domingo, enero 22, 2012

Luz


No sé bien qué sentido pueda tener esto de ir deshojando los días, ni por qué a la vuelta de un periplo orbital uno tenga que acordarse de las cosas que se hiceron hace justo un año. Me da sospecha aquí adentro, porque pareciera un poco de miedo a que esto que ocurre se muera de pronto. ¡Y el mejor remedio para que las cosas no se mueran es matarlas antes de que nazcan! Por eso se celebran cumpleaños y años nuevos y también aniversarios. Para asegurarse de que lo que está pasando ahora también es historia.

Pero lo que está pasando aquí no lo es, querida. No es historia. Y es por eso que ya me cuesta imaginar mi sueño sin tu abrazo, las horas sin tus palabras, al propio tiempo me cuesta entenderlo cuando estoy contigo. Por eso no estoy aquí por celebrar aniversarios ni nada por el estilo. Acaso aprovechar esto de las fechas para recordar que es acaso sólo el amor lo que nos salva del tiempo. No he encontrado mejor aliado que tú, mi amor, para siempre planear zafarranchos contra la Realidad. Es la gloria perderme en ti. Es cómo si de pronto pareciera que la guera se detuviera. Que por un momento acá en la tierra se abriera la posibilidad para que los dioses se manifestaran y aniquilen el tiempo.

Y es que entre mis manos ya te vuelves una masa de misterio. No hay sueño en el que no me pierda, no hay palabra que no la saborée y todo a tu lado simplemente se vuelve ese paraíso dónde no hay tiempo ni aniversarios ni nada por el estilo. Así todos se diluye para no perderse. Y la herida en vez de cerrarse se abre y siente, con cada gota, que estamos acá intentando sabotear la Realidad, cómo podemos, como nos demos a entender. De la mano. Eres mi Luz.

No estoy sentado aquí entre floridos sauces
ni tú frente a mí de caminando descalza
entre las corrientes del río y peñascales
blancos que bordean el lecho del agua.

No estás ni aquí ni allá, y tú bien lo sabes
ni yo aquí entre letras, ni carnes, ni versos,
ni en sueño, ni imagen, ni cuerpo, ni realidades,
ni flotando en mundo extraviado ni sitio ninguno.

Sino revueltos, perdidos entraguas del río que nace
allá en la honda y segura oscuridad de tierra,
en lo alto de la nube y de la lluvia que cae
mezclada con garzas y sapos y pechiamarillos.

Somos este río que va bajando sin cause,
el cuarzo de la piedra, las trenzadas raíces,
la urraca que juega, el ventanuco de cárcel
que ofrece al que está el índigo cielo sin fin.

Somos puños preñados de caricias amantes,
nutrientes laboriosos secretos de la humedad,
argentina luna borracha entre brujas danzantes,
somos, amor, lo que se cae, lo que no está.

Currucas silvestres, martínes pescadores brillantes,
tres mil recios abedules volcados al éter,
la paz de desiertas ciudades primaverales,
estamos en lo que no se sostiene, lo que no es.

Tu cuerpo tocado de finas aristas llameantes
que juegan en límites con geometría imposible
y con tus bellos ojos amables y tu sonrisa salvaje
mandas al olvido todo lo que pensaba que era.

Y es este alegre beso infinito el que lo hace
sentir, pensar que el tiempo se queda
aquí y que de aquí nunca se vaya, nunca pase
esto que pasa y se queda ni estando ni siendo.

Porque ni yo estoy aquí entre floridos sauces,
ni tú estás ahí frente a mí en dónde el río nace.


(Él es Chicho)

domingo, enero 15, 2012

Minima moralia: Esterilización animal



Baudrillard asegura que la esterilzación de la mascota es el punto culminante de la objetualización de la mascota. Es la mascota perfecta liberada hasta de su sexualidad y por tanto era una forma de llevar hasta su última consecuencia la realidad del capitalismo: reducir a todo lo que hay a objetos de consumo. Acaso como aquellas cucarachitas atadas a borchecitos de oro o la leyenda urbana de los bonzai-kittens. (Cfr. Baudrillard, Sistema de los objetos).

Sin embargo, el análisis del francés se centra únicamente en las relaciones amo-animal y no viéndola desde una perspectiva más amplia entre la relación mercado-crianza y ciudad-animal. Lo que ha ocurrido, (y esta es la verdadera cumbre del capitalismo), es que se ha reducido al animal, no un objeto de consumo, sino a un medio de producción. O lo que es lo mismo, a la crianza indiscriminada y sobre oferta, en cualquier ciudad del mundo, de compra-venta de animales.

La necesidad de esterilizar a los animales no yace en liberarlos de su sexualidad y así tranquilizar la inquietud de un objeto sexuado merodeando nuestro patio o nuestro salón; sino de imposibilitar su reproducción y con él, la del sistema capitalista mismo.

(Huelga decir que estas mismas palabras que se dicen de los animales, deberían repetirse sin cambio alguno, para las personas. Ya que, exactamente igual que los perros únicamente nacen para perpetuar la sinrazón de la compra-venta completamente innecesaria, los hombres nacen, no ya como personas, sino como mero potencial de mano de obra desocupada).

Por otro lado, la sexualidad en una sociedad latina no resulta perturbadora, sino todo lo contrario. La negación a la castración del animal no obedece sino al temor del propio amo a estar castrándose a sí mismo. La unión entre el animal y el amo presupone la sensación de que, al castrar a su animal, se está perpetrando alguna suerte de villanía en contra de la naturaleza.

Claro que, contradictoriamente, no debe parecele abominación alguna la caza, búsqueda, captura y sacrificio sistemático de miles y miles de animales año con año en todas las ciudades del mundo con los métodos más económicos posibles. Ante este holocausto animal los testículos del amo no corren riesgo. Todo lo contrario: parecen autoafirmarse en la medida en que igual que pueden procurar la vida a través de la crianza sistematizada, pueden procurar la muerte con cables pelados para la electrochoque en serie de perros y gatos.

La sexualización de los animales está ya presupuesta en el método de elección del amo. En Nuevo Laredo, el 80% de los animales recogidos de la calle por los centros antirábicos son hembras. La propia noción de que una perra lo único que hará será embrazarse y por ello generar indiscriminadamente animales no es más que la otra cara de la moneda. Quién acepta a las perras es porque, sistemáticamente, las va a poner a parir.

Habrá que mandar este mensaje tranquilizador a los amos. Esterilizar a su perro no los hará estériles a ustedes. Esterilzar a un perro, evitar que más perros nazcan, lo único que hara será producir oportunidades de lo único que merece la pena producir en el sistema capitalista: la posibilidad de que ocurra algo que no está contemplado.

O lo que es lo mismo, que se trastoquen las leyes de la oferta y la demanda. Que no se pueda comerciar más con los animales y que realmente fuesen tratados como lo que son: cosas absolutamente nuevas. No objetos de serie. No esa especie de eugenesia enfermiza de las razas ultrapuras, sino a la sensación de que el animal se conecta, fibra a fibra, con cualquiera del resto de cosas. Con usted, por ejemplo.

Lo mismo con los humanos. ¡Si tan sólo le dieran la oportunidad a su hijo de no nacer! ¿Quién sabe? Quizá realmente llegaría a disfrutar de la niñez del resto de los niños que ya pululan por el mundo.

No favorezca la cría: adopte, esterilice.


jueves, diciembre 15, 2011

Democracia: Ciudadanos v.s. pueblo

Que se queden con ese palabro tan feo y tan asquerosito, me refiero a eso de ciudadanos. Que se lo queden.

Parece que se a adoptado este nuevo palabro tan mediatizado por los mandamases en sus discursos para diferenciar al "ciudadano" del "pueblo". Ah, qué operación tan macabra. Porque claro: pueblo es cualquiera y es nadie. Pueblo es lo de abajo, lo rebelde, lo que no se puede dominar ni contar, ni dividir, ni dirigir, ni gobernar.

En cambio, el ciudadano... A ese pelele se le gobierna con el dedito, con cuatro pastiches de basura que se le ofrecen a cambio de un voto simbólico y la entrega de la soberanía (Uy, perdonen la pedrada de decir "soberanía" y no decir qué pienso que no es, pero ya habrá otros días o eso creo). El ciudadano es un mierda, porque esa es su condición primera: la de ser el depositario ontológico del miedo al quehacer político, de ser el mezquino resultado de un pastiche capitalista, un individuo económico, un engrane en el sistema.

A eso han reducido al pueblo: a la llamada "participación ciudadana" a que voten, a que consuman, a que paguen sus impuestos y que como un grado desefrenado de la loquera liberalista y magnánima de su gobierno, se les permita, de vez en cuando, que salgan con sus pancarititas a la calle a pedirle, como una malquerida esposa le suplica a su todopotente esposo, que no le gusta aquello, que quiere más de esto, que por favor le deje más para los gastos.

El ciudadano no puede ser más que reaccionario contra el pueblo. ¡Eso es lo macabro del sistema democrático! Que funciona en la medida en que convierte al pueblo -a la masa de gente sin mayor particularidad que la de estar por ahí vagando y hablando- en personas con apellidos, con credenciales de identificacion, cuentas de nómina, carritos a su nombre, historial crediticio, etc., y la tiranía ya está levantada por sus propios súbidtos.

¿O qué? ¿Nunca se han sorprendido a sí mismos temerosos de que la Bolsa de Valores se desplome a pesar de no tener ninguna clase de inversión en el mercado? ¿O al vecino que se congratula de que a los estudiantes que se manifiestan les van a dar duro con la cachiporra en la cabeza? ¿O el trabajador que aplaude las disoluciones de las huelgas?

Sí, es un espectáculo tristísimo. El hecho de haber reducido la política a la economía. La ciudad a la casa. La pólis -política- a la oikós -la casa-. La política es del pueblo. La economía es para los individuos... o ciudadanos, que para el caso es lo mismo.

No sean ciudadanos, no sean dóciles. Hay que hablar públicamente siempre en cuanto docto, como diría Kant. O, quitándo jerga, hay que hablar como si uno no fuese uno, sino otro, como si fuera cualquiera y nadie.

Porque el pueblo no puede tener autos o defender sus gasolineras o sus careteras. Todo ciudadano es reaccionario y quiere aplastar al pueblo por esas raquíticas conseciones que la Realidad y sus Estados otorgan a quienes cooperan con él.

Evidentemente esto que comento en general es por lo que se vivió en particular en Ayotzinapa. Que el hecho es delesznable e indescriptible es algo que a duras penas se puede expresar. Pero el hecho de que mucha ciudadanía a tu alrededor empieza explicarse con cosas como "Pues sí, matar está mal, pero...", "Deberían estar estudiando", "Es vandalismo y terrorismo...", "La violencia engendra violencia, ¿qué esperaban?", "Hay medios pacíficos para la expresión..." y un largo y penoso ecétera.

He ahí la transformación de pueblo en masa, de gente en ciudadanos, de ojos en rating televisivo, de palabra en consigna, de razón en idea: la fusión del gobierno y el gobernado en uno sólo: La democracia. Este régimen que hasta hoy seguimos padeciendo.


lunes, diciembre 12, 2011

Contra la democracia

Quieren que nos contemos. Quieren timarnos una vez más. Quieren que nos miremos a la cara y lancemos una moneda al aire, y lo peor: quieren que creamos que es nuestra decisión.

Decida usted: Vote.

¿Y qué podemos hacer? Decir aquél refrán viejo español de «A falta de hombres buenos, hicieron á mi padre Alcalde».

Y aunque aquí no encontrarán adhesiones ni partidistas ni de candidato ninguno, lo cierto es que no podemos dejar que gane la tele. Así sin más. No puede ganar la tele. Es imperativo que, cueste lo que cueste, no gane la tele. Porque entonces sí, ya valió madre, lo que costaría meterle del diente a pareja tan perfecta hecha a base de Estado-Capital-Tele, todo mezclado y sin diferencias para crear una especie de organismo totalitario que en triada nos meta sus discursos sin doblez ni reparo ninguno.

¿Usted se deja contar, pregunto yo? ¿Seremos tan imbéciles como para dejar que nos conviertan en un numerito y nos hagan decidir? ¡Escoge tu yugo! ¡Escoge tu yogur!

Porque parece que ya entendieron los de arriba que en la democracia, la política y los políticos son lo mismo que cualquier producto barato del capital. Que da exactamente lo mismo que tan bueno o que tan malo sea, sino que lo que importa, es que lo aparente. ¡Nunca el maquiavelismo había sido tan poco maquiavélico! O lo que es lo mismo, nunca lo vacío del príncipe había estado tan expuesto, tan expuesto que no hay absolutamente nada detrás de los políticos sino el discruso constante de los medios de formación de masas!

Dicen que no hay esperanza. Que los dados ya están lanzados y no podemos más que asistir a la realización de lo que pactan las encuestas pagadas de la tele.

¡Y sin embargo la solución estan seniclla! ¡Y está tan al alcance de la mano! Tan al alcance de nuestro control remoto!

Supongo que recuerdan aquel cuento en que un Rey de oriente quería lucir, en un desfile, el mejor traje que jamás pudieron haber confeccionado. Y ningun hilo ni seda le acababan de gustar. Hasta que un astuto comerciante le aseguró que el tenía la tela más bella de todas... Una tela invisible que, sin embargo, supo vender tan bien con tantos halagos y bellas palabras, que no pudo menos que encantar al Rey y a la corte entera. Y ahí tenemos al Rey encuerado, caminando al frente del desfile, mientras toda su corte y plebe aplaudian tan bello traje.

Y no podía ser mas que un niño el que descubirera lo que ya todo el mundo sabía: Y es que el Rey está desnudo, mucho copete, pero completamente desnudo. Eso ya todos lo saben: y hasta de exponen en revistuchas de intelectualoides mercenarios para ver de qué manera se puede disimular esa desnudez del candidato. ¿Cómo disimular mejor? ¿Cómo mentir mejor? Esa es la cuestión a debatir en el régimen partidisto-democrática que padecemos.

¿Qué hacer contra este régimen democrático tan poderoso y a la vez tan endeble e inmaterial como un espectro de banda televisiva? ¡Es tan sencillo! Apague la tele. Dejemos de ver al Rey desnudo. Si el momento llega de votar contra la tele, se hace sin mayor espaviento. Pero eso que se presenta tan brutal en forma de encuestas pagadas, lo único que necesita es que se les ignore. Que se diga: "El precandidato está desnudo". Y se apague la tele, se cierre el periódico, se quite de en medio a tanta corte pagada y a dedicarse a otras cosas que hacen menos daño y sin duda son mas importantes que recordar lo obvio.

A la otra nos ocupamos de cuestiones más metafísicas, que no dejan de ser importantes, de cómo no se pueden contar a la gente, ni al pueblo y que todo régimen democrático se asienta sobre bases aritméticas equivocadas. Por ahora es suficiente.

sábado, julio 02, 2011

Ecologías


Hemos dicho y repetimos que eso de fijarnos en cosas particulares muchas veces nos hace perder la noción y el norte de esta guerra. Por eso, aunque el día a día no inunda de nombres, situaciones que más o menos nos incitan al comentario, aún así procuro no soltar demasiado la rienda y acercarnos a la particularidad.

La razón es muy simple. Las particularidades más atroces siempre son descendientes directas de la fe más ramplona y absurda. Luchar contra la particularidad se vuelve farragoso y se presta a vericuetos sin final. La guerra no se libra ahí –aunque alguna que otra escaramuza sea necesaria. Sino que lo que verdaderamente hay que atacar –y la palabra aquí siempre es la mejor arma- es la fe de las personas. La fe en los ideales.

Bueno y con ello quería presentarles el caso ya tan traído y tan manoseado de ese estadiuco barato que se quieren fabricar en uno de los últimos reductos de verde que a duras penas se ha mantenido en las riberas del río La Silla. Las notas de prensa local pueden ponerlos un poco al tanto de las empresas en litigio, de las chupatintas alcahuetas y las burocracias religiosas que solamente están haciéndola de emoción de algo que sabemos que se hará.

Más allá de que el destino de esa tierra viva, sombreada, verde y nutritiva esté tan echado y condenado como están las vidas pensionadas de todos los directivos de la empresucha de malos alcoholes que promueve la edificación, me gustaría hablar de lo que está empapando todos los cruces de argumentos de a favor y en contra.

Y es que la tan traída y llevada ecología que está en boca de todos no deja de andar haciéndome ruido y molestarme. Porque me pregunto cómo es que uno y otro organismo, los que quieren la Gran Cantina para seguir adorando a ese montón de estrellitas paliduchas o las que pretenden hacer la Conservación de los arbolitos como Bienes Públicos –el nombre simplemente me aterroriza-, utilizan los mismos argumentos. Salpicados de algún que otro matiz, pero siempre se utiliza todo para lo mismo.

Porque eso de llamar ‘bien público’ a los arbolitos o pajarillos me suena tan a muerte. Lo mismo que llamarlo pulmón vital o último rincón para que lo animalillos se replieguen. Lo mismo que llamarlos recursos naturales, paisajes bonitos o incluso naturaleza en el sentido científico. Todo ello me da la misma peste que los del otro lado que llegan con sus topógrafos a medir los cerros, riberas y árboles, partiendo, con escuadra en mano los ríos, laderas y calveros, con la excusa de dineros y dineros.

¿No es exactamente lo mismo? Si ya esta infame empresa de Meados Embotellados –porque si por lo menos hicieran buena cerveza-, ha prometido destinar decenas de millones de pesos para replantación de árboles en quién sabe dónde. Y será justamente un organismo ecologico el que acabe firmando la sentencia de muerte de esos árboles. ¿No le parece a usted que hablar de conservación es hacer exactamente lo mismo que meter retroexcavadoras y construir Santos Templos del Mear o Santuarios de Abominable Compra? ¿No le parece usted que suponer que las especies de animalillos y arbolillos que están, por obra y gracia de los hados, encerrados en esa cuadrícula amurallada para que los conservemos y los salvemos, un acto de la más vil y ruin de las presunciones?

Es decir, que los árboles son cosas útiles a la Realidad. Que La Pastora es un pulmón que justamente sostiene el revés de hormigón y humo industrial que es el resto de la ciudad. Terror me da pensar eso. Que lo bueno que tienen los árboles es que se asemejan a los estadios en utilidad y progreso, en beneficio monetario a largo plazo, etc.

Las protestas de nuestros amigos, con las que necesariamente tenemos que simpatizar, aunque no estemos de acuerdo, porque es necesario, sea como sea, decir que NO a ese repugnante monstruo –otro repugnante monstruo, como si no fuera suficiente la Torre aquella que tantos periodicazos produce, o la basura de edificios que llena todo el centro de la ciudad, las moles olvidadas del estadio de béisbol o las plazas de toros que se caen a pedazos-, sea donde sea que lo quieran poner; y sin embargo, sus protestas son tan quedas, tan condescendientes con la basura que por todos lados nos quieren vender.

No sé si lo sienten ustedes, tanto los que viven en esta ciudad particular, como los que viven en cualquier otra (ya que todos siempre son espejos de otra Gran Ciudad). Que hay una especie de mandato de destruirlo todo. Y lo que me preocupa de estas protestas es que sean tan dóciles a lo que se les ofrece. «Sí al Estadio, pero en otro lado.» Dicen.

Y bueno, ¿qué le queda a uno? Son esos movimientos que están tan condescendientes al poder, como una esposa malquerida que haciéndose del rogar y con reproches más o menos condescendientes, le v pidiendo a su Señor que deje de hacer tanto el idiota y que…

Bueno, ¿qué se le va a hacer? Apoyo. Apoyemos al NO al Estadio. Siempre y cuando recordemos con claridad que 1) La Pastora, ni árbol ninguno está ahí para ser pulmón de usted, de mí y mucho menos de esta Gomorra Industrial de sol, cerveza y fútbol, 2) la ecología y todas sus formas son más bien chivos expiatorios para seguir haciendo la misma mierda una y otra vez, de ordenar la explotación.

No al estadio. Ni ahí, ni en ningún otro lado. Y de hecho, también deberían demoler los que ya están. Y la torre aquella también. Y ya que estamos, ¿nunca se les había ocurrido a ustedes tirar uno a uno esos anuncios de publicidad de chorrocientos metros? ¿Y carros? ¿Y banquetas? ¿Y no se les hace agua la boca de imaginar que de pronto la Pastora se desborde? No que la conservemos… sino que los árboles de puro crecer se vayan llevando este oasis de concreto y cristal y lo vayan empujando poquito a poco al olvido y así esta ciudad de Monterrey, Guadalupe, San Pedro, todo se vaya cayendo al olvido y de esta manera no necesitemos estadios de fútbol para matar el aburrimiento y defender colores de algo que no hay y quién sabe… por lo menos no tengamos tanto calor este verano que falta y a la sombra de algún sauce olvidemos por fin esa fe estúpida de que el Hombre tiene ese deber patriótico de someter a la naturaleza –convirtiéndola en Estadios de Fútbol para un equipillo de quinta o para conservarla y clasificarla-.

Una cosa no va sin la otra. Así que, adiós ecologías, adiós estadios.


sábado, abril 23, 2011

La bondad de las máquinas


Siempre hay algo de conciencia por ahí estropeándolo todo, ¿verdad? Cuando estamos a punto de cantar una canción, tocar un instrumento, hablar o teclear aquí mismo en una computadora, aparece ese fantasma de la toma de conciencia para arruinarlo todo. Para enrojecernos la cara de vergüenza, para hacernos olvidar cómo pasar las manos por los trastes y las cuerdas, para enredarnos las lenguas con temores y barricadas o para hacernos patentes que aunque podemos teclear con una fluidez envidiable, nunca sabremos qué letra está al lado de la R sin ver el teclado.

Así es: la conciencia es un estorbo. Una monserga. Un trampantojo ridículo que lo único que hace es estorbar a la bondad de las máquinas. La máquina de la música, la máquina de la lengua, la máquina del subconsciente que no pueden sino hacer cosas y cosas buenas llenas de arte y buena técnica.

Las máquinas, siempre y cuando sean máquinas de verdad, siempre son buenas. Acaso de ahí se explique ese terror de la ciencia ficción de que, algún día, una máquina, tome conciencia de sí misma –es decir, se haga como hombre- y no pueda más que volverse mala. Pero las máquinas… las máquinas por sí mismas siempre son buenas. ¿No?

Y supongo que alguno o alguna, muy amante de su propia conciencia, llegue a pensar que si andamos por aquí luchando contra la Realidad, pues, «no hay mayor lucha posible que la que se hace desde la conciencia.» Y así en el gran trampantojo –no ya de la Ilustración y la modernidad, que sería demasiado achacarle a ellas semejante error- sino al capitalismo puro y duro, podemos llegar a creer que es la toma de conciencia de sí mismo lo que nos salvará de nuestra constante caída en la Realidad.

Pero no.

Ay, no.

Que nuestras conciencias o, más pedantemente, nuestros ‘yoes’ respectivos de cada uno de nosotros los que leemos esto –el mío, desde luego también-, no son más que meras cosillas de la Realidad y cómo tal jamás podrán luchar contra ella. ¡Es justamente desde la conciencia que se actúa como la manada lo manda! Cómo el capital lo suplica. La gran mentira del capital es la formación del individuo a partir del imperativo de soberanía de la Ilustración. Si el siglo de las Luces con aquellos franchutes modernistas pedía hombres libres, los Estados se encargaron de producir ciudadanos y el Mercado se encargó de producir consumidores.

Evidentemente aquí lo que está en predicamento es la libertad. Pero… ¿qué tiene que ver esto con las máquinas? Bueno, que no seremos tan pretenciosamente estúpidos como para suponer que si no hay conciencia –si no hay individuo, ni yo, ni sustancia dentro de los nombres propios- (o por lo menos esa es la intención un poco para caernos de la Realidad un poquito y de vez en cuando), pues ¿vamos a caso a suponer por ello que no se hará nada? ¿Qué sólo nosotros como conciencia somos capaces de actuar?

Eso no sólo es falso sino ridículamente pretencioso. No sabemos nada. Y ese no saber no significa que no se pueda hacer nada –y acaso ‘saber’ sea justamente lo contrario de ‘hacer’, aunque eso, ya algún día lo hablaremos con más detalle si se pre
senta la ocasión-, sino que en ese lugar en dónde no habite la conciencia y podamos exorcizar a ese parásito llamado Alejandro Vázquez Ortiz, pues podamos, ¿quién sabe?, llegar al desgarro que aquí estamos buscando. Llegar al punto en donde se quiebra la Realidad y cosas nuevas –cosas que no estaban hechas y por tanto no pueden formar parte de la Realidad, al menos no de momento-, puedan ocurrir.

Claro que esta sugerencia a muchos nos asusta. ¿Cómo no iba a asustarnos si nosotros mismos, yo, tú y todos somos la fortaleza misma de la Realidad? Y la propia lucha contra la Realidad es siempre una lucha contra uno mismo. ¡Ah! Pero eso que aflora cuando la conciencia se va de paseo –eso que ya los antiguos achacaban a las musas con aquellas invocaciones a la inspiración, achacando a otros lo que no podía ser de uno. Y en fin, aquí mismo cuando realmente se logre dar con algo de más o menos sentido común, será porque acaso hemos podido desembarazarnos un poco de nosotros mismos y dejar que la máquina de la razón razone y hable por nuestros dedos de forma casi inconciente.

Así que dejemos a un lado esos malentendidos y dejemos que las máquinas hagan lo que tengan que hacer, que seguro siempre será algo mucho mejor que lo que nosotros podamos hacer. Dejarse hablar, dejarse razonar, dejarse cantar, dejarse hacer todo lo que no esté hecho… Y a ver qué pasa. A ver qué ocurre. Estoy seguro que ocurrirán cosas mucho más interesantes que estar viéndolo todo desde la cobarde y mentecata sensación de que soy ‘yo’ quién piensa esto que pienso y por tanto al pensarlo no puedo más que estarme cuidando. Acaso descubramos que las máquinas en esa bondad prácticamente gratuita que proporcionan siempre han sido mucho más soberanas que cualquier individuo.

(Ahora que voy terminando, me empiezo a preguntar si acaso, diciendo todo esto que digo, no me he preocupado en dejar claro acaso qué es una máquina y cómo es que muchas de lo que hoy consideramos ‘máquinas’ no lo son, pero en fin, eso será para otro día, pero igual ustedes, acaso cuando tengan la gracia de estar lavándose los dientes, comer o ir montado en el camión a sus casas, gracias a que todas estas cosas se realizan maquinalmente, puedan estar gustosos de revolcarse en el problema y a ver qué sacan).