martes, febrero 23, 2010

Vida y muerte


Aclaremos, porque releyendo y repensando muchas de los artefactos que, en teoría, deberían ayudar a deshacer la Realidad, la vida y la muerte, ciertamente tienden a convertirse en algo que no son y siempre me queda la duda que intentando desbancar a la Realidad acabe subiendo al podio del éxito otra cosa que no... que no es.

Es siempre mi culpa, naturalmente. Parte de ello lo es, además de que estos discursos escritos sólo sirven para que la Realidad se los vaya a apropiando en la medida en que se fosilizan en lo hueco y lo falso, entre la negra tipografía que fija para siempre los errores de apreciación que en una oración escrita resultan tan poco útiles.

Hay que expresarse correctamente, y en ello no siempre se consigue decir lo que se quiere.

La vida y la muerte están ahí apareciendo muchas veces… y sin embargo no sé hasta que punto queda claro lo que son (o puedan ser para la Realidad y para lo que está fuera de ella) respectivamente.

Además de que, por otro lado, el hecho de decirlo –y en decirlo ya estamos obligados a redondear sus significados, cuando en realidad lo propio de cada uno de estas cosas es que esté abierta para que el viento de las bocas y la salvia de las lenguas los use a su antojo y acierte a deshacerla cuando quiera-, ya lo esté falseando de sí, ya está errando porque la referencia nunca está del todo clara.

Digamos que la primera regla metodológica en esto de ir contra la Realidad es decir que toda palabra es provisoria, que toda máquina es poco más que una herramienta que se usa en el momento pero que está a la espera de que, con más o menos ayuda de los que por aquí pasen, se mejorará y se pulirá hasta dar con algo más cercano a lo que necesitamos para seguir con esta guerra, más o menos alegremente.


VIDA FUERA DE LA REALIDAD (que dentro de ella, muchas veces, la llaman muerte)

Vida no es una meta. No es un estado, no es un lugar, no es un objetivo de la guerra. Esta guerra carece de objetivos. La guerra esta no es para ninguna paz futura ni para ninguna promesa que al final del esfuerzo se vea recompensada por alguna flor inesperada de alegría. Así no funciona esta guerra. Si fuera así, no se diferenciaría en nada de las otras paces y Realidad que nos rodea: como si la vida siempre fuera un lugar al que llegar, en el permanente anhelo futuro de la paz y la felicidad.

No. Vida será otra cosa. No sé bien qué es. Pero está ahí y eso nadie, que acuda con sentido común a las cosas, lo puede negar. Vida será lo que de pronto se abre, indeterminado e indeterminable, y se conecta –sin saber ni como ni por qué- con una herida profunda, fraguada acaso con el nacimiento de la propia persona. Vida será la repentina e inesperada sanación de esa herida por el extraño contacto con otra (otra herida) de cualquier cosa. Cualquier cosa, una canción, un amor, una flor, una poesía, una nube, ¡qué se yo! vida, por supuesto, no es una propiedad de lo que los biologos se empeñan en separar en ‘seres vivientes’ y no vivientes. Vida es otra cosa.


VIDA DENTRO DE LA REALIDAD (que fuera de ella, es la Muerte misma)

Naturalmente, dentro de la Realidad, Vida tiene otro significado. Vida se usa como sinónimo de dinero, de éxito, del cumplimento de ideal. Y así se dice: «Qué buena vida se tiran los ricos», o «en este pueblo miserable no hay vida», ya en sus connotaciones más ridículas: «Vive la vida loca» como sinónimo de fiesta, pachanga y sarao.

Vida entonces sí se sabe qué es: es lo que se vende desde arriba, lo que existe como el ideal perpetúo y que nosotros, mortales, apenas nacemos para alcanzarla. En ese sentido, como se puede ver, quien no conozca estos ideales, quien no esté rellenando con cada uno de los actos de su tiempo mortal esos ideales, ya compras de los mercados, ya concepciones de belleza y juventud, ya matrimonio y engendramiento de familia, ya sexo pleno y satisfactorio, etc. simple y sencillamente está muerto.

Es la persecución de esta Vida la que mantiene sometidos a ese ideal de futuro, e impone su ley de miedo y sometimiento, de compra-venta de tiempo y de prebendas, de seguridades y domas. Llamar a eso que no está aquí, que no se puede alcanzar –porque, digámoslo claro, el fundamento mismo de los Ideales es que no se alcancen, porque si cualquiera los pudiera lograr, entonces no tendrían el menor sentido ni podrían llamarse Ideales- Vida es la mejor forma de nunca conseguirla, de mantener a todos sobreviviendo en ese especie de limbo neoplatónico que se aleja de Dios y nos mantiene en el permanente anhelo de Él mismo.


MUERTE FUERA DE LA REALIDAD

La muerte, cuando está fuera de los conteos de vidas y tiempos, no puede significar nada. No está ahí. No es algo que se de en el tiempo. Sino acaso es el final –si se quiere ver así, pero aún esa conciencia de final, necesita la perspectiva del que vive, cosa que no se da, naturalmente, cuando uno es el muere.

La muerte fuera de la realidad no significa absolutamente nada, porque no es nada, ni merece ningún temor ni ninguna planificación ni ninguna angustia. No se sabe qué es, ese desconocimiento, pura duda, pura sombra, no tiene porque significar nada en el mundo sin que venga a hacerse UNA en el tiempo y la Realidad. Pero eso ya sería meterla en el tiempo, ya sería contarla desde la Realidad.


MUERTE DENTRO DE LA REALIDAD

Muerte dentro de la Realidad es una cosa en el tiempo, es el futuro. Es el destino al que se nace y del que todos intentamos huir corriendo directamente hacia él –justo como aquel romance del enamorado y la muerte, que ya en su tiempo comentamos o como Edipo-.

La Muerte dentro de la Realidad es, pese a los disimulos muy disimulados, la máxima realización de la Vida –dentro de la Realidad, claro está-. Es lo que los filosofantes desde los estoicos hasta los existencialistas –y más acá (Derrida, p. e.)- han estado llamando esperarse a sí mismo en los límites de la Muerte. Es en la Muerte en donde el ‘ser’ de cada uno llega a su máximo esplendor: es la entrada al Paraíso de las cosas terrenales.

La memoria, el nombre en la lápida, el epígrafe, la firma sobre el mármol –cuando no el mausoleo y el monumento- que certifique para siempre la entidad absoluta, redonda y bien establecida del muerto. Que diga: «Este cuerpo fue Sutanito Perengano, hijo de Su Mentada Madre y el Padre Altísimo. Sus familiares le lloran en el recuerdo y su memoria inmortal vivirá por siempre».

Esa Muerte es la misma aquella por la que Aquiles se deja los huesitos en el sitio troyano, esa Muerte que se da un cambiazo –por medio de un trampantojo bastante burdo y que se cae a las primeras- tan sabido de la Vida en la Inmortalidad –como si pudiera haber Vida en un lugar sin tiempo, en un paraíso que quiere semejarse a estar fuera de la Realidad –pero en la Muerte.


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Nada de esto es así. La vida –fuera de la Realidad- que no se sabe qué es ni como llega, ni cuando ni por qué –y como tal se va-, va y viene, viene y va como cotorra entre los abedules de un instituto que yo me sé. ¡Va y viene! Ni está ni deja de estar. No es ningún fin, ni ningún ideal, ninguna meta.

Obviamente si tenemos esta guerra contra la Realidad –que se compone principalmente de guerra contra los Ideales- es para intentar ver de que manera podemos conjurar a la Muerte: a esa Muerte y esa Vida dentro de la Realidad que son una y la misma, compuestas de contrarios para hacerse una con la otra, redonda idea. La guerra es contra esa Vida y también contra esa Muerte.

¡Quien sabe! ¡Algo vivo pueda yo tocarme desde acá! ¡Alguna herida que hurguemos juntos todos y que brote el clavel caliente del amor y de la vida, mezclándose todo sin término, límite y fin! Aunque sea un poco… un poquito, una endeble amenaza de rotura de la Realidad.


jueves, febrero 18, 2010

¿Vida privada?

No es coincidencia que aquí me resista con fiereza a hablar de la vida privada esta que me toca. No es coincidencia pero tampoco es honesto del todo. Por lo menos no queda más remedio en hablar sobre el silencio de mi vida privada y del por qué tampoco eso sirve para nada.

La vida privada de uno no es más que el residuo más pequeño de la Realidad. Realidad es el nombre equívoco y a veces odioso de una serie de ideales ya preestablecidos a los que uno despierta un buen día, sin saber muy bien ni cómo ni cuando. No es del todo honesto simplemente apartar la vida privada, porque, naturalmente, esa vida (que a ver quien me dice cómo puede ser vida y a la vez ser privada, que es lo mismo que decir que es la vida de uno, la vida que es propiedad de uno, la vida que controla uno, y cómo en algo que está controlado –aunque sea uno mismo el que lo lleve- puede haber algo de vida que de verás sea vida). Algunos se llevan bien con esa guerra que les propone día con día, otros despertamos un poco asqueados cada mañana para mirar por la ventana y ver cómo la Realidad se extiende ante nosotros en forma de grandes edificios.

Vida privada. Privado. Es acaso en ese diminuto reino de la alcoba en donde se atrincheran a placer los ideales más molestos, los más redondos, los más aceptados.

A nadie, creo yo, ojeando las palabras que dejo en este maldito blog (grandilocuente y pretencioso donde los haya), con un mínimo de atención, se le escapa de que hay ciertos temas que me dan más que pensar que otros. El amor, la muerte y yo mismo. Si acaso me dan guerra estos temas, no es porque yo la esté buscando… no me tengo por pendenciero. Es simplemente que me los encontré, ni se muy bien el cómo y el por qué, se han levantado ellos contra la poca alegría que invade a veces mis días. Se levantaron ellos, se han levantado siempre una y otra vez, Amor, Muerte y Yo (La santísima trinidad de la Realidad), a mi no me queda mas que entrarle al quite, inventarme una estrategia sobre la marcha e intentar que haya las menos bajas posibles.

La Realidad no es mala. Simplemente triste. Lo que le pasa a la Realidad para que sea triste es que es la que es. Es lo que le pasa a mis amores, lo que le pasa a mi muerte futura –y a la vida privada a la que tengo que sobrevivir que es simplemente su revés- y por supuesto a mi mismo es que todos ellos, a veces, cuando no tengo más remedio, son los que son. Y cuando las cosas son las que son… son tristes. Tristes y solitarias: privadas.

Claro que hay gente que se lleva bien con la Realidad, que se lleva bien con la guerra declarada del mundo y hace suyo el mandato de resonancia militar que vomitan a cada paso los televisores y las publicidades de la Realidad: ¡sé tú mismo! Invitación, amenaza y salvación para algunos… todo al mismo tiempo.

Yo también escucho eso… lo escucho constantemente y a veces la confundiré hasta con mi propia voz –como si la voz pudiera pertenecer a alguien-, y es que hay momentos, momentos en donde no puedo más. Simplemente eso… no puedo más con esta guerra y a veces quiero, sí, quiero que venga la Realidad y me lleve así entre su corriente de cosas que van cayendo: a veces al suicidio, a veces al triunfo y al éxito, al esplendor de los Ideales. ¿Habrá acaso alguna gran diferencia entre ellos?

Tampoco me gusta mucho este símil de la guerra, porque es equívoco. Pero el desgarro es básicamente el de una guerra… la tristeza es la de una guerra, el sentimiento es el de una guerra y a veces la única manera de no dejarte caer en ese cause de la Realidad es pensar que hay un enemigo… que verdaderamente hay algo contra qué luchar. Sin embargo siempre estoy hablando de mí… es contra mí contra el primero que estoy luchando, yo soy el primer baluarte de la Realidad.

Yo. Alejandro Vázquez Ortiz. Ese nombre que me hace uno ante ustedes y ante el reflejo en el espejo. Ese es mi más grande enemigo, el más despreciable y horrendo. El más crédulo y tonto, mi más cruel verdugo.

¿Qué ocurre pues ahí cuando surge de pronto el Yo –si ese Yo determinado con su artículo y todo-, en medio de la más absoluta alegría de no saber lo que se es?

¿Qué pasa cuando viene a apropiarse de los insultos o de las caricias? A establecer la economía del dar-te doy, de la apropiación de la identidad de ese que se ve en el espejo o incluso a hacerse propietario de las palabras que va dejando tras de sí, que dice: ¡este soy yo! ¡Aquí podéis verme! ¡Aquí estoy yo!

Mentira… nada de eso es verdad.

Y sin embargo, ocurre. Sin embargo, se da. No sé por qué, es uno de los misterios que más nos vienen preocupando a los que estamos aquí abajo, perplejos de ver como el mundo parece querer ser el que es, a pesar de que en ello y por ello se abre la herida fundamental, la más grande de todas y la constitutiva del Sistema este que padecemos de las democracias, los dineros, las políticas baratas y ridículas: la herida de ser el que es, como una permanente raja abierta y sangrante entre la piel de uno y el resto del vivo de las cosas que están ahí sin fin y ante el que nuestra pequeñez sólo puede aspirar a deshacerse en el olorcillo de una flor gratuita.

Sí.

La Realidad, mal que bien, nos obliga a adscribirnos a nuestros pasaportes, a nuestros currículos, a nuestras identidades particulares. Incluso este espacio ridículo abierto no esta abierto para ser un digno combate contra la Realidad, sino apenas para construir el futuro currículo de un futuro industrioso productor de cultura… que eso es a lo único que puede aspirar uno que está aquí… y aunque esté obligado a ello, no por ello vamos a cantar la contradicción, a ponerla en negro sobre blanco y acaso haya cometido el error, más de una vez, de creer que de verdad esto servía para algo.

No. No sirve. Y aún así aquí seguimos.

No sé bien para qué. No sé bien por qué. No va a haber honestidad aquí, no la encuentro por ningún lado. Habrá como mucho algún breve testimonio de la herida que nace ante ser quien soy y el daño que explota ante la contradicción del miedo que se nos impone a la hora de aceptar o no el Nombre que nos da la Realidad y que nos constituye y nos permite los éxitos y fracasos, las culpas y las recompensas, los amores y los odios.

¿Qué se le va a hacer? Uno tiene que estar ahí, como un acróbata –quizá ese sea un mejor símil que el de la guerra-, jugando a estar siempre una cuerda floja y el equilibrio es propiamente la lucha. No habrá paz, no aspiro a ella. Simplemente a detener los claveles de las heridas… como sea, como se pueda.

¡Valga ello para lo que valga!



jueves, enero 14, 2010

lunes, enero 11, 2010

Infinito y sin fin. Poe y Blake


Hemos tocado, apenas con la puntita de los dedos, el tema tan importante y crucial de lo infinito. Por eso hay que volver a él para machacarlo un poquito. Y cómo es a veces profundamente aburrido, simple y sencillamente razonar, vamos a valernos –por un mero ejercicio de ver como en todas las cosas como opera ‘infinito’ y ‘sin fin’- en un par de poetas y sus labores:

Antes de empezar unas aclaraciones: infinito y sin fin parecen, a primera vista, sinónimas. Esto es, dos cosas que significan exactamente lo mismo y que establecer una diferencia aquí resultaría ocioso e inútil. Sin embargo, tal y como veremos, no lo son. De ninguna manera lo son.

Infinito es el primer concepto metafísico que se usó en la Filosofía. Es posiblemente la inauguración de la teología en occidente, más allá de los relatos teogónicos y las genealogías divinas: el Infinito es la primera Idea de la que se apropia el ideario intelectual para preformar la idea de Dios.

(Del ápeiron de Anaximandro hablaremos en otra ocasión.)

Pero vale la pena aclarar al riesgo de confundirnos:

1) Infinito: a pesar de lo que quiere decir su composición in- ‘sin’ y finito- ‘fin’, y que ello, justamente quiere decir simple y sencillamente ‘sin fin’, lo cierto es que su significado se transforma por dos motivos muy simples: i) la transformación en sustantivo y ii) la creencia de que se puede saber que es ‘sin fin’. Definir ‘infinito’ es una contradicción, puesto que ‘de- finir’ es justamente dar ‘límites’ o ‘fin’ a las notas de una cosa, y justamente la nota primera de esa cosa a la que pretendemos dar fin, es justamente carecer de límites.

2) Sin fin: eso no se sabe ni qué es. Hay que decir ‘sin fin’ y no, como hacía el primer filó
sofo ‘lo sin
fin’, porque de hacerlo así ya no sería un mero adjetivo sino un sustantivo –algo con sustancia-. La mera descripción de la cosa que se hunde en lo desconocido, en lo inagotable que tiene cada cosa que se ve.

(No creo que haga falta entretenernos en ver cómo una cosa es siempre inagotable, cualquiera, hasta la más insignificante de todas. Baste señalar, pues, que mirando cualquier objeto con la suficiente quietud, se nos revele esa certeza que es pura negatividad a aceptar que podemos llegar a conocer del todo a la cosa.)

Sin más preámbulos pasemos a analizar los dos fragmentos que nos ocupan ahora.


«But the first notion that man has a body distinct form his soul, is to be expunged; this I shall do, by printing in the infernal method, by corrosives, which in Hell are salutary and medicinal, melting apparent surfaces away, and displaying the infinite which was hid.

If the doors of perception were cleansed every thing would appear to man as it is: infinite.

For man has closed himself up, till he sees all things thro’ narrow chinks of this cavern.»

Que en la versión de Fernando Castanedo, Cátedra, Madrid, 2002, se traduce en:

«Pero antes debe erradicarse la noción de que el cuerpo del hombre está separado de su alma. Yo lo haré grabando con la técnica infernal, a base de corrosivos que en el infierno son saludables y medicinales, y que deshacen las superficies aparentes y muestran el infinito que se escondía en ellas.

Si se limpiasen las puertas de la percepción, todas las cosas aparecerían ante el hombre como son: infinitas.

Porque el hombre se ha encerrado, hasta el punto de ver todas las cosas a través de las estrechas grietas de su caverna.»

Y en cuanto a Poe, el más famoso de sus poemas, sobre todo en el clímax de sus últimos párrafos:

«`Prophet!' said I, `thing of evil! - prophet still, if bird or devil! -
Whether tempter sent, or whether tempest tossed thee here ashore,
Desolate yet all undaunted, on this desert land enchanted -
On this home by horror haunted - tell me truly, I implore -
Is there - is there balm in Gilead? - tell me - tell me, I implore!'
Quoth the raven, `Nevermore.'

`Prophet!' said I, `thing of evil! - prophet still, if bird or devil!
By that Heaven that bends above us - by that God we both adore -
Tell this soul with sorrow laden if, within the distant Aidenn,
It shall clasp a sainted maiden whom the angels named Lenore -
Clasp a rare and radiant maiden, whom the angels named Lenore?'
Quoth the raven, `Nevermore.'

`Be that word our sign of parting, bird or fiend!' I shrieked upstarting -
`Get thee back into the tempest and the Night's Plutonian shore!
Leave no black plume as a token of that lie thy soul hath spoken!
Leave my loneliness unbroken! - quit the bust above my door!
Take thy beak from out my heart, and take thy form from off my door!'
Quoth the raven, `Nevermore.'

And the raven, never flitting, still is sitting, still is sitting
On the pallid bust of Pallas just above my chamber door;
And his eyes have all the seeming of a demon's that is dreaming,
And the lamp-light o'er him streaming throws his shadow on the floor;
And my soul from out that shadow that lies floating on the floor
Shall be lifted - nevermore!»

Y para cuya traducción, elijo el trabajo libre que una vez nos encontramos unos amigos y yo en un facímil de un periódico literario mexicano del s. XIX (El Renacimiento), y que es la mejor traducción castellana que he encontrado hasta la fecha. Es una traducción libre de romance endecasílabo con rima asonante y terminación en esdrújula alternada, que aunque no obedece demasiado a la literalidad del poema, conserva, eso sí, su musicalidad y rima: de Ignacio Mariscal, publicado en ‘El Renacimiento’ con fecha de 30 de Marzo de 1867.

«Profeta de dolor, inmundo oráculo,
Ministro aterrador de Satanás,
Ora te envíe Belcebú al Tártaro
Y te arrojara aquí la tempestad
Para engañarme con falaz pronóstico,
O el destino infalible revelar,
«Dime,» exclamé, «por compasión a un mísero
Responde: ¿tendrá término mí mal?
Yo te conjuro por tu dios; respóndeme.»
Y él contestó: «Jamás.»

«Profeta de dolor, inmundo oráculo,
Ministro aterrador de Satanás,
Por ese cielo de esplendor magnífico,
Por su Dios, que obedecen tierra y mar,
Dime si de la tumba tras el límite,
En la región de inmensa claridad,
Podré ver algún día á mi Felícitas,
Y absorto en su belleza virginal,
A un par de los querubes darle un ósculo...»
El respondió: «Jamás»

«Esta sea,» grité, «la prenda única
De nuestra despedida, ave infernal;
Húndete ponto en el profundo báratro,
Tumbos dando al furor del huracán.
No dejes ni una pluma que ni cámara
Me recuerde tu horóscopo fatal.
Vuela ya de ese busto y del vestíbulo;
Suelta, suelta; tu garra pertinaz
Mi alma rompe: retírate, retírate...»
Y él contestó: «Jamás»

Y desde aquella noche el cuervo lóbrego
Posado allí, clavado siempre está
Sobre ese busto de la diosa pálido,
Que le sirve de eterno pedestal.
Fiero demonio vigilando al réprobo,
No aparta de mí un punto su mirar,
Larga sombra arrojando, negra, fúnebre,
Do muere el sol y el luminoso gas...
¡Ay! de esta sombra que enlutó mi espíritu,
¿No he de salir? - ¡Jamás!»

Muy bien, aprovechemos para hacer un anticlímax después de tanto patetismo: hay que recordar que no estamos aquí ni para hablar de Blake ni para hablar de Poe. Que a ellos poca falta les hace que hablen de ellos, ya están muertos (y más los mataríamos si nos dedicáramos a ello). Por el contrario, lo que intentaremos aquí es hablar con ellos, que es distinto.

Lo que quería hacer con estos dos fragmentos, por lo demás, ambos bastante famosos y conocidos, es dar cuenta de dos nociones distintas de eso que verdaderamente nos ocupa que es ‘sin fin’ e ‘infinito’. No nos interesa decir verdad sobre Blake ni sobre Poe, si nos aprovechamos de sus textos es para lo otro, si erramos –o incluso si forzamos- las interpretaciones, que quede por lo menos sentada que no es nuestra intención llegar al fondo de esta cuestión y nada más.

Blake, aclarando que de lo que habla en el fragmento es sobre el nuevo método de impresión de grabados que inventó –al dibujar directamente sobre la plancha de metal con distintos materiales corrosivos, en vez de el trabajo artesanal que requería, primero el dibujo, después la manufacturación de un negativo para poder utilizarlo de troquel y marcar sobre la plancha la imagen y con ello finalmente grabar-, pero aprovecha para dar un giro a la mera descripción de la impresión, para hablar sobre las cosas: las superficies si acaso.

Puede haber un resabio de platonismo, un intento de ver lo que hay ‘verdadero’ –y por tanto más real- debajo de la cosa, pero lo cierto es que vamos a procurar quedarnos con la indicación puramente negativa: a saber, que lo que vemos no es la cosa. Que la cosa, en sí y de normal, no se deja ver. Que se esconde entre la cotidianidad de la superficie, que se disimula por efecto de un misterio bastante extraño al que aún no le encuentro explicación –no sin invocar a cosas tan problemáticas y vacías como: amor, deseo, poder, que no dicen nada realmente-, y nos parece que son una: que tienen superficie, que las cosas verdaderamente pueden tener superficie, que pueden ser unas, que son materia, que están en la Realidad y que con ella interactuamos.

Esto, naturalmente, es falso: es falso apenas nos lanzamos a entender la propia noción de superficie, la propia noción de materia, la propia noción de uno, de cosa… se abre un verdadero abismo oscuro –no vacío de cosas, sino vacío de la concatenación con el Sistema de la Realidad-, y lo que tenemos frente a nosotros es una especie de caos sin fin de razones cuyo único orden estriba en la sucesión de una tras la otra.

(Poner un ejemplo es un poco largo, pero quizá adecuado: nos basta con acudir a uno de los más antiguos razonamientos de las cosas, con el de Zenón y sus paradojas… si ya creemos pues que una cosa se compone de superficie, por ejemplo, la mesa sobre la que escribo, y hacemos la clásica división por la mitad hacia el infinito… y vamos partiendo cada trozo mitad por mitad, hay que preguntarnos: ¿alguna vez llegará a desaparecer la superficie? Si realmente la solidez es una propiedad de la superficie o acaso la superficie es únicamente un signo propio del lenguaje visual que nos hace suponer a los objetos externos, tal y como decía Berkeley en su Nuevo Ensayo sobre la teoría de la Visión –vuelvo a reiterar que queda pendiente una entrada sobre la visión, la luz y su evolución en el tiempo: junto con la historia del alma y la prehistoria de ciertos vocablos filosóficos, es la historia de la luz la que más urge realizar-. Y en fin, que cualquier cosa que se nos atraviese ante los sentidos y que juzguemos como ‘normal’, ‘natural’, ‘delimitada’, ‘definida’, nos basta con aplicar un poco el sentido común para que a la cosa misma se le vayan cayendo, uno a uno, todas las notas fijas y sólidas que tenía)

Blake dice: ‘limpiar las puertas de la percepción’ y aunque no cabe duda que en su día, el grabador recibió influencia tanto de las lecturas de los empiristas como de Berkeley –tal y como se puede ver en sus primeros trabajos como Todas las religiones son una y No hay religión natural y en las anotaciones de sus diarios-, sin embargo lo más acertado
decir es que es por medio de un acercamiento a desnudo a la cosa –que tiene tanto que ver con la razón como con el corazón- que encuentra eso de infinito que tiene encerrada dentro.

Tal y como dice Chesterton de su cuadro El fantasma de una pulga, con su habitual, pero algo mareante, ingenio:

«Si puede garantizarse que Blake estaba interesado, no en una pulga, sino en la idea de una pulga, podemos preceder al siguiente paso, que es uno particularmente importante. Todo gran místico va con una lente de aumento. Ve a cada pulga como un gigante –quizá tanto como un ogro. Yo he hablado de un alto castillo en el que este gigante mora; pero es más que eso, esa torre enorme es un microscopio. No se negará que Blake muestra la mejor parte de la actitud de un místico al ver que el alma de una pulga es diez mil veces más grande que una pulga.»

Queda el problema de ‘infinito’, ciertamente Blake utiliza la palabra infinite pero sin duda, en el fragmento lo utiliza todavía como sinónimo de ‘sin fin’, esto es, como el adjetivo ya propiamente entregado: ‘sin fin’. Las cosas, luego, son sin fin, abiertas al abismo de sí mismas, cayéndose perpetuamente de la Realidad: y sólo hace falta contemplarlas límpidamente para ver que no son lo que son. (Aunque digamos siempre que ‘infinito’ es una palabra demasiado equívoca, aún como adejetivo porque tendemos a suponer que se puede ‘saber’ qué sea)

El segundo caso, el de Poe, es totalmente diferente. Ojo, no debemos dejar engañarnos por la aparición del tiempo. Tiempo y espacio sean más o menos lo mismo si se autodenominan como infinitos: ¿pero dónde está el infinito en el Cuervo de Poe? Sencillo: en su ‘nunca más’, en su ‘nevermore’.

‘Nunca más’ es la expresión que delimita el inicio de un tiempo que no llegará. El tiempo de contemplar a Leonor, el tiempo de hundirse acaso con ella en el abrazo de la muerte. Nunca es simplemente la forma complementaria de Todo, y por lo tanto ambos pretenden ser infinitos –rodear todo lo que la cosa es y que en sus límites mismos se encuentre la nada: luego es infinita-.

Poe, aunque habla del tiempo, del futuro, está claro que el bucle demencial al que se refiere es al bucle de lo infinito, al tormento infernal del tiempo que no se cumple jamás: a la condena siempre pospuesta –pero condena al fin- de la muerte.

Es el tiempo sin final que a la vez tiene fin en la meta de la contemplación de Leonor. Es propiamente la noción contradictoria –y sin embargo bastante real- de infinitud, de lo infinito. De esta manera, el poeta se ve arrojado a un tiempo ‘sin fin’ pero cuya visión se estira hasta el límite de la meta:

It shall clasp a sainted maiden whom the angels named Lenore -
Clasp a rare and radiant maiden, whom the angels named Lenore?'
Quoth the raven, `Nevermore.'

La negritud del cuervo y su percistencia en únicamente repetir constantemente: ‘nunca más’, es acaso quizá el símbolo mismo de la Realidad que pretende imponer, sin más razonamiento que su propio haber en el mundo –ya que, ¿quién lo duda?, a pesar de ser una viva contradicción, un imposible, lo infinito existe en el mundo: en los números naturales, en el tiempo, en las teorías del universo, en la muerte, etc.-, subyuga, somete y funciona justamente para mantener las divisiones constantes en la que se va construyendo la realidad. Por ejemplo, que los muertos están muertos y no puede uno seguir enamorado de ellos.

(Lo importante en esta división es que los que supuestamente estamos vivos nos jugamos mucho en ello: la muerte de los muertos es también la muerte de los vivos.)

Naturalmente, poco hace falta añadir: el análisis, si es que a esto se le puede llamar eso, lo que pretende mostrar es cómo ‘sin fin’ es siempre una amenaza para la Realidad, una amenaza constante para cualquier cosa… no porque la aniquile, sino porque difumina su integridad, deshace sus límites, le quita lo de Uno con que la Realidad siempre pretende estar condenando a las cosas.

En cambio lo infinito no es más que una trampa, una domesticación falsa del misterio del tiempo y de la muerte: nadie sabe lo que es infinito, nadie lo sabe porque para saberlo se necesita un fin. No hay fin, aunque la Realidad siempre pretenda clausurar al mundo, constantemente, para que sus operaciones, ya bursátiles, ya aritméticas… sigan teniendo sentido.





‘Awake! Awake O sleeper of the land of shadows, wake! expand!
I am in you and you in me, mutual in love divine:
Fibres of love form man to man thro’ Albion’s pleasant land...'


lunes, enero 04, 2010

Notas al margen: Drogas

No hay cosa de la que tengamos que tener más recelo y sospecha sino de aquello que tiene éxito. Da igual, qué sea… si un libro, una película, un producto para adelgazar o una refresco de cola. Si tiene éxito por lo general, y salvo contadas excepciones, es porque, naturalmente, ayuda a la Realidad a perpetuarse…

Y lo que no… por lo general es el éxito mismo y su traducción en la gracia Divina (por otro nombre llamado DINERO), el que acaba por matar lo vivo que pueda haber en aquella cosa que pudo haber nacido de una inquietud viva y clara.

Por ello no nos queda más remedio que desconfiar muy mucho de las drogas, de su éxito entre los jóvenes, de su consumo entre los cuerpos. No vamos a apelar aquí a las saludes, ni a las nutriciones –que por otro lado, también su éxito tienen y de alguna manera mantienen igualmente en cintura a la Realidad misma para que no se desbarajuste ni se desbarre demasiado, como parece querer estar haciéndolo a cada momento. No. Que al fin y al cabo, de esas estupideces sobre la salud abundan demasiadas por ahí para que aquí tengan lugar… y tan llena de falacias como la supuesta diversión y ocio a la que se aspira con la droga.

La falacia de la nutrición es prácticamente la misma que la de la droga: que el cuerpo es de uno. ¡De uno! Como si uno y su cuerpo no fueran la misma cosa y que hay otra cosa que puede decidir sobre su cuerpo y decir: «¡A partir del año 2010, dieta rigurosa!» o «Mañana dejo de fumar» o cualquiera de esas militarizaciones de la vida diaria. Que lo mismo dice: «Hasta que el cuerpo aguante» o «¡Viva la pepa! Ponme otra sangría, que el cuerpo lo pide», o rayitas e inyecciones, maría y hachís, todo circulando de aquí para allá junto con las drogas más o menos duras desde el alcohol hasta el LSD y toda la madre que lo parió.

Naturalmente… todo esto para que la fiesta no se venga al suelo en el mismo palmo de sus narices, para que no se vea, en un momento de claridad inesperada, que estar en una discoteca es un asqueroso tormento como pocos, donde el almita tiembla de la música estúpida que resuena para estupidizarse más y no escuchar el sentido común que el está diciendo: «Vaya trabajo este de divertirse». Y ahí está la rayita de coca, el porrito de maría, la sangría de alto octanaje, para suspender esa operación del sentido común definitivamente.

Para sumergir la cabeza de lleno en la mierda de la Realidad y pegar una bocanada de porquería y pasárselo en grande… ¿o no?

jueves, diciembre 10, 2009

Fiestas


Ya vuelven otra vez esas fiestucas fúnebres para ir matando el aburrimiento del año… ¡Qué importante es matar al aburrimiento! No se vaya a dar uno cuenta, en esa flor viva de razón que suele revivir cuando esa vorágine de los trabajos se detiene un poquito, de que es uno el que ya está bien muertito y embalsamado.

Ay, y es que yo ya no sé que me da más tristeza. No lo sé… si acaso la rabiosa alegría con que se lanzan a la calle los mozos a tirar sus artificios de pólvora y repartir alcoholes, justo y sólo en el momento, en el que Dios se lo manda, o si acaso la ansiedad enloquecedora de ver las lucecitas de los centros comerciales rebosantes de familias dispuestas a entregarse a las delirantes orgías del Amor que el Señor nos da en forma de Santa Closes y ofertuchas en regalazos a tuti plé, o será la cogorza atragantada de la Santa Familia de Misterios siemprenvuelta que se abrazan en la más extraña de las cenas del año…

Pero no… ¿saben qué es lo que más me entristece? Pues que con el haber yéndome creciendo… y que yo creía que esto era pura hipocresía. Que no podía ser así, que no había manera de que esta mentira se sostuviese por tanto tiempo, de pronto me encontré en mí mismo ese terror malsano. Esa angustia por el festejo, esa gana de morirme en la borrachera más grande del año, de ver en mí y en mis alrededores próximos la fe de las Navidades… ¡eso fue lo que acabó por matarme!

¡Qué esto era de verdad! Que no había mentira por debajo…

Que se siente un no sé qué de angustia que acaba a uno por volverlo loco si no festeja, si no tira los cuetes, si no se abre unas cervecitas, sino corta el pavo… y sólo con una fuerza de voluntad, más poderosa que yo mismo, a veces sumido en el más totalitario de los olvidos, he conseguido sobrevivir a estas Fiestas en años pasados… increpando a unos, gritándole a otros, llorando a solas, cagandomeenlaputamarserena de la Realidad entera, y…

¡Y esa fe que le tenía yo, sin saberlo ni quererlo, a la Fiesta, sólo se la podía quitar, quitándome yo de en medio! Sólo la podía romper a condición de romperme yo.

Y quizá pasó, no sé.

Y ahora, vuelven. Y quería decir lo triste que son: Que cuando el cariño se hace carne en un puto brindis de mierda, está ahí todo el amor de la Santa Familia que se entrega a sí misma todo el alcance de su Vida. Que no… que no hay más.

Bueno… no hay más en la Realidad. Y quizá ese es el error (mío y de todos los Santos Suicidas que este año nos abandonarán) que aún seguimos esperando algo que nos llueva desde arriba: de la Familia, del Niñito Jesús o de Santo Nicolás de Bari el alcahuete turco.

No lo sé.

Sólo se que hubo un Verbo… y que se le quiere callar desesperadamente a base de cogorzas de güisqui y coca-cola… que la Realidad necesita que guarde silencio… y poco más.




Oy comamos y bebamos
y cantemos y holguemos
que mañana ayunaramos.

Por onrra de san Antruejo
paremonos oy bien anchos,
enbutamos estos panchos,
rrecalquemos el pellejo,
que costumbres de concejo
que todos oy nos hartemos,
que mañana ayunaremos.

Honremos a tan buen santo,
porque en hambre nos acorra,
comamos a calcaporra,
que mañana hay gran quebranto.

Comamos, bebamos tanto,
hasta que nos reventemos,
que mañana ayunaremos.

Bebe Bras, más tú, Beneyto,
beba Pidruelo y Llorente,
bebe tú primeramente,
quitarnos has deste preito.
En beber bien me deleyto,
daca, daca, beberemos,
que mañana ayunaremos.

Tomemos oy gasajado,
que manana viene la muerte,
bebamos, comamos huerte,
vamonos para el ganado,
no perderemos bocado,
que comiendo nos iremos,
que mañana ayunaremos.

(Cancionero de Juan de la Encina, 1492)