domingo, agosto 09, 2009

En el lugar de cualquier otro...


En la primera entrada de este blog –en la que más o menos explicaba las razones que iban, más o menos, a dirigir el quehacer de estas maquinitas-, dije una cosa en la que ahora me quiero detener…

Decía algo así como que estas máquinas que están hechas para combatir la Realidad no están para que las use ningún sujeto, es decir, ninguna persona sea usted o yo –en la medida en que usted y yo seamos personas con nombres propios-, ni para que sean la excusa para que cualquier individuo de la Realidad se revele contra esta y funde una Realidad particular –pensando acaso que es la verdadera oposición a la Realidad de las instituciones. No.

Las máquinas que aquí se dan –o lo que es lo mismo, los razonamientos que aquí se entregan-, no están hechas para las personas. E incluso, no dudo, que a más de uno le habrá hasta repugnado escuchar algunas razones que aquí se dan y confundida en la gran balumba de los discursos filosofantes y cientificoide hasta le haya resultado un tanto ¿absoluto? ¿radical? ¿unilateral? por nuestra parte el habernos lanzado al exterminio de la Realidad con tan poco sentido de la duda y más bien atacando de frente.

Ciertamente, de esto ya hablé al principio –porque sabía que es uno de los principales equívocos-, cuando hablé de la negación y de las diferencias entre idear y razonar, que son muchas y muy profundas

(que por resumir se podría decir que razonar no tiene nada que ver con el fundar
ideas positivas –a las que sí se les podría dar el nombre de absolutas,
radicales y unilaterales-, sino lo único que puede hacer el razonar es decir No,
y realizar una cadena sin fin de enunciados que justamente lo que hacen es
combatir a la idea. Lo que aquí intentamos hacer, por tanto, es razonar que no
idear, que sería estar fundando más y más cosas para agrandar el conjunto de la
Realidad, sino que, sirviéndonos de la razón, eliminar las Ideas que se van
cuajando en ella),

y debido a estas diferencias es que aquí no se hace ninguna ley ni ningún Uno –esto del Uno habrá que tocarse con más detenimiento en otra ocasión, de preferencia en contacto con el resto de números. Lo que aquí hay son meros enunciados que van a descubrir lo contradictorio de la Realidad, que es lo mismo que es deshacer su hechizo sobre las cosas, y nada más.

Naturalmente, esa repugnancia puede persistir en nosotros… es decir, puede que –y a mí me pasa a cada paso- haya algo en nosotros que se siga negando a aceptar lo simple del razonamiento, lo contundente y a veces, cuando uno no está demasiado endurecido por los sufrimientos que engendra la Realidad –porque en el fondo nuestra guerra contra ella no es por otra cosa sino por lo sangriento que conlleva el aplastante peso de las cosas convertidas en eso: en Realidad-, si uno no está demasiado alerta contra ella, naturalmente puede pasar que todo esto le parezca un sinsentido… y a pesar de que los razonamientos sean todo lo claros a lo que puedo aspirar, algo se resiste a aceptarlos.

Eso que se resiste a aceptarlos no es otra cosa que el sujeto, ese que nos han enseñado a tener por nuestro verdadero yo –y siempre que se utilice, frente a cualquier cosa, la palabra verdadero es porque se le está intentando, más o menos desesperadamente, introducir en las cosas de la Realidad-, el Nombre Propio, ‘el yo’ que le llaman los psicólogos y demás médicos del alma: y es bastante comprensible, al fin y al cabo, hay un gran riesgo a para la Persona cuando empieza a utilizar estas maquinitas, ya que tiene que tener un presentimiento por lo bajo de saberse parte de esa Realidad a la que estos razonamientos están encaminados a destruir.

Esto es, que la Persona, en tanto individuo, es –como ya lo dijimos en alguna otra ocasión- sólo un caso de cosa… una más entre las cosas de Realidad y por tanto, algo que hay que combatir con ferocidad.

Por tanto ante la pregunta: ¿Quién usa estas máquinas? La respuesta es cualquiera siempre y cuando ese cualquiera no sea un sujeto, no sea un individuo…

¿Y esto cómo se logra? ¿Cómo se hace? Muy fácil, procurando dejar de lado las mentiras con las que hemos ido creciendo desde niños: a saber, que nosotros somos los que somos y que no podemos ser otro.

Aunque ya hace mucho tiempo que no sale el tema en estas máquinas, debemos recordar que la Idea fundamental de la Realidad es la del límite. Esto es, el límite de las cosas que separa lo que son y lo que no son, el límite que separa y divide al sujeto del objeto –es decir a mí mismo del Mundo (aunque, paradójicamente, únicamente para hablar del sujeto como si se tratara de un objeto –engañosamente fuera de la Realidad). La única manera en que puede sostenerse esa mentira es bajo la suposición de que hay un límite que está separando mis palabras y las suyas; que usted –sea quién sea- es una interioridad a dónde las cosas entran, donde las palabras llegan y se toman según de quién vienen.

(Es en esta mentira en la que se basa el fabuloso despropósito del
cogito cartesiano: es decir que el ‘pienso, luego existo’ sólo sobrevive a
condición de suponer –y eso es siempre una suposición- de que soy ‘yo’ el que
pienso… de que hay un sujeto detrás de la mascarada y los gestos de los hombres.
No hay mayor trampa y más estúpida. Efectivamente, se da el lenguaje, se entrega
a través de mis palabras que se van reproduciendo dentro de cualquiera que las
lea… y sin embargo, no encuentro mayor misterio cuando me pregunto a mí mismo:
¿quién habla?)


Esto tampoco tiene que ser tan esotérico. No tiene por que prestar mayor dificultad… ya que de la misma manera que se da el lenguaje sin saber cómo, también se dan otra serie de circunstancias que bien nos pueden ayudar a comprender de qué manera se puede hacer una guerra contra la Realidad sin tener que hacer intervenir nunca a los individuos: esto es la razón. Razón entendida como una serie sin fin –que no infinita- de enunciados, de cadenas de proposiciones, de dudas sin fin que siempre le dan la vuelta a la cosa para encontrar de qué manera la cosa no puede ser cosa (es decir, que no está cerrada del todo)… razón, en suma, entendida únicamente como una duda sin final que está a cada paso liquidando la Realidad.

La razón no únicamente es quién usa estas máquinas, sino que a la misma vez pretende ser el único principio que rige su producción: la razón común que no es de nadie… No es mía, ni suya, ni de Kant, ni de Descartes ni de ningún nombre propio: es de nadie en el sentido que es de cualquiera, que está ahí como una cosa pública, gratuita y lo único que sabe decir es NO.

(No debemos nunca confundir aquellos que usan el nombre de Razón
semejante al de Idea, al de Conjunto Lógico, al de Verdad… No. Esta confusión,
tan útil para la Realidad, es la que ha llevado a muchos en los últimos años a
creer que la guerra contra la Realidad es igual a la guerra contra la razón…
Esto es falso. Ya que razón, entendida como tal, sólo es una máquina y nada más.
Es cierto que algunas formas más o menos razonables han sido siempre utilizadas
por el Poder para seguir fundado más y más Realidad, pero si uno acude a leer
los textos –cualquier libro de teología, filosofía, lógica, matemáticas, etc.-
uno puede identificar cuando trabaja la razón: esto es, un momento puramente
negativo y maravilloso en el que sólo trabaja lo que la razón, desmontando
mentiras e ideas… (p. e. en Berkeley –
cómo ya lo dijimos una vez-, en cuya introducción
en escasos 20 párrafos destruye la concepción de materia y de las ideas
abstractas) aunque después, según como lo manda el Poder y la Realidad acaben
haciendo una reconstitución y reconstrucción de lo que razón, sabiamente, ha
destruido (en Berkeley, ya se sabe, está la reconstitución del sujeto y la
existencia de un Espíritu Árbitro)… Por eso aún podemos servirnos, mal que bien,
de algunos textitos de estos señores, para voltearlo del revés y hacer
intervenir a la razón allá en donde sólo había la desierta y sangrienta
Idea)


«¿Y entonces para qué esta cruenta batalla?», preguntan los corazones. Pero no tienen por que preocuparse… que otra de las grandes mentiras –de las que habrá que hablar después- es esa de que razón y sentimiento son dos cosas separadas. Otra de las falsedades de las que se ha ocupado el Poder en propagar (ya que, si cualquiera se sentía de pronto desesperado, rabioso y hasta con gana de reventar las mentiras que le llovían desde arriba, había que neutralizarlo diciéndole: «Es que lo que tú estás sintiendo, querido, no tiene nada que ver con la razón.», porque ya se sabe y lo sospecha mucho el poder de que quizá ese odio es lo único que puede llamarse de verdad razón), y que cuando estas máquinas hagan –mal que bien- su trabajo pueda encontrar el corazón (y la razón) un resquicio para la alegría de saberse hundir, a sus anchas, en el misterio de la vida.

Aunque ya lo digo: No hay paz posible… esta guerra no tiene fin, aunque aquí nos mantengamos al pie del cañón. No hay paz (la paz es sólo el sometimiento de las formas a su ser, la máxima forma de violencia)… No aspiramos a la paz en esta guerra, sino únicamente a encontrar esos momentos en que Realidad se ve conjurada, alejada, perdida entre la fantasía y el ensueño de su falsedad… y acá, por lo bajo, en esto que no tiene nombre, ni soy yo, ni es nadie, ni sabe nadie que sea, se viene, se deja venir con una alegría, y que algunos, por ahorrarse tanta verborrea –aunque provoque tantos equívocos que sólo razón endereza- llaman vida.


jueves, agosto 06, 2009

Anexo a Amar a los muertos: El enamorado y la muerte



(Cántese con el video de abajo, la letra varía un poco, pero sirve igual)


Un sueño soñaba anoche soñito del alma mía,
soñaba con mis amores, que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca, muy más que la nieve fría.
—¿Por dónde has entrado, amor? ¿Cómo has entrado, mi vida?
Las puertas están cerradas, ventanas y celosías.
—No soy el amor, amante: la Muerte que Dios te envía.
—¡Ay, Muerte tan rigurosa, déjame vivir un día!
—Un día no puede ser, una hora tienes de vida.

Muy deprisa se calzaba, más deprisa se vestía;
ya se va para la calle, en donde su amor vivía.

—¡Ábreme la puerta, blanca, ábreme la puerta, niña!
—¿Cómo te podré yo abrir si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue al palacio, mi madre no está dormida.
—Si no me abres esta noche, ya no me abrirás, querida;
la Muerte me está buscando, junto a ti vida sería.
—Vete bajo la ventana donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare, mis trenzas añadiría.

La fina seda se rompe; la muerte que allí venía:
—Vamos, el enamorado, que la hora ya está cumplida.


Lo importante de este romance es el círculo que se va trazando desde el anuncio de la muerte hasta la caída del enamorado.

En otras palabras, el enamorado está muerto en el momento en que la muerte le dice que va a morir y se lo cree. (Creérselo es lo más importante de todo el proceso) Este mismo círculo es el mismo que se traza en la tragedia de Edipo: justamente por huir de lo que han denominado Su Destino es que se precipita directamente a él.

No puedo yo asegurar qué hubiese pasado –tanto con el enamorado como con Edipo- si ante las estupideces dichas ya por la Muerte ya por los Dioses –que estas no son sino meros figurines arquetípicos de Realidad- no le hubiesen creído una sola palabra… es posible que el enamorado hubiese muerto igualmente, pero la Muerte por lo menos habría tenido que trabajárselo un poco más…

La sabiduría popular de este romance nos está gritando a la cara lo estúpido y lo sangriento de la Realidad: que es justamente buscando la vida (… la muerte me anda buscando / junto a ti vida sería…), que en este caso está en Amor –aunque pudiera bien ser cualquier otra de las formas de Felicidad que se dan en la Realidad: dineros, ocios y tranquilidades-, como se encuentra su contrario…

Y lo mejor de todo: que el enamorado muere justamente por una decisión que toma… una decisión suya y no de otro. El hecho de pensar que el enamorado muere porque estaba escrito en su Destino es sólo un añadido al texto por parte del lector. En realidad todo lo que se desprende del poema es que el enamorado muere porque el capullo decide, según su propia soberanía, aprovechar su vida… Una decisión que no le impone la Muerte, ni Dios alguno: es tan suya como sólo puede ser el amor por su amada –que, traduciéndolo a esta modernidad de muerto romanticismo, bien podría ser Deseo o Gusto, que es en lo que, hoy día, rige con puño de hierro los quehaceres de los sujetos-; y así todo el mundo elige su perdición según su amor, o lo que es lo mismo escoge su yugo según su gusto, o lo que es lo mismo –en el climax del sinsentido de Realidad-, elige la Muerte porque quiere vivir.

De esta manera se constituye la Realidad… Y por eso esa pregunta es la que nos tiene que fascinar a todos los que guerreamos contra ella… la que tiene que servirnos para destruirla: ¿Qué hubiese pasado si el enamorado no cree a la Muerte y no sale en busca de su amada? ¿No habría muerto? ¡Ah, por lo menos ya no se sabe y eso ya es combatir a las Parcas, ¿no es cierto?!

Así que cuando les digan: «Todos los hombres son mortales. / Sócrates es hombre. / Luego…» Ustedes digan, «¡mentira cochina!» Y una buena pedorreta encajada tampoco sentaría mal… Seguro que la Muerte se queda rabiando... y puede que, ¿yo qué sé?, algo de vida se nos caiga como pedida del cielo.




sábado, agosto 01, 2009

Amar a los muertos: ¿Qué es la muerte?, Amado Nervo



Mi alma es una princesa en su torre metida,
con cinco ventanitas para mirar la vida.
Es una triste diosa que el cuerpo aprisionó.
Y tu alma, que desde antes de morirte volaba,
es un ala magnífica, libre de toda traba…
Tú no eres el fantasma: ¡el fantasma soy yo!

¡Qué entiendo de las cosas! Las cosas se me ofrecen,
no como son de suyo, sino como aparecen
a los cinco sentidos con que Dios limitó
mi sensorio grosero, mi percepción menguada…
Tú lo sabes todo…; ¡yo, en cambio, no sé nada!
Tú no eres el fantasma: ¡el fantasma soy yo!


Amado Nervo, La amada inmóvil



Partiendo de la base que la diferenciación de los géneros de poesía, filosofía, ciencia, etc. son falsos, nos permitimos para explorar el tema de la muerte, valernos de los poemas de Amado Nervo.

El tema, en sí, es importantísimo para la guerra contra la Realidad. La muerte es, en gran medida, la constitutiva primera de las cosas y la que le da sus ser, la que las convierte en reales y verdaderas y las permite someter al conocimiento.

(Los componentes platónicos de todo esto son más que evidentes: en
el poema que nos sirve de epígrafe, bien se puede ver que es justamente el
muerto el que vive, esto es, el que conoce, el que sabe, el que tiene potestad
de noúmeno, de idea y por tanto goza incluso de una mayor Realidad que el propio
vivo: esto es, que el muerto ya es idea y el vivo aún no.)


Los términos de Vida y de Muerte tradicionalmente se han entremezclado en varias posibilidades engañosas: la vida que es muerte y la muerte que es vida. Ya que estamos seguros aquí que no hay cosa más adecuada para combatir la Realidad que el esclarecimiento de estas confusiones semánticas –tan propicias y útiles al propio Poder que confundiendo logra colocar su mentira como si fuese verdad-, procuraremos aquí llamar ‘vida’ cuando indiquemos lo que está de este lado (ojo: que eso no quiere decir que ‘sepamos’ qué es la vida, sino que por lo menos no la confundimos con la muerte) y a ‘muerte’ con lo que sea que ello quiera decir (lo mismo: no sabemos qué es).

Al buen poeta de Nayarit se le suelen confundir muy a menudo, como cualquiera, las características de la muerte. Esto es, que a la muerte se le toma por dos cosas, prácticamente contrapuestas y que provocan los más grandes equívocos. Vamos aquí a separarlos y nombrarlos según lo que cada una quiere decir.

1) Por un lado llama a la muerte, a veces como disolución. Esto es, la muerte es la que liquida a lo que es, lo que destruye y reduce a la mera multiplicidad inasible de las cenizas lo que antes era carne y vida:


Oye mi imploradora,
voz, ¡oh Isis!; desgarra tu capuz…
y tú, lucero ignoto en que ella mora,
¡por piedad, hazme un signo de luz!

(UN SIGNO)

Herméticamente encerrada,
la esencia en sus pomos no se escapará.
Mientras que el espíritu de mi bien amada,
más imponderable, más tenue quizá,
voló de sus labios, redoma encantada,
¡y dónde estará!

(AL ENCONTRAR UNOS FRASCOS DE ESENCIA)

¡Agujero sin límites, gigante
y medroso agujero,
cómo intriga a los tontos y a los sabios
la insondabilidad de tu misterio!

¡Mas si hay alma, he de hallar la suya errante;
si no, en la misma nada fundiremos
nuestras áridas bocas, ya sin labios,
en tu regazo, fúnebre agujero!

(«LE TOUR NOIR»)


según se puede ver en los versos anteriores… la Muerte sería pues algo así como un límite. Un límite que demarca una región a la que no se puede acceder, que no se puede conocer: en ese sentido, la Muerte no se conoce, no se sabe que es, parece difuminarse entre los fantasmas vaporosos y espíritus evanescentes.

2) Sin embargo, ese desconocimiento a veces en Amado Nervo –aunque hay que recordar que tomamos Nervo como un mero ejemplo, pero esto sucede a cada paso con nosotros mismos que confundimos todo esto constantemente- como una Idea positiva de la Muerte, y así tenemos en algunos versos:

¡Qué despiadados son
en su callar los muertos!
Con razón
todo mutismo trágico y glacial,
todo silencio sin apelación
se llaman: un silencio sepulcral.
(¡COMO CALLAN LOS MUERTOS!)

Si en el mundo fue tan bella,
¿cómo será en esa estrella
donde está?
¡Cómo será!

Si en esta prisión obscura,
en que más bien se adivina
que se palpa la hermosura,
fue tan peregrina,
¡cuán peregrina será
en el más allá!
(¡CÓMO SERÁ!)

¡Qué bien estás, mi amor,
ya por siempre exceptuada
de la vejez odiada,

del verdugo dolor…;
inmortalmente joven
dejando que te troven

su trova cotidiana
los pájaros poetas
que moran en las quietas

tumbas, y en la mañana,
donde la Muerte anida,
saludan a la vida!

(¡QUÉ BIEN ESTÁN LOS MUERTOS!)

En el ataúd exiguo,
de ceras a la luz fatua,
tenía tu rostro ambiguo
quieto augusta de estatua
en un sarcófago antiguo.
Quietud con yo no sé qué
de dulce y meditativo;
majestad de lo que fue;
reposo definitivo
de quien ya sabe el porqué.

(LA SANTIDAD DE LA MUERTE)


y otros tantos más.

No estamos aquí para hacer ningún análisis literario ni intentar descubrir lo que verdaderamente dijo Amado Nervo (si acaso quiso decir algo verdaderamente), sino para valernos de sus razonamientos y pensar en la muerte.

(Esto lo repito tanto hasta el cansancio porque es necesario que no
se olvide –y quizá el que más corre el riesgo de olvidarlo soy yo mismo- de que
aquí estamos para hacer una guerra contra la Realidad, y no para convertir a
Amado Nervo en un muerto más que dijo cosas hace ya bastante tiempo y en las que
se puede penetrar si hacemos exégesis literarias pertinentes. No. La Muerte es
una de las partes constitutivas de la Realidad –sin la Muerte, muy probablemente
ningún Estado ni Ciencia ni Dios podría mantenerse en pie-: y nos valdremos de
cualquier razonamiento para intentar destruirla. Estamos aquí, repito, para
destruir la Realidad, no para continuar fabricándola entre escritorzuelos y
críticos.)



En fin, la diferencia entre estas dos concepciones de Muerte es crucial y absoluta: por un lado tenemos el absoluto misterio y por otro una especie de redonda idea en donde el muerto se cristaliza en una imagen de sí mismo para toda la eternidad.

Son dos cosas, si se ve claramente, contrapuestas e imposibles de casar. Lo interesante de esto no está en decir simplemente cuál sea más falsa –porque es evidente que la segunda, la que pretende convertir al muerto en una imagen resulta mucho más falsa en la medida en que la otra simplemente enuncia su no saber y el misterio insondable de la Muerte-, sino ver de qué manera pareciera que justamente esa Imagen –Idea blanca- de la Muerte es sumamente útil y necesaria para Amor y para la creación y justificación de la Realidad.
(Decir esto, lo sé, es meterse en percal profundo porque con Amor
se tienen prácticamente los mismos equívocos que con Muerte y no se sabe bien si
Amor tiene que ser desprendimiento y cariño, respeto y asombro ante una cosa
cualquiera –ya una mujer o un canario, sean lo que sean-, o más bien su
posesión, su delimitación, su sometimiento, etc. Estas imprecisiones –que saltan
a la vista en cualquier poema o canción o declaración amorosa, tendrán que
estudiarse a parte, sin embargo aquí nos acogeremos a la tendencia de Amor Real
que es el amor que acepta el Estado y sus instituciones –esto es, la Realidad-
como el Amor de Pareja, por tanto el de sometimiento del uno al otro, esto es
Amar a un Nombre Propio en la medida en que sea él mismo.)

Si Amor (el real) sólo se puede tener en la Pareja… es decir, que Amado Nervo amaba y sólo amaba a Ana Cecilia y Ana Cecilia amaba y sólo amaba a Amado Nervo, entonces tenemos que decir, necesariamente, que los dos, ambos tenían que ser ellos mismos para poder seguir teniendo ese Amor:

Esto es, que ¿cómo Amado Nervo iba a seguir amando a Ana Cecilia si de pronto a ella le diera por ser otra? Y por decir: ser otra, no me refiero únicamente a que cambie de gustos, opiniones o de ideas (ya que todas esas concepciones se han ido fraguando justamente para que el cambio de una persona se dé y sigamos creyendo que es la misma, contra todo sentido común que nos dice que eso es imposible); sino que auténticamente Ana Cecilia ya no sea la Ana Cecilia de la que, en algún momento, nuestro poeta se enamoró… Que es otra, que es una desconocida, que mantiene su nombre por puro hábito, por pura papelería burocrática, pero que sabe que en el fondo, si responde a ese nombre, es porque los nombres no tienen significado.

O que le habría pasado a Ana Cecilia si de pronto Amado Nervo deja de tener todas las cositas que le gustaban a ella. Si de pronto la vida se le vuelve hastío y asco, y deja de sonreír por las mañanas y escribir poesías para que ella las recite. ¿Qué pasaría?

Bueno, pasaría lo que pasa con el Amor Real entre las Parejas del Estado cuando se enamoran: se desenamoran y declaran al Amor Falso –como si Amor tuviese alguna clase de relación con la Verdad-, enunciando cosa como: «Ya no eres el que eras.», «¿Dónde está tu pasión, Amado?», «Tú solías hacer esto y ahora haces esto otro, Anita querida…», o incluso peor: «Ahora muestras tu verdadera cara, hijo de puta.» (suponiendo que alguien pueda tener una cara que sea verdadera), etc. (De ahí que el divorcio, como ya lo recordamos con el dialoguito del prof. Orejuela Tapia, no sea un atentado contra Pareja, sino la forma de rendirle culto más fiel y fidedigna)…

Naturalmente esto no le ocurrió a nuestro poeta –y gracias a su ejemplo, entenderemos lo que sigue pasando aquí entre los vivos medio muertos que somos nosotros-: ya que Ana Cecilia murió y eso fue el principal óbice para que pudiese, algún día, desenamorarse… esto es, para que Ana cambiase.

El muerto, al convertirse en la blanca imagen de sí mismo (¡Qué bien estás, mi amor, / ya por siempre exceptuada / de la vejez odiada), su Idea es siempre la misma y está condenada a repetirse… Seguramente ya fue imposible para nuestro querido Amado desenamorarse ya que Ana, inmóvil, sólo podía estar exigiendo Amor, y nada más: exigiendo que el poeta muriese, en cierta forma, con ella, que se resista en su vida a cambiar…

Y no nos ocupa tanto saber que tan verdadero sea el testimonio de su amor que se recoge en el poemario, sino el de averiguar de qué manera eso no sólo funciona entre estos casos un poco trágicos y espeluznantes (que apenas sirvan para apuntalar la base de los padecimientos de la gran masa de hombre que ni son poetas ni románticos ni tienen la desgracia –o fortuna, según se mire- de que se muera su Pareja): esto es que sólo se puede Amar –repito que con ese Amor Real de Pareja- a las cosas que están muertas. Y nada más.

Lo cual no deja de ser algo bastante terrible… algo bastante trágico y horripilante, ya que es justamente esa forma de Amor –la que está imperando siempre en las formas de Estado y Realidad- la que viene, de un plumazo, a reaccionar contra cualquier posible rotura de la Persona –principal constituyente de esto que combatimos- y así matar todo lo vivo y lo que podría estar rondándonos por debajo de Nombres y lápidas. Es terrible porque, al fin y al cabo, en Amor –como ya dije- se mezcla también otra cosa que sí esta viva, que está recorriendo siempre los cariños y asombros y puede llegar a deshacer la Realidad y amenazarla con un grito y una desesperación bastante enérgica e inteligente; sin embargo, las instituciones han sabido ya muy bien domesticar ese peligro y someterlo a las leyes de Pareja, Matrimonio y Familia…

Luego ya, entendiendo lo que es la Muerte para la Realidad –el lugar a donde van los vivos para convertirse en sí mismos (y a esto lo llaman con el nombre de ‘vida’ para confundirnos a todos)- no podemos menos que darnos cuenta que cuando todo el mundo, ya amores, ya curas y psicoanalistas, ya filosofantes o literatos, nos suplica que ‘seamos nosotros mismos’ –cosa tan imposible como sangrienta y masoquista-, en realidad nos está pidiendo que nos muramos un poquito, que dejemos que lo misterioso de la vida –ya que no sabemos que es y bien poco nos importa saberlo, ya que de sólo enunciarlo ya estaríamos haciéndola Muerte, porque sería, la vida, ella misma, delimitada y bien establecida- se vaya muriendo en la medida en que se va integrando a la Realidad –ya que las cosas sólo pueden ser reales a condición de estar Muerta-.

Naturalmente lo que hay que hacer es simplemente declarar el misterio de la muerte… a la par que el de la vida… y no permitir que la Muerte –ya sea en Amores de Pareja, ya en pasaportes y demás triquiñuelas de la Realidad- nos mate haciendonos Uno, haciéndonos y condenándonos nuestro ‘yo mismo’… que naturalmente, es siempre falso.

Esto, a pesar de todo, ya lo sabía nuestro querido poeta… ¿cómo no va a saberlo si, a pesar de todo, el chaval era inteligente? Y podemos leer en el Estanque de los lotos (escrito posiblemente después que La amada inmóvil, aunque publicado antes, póstumamente en 1919), un poema en cuya sencillez –y aparejado al razonamiento que empapa los poemas a su amor muerto- resume con cristalina simplicidad todo el discurso aquí vertido:


La vida móvil, la vida divina
por dondequiera su paso encamina;
derrama formas: ya la peregrina,
ya la horrible, adopta. Canta su salterio
de infinitos modos,
y por sobre todo y por sobre todos,
misterio, misterio…
(LA VIDA MÓVIL)

lunes, julio 20, 2009

Notas al margen: Los videojuegos y su doble

La leyenda del Polybius es la creación de un inconsciente colectivo que presiente que los videojuegos tienen un poder más que el del mero entretenimiento. Según esta conocida leyenda urbana, la CIA habría fabricado –junto con una empresa de videojuegos- una máquina que fue colocada en algunos bares y establecimientos estados de la Unión Americana, que provocaba ciertos comportamientos extraños en quienes jugaban con ella: pesadillas, ataques epilépticos, dolores de cabeza, depresión y en un caso, el suicidio.

Lo que se pretende con esta leyenda es decir lo que es obvio: los videojuegos alteran lo otro que está de este lado. Aunque no se trate, como así han querido hacer sentir algunos padres preocupados y presas sensacionalistas –a propósito de los asesinatos en masa- que afecten a las límpidas e inocentes mentes de nuestros niños, sino que afectan y construyen la Realidad.

La estupidez reinante ha querido ver –para expandir la confusión entre los términos- en los videojuegos un escape de la Realidad, una evasión a las formas más acuciantes y reales de la lógica. Sin embargo este error es fácilmente demostrable: el videojuego es más bien otra forma de suministrar y de constituir la propia Verdad de la Realidad –junto con los telediarios, la televisión y el resto de los medios de formación de masas-.

Los videojuegos son más reales que la realidad –entendiendo la realidad meramente como lo otro que está del otro lado de la pantalla (sin decir que es suma de cosas, aún)-; aunque esto es nada más que un juego de palabras. Los videojuegos, si queremos ser claros, son la Realidad misma en tanto que lo que cae del otro lado, donde están nuestros niños que los usan... es otra cosa.

Y esto se ve muy fácilmente: ya que los jueguitos estos funcionan con reglas y algoritmos y programas y chuminadas por el estilo que lo que quiere decir es que nunca se podrán saltar ni equivocar tales reglas. De esta manera un niño tiene muy claro que juntando cien moneditas de esas podrá comprar una vida. Que siempre hay una mejor arma que es más útil. Que haciendo determinados objetivos el prestigio sube y se va haciendo todo más sencillo. Se sube de nivel. Y hasta se puede ligar en videojuegos con niños y niñas más Reales –es decir, que funcionan con cuatro reglas simples y sencillas, como un mero cálculo matemático- que los que están del otro lado.

Este doble, que es lo que está aquí rozándonos la punta de los dedos mientras escribimos, eso es lo que es verdaderamente irreal, en donde, a pesar de cumplir todos los objetivos, la recompensa puede no darse. Donde el dinero no compra vida, donde, por bueno que seas no tienes asegurado subir de nivel. Ese doble raquítico que pretenden, sea Realidad, es (afortunadamente) falible.

De este lado, en el doble, los algoritmos no funcionan: no hay programa a seguir por las cosas porque no están cerradas. Y eso es el principal motivo por los que deberíamos alejar a nuestros niños de los videojuegos: no porque sean una salida de la Realidad, sino porque es la forma más directa de entrada para creer que su doble también es Real.

viernes, julio 10, 2009

¿Qué es filosofía? Contra este blog y la domesticación de la duda


«La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero.
Agamenón.- Conforme.
Su porquero.- No me convence.»

Don Juan de Mairena.



A pesar del título este texto no pretende dar cuenta de lo que sea filosofía.
Las razones que me mueven a escribirlo son muchas y muy variadas. La primera de ellas es recordar y aclarar que esto no es un blog de filosofía (y aunque puede que en las categorías aparezca como tal –ya que todo, para la Realidad, tiene que aparecer catalogado y etiquetado), sino únicamente son un montón de textitos que más o menos pretenden romper con lo que la filosofía trata de conocer.

Esta duda me asalta porque a veces creo, como algunos de mis colaboradores me han hecho saber, que el riesgo siempre latente de dejar de combatir la Realidad y pasar a reforzarla distrayéndonos con filosofitos, filosofantes y nombres empolvados de la Historia de las Filosofías.

Es cierto que nos valemos de razonamientos de otros que ya han razonado algo sobre lo que pensamos –y seguiremos haciendo- y da la extraña casualidad de que estas personas eran filósofos… -aunque las canciones que aparecen debajo de cada uno de los textos ha veces acierten tanto o más que los propios razonamientos-, pero si razonamos con sus razonamientos es porque estamos, de alguna manera, firmemente convencidos de que sus razonamientos no son suyos. Quisiera tirar el nombre y quedarme con lo otro… ya que el Nombre Propio, sea de Heráclito de Éfeso o de Giovanni Versace, son los que comienzan a dar categoría de Realidad a las cosas.

El propio Nombre con el que firmo y que se supone que es el mío, bueno… me provoca muchos reparos. Pero ahí quede… que los motivos de que ahí aparezca sean siempre claros y distintos: el más puro de los miedos.

(Habrá que pararse a explicar esto más detenidamente en otra ocasión)


Pero al revelarnos contra la filosofía, al decir: esto no es filosofía, nos queda la pregunta pues: ¿Qué es filosofía y por qué esto no lo puede ser?

Bueno, primero que nada he decir que ‘filosofía’ la utilizaré, sin el mayor empacho, sin detenerme a ver sus ‘verdaderos’ significados –si acaso la filosofía es más que la ciencia, es una ciencia entre las ciencias o es una mera enjuiciadora de los enunciados científicos-, sino únicamente me limitare a su estrato más Real… es decir, a las Facultades y Manuales y Libros de Filosofía: a sus nombres.


Lo primero que he de decir es que no hay cosa más triste que se le haya podido hacer a la inquietud y la pregunta de cualquiera que hacerla licenciatura. No existe enemigo más sigiloso de la duda y del asombro que la propia Facultad de Filosofía…

Cuando casi unos niños entregan la inquietud y la extrañeza de este mundo a un montón de catedráticos que difícilmente saben ir separando lo que es la redonda mentira de la Realidad (historias, nombres, textos, cánones, ciencia positiva) y lo que es de verdad razonamiento, duda y rebeldía… (porque la razón, si de verdad es razón, sólo puede ser rebelde). Acaban licenciados, intercambiando articulitos en revistas de divulgación universitaria sobre las hipóstasis plotinianas…

Y esa es, al fin y al cabo, la gran tarea de la Educación y Pedagogía Oficial: Domesticar las dudas, apaciguar los asombros, silenciar las aporías en las que acaban cada una de las cosas…


Porque los filósofos llegan a aceptar la mera enunciación que se repitió entre los escolásticos: La Verdad, dicen, es decir lo adecuado a la cosa.

(De esta manera –y únicamente de esta manera- se pueden construir
las tesis doctorales soporíferas que están obligados a redactar:
El vaciamiento
de significado de los noúmenos ideales en la teoría comunicativa de Jürgen
Habermas
o acaso,
Influencias del imperativo socrático-délfico del gnoti seautón
en el estoicismo romano de Marco Aurelio Antonino
… Porque se vive de la creencia
de que tanto la teoría comunicativa de Habermas o Sócrates o Marco Aurelio, son
cosas… de las que se puede decir lo adecuado y así revelar lo prístino de los
límites del objeto a tratar.

Esta clara mentira se derrumba ante el sólo
testimonio del más leve del sentir: ya que Habermas no puede ser Habermas y
Sócrates tampoco puede ser Sócrates. No se puede decir nada adecuado al
estoicismo romano, ni admite ninguna cosa que se le cierre y se le describa de
manera absolutamente adecuada. La cosa siempre se deshace y eso es lo que la
filosofía ha olvidado desde hace mucho tiempo.)


Se dice que Pitágoras (D. L., I, 12) que respondiendo al León, tirano de Sición, que le llamo sabio: «dijo que nadie era sabio más que la divinidad. Antes se la llamaba ‘sabiduría’ (sophía), y sabio al que hacía profesión de ella, que debía destacarse por la elevación del espíritu. Filósofo es el que ama la sabiduría.»

Como siempre sucede con los filósofos, tenemos que quedarnos con algunas partes y desechar el resto. En algún momento este enunciado tan simple y tan complejo a la vez se ha llegado a resbalar de toda memoria: simple porque en su buen sentido sabe reconocer que la sabiduría es imposible para lo que muere y que ningún mortal puede atrapar con su boca a Doña Verdad; complejo en su error, ya que supone que aunque no pueda haber Verdad entre los hombres necesita seguir creyendo que aún existe la Verdad en algún lugar de las divinas constelaciones.



Por esta simple y sencilla razón es imposible decir Verdad y por tanto decir lo adecuado a la cosa. Ya que la cosa, en la medida en que sea ella misma, está mintiendo. Las cosas, en tanto que hablan –y es a ese discurso al que el filósofo pretende unir el suyo-, son absolutamente capaces de mentir. Cuando se muestran cerradas, hechas, derechas y bien limitadas, cuando se prestan más a que nuestros hablares se ajusten de fácil manera a ella, es en ese momento cuando más está mintiendo.

Por ello el filósofo se ha confundido –esto es, los licenciados de filosofía- y en algún momento han llegado a creer que decir a la cosa era decir la Verdad de este mundo. Que al mundo se le podía someter a explicación –sea en el fenómeno que sea: desde los medios de comunicación hasta los movimientos de los átomos- es imposible.

Y sin embargo ahí los tienen: catedráticos, maestros de bachillerato, manuales de filosofía, latigueando las inocentes espaldas con nombres y fechas y memorizaciones de teorías para alimentar yo que sé qué desconcierto y los niños se pierdan y confundan sus dudas y lo vivo de los razonamientos con Nombres y su parafernalia… que para lo único que sirve es para repetirse y seguir haciendo infinitamente lo que ya estaba hecho desde siempre.


Por eso hay que decir que la filosofía no es una herramienta contra la Realidad. No puede ser un arma, porque ella misma, en sus formas institucionalizadas se ha vuelto parte de la Realidad misma –y aunque esto fuera más claro antiguamente, cuando los regímenes teocráticos se sostenían justamente por los filósofos oficiales de turno y se combatían con una ferocidad virulenta toda herejía teorética-, los modos de accionar de la Filosofía, reconvertida en una mera institución más apocada entre las facultades de Ciencias Productivas –que también, evidentemente, son nuestro objetivo a atacar-, que a lo que se dedica es a domesticar la pregunta viva de todos los corazones…

Otra cosa será en qué medida algunos de los enunciados de la filosofía –sin importarnos de dónde vengan- puedan servirnos –como de hecho aquí de ellos nos aprovechamos como meras máquinas- para siempre servir a la rabia viva que nos tiene que estar acosando todos por el simple hecho de estar aquí. Y, naturalmente, reconducir la tarea original de todo razonamiento que es, no decir verdad, sino decir a la mentira que miente.


martes, julio 07, 2009

Lo ideal y lo Real II: El misterio del cuerpo



Ya hablamos la última vez sobre este mismo tema (la falsa separación entre lo ideal y lo concreto) en referencia al tema del dinero y las utilidades –‘materiales’- que puedan o no reportar las ideas y los estudios, dejando del lado toda consideración física o metafísica del asunto de la abstracción o de la materia.

Es momento, pues, de abordar cosas un poco más alejadas del sentir claro y directo que uno experimenta ante la llamada de los ‘materialistas’ –es decir, que llaman ‘materia’ al dinero y viceversa-, para tocar los razonamientos que algunos hayan proferido sobre este tema, para ver de que manera nos puede aportar más arma para demostrar la mentira encerrada en esta división.


Quizá la mejor manera para comenzar es reconociendo la utilidad que la Realidad extrae de esta forma de administrar sus cosas: llamándolas a unas reales o concretas o materiales y a las otras ideales o abstractas o inmateriales.

(Más allá del establecimiento de la común confusión de los términos y que los
hombres confundan dineros, ideas y cosas, para que así el cambiazo de la Fe por
lo otro sea mucho más sencillo y fácil.)

La importancia de esta concepción, se ve, es la noción implícita que tiene todo hombre que se apropia de esta separación es suponer que lo concreto es más manejable que lo abstracto (falacia que no se sostiene al más leve de los exámenes): y así someter a las cosas físicas, como una mesa, un perro o un jamón, a un régimen de conocimiento absolutamente sencillo… siendo que estos serán mucho más fáciles de conocer –ya que se usan, se comen, se poseen- que un triángulo isósceles, la teoría epistemológica de Platón o el conjunto de los números primos.

Las cosas concretas, según esa opinión, no esconden ningún secreto y son absolutamente simples: manejables, computables y acumulables –de ahí su misteriosa semejanza con el dinero, que sin esta división no se sostendría-, e igualmente, dado que se conocen y se tocan, se les puede imponer un valor.

No hace falta demasiado tiempo para deshacernos de esta mentira: baste con reconocer que es prácticamente imposible saber lo que es una mesa, un perro o un jamón, cuando se piensa adecuadamente. Y sirva como ejemplo la triste labor de los zoólogos y naturalistas: que ante la imposibilidad de definir un vencejo, un alcornoque o un almendro, no tienen más remedio que –al reconocer que lo inútil que supondría intentar hacer una descripción que agotase las notas de la cosa- el de elaborar una serie de taxonomías, ordenes, géneros, especies, etc. en la que acomodan desde los pájaros hasta las setas… y todas las cosas que se agrupan en tales familias y taxones consiguen definirse individualmente en sus diferencias específicas. Esto es que ningún botánico podrá decir nunca qué es un almendro, ni un zoólogo qué es un vencejo… sino apenas agruparlos e ir desviando los significados en otros tantos.


Ante esto, sin duda ya se nos empieza revelar la mentira: es mucho más fácil definir –o por lo menos decir algo adecuado a la cosa- en cuanto tratamos de triángulos isósceles o teorías filosóficas, que decir lo que se adecua a una mariposa o una flor cualquiera.

En ese sentido, digamos de una vez por todas que ‘lo concreto’ es incluso más inmanejable –si se mira con detalle-, que cualquier aparato ideal.


Naturalmente esto ya se sabía desde hace mucho tiempo y no estoy diciendo absolutamente nada nuevo. Aristóteles mismo –y toda la tradición escolástica- hablan siempre de la materia como algo que raya en lo inasible. Para Plotino, la materia es lo colindante con el no-ser, guarda una extraña semejanza con Dios –el Uno- que es que es incognoscible –que no se le puede someter al lógos-, los únicos entes con los que se puede contar (los únicos que poseen algún grado de aceptable de Realidad) son las almas e ideas.

Lo que hace Plotino es simplemente vertebrar el platonismo. Pero también en Aristóteles –a quién la tradición académica ha alzado como principal oponente del platonismo, puesto que aunque haya gastado gran parte del libro XIII y XIV de la Metafísica en criticar la ‘existencia separada de las ideas’- maneja la materia de una manera extraña… Esto es, convirtiéndola en un agregado de la forma (al êidos) carente de toda característica o propiedad: lo que se denominó entre los escolásticos materia prima, y que provocó no pocos descalabros en cuestiones teológicas durante la reintroducción de Aristóteles a occidente a través de averroísmo.

Es decir, que para Aristóteles existía ‘lo que aparece’, sin decir que aquello que tenemos dado en el árbol o el vencejo, sea puramente material –ya que está compuesto también de forma- y únicamente por abstracción –separación: chorístos-, se puede separa lo Ideal –lo abstracto, tales como las reglas silogísticas del razonamiento dialéctico, las figuras geométricas o los números- y lo Material.

Sin embargo lo más que se puede decir sobre la materia en Aristóteles es que le funciona como un mero principio de individuación y nada más. Esto es, una mera forma de separación entre las cosas que se ‘nos aparecen’ pero ninguna otra característica puede tener sino por virtud de su forma.


Ahora bien, no quiero entretenerme demasiado con Aristóteles y lo que vino después con los sucesivos platonismos y herejías sobre el mundo y la materia –y como durante toda la Edad Media, hubo grandes controversias sobre si Dios podía estar en el Mundo (o incluso el extraño caso de David de Dinant –cuya obra De tomis, hoc est, de divisionibus desaforutunadamente se ha condenados en 1210 y prohibidos en 1215-, que Santo Tomás [S.T., Ia, 4, 20, 2] nos dice escuetamente que «decía muy neciamente que Dios es materia prima.» Aunque lo más probable es que esta información del aquinatense no sea mas que una mala interpretación –aristotelización- de otra cosa), sino acudir a argumentos más simples, directos, modernos –sin tanta cháchara sobre historia de la filosofía- que nos pueda demostrar de qué manera materia e idea se confunden en una sola cosa.


Aunque quisiera aventurarme y sumergirme en cómo es que ya la materia se nos ha vuelto luz y energía, mis conocimientos sobre física cuántica y la teoría de la relatividad son absolutamente raquíticos… pero quede dicho cómo a los propios estudiosos de la ‘más rabiosa actualidad’ –dando por sentado de que todos los tiempos están, como dijo el otro, en este tiempo-, la materia se les ha escapado montada en un rayo de luz.


Para lo otro quisiera recoger dos textitos de don George Berkeley, ese obispo irlandés al que tradicionalmente la academia no ha tenido el mayor empacho en llamar –en su necesidad de catalogar todo lo que aparece por aquí y por allá- ‘idealista’. (O en una peor denominación, aunque eso propiciada por unas interpretaciones parciales de su obra ‘solipsista’). No entraremos en ello ahora…


Apenas diré que Berkeley se empeña en destruir la concepción de la materia únicamente como un amague retórico para demostrar la existencia de Dios. Ese era su cometido… y aunque aquí bien poco nos interese su conclusión y resultado, su razonamiento no deja de ser válido.

En la Introducción a su Tratado sobre los principios del conocimiento humano, en escasos 20 párrafos da al trasto con toda la teoría de la existencia de la materia, negando justamente la posibilidad de que existan cosas separadas de las ideas –puesto que si estuviesen separadas de las ideas (fuera de la mente) no podrían ser ni conocidas ni tendrían ningún significado –sobra decir que Berkeley siguiendo la tradición psicológica de Locke abre el campo de lo que se llamó después filosofía del lenguaje:

«Que los demás tengan esta maravillosa facultad de abstraer ideas, es cosa que ellos mismos podrán decir mejor que nadie. Por lo que a mí respecta, yo encuentro, ciertamente, que poseo la facultad de imaginar o de representarme las ideas de las cosas particulares que he percibido, y de las otras varias que resultan de combinarlas o dividirlas. […] Pero siempre que imagino una mano o un ojo, éstos han de tener una forma y un color particulares. Del mismo modo, la idea de hombre que yo me formo, ha de ser siempre la de un hombre blanco, o negro, o bronceado, o derecho, o torcido, o alto, o bajo, o de mediana estatura.» (§ 10, Ed. Alianza, trad. Carlos Mellizo)

Lo que dice tiene la intención de negar la teoría de las cualidades primarias y secundarias de los objetos, que enunciara Locke en el Ensayo sobre el entendimiento humano.

Sigue Berkeley después de asegurar la no existencia de las ideas sin la mente –y por tanto la existencia necesaria de un sujeto, convertido en sustancia percipiente-, ya fuera de la Introducción:

«Hay algunos que establecen una distinción entre cualidades primarias y secundarias. Por las primarias entienden la extensión, la figura, el movimiento, el reposo, la solidez o impenetrabilidad, y el número; por las segundas entienden todas las demás cualidades sensibles, como los colores, los sonidos, los sabores y demás. Reconocen que las ideas que tenemos de éstas no son imágenes de algo que existe fuera de la mente o no-percibido; pero mantienen que nuestras ideas de las cualidades primarias son representaciones o imágenes de cosas que existen independientemente de la mente, en una sustancia no-pensante a la que llaman materia. Por tanto, debemos entender po materia una sustancia inerte e insensible, en la que la extensión, la figura y el movimiento subsisten de hecho. Pero, partiendo de lo que ya hemos mostrado, resulta evidente que la extensión, la figura y el movimiento son únicamente ideas que existen en la mente, y que una idea no puede parecerse más que a otra idea; y que, en consecuencia, ni ellas ni sus arquetipos pueden existir en una sustancia no-perceptiva. De lo cual resulta claro que la misma noción de materia o de sustancia corpórea implica de suyo una contradicción.» (Berkeley, Tratado sobre los principios del conocimiento humano, § 9, Ed. Alianza, trad. Carlos Mellizo.)


No creo que haga falta añadir más párrafos explicativos: La materia, tal y como se le concibe sigue siendo una Idea, sea como soporte o como Dinero o como algo que se puede manejar y contar y agrupar en la mesa, el perro o el jamón: la materia sigue siendo Idea en la medida que la sometemos a una explicación:

«Hylas: (Sobre el sustrato material) No pretendo tener una idea positiva adecuada de él. Sin embargo concluyo que existe porque no se puede concebir que existan cualidades sin un soporte.
Philonús: Parece, por consiguiente, que tienes de él sólo una noción relativa, o que no lo concibes más que al comparar la relación que tiene con las cualidades sensibles.» (Berkeley, Tres diálogos entre Hylas y Philonús. A lo largo de los cuales quedan plenamente demostrados la Realidad y Perfección del conocimiento humano, la naturaleza incorpórea del alma y la inmediata providencia de una Deidad: en oposición a los escépticos y ateos, así como un método abierto para convertir las ciencias en algo más sencillo, útil y compendioso. –este es el título completo-, Ed. Humanitas, trad. Manuel Satue)

No hace falta en que continúe el razonamiento del diálogo: el título del libro lo deja bien claro. Naturalmente que Berkeley aceptaba que existían Ideas –percepciones- que el sujeto –‘yo’- no puede controlar… pero era justamente eso lo que demostraba la existencia necesaria de otra sustancia –algo que tenía que ser similar a una idea, ya que una Idea sólo puede parecerse a otra Idea- que era el Espíritu Supremo o Dios. (Por eso la nomenclatura de ‘solipsismo’ es una interpretación parcial porque para Berkeley tienen grado de existencia no únicamente el Sujeto sino también Dios, comunicándose incesantemente a través de las percepciones incontrolables)


Naturalmente eso de Dios nos interesa bien poco. Lo que hace Berkeley –como es su mandato e intención- es siempre defender la Realidad (y nosotros, no debemos olvidarlo, estamos aquí para atacarla)… sin embargo su razonamiento no deja de ser brillante y útil si nos deshacemos de su conclusión: la materia, en tanto que no es idea es un misterio absoluto.

A ese misterio el irlandés lo nombra Dios –y, si cabe peor, el Dios cristiano-, pero a nosotros no nos hace falta. Ese misterio extraño, que yo sigo sin entender, es el que funciona como una herramienta útil contra la Realidad… contra la pretensión de vender mesas, comprar perros o saber jamones… Cuando uno se da cuenta de ese misterio y lo vive y lo siente –no como los misterios teológicos que pretenden dar explicación a lo inexplicable, sino como puro asombro y pura duda- entonces la Realidad se desquebraja y muestra su verdadera cara: que no está cerrada y se le puede atacar con las máquinas adecuadas.