego el inteligente será aquél que sepa ver entre las líneas de lo que hay!

Líneas que no son otra cosa que las cosas, así en bruto. (Cómo aquél poema de Machado que comentamos hace ya mucho tiempo). Así pues lo que tenemos ante nosotros no es una propiedad de las cosas: ¿cómo, Por los Santos y Sangrantes Clavos de Cristo de los Gitanos, podrá un hombre ser inteligente, si justamente la inteligencia es la que lo tiene necesariamente que estar sacando de su ser –puesto que él, al ser cosa, no podrá ser sino una de esas LÍNEAS, a la que la inteligencia tiene que esquivar para ponerse en práctica? O lo qué es lo mismo, dicho de manera más simple: que uno, mientras intelige, no puede ser él mismo.

Entendido como persona e individuo.

Todo esto por hacer eco de aquella frase del sabio de Éfeso, Heráclito el oscuro, recogido por la edición de Diels y Kranz en el fr. 108 sacado del Florilegio de Juan Estobeo, que dice: «De todos cuantos he oído razones, ninguno llega a tanto como a reconocer que lo inteligente está separado de todas las cosas.»

Y aunque esta afirmación, soltada así nomas pudiera parecer tan epistemológica que aburre, lo cierto es que no hay nada de lo que aquí se trate que no tenga que ver con esa guerra con la Realidad que nos traemos –que en el fondo no es otra guerra que contra este idiota que la escribe (y que si alguno de los lectores comparte tal idiotez, pues en algún sentido le ayuden los planos y planes de guerrilla que se me ocurren, mejor que mejor).

Pues, claro que por una afirmación relativamente semejante a esta que nos contó el tal Heráclito, se nos transmite también en un fragmentillo del De anima de Aristóteles que ya en su tiempo hizo correr ríos de tinta, cuando no alguna que otra cabecilla de algún franchute averroísta del s. XIII. Me refiero al libro III, capítulo 5. En donde dice, textualmente, según la traducción de Calvo Martínez, T.: «Así pues, existe un intelecto que es capaz de llegar a ser todas las cosas y otro capaz de hacerlas todas; este último es a manera de una disposición habitual como, por ejemplo, la luz: también la luz hace en cierto modo de los colores en potencia colores en acto. Y tal intelecto es separable, sin mezcla e impasible, siendo como es acto por su propia entidad. Y es que siempre es más excelso el agente que el paciente, el principio que la materia.»

(Y sí, este capullete macedonio se atrevía a llamar a Heráclito ‘oscuro’)

En fin, que más o menos, resumiendo, Aristóteles llegó a concebir en su serie de intelectos y tipificaciones del mismo (el inicio mismo de la psicología), un intelecto potencial, una especie de saber que tenía que estar separado del individuo, un saber que no podía ser parte del agente que traía al acto su potencia a través del acto de inteligir. Claro que, sin tomar demasiado en cuenta la terminología peripatética que prácticamente sólo sirve para el propio Aristóteles, la reformulación de semejante decir, generó una de las polémicas más duras del cristianismo contra el averroísmo y cuya nota final nos la transmite Santo Tomás en su De unitate intellectus contra averroistas, en donde la base de la polémica se haya en la posibilidad de que el intelecto esté SEPARADO de los sujetos, de los individuos.

Ya que, claro, ¡nefastas consecuencias se cernerían sobre el cristianismo de ser así! Como igualmente nefastas serían las consecuencias para esta sociedad de masas si alguien, de pronto, contra ese mandato de idiotez ilustrada –el sumergimiento en mí mismo como la suprema autoconciencia de mi ombligo-, si alguien se encargara de recordarles: cuando ustedes piensan de verdad, no pueden ser ustedes mismos.

¡Pero claro! ¿No estamos todos haciendo aquello que nos gusta? ¿No se está jugando constantemente con que es justamente que lo que nos gusta a todos –en particular- es justamente lo que hacen todos en bloque? Ver los mismos programas de zombies, jugar los mismos juegos de guerritas, leer las mismas novelas de vampirucos y policletos suecos, escuchar la misma música de rimpompun pun pun, hasta llevar el amarillo y el negro según la temporada que nos mande la diseñadora o ¿por qué no decirlo? ¿acaso escribir en un blog de estos para dárselas de muy escaqueado del sistema?

No señores, no. Son justamente los individuos los que son tan dóciles, tan miedosos, tan absolutamente inofensivos para cualquier orden. ¿O qué? ¿No os dais cuenta que lo que quería salvar justamente Santo Tomás era esa docilidad del individuo? ¿Qué lo que realmente quería sostener el aquinatense era justamente la posibilidad de que el individuo se salvara: que el intelecto, al estar unido al hombre –a su alma- era justamente aquello que pervivía tras su muerte? ¡Lo mismo ahora, señores, sólo que remozado como un cartucho deportivo!

En fin, en fin… que bueno, basta de tanta moralina, que también cansa. Quedémonos, como tendría que ser siempre, sin ese tremendismo por el que a veces me dejo arrebatar. Y es que nada más hace falta una ligera pérdida de esa sensación, una… una como nublazón de los ojos del amigo o la amiga, para que de pronto, entre ambos, entre tú y yo, ¿quién lo sabe? Se inaugure otra cosa… una cosa que no es ni tuya ni mía. Una cosa que no es cosa porque siempre está entre las cosas. No, yo no soy inteligente. Sólo al perderme yo, acaso brote algo de sensatez de lo que digo… sólo entonces, quizá…

Como dice el maestro en su Sermón del Ser y no Ser:

No me queda más remedio que esperar que en ti se diga, lo que yo no puedo decirte.


domingo, octubre 24, 2010

Cáncer


Es que aunque uno quiera darle la espalda al mundo y sus cotidianeidades más vulgares, la Realidad empeña en mostrárseme ante los ojos. Y es que aunque uno ponga todo su empeño en ello, no puede evitar enterarse que hace unos días, no se cuando exactamente, fue el día mundial contra el cáncer de mama.

Y uno ve a todos los prohombres de noticias y espectáculos trayendo encima el lacito rosa, acaso combinando con su corbata de seda, comprada específicamente para la ocasión. Anuncios de papanicolaos y demás putrefacta profilaxis para que las mujeres y sus hombres tengan una preocupación más encima… otra más.

Y se habla de estadísticas, muertes al año, prevención, cuidado, autoexploración, tetas, mamas, quimios y demás culteranismos médicos para que todos los mortales, una vez más (cual mandato de Epicteto y los estoicos), piensen en su propia muerte.

Ustedes, es posible, que piensen: ¿Y eso que tiene de malo? ¿No es algo bueno invitar a las poblaciones a la autoexploración, al cuidado del cuerpo y a la vigilancia de la salud propia?

De eso de la profilaxis, ya hablaremos en otra ocasión, que ahora más que el hecho de que eso tenga o no tenga una utilidad o acaso un asomo de sensatez; me asombra más el hecho de la universalidad y el común acuerdo en el que se sintonizan los medios para hablarnos de una cosa es específico: ya sea de días del cáncer, o marcha universal contra la homofobia, o el día de la mujer, o las semanas santas del barrio de Tunalguilla, N.L.; etc., etc., etc.

Y es que con el caso del cáncer la cosa se vuelve más sangrante. Y es que, por más que sea una mortandad considerable las vidas que se van esfumando en los brazos de esa peste, no es menos cierto que se convive con pestes aún más horrorosas día con día, de la que no hay cura, ni propaganda alguna que nos ayude a combatirla.

No me refiero a pestes médicas, síndromes o cualquier otra clase de porquerías que se le resbalen de la boca a nuestros galenos. No. Sino a la peste diaria no menos sanguinaria de la productividad, el tráfico, la publicidad, las noticias, el trabajo, el futuro, el Dinero, la esclavitud perpetua de la rutina, el bostezo universal que sume a la ciudad en sí misma: el matrimonio, la pareja, las hipotecas, la puñetera sensación de que el mundo da vueltas para seguir en lo mismo. La peste de los aparatos, de los accidentes automovilísticos, de los fines de semana establecidos para que la semana y el orden permanezcan incólumes: esa peste sangrante que sume a muchos en depresiones, en alcoholismos, en el perpetuo anhelo de que pase algo… que aunque sea, su equipo, gane en la jornada del fin de semana. ¡Aunque fuese sólo eso!

¡Ah, no! Pero esas no son pestes, según los noticiarios. ¿No llevan lacitos para combatir la despiadada productividad que literalmente esclaviza a sus trabajadores? ¿No hay papanicolao que prevenga que cada uno se autolatiguee para la compra y consumo de fiestas, diversión y aparatejos que el Capital nos arroja desde lo alto como golosinas envenenadas, para que, oh, creamos que ha salido un auto, un teléfono, un ordenador verdaderamente nuevo?

No, hermanos, no. Lo nuevo en esta vida se ha acabado. Cualquier aliento de vida y amor, parece que se cercena y cae al suelo despatarrado, muerto ante la idea del futuro, del Dinero, de su utilidad.

¡Ese es el verdadero cáncer!

Ah, maladados, que cuando una persona particular, una mujer particular, una teta en particular viene a tener, desgraciada de sí, una peste de esas de celulillas rebeldes que se niegan a seguir con el trabajo de soportar su función… ¿qué cosa más trágica puede imaginarse uno? ¿Qué esa persona va a morir? ¿Y no estaba ya muerta? ¿No estaba ahí, entre sus cuentas, echando números, sabiendo que está ahí ella, blanca, simple, eterna, e infinita? ¿No es esta vida una pura administración de los cánceres? ¿No es una espera perpetua de la muerte?

Pero de eso se cuidan mucho los medios de hablar. No sea que de verdad las personas de abajo se den cuenta del cambiazo, no vaya a ser que se den cuenta que sus tetas, son el menor de sus males y que hay una peste perpetua insuflando todo quehacer está siempre conviviendo con ellos, padeciendo un mal que se empeñan en venderles como un bien: trabajo, futuro, Dinero. No vaya a ser que las personas se den cuenta que en realidad no necesitaban de eso: que uno se puede meter en las aguas y enguajarse la cara, lavarse el cuerpo de esa peste de profilaxis y de pronto una sombra de vida, sin esperarla, sin suponerla, sin llamarla, acude.