viernes, marzo 21, 2014

¡Viva!

Sólo hay dos pedagogías: la del amor y la de la muerte. Ambas enseñan lo mismo.


No, mamá. Yo sé que tú no estás muerta. No creo en trasmundos de chamusqueo eterno, ni de paraíso de aburrición, ni de tibio purgatorio. Tanto menos (que me parece que es darle del revés para lo mismo a la cosa) en espíritus chocarreros ni brujas ni entreplanos de la Realidad. Que ya con una Realidad me basta y sobra como para andar buscando otra.


Pero yo sé bien que no estás muerta. Que aunque te ande por aquí extrañando el cuerpo lirondo tuyo, tus gafas oscuras, tu mata negrísima de pelo (con el entrecano de los años), tu sorna perenne del mundo este de hombres que te tocó parir, yo sé que no estás muerta.


Mientras haya gramática que te nombre, que nos nombre. Habrá vida. La muerte es que ya a uno no le pase nada. Que uno sea el que es. Y tú no serás, no señora, de eso ya me encargaré yo, de seguir dándote quebraderos de sueños y miedos, madre que los tenías a puños.


Quién sabe, quizá sin el burbujeo televisivo que te hacía compañía siempre, sientas algo y escuches mejor. Perdona que, aún después de este trance tuyo, siga con la sorna de la tele y el crucifijo (que para mí, ya lo sabes, son casi lo mismo), pero ¿qué quieres? Ya mucha paz te dará el cuerpo tuyo, lindo y fregado ya de rosas, déjame que te siga yo (como solías hacer tan empecinadamente tú) poniéndote el gorro de razones y tonterías que se me cruzan por en medio.


¿Haz visto que fui a tu funeral? Con corbata y todo. Como me decías, sabiendo lo poco que me gusta, cuando la usaba: "Qué guapo" y te sonreías. Por más mortificaciones que la peste esa que te cayó encima te estuviera dando. Y hasta fui a misa. Y hasta recé. O por lo menos mustié lo mismo que mustiaban los demás. Fíjate nada más lo mucho que te quiero como para andar pasando por esos trances. 


Que es que ya sabes que ni funerales ni cumpleaños (que para mí son más o menos lo mismo) me gustan nada ni me gustarán jamás. Nunca me perdonaste que ni me parara en tu último cumpleaños, mamá. Pero, oye, es que yo no aguanto esto del conteo del tiempo (que es lo mismo que el funeral, cerrar el tiempo y el ciclo) y, aunque los sacrificios se valgan, hay que medirlos y darlos oportunamente.


Pues sí, que ya parece que nunca más vas a andar por acá, en la casa. Tú cama ya esta limpita y tendida, vacía. La misma cama en la que te vi hace dos días cuando vine a recoger una refacción entremedias del trabajo y me dijo la enfermera que ocupabas que te sentaran, que ya podías caminar con esas piernecillas maltrechas que te había dejado esa peste de Dios. Y bueno, yo, que te siento en la silla de ruedas y me miras y ves la ventana y resoplas y jalas el aire con la garganta y tu hilillo de oxígeno atado a la máquina resopla contigo burbujeando y te digo que ahorita regreso que voy a hacer una cosa y vuelvo y estás agotada de estar sentada y te digo si quieres volver a acostarte en tu cama y me dices que sí y tienes calor y te echan aire con una toalla y te acuesto y miro a mi tía y miro a la enfermera y te miro a ti y me veo a mí, que puedo caminar y brincar y correr y pasear y andar a barruntos por el cerro (aunque claro, tenga yo que volver corriendo al trabajo a dejar la pieza y cobrar los dineros para ir juntando, como tú bien hacías previsora que eras, para mis servicios funerales del futuro) y te di un beso en tu frente perlada y te dije te quiero y te dije que al rato volvía que nos veíamos en la tarde y ya nunca más te vi.


O sí.

O no sé.


Bueno, yo ¿qué voy a saber? Si soy yo. Que ya se sabe que esta pedagogía fantástica del amor y de la muerte es precisamente que hay que olvidarse de uno, de sí, del contorno preciso del límite del alma y patochadas psicológicas que le vengan detrás.


Y estás aquí. Porque te nombro. Que aunque, claro, no sea lo mismo que verte en el rebujo de la sorna y la risota que te traías hasta el lecho mismo de tu muerte, será una forma de no dejarte en paz. Que no te deje la razón, de vez en cuando, de asaltar... y cuando te hacías ovillo con el alma atorada y llenas de miedo, y te venía yo, algo cansado, es verdad (que ya mucho batallaba y batallo yo solo para deshenebrarme el miedo y las ideas), a sacarte algún resabio de alegría a fuerza de parir dudas y más dudas.


No, no estás muerta mamá. Porque la muerte tuya es la muerte de todos, ya se sabe. La muerte de cualquiera es la estadística que juega contra nosotros y nos condena: No, niña, no. Que aunque aquí sigamos en la congoja de la falta de ti, de los abuelos, de Agustín, de Javier, de Juan Pedro, de Panchito, de la Mandrake, de Happy, de... bueno, de esa ristra de nombres y sueños y masa que yo decía ver y tocar y abrazar, pues algo queda, algo se nos va cayendo, una venda que nos dice que el lenguaje lo cubre todo en ese lugar podemos, si aprendemos, como decía el nigromante zamorano, a dejarnos hablar, saldrán vivos y muertos a puños por bocas y nadie sabrá nada. 


¿Te imaginas una forma más bonita de Apocalipsis? Que los muertos resuciten en la boca de los vivos. Que de pronto de la urna de tus cenizas naciera una palabra, una palabra sola y que retumbara con un eco levantando de sus sepulcros a los corazones (más muertos los de los vivos, qué duda cabe) e hiciera añicos en un santiamén todo el mundo, el mundo todo con sus crucifijos, sus televisiones, sus cumpleaños y funerales.


Tú, mamá, tú no estás muerta. Así de simple. Por qué si, como decía el silogismo, si no estás ni aquí ni allá, ni en cielo, ni en infierno, ni en tu urna, ni en tu cama, ni en tu cuerpo... ¿por qué ya concluiré que no estás en ningún sitio? No. La demanda sin fin está ahí. La búsqueda puede seguir por siempre y no acabarse nunca. No estás aquí. Pero no estás muerta.


Viva.


Vivan tú y todos los muertos del cementerio. Que esta Realidad que te llenaba de miedos y tristezas, tiene como piedra angular la lápida de cada uno de nuestros muertos. 


Vivas tú por siempre, María Magdalena. No llores más, mamá. 


Te quiero.




viernes, febrero 07, 2014

El dinero ha muerto. ¡Viva el dinero!

1. Que se vea como estas últimas medidas de este estado particular van encaminadas a la desaparición del dinero contante y sonante. Ya se habían creado cosas tan molestas y engorrosas como el IDE (Impuesto al depósito en efectivo) que hacía que fuera completamente indeseable hacer manejo de sumas de dinero de billete sobre billete. El uso de la tan traída y mentada tarjeta inteligente de lectura de los medidores de electricidad o la aparición, en este y otros estados, los medios de pago con tarjetas prepagadas para el transporte público vienen a desaparecer el uso de monedas y billetes entre el común.

2. Aunque ya antes, desde finales de los años ochentas en los estados más progresados, funcionarios y pensionados, recibían su dinero por medio de transferencias electrónicas, hoy no hay quincena que no pase por cuentas y tarjetas de nóminas (eso sí, del banco de su preferencia, para seguir creyendo la estupidez que hay diferencias entre unos y otros). Desapareciendo la figura del habilitado y de los antiguos sobrecitos en donde se contaba el dinero. 

3. Se puede creer, aunque eso es solo el recubrimiento y el beneficio colateral, que esto se hace con motivos puramente fiscales. Que se hace para suprimir ese componente anónimo del dinero y que cada transacción deje el rastro burocrático-electrónico para el más fiable y expedito cobro de impuestos.

3.1 Nada de eso. O bien, eso solo es la consecuencia incidental de otra cosa. De lo que se trata es de reducir al dinero a su verdadera esencia que es la misma que se aspira tras el nombre propio de cada cual. Esto es: su esencia identitaria.

4. Es precisamente el nombre propio el que al final acaba siendo la rentabilidad misma del dinero. Y en su solo aparecer lleva ya cierta producción de capital. Cuando regresé a México me sorprendió (lo había, alegremente, olvidado) como los artistas de poca o mucha monta, sea de novela o de canción, se prestan tanto a anunciar y vender su nombre para tal o cual marca. No importa el estatus o seriedad del actor: nominados al Óscar o conductores de fama local. El caso es ganar dinero con el uso de su nombre: cosméticos, toallas higiénicas, pollos asados o incluso como referente turístico.

4.1 Esto, claro, no exclusivo de las celebridades sino solo su evidencia más caricaturesca. Hace poco la revista TIMES sacó un interactivo en donde invitaba a los usuarios de Twitter a calcular el costo de su cuenta según operaciones de marketing, cuánto valía su cuenta de Twitter. El propio nombre y su producción de información, por sí mismo ya generaba un dinero. Su nombre propio es claramente un gran signo monetario. Por si no se había dado cuenta. http://newsfeed.time.com/2013/11/07/interactive-this-is-how-much-money-twitter-owes-you/

5. De esta manera tenemos que la identidad de la persona es en sí su propio valor. Y la desaparición del efectivo y reducirlo ya a un puro número en las pantallas electrónicas es el siguiente paso desde que en los años veintes de la centuria pasada se abandonó el patrón oro. Esto es, a informatizar el dinero. No únicamente para que el numerario no circule, sino para crear en sí mismo la conciencia de que el dinero es pura información.

5.1 ¿Qué duda cabe, después de ver los ejemplos de publicidad y el bombo y platillo con la que se generan las noticias que es precisamente (como ya lo señalaba el maestro) la producción de información el negocio más rentable del sistema este que padecemos? Ya con el solo producir información se produce dinero. O como ya anunciaba el otro visionario de los negocios, que ya todos, sin importar el trabajo o puesto que se tenga, somos vendedores. Sin darse cuenta, el pobre, que lo que estaba diciendo más bien del revés, que todos estamos en venta. O mejor que el alma, la identidad y la privacidad es el objeto que se vende.

6. Antes estas cosas, como se sabía, estaban reservadas para los artistas, escritores, pintores, o cualesquiera que fuera su materia. Ya se sabe que cuando se compraba un cuadro, se estaba comprando la firma. O en el caso de los escritores, ellos también tienen que creerlo, las palabras que iban hilando (necesariamente) eran suyas o incluso, eran ellos mimos vertidos en las letras. Por lo que su propia venta era la venta de su propia identidad, de una parte de ellos. 

6.1 Claro que la modernidad que inicia con esa mágica visión del ciudadano baudeleriano que rescata de la masa anónima el éxito (la salida, al fin del anonimato) hasta la hiperexpresividad de las redes sociales que permiten entrever los rincones más íntimos e impúdicos de los entes privados, esto ya es patrimonio precisamente de la condición dineraria y ontológica de los nombres propios y de quienes los padecen.

7. De ahí que esa desaparición del dinero para convertirse en información (aritmética, publicitaria e intimidad) sea precisamente la evolución de la perfección del dinero. La forma en que tiene de desaparecer para estar más presente que nunca. 

7.1 Se predice, sin mucho problema, la desaparición absoluta de los billetes bancarios y de las moneditas de cuproníquel como antes desapareció el oro y plata de nuestras monedas.

8. La conversión precisamente del dinero en intimidad es la que asegura la producción indiscriminada y volatilizada de capital. La hiperinflación de los créditos hipotecarios (de un dinero siempre futuro) se llega a la hiperinflación de la privacidad y su venta en forma de un dinero que ya no sirve, como decía el maestro, más que para comprar dinero.


miércoles, septiembre 11, 2013

Profesión / Voluntad

1. Qué cambiazo eso de la gente por las profesiones. Es horrible y triste ver como gente que más o menos puede tener ciertas inteligencias, se ve borrado de súbito por la profesionalización de los que haceres. Ya no hay gente, sino profesionistas. Es decir, gente que cree que sabe lo que hace. O que por lo menos aparente saber lo que hace, ya da lo mismo si cree que sabe o no sabe con tal de que lo parezca. 

2. Sería esa la gracia que podían conservar las mujeres cuando tenían ese pecado tan gordo de no trabajar. Bueno sí, trabajaban al servicio del señor de la casa, pero bueno, eso se arreglaba con cuatro pegos y listo. Y eso de que se llevara en la intimidad y no revistiera mayor dificultad que mantener la casa en orden y la cena lista, y más bien el trabajo (si acaso le daban esa cualidad) era manual, físico... humillante. Tan humillante o más como el de los campesinos o albañiles. Nada que ver con los profesionales de las cosas que hoy abundan por aquí y por allá. Y las pobres mujeres, pasaron de renunciar a ese trabajo de humillación ante el marido (al que después podían, si el susodicho se dejaba ir envenenándole el día a gritos y revueltas, a trastazos o besos y no dejarle tan en paz de su dominio) para caer en las garras del Dios y amo incuestionable y que reina con una paz tan árida que miedo da. El dinero, claro.

3. Y la cosa no sería tan grave, ¿verdad?, si todo esto de los profesionales  se limitara a su basta incompetencia para hacer las cosas. Es decir, demostrar con su pretención de saber hacer una cosa, es casi proclamar no saber hacer nada de lo demás... Eso, bien mirado, no sería tan malo, porque por lo general estos profesionales a lo único que se dedican es a administrar la basura y muerte que despide el sistema, público o privado, da lo mismo. Y si la administración de la mierda no fuera tan eficiente, ¿qué duda cabe que la cosa sería mejor? 

4. Pero la cuestión va más allá, hasta la fundación misma de la Persona como profesional. Porque ya de pronto al separarse del cuerpo vivo del pueblo (desidentificarse finalmente con el ama de casa humillada por el Señor) pues ya el que sabe tiene, por fuerza, que estar por encima del que no sabe. Y por tanto creer que siempre uno es quién toma las desiciones y manda y vota y compra y elige y decide el canal televisivo para ver. En resúmen, seguimos siendo la misma ama de casa, humillada, vilpendiada, a la misma vez que tenemos el control de las cosas. 

5. De esta manera el trabajo mismo constituye a la persona y la hace ser la que es. Con todo el padecimiento y dominio que tiene un par de la cópula sobre el otro. Y en esta doble predicación errónea (puesto que una cosa no debe predicarse doblemente, mucho menos de un verbo tan poco parecido a un predicado como el de "ser") es el que se haya como clave de bóveda de este sistema que padecemos.

6. Nadie, por cierto, puede decir por esto que digo que "está mal trabajar". El trabajo es lo último que importa en esto de las profesiones. Más bien, tal y como se puede ver en el escalafón jerárquico de los trabajos, parece ser que un empleo tiene más prestigio entre menos trabajo implique. Así el campesino y albañil son despreciables y molestas; y en cambio, los políticos y banqueros siguen guardando el prestigio que conlleva ese puesto de trabajo que es su puro nombramiento. 

7. Y por cierto, no podemos menos que hacer notar como este tinglado tecnodemocrático sigue siendo, a grandes rasgos, la construcción del platonismo ya bastante añejo y pasado por el cristianismo y sobre todo Hegel. Esto es, ver que el cumplimiento de la idea de la civilización es precisamente este momento de la historia en la que las personas solo asisten al cumplimiento de su destino en el trabajo: ser ellos mismos. 

8. Cabe señalar, finalmente, que esta realización del destino de la persona (que no es sino hacer lo que ya estaba mandado hacer desde siempre, desde que el hombre asumió la tarea de hacer el Reino de Dios sobre la tierra a través del perfeccionamiento técnico de los empleos -sin trabajo- y las ideas), no tiene nada que ver con la vocación sino más bien al contrario.

9. La vocación es llamado. El vocativo siempre tiene que ser invocado por otro. Cualquiera que siga la vocación, precisamente lo que hace es alejarse del mandato al cumplimiento de su destino: es salirse del camino de la condena a lo hecho desde siempre y correr el riesgo de jamás realizarse. De no ser el mismo. De admitir ese llamado de otro y vivir para eso otro que no es uno.

10. Claro que las operaciones de domestiación de la vocación están a la orden del día. De hecho, es en la vocación donde el sistema tecnodemocrático del individualismo ve su punto límite de su éxito. Es decir, si un ecritor, poeta, artista o lo que fuera, siguendo su vocación consigue el éxito, ve reflejado en él y sirve como ejemplo para ver de qué manera el cumplimiento del destino es precisamente "el suyo". Y trocan así la pasión por la voluntad. El desvivirse del artesano por la obra (desvivirse por otro) en una voluntad del artista: en un trabajo positivo.

11. Este cambiazo es la razón por la que el arte ya no sirve para nada sino para venderse... 

11 (bis). Lo mismo que la gente.

miércoles, enero 23, 2013

Bosque de álamos negros...

(Río la silla - Sara L. Sánchez Chávez)


Vamos al bosque y arroyo,
bosque de álamos negros,
a soñar el andar de las nubes
y cantar con pájaros ciegos.
Vamos, toma mi mano
a perdernos en troncos inhiestos,
entre humillo de paixtle
y tierna cama de helechos,
moras de dulce azul
de la morera comeremos,
del arroyo leche de erizos,
salpicón de berberechos,
siembras de soles violetas
en las copas de los cerezos.
Agua nueva de la fuente
con buena sed beberemos,
higos verdes al desayuno
con suaves tes de poleo.
Ahí, tú y yo y nuestra
jauría de frágiles perros,
a vivir, holgar, retozar,
sin ningún futuro ni empleo,
a dejar que los nombres
se olviden como los sueños,
que nuestra memoria
se vaya en lomos de tiempo.
Serás tú la soberana
morena reina de los enebros,
coronada con una diadema
de frutos y floresde almendro,
y alhajas y anillos de 
gualda retama y lila de brezos,
con corte de lobos de oro
y un borrego almizclero,
linces salvajes, burros,
gallos de plata y corderos
lechales, mirlos, garzas,
verderones y mochuelos,
un carruaje tirado
por diez blancos conejos,
armónicos coros de ranas
cantando ¡vivas! en el piélago,
un alto y fornido caballo
de mil soles moreno,
hilos de telas de araña
bordeando encaje en tu pecho.
¡Toma esa larga, nudosa
y fina rama de enebro!
Es un bastón, es espada
y es también remo
que nos lleve y traiga
vera el río al océano.
Ya verás tú qué es lo 
que pasa de bueno.
Escribiremos coplillas
cartas, adivinazas y versos
sobre papelotes morados
de moneda que llaman dinero.
Aquí no hace falta; no hace
falta siquiera el deseo.
Aquel que algo quiera,
agua, amor, alimento,
calor, huerto o sombra,
juego, manzanas o besos
basta con solo pensarlo
y nombrarlo para tenerlo.
Junta pues a tus bestias,
alza ante ellos tu cetro
y gobierna con tu bondad 
de buen singobierno.
¡Este bosque escondido
será por siempre tu reino!
La verde frontera
de este a oeste del cerro!
Ve por ahí y cuéntale
a todos este dulce secreto.
A los que pregunten:
"Eh, Sarilú, ama de perros,
¿a dóndete escondes
que nunca, nunca te encuentro?"
Diles que sigan por los
guijarros a los reflejos
del río del bosque
de grandes árboles negros.
Nada quiero yo por
casa más que tu cuerpo.
¿Qué será lo que pase?
¡Es todo un hondo misterio!
¡Solo ven y jura conmigo,
jura sin siquiera saberlo!
Di que de aquí, de este
bosque nunca saldremos!
Que por aquí vivirán
por siempre los muertos,
que ya cuando tú y yo 
no tengamos voces ni aliento, 
bajo esta raíz preñada
de olvido, de vida, de tiempo,
seguirán nuestras bocas
dale que dale, beso que beso,
y que entre el murmullo
del arroyo en el desfiladero
se escuchen las risas,
caricias, carantoñas, juegos,
las canciones sonando 
de peña en peña en eco
que anden por siempre en este
bosque álamos negros

miércoles, enero 02, 2013

El más triste de todos los mandamientos...


Resulta más que curioso constatar que solo existen tres mandamientos (de la ley cristiana, claro), que son abiertamente positivos. 

1. Amar a Dios sobre todas las cosas.
2. Santificar las fiestas
3. Honrar a tu padre y a tu madre.

El resto de los siete son más bien negativos o prohibitivos. Te impiden hacer cosas, en lugar de obligarte a hacerlas. 

De esos tres mandamientos de obligación, uno tiene que ver con Dios (cosa que lo vuelve bastante importante) y el otro tiene que ver con los padres (cosa que más o menos se puede entender según qué cosas). Es decir, ambos tienen que ver con un cierto "amor" y "honra" hacia otra cosa que no es uno y reviste cierta autoridad: Dios y los padres. Algo que sería bastante digno de analizar y desmenuzar  pero que dejaremos para otra ocasión  porque es que es el tercer mandamiento el que no deja de llamarme la atención:

Santificarás las fiestas.

Locución que no quiere decir sino que se cumplirá el rito establecido según el precepto de la fiesta, sea de cilicio, ayuno o abstinencia y oración, solamente la importancia de Dios supera la del rito:

Ya que en orden de importancia (si se quiere dar, como parece que es, un cierto orden jerárquico al mero ordinal de los  mandamientos), solamente la figura del amor a Dios y la no utilización del nombre de Dios en vano, superan a la importancia de guardar las fiestas, de celebrarlas como es debido.

Incluso por encima de la honra a los padres, al hurto o al asesinato, parece preocuparle a la canónica eclesiástica que lo que primero se haga, una vez queda liquidado el asunto de Dios, es que se reúnan los feligreses al rededor del rito para poder continuar con la institución.

Preguntas son muchas y muy graves las que surgen al rededor de este descubrimiento de Perogrullo. No ahondaremos, aunque tendría sus sentido, en las distintas polémicas alrededor de las teorías de las fiestas y rituales sociales desde el punto de vista antropológico. La fiesta de Pierre Calestres (bastante criticada por lo demás por antropólogos que hacen más trabajo de campo), retomando ciertas nociones de Mauss y Bataille, ve en la fiesta una suerte de transgresión para la eliminación del excedente de la producción (esto aplicado, claro está, a los pueblos fundamentalmente neolíticos, es decir, los pueblos que aún siguen sosteniendo su economía fundamentalmente de la tierra).

Quizá no esté del todo equivocado Calestres siempre y cuando recordemos la máxima fundamental de la transgresión: que es justamente el polo dialéctico del orden. O, como diría el profesor Juan de Mairena, es su complementario, cumpliéndose las dos reglas fundamentales: 1) ser el uno lo contrario de lo otro y 2) ser el un condición de posibilidad de lo otro.

Es decir, sin transgresión no hay orden, sin orden no hay transgresión. Luego, ¿la fiesta es solo la lavada de cara del orden? ¿Será que estas borracheras de muerte y congestión alcohólica y pseudobacanales solo son comprensibles desde la perspectiva del absoluto aburrimiento del día a día? 

Ya he dejado más que claro siempre y en cada momento que odio las fiestas. Las odio con ferocidad y desprecio. Desde las fiestas de fin de año, pascua y vacaciones, como por supuesto y sobre todo, la fiesta personal del cumpleaños y los aniversarios. Independientemente de que nos quieran vender que se trata de una inocentada, que no importa, que da lo mismo celebrar que no celebrar, que es una excusa para pasárselo bien, que no se lo tome uno demasiado en serio...

No, no se puede. Me lo tomo en serio, lo más serio que puedo sin llegar a importunar a la gente. Me tomo, hasta un cierto punto, muy a pecho la tarea de recordar la tristeza. ¿No sienten ustedes como esta orgía de lucesitas y de abrazos esconde una tristeza enorme? ¿No huelen aquí a un trampantojo? ¡Casi como las fiestas de la sangre de San Pantaleón! El hecho de que suceda ante 5 mil personas la licuación de una sangre de más de 1700 años... ¿significa que es verdad? ¿Significa que lo que está ahí ocurriendo es un milagro?

¡Quién lo sabe! Yo, lo cierto, es que no. Pero ese hecho, no me parece más milagroso que ver cómo la gente, acepta sin más, el cambalache tramposo de cambiar 363 días de gusto y regocijo, por uno de orgía y locura. Me sorprende la docilidad de la gente para aceptar esto. (Lo mismo, por cierto, que me sorprende la docilidad de la gente para aceptar el tráfico o los impuestos o el crédito). Me deja boquiabierto, más que si viera yo mismo la higuera seca florecer con la sangre derramada de la decapitación de San Pantaleón. 

¡No señores! Aquí hay un camelo gordísimo. ¡Enorme! ¡Tiene que haberlo para estar justo después del rendir tributo y obediencia y amor y respeto a lo más sublime y sagrado de la institución! Es decir, a Dios. ¡Dios es justamente la justificación de la fiesta! Y no porque se trate de Navidad, sino porque esa idea es la que en el fondo, está detrás de esas carnes entristecidas, cuerpos enmohecidos, alegrías entumecidas, que se lanzan en un frenesí místico y enloquecedor a divertirse. ¡Para qué el cilicio si hoy se bebe cerveza como si de un auténtico deber de penitente se tratara! Y ese sonido de cohetes y pirotécnica que viene a ensordecer como silencio de monje cartujo. ¡No vaya a ser que en ese silencio, se desquebraje la idea de Dios! No vaya a ser que en esa pausa de la producción infernal, nos demos cuenta de que todo esto es una ilusión, todos contemplamos embobados la ampolleta de sangre de San Pantaleón y nos damos golpes de pecho con espantasuegras y gorritos de "Feliz año nuevo"! 

Para que al final, esta pirueta de la roca azul vagabundeando al rededor de la nada de soles, cobre algo de significado... porque si no... porque si no... ¿Cómo iban a sostenerse las alzas de las acciones, los créditos hipotecarios, las idas y venidas a los estadios? ¿Cómo iba a sostenerse todo si no hay un fin? Aunque sea el de este año... ¿Cómo iba a sostenerse Dios si no fuera porque el no es puro amor ni puro nombre, sino institución, rito y fiesta? ¡Dios se desmoronaría sobre nosotros mismos, salpicándonos de su divina sinrazón, si no fuera porque está condenado, como idea que es, a presentarse en la forma ordenada de la fiesta, del pulso, del ritmo, de la mentira teatralizada!

Que se jodan las fiestas, queridos, y ya verán como no necesitamos tanto petardo, ni cerveza, ni abrazos, ni Dios, para estar alegres y cantar.

viernes, diciembre 21, 2012

Del fin del mundo...


Ay, que se acaba, uy, que se cierra el negocio, que ya nos mandan a freir el churro a los santos infiernos. Nada, nada, que esta aurora, como la de ayer y la de mañana será exactamente igual de aburrida y rutinaria que las demás... acaso el signo más inequívoco de que, sí, era verdad, el mundo, hace mucho tiempo que ya se acabó.

¡El fin del mundo no es algo que ocurra en el tiempo! No, el fin de la cosa misma del mundo no puede ser que se de dentro del tiempo si su clausura, es la propia clausura de este tiempo (al menos del calendario gregoriano, vaya usted a saber si las lluvias de neutrinos y chorros de materia oscura que andan por allá por las galaxias, cuenten y midan los tiempos). El fin no se espera en el tiempo, eso es ya mera lógica.

Ahora bien, eso no significa en modo alguno que el fin no pueda tener su lugar. Tener lugar (que algún listillo quiera entender como tener su suceder en el tiempo, ya que tiempo y espacio, más o menos, vienen a ser lo mismo, pero no, no será así si el espacio sin ser trocado en tiempo es algo que se da antes del tiempo o que subsiste por debajo de él, corriendo a su par, sin una aparente modificación del transcurrir del propio tiempo).

Sí, una vez un loco le dijo a mi maestro, "Eh, tú, Calvo, que hablas del fin del mundo, ¡pero si eso fue hace tanto tiempo!", dijo y se sonreía desdentado. Y es verdad, hace tanto que el mundo ya no es mundo.

Quizá el mundo se empezó ha acabar hace unos tres mil quinentos años cuando unos pastores asiros comenzaron a hacer marquitas con un estilete en un forro de lana tejida para ir haciendo las cuentas de las cabezas de ganado y los censos de las poblaciones. Así se comenzó la lenta caída hacia el fin que nos va dejando varias pistas por ahí. La escritura alfabética fenicia, la ida de Colón a América, la invención de la imprenta y finalmente la creación del progreso progresado a partir de la creación del automóvil, el satélite y la producción estúpida del capital.

Ay, amigos, ¿realmente esperan el fin en el tiempo? ¿No se dan cuenta que es justamente el hecho de que el mundo esté conocido y redondo por sus cuatro costados? Si ya lo dice la palabra: "Definir" es dar fin, es delimitar y poner al mundo en la áridez de lo ya conocido de su geografía y de su rutina. ¡Ya se sabe lo que es! Y ya lo que pueda pasar en él, tiene el mismo razgo de aburrimiento, bostezo y desesperación que lo que pueda ocurrir en el Reino de Dios. 

Poco nos deben escandalizar los agoreros del fin de la historia y o del mundo. Desde San Juan a Boris Cristoff, pasando por Hegel o Harold Camping, es lo mismo... Predicen a toro pasado, ya el mundo se acabó, al momento de saberse, ya no hay nada que pueda pasar en él sino lo que estaba mandado que ocurriera.

¿No se dan cuenta la terrible situación? ¿No está el mundo ya tan muerto que a uno solo le puede pasar lo que ya estaba destinado a ocurrirle? El mundo ya se acabó, si no en el tiempo, porque eso es imposible, sí en su tener lugar. Ya no hay lugar para que ocurran cosas inesperadas y ello ya es suficiente evidencia de que el apocalipsis ya se consumó. 

Mefistofélico contrato que el hombre ha firmado con los poderes celestiales: ha cambiado la vida por la seguridad. Y así nos va, trocando significados, los unos por sus contrarios: ¿nunca se han parado a pensar que es posiblemente el hecho de estar tan obsesionados por nuestro fin, nuestra desaparición y abogando por nuestra supervivencia, el signo claro y distinto de que ya lo que hay aquí no puede llamársele vida? Pura espera de la muerte, aquí sentados, viendo al sol levantarse con su redondez sobre todo el orbe conocido. 

Acaso, haya, quién sabe, entre esas hendiduras de saber, algo que se pueda de veras vivir, que se pueda de veras palapar, que ya no sea ese devenir de lo ya hecho y lo ya dicho. Pero eso, queridos, tampoco ocurre en el tiempo... y caso tampoco le quede el lugar.