miércoles, septiembre 11, 2013

Profesión / Voluntad

1. Qué cambiazo eso de la gente por las profesiones. Es horrible y triste ver como gente que más o menos puede tener ciertas inteligencias, se ve borrado de súbito por la profesionalización de los que haceres. Ya no hay gente, sino profesionistas. Es decir, gente que cree que sabe lo que hace. O que por lo menos aparente saber lo que hace, ya da lo mismo si cree que sabe o no sabe con tal de que lo parezca. 

2. Sería esa la gracia que podían conservar las mujeres cuando tenían ese pecado tan gordo de no trabajar. Bueno sí, trabajaban al servicio del señor de la casa, pero bueno, eso se arreglaba con cuatro pegos y listo. Y eso de que se llevara en la intimidad y no revistiera mayor dificultad que mantener la casa en orden y la cena lista, y más bien el trabajo (si acaso le daban esa cualidad) era manual, físico... humillante. Tan humillante o más como el de los campesinos o albañiles. Nada que ver con los profesionales de las cosas que hoy abundan por aquí y por allá. Y las pobres mujeres, pasaron de renunciar a ese trabajo de humillación ante el marido (al que después podían, si el susodicho se dejaba ir envenenándole el día a gritos y revueltas, a trastazos o besos y no dejarle tan en paz de su dominio) para caer en las garras del Dios y amo incuestionable y que reina con una paz tan árida que miedo da. El dinero, claro.

3. Y la cosa no sería tan grave, ¿verdad?, si todo esto de los profesionales  se limitara a su basta incompetencia para hacer las cosas. Es decir, demostrar con su pretención de saber hacer una cosa, es casi proclamar no saber hacer nada de lo demás... Eso, bien mirado, no sería tan malo, porque por lo general estos profesionales a lo único que se dedican es a administrar la basura y muerte que despide el sistema, público o privado, da lo mismo. Y si la administración de la mierda no fuera tan eficiente, ¿qué duda cabe que la cosa sería mejor? 

4. Pero la cuestión va más allá, hasta la fundación misma de la Persona como profesional. Porque ya de pronto al separarse del cuerpo vivo del pueblo (desidentificarse finalmente con el ama de casa humillada por el Señor) pues ya el que sabe tiene, por fuerza, que estar por encima del que no sabe. Y por tanto creer que siempre uno es quién toma las desiciones y manda y vota y compra y elige y decide el canal televisivo para ver. En resúmen, seguimos siendo la misma ama de casa, humillada, vilpendiada, a la misma vez que tenemos el control de las cosas. 

5. De esta manera el trabajo mismo constituye a la persona y la hace ser la que es. Con todo el padecimiento y dominio que tiene un par de la cópula sobre el otro. Y en esta doble predicación errónea (puesto que una cosa no debe predicarse doblemente, mucho menos de un verbo tan poco parecido a un predicado como el de "ser") es el que se haya como clave de bóveda de este sistema que padecemos.

6. Nadie, por cierto, puede decir por esto que digo que "está mal trabajar". El trabajo es lo último que importa en esto de las profesiones. Más bien, tal y como se puede ver en el escalafón jerárquico de los trabajos, parece ser que un empleo tiene más prestigio entre menos trabajo implique. Así el campesino y albañil son despreciables y molestas; y en cambio, los políticos y banqueros siguen guardando el prestigio que conlleva ese puesto de trabajo que es su puro nombramiento. 

7. Y por cierto, no podemos menos que hacer notar como este tinglado tecnodemocrático sigue siendo, a grandes rasgos, la construcción del platonismo ya bastante añejo y pasado por el cristianismo y sobre todo Hegel. Esto es, ver que el cumplimiento de la idea de la civilización es precisamente este momento de la historia en la que las personas solo asisten al cumplimiento de su destino en el trabajo: ser ellos mismos. 

8. Cabe señalar, finalmente, que esta realización del destino de la persona (que no es sino hacer lo que ya estaba mandado hacer desde siempre, desde que el hombre asumió la tarea de hacer el Reino de Dios sobre la tierra a través del perfeccionamiento técnico de los empleos -sin trabajo- y las ideas), no tiene nada que ver con la vocación sino más bien al contrario.

9. La vocación es llamado. El vocativo siempre tiene que ser invocado por otro. Cualquiera que siga la vocación, precisamente lo que hace es alejarse del mandato al cumplimiento de su destino: es salirse del camino de la condena a lo hecho desde siempre y correr el riesgo de jamás realizarse. De no ser el mismo. De admitir ese llamado de otro y vivir para eso otro que no es uno.

10. Claro que las operaciones de domestiación de la vocación están a la orden del día. De hecho, es en la vocación donde el sistema tecnodemocrático del individualismo ve su punto límite de su éxito. Es decir, si un ecritor, poeta, artista o lo que fuera, siguendo su vocación consigue el éxito, ve reflejado en él y sirve como ejemplo para ver de qué manera el cumplimiento del destino es precisamente "el suyo". Y trocan así la pasión por la voluntad. El desvivirse del artesano por la obra (desvivirse por otro) en una voluntad del artista: en un trabajo positivo.

11. Este cambiazo es la razón por la que el arte ya no sirve para nada sino para venderse... 

11 (bis). Lo mismo que la gente.

miércoles, enero 23, 2013

Bosque de álamos negros...

(Río la silla - Sara L. Sánchez Chávez)


Vamos al bosque y arroyo,
bosque de álamos negros,
a soñar el andar de las nubes
y cantar con pájaros ciegos.
Vamos, toma mi mano
a perdernos en troncos inhiestos,
entre humillo de paixtle
y tierna cama de helechos,
moras de dulce azul
de la morera comeremos,
del arroyo leche de erizos,
salpicón de berberechos,
siembras de soles violetas
en las copas de los cerezos.
Agua nueva de la fuente
con buena sed beberemos,
higos verdes al desayuno
con suaves tes de poleo.
Ahí, tú y yo y nuestra
jauría de frágiles perros,
a vivir, holgar, retozar,
sin ningún futuro ni empleo,
a dejar que los nombres
se olviden como los sueños,
que nuestra memoria
se vaya en lomos de tiempo.
Serás tú la soberana
morena reina de los enebros,
coronada con una diadema
de frutos y floresde almendro,
y alhajas y anillos de 
gualda retama y lila de brezos,
con corte de lobos de oro
y un borrego almizclero,
linces salvajes, burros,
gallos de plata y corderos
lechales, mirlos, garzas,
verderones y mochuelos,
un carruaje tirado
por diez blancos conejos,
armónicos coros de ranas
cantando ¡vivas! en el piélago,
un alto y fornido caballo
de mil soles moreno,
hilos de telas de araña
bordeando encaje en tu pecho.
¡Toma esa larga, nudosa
y fina rama de enebro!
Es un bastón, es espada
y es también remo
que nos lleve y traiga
vera el río al océano.
Ya verás tú qué es lo 
que pasa de bueno.
Escribiremos coplillas
cartas, adivinazas y versos
sobre papelotes morados
de moneda que llaman dinero.
Aquí no hace falta; no hace
falta siquiera el deseo.
Aquel que algo quiera,
agua, amor, alimento,
calor, huerto o sombra,
juego, manzanas o besos
basta con solo pensarlo
y nombrarlo para tenerlo.
Junta pues a tus bestias,
alza ante ellos tu cetro
y gobierna con tu bondad 
de buen singobierno.
¡Este bosque escondido
será por siempre tu reino!
La verde frontera
de este a oeste del cerro!
Ve por ahí y cuéntale
a todos este dulce secreto.
A los que pregunten:
"Eh, Sarilú, ama de perros,
¿a dóndete escondes
que nunca, nunca te encuentro?"
Diles que sigan por los
guijarros a los reflejos
del río del bosque
de grandes árboles negros.
Nada quiero yo por
casa más que tu cuerpo.
¿Qué será lo que pase?
¡Es todo un hondo misterio!
¡Solo ven y jura conmigo,
jura sin siquiera saberlo!
Di que de aquí, de este
bosque nunca saldremos!
Que por aquí vivirán
por siempre los muertos,
que ya cuando tú y yo 
no tengamos voces ni aliento, 
bajo esta raíz preñada
de olvido, de vida, de tiempo,
seguirán nuestras bocas
dale que dale, beso que beso,
y que entre el murmullo
del arroyo en el desfiladero
se escuchen las risas,
caricias, carantoñas, juegos,
las canciones sonando 
de peña en peña en eco
que anden por siempre en este
bosque álamos negros

miércoles, enero 02, 2013

El más triste de todos los mandamientos...


Resulta más que curioso constatar que solo existen tres mandamientos (de la ley cristiana, claro), que son abiertamente positivos. 

1. Amar a Dios sobre todas las cosas.
2. Santificar las fiestas
3. Honrar a tu padre y a tu madre.

El resto de los siete son más bien negativos o prohibitivos. Te impiden hacer cosas, en lugar de obligarte a hacerlas. 

De esos tres mandamientos de obligación, uno tiene que ver con Dios (cosa que lo vuelve bastante importante) y el otro tiene que ver con los padres (cosa que más o menos se puede entender según qué cosas). Es decir, ambos tienen que ver con un cierto "amor" y "honra" hacia otra cosa que no es uno y reviste cierta autoridad: Dios y los padres. Algo que sería bastante digno de analizar y desmenuzar  pero que dejaremos para otra ocasión  porque es que es el tercer mandamiento el que no deja de llamarme la atención:

Santificarás las fiestas.

Locución que no quiere decir sino que se cumplirá el rito establecido según el precepto de la fiesta, sea de cilicio, ayuno o abstinencia y oración, solamente la importancia de Dios supera la del rito:

Ya que en orden de importancia (si se quiere dar, como parece que es, un cierto orden jerárquico al mero ordinal de los  mandamientos), solamente la figura del amor a Dios y la no utilización del nombre de Dios en vano, superan a la importancia de guardar las fiestas, de celebrarlas como es debido.

Incluso por encima de la honra a los padres, al hurto o al asesinato, parece preocuparle a la canónica eclesiástica que lo que primero se haga, una vez queda liquidado el asunto de Dios, es que se reúnan los feligreses al rededor del rito para poder continuar con la institución.

Preguntas son muchas y muy graves las que surgen al rededor de este descubrimiento de Perogrullo. No ahondaremos, aunque tendría sus sentido, en las distintas polémicas alrededor de las teorías de las fiestas y rituales sociales desde el punto de vista antropológico. La fiesta de Pierre Calestres (bastante criticada por lo demás por antropólogos que hacen más trabajo de campo), retomando ciertas nociones de Mauss y Bataille, ve en la fiesta una suerte de transgresión para la eliminación del excedente de la producción (esto aplicado, claro está, a los pueblos fundamentalmente neolíticos, es decir, los pueblos que aún siguen sosteniendo su economía fundamentalmente de la tierra).

Quizá no esté del todo equivocado Calestres siempre y cuando recordemos la máxima fundamental de la transgresión: que es justamente el polo dialéctico del orden. O, como diría el profesor Juan de Mairena, es su complementario, cumpliéndose las dos reglas fundamentales: 1) ser el uno lo contrario de lo otro y 2) ser el un condición de posibilidad de lo otro.

Es decir, sin transgresión no hay orden, sin orden no hay transgresión. Luego, ¿la fiesta es solo la lavada de cara del orden? ¿Será que estas borracheras de muerte y congestión alcohólica y pseudobacanales solo son comprensibles desde la perspectiva del absoluto aburrimiento del día a día? 

Ya he dejado más que claro siempre y en cada momento que odio las fiestas. Las odio con ferocidad y desprecio. Desde las fiestas de fin de año, pascua y vacaciones, como por supuesto y sobre todo, la fiesta personal del cumpleaños y los aniversarios. Independientemente de que nos quieran vender que se trata de una inocentada, que no importa, que da lo mismo celebrar que no celebrar, que es una excusa para pasárselo bien, que no se lo tome uno demasiado en serio...

No, no se puede. Me lo tomo en serio, lo más serio que puedo sin llegar a importunar a la gente. Me tomo, hasta un cierto punto, muy a pecho la tarea de recordar la tristeza. ¿No sienten ustedes como esta orgía de lucesitas y de abrazos esconde una tristeza enorme? ¿No huelen aquí a un trampantojo? ¡Casi como las fiestas de la sangre de San Pantaleón! El hecho de que suceda ante 5 mil personas la licuación de una sangre de más de 1700 años... ¿significa que es verdad? ¿Significa que lo que está ahí ocurriendo es un milagro?

¡Quién lo sabe! Yo, lo cierto, es que no. Pero ese hecho, no me parece más milagroso que ver cómo la gente, acepta sin más, el cambalache tramposo de cambiar 363 días de gusto y regocijo, por uno de orgía y locura. Me sorprende la docilidad de la gente para aceptar esto. (Lo mismo, por cierto, que me sorprende la docilidad de la gente para aceptar el tráfico o los impuestos o el crédito). Me deja boquiabierto, más que si viera yo mismo la higuera seca florecer con la sangre derramada de la decapitación de San Pantaleón. 

¡No señores! Aquí hay un camelo gordísimo. ¡Enorme! ¡Tiene que haberlo para estar justo después del rendir tributo y obediencia y amor y respeto a lo más sublime y sagrado de la institución! Es decir, a Dios. ¡Dios es justamente la justificación de la fiesta! Y no porque se trate de Navidad, sino porque esa idea es la que en el fondo, está detrás de esas carnes entristecidas, cuerpos enmohecidos, alegrías entumecidas, que se lanzan en un frenesí místico y enloquecedor a divertirse. ¡Para qué el cilicio si hoy se bebe cerveza como si de un auténtico deber de penitente se tratara! Y ese sonido de cohetes y pirotécnica que viene a ensordecer como silencio de monje cartujo. ¡No vaya a ser que en ese silencio, se desquebraje la idea de Dios! No vaya a ser que en esa pausa de la producción infernal, nos demos cuenta de que todo esto es una ilusión, todos contemplamos embobados la ampolleta de sangre de San Pantaleón y nos damos golpes de pecho con espantasuegras y gorritos de "Feliz año nuevo"! 

Para que al final, esta pirueta de la roca azul vagabundeando al rededor de la nada de soles, cobre algo de significado... porque si no... porque si no... ¿Cómo iban a sostenerse las alzas de las acciones, los créditos hipotecarios, las idas y venidas a los estadios? ¿Cómo iba a sostenerse todo si no hay un fin? Aunque sea el de este año... ¿Cómo iba a sostenerse Dios si no fuera porque el no es puro amor ni puro nombre, sino institución, rito y fiesta? ¡Dios se desmoronaría sobre nosotros mismos, salpicándonos de su divina sinrazón, si no fuera porque está condenado, como idea que es, a presentarse en la forma ordenada de la fiesta, del pulso, del ritmo, de la mentira teatralizada!

Que se jodan las fiestas, queridos, y ya verán como no necesitamos tanto petardo, ni cerveza, ni abrazos, ni Dios, para estar alegres y cantar.

viernes, diciembre 21, 2012

Del fin del mundo...


Ay, que se acaba, uy, que se cierra el negocio, que ya nos mandan a freir el churro a los santos infiernos. Nada, nada, que esta aurora, como la de ayer y la de mañana será exactamente igual de aburrida y rutinaria que las demás... acaso el signo más inequívoco de que, sí, era verdad, el mundo, hace mucho tiempo que ya se acabó.

¡El fin del mundo no es algo que ocurra en el tiempo! No, el fin de la cosa misma del mundo no puede ser que se de dentro del tiempo si su clausura, es la propia clausura de este tiempo (al menos del calendario gregoriano, vaya usted a saber si las lluvias de neutrinos y chorros de materia oscura que andan por allá por las galaxias, cuenten y midan los tiempos). El fin no se espera en el tiempo, eso es ya mera lógica.

Ahora bien, eso no significa en modo alguno que el fin no pueda tener su lugar. Tener lugar (que algún listillo quiera entender como tener su suceder en el tiempo, ya que tiempo y espacio, más o menos, vienen a ser lo mismo, pero no, no será así si el espacio sin ser trocado en tiempo es algo que se da antes del tiempo o que subsiste por debajo de él, corriendo a su par, sin una aparente modificación del transcurrir del propio tiempo).

Sí, una vez un loco le dijo a mi maestro, "Eh, tú, Calvo, que hablas del fin del mundo, ¡pero si eso fue hace tanto tiempo!", dijo y se sonreía desdentado. Y es verdad, hace tanto que el mundo ya no es mundo.

Quizá el mundo se empezó ha acabar hace unos tres mil quinentos años cuando unos pastores asiros comenzaron a hacer marquitas con un estilete en un forro de lana tejida para ir haciendo las cuentas de las cabezas de ganado y los censos de las poblaciones. Así se comenzó la lenta caída hacia el fin que nos va dejando varias pistas por ahí. La escritura alfabética fenicia, la ida de Colón a América, la invención de la imprenta y finalmente la creación del progreso progresado a partir de la creación del automóvil, el satélite y la producción estúpida del capital.

Ay, amigos, ¿realmente esperan el fin en el tiempo? ¿No se dan cuenta que es justamente el hecho de que el mundo esté conocido y redondo por sus cuatro costados? Si ya lo dice la palabra: "Definir" es dar fin, es delimitar y poner al mundo en la áridez de lo ya conocido de su geografía y de su rutina. ¡Ya se sabe lo que es! Y ya lo que pueda pasar en él, tiene el mismo razgo de aburrimiento, bostezo y desesperación que lo que pueda ocurrir en el Reino de Dios. 

Poco nos deben escandalizar los agoreros del fin de la historia y o del mundo. Desde San Juan a Boris Cristoff, pasando por Hegel o Harold Camping, es lo mismo... Predicen a toro pasado, ya el mundo se acabó, al momento de saberse, ya no hay nada que pueda pasar en él sino lo que estaba mandado que ocurriera.

¿No se dan cuenta la terrible situación? ¿No está el mundo ya tan muerto que a uno solo le puede pasar lo que ya estaba destinado a ocurrirle? El mundo ya se acabó, si no en el tiempo, porque eso es imposible, sí en su tener lugar. Ya no hay lugar para que ocurran cosas inesperadas y ello ya es suficiente evidencia de que el apocalipsis ya se consumó. 

Mefistofélico contrato que el hombre ha firmado con los poderes celestiales: ha cambiado la vida por la seguridad. Y así nos va, trocando significados, los unos por sus contrarios: ¿nunca se han parado a pensar que es posiblemente el hecho de estar tan obsesionados por nuestro fin, nuestra desaparición y abogando por nuestra supervivencia, el signo claro y distinto de que ya lo que hay aquí no puede llamársele vida? Pura espera de la muerte, aquí sentados, viendo al sol levantarse con su redondez sobre todo el orbe conocido. 

Acaso, haya, quién sabe, entre esas hendiduras de saber, algo que se pueda de veras vivir, que se pueda de veras palapar, que ya no sea ese devenir de lo ya hecho y lo ya dicho. Pero eso, queridos, tampoco ocurre en el tiempo... y caso tampoco le quede el lugar. 

jueves, noviembre 01, 2012

Buenas noches, Agustín





¿Qué voy a decir de ti, maestro? ¿Qué es lo primero que se me viene a la mente? ¿Tus portentosas obras de traducción? ¿Tus dialéctica sobre la gramática? ¿Tus razones sobre las heridas estas del alma? ¿Tus poemas como perlas y tesoros escondidos en la pulpa del papel que se me vuelven un palpito viviente aquí junto a mi corazón, para herirlo y arrancarle lágrimas y asombros?

No, Agustín, nada de eso se me viene a la mente. Sabemos que tus siembras de tinta seguirán por ahí pululando por siempre y para siempre. 

Hoy simplemente me acuerdo de que tenías un corazón muy bonito, Agustín. Nada más. ¡Tan bonito que no te cansabas de dibujarlo por ahí por donde ibas! ¿Te acuerdas? En el libro este de Contra el tiempo, aparece a cada rato. Corazones cruzados de una flecha. Es en lo primero que pienso de ti, maestro. En tu enrome corazón y te imagino con babuchas acercándote al burro con cáscaras de melón para comer. Nada más.

¿De lo demás? Quién sabe si el Régimen, ahora que ya no estás hablando quiera colgarse medallas a tu costa ahora que ya no puedes responderle como hacías, ojalá por lo menos le quede esa decencia. Acaso, si sirviera para algo... bueno... quién sabe. ¿Qué importa, Agustín?

Yo ya no sé bien qué decir. Simplemente quiero decirte "buenas noches", otra vez. Como cuando al salir del Ateneo de Madrid con tus bufandas y tu paso tranquilo, pausado, ligero, ibas sacando un purito para degustarlo en las escaleras y pasar el rato mientas esperaban un taxi o seguías tertuliando ya en la calle. Yo pasaba a veces y sin atreverme demasiado a interrumpirte te decía: "Buenas noches", y tú, aunque tuvieras siempre esa cara de cascarrabias en las fotos, levantabas tus ojillos y lanzabas una sonrisa que ni la más buena de las abuelas es capaz de sonreír así de franca y así de clara. 

¡Ay, Agustín, con ese corazón tuyo tan enorme, tan abierto, tan sincero! Te dejabas arrastrar siempre por la muchachada, y es sólo en nombre de ella en que me atrevo a interrumpirte en los pitillos que te haz de estar fumando ahora. Es en el nombre de la muchachada que te veía en las tertulias, en las que te conoció durante el 15M, o de las que fueron tus alumnos en la Complutense o con las que estuviste allá cuando las rebeldías del '65, los que te acompañaron en la Comuna de Zamora, los que estuvieron en las cárceles de Madrid contigo por rebelarse ante la dictadura, por los que cantan tus palabras, por los de las tertulias de la calle Desengaño, por los de Nanterre, los que cantan tu himno preguntándose qué quiere decir, los que te leían en los periódicos, los que te oyeron en la radio, los que te invitaban sin un duro que darte a cambio, los obreros, los estudiantes, los del teatro deleitados por tus adaptaciones de Shakespeare, los filólogos que se quedaban de piedra al ver tus traducciones, los filósofos que preferían hacer como que miraban a otro lado, en nombre de los anónimos simplemente me acerco a decirte gracias, maestro. Muchas gracias.

¿Sabes? Siempre que leo o escucho a alguien con razones atinadas, pienso: Agustín lo sabría decir mejor. Porque ese era el mejor botón de muestra de tu amor, maestro. Que no te bastaba con decir razones que dieran en la diana de las cosas, de las heridas, de los dolores de estos que seguimos por aquí, mediosobreviviendo. No, eso no te bastaba. ¡Había que decirlas bien! ¡Había que hacer el esfuerzo por decirlas de la manera correcta y precisa! Y recalcar que ese decir no era un decir oscuro ni destinado a las élites de la inteligencia, sino para cualquiera, para que cualquiera lo pudiera entender. Y cuando no lo conseguías, me consta que te mortificabas, y buscabas, te devanabas los sesos por encontrar una fórmula, la fórmula más sencilla posible, para explicar eso que otros presentan bajo disfraces de profundidad.

Y tú poesía, señor mío. ¡Tú poesía! Ay, de mí que me salvaste, señor mío. ¡Ay de mí que yo ya andaba barruntando fabricar escupideras con los poemarios del mundo! Pero cuando leí tu poesía quede deslumbrado. ¡Al principio no lo quise aceptar! Era una potencia tan grande la que ejercía, que pensaba: ¡Ea, no qué este es un brujo, un sedicioso, un seductor! Pero después comprendí que no había revés de ninguna de tus intenciones. Que realmente lo que querías hacer, en lo que te dejaste años y heridas sobre la tinta, solo había la intención de hacer algo bello, algo lindo, algo que dijera algo. Y entonces se me abrió de nuevo ese mundo delicioso, amoroso, rico, como palacetes de nácar y esmeraldas, como rincones olvidados de bosques tapizados de frutas y hierba suave, descubriste ante mí una lira apolínea, una manera nueva (¡que de nueva tenía lo que tiene la poesía clásica griega!) de hacer poesía, de regalar versos, de entregarse al deleite de la lengua. 

Y eso sin hablar de las cartas que nos enviamos, de los favores que me hiciste a mí personalmente, un muchacho indocumentado mexicano en Madrid estudiante mediocre de una licenciatura inútil. Y siempre tan presto a ayudar, a saber, a intentar hacer algo. Son muchos hoy los que nos sentimos un poco más huérfanos.

Ay, Agustín, tú toda ricura, tú toda holgura y largueza, me impresiona. Tú, manirroto de tesoros y perlas de tu alma, gracias, maestro. Gracias, Agustín, gracias por todo lo que nos dejas, gracias por esta herida de este pedazo de corazón que te nos llevas. 

Y al enterarme, amigo, que ha sido tu corazón el que te ha fallado... ¿Qué decir? ¿Qué pensar? Sigo recordando, llorando, tu corazón cruzado por una flecha. Barricada, bastión, castillo frondoso donde solazarse y cantar, habrá que hacer algo para seguir conjurando a la innombrable. Habrá que seguir en esta batalla, maestro, contra la Realidad. Aquí seguimos, Agustín. Muchas gracias, dulce maestro y buenas noches.



viernes, mayo 11, 2012

Excursus: Vida y muerte

Los últimos años del profesor fueron una suerte de bendición. A los 93 años seguía tan lúcido como si tuviera 20. Llegando a ver los albores de este siglo en el que nos acomodamos para esperar a la muerte, el profesor, a pesar de haber pasado más de la mitad de su vida en grandes urbes como Madrid, México D.F., Buenos Aires, etc. nunca dejó de ser un provinciano. Un cordobés amante de la vida sencilla, tranquila y enemigo de los tropeles de masas que de un lado a otro se lanzaban al futuro.


El episodio que narro a continuación ocurrió el mes de Junio del año 2001, algunos meses antes de su muerte y la última vez que pude acompañarle personalmente a tomarse un lágrimas de jabalón y una tapa de paella. No hay cinta ni grabación de ese momento por lo tanto tenemos que fiarnos de la memoria de este que escribe para traerlo aquí y presentarlo a vosotros…

Para entonces el estado de salud ya estaba bastante deteriorado, un cáncer de faringe le hacía muy dificultoso el comer, aunque él nunca se quejaba. Simplemente se declaraba inapetente… Estaba en los huesos, sus movimientos eran tan lentos, tan delicados, que siempre que se movía uno tenía la sensación de que se fuera a romper en el canto de una mesa, en el borde de la silla. Me resultaba inexplicable cómo es que aún tenía fuerzas para ponerse en pie. Sin embargo el brío de su lucidez –a pesar de algunos rumores infundados sobre su supuesta chochez-, era incuestionable.

Salimos de su apartamento, despacio, muy despacio… llevaba ya varias semanas sin salir, sin tocar la calle, sin ver a aquel Madrid que tanto se había pateado de bar en bar, de tahona en aula… y ahí estaba: su Gran vía. Durante un momento se quedó deslumbrado, como un niño que descubre el mundo con sus caravanas, las furgonetas, los albañiles, los inmigrantes, el viento gélido de la colina madrileña, como si el cielo se quisiera llevar aquella ciudad de una vez y para siempre… y él, con su escaso pelo cano, bailando en la solapa de su boina, con unas gafas gruesas y los ojos entrecerrados por el sol de la mañana que se colaba por entre los edificios hasta alumbrar su portal se quedó quieto:

No dijo nada –apenas podía hablar-, sólo él sabe lo que estaba pensando… lo que le estaba cruzando por la cabeza, si acaso un horror de ver aquél Madrid acosado por la marabunta del movimiento industrial, acaso por los rubios turistas que cámara en mano avanzaban como puñados de irrealidad flotando a miles de años luz en sus lenguas bárbaras, o acaso simplemente el dejarse sentir una vez más entre aquél vivo anonimato de la calle y, pensando quizá, que sería la última vez.

Me dio su mano… su tímida mano, avejentada, fría, cansada y nudosa como quien entrega una rienda. Tocarla me estremeció… se aferró a mí y no me soltó desde la calle de los Tudescos hasta San Bernardo: caminamos juntos, como dos amantes, dos amigos, padre e hijo, aunque no sé por qué yo me sentía su padre y él, con la pureza de su asombro al ver las marquesinas, escaparates, automóviles, modas, teléfonos, no podía ser sino un niño… un niño perdido y extraviado entre aquel mundo de altura, hormigón y silencio difuminado por el tráfico de capital disfrazado de automóviles y personas.

Lo curioso, lo verdaderamente extraño que ocurrió fue al llegar al cruce de peatones de San Bernardo. Era en la acera de enfrente en la que estaba ubicado el único bar que más o menos toleraba de la zona, sin televisiones, ni radiolas para disimular el silencio, apenas una pianola destartalada y desafinada que aporreaban de vez en cuando los niños en sus juegos.

Pero esperando a que el semáforo cambiara a verde, el profesor Hipólito hizo algo bastante curioso:

Sin decir palabra, ahí, junto al semáforo y la papelera gris, junto a los miles de madrileños y foráneos que circulaban ya a pie, ya en las bocanas del metro, ya en sus autitos personales, se soltó de mi mano y con una lentitud parsimoniosa, su mano lechada cruzada por venas que parecían flores moteadas por pecas y manchas, me soltó y sosegadamente se introdujo en el bolsillo.

Cuando la sacó tenía en su mano un puñado de sal. Y con el cuidado que ponen los niños en sus juegos abstraídos, fue dibujando un círculo sobre la acera alrededor nuestro. Yo sin atreverme a interrumpirlo, el viento que intentaba desdibujar el polvo sin lograrlo del todo y la concurrencia que de pronto comenzó a darse cuenta de lo que estaba haciendo el prof. Orejuela. Y después de acabar… tomándome de mis brazo y tiró de mí hasta arrodillarme dentro del círculo.

El semáforo se puso en verde en aquél momento y los peatones circularon ante nosotros, mirándonos… Hipólito acercó hasta mí sus labios desdibujados y dijo:

-¿Sabes alguna oración?

No hacía falta responder, estaba temblando… no sé si de frío o de miedo. La multitud se movía como una lenta marabunta, observando aquellos dos hombres que estaban arrodillados dentro de un circulo de sal… y estoy seguro de que Hipólito tenía más miedo de ellos que cualquiera de él.