martes, abril 20, 2010

Notas al margen: La locura de las máquinas

Estaba yo con mi hermano, la otra vez, en una cantinucha de mala muerte, cuando él, de pronto, sin venir a cuento, alzando puchero compungido como mal de amores, vino a quejarse, aterradamente, de mi sobrino de escasos tres años. Y me dijo: «Ay, Daniel, ya no sé que hacer, no sé… pero Fernandito no para de hacer las cosas más extrañas que yo haya visto. Nos tiene a mí y a tu cuñada pendiendo de un hilo, entre médicos, consultas, revistas de pediatría… no sé…»

Y en fin, tuve que sonsacarle la información que entra tanto lamento y autocompasión no se dignaba en soltar. Resultó pues que lo que Fernandito, el pedacito de cielo más gracioso que le ha salido nunca a chocho alguno, se ponía a coger el teléfono cuando no había nadie del otro lado de la línea y se ponía a hablar solo. «¡Pero no sólo habla! ¡No! Discute y todo… se inventa cada cosa, como si del otro lado alguien le estuviera respondiendo… ¡ay! ¡ay! ¡qué miedo! A ver si mi niño va estar medio loco…!» (Naturalmente esto no lo decía él, pero sus ojos y su seriedad me lo chillaban a la cara).

Yo, francamente, me puse triste. No por el hecho de que su padre estuviese tachando de loco a Fernandito, ni mucho menos porque creyera yo que Fernandito ya le iba germinando la semilla de la esquizofrenia… no, era porque me daba cuenta de que Fernandito ya estaba creciendo. Ya se estaba volviendo loquito como sus papás.

«Imbécil», le dije bastante molesto de que me tachara a mi sobrino favorito de loco, «¿no te das cuenta de que lo único que hace ese cielo que tienes por hijo es imitarte a ti, pedazo de baboso? Lo que está haciendo es simplemente aplicar el sentido común a ese aparato monstruoso y enloquecedor que es el teléfono… ¡el único loco eres tú por creer que hablar por teléfono es lo más natural del mundo y no cabe duda que estás enseñando a tu hijo, a que eso es lo natural!»

«¿No te acuerdas cuando nos sentábamos a poner el ATARI? ¿No te acuerdas de que esas máquinas de cachiporra estaban locas? ¡No te acuerdas ya! ¡Te parece de lo más normal y corriente que los ATARI funcionaran a hostias consagradas, a soplidos de cartuchos, a lametones de niños impacientes! ¿Te acuerdas que movíamos el cartucho de un lado al otro, buscando quién sabe qué mágica conexión para que se abriera el mundo virtual ante nuestra pantalla? Con nuestro sentido común, sabíamos que las máquinas pueden estar locas, que de repente les da por hacer lo que les sale de los cojones y uno tiene que apelar más a la religiosidad que a las chuminadas de los informáticos o ingenieros. Pero ahora tú vas de racional, de que todo tiene que tener un por qué, que el pobre Fernandito, está loquito, en ves de verte a ti durante un momento ante un teléfono, con la oreja pegada al vacío, ya ni siquiera sin cable, sin nada, como si esa voz estuviera viniendo de un más allá de quién sabe dónde. No, Fernandito lo que le pasa es que está aprendiendo la locura de las máquinas, no te preocupes… al final acabará como tú, tan cuerdo, tan hundido en esa normalidad de vivir rodeado de artificios extravagantes como si fuese la naturaleza misma.»

domingo, abril 11, 2010

Buenos días, Don Nadie


I'm Nobody! Who are you?
Are you - Nobody - Too'?
Then there's a pair of us?
Don't tell! they'd advertise - you know!

How deary - to be - Somebody!
How public - like a Frog -
To tell one's name - the livelong June -
To an admiring Bog!

(Emily Dickinson, Variorum edition, 288)


¡Soy Nadie! ¿Quién eres tú?
¿Tú eres – Nadie – también?
¿Entonces ya somos dos?
¡Calla! ¡Lo proclamarían – ya sabes!

¡Que aburrido – ser – Alguien!
¡Qué vulgar – como una Rana –
Decir nuestro nombre – todo el largo Junio –
A una Ciénaga que te admire!


¿Cómo se puede ser alguien? No ya sólo en la vida sino en el puro lenguaje que nos enuncia. Si mi boca dice: «Soy alguien», ¿no estará ya ella misma mintiendo? ¿Cómo va a saber la lengua que hay algo detrás que habla?

Y como ya lo dijimos una vez, esto del hacerse persona sólo puede ocurrir en la medida en que uno se contempla a sí mismo. Se logra básicamente con la trampa maledicente que dice que uno es el reflejo del espejo, cuando no puede haber nada más falso. Simple y sencillamente porque la vista no se puede ver a sí misma, tal y como el lenguaje no puede hablar de sí mismo.

Está ahí. Estamos ahí, o por lo menos eso parece. Pero de ahí a ser Alguien –alguien en el sentido de que sea uno, no que sea algo, ya que si es uno, necesariamente tendrá que ser él todo uno, impidiendo que así, dentro de sí se un simple algo-, hay una diferencia considerable.

Luego, ¿qué hay acá abajo? ¿Qué hay del otro lado de la Realidad? (Ese Ojo que esta observándolo todo desde lo Alto y que pretende que todos veamos con su mirada) ¿Qué hay aquí abajo? ¿Qué dice la boca cuando se sincera consigo mismo?

Soy Nadie, o lo que es lo mismo soy cualquiera o más lógicamente, si algo que no es uno. Y si hay algo de amargor en ese descubrimiento, no será nunca, eso lo puedo asegurar, debido a la suplica constante de la Realidad (de Dios) que pretende realizarse con furia entre los mortales, a base de pasaportes, cuentas bancarias, nóminas personales, currículos y números de identificación fiscal.


lunes, abril 05, 2010

San Lamberto. A trabajar.


Ahora que ya pasamos, guarecidos en las sombras, estas tristes fiestas, ya nos toca volver al tajo y a destajo ir dejando las horas en sus nichitos, muertitas y anónimas. Y ya que hablamos, la otra vez, así muy por encima, que ya veo que esto de intentar profundizar es como cavar sin fin una tumba, de la pereza, pues pensé –puesto que la mala costumbre nos impone, que si hablamos contra la pereza, la gente va a creer que aquí estamos A FAVOR del trabajo- y que sería oportuno, hablar, también contra el curro, la chamba, el tajo, el laburo, como dicen los argentinos.

Y no es que yo estuviera por cerca de la cofradía de los labradores zaragozanos, no. Pero me vino a las mientes la historia de San Lamberto, un pobre mártir cristiano que por faltar a su amo, este le mandó decapitar. Y tan bueno y tan santo era el buen Lamberto que dijo, «no os molestéis, caballeros, que ya yo me arreglo el estropicio». Y, levantándose del suelo y recogiendo cual bártulo inútil su cabezica, se fue caminando hacia su tumba. Y acaso bien podría haberse enterrado a sí mismo si pudiera, como cuentan que se llegaron a hacer los ermitaños herejes que se mortificaban con votos de oscuridad y reglas comunes que se cuentan se hicieron en cuevas entre las serranías burgalesas y alavesas.

Y ahora bien, ¿qué tiene qué ver esto con el trabajo?

Es tan simple: ¡Mirad como la nueva iglesia nos pide la misma sumisión para él que San Lamberto tuvo para con su propia muerte!

Aún recuerdo grabado a fuego en mi memoria cuando me contaron que mi abuela, cuando iba, prácticamente echa un palito y desahuciada, al hospital, se negó, rotundamente, a que la dejaran ir sin haber hecho su propia cama. Hacer la cama de nuestro casi lecho de muerte. Creo que esa es la definición perfecta de lo que quiere el buen Dios de nosotros.

Lo curioso es que este santo sea el patrón de los labradores de Zaragoza. Que los labradores, los trabajadores y al fin, todo mortal que se le ha vedado, por el simple hecho de nacer al mundo y al Estado el gran privilegio de los que no-existen, pues siga el ejemplo, en la alabanza del trabajo, ese heroísmo inhumano de San Lamberto.

«¡A la tumba, compañeros! ¡Con brío y con la cabeza alta!» Parecen pedirnos, día con día.

Y en fin, se habla de trabajo alienante, se habla de cifras del paro, desempleo, marginalidad, etc. Pero todo eso sólo es para esconder lo más evidente. Para que nadie lo vea, para que agazapado se esconda ante todos los ojos que la buscan y que día a día se dejan los ojos, las manos, los pensamientos por ahí: ¿qué es lo que esconde todo esto? ¿Qué hay allá detrás de esos numerangos y esas cifras?

Acaso una sonrisa, una sonrisa y un cigarrito, el vuelo de una mariposa que distrae al labrador de su tesón y su futuro. Sí, ¡eso! Eso es lo que desesperadamente están intentando esconder y que nadie se de cuenta: ¡una mariposilla que cruza revoloteando ante nosotros y envidiablemente alza al vuelo a beber de las flores, mientras nosotros, (los animalitos predilectos del creador), de sabañones cubiertos, sin tiempo para la vida, tenemos seguir trabajando y construir en tierra un Paraíso para Él!






Pauvres rois, pharaons! Pauvre Napoléon!
Pauvres grands disparus gisant au Panthéon!
Pauvres cendres de conséquence!
Vous envierez un peu l'éternel estivant,
Qui fait du pédalo sur la vague en rêvant,
Qui passe sa mort en vacances.

(G.B.)

martes, marzo 23, 2010

¡Qué pereza! / ¿Qué es pereza?

(Gustave Courbet, Las mujeres dormidas o La pereza y la lujuría.
Sobra decir que a ninguna de estas dos guapas señoritas nos referimos en el texto de abajo.)

De repente, cuando estaba a punto de dormirme, pensando en las cosas que van y vienen en los problemas de la gente –de gente particular, pero que no viene al caso nombrar aquí, ya que puede ser yo mismo o cualquiera-, pensé: ¡tanto problema, tanto problema! Si en realidad todo le pasa por pereza.

Y de pronto ese palabro: PEREZA, se me empezó a deshacer en los labios. Pereza, pereza, pereza pereza pereza perezaperezaperezapereza. ¿Qué es pereza?

No, no se preocupen: por desconfiar y sospechar de la pereza, su servidor –ni ninguno de los que estemos por aquí abajo tirándole piedras a la Realidad-, les recomendará jamás el esfuerzo y el trabajo. Jamás. Se aclara por si se malentiende, que me consta que es posible.

Pero volviéndonos a lo que nos ocupa, es que no podía dejar de pensar en eso: ¿Qué es la pereza? Y me decía: Pero la pereza era un pecado… ¡y de los capitales! Así que ¿por qué ahora venía yo a sospechar de una cosa que se supone que tenía que ser un atentado mayor a las gracias divinas de Dios? ¿Por qué ahora esta incomodidad mía frente a la pereza? ¡La mía y la de los otros!

Porque yo también soy perezoso. Perezoso como el que más. Cada vez menos, pero pues, sí lo soy y lo era. Recuerdo más niño cuando estaba con mis padres, veía al viejo que se empantingaba su cachucha violeta, sus calcetines a media pantorrilla, sus pantaloncillos cortos que dejaban a la vista sus dos carrizos blancos y delgaditos y se iba a caminar a la montaña. «Vente, D. me decía.» Y yo, con la pereza acogotada en la garganta, y la tristeza de tener que desairarlo, le decía… «Otro día». La verdad es que el viejo me daba tres vueltas con sus ganas de ir para arriba y para abajo. Recuerdo que una vez en que le acompañé, me dejó atrás apenas comenzar y me dijo: «Nos vemos en la meseta.» No le vi el pelo en las tres o cuatro horas que se tarda uno en llegar a la meseta… Solo pensaba: «Me caguen dios, se supone que este sacrificio lo hice para pasar un tiempo con mi padre…»

Soy y sigo siendo un perezoso. Y me molesta ver la pereza en el resto de la gente (y en mí, y en mí), pero… ¿por qué? ¿Qué es esta pereza? ¡No puede ser la misma del pecado capital! No, no puede ser. ¿Cómo va a serla? Si esta yo la veo tan extendida y tan canónica que más bien parece el Santo Credo en todas las bocas. Si ya sabemos por qué nadie lee este blog, ni el de al lado, ni el de más allá, ni todos los que más o menos intentan –por lo menos lo intentamos, joder- decir algo: por pereza. Nadie escribe en condiciones por pereza, nadie lee con cuidado con pereza, nadie piensa, habla y dice todo lo que tiene que decir muchas veces por pereza. Pereza de meterse en barrizales, pereza de todo y por todo.

Así que esta pereza no puede ser pecado. Si entendiéramos que el pecado es lo que molesta a Dios, lo que atenta contra él; esta pereza que traemos encima parece más bien que le ayuda, le viene bien. Le hace estar más cómodo allá arriba, mientras aquí todos bostezamos.

Y es que esta pereza no es pereza. No puede ser simplemente pereza, gana de no hacer nada y dejar que todo se aburra de su propio ser. Lo que aquí pasa, lo que pasa en los momentos en que las personas se sienten atrapadas por su pereza -¿por qué, dígame usted si a veces no se siente ya asqueado de la pura repetición de lo mismo y lo mismo en la comodidad repantingada de su flojera?-, es otra cosa. ¡Tiene que ser otra cosa! A ver, porque no es una pereza que da gusto… como solo pueden dar gusto los pecados. No, no, al contrario. Es una pereza que da agobio, que incluso no le deja a uno hacer pecados… una pereza que con el solo hecho de serla le viene muy pero que muy bien a todas las Santas Gracias que sostienen la Realidad.

Y es que es, justamente, una pereza de hacer algo en contra de la Realidad. Una pereza de agachar la cabeza y dejar que la vida siga corriendo a sus anchas a su perdición en un futuro ya sabido. Es la gana de olvidarse de hacer algo aquí y empeñarlo todo por un futuro, una comodidad, una vida siempre futura. Me sorprendo mucho cuando traigo a la memoria esos miedos que cuando entraban todos mis amigos en sus respectivas licenciaturas y dimplomaturas de podredumbre –y yo naturalmente, me apuntaba a la mía, claro está-, todo el mundo tenía ese miedo en la flor de los labios: ¡trabajo! ¡futuro! ¡mañana! ¡dinero! Y yo, más o menos contaminado por semejante miedo, me comía un poco la cabeza sí, pero a la misma vez decía: ¡bua! ¡Si al final a todos nos dan por el culo! ¿Encima voy a estudiar lo que me manda el futuro?

Y realmente, realmente la vida no es tan mortal como la pintan, ¿no es así? Ya, ya, aquí exageramos a veces un poco los amargores de la Realidad –y quizá hacemos mal, yo no lo niego-, pero realmente la cosa no es tan grave… no es tan grave, quiero decir, cuando se trata de dinero y de pensar las cosas con tranquilidad –aunque me consta que los niños siguen sufriendo e inculcándoles ese miedo vivo y claro para que no se salgan nunca del redil-. Entonces, ¿por qué hacen eso? ¿Por qué todos seguimos tan tranquilos en el lugar que nos corresponde? ¿Por miedo? ¿Por pereza?

¿Y no será que la pereza es miedo? ¿Qué hay algo aquí adentro que teme, sí, teme, que se desgarre ante cualquier posible hacer? ¡Pero digo un hacer que de veras haga algo! No trabajar, ni construirse un futuro, ni hacer una familia, ni pagar el diezmo en la misa, joder. Digo hacer algo que sea hacer algo de veras y no simplemente hacer lo que ya estaba hecho, lo que ya estaba mandado hacer desde siempre. Esa pereza que mantiene todas las cosas en su sitio como una inercia saludable para el sistema. ¡Y qué bien le viene marcar a fuego en el corazón de los hombres al sistema creer que lo único contrario a la pereza es el trabajo!

¿Y no habrá otra cosa? ¿No habrá algo por ahí que no sea ni una cosa ni la otra? Que sea así pura acción… acción más alegre que la pereza y sin esa mortaja de tedio que lleva encima el trabajo.

¡Seguramente algo de eso tenía la otra pereza! (Me refiero a la pereza del pecado capital). ¡Sí! Esa pereza que no agrada a Dios sólo podía ser algo que no estaba hecho, algo que podía hacer que los horarios se incumplieran –aunque claro, hoy todo Cristo respeta su sacrosanto horario, y seguro que hasta algunos apuntan en la agenda una hora para hacer el perro y tirar la hueva.

Pues habrá otra cosa. Habrá otra cosa.



martes, febrero 23, 2010

Vida y muerte


Aclaremos, porque releyendo y repensando muchas de los artefactos que, en teoría, deberían ayudar a deshacer la Realidad, la vida y la muerte, ciertamente tienden a convertirse en algo que no son y siempre me queda la duda que intentando desbancar a la Realidad acabe subiendo al podio del éxito otra cosa que no... que no es.

Es siempre mi culpa, naturalmente. Parte de ello lo es, además de que estos discursos escritos sólo sirven para que la Realidad se los vaya a apropiando en la medida en que se fosilizan en lo hueco y lo falso, entre la negra tipografía que fija para siempre los errores de apreciación que en una oración escrita resultan tan poco útiles.

Hay que expresarse correctamente, y en ello no siempre se consigue decir lo que se quiere.

La vida y la muerte están ahí apareciendo muchas veces… y sin embargo no sé hasta que punto queda claro lo que son (o puedan ser para la Realidad y para lo que está fuera de ella) respectivamente.

Además de que, por otro lado, el hecho de decirlo –y en decirlo ya estamos obligados a redondear sus significados, cuando en realidad lo propio de cada uno de estas cosas es que esté abierta para que el viento de las bocas y la salvia de las lenguas los use a su antojo y acierte a deshacerla cuando quiera-, ya lo esté falseando de sí, ya está errando porque la referencia nunca está del todo clara.

Digamos que la primera regla metodológica en esto de ir contra la Realidad es decir que toda palabra es provisoria, que toda máquina es poco más que una herramienta que se usa en el momento pero que está a la espera de que, con más o menos ayuda de los que por aquí pasen, se mejorará y se pulirá hasta dar con algo más cercano a lo que necesitamos para seguir con esta guerra, más o menos alegremente.


VIDA FUERA DE LA REALIDAD (que dentro de ella, muchas veces, la llaman muerte)

Vida no es una meta. No es un estado, no es un lugar, no es un objetivo de la guerra. Esta guerra carece de objetivos. La guerra esta no es para ninguna paz futura ni para ninguna promesa que al final del esfuerzo se vea recompensada por alguna flor inesperada de alegría. Así no funciona esta guerra. Si fuera así, no se diferenciaría en nada de las otras paces y Realidad que nos rodea: como si la vida siempre fuera un lugar al que llegar, en el permanente anhelo futuro de la paz y la felicidad.

No. Vida será otra cosa. No sé bien qué es. Pero está ahí y eso nadie, que acuda con sentido común a las cosas, lo puede negar. Vida será lo que de pronto se abre, indeterminado e indeterminable, y se conecta –sin saber ni como ni por qué- con una herida profunda, fraguada acaso con el nacimiento de la propia persona. Vida será la repentina e inesperada sanación de esa herida por el extraño contacto con otra (otra herida) de cualquier cosa. Cualquier cosa, una canción, un amor, una flor, una poesía, una nube, ¡qué se yo! vida, por supuesto, no es una propiedad de lo que los biologos se empeñan en separar en ‘seres vivientes’ y no vivientes. Vida es otra cosa.


VIDA DENTRO DE LA REALIDAD (que fuera de ella, es la Muerte misma)

Naturalmente, dentro de la Realidad, Vida tiene otro significado. Vida se usa como sinónimo de dinero, de éxito, del cumplimento de ideal. Y así se dice: «Qué buena vida se tiran los ricos», o «en este pueblo miserable no hay vida», ya en sus connotaciones más ridículas: «Vive la vida loca» como sinónimo de fiesta, pachanga y sarao.

Vida entonces sí se sabe qué es: es lo que se vende desde arriba, lo que existe como el ideal perpetúo y que nosotros, mortales, apenas nacemos para alcanzarla. En ese sentido, como se puede ver, quien no conozca estos ideales, quien no esté rellenando con cada uno de los actos de su tiempo mortal esos ideales, ya compras de los mercados, ya concepciones de belleza y juventud, ya matrimonio y engendramiento de familia, ya sexo pleno y satisfactorio, etc. simple y sencillamente está muerto.

Es la persecución de esta Vida la que mantiene sometidos a ese ideal de futuro, e impone su ley de miedo y sometimiento, de compra-venta de tiempo y de prebendas, de seguridades y domas. Llamar a eso que no está aquí, que no se puede alcanzar –porque, digámoslo claro, el fundamento mismo de los Ideales es que no se alcancen, porque si cualquiera los pudiera lograr, entonces no tendrían el menor sentido ni podrían llamarse Ideales- Vida es la mejor forma de nunca conseguirla, de mantener a todos sobreviviendo en ese especie de limbo neoplatónico que se aleja de Dios y nos mantiene en el permanente anhelo de Él mismo.


MUERTE FUERA DE LA REALIDAD

La muerte, cuando está fuera de los conteos de vidas y tiempos, no puede significar nada. No está ahí. No es algo que se de en el tiempo. Sino acaso es el final –si se quiere ver así, pero aún esa conciencia de final, necesita la perspectiva del que vive, cosa que no se da, naturalmente, cuando uno es el muere.

La muerte fuera de la realidad no significa absolutamente nada, porque no es nada, ni merece ningún temor ni ninguna planificación ni ninguna angustia. No se sabe qué es, ese desconocimiento, pura duda, pura sombra, no tiene porque significar nada en el mundo sin que venga a hacerse UNA en el tiempo y la Realidad. Pero eso ya sería meterla en el tiempo, ya sería contarla desde la Realidad.


MUERTE DENTRO DE LA REALIDAD

Muerte dentro de la Realidad es una cosa en el tiempo, es el futuro. Es el destino al que se nace y del que todos intentamos huir corriendo directamente hacia él –justo como aquel romance del enamorado y la muerte, que ya en su tiempo comentamos o como Edipo-.

La Muerte dentro de la Realidad es, pese a los disimulos muy disimulados, la máxima realización de la Vida –dentro de la Realidad, claro está-. Es lo que los filosofantes desde los estoicos hasta los existencialistas –y más acá (Derrida, p. e.)- han estado llamando esperarse a sí mismo en los límites de la Muerte. Es en la Muerte en donde el ‘ser’ de cada uno llega a su máximo esplendor: es la entrada al Paraíso de las cosas terrenales.

La memoria, el nombre en la lápida, el epígrafe, la firma sobre el mármol –cuando no el mausoleo y el monumento- que certifique para siempre la entidad absoluta, redonda y bien establecida del muerto. Que diga: «Este cuerpo fue Sutanito Perengano, hijo de Su Mentada Madre y el Padre Altísimo. Sus familiares le lloran en el recuerdo y su memoria inmortal vivirá por siempre».

Esa Muerte es la misma aquella por la que Aquiles se deja los huesitos en el sitio troyano, esa Muerte que se da un cambiazo –por medio de un trampantojo bastante burdo y que se cae a las primeras- tan sabido de la Vida en la Inmortalidad –como si pudiera haber Vida en un lugar sin tiempo, en un paraíso que quiere semejarse a estar fuera de la Realidad –pero en la Muerte.


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Nada de esto es así. La vida –fuera de la Realidad- que no se sabe qué es ni como llega, ni cuando ni por qué –y como tal se va-, va y viene, viene y va como cotorra entre los abedules de un instituto que yo me sé. ¡Va y viene! Ni está ni deja de estar. No es ningún fin, ni ningún ideal, ninguna meta.

Obviamente si tenemos esta guerra contra la Realidad –que se compone principalmente de guerra contra los Ideales- es para intentar ver de que manera podemos conjurar a la Muerte: a esa Muerte y esa Vida dentro de la Realidad que son una y la misma, compuestas de contrarios para hacerse una con la otra, redonda idea. La guerra es contra esa Vida y también contra esa Muerte.

¡Quien sabe! ¡Algo vivo pueda yo tocarme desde acá! ¡Alguna herida que hurguemos juntos todos y que brote el clavel caliente del amor y de la vida, mezclándose todo sin término, límite y fin! Aunque sea un poco… un poquito, una endeble amenaza de rotura de la Realidad.


jueves, febrero 18, 2010

¿Vida privada?

No es coincidencia que aquí me resista con fiereza a hablar de la vida privada esta que me toca. No es coincidencia pero tampoco es honesto del todo. Por lo menos no queda más remedio en hablar sobre el silencio de mi vida privada y del por qué tampoco eso sirve para nada.

La vida privada de uno no es más que el residuo más pequeño de la Realidad. Realidad es el nombre equívoco y a veces odioso de una serie de ideales ya preestablecidos a los que uno despierta un buen día, sin saber muy bien ni cómo ni cuando. No es del todo honesto simplemente apartar la vida privada, porque, naturalmente, esa vida (que a ver quien me dice cómo puede ser vida y a la vez ser privada, que es lo mismo que decir que es la vida de uno, la vida que es propiedad de uno, la vida que controla uno, y cómo en algo que está controlado –aunque sea uno mismo el que lo lleve- puede haber algo de vida que de verás sea vida). Algunos se llevan bien con esa guerra que les propone día con día, otros despertamos un poco asqueados cada mañana para mirar por la ventana y ver cómo la Realidad se extiende ante nosotros en forma de grandes edificios.

Vida privada. Privado. Es acaso en ese diminuto reino de la alcoba en donde se atrincheran a placer los ideales más molestos, los más redondos, los más aceptados.

A nadie, creo yo, ojeando las palabras que dejo en este maldito blog (grandilocuente y pretencioso donde los haya), con un mínimo de atención, se le escapa de que hay ciertos temas que me dan más que pensar que otros. El amor, la muerte y yo mismo. Si acaso me dan guerra estos temas, no es porque yo la esté buscando… no me tengo por pendenciero. Es simplemente que me los encontré, ni se muy bien el cómo y el por qué, se han levantado ellos contra la poca alegría que invade a veces mis días. Se levantaron ellos, se han levantado siempre una y otra vez, Amor, Muerte y Yo (La santísima trinidad de la Realidad), a mi no me queda mas que entrarle al quite, inventarme una estrategia sobre la marcha e intentar que haya las menos bajas posibles.

La Realidad no es mala. Simplemente triste. Lo que le pasa a la Realidad para que sea triste es que es la que es. Es lo que le pasa a mis amores, lo que le pasa a mi muerte futura –y a la vida privada a la que tengo que sobrevivir que es simplemente su revés- y por supuesto a mi mismo es que todos ellos, a veces, cuando no tengo más remedio, son los que son. Y cuando las cosas son las que son… son tristes. Tristes y solitarias: privadas.

Claro que hay gente que se lleva bien con la Realidad, que se lleva bien con la guerra declarada del mundo y hace suyo el mandato de resonancia militar que vomitan a cada paso los televisores y las publicidades de la Realidad: ¡sé tú mismo! Invitación, amenaza y salvación para algunos… todo al mismo tiempo.

Yo también escucho eso… lo escucho constantemente y a veces la confundiré hasta con mi propia voz –como si la voz pudiera pertenecer a alguien-, y es que hay momentos, momentos en donde no puedo más. Simplemente eso… no puedo más con esta guerra y a veces quiero, sí, quiero que venga la Realidad y me lleve así entre su corriente de cosas que van cayendo: a veces al suicidio, a veces al triunfo y al éxito, al esplendor de los Ideales. ¿Habrá acaso alguna gran diferencia entre ellos?

Tampoco me gusta mucho este símil de la guerra, porque es equívoco. Pero el desgarro es básicamente el de una guerra… la tristeza es la de una guerra, el sentimiento es el de una guerra y a veces la única manera de no dejarte caer en ese cause de la Realidad es pensar que hay un enemigo… que verdaderamente hay algo contra qué luchar. Sin embargo siempre estoy hablando de mí… es contra mí contra el primero que estoy luchando, yo soy el primer baluarte de la Realidad.

Yo. Alejandro Vázquez Ortiz. Ese nombre que me hace uno ante ustedes y ante el reflejo en el espejo. Ese es mi más grande enemigo, el más despreciable y horrendo. El más crédulo y tonto, mi más cruel verdugo.

¿Qué ocurre pues ahí cuando surge de pronto el Yo –si ese Yo determinado con su artículo y todo-, en medio de la más absoluta alegría de no saber lo que se es?

¿Qué pasa cuando viene a apropiarse de los insultos o de las caricias? A establecer la economía del dar-te doy, de la apropiación de la identidad de ese que se ve en el espejo o incluso a hacerse propietario de las palabras que va dejando tras de sí, que dice: ¡este soy yo! ¡Aquí podéis verme! ¡Aquí estoy yo!

Mentira… nada de eso es verdad.

Y sin embargo, ocurre. Sin embargo, se da. No sé por qué, es uno de los misterios que más nos vienen preocupando a los que estamos aquí abajo, perplejos de ver como el mundo parece querer ser el que es, a pesar de que en ello y por ello se abre la herida fundamental, la más grande de todas y la constitutiva del Sistema este que padecemos de las democracias, los dineros, las políticas baratas y ridículas: la herida de ser el que es, como una permanente raja abierta y sangrante entre la piel de uno y el resto del vivo de las cosas que están ahí sin fin y ante el que nuestra pequeñez sólo puede aspirar a deshacerse en el olorcillo de una flor gratuita.

Sí.

La Realidad, mal que bien, nos obliga a adscribirnos a nuestros pasaportes, a nuestros currículos, a nuestras identidades particulares. Incluso este espacio ridículo abierto no esta abierto para ser un digno combate contra la Realidad, sino apenas para construir el futuro currículo de un futuro industrioso productor de cultura… que eso es a lo único que puede aspirar uno que está aquí… y aunque esté obligado a ello, no por ello vamos a cantar la contradicción, a ponerla en negro sobre blanco y acaso haya cometido el error, más de una vez, de creer que de verdad esto servía para algo.

No. No sirve. Y aún así aquí seguimos.

No sé bien para qué. No sé bien por qué. No va a haber honestidad aquí, no la encuentro por ningún lado. Habrá como mucho algún breve testimonio de la herida que nace ante ser quien soy y el daño que explota ante la contradicción del miedo que se nos impone a la hora de aceptar o no el Nombre que nos da la Realidad y que nos constituye y nos permite los éxitos y fracasos, las culpas y las recompensas, los amores y los odios.

¿Qué se le va a hacer? Uno tiene que estar ahí, como un acróbata –quizá ese sea un mejor símil que el de la guerra-, jugando a estar siempre una cuerda floja y el equilibrio es propiamente la lucha. No habrá paz, no aspiro a ella. Simplemente a detener los claveles de las heridas… como sea, como se pueda.

¡Valga ello para lo que valga!