martes, mayo 26, 2009

Contra las Máquinas


Disculparan los pocos que usan de estos artefactos el hecho de que su publicación esté prácticamente reñida con toda periodicidad. Afortunadamente el buen Juan Charrasquea de la Colina y su Maestro Orejuela, saben hacernos las delicias por mientras.

Ahora bien, hay que hablar contra las máquinas –hablar, que es razonar (¿se va viendo que la única manera de verdaderamente hacer algo contra la Realidad es hablar contra ella? ¡Hablar que es hacer!)

Una de las grandes ventajas de las máquinas –aunque la ciencia ficción nos quiera enseñar lo contrario- es que no se ocupan de sí mismas, no practican aquel viejo predicamento socrático del ocúpate de ti mismo –una versión probablemente helenística de ese otro, más platónico, conócete a ti mismo. Es decir, no procuran autoconservarse. Las máquinas que de verdad son máquinas –y en tanto máquinas- no procuran perpetuarse; y ante ese maravilloso gesto de desprendimiento, no hay contradicción alguna en hacer una máquina contra las máquinas.

Y la cosa tiene su importancia. Como recordarán la vez pasada dije, sin reparar mucho en ello, que la Realidad era la Gran Máquina, o como alguna le llaman (aunque el vocablo me suene demasiado teológico y aún temeroso de creer de que cuando se entablando de él se está hablando de Dios): el Sistema. Y sin duda a alguno, como a mí, le haya asaltado la duda: ¿Cómo? Si la Realidad es una Máquina, al crear más maquinitas –o artefactos- como aquí lo estamos haciendo, ¿no estaremos, por el más sencillo de los silogismos, reforzando la Realidad que pretendemos combatir?

Y ante esa duda, por demás razonable, no nos queda otro remedio que aclarar:
Tiene que haber dos tipos distintos de máquinas (no es afán de taxonomía sino la manera en que se impone la verdad del uso de las máquinas, aunque –si se prefiere- únicamente hay una máquina y el resto que parecen máquinas, no lo son).

Antes de pasar a decir qué tipos de máquinas hay, tenemos que pensar en definir a la propia máquina… y con esto de las definiciones siempre nos hacemos un lío gordo por la simple y terrible razón de que la palabra nunca se deja cerrar del todo.

(De tiempo para acá me he dado cuenta, hablando aquí y allá, que
cuando uno se propone una cosa tan espantosamente imposible como decir ‘el ser’
–eso del ‘ser’, tendremos que hablarlo largo y tendido en otras ocasiones, hoy
pasamos de largo para no perdernos demasiado-, se pueden cometer dos clases de
errores: 1) separar esa cosa de las cosas con las que está en contacto de común
de tal manera que, en un afán de presentarla en estado puro, se acaba dando
cuenta de otra cosa que nada tiene que ver con la que en un principio
pretendíamos definir –errores, los más comunes entre los científicos y que se
potencia más y más con esto de la especialización del conocimiento-; y 2) que se
cree que cuando se habla de una cosa en contacto con las demás se puede llegar a
agotar esas cosas con las que entra en contacto y que a través de una especie de
lista taxonómica de casuística se pueda de verdad llegar a decir la definición
que buscamos. Así preguntando la cosa más simple y sencilla del mundo, p. e. el
clásico ejemplo de ¿Qué es un zapato?, no podemos mas que declararnos
incompetentes para abordar tal definición. Ambas son erróneas por cortas, la
primera quiere encontrar al objeto desnudo, purificado y en sus límites… la
segunda es un poco más sincera, aunque para ser correcta tendría que ser
infinita.

Esto es lo que Heidegger formula de una manera más pedante y
dificultosa de entender diciendo (¿Qué es metafísica?, Ed. Alianza, trad. Cortés
y Leyte, p. 14) «toda pregunta metafísica abarca siempre la totalidad de la
problemática de la metafísica.» Y aunque luego el buen Martinico se decanta por
centrarse en su Dasein, su observación no es menos zagas ni oportuna: toda
pregunta por el ser de una cosa, en realidad, en el fondo, después de ocuparse
de deshacerse de todas las particularidades –que ciertamente no son la que dan
el ‘ser’ a la cosa que es-, uno acaba descubriendo que desde siempre era la
pregunta por el simple y desnudo ‘ser’.


De esta manera se ve que toda definición es falsa y errónea. Porque lo
que hay es
siempre sin fin… y toda
definición es –por definición (porque definir quiere decir separar y la
cosa entre las cosas es de por sí inseparable)- incompleta. Y, por supuesto, consideramos que la pregunta en la que se detuvo Heidegger durante toda su
vida, no estaba, pese a los buenos frutos que dio –que por lo demás,
no fueron producto nunca de su intención-, correctamente formulada: es
decir, que a nosotros no nos ocupa ‘el ser’ de ninguna cosa. Y parece que,
como siempre –como antes hicieron Aristóteles, Descartes y su compañero
Husserl- lo único que hizo fue salvar la metafísica.

Habiendo dicho esto y recalcando que pensar una cosa es pensarla
entre las cosas, lo que la hace de sí inseparable y por tanto
absolutamente infinita –es decir, sin límite alguno-, decimos todo
lo que se dice aquí es de carácter puramente provisional e incompleto).


Digamos pues, que en su acepción más sencilla una máquina es algo que sirve para algo. Y punto.

Esta sencillez, como se ve, sólo puede separarse por una cuestión:
Esta es a quién le sirve.

El primer tipo de máquina le sirve al pueblo, el segundo tipo de máquina sirve a Dios (en ese sentido, es bastante posible que el segundo tipo de máquina, no sea verdaderamente una máquina, pero el tema de la purificación del lenguaje nos puede llegar a grandes equívocos de los que prefiero alejarme y dado que se les llama indistintamente, a unas y a otras, máquinas, no nos queda más remedio que aceptar sin más tal designación).

Ejemplos de las máquinas que sirven al pueblo –esta denominación traerá a colación numerosas apostillas que hemos de posponer para un momento más oportuno- son el fuego, la palabra, el ferrocarril, la memoria, ¿la radio?, etc. Ejemplos de las máquinas que sirven a Dios son el automóvil, la carretera, la televisión, la tarjeta de crédito, los ordenadores, la escritura, etc. Evidentemente esta separación –que es incompleta y falsa, como todas las separaciones- encuentra numerosas excepciones y los usos y quehaceres que se le puede dar a una máquina no siempre están imbuidos en el propio artefacto, y habrá veces (¿quién sabe?) que como producto de industriosos esfuerzos, uno consiga hacer que la escritura, p. e., sirva de verdad para el pueblo… o en otras palabras: en contra de su connatural designio, la escritura combata a Dios.

Pero, ¿de qué manera unas y otras sirven? Es bien sencillo y práctico.

El primer caso es bastante evidente –si comulgáramos con ese deseo de purificar al lenguaje, podríamos decir que cuando una máquina sirve al pueblo es cuando de verdad es una máquina-: cuando una máquina simplifica un trabajo, entonces… tenemos una máquina para el pueblo. (Lo dificultoso es que, evidentemente, estas máquinas, por lo general, siguen gobernadas por la Máquina de máquinas de hoy día que viene a ser Dios –por otro nombre: Dinero- y por tanto es demasiado simplista y torpe decir, por ejemplo, que una tuneladora o un robotito de las minas viene a simplificar y hacer más sencillo el trabajo de los barrenistas y los mineros si tenemos en cuenta que lo que se produce con ellas es siempre más Dinero). Quizá el ejemplo más claro y precioso lo tengamos en esa extrañísima máquina de la palabra. Ese sorprendente tejido de formas gramaticales, palabras sintagmáticas y aún, un denso manto de palabras semánticas que permite, por una extraña y misteriosa operación –que por más explicada que esté por los neurólogos y psicólogos no deja de ser extraña y misteriosa- nos permite ¿comunicarnos? –la palabra no me gusta-. (Aunque es un hecho que el lenguaje, usado de una determinada manera, sirve como una Máquina de Dios, haciendo su realidad, su lenguaje teológico, sus conceptos intocables, etc., lo cierto es que ese uso es bastante restringido en el uso verdadero de la lengua y tiene unos mecanismos bastante concretos que quizá vayamos viendo por acá poco a poco…) El lenguaje es la máquina más importante de todas, la que más nos sirve, la que va descosiendo la realidad a medida en que se va hablando –y quizá a la misma vez la va reformando en una especie de guerra perpetua-, pero que es el mejor medio –gratuito y disponible para cualquiera- para atacarla.

La palabra es el mejor de los artefactos contra Dios y su Realidad... y por ello mismo es la máquina que más sirve al pueblo.

Ahora bien, ¿y el segundo caso? ¿Qué máquinas sirven a Dios? Son las más, eso está claro. Pero antes de dejar claro de qué manera sirven a Dios, hay que decir que sin esa servidumbre de la Máquina, muy probablemente Dios no podría sostenerse. Dios necesita de las máquinas, como de los sacerdotes y de los ángeles… porque Dios no es nada ni hace nada… Deja que todos a su alrededor, desde los automóviles, las catedrales, los museos, los motores de combustión interna, los radio-telescopios y las cuentas bancarias estén demostrando a cada paso su existencia. Sin esa demostración, Dios no podría sostenerse por sí mismo.

Una vez dicho esto… tomamos un motor de combustión interna, un avión, una polea, o lo que sea... y lo ponemos a funcionar. Ante ese funcionamiento caben dos observaciones, 1) que la polea disminuye la fuerza necesaria para mover un peso, es decir que hay una especie de transformación en el quehacer de la cosa más o menos inútil, o 2) que la polea funciona de una determinada manera ante unas condiciones dadas y que, si fuese posible que los materiales no se desgastaran, la máquina podría seguir funcionando infinitamente sin variar uno sólo de sus movimientos. Esta infinitud de las repeticiones es la que esta demostrando su existencia: es decir, que dadas las mismas condiciones infinitamente, la polea se estaría comportando de la misma manera, siempre.

Toda caída de un avión, todo accidente de tráfico, todo fallo mecánico, tiene para Dios una explicación, una causalidad. Esta mentira que los científicos anuncian sin ningún empacho diciendo que no existe nada que sea inexplicable, que los fenómenos desconocidos están siempre por explicarse –como si la explicación no pidiera tantos axiomas misteriosos como los propios misterios teológicos de la encarnación-. Las máquinas funcionan no debido a imperfecciones mecánicas, sino que constitutivamente al funcionamiento se encuentra el fallo. Las ruinas ridículas de la razón no resisten, ni mucho menos, la embestida de un martillo que estalla en mil pedazos cuando se utiliza contra un clavo.

Por ello es que las máquinas, por más uso que le demos, ya sea para guerrear contra la realidad o simplemente utilizarlas para que el día a día se vaya emancipando poco a poco de trabajos engorrosos, lo cierto es que por todo lo alto siempre van pregonando las leyes con las que funcionan, el orden que las mantiene en funcionamiento: la mentira que van exponiendo con su simple desarrollo.



jueves, enero 22, 2009

«Yo mismo», un caso de cosa


Vámonos haciendo espirales, ¿les parece? Quiero decir que no cometeremos aquí la torpeza de creer que se puede seguir hablando y profundizando en las definiciones del tema Realidad hasta agotarlo, porque, como ya se imaginarán, la cosa de las cosas no se deja agotar, ni estas maquinitas no se pertrechan para empresas tan magníficas ni gloriosas (que ya se verían ellos atacando a gran escala, como reemplazadoras de la Realidad misma), y todo ello sin contar la manera en que aburrimos al personal. Así que, posponiendo la seguridad de tener que habérnoslas con Ella de formas más directas, hablemos de otra cosa.

(Aunque decir 'otra cosa' es inexacto, porque ya con ser 'cosa' (res), ya se está hablando de Ella, aunque ni la nombremos ni nos haga falta hacerlo, que para eso sabemos que estar contra la 'cosa' es estar ya contra la Realidad y seguir en estas batallitas)

Y en fin, de lo que quería hablar era de usted y de mí... de cualquiera que sea uno y que, siendo uno, no podrá evitar ser un caso de cosa. Una cosa entre las demás. El asunto tiene su importancia. Ya en su momento dije que estos artefactos no eran -ni mucho menos- para que los usara alguien. No se trata de esa rancia pelea por las 'libertades individuales' (que ya me dirá usted como una palabra caza con la otra). No. Las máquinas tienen que estar también para atacarnos a nosotros en la medida en que también seamos parte de la Realidad, y nosotros, en la medida en que somos personas, sujetos, 'yoes', etc. somos parte de Ella, y aún, creo yo, uno de los pilares más importantes en los que se sostiene.

¿Por qué, entonces, íbamos a nosotros a merecer otro trato? Si somos un caso de cosa, sin duda, una cosa que usa una máquina sólo la puede utilizar para seguir creando más y más cosas, es decir, más y más Realidad. Si maldecimos el contorno de la piedra, la separación del pájaro y la rosa, el límite del triángulo, la medida de la escuadra, ¿por qué no íbamos
a maldecir el contorno de nuestra alma, el perfil de nuestro 'yo', y hasta la separación y terminación de la piel de uno y de otro?

Aunque ya veo a más de uno que esto le provoca problemas. Al fin y al cabo, una de las oraciones de la Realidad, dice otra cosa sobre nosotros. Dice: uno es uno e indivisible, por eso se llaman individuos, y si uno es uno sólo puede ser un 'sujeto', pero nunca una cosa, nunca un objeto, nunca parte de la Realidad, sino la parte percipiente -que percibe- la Realidad del Mundo. ¿Cómo entonces es que somos una cosa entre las cosas?

Citamos, antes que nada, a don Agustín García Calvo (por no romper con la costumbre), hablando de los objetos de la psicología, ('El Yo que no soy yo', Contra la Realidad, Zamora, 2002, p.197):

Como os advertí antes, el termino en sí, este objeto de la psicología dicho como 'alma', es una cosa anticuada, suena muy mal (para algo las ciencias progresan), pero, a cambio de ello, se han desarrollado otros como es 'la persona', 'la personalidad' y todos los demás nombres de los mecanismos anímicos a los que estás de sobra acostumbrados. Y, en último término, con ayuda, a iniciativa de filósofos y, después, del propio psicoanálisis, se inventó el yo, que es la manera más hábil y directa de dar el cambiazo: en lugar de 'mí' está 'el yo'.

No sólo está 'el yo', sino que, si me descuido, está 'mi yo' y 'tu yo', es decir, meros disimulos para evitar decir 'alma', para evitar decir 'mi alma' y 'tu alma'; es decir, disimulos porque, en definitiva, con sólo el truco ese de sustantivarlo y poner un artículo ("el yo" o "mi yo" o "tu yo") ya se le está convirtiendo en una realidad: en una realidad que no era cuando estaba vivo. Una realidad que yo no era cuando estaba vivo. Vuelvo con esto al título: que el yo no soy yo.

Aunque, bueno, aquí vamos a detenernos, sobre todo, en la manera en que uno se hace cosa, y no ya tanto -que en otra ocasión podríamos hablar- como se puede seguir usando 'yo' sin convertirlo en cosa -es decir, como puede que aún uno pueda seguir medio vivo, a pesar de todo-.

Y ya entrando en detalle, como decía el otro, no hay uno sin dos, ni dos sin tres. Y así es como se nos hace ya imposible vernos a nosotros solitos, o por lo menos no sin darnos cuenta que tiene que haber otro por ahí que nos esté mirando y rondándome por la mente.


Mejor; que en estas falcedades -y necedades- de la Realidad, que sólo pueden parecer verdad a fuerza de repetirse cual letrilla de jardín de infancia, de que uno tenga su 'yo' o de que, en resumidas cuentas, uno sea uno, se ve claramente como falsos con el sólo hecho de pensarlas y seguirlas.

No vamos a entrar en esos detalles -muy válidos, por otra parte- de preguntar: ¿Dónde está 'mi yo' dentro del cuerpo? Ni de: ¿cómo se construye 'mi yo'? (Y fijarse que ya con el sólo hecho de enunciar la pregunta ya nos tenemos que dividir en dos, 1) que lo tiene que haber, porque así lo dice la ciencias y sus psicologías, y 2) el que duda, que no sabe localizar al primero). Ya las doctas teorías de los neurólogos sabrán apañarselas con esas mentiras, intentando a la desesperada, hacerlas pasar como verdades.

Uno sólo tiene que darse a la tarea de saber y enunciar esa mentira de la Realidad y dejarse rodar por el razonamiento. Y así decimos: Hay uno -que soy yo- que es único y está viviendo y percibiendo el mundo. Y para no meternos con cuantificadores existenciales, si lo quisieramos traducir a la lógica de enunciados sería algo como:

U→M

Donde, U es uno y M es el mundo. Pero ya el sólo hecho de decirlo nos tiene que estar revelando que por lo menos tiene que existir otro que esté, a su vez, viendo a ese uno que está en el mundo. Y se sigue que: Hay otro que ve y puede enunciar que 'hay uno -que soy yo- que es único y está viviendo y percibiendo el mundo.' Que se diría algo así como:

O→(U→M)

Y ese otro ya no puede ser ese uno que soy yo, ¿o sí? Y si en eso se resolviera todo, la cosa no sería tan grave, pero ya el hecho de darme cuenta que esta cosa tan rara ocurre, me está indicando que tiene que haber por ahí un tercero que este viendo todo el tinglado montado, y al que la duda lo acosa, de no saber si es uno u otro, si el que está en el mundo o el que ve al que está en el mundo, por tanto la cosa termina así:

T→(O→(U→M))

Y ya me dirán ustedes cual 'yo' es el verdadero, si la persona que escribe bien se identifica con todos. Lo que es claro es que el que está en el mundo, el que lo ve y el que ve a estos dos últimos, no pueden ser uno y el mismo al mismo tiempo.

Y ya ustedes que habrían de estar percibiendo un malestar con esto de que haya tantos yoes y tues, deben de estar haciéndose una idea de cómo la Realidad -como la Máquina de máquinas que es- se las apaña para que estos absurdos (que se siguen del honesto razonar de sus proposiciones) no ocurran muy a menudo.

Y lo que hace es suspender el juicio llegando a un momento dado. Y simple y sencillamente se detiene en el Otro, pero siempre y cuando este no se vea... Y dice algo así como:
Hay uno -que soy yo- que es único y está viviendo y percibiendo el mundo. Agregando al hecho, un pequeño corolario que dice algo así como: Y el que lo ve es justamente el mismo a través de una propiedad de reflexividad. Y así mantiene en secreto a ese Otro que lo enuncia:

o → [(U→M)↔(U→M)]

Que la o minúscula, está por ese otro que lo enuncia, pero que no se ve. Pues en el hecho de detenerse encuentra todo su sentido y su razón la Realidad. Puesto que si nadie se pone a ver que hace ese Otro ya no puede ser que vara a decir que sea un enunciado, ya no es lenguaje, sino que es la suma o la conclusión de una Verdad regida por las otras dos premisas solas, es decir, una cosa que se desprende del hecho de que haya uno que anda por el mundo. Y al no ser ya lenguaje la oración entera, ya no puede pasar por un enunciado que viene de mí y por tanto no puede ser yo. Y siendo siempre de Otro ya nos llega como la palabra de la Realidad (o Palabra de Dios, que viene a ser lo mismo). Tanto así que tampoco hay empacho en concebir -en uno mismo, porque al fin y al cabo, alguien tiene que hacer carne la lógica- un enunciado que diga: Hay individuos varios que están por el mundo, es decir:

({U1, U2, U3,… Un}→M)

sin que ya este Otro se deje ver (aunque dejamos los paréntesis para que quede constancia que es un enunciado y tiene que haber alguien que lo esté diciendo) y así desde las sombras ese Otro sostenga lo absurdo de que todas las proposiciones de la Realidad (aún a diferentes niveles de conocimiento
-por diferentes niveles me refiero a:
1. Veo una mesa.
2. Percibo que veo una mesa.
3. Veo que percibo que veo una mesa.
Que estos niveles sean sin fin o no, no lo he pensado aún así que no me atrevo a pronunciarlo así a secas, pero por lo menos estos tres seguro que están-)
tengan que pasar por mi boca, mi conciencia, mi hablar, etc. para poder estar presentes y figurar, ya en los libros de ciencia, psicología o constituciones estatales.

Y así ese Otro que habla -que también soy yo, pero nadie quiere que me de cuenta- y que dice que eres 'uno viviendo en el mundo', se convierte en Dios, en ese que habla, actúa, piensa, etc. sin ser visto... Que su condición primera para ser Dios es justamente esa: perderse en la tiniebla de la negatividad. ¿No decía ya en el Pseudo-Dionisio que la mejor manera de encontrar a Dios era negando todos los predicados que estrictamente no podían aplicarsele, y así llegar a la Tiniebla esencial? Y ya tenemos que Dios es algo así como el vacío o la nada: natura quae nec creat nec creatur, como diría Eriúgena... y que sin embargo Habla.

No cabe duda: esta maquinita que tenemos servirá para dejar que los razonamientos caminen y se les deje correr libres y no se les detenga a fuerza de axiomas ni dogmas -ni por supuesto, teorías sacadas de la manga de cualquiera: puesto que eso de la reflexividad implicaría tener, algo así como un espejo, en donde el 'yo' se revele a sí mismo y ello me parece tan misterioso y tan inexplicable como el dogma de la Santísima Trinidad-... Ya veo que con el sólo rodar del razonar ya se cae esa mentira que alguno tendría como verdad: esa de que uno es uno.

Y en cuanto a la cátedra a seguir, por lo menos hasta que volvamos sobre estos temas de usted y yo y de cualquier otro que tenga la desgracia de haber venido al mundo como sujeto y que es su 'sí mismo', yo me quedo con Víctor Jara.


miércoles, enero 07, 2009

¿Qué es la Realidad? Realidad y definición.


Ya van viendo ustedes que nos lanzamos a hacer una ingeniería contra la realidad sin siquiera pararnos a dar cuenta de ella; sin parar mientes en definirla o por lo menos tenerla bien presente y delimitada para cuando la ataquemos.

Y ¿no se habrán dado cuenta? ¡Que la realidad no se puede definir! O por lo menos eso es lo que ella -y sus defensores- quiere que se crea. Pues ¿cómo se iba a definir 'la Realidad' que es la suma de todas las cosas y no se puede salir uno de ella para poder decirla sin que en una cosa este metido uno y por tanto ya de 'la Realidad' sigas siendo parte? Y así cualquier definición que demos, estará necesariamente falseada e incompleta.

O como dice Lucrecio: (De rerum Natura / De la Realidad, I, 1008-1013. trad. de Agustín García Cavlo):


Aún más, que no pueda la suma de cosas medida ella misma
ponerse, Natura lo impide, que al cuerpo a que se defina
con el vacío y con cuerpo a lo que es vacío le obliga,
de modo que le haga ser toda por uno u otro infinita,
o que también uno y otro, si el otro no la limita
se abra, no ostante, con simple su ser sin fin ni medida.

[Ipsa modum porro sibi rerum summa parare
ne possit, natura tenet, quae corpus inani
et quod inane autem est finiri corpore cogit,
ut sic alternis infinita omnia reddat,
aut etiam alterutrum, nisi terminet alterum eorum,
simplice natrua peteat tamen inmoderatum.]

Y según esto se nos vuelve ya imposible definirla... salvo eso sí, por medio de la 'nada' o el 'vacío'; negativamente: diciendo algo así como Realidad es todo lo que no es nada, queriendo decir con ello que cualquier cosa que sea algo ya viene a poder sumarse con otras cosas que tengan la misma propiedad -la propiedad de ser- y por tanto a ser parte indistinta de la Realidad. Y aunque tomemos a la 'nada' -o vacío, como diría Lucrecio- como otra cosa más entre las cosas (y siendo algo positivo vendría a seguir siendo cosa y por tanto, parte de la Realidad) o si acaso la tomamos como una no-cosa o la anti-cosa, pues ya nos damos cuenta que lo único que puede poner cerco a la Realidad es justamente lo que no puede cercar nada y por tanto, de las dos maneras se nos vuelve infinita e imposible de definir.

Entonces no se le puede ya comparar con otra cosa que le de su ser, que la limite, que la abstraiga y la separe, porque cualquiera que sea esa cosa Ella ya se la come y con el sólo hecho de ser cosa -res- ya es parte suya y no vale para que nos aclare las cuentas. Y si se define con lo que es 'nada', pues bien poco -cuando no nada- se está diciendo sobre ella.

¿Y si nos queremos creer que la definición de la realidad se nos puede dar a través de lo que no es real, pero que sigue siendo cosa; por ejemplo, un sueño?

El sueño es 'irreal' como luego dicen, cierto. Pero no puede serlo del todo si es cosa. Si es cosa, tiene causa, si tiene causa es real. ¿No hay cientos de investigadores, psicólogos y neurólogos que van a la caza de desentrañar el secreto del sueño y ver la causa de su aparición y los hilos narrativos que le recorren? Que si los sueños son deseos reprimidos, depuraciones de la memoria o acaso traumas del subconsciente...

Esto de 'irreal' lo que nos hace es darnos cuenta que pueden, sí, existir grados de Realidad. Y no tendrán la misma Realidad, por ejemplo, Dios y el miembro número 143 de una manada de ratas que corre a través de una alcantrilla. No tendrán el mismo grado de Realidad, por ejemplo, los presupuestos autonómicos del año 2009, que los objetos voladores no identificados que aparecen en los vídeos amateurs, aunque eso no significa que unos y otros no sean reales, sino que su grado de Realidad varía.

(Esto del grado de Realidad, no es tampoco nada nuevo para la historia de la filosofía: y ya se encontraban en las teologías neoplatónicas y neopitagóricas de la época helenística. Con Plotino, Proclo y Boecio. Y si me apuran ya en Platón comienza esto de los grados de Realidad, con aquella línea que separa las cosas verdaderas -que para Platón eran, por supuesto, las ideas- y el resto de cosas terrenales y concretas, que aunque no se pudiera decir que eran 'nada', sí se podía decir sin ningún problema que no poseían en mismo grado de Realidad que las otras. De esto mismo se derivan las jerarquías angélicas y las hipóstasis divinas que van desde la Santísima Trinidad, arcángeles, ángeles, querubines, santos, beatos, etc.)

Y lo único que nos queda es ver cómo la realidad más bien se define, no tanto por contraste con lo que limita -si acaso con tal o cual hipóstasis- sino justamente con la separación misma, con el límite que conforma todas las cosas. Como en aquel poema de Machado.

Y es justamente la separación que nos va diciendo que las cosas son las que son, las que permite que haya Realidad, y aún la definición es únicamente una separación de una cosa del resto de cosas. Ya se nos va haciendo claro, espero, el por qué la Realidad no puede definirse: porque es usar el mismo procedimiento, es hacer más Realidad en la medida en que se define la Realidad. Y así, cualquier definición que se dé, (Realidad = x) estará siempre pidiendo un elemento más -por lo menos- que es ella misma (Realidad = x + 1) y de esta manera nunca se dejará agarrar ni meter entre límites.

Así pues ahora nos toca seguir viendo las relaciones de la Realidad con el resto de las cosas, para ver de qué manera vamos todos por acá a atacarla sin cuartel.

De todas maneras eso no quita, por más 'real' que sea esta situación, que nosotros acá nos lanzemos contra ella... Porque el temor que puede llegar a surgir está no tanto en que no sepamos que es -porque se sabe en la medida en que se sabe que es TODO, aunque no se deje definir-, sino porque podamos llegar a creer que es todo lo que hay y ya nos entre el miedo de que erradicando lo 'real' nos vayamos a quedar con el Vacío o la Nada. Pero no. Tengan la seguridad de que por allá abajo -aunque sea en los últimos estatuos hipostásicos, en los últimos niveles ontológicos- siempre hay algo de veras bueno y de veras alegre, aunque no sea Real -que no sea cosa, ni se pueda contar-. Y lo demás... lo del cielo, lo real: lo maldecimos a porfía.

lunes, diciembre 22, 2008

Apostilla de la negación: desdibujar la realidad. De las diferencias entre idear y razonar.


Pensar el mundo es como hacerlo nuevo
de la sombra o la nada, desustanciado y frío.
Bueno es pensar, decolorir el huevo
universal, sorberlo hasta el vacío.

Pensar: borrar primero y dibujar después,
y quien borrar no sabe camina en cuatro pies.
Una neblina opaca confunde toda cosa:
el monte, el mar, el pino, el pájaro, la rosa.
Pitágoras alarga a Cartesius la mano.
Es la extensión sustancia del universo humano.
Y sobre el lienzo blanco o la pizarra oscura
se pinta, en blanco o negro, la cifra o la figura.
Yo pienso. (Un hombre arroja una traiña al mar
y la saca vacía; no ha logrado pescar.
"No tiene el pensamiento traíñas sino amarras,
las cosas obedecen al peso de las garras",
exclama, y luego dice: "Aunque las presas son,
lo mismo que las garras, pura figuración."
Sobre la blanca arena aparece un caimán,
que muerde ahincadamente el bronce de Kant.

Tus formas, tus principios y tus categorías,
redes que el mar escupe, enjuntas y vacías.
Kratilo ha sonreído y arrugado Zenón
el ceño, adivinando a M. de Bergson.
Puedes coger cenizas del fuego heraclitano,
mas no apuñar la onda que fluye con tu mano.
Vuestras retortas, sabios, sólo destilan heces.
¡Oh machacad zurrapas en vuestros almireces!
Medir las vivas aguas del mundio..., ¡desvarío!
Entre las dos agujas de tu compás va el río.
La realidad es la vida fugaz, funambulesca,
el cigarrón voltario, el pez que nadie pesca.
Si quieres saber algo del mar, vuelve otra vez,
un poco pescador y un tanto pez.
En la barra del puerto bate la marejada,
y todo el mar resuena como una carcajada.


Puerto de Santa María, 1915.



Este poema de Antonio Machado, (que aparece en Proverbios y cantares, ed. El País, 2003, p. 142.) nos cuenta y resume, mejor que cualquier otra exposición, mediada por cierto por esas oraciones declarativas de las que ya hablamos, la labor que habría que empezar a hacer y como hacerla contra las cosas que se nos dan en la Realidad. Nunca he conocido más tierno rodar de palabras que dijese que fuese el pensar y cómo se opone con fuerza al idear de la Realidad.

Porque, aunque la tentación de querer ver en este combate contra lo real, como una forma moderna -o superada, si se quiere- de lo racional y de la ciencia, es grande. Y que lo que se opone indistintamente a las Realidades, instituciones y poder, es el irracionalismo, las modas postmodernas, las vanguardias artísticas, los surrealismos, los dadaísmos, los nihilismos, etc.; todo ello es falso e incorrecto, y es justamente lo que la Realidad pretende.

Lo que la Realidad pretende, en última instancia, es hacer para sí todo elemento de pensamiento y reducirlo a una cosa más entre las cosas. Lo que verdaderamente se opone a esa intención no es renunciar a la racionalidad, sino evitar que esta se convierta en una cosa entre las cosas. Es decir, que el razonamiento no se vuelva idea.

Ya se nos está haciendo patente la diferencia entre pensar e idear, entre el razonar y esa otra operación que es hacer imágenes -imágenes que se dan como un todo en el tiempo- de las cosas. Y la diferencia está clara y sencilla: frente a quienes quieren ver que una operación de la razón, (2+2=4, por poner un ejemplo) es una operación entre ideas (la suma de 2 de las ideas de 2 entre ellas mismas, es igual a la idea de 4); nosotros decimos que la operación de la razón y las operaciones de las ideas no tienen nada que ver, que, de hecho, son antagonistas, que se contrapoenen claramente.

(Al ejemplo dado la cosa es sencilla. Dado un par de números cualesean no se puede jamás saber el resultado de la operación de la adición, como no sea que de hecho se haya realizado -que haya tomado en el tiempo su realización y su razonamiento hasta dar con la solución-, ni siquiera cuál de las respuestas sea válida y cuál incorrecta: así 2+2=4 es equivalente a 2+2=3+1 o 2+2=100-96. Sin embargo, los que quieren hacer que las operaciones de la aritmética y el resto de ciencias, como operaciones entre ideas, tienen que suponer que en el cuatro están ya contenidas todas las ideas en las que se puede desplegar la idea de '4' -y sus notas, en este caso, tendrían que ser infinitas- y ante la imposibilidad del despliegue de todas las ideas -'imágenes'- que podrían significar o equivaler a la idea de '4', tienen que acudir a una síntesis y abstracción, asegurando que es posible, aunque yo no veo como, que a partir de '4' se genere una sola idea que venga a posibilitar la enunciación de la sola deducción de '4=2+2', a saber: la idea de unidad. Y así '4=1+1+1+1', etc. Quien tenga la idea de unidad, que la diga.

En resúmen: que quieren hacer que la cosa que lleva su tiempo, su trabajo y su dedicación, se desprenda por sí sola, del solo hecho de pensarla. Sobra decir que lo único que hace esto es delimitar las posibles respuestas, solidificar sus límites y condenar la cosa -por ejemplo a los números- a ser los que son.)

Porque, como ya lo dice el poema: Pensar: borrar primero y dibujar después. Y aunque en este verso ya se nos presentan los dos movimientos clásicos del pensamiento -la crítica y la construcción- y aunque aquí nos importe bien poco el segundo (eso de seguir haciendo Realidad), no cabe duda que el maestro sevillano estuviese seguro de que lo más importante de todo en el pensar era el borrar (y quien borrar no sabe camina en cuatro pies), y ello porque las cosas de las que se componen la Realidad, son hechas gracias a un dibujo, un trazado y un límite que se le impone. Dibujo que quiere decir imágen, que quiere decir separación, línea, frontera, etc. Y como todo trazado no puede ser sino arbitrario, cifrado ya en eso que se dice en el primer fragmento textual -allá por el s. VI a. C.- que nos ha llegado de la filosofía: (el fragmento de Anaximandro DK 12 B 1, lo tomamos de Filósofos presocráticos, ed. Gredos, vol. I, 1978, trad. de Eggers Lan, C. y Juliá, V. -cambiamos lo infinito por lo sin fin-)
Anaximandro... dijo que el principio y elemento de todas las cosas es lo sin fin... Ahora bien, a partir de donde hay generación para las cosas, hacia allí se produce también la destrucción, según la necesidad; en efecto, pagan la culpa unas a otras y la reparación de la injusticia, según el ordenamiento del tiempo.
Y de ahí ya se puede saber: lo sin fin (ápeiron), en donde sólo puede entrar el límite (del gr., péras, de donde vienen también palabras como, perímetro o los consabidos Perí Phýseos -títulos genéricos de los primeros textos de filosofía, que literalmente se traducen Sobre la naturaleza, aunque slavando anacronismos, habríamos de traducir Sobre la Realidad, dadas las diferencias entre lo que un griego pensaría de la naturaleza y nosotros.), para ser lo que es, para llegar a la existencia. Entrar en el límite, ser dibujado, tener sus lados, sus determinaciones quiere decir ser hecho cosa; mientras que eso de ápeiron (sin fin o infinito, aunque para aclararnos la diferencia entre estas dos palabritas tendríamos que ocuparnos mucho tramo sobre Anaximandro y la filosofía presocrática a la que ahora no podemos ni debemos), esa nebilina opaca que confunde toda cosa: el monte, el pino, el mar, el pájaro la rosa; esa masa de cosas que no se saben si quiera si son cosas, porque no tienen límite ni trazado alguno que las determine, ni es nada que se pueda siquiera entender -como harían algunos peripatéticos- como una especie de materia prima, potencialidad pura; va tomando forma en la medida en que la metemos en cintura, en la medida en que vamos trazando límites y poniendo barreras a la cosa que no las tiene. Dibujando el contorno de un árbol y diciendo: "Esto es un pino", pretendiendo que en esa predicación vaya conjunta la cosa que dice: "Esto no es una rosa, ni el mar, ni un pájaro". Y así se van construyendo las 'imágenes' -las esencias, las ideas platónicas, las verdades, etc.- de los pájaros, las rosas, los pinos, etc. Y así las cosas se van haciendo y generando realidades...

Aunque, por más que Anaximandro fuera filósofo no fue tan ingenuo como para no darse cuenta que esas cosas que venían a ser, no lo eran por sí mismas, ni porque las cosas estaban así dadas; sino por un mandato cuasi-jurídico (táxis se puede traducir como mandato, pero también como ordenanza o sentencia) del Tiempo. (¿Algún deje de pena habrá en las palabras del milesio? Bastante difícil es saberlo si acaso ya se extrañaba, como Platón luego lo haría, de que las cosas no durarán para siempre... pero en fin, no estamos aquí por la labor de pensar a Anaximandro). ¿Qué hay pues en esa pretención de conocer la Realidad? Fácil: la necesidad de medirla, de separarla, de abstraerla.

Nada más alejado de nuestra labor por acá: que es desatarla, desliarla y ver como está construida sobre trazados y dibujos más bien burdos, falsos, raquíticos. (Aunque no por mejor trabada la cosa vendría a ser Verdadera). Aquí vamos a desmontarla y a admitir con la fidelidad y humildad necesaria que lo que se va moviendo allá abajo, (que algo se moverá, entre las aguas, pececes, ríos, árboles, corazones, nubes y demás) es necesariamente sin fin, y no llega uno a darse cuenta del todo el por qué de que las nubes no sean rosa ni las rosas sean yo.

Machado va por la misma labor de saber que eso que mete en sí mismas a las cosas no pueden ser sino garras así con su sonido político, agresivo... porque alguna agresión ha de haber a la cosa cuando se le manda que sea la que ella misma es. Y, sin pensarlo dos veces: aunque lo mismo que las garras son, lo mismo que las garras, pura figuración. ¡Maestro! Porque tampoco hay algo verdadero ahí que vayamos a liberar, aquí que nos afanamos por soltar las amarras, las redes, garras y ordenanzas de la Realidad, sino que ya al liberarnos nos damos cuenta que justamente las garras, los límites y las cateogrías, no eras sino las cosas ya dadas con sus límites y falsedades.

Así que borremos un poco la diferencia (entre el pez y el pescador) para a ver si de toda esa balumba algo queda que de veras esté diciendo algo con sentido común -aunque justa y únicamente la negación de la cosa, y la imposibilidad de arar en el mar... Por ello, por acá:

Negamos, no afirmamos. Razonamos, no ideamos. Soltamos, no amarramos. Desaprendemos, no aprendemos. Estamos en contra, nunca a favor. Destruimos, no construimos. Borramos, no dibujamos. Nuestro empeño ha de estar en dejar de entender la Realidad, en que de verdad nos parezca asombrosa, falsa: que se nos aparezca como es La Gigantesca Máquina de lo Natural, con todos los embrollos, falsedades y pasos al límite que se necesitan para que funcione como tal.

Así que, vamos contra las ganas de medir las vivas aguas del mundo... o en palabras de otro presocrático (Heráclito DK 22 B 57, tomada la traducción del vol. citado de Los filósofos presocráticos):
Maestro de muchos es Hesíodo: concideran que sabe muchas cosas éste, quien no conoció el día y la noche, pues son una sola cosa.



martes, diciembre 16, 2008

De la negación y la realidad: hablando de lo real.

Ahora que ya nos hemos, usted y yo, embarcado en esta extraña tarea que es hablar contra la Realidad, ya se nos hace patente que se nos presentarán muchas y muy variadas complicaciones, antes siquiera de empezar a hablar contra ella. Al fin y al cabo, en este rodar de los discursos sobre ella, ya hay muchas y muy variadas trampas, pasos al límite, axiomas, principios, etc. que nos obligan a retrasar la salida y a detenernos constantemente a revisar qué estamos diciendo contra ella... (como por ejemplo, ¿quién habla en contra de la realidad?, ¿la negación ya comporta una afirmación?, ¿qué es la Realidad?, etc.), para ello nos detendremos tanto como sea necesario antes de denunciarla...

Por lo que respecta a la negación: hay que hacer ciertas aclaraciones respecto de cómo negar la realidad. El motivo es bien sencillo; que antes del hablar, de la negación de la cosa, ya se nos presuponen ciertas reglas -de índole puramente 'Real'- que pretenden hacernos algunas jugarretas con la negación y la afirmación y sus respectivas consecuencias. Me refiero, en particular, a los principios de la lógica: Principio de No-contradicción (a saber: que una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo) y el Principio del Tercio excluso (a saber: que una cosa dicha -es decir, siguiendo el modelo de 'decir' como un enunciado declarativo-, o es falso o es verdadero; de lo que se sigue que si es verdadero no puede ser falso y si es falso, es verdadero en algún sentido). Y que en palabras más simples viene simplemente a significar que: cada vez que se niega algo, se está afirmando otra cosa por lo bajo.

Y dado que ya se dijo que estas máquinas contra la realidad no están para reformarla, perfeccionarla, criticarla y reemplazarla (ya que eso es seguir 'haciendo' la realidad) habría que deternos para explicar de qué manera es que esa negación actúa para que no se produzcan más realidades. Así que, para quien pretenda decir que ir contra la realidad es el principio de lo que comunmente se conoce como "idealismo" le valdrá este pequeño manual sobre la negación y las maneras de decir de la Realidad.

Para ello nos valdremos de la explicación de Agustín García Calvo (puesto que no aspiro a poder superarlo en claridad, consición y cristalina siplicidad y netitud a la ora de ponerlo por escrito), de sus Lecturas Presocráticas I, ed. Lucina, 1981 [2001], prf. 90, p. 68-69.

Mas querría que no olvidáras un momento desde ahora que la negación tiene dos modos contrapuestos de ejercerse: si se dice "La Quimera no tiene ojos de gato", en el tono y con el sentido de decir
lo único que tal acción intenta es que el NO rompa el efecto de la prediccación previa, o que se da por hecha, "La Quimera tiene ojos de gato", y tal acción negativa podría glosarse con otras como "No es verdad que", "Nunca debió decirse qué", "No hay derecho ni fundamento para decir que", "No se sabe que la Quimera tenga ojos de gato"; pero siempre el Poder está empujando a que la negación se inserte o se incluya en el curso de la predicación, y que, aparentemente la misma, "La Quimera no tiene ojos de gato", se diga y oiga en el sentido de

con un verbo, por así decir, "no-tiene", esto es, "carece de", que impone sobre la Quimera una determinación, si no tan positiva, positiva igual que la de tener ojos de gato.Y así mismo, si se dice no hay quimeras como

ello no implica sino ello mismo, es decir que no es verdad (en el sentido, por cierto, de
que haya Quimeras, por más que constanemente el Poder insita en que ello automáticamente se entienda como

en el sentido de que sea verdad que no hay Quimeras, cosa que, por el hecho de que no sea verdad que haya Quimeras no tiene por qué ser verdad.

Este delicado y suncito resúmen que hace Calvo debe servirnos de metodología para el uso de las máquinas. Y así cada vez que digamos: "No hay ser", no querra decir: "Es verdad que no hay ser" -porque, para el caso, el concepto de la Verdad y el Ser se están tan entremezclados el uno con el otro, que, este último enunciado, se podría glosar con la contradicción: "El ser de las cosas es que no hay ser"-. Ello quiere decir que cuando se niegue la Realidad no estaremos (por más que así se intente siempre y se haga siempre ese amago tramposo de recomponer la Realidad) afirmando ninguna otra Realidad, ni más arriba ni más abajo de la que ya hay y nos pesa sobre los lomos. Así que quitemos de enmedio esas connotaciones ontó-logico-lógicas.

Que siendo lo más resumidos posibles se dirá: Que no vamos aquí a seguir predicando de la Realidad, a seguir contándola y liando Sujeto con Predicado, sino desliando, desatando y viendo de que manera el uno con el otro no pueden cazar como quiere que haga la ciencia.

Porque, y ahora que ya hemos entrado en el tema, tenemos que suponer -y esta es otra indicación de Calvo- que si queremos hacer algo así como un estudio de lo que hay, no debemos suponer siquiera esas directrices escolares de que "lo que es, es y lo que no es, no es", por lo menos debemos conceder a esto que hay en el mundo el beneficio de no saber de antemano de qué se trate, ni aún siquiera de suponer su estructura lógica. Y ante ello, reeinscribirnos en la intención de que hay que deshacerse de la Realidad, más que contribuir a perfeccionarla.

Queda, por lo pronto qué sea eso de "hablar de la realidad" no puede ser cualquier cosa, ni cualquier hablar. Sino, ya lo decía Aristóteles, un particular hablar en que incluye a todas las oraciones predicativas (declarativas, o "de decir"), que se componen con la cópula simple de Sujeto-Predicado. Ante ellas, como afriman los lógicos, cabe decir si son verdaderas o falsas, si son o no son, si dan cuenta de lo que hay o no lo hacen. Esto no es algo que incumba sólo a los lógicos, ya se sabe, sino que de ello dependen las proposiciones de toda la ciencia entera, desde las especulaciones de la física y la matemática, hasta los malabares de la psicología, la teología y la metafísica. No nos ocuparemos aquí, ni mucho menos, de resolverlos, sino de desenmascararlos.

Hay que decir, ante todo una cosa obvia: que el mundo está mudo. Este descubrimiento, que tiene que serlo para cualquiera que se dedique a investigar con sinceridad a lo que hay, tiene que parecerle esto un golpe terrible. Pese a Wittgenstein (que pretende que la estructura lógica del mundo y los hechos del mundo se den de una manera idéntica) y a los griegos que decían con don Parménides (DK 2, 3 y 6, seguímos la versión de García Calvo en las Lecturas presocráticas I ya citadas, v. 42-46, p. 199-200):

pues ni podrás lo que no es conocer (que es vano el intento)
ni en ello pensar. Pues es concebirlo lo mismo que serlo.
Ser debe el decir y saber siendo algo: pues cabe así serlo;
mas, sin ser algo, no cabe; lo cual meditar te aconsejo.

Y si de esa mudez partimos, contra Parménides y los hacedores de Realidad, no puede menos que apercibirnos que todo lo que se ha dicho de lo que hay, y que por lo pronto tiene un peso jurídico y político enorme, es tan falso y tan horriblemente castrante como lo que más. Porque es importante decir cómo es que "concebirlo" no puede ser lo mismo que serlo (autó noeîn estín te kaì eînai) para descubir de qué manera las cosas hablan y de qué manera están mudas.

Ahora bien, los nombres nos sobran y ya algunos, porque alguno, llevandose las manos a la cabeza, dirá: "¡Nihilismo militante!" Pero esto es parte de la trampa que ya venimos diciendo (porque, ya dice el mismo principio de no-contradicción -y sus corolarios- que si estamos contra la Realidad -y la Realidad es todo lo que hay- pues con la nada nos habríamos de quedar), porque si bien decimos que el mundo está en silencio -y no en silencio del todo, sino que lo que particularmente, pertinaz y obsecado, calla es justamente esas oraciones declarativas de las que Aristóteles dervió sus teorías del silogismo y que componen las oraciones de la ciencia-; hay mundo y de eso no nos cabe duda. Las cosas están ahí, pero no son Verdad, porque la Verdad, tal y como se entiende tiene que tener ciertos atributos de los que quizá nos ocuparemos en otra ocación.

Para discutir esto acudamos a Ret Marut (posible seudónimo de B. Traven) que publicase un extraño tratado de Física/artimética/lógica titulado La destrucción de nuestro sistema del mundo por la curva de Mar allá por los veinte del siglo pasado. Citamos la traducción de Luis Andrés Bredlow, ed. Lucina, 2001, prf. 2, p. 17-18).

Los hechos no necesitan demostración. Los hechos no se pueden demostrar. Cuando un hecho necesita ser demostrado o cuando puede demostrarse, entonces yano es un hecho, sino una construcción; una construcción patentizada. La verdad es la verdad. No se puede introducir en la ecuación ningún otro concepto en lugar de la verdad que no sea el de la verdad misma. Y la verdad no necesita demostración (ni puede demostrarse), lo mismo que los hechos.

Lo único que puedo hacer es reconocer un hecho como hecho y tratar de hacerlo reconocible o, cuando menos, comprensible a otros hombres como tal hecho.

Así pues aunque las cosas no estén ahí predicando de sí mismas todos y cada uno de sus atributos verdaderos -y, según los lógicos, al momento de predicar las relaciones verdaderas, estarían (sin darse cuenta, las pobres cosas) predicando también sus relaciones falsas, o las relaciones que no se dan en ellas, como quien dice-; no negamos que la cosa está ahí y tiene su gracia y su alegría (¿quién es uno para negarlo?) cuando de veras se toca, se vive y se siente -aunque sin hacer demasiada división entre lo que se siente y lo que se piensa-; cosa que sin duda ocurre, siempre y cuando se pase por la consabida condición que ya nos dice Marut: que no se sepa, o que no se pueda demostrar, que para el caso es más o menos lo mismo.

Espero que ya se vea clara la intención de decir que lo que hay aquí -y habrá, si se deja la cosa meter en palabras y hacerse electrones que fluyan, etc.- no es un hablar de la Realidad que a la misma vez va produciendo y haciendo más Realidad a su paso; sino un hablar contra la Realidad que, por más que niegue y reniegue de ella, nunca estará por la labor de que su negación se vuelva afirmación, o lo que es lo mismo: que lo negado se se nos haga afirmación por el lado que los lógicos nos vienen diciendo.

Así estas máquinas funcionan para contar las mentiras -como mentrias, ya se sabe, que para contarlas como verdades tenemos a los poderes y sus instituciones- y jamás ellas se gloriarían de una cosa tan imposible como de decir la verdad y mucho menos de demostrarla.


miércoles, diciembre 10, 2008

Máquinas contra la realidad.

Se supone que habría que dar cuenta de lo que quieren 'hacer' estas palabras. El problema con los 'haceres' de las cosas es que siempre tienen que estar respaldados por la realidad. En este caso, más o menos, también lo está, por lo menos de una manera negativa: se podría decir que la justificación del próximo desplante de artefactos es contra la realidad.

Si estos artefactos están aquí, estas pequeñas maquinitas mentales es para que se haga uso de ellas, no para que ellas lo usen a uno -quien quiera que se crea que sea-, ello implica ciertas reglas implícitas que habría que mentar.

Primero, que cuando se hable aquí no se habla para 'hacer' más realidad. Si ello ocurre, como puede llegar a ocurrir según el descuido del que escribe, es producto de un error y merece ser criticado y denostado. Todo lo que aquí aparezca quiere servir para 'deshacerse' de la realidad con la que ya cargamos y no para propagar su hechizo ni su mentira.

Segundo, que la utilidad que se dé a las cosas que aquí aparezcan tiene su fin -como mera máquina que es- en destruir la realidad, después de ello... la propia máquina es absolutamente inútil y hay que deshacernos de ella, (porque corre el riesgo de que la propia máquina se nos convierta en parte de realidad -reemplazándola-, es decir, que lo artificial se nos haga natural).

Tercero, a manera de guía, la labor del desecho de lo real pasa por una destrucción de la fe que se tiene en la Realidad.

Cuarto, una técnica sin realidad que la respalde no es igual al resto de las máquinas, por tanto hay que decir que las maquinitas que aquí se entregan funcionan de distinta manera que como lo haría, por ejemplo, un motor de conbustión interna -que juega y funciona con las reglas de la física y las propiedades de sus materiales-. ¿Cómo funcionan? No es una pregunta que proceda... porque cualquier respuesta sería dar realidad al arma que pretendemos usar.

Esta falta de fundamento, evidente y clara para cualquiera, se entiende si comparamos que por otro lado, la Realidad carece de fundamento y sin embargo sigue 'haciendo' cosas, como por ejemplo, determinar lo sano de lo enfermo, lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, etc.; y algo se tendrá que hacer contra ello. La función de estas máquinas es puramente política, ni científica, ni filosófica, ni reformadora.)

Ahora nos queda decir que entendemos por Realidad, sin que la cosa se nos vuelva muy abstracta. Quizá la definción más sencilla que se me ocurre (y que en última instancia puede funcionar como un pequeño salmo interrogativo al que acudir ante la duda) es: Realidad es lo que es, siendo que no puede no ser.

De esta definición tan general se podrían sacar varias modalidades, pero por ahora con ella nos debe bastar. Simplemente hay que apuntar, para recorrer el camino inverso: lo que mantiene la Realidad, se ve claramente, es la Fe. Porque una cosa sólo puede ser la que es, sin posibilidad de ser cualquier otra cosa, teniendo absoluta fe en ella -y las implicaciones filosóficas con las que se rodea la cosa y la realidad.

Por ello, ya se nos ve venir la cosa, aunque tampoco fuera muy de nuestro agrado, hablaremos de filosofía y los filósofos. Pero reiterando la advertencia: no los vamos a usar (como, dicho sea de paso, se les utiliza normalmente) para reformar la realidad, para cambiarla, para amuentarla, para hacerla más real, en suma, de lo que ya es; sino que los usaremos para demostrar sus mentiras, para que el propio rodar de sus palabras y las conexiónes que através de la historia han venido haciendo, se vean lo falsas que son todas sus premisas, lo imposibles de sus razonamientos y lo políticamente peligroso de sus sentencias.

Ya se verá que trataremos de la misma manera un texto filosófico, científico, literario, poético, etc. Los géneros forman una parte importante de la Realidad, sus falsas divisiones sus mentiras, sus taxonomías, especies, disciplinas, especialidades, etc. no son más que el desesperado intento de contener la mentira que haría imposible, por ejemplo, que la geometría y la antropología fueran productos de un mismo razonamiento claro, prístino y cristalino. Como ello no es así, la Realidad ha invalidado cualquier cruce de juegos lógicos entre los discursos... esto es, que nos ha prohíbido pensar poéticamente la química y filosofar sobre las matemáticas.

Hay que romper esa regla, la más simple e insostenible de todas, una vez rota esa, las demás le siguen una a otra con el simple rodar del más ingenuo razonamiento. Estas máquinas pretenden servir para ello.

Decir finalmente, que aunque estas son máquinas, no las usa nadie. Es decir, no están hechas para que las use usted, yo o el vecino de enfrente; las máquinas se usan solas y funcionan solas demostrando con el puro silogismo tratado de la Realidad su falsedad y su mentira. Usted, yo y el vecino de enfrente, al ser cosas de la Realidad, no podemos sino entorpecer el funcionamiento de estos artefactos, así que siéntese y mírelas actuar, demostrando lo falso de la Realidad -y de paso, ya lo vera usted, lo falso de usted y yo... (y del vecino de enfrente también).