lunes, octubre 04, 2010

Señorita de mis amores



¿Te acuerdas, corazón? ¿Te acuerdas?

De esa luz sin luz. De ese mareo al navegar en la noche en aquel laberinto de frío y de concreto: bajo ese perpetúo amarillo como de sol tornaenlutado, cayendo a borbotones por las farolas espaciadas en escasos cuatro metros. Una tras otra, otra tras una, y tú, corazón asombrado de ver los autitos apiñados sofocando toda visión, todo portal, todo arbusto, toda flor.

¿Te acuerdas, verdad? De ver su sonrisa por el retrovisor e ir imaginando en aquél frío las tristes almas de las que tú formabas parte, de la que tú, algún día, te contarían igual que yo, desde un auto en movimiento. ¿Te acuerdas, corazón, que te viste en una de aquellas ventanas y se te heló de terror el espinazo? ¡Y acaso ahí mismo habrías caído muerto si no fuera por esa blanca mano! Esa blanca mano salpicadita de pecas, que no soltaba yo nunca…

Pero ahí que tú y yo íbamos, un poco perdidos como lo estuvimos siempre allá, un poco como ensueños –a veces, porque no decirlos, con tufillos a pesadilla, como un sueño que de pronto se vuelve tan real que me lo creo- y ella se bajó a recogerla. Y nos pidió que nos quedáramos en el coche. Que ya se encargaba ella. Y tú y yo, asustados, entre comedido y aturdido, y… muertos de frío. Desconocedores, como éramos, de ese frío tan horrible que solo curaba el sol de la tarde que flambeaba nuestros cuerpos… pero…
Pero los cuerpos eran lo de menos.

Lo importante es que ella ya volvía.

Y cuando a mí, incauto me sorprendió la mano blanca en el cristal y me dijo: Baja, vamos, que tienes alguien a quién conocer.

Y sin saber muy bien que hacer, salí titubeando ante el helado frío de aquel enero y caminando, guiado por la sonrisa conspiradora de ya sabes quién, riéndose por dentro de tamaña villanía contra este torpe profano que iba ser maravillado por un acto de magia blanca y linda.

Vi, allá a lo lejos, una figurilla, casi un muñeco, detenido de espadas hacia a mí: abrigo azul celeste, la cabeza gacha, escondida entre los hombros, el gorro echado en los cabellos, en silencio cubierto de esplendor amarillo y helado frío…

Ya sabes quién me mira y me dice: Ve, ve… y yo, pensando que tenías vergüenza o qué se yo. ¡Vergüenza! Y apenas voy acercándome, lentamente, con no poco de miedo por verte así vuelta de espaldas… y antes de que pudiera y acercarme del todo, te giraste como el fin de un eclipse con una sonrisa chimuela, una cara toda mofletes, y antes de que yo pudiera decir nada, dijiste:

Mira mi nuevo patinete… y te lanzaste calle abajo con él, y yo me quedé entre encandilado y entorpecido. Y tú calle abajo, manoteando como un muñeco con las pilas mal colocadas, volviendo y girando alrededor que no pude menos que reír.

Ay, mi niña blanca, mi niña rubia. Tan blanca la niña que se me perdía entre los soles de junio. Tan bonita la niña florecida de perlas de lechecilla en la boca que iba dejando por ahí olvidada con el paso de los tiempos.

Con ese especie de empeño proletario por la alegría, era como si todo tu amor lo convirtieras en sonrisa, en juego, en pregunta. Correteo, risotada y ya las últimas con esas manzanotas blancas aporreando lo blanco y lo negro para arrancar al silencio, despertar al vecino de la siesta y de paso sacar ese canturreo que yo te notaba cuando solita te tumbabas de rodillas a pasear a tus monigotillos, un perenne canturreo que iba arrullando toda la habitación.

Abejilla de amor con los soles entretejidos en tus cabellos. Señorita de mi amor, ¿te acuerdas cuando paseábamos, corazón, de su mano y le iba sonsacando sus preguntas? Y le buscabas la duda, se la remirabas en sus ojillos morenos de sonrisa.

Sí, me acuerdo… de algo, no de todo.

¿Y ella?

Quizá, no sé… ¿qué importa? Lo que importa es que se acuerde de ella misma volando en su patinete, calle abajo… con los pelos desvolándose poco a poco, lo importante es que se acuerde de su cuarto, de su ya sabes quién recogiéndola en los brazos, de sus amorcillos desperdigados por los barrios, de las escapadas del cole al campo con un fuet y una barra de pan, de los paseos nocturnos entre higueras y sáuces y olivos, de esos paseos entre las avenidas de Getafe con la tarde persiguiéndonos los talones, el juego de aviones…

Lo importante es que esa abejilla de la alegría siempre se acuerde de que tendrá un huequito reservado allá donde vaya, no importa nada ¿no es así corazón?

¿No es así, corazón?


martes, septiembre 28, 2010

Que hable...

William Blake, plancha 11 de Las puertas del Paraíso, para los Niños


¿Hay alguien ahí? ¿Hay algo ahí al fondo?

Lo había, lo hay. Quizá eso era lo más difícil de todo, ¿verdad? Que a pesar de que la muerte se iba llevando poco a poco –muy despacio- cada uno de los glaucos puntos de sus ojos, no había más remedio que admitir, pese a las muecas y al danzarín andar que te llevaba de la cama al sofá, del sofá al retrete, del retrete al bar, del bar a vagar aturdido por las calles cordobesas… allá, al fondo de aquel cuerpo hecho pedazos por quien sabe qué peste, brillaban sus ojos de potente inteligencia.

Claro que tú, que si tuviste nombre ahora ya no importa, nos sirves, allá a donde estás, para acordarnos que nosotros, los de acá, los que supuestamente vivimos, tampoco deberíamos tener nombres.

Y algunos, los más inocentes o insensibles, querrán consolar a los que te amaron pensando: bueno, sí, así es mejor, era mejor dejar de sufrir.

Y acaso crean que con tu muerte, la vida ya te olvide y te ofrezca perpetuo santuario en la memoria de los que te conocimos. Pero honda tristeza a mí me cabe más al acordarme de cosas que no supe de tu boca, sino de vivos recuerdos pulidos y hermoseados por los ojos de una niña, e ir imaginando que no se sabe ya desde cuando te estabas muriendo.

No, no me refiero a la peste esa que en cosa de una de las décadas humanas te consumió sin más remisión. Sino de otra peste que a saber cuando se nos mete al alma a todos los hombres.

No sé si tengo derecho siquiera a imaginarte las particularidades de tu peste… ¡está tan generalizada! Yo mismo la padezco como cualquiera. Una peste insufrible de nombre, un cáncer horroroso de futuro, un padecimiento tan universal… de hombres y mujeres –y a veces de gatos y perros y cosas y flores, se me antoja también, sin estar demasiado seguro-, que el hecho de utilizar tú ejemplo para recordárnoslo me sabe a villanía.

Nada, nada, guapo, que te he visto en secreto cantar con pandero y sé muy bien que también a ti te encantaba deshacerte de ese nombre. Así fuera con malas artes en una partida de póquer o acaso tirándote de cabeza por paracaídas y caer y caer y caer quién sabe a dónde.

Todos esos nombres que tuviste, deslavados poco a poco de tu cara, a fuerza de pandereta, de chiste, de anécdota; a fuerza de lagrimitas de jubón que llenaban las copas e iban trayéndote una vida tan enorme que no era vida particular, sino vida de de veras; se te fueron cayendo también con la peste. Y ante los asombrados ojos de ya sabes quién, te nos volviste un niño despatarrado en el sofá mirando la televisión, intentando escaparte a la calle, peleando por una copita de güisqui, asaltando el refrigerador cual zafarrancho de combate.

Pero, aunque ya no te aparezcas por aquí, que no te vea yo ni ya sabes quién, ¿qué importa? ¿A caso por es no habrá motivos para que un día, sin saber ni como ni cuando, aparezcas de pronto en el olor esfumado de los algodones de un chándal? ¿No vas a seguir aquí, apretando el corazón a quien tenga la gana suficiente de quedarse un poco con los oído abiertos a la noche y las lágrimas se vayan saliendo, una tras otra, sin cuenta ni traza de los ojillos de ya sabes cuál sin ver tu figura, sino por el puro frágil volver de yo que sé que aromilla de manzanilla, de hierba, de campo, de esparraguillos, de pecas, de…? Y allí entre sus mejillas, te me vuelvas de nuevo, lavado de nombres, lavado de muerte, te vuelvas de nuevo a la vida.

Para que nos recuerdes que ni los de acá vivos somos del todo, ni allende la muerte del todo reina.

Cuídala.


jueves, septiembre 16, 2010

La paz


Ay, que este terruño, tan particular y tan espejo del resto. Y es que uno que vuelve, que ha estado perdido dando tumbos por las ruinas del primer mundo –destino de todos estos paisillos de poca monta, mal montados y mal instalados-, y le vienen con tanto histerismo de contarme que a qué volví que aquí mira, como la canción aquella de …”por los pueblitos del norte, siempre ha corrido la sangre”.

Claro, reconozco que en cosa de tres y cuatro años la cosa sí que ha cambiado bastante. Y ahora, Monterrey, una ciudad horripilante que contaba con el dudoso beneficio de ser segura, ahora también asaltan, matan y roban cochecitos. Y claro: ahí tenemos a un montón de mexicanos bienpensantes y bientrabajantes que reniegan de esta situación, que cómo puede ser, que qué vergüenza, que qué burla al Estado de Derecho y nuestras instituciones de impartición de justicia. Y algunos, acaso sin saber que están pidiendo, piden más policía, más poder para el gobierno, más de esto, más de aquello, con tal de ver cómo se combate a los malitos.

Y, bueno, uno que se ha dedicado a estar fuera y de pronto entra en la gresca, casi como salió: por puro error… se queda preguntando a santo de qué vamos a pedir más ejército, mejores instituciones, más policía. Si es que todos son lo mismo y lo que se está buscando no se consigue con nada de eso.

Uno así de inocentón y con las preguntas importantes que son las que podría formular un niño: me pregunto, ¿y dónde estaban estos malitos hace tres o cuatro años? Allá, cuando supuestamente había PAZ, cuando no había asaltos. La guerra siempre ha estado ahí, queridiños. La separación, más o menos forzada, siempre ha estado aquí, con sus super-barrios con policía escopetado a la entrada, con la división radical entre clases, con el constante ejercicio de ignorancia por parte de la mayoría a todo lo que le rodea. La violencia siempre estuvo ahí: la propia constitución del trabajo, del Estado, de la Paz, sólo se puede lograr a partir de una violencia.

Claro, claro… esa PAZ –supuesta- siempre está necesitando de sus guerritas de las márgenes, como ahora nos toca a nosotros sufrir la nuestra en medio de pacas de cocaína y camionetas de lujo. Pero, antes estaba la de Afganaistán, Irak, Palestina… esas guerras que sólo están ahí para el trampantojo vulgar y simple de recordar a los negritos de Nueva Orleans, a los gitanos expulsados de Francia, o a los campesinos de Atenco, que lo que había en su país, pese a que lo duden, era Paz.

No, caballeros. En un Estado no hay Paz. Como mucho hay una administración de la violencia, pero nunca paz. Por otro lado, no sé a cuento de qué piden unos y otros, el fortalecimiento del Estado para combatir el narco tráfico, si bien se sabe que unos y otros se distinguen apenas en cuestiones puramente accidentales.

Y no me refiero al comprobado hecho de que municipales, federales y ejército tengan nexos con el narcotráfico. Eso es lo de menos. Sino en el hecho de que el Gobierno y el Narco se necesitan desesperadamente el uno al otro como en un matrimonio demencial.

¿O qué? ¿Tendría sentido el valor de cambio que se le da al negocio de las drogas si no tuviera como signo y valor añadido el hecho de que es un negocio por debajo del agua? ¿Y acaso el gobierno tendría excusa alguna para tener su ejército, aceitarlo, empolvarlo y sacarlo a pasear a las calles –donde puedan balear dos o tres coches familiares más-, si no estuviera justificado por la violencia que generan sus peores enemigos?

Cualquier organización de esta calaña lo único que hace es fundar un Estado, un gobierno, por debajo del gobierno: únicamente hace falta ver cómo distribuyen las tareas nuestros emprendedores narcotraficantes y verán que en poco se diferencian de las jerarquías ya de los negocios legales, ya de los mandamases de los gobiernos. Con sus achichincles, con sus jerarquías, sus tareas distribuidas, sus brazos ejecutores y hasta sus paupérrimos órganos de justicia. Los unos son una caricatura de los otros.

Así que… ¿cuál paz? ¿Dónde está esa paz que buscan? ¿Qué es esa Paz que anhelan y contra quién se está levantando esa Paz? Al separar la institución que le toque separar, ¿qué violencia, tan sútil, tan diáfana y cristalina estará ejerciendo?

No hay paz bajo un Estado. Eso hay que tenerlo bien claro: y el primero que ejerce la violencia es el propio Gobierno que, como un pastor chicoteando a sus borregos, se encarga de que ninguno se salga del redil. Que todos tengan su nombre, que todos tengan su identificación, su pasaporte, su servicio militar. Que todo el mundo tenga una manera de ser controlado, identificado… claro, siempre en miras de esa Paz anhelada.


miércoles, septiembre 15, 2010

Bicentenario...


Si esto de ir en contra de las celebraciones patrias no tendría porque darse ni suplicarse, por el hecho de la absoluta ignorancia de los procesos de independencia y revolución.

A quién le iban a contar que la consumación de la Independencia tuvo que ver más bien la caída de Carlos IV, la expulsión de territorio español de los franchutes y de José ‘el enano borrachuzo’ Bonaparte, y la posterior formación de las Cortes Generales allá en la bella y cristalina provincia de Cadiz que promulgaran la Constitución Española de 1812 (aquél día de san José del 19 de marzo, de donde le viene el sobrenombre de ‘Pepa’ y el grito de guerra –que quedó en la lengua popular como símbolo de desmán y fiestuqui pachanguera con tonos rojillos- “¡Qué viva la Pepa!”) y con esta constitucioncilla pues que si separación de poderes, que si monarquía constitucional, que si sufragio universal, que si libertad de prensa e industria, bla bla bla. Y que nuestros amados coloniales, al ver la degradación absoluta en la que progresivamente iba cayendo el viejo continente, pues, “hala, que me independizo, y ahora a esta corte de haraganes explotadores hijos de la gran puta que solía llamarse “La Nueva España” ahora le llamaremos “Estados Unidos Mexicanos, independientes y orgullosos de serlo.”

O que la revolución poco tuvo en realidad que ver con el celebrado Plan de San Luis. Que más bien fue una rebeldía casi esporádica y espontánea, no contra el gobierno de Porfirio Díaz -¿a un chihuahuense qué coño le podría importar quien estuviera gobernando en el castillo de Chapultepec, ni si estaba afrancesado o no?-, sino con la cacería de brujas que Díaz ordenó para colocar a su gente en los respectivos estados y dar así más unidad al país. Los Figueroa en Guerrero –que por cierto, siguen siendo los dueños de aquel estado-, los Creel de Chihuahua –que también por ahí andan-, y que, entrándole a la escabechina, únicamente cuando se pusieron de acuerdo según qué intereses, los bandos se fueron clarificando. Y aún así hay más misterios y traiciones entre esos héroes a quienes pintan juntos, que en un novelón de Catalina Creel.

Tampoco vamos a decir eso de: No tenemos nada que celebrar. Mira las ruinas de nuestro estado. Mira como los malitos van por ahí pegando tiros a tutiplé sin que ninguno de nuestros fortachones policías venga hacer un alto en el desmán. Mira las peliculitas, los muertitos, los cochecitos bomba, la metralla y sangre dejada en las calles. ¿Cómo vamos a tirar los cohetes al aire?

Ni mucho menos por motivos tan puramente pueriles y consabidos a la propio acto de la celebración como que son meros baños de gloria que se dan los gobernantes de turno –nombres no me hagan pronunciar, que si uno que si otro, que si de un color o de otro, en todo yo veo la misma corbata-, ansí que, si el estadista megalómano de turno utiliza una fecha para hacer un despliegue obsceno de jueguitos artificiales, carromatos faraónicos y cheques en blanco para hacer del Zócalo un gigantesco set televisivo en donde el de turno aparezca, con esa pedantería estúpida y pomposa, a celebrarse a sí mismo celebrando.

Que aunque todas estas razones pudieran parecer válidas, lo cierto es que para no celebrar esta clase de acontecimientos, basta con el reconocimiento que nada que venga del Estado puede ser bueno. ¡Mucho menos nada que lo celebre y lo eleve por todo lo alto!

¿Es qué ustedes no sienten un cambiazo que hay ahí? Que nos quieren a una cosa que no tiene nombre, ponerle nombre, apropiársela y celebrarla. Y no me refiero a algo así como un sentimiento patrio, sino a otra cosa. A algo que pueda hacer que bueno, sí, algo de común podría haber en toda esa gente que se reúne en el Zócalo de vez en cuando. Algo de común podría haberlo… pero no sé a cuento de qué llamarlo mexicano. No sé a cuento de qué ponerle nombre… y peor aún ¡celebrarlo! Celebrarlo como se celebran las fiestas una vez cada doscientos años, como quien dice para que no se nos olvide.

Non, señoras ein señoras. El trampantojo que se nos muestra ante los ojos, rodeado de carromatos y disfraces de adelitas es tan simple que espanta: usted no es mexicano. Usted no es nada de eso. Usted tampoco es español si ocupa el caso, o ecuatoriano o colombiano o gringou. Nada, nada, nada. Ni siquiera zamorano o regiomontano o de donde carajos gentilicios se le ocurra. Pero ahora resulta que no sólo estamos constreñidos, mal que nos pese, a la existencia de un Estado –y claro, en mi Pasaporte a rótulo entero dice: NACIONALIDAD MEXICANA- y no tengo más que enseñarlo a las autoridades migratorias con un poco de tristeza, pero siempre intentando recordar que ese que está en el pasaporte no soy yo.

Y que, en fin, aparte de todo este tejemeaneje y recuentos de almas por parte de los Estados –no sólo el mexicano, queridos, no sólo los tercermundistas, sino también y sobre todo los de Primer Mundo: esos estaditos que salen en las noticias y que ustedes los que se sienten mexicanos, ven así como una mezcla de verde envidia y blanco anhelo-, y el peso que uno tiene que aguantar enseñando pasaportes, credenciales, identificaciones en donde lo único que está rezando es el nombre y el nombre de tu estado, al fin… al cabo de aguantar retenes, multas, tráfico, estas ciudades repletas de basura, en estos guetos de ricos güeritos y pobres negritos, este asco que hace que se me de vuelta el estómago cada vez que por error escucho las estupideces que se les resbala de la boca a cada uno de los mandamases y prohombres que dirigen este barco al que me abordaron cual polizón sin saber muy bien si quería o no, impuestos… bla bla bla.

¡Y encima pretenden que celebremos!

Nada, nada, nada.

No celebraré nada. Tampoco pido ningún luto. Si alguno tiene una escapada del trabajo, también dese el lujo, señora, señor, de liberarse –aunque sea durante un rato- de ese trabajo asqueroso de SER mexicano.

Uy, eso sí, para que vea… eso sí se me antoja celebrarlo.


lunes, agosto 30, 2010

Del cielo a la tierra y de vuelta otra vez


La tierra siempre es mujer. Una mujer que tiene que ser conquistada, arrasada, convertida en ciudad y colocarle el nombre -ya Propio, ya del dueño, que en poco se diferencian- y así decir: ¡Ea, estás entrando en La Villa de Nuestra Señora de Monterrey o esta finca es de don Alvargonzález!

La tierra, esa tierra sin nombre, anónima, gratuita, destejida y desencajada de la Realidad, pronto acaba convirtiendose en fraccionamientos, propiedades, en poco más que espacios geométricos trazados a escuadra y cartabón entre los catastros y bibliotecas de los ayuntamientos.

Y, bueno, alguno saldrá con la idea de que es de esa manera en que las organizaciones estatales, las instituciones gubernamentales y económicas no tienen otra manera de organizarse, y ante esa triste imposiblidad ya quedan justificadas todas las maquinaciones de los gobiernos por ponerle nombre y geometrizar al mundo. Sin embargo, si esto fuera una de esas cosas puramente modernas, hechas para y por el estado que hoy padecemos... pero lo cierto es que es una constante esto de intentar que el suelo se vaya pareciendo cada vez más al cielo... o por lo menos al cielo que los antiguos creían vislumbrar en lo amplio y vacío de la noche.

De eso ya hablamos una vez. Pero se me regresó a las mientes cuando leía un auto sacramental de Valdivielso, El Peregrino, en donde un Pregrino que se marcha a Tierra Santa se enfrasca con en un diálogo con la Tierra misma:

Peregrino:
Déxame que busque el cielo,
pues que fuy para él criado.

Tierra:
¿De tu madre es bien te austentes
con deliberación tanta?

Peregrino:
Yr quiero a la Tierra Santa,
que es tierra de los vibientes.
Si en ti no ay cosa segura
ni permanente ciudad,
dime, ¿no es temeridad
que no inquiera la futura?

Tierra:
¿Baste?

Peregrino:
Sí, a buscar mi vida.

Tierra:
Hijo, ¿yo no te la doy?

Peregrino:
Madre, tras la eterna voy,
que es vida en Dios escondida.

Tierra:
De mis brazos te destierra
tan peligrosa jornada.

Peregrino:
Suelta que estás muy pesada.

Tierra:
Téngote amor y soy Tierra.

Peregirno:
A aqueste punto me trae
verte vieja, y es locura
no buscar casa segura
quando la propia se cae.


Mansión eterna buscaba el hombre, ya sea en las esfera inmóvil de las estrellas de la cosmología tolemáica, ya en la creencia de que habría algún lugar en donde el mundo fuera permanente -como la fatídica deducción de Platón-, o simple y sencillamente, el Paraíso de las religiones que entregan la dicha eterna espantándose de la terrena.

Tendría sentido también hablar de aquella misión cuasi-divina del Imperio Romano -y en realidad, todos los imperios que le fueron a la zaga- de civilizar el mundo más allá de las murallas de la ciudad -lease el análisis de la Constitución Romana de Polibio o los aformismos de Marco Aurelio-, en donde todo lo desconocido, todo lo que está entre los pueblos, ciudades y ayuntamientos, no era más que un espacio vacío, hueco e inútil en la perpetua espera de convertirse en su verdadero ser: que era ser ciudad, ser útil, productiva, tener nombre, industria, movimientos de capitales -que en última instancia a esa temeridad se reduce- y así venir a ser parte única e indistitnta de lo mismo.

Esa es la necesidad en la matematización del espacio: el crear una unidad geométrica -la carretera, el bloque, la ciudad, los empleados, lo índices de población- que al distribuirse sobre las tierras, acaben convirtiendo a los lugares en simples repeticiones de lo mismo. En índices de riqueza, en PIB, en futuro, en una unidad de cosa que se resista al paso del tiempo.

No resulta nada sorprendente que la labor del Estado nuevo -tan entremezclado y unificado con el Capital- sea exactamente la misma que con el antiguo gobierno de las Iglesias... y nosotros los parroquianos, supliquemos a las alturas por más productividad para México, por más industria, más empleo, más fuerza en el Estado para que someta la tierra: para que le ponga nombres y números, para que la domestique y le robe lo gratuito, lo dulce, lo fértil, lo anónimo, lo secreto.

Golpes de pecho se dan todos: ¡que el mundo se vaya pareciendo cada vez más a ese Paraíso en donde no ocurre nada! Donde únicamente están las carnes y los números que le acompañan para ir sucediéndose y que el mundo de más vueltas siempre en el mismo lugar.

La tierra es mujer. La luna es mujer. El secreto es mujer. Lo dado sin fin es mujer. El cielo es hombre. Dios es hombre. El sol es hombre. El futuro es hombre. El estado es hombre. Lo infinito es hombre. Y ahí están los cuerpecillos, buscando su hogar entre los sitios numerables de su ciudad.

Quedenos el consuelo de que pese a los golpes de pecho de los creyentes, lo que hay por ahí abajo, en la Tierra... en las mujeres, siempre le va a quedar algún rinconcillo intacto, un lugar a donde no lleguen los nombres... ni sus hombres.


lunes, agosto 23, 2010

Tener futuro

No voy a venir a descubrir la rueda. Tener futuro es una frase que se dice así como quien no quiere la cosa como para ir descartando las cosas. Así hay amores, carreras, estudios, trabajos, quehaceres, negocios y hasta infantes y personas que ‘tienen futuro’.

Y a veces, gracias a quien sabe que hado malcriado, me ocurre eso de quedarme anclado en el asombro de la pura frase –y pareciera que los que nos dedicamos a estudiar estas cosas y ha darles vuelta, parece que somos los más torpes, en vez de los más sabihondos-… «Tener futuro».

Y en ese especie de colguije gramático me quedé: ¿Cómo demonios, si alguien es tan amable de explicármelo, puede una cosa, sea la que sea, tener futuro? ¡Como si el futuro fuera una cosa más entre las cosas que pudiéramos tener! ¿Puede usted tener y retener al futuro? Algo que justamente se caracteriza por su nota principal de no haber pasado, es decir, de no estar en ningún lado, de no haber ocurrido… ¿Cómo entonces, alguien o algo, lo iban a tener?

Sin embargo, más allá de la corrección gramatical o no de la cosa –ya que hace del futuro una cosa que se tiene, naturalmente, en presente-, está claro que la idea va por otros derroteros, y habrá quién juzgue que los errorzuelos de este tipo –que a mí se me antojan de sobra reveladores-, les parezcan meras averiguaciones de ociosos. Pero que el ‘tener futuro’ de las cosas sigue tan claro para ellos como siempre…

Claro. Por ir más a lo seguro, hacia ya lo que tiene que ver con las ciencias y las cosas, podemos, por no perder la costumbre, remitir a Aristóteles en el libro IX de la Metafísica, en donde trata de cuestiones sobre la potencia y el acto, es decir, sobre las cosas que pueden estar de alguna manera latentes en las cosas y que a través del cambio vienen a realizarse. En ese sentido se diría que una semilla, p. e., TIENE la potencia de ser un árbol. Es decir, tiene un futuro. Sin embargo, no sé por qué esta noción de FUTURO que se trae esta formulita no acaba de cuadrarme del todo.

Es muy sencillo: el propio estragirita admite que el tema de la Potencia y el Acto no tiene únicamente que ver con el movimiento, es decir, con el tiempo. El paso de la Potencia al Acto tiene una relación directa con lo que el macedonio llamó ousía o entidad o sustancia… es decir, con la cosa en sí misma, con el sujeto de predicación. Por tanto, no tiene tanto que ver con el tiempo futuro más que de manera material, puesto que lo que está ocurriéndole a la semilla al volverse árbol, no es pasar de lo conocido a lo desconocido –nota primera y necesaria del futuro, ya que si no ha pasado, es imposible que lo conozcamos-, sino pasar de lo conocido de la semilla a otra cosa aún más original y natural en la semilla: su devenir en árbol. Al devenir la semilla en árbol, más que ir hacia un futuro, ha volteado sobre sí misma para recabar su originalidad impresa en su ser desde siempre.

Así las cosas que tienen futuro no van hacia adelante… no hacen nada… porque ese TENER FUTURO, no es otra cosa que el volver sobre sí mismo para cumplir el mandato más caduco, añejo y simplón de ser lo que estaba destinado a ser: los novios que tengan futuro, no son más que marido y mujer en potencia; o un trabajador con perspectivas, ha sido un jefe desde siempre y no lo sabe… el tiempo que pase entre que lo descubre y no lo descubre, puede ser llamado ‘pasado, presente y futuro’, pero sólo se trata de un trance desagradable en el ir de vuelta a lo que ya estaba hecho desde siempre, a lo que ya se sabía desde siempre que tenía que pasar.

Luego, no sólo gramaticalmente la frase es un galimatías, sino semánticamente es un trampantojo. Fundamentalmente por el error básico y bastante conveniente a la Realidad que aquí intentamos combatir, de suponer que sabemos los que es el futuro. Cuando el futuro es justamente lo que no podemos saber. Lo que no está ahí para que lo sepamos. Hacer lo que ya está hecho, ir por donde ya estaba mandad ir, decir lo que ya estaba dicho.

Afortunadamente, nos cabe ese ligero consuelo, por lo general, a muchas de esas cosas que ‘tienen futuro’ les suele ocurrir que, por angas o mangas, durante ese espacio vacío en el que convierten el tiempo en la esperada de esa llegada de sentido original y totalmente pretérito –tan pretérito que se me antoja eterno-, se desvían de su futuro. Se desvían, quien sabe ni cómo ni como no, pero les ocurre que se salen del camino predestinado y puede que ahora sí, como un súbito golpe les dé de lleno un sabor inesperado y dulce que de verdad sepa a tiempo, a tiempo que corre junto a uno… absolutamente imposible de TENER ni retener.




¡Ay, luna, ¿tú no ‘tas cansa’a de girar al mesmo mundo?!
Ay, luna, quédate conmigou y nu te vayas.