jueves, enero 14, 2010

Nos vamos


lunes, enero 11, 2010

Infinito y sin fin. Poe y Blake


Hemos tocado, apenas con la puntita de los dedos, el tema tan importante y crucial de lo infinito. Por eso hay que volver a él para machacarlo un poquito. Y cómo es a veces profundamente aburrido, simple y sencillamente razonar, vamos a valernos –por un mero ejercicio de ver como en todas las cosas como opera ‘infinito’ y ‘sin fin’- en un par de poetas y sus labores:

Antes de empezar unas aclaraciones: infinito y sin fin parecen, a primera vista, sinónimas. Esto es, dos cosas que significan exactamente lo mismo y que establecer una diferencia aquí resultaría ocioso e inútil. Sin embargo, tal y como veremos, no lo son. De ninguna manera lo son.

Infinito es el primer concepto metafísico que se usó en la Filosofía. Es posiblemente la inauguración de la teología en occidente, más allá de los relatos teogónicos y las genealogías divinas: el Infinito es la primera Idea de la que se apropia el ideario intelectual para preformar la idea de Dios.

(Del ápeiron de Anaximandro hablaremos en otra ocasión.)

Pero vale la pena aclarar al riesgo de confundirnos:

1) Infinito: a pesar de lo que quiere decir su composición in- ‘sin’ y finito- ‘fin’, y que ello, justamente quiere decir simple y sencillamente ‘sin fin’, lo cierto es que su significado se transforma por dos motivos muy simples: i) la transformación en sustantivo y ii) la creencia de que se puede saber que es ‘sin fin’. Definir ‘infinito’ es una contradicción, puesto que ‘de- finir’ es justamente dar ‘límites’ o ‘fin’ a las notas de una cosa, y justamente la nota primera de esa cosa a la que pretendemos dar fin, es justamente carecer de límites.

2) Sin fin: eso no se sabe ni qué es. Hay que decir ‘sin fin’ y no, como hacía el primer filó
sofo ‘lo sin
fin’, porque de hacerlo así ya no sería un mero adjetivo sino un sustantivo –algo con sustancia-. La mera descripción de la cosa que se hunde en lo desconocido, en lo inagotable que tiene cada cosa que se ve.

(No creo que haga falta entretenernos en ver cómo una cosa es siempre inagotable, cualquiera, hasta la más insignificante de todas. Baste señalar, pues, que mirando cualquier objeto con la suficiente quietud, se nos revele esa certeza que es pura negatividad a aceptar que podemos llegar a conocer del todo a la cosa.)

Sin más preámbulos pasemos a analizar los dos fragmentos que nos ocupan ahora.


«But the first notion that man has a body distinct form his soul, is to be expunged; this I shall do, by printing in the infernal method, by corrosives, which in Hell are salutary and medicinal, melting apparent surfaces away, and displaying the infinite which was hid.

If the doors of perception were cleansed every thing would appear to man as it is: infinite.

For man has closed himself up, till he sees all things thro’ narrow chinks of this cavern.»

Que en la versión de Fernando Castanedo, Cátedra, Madrid, 2002, se traduce en:

«Pero antes debe erradicarse la noción de que el cuerpo del hombre está separado de su alma. Yo lo haré grabando con la técnica infernal, a base de corrosivos que en el infierno son saludables y medicinales, y que deshacen las superficies aparentes y muestran el infinito que se escondía en ellas.

Si se limpiasen las puertas de la percepción, todas las cosas aparecerían ante el hombre como son: infinitas.

Porque el hombre se ha encerrado, hasta el punto de ver todas las cosas a través de las estrechas grietas de su caverna.»

Y en cuanto a Poe, el más famoso de sus poemas, sobre todo en el clímax de sus últimos párrafos:

«`Prophet!' said I, `thing of evil! - prophet still, if bird or devil! -
Whether tempter sent, or whether tempest tossed thee here ashore,
Desolate yet all undaunted, on this desert land enchanted -
On this home by horror haunted - tell me truly, I implore -
Is there - is there balm in Gilead? - tell me - tell me, I implore!'
Quoth the raven, `Nevermore.'

`Prophet!' said I, `thing of evil! - prophet still, if bird or devil!
By that Heaven that bends above us - by that God we both adore -
Tell this soul with sorrow laden if, within the distant Aidenn,
It shall clasp a sainted maiden whom the angels named Lenore -
Clasp a rare and radiant maiden, whom the angels named Lenore?'
Quoth the raven, `Nevermore.'

`Be that word our sign of parting, bird or fiend!' I shrieked upstarting -
`Get thee back into the tempest and the Night's Plutonian shore!
Leave no black plume as a token of that lie thy soul hath spoken!
Leave my loneliness unbroken! - quit the bust above my door!
Take thy beak from out my heart, and take thy form from off my door!'
Quoth the raven, `Nevermore.'

And the raven, never flitting, still is sitting, still is sitting
On the pallid bust of Pallas just above my chamber door;
And his eyes have all the seeming of a demon's that is dreaming,
And the lamp-light o'er him streaming throws his shadow on the floor;
And my soul from out that shadow that lies floating on the floor
Shall be lifted - nevermore!»

Y para cuya traducción, elijo el trabajo libre que una vez nos encontramos unos amigos y yo en un facímil de un periódico literario mexicano del s. XIX (El Renacimiento), y que es la mejor traducción castellana que he encontrado hasta la fecha. Es una traducción libre de romance endecasílabo con rima asonante y terminación en esdrújula alternada, que aunque no obedece demasiado a la literalidad del poema, conserva, eso sí, su musicalidad y rima: de Ignacio Mariscal, publicado en ‘El Renacimiento’ con fecha de 30 de Marzo de 1867.

«Profeta de dolor, inmundo oráculo,
Ministro aterrador de Satanás,
Ora te envíe Belcebú al Tártaro
Y te arrojara aquí la tempestad
Para engañarme con falaz pronóstico,
O el destino infalible revelar,
«Dime,» exclamé, «por compasión a un mísero
Responde: ¿tendrá término mí mal?
Yo te conjuro por tu dios; respóndeme.»
Y él contestó: «Jamás.»

«Profeta de dolor, inmundo oráculo,
Ministro aterrador de Satanás,
Por ese cielo de esplendor magnífico,
Por su Dios, que obedecen tierra y mar,
Dime si de la tumba tras el límite,
En la región de inmensa claridad,
Podré ver algún día á mi Felícitas,
Y absorto en su belleza virginal,
A un par de los querubes darle un ósculo...»
El respondió: «Jamás»

«Esta sea,» grité, «la prenda única
De nuestra despedida, ave infernal;
Húndete ponto en el profundo báratro,
Tumbos dando al furor del huracán.
No dejes ni una pluma que ni cámara
Me recuerde tu horóscopo fatal.
Vuela ya de ese busto y del vestíbulo;
Suelta, suelta; tu garra pertinaz
Mi alma rompe: retírate, retírate...»
Y él contestó: «Jamás»

Y desde aquella noche el cuervo lóbrego
Posado allí, clavado siempre está
Sobre ese busto de la diosa pálido,
Que le sirve de eterno pedestal.
Fiero demonio vigilando al réprobo,
No aparta de mí un punto su mirar,
Larga sombra arrojando, negra, fúnebre,
Do muere el sol y el luminoso gas...
¡Ay! de esta sombra que enlutó mi espíritu,
¿No he de salir? - ¡Jamás!»

Muy bien, aprovechemos para hacer un anticlímax después de tanto patetismo: hay que recordar que no estamos aquí ni para hablar de Blake ni para hablar de Poe. Que a ellos poca falta les hace que hablen de ellos, ya están muertos (y más los mataríamos si nos dedicáramos a ello). Por el contrario, lo que intentaremos aquí es hablar con ellos, que es distinto.

Lo que quería hacer con estos dos fragmentos, por lo demás, ambos bastante famosos y conocidos, es dar cuenta de dos nociones distintas de eso que verdaderamente nos ocupa que es ‘sin fin’ e ‘infinito’. No nos interesa decir verdad sobre Blake ni sobre Poe, si nos aprovechamos de sus textos es para lo otro, si erramos –o incluso si forzamos- las interpretaciones, que quede por lo menos sentada que no es nuestra intención llegar al fondo de esta cuestión y nada más.

Blake, aclarando que de lo que habla en el fragmento es sobre el nuevo método de impresión de grabados que inventó –al dibujar directamente sobre la plancha de metal con distintos materiales corrosivos, en vez de el trabajo artesanal que requería, primero el dibujo, después la manufacturación de un negativo para poder utilizarlo de troquel y marcar sobre la plancha la imagen y con ello finalmente grabar-, pero aprovecha para dar un giro a la mera descripción de la impresión, para hablar sobre las cosas: las superficies si acaso.

Puede haber un resabio de platonismo, un intento de ver lo que hay ‘verdadero’ –y por tanto más real- debajo de la cosa, pero lo cierto es que vamos a procurar quedarnos con la indicación puramente negativa: a saber, que lo que vemos no es la cosa. Que la cosa, en sí y de normal, no se deja ver. Que se esconde entre la cotidianidad de la superficie, que se disimula por efecto de un misterio bastante extraño al que aún no le encuentro explicación –no sin invocar a cosas tan problemáticas y vacías como: amor, deseo, poder, que no dicen nada realmente-, y nos parece que son una: que tienen superficie, que las cosas verdaderamente pueden tener superficie, que pueden ser unas, que son materia, que están en la Realidad y que con ella interactuamos.

Esto, naturalmente, es falso: es falso apenas nos lanzamos a entender la propia noción de superficie, la propia noción de materia, la propia noción de uno, de cosa… se abre un verdadero abismo oscuro –no vacío de cosas, sino vacío de la concatenación con el Sistema de la Realidad-, y lo que tenemos frente a nosotros es una especie de caos sin fin de razones cuyo único orden estriba en la sucesión de una tras la otra.

(Poner un ejemplo es un poco largo, pero quizá adecuado: nos basta con acudir a uno de los más antiguos razonamientos de las cosas, con el de Zenón y sus paradojas… si ya creemos pues que una cosa se compone de superficie, por ejemplo, la mesa sobre la que escribo, y hacemos la clásica división por la mitad hacia el infinito… y vamos partiendo cada trozo mitad por mitad, hay que preguntarnos: ¿alguna vez llegará a desaparecer la superficie? Si realmente la solidez es una propiedad de la superficie o acaso la superficie es únicamente un signo propio del lenguaje visual que nos hace suponer a los objetos externos, tal y como decía Berkeley en su Nuevo Ensayo sobre la teoría de la Visión –vuelvo a reiterar que queda pendiente una entrada sobre la visión, la luz y su evolución en el tiempo: junto con la historia del alma y la prehistoria de ciertos vocablos filosóficos, es la historia de la luz la que más urge realizar-. Y en fin, que cualquier cosa que se nos atraviese ante los sentidos y que juzguemos como ‘normal’, ‘natural’, ‘delimitada’, ‘definida’, nos basta con aplicar un poco el sentido común para que a la cosa misma se le vayan cayendo, uno a uno, todas las notas fijas y sólidas que tenía)

Blake dice: ‘limpiar las puertas de la percepción’ y aunque no cabe duda que en su día, el grabador recibió influencia tanto de las lecturas de los empiristas como de Berkeley –tal y como se puede ver en sus primeros trabajos como Todas las religiones son una y No hay religión natural y en las anotaciones de sus diarios-, sin embargo lo más acertado
decir es que es por medio de un acercamiento a desnudo a la cosa –que tiene tanto que ver con la razón como con el corazón- que encuentra eso de infinito que tiene encerrada dentro.

Tal y como dice Chesterton de su cuadro El fantasma de una pulga, con su habitual, pero algo mareante, ingenio:

«Si puede garantizarse que Blake estaba interesado, no en una pulga, sino en la idea de una pulga, podemos preceder al siguiente paso, que es uno particularmente importante. Todo gran místico va con una lente de aumento. Ve a cada pulga como un gigante –quizá tanto como un ogro. Yo he hablado de un alto castillo en el que este gigante mora; pero es más que eso, esa torre enorme es un microscopio. No se negará que Blake muestra la mejor parte de la actitud de un místico al ver que el alma de una pulga es diez mil veces más grande que una pulga.»

Queda el problema de ‘infinito’, ciertamente Blake utiliza la palabra infinite pero sin duda, en el fragmento lo utiliza todavía como sinónimo de ‘sin fin’, esto es, como el adjetivo ya propiamente entregado: ‘sin fin’. Las cosas, luego, son sin fin, abiertas al abismo de sí mismas, cayéndose perpetuamente de la Realidad: y sólo hace falta contemplarlas límpidamente para ver que no son lo que son. (Aunque digamos siempre que ‘infinito’ es una palabra demasiado equívoca, aún como adejetivo porque tendemos a suponer que se puede ‘saber’ qué sea)

El segundo caso, el de Poe, es totalmente diferente. Ojo, no debemos dejar engañarnos por la aparición del tiempo. Tiempo y espacio sean más o menos lo mismo si se autodenominan como infinitos: ¿pero dónde está el infinito en el Cuervo de Poe? Sencillo: en su ‘nunca más’, en su ‘nevermore’.

‘Nunca más’ es la expresión que delimita el inicio de un tiempo que no llegará. El tiempo de contemplar a Leonor, el tiempo de hundirse acaso con ella en el abrazo de la muerte. Nunca es simplemente la forma complementaria de Todo, y por lo tanto ambos pretenden ser infinitos –rodear todo lo que la cosa es y que en sus límites mismos se encuentre la nada: luego es infinita-.

Poe, aunque habla del tiempo, del futuro, está claro que el bucle demencial al que se refiere es al bucle de lo infinito, al tormento infernal del tiempo que no se cumple jamás: a la condena siempre pospuesta –pero condena al fin- de la muerte.

Es el tiempo sin final que a la vez tiene fin en la meta de la contemplación de Leonor. Es propiamente la noción contradictoria –y sin embargo bastante real- de infinitud, de lo infinito. De esta manera, el poeta se ve arrojado a un tiempo ‘sin fin’ pero cuya visión se estira hasta el límite de la meta:

It shall clasp a sainted maiden whom the angels named Lenore -
Clasp a rare and radiant maiden, whom the angels named Lenore?'
Quoth the raven, `Nevermore.'

La negritud del cuervo y su percistencia en únicamente repetir constantemente: ‘nunca más’, es acaso quizá el símbolo mismo de la Realidad que pretende imponer, sin más razonamiento que su propio haber en el mundo –ya que, ¿quién lo duda?, a pesar de ser una viva contradicción, un imposible, lo infinito existe en el mundo: en los números naturales, en el tiempo, en las teorías del universo, en la muerte, etc.-, subyuga, somete y funciona justamente para mantener las divisiones constantes en la que se va construyendo la realidad. Por ejemplo, que los muertos están muertos y no puede uno seguir enamorado de ellos.

(Lo importante en esta división es que los que supuestamente estamos vivos nos jugamos mucho en ello: la muerte de los muertos es también la muerte de los vivos.)

Naturalmente, poco hace falta añadir: el análisis, si es que a esto se le puede llamar eso, lo que pretende mostrar es cómo ‘sin fin’ es siempre una amenaza para la Realidad, una amenaza constante para cualquier cosa… no porque la aniquile, sino porque difumina su integridad, deshace sus límites, le quita lo de Uno con que la Realidad siempre pretende estar condenando a las cosas.

En cambio lo infinito no es más que una trampa, una domesticación falsa del misterio del tiempo y de la muerte: nadie sabe lo que es infinito, nadie lo sabe porque para saberlo se necesita un fin. No hay fin, aunque la Realidad siempre pretenda clausurar al mundo, constantemente, para que sus operaciones, ya bursátiles, ya aritméticas… sigan teniendo sentido.





‘Awake! Awake O sleeper of the land of shadows, wake! expand!
I am in you and you in me, mutual in love divine:
Fibres of love form man to man thro’ Albion’s pleasant land...'


miércoles, enero 06, 2010

Don: L'América






lunes, enero 04, 2010

Notas al margen: Drogas

No hay cosa de la que tengamos que tener más recelo y sospecha sino de aquello que tiene éxito. Da igual, qué sea… si un libro, una película, un producto para adelgazar o una refresco de cola. Si tiene éxito por lo general, y salvo contadas excepciones, es porque, naturalmente, ayuda a la Realidad a perpetuarse…

Y lo que no… por lo general es el éxito mismo y su traducción en la gracia Divina (por otro nombre llamado DINERO), el que acaba por matar lo vivo que pueda haber en aquella cosa que pudo haber nacido de una inquietud viva y clara.

Por ello no nos queda más remedio que desconfiar muy mucho de las drogas, de su éxito entre los jóvenes, de su consumo entre los cuerpos. No vamos a apelar aquí a las saludes, ni a las nutriciones –que por otro lado, también su éxito tienen y de alguna manera mantienen igualmente en cintura a la Realidad misma para que no se desbarajuste ni se desbarre demasiado, como parece querer estar haciéndolo a cada momento. No. Que al fin y al cabo, de esas estupideces sobre la salud abundan demasiadas por ahí para que aquí tengan lugar… y tan llena de falacias como la supuesta diversión y ocio a la que se aspira con la droga.

La falacia de la nutrición es prácticamente la misma que la de la droga: que el cuerpo es de uno. ¡De uno! Como si uno y su cuerpo no fueran la misma cosa y que hay otra cosa que puede decidir sobre su cuerpo y decir: «¡A partir del año 2010, dieta rigurosa!» o «Mañana dejo de fumar» o cualquiera de esas militarizaciones de la vida diaria. Que lo mismo dice: «Hasta que el cuerpo aguante» o «¡Viva la pepa! Ponme otra sangría, que el cuerpo lo pide», o rayitas e inyecciones, maría y hachís, todo circulando de aquí para allá junto con las drogas más o menos duras desde el alcohol hasta el LSD y toda la madre que lo parió.

Naturalmente… todo esto para que la fiesta no se venga al suelo en el mismo palmo de sus narices, para que no se vea, en un momento de claridad inesperada, que estar en una discoteca es un asqueroso tormento como pocos, donde el almita tiembla de la música estúpida que resuena para estupidizarse más y no escuchar el sentido común que el está diciendo: «Vaya trabajo este de divertirse». Y ahí está la rayita de coca, el porrito de maría, la sangría de alto octanaje, para suspender esa operación del sentido común definitivamente.

Para sumergir la cabeza de lleno en la mierda de la Realidad y pegar una bocanada de porquería y pasárselo en grande… ¿o no?

lunes, diciembre 14, 2009

Excursus: Caruso o del cantar

Teniendo una de las peores voces que se recuerdan en todo el cafetín de la Ballena Alegre, el prof. Orejuela Tapia nunca dejó de cantar. Cantaba en el tranvía, en la acera, en el aula, en el bar, en… bueno en todos los lugares que encontraba. Siempre recordaba con nostalgia cuando, de pequeño, salía con sus hermanos a largas excursiones a través de Sierra Morena y no hacían mas que cantar canciones populares o recitar versitos, coplas y hasta algún que otro pase flamenquito que sonrojaría a más de un cantaor actual.

Sin embargo, nada de esto fue nunca pura mera superficialidad, puro ánimo de entretener las almas, como se hace hoy día con todo arte y espectáculo. No. No soportaba los conciertos ni toleraba las cupleteras ni sevillanas. «Sólo una vez» admitió, «me escapé de la mili para ir a ver a Camarón… e incluso esa vez no sabría yo decirle si aquello era por ver al gitano o más bien por… escaparme de la mili.»

Si cantaba era porque siempre creyó que el cantar tenía sentido y nada más.

Este documento, en una conversación con uno de sus alumnos más brillantes –quizá demasiado brillante- en plena cátedra se puede ver el ejemplo. Esta grabación es de una clase de teología en donde se analizaba el canto de los pájaros –uno de los temas favoritos del buen profesor- y saber si acaso los pajarillos cantaban. Esta grabada en el local de la E.P.S.S. en 1978 ó 79. (J. Ch. de la C.)


Caruso: Pero profesor, sinceramente, ¿qué demonios hacemos aquí cantando? ¡Siempre con sus cancionistas! ¿No se supone que esta bella cátedra de teología se instauró para ser buenos ateos?

Orejuela: Caruso, querido, quizá si cantaras un poquito…

C: Yo no quiero cantar… eso no sirve para nada.

O: ¿Qué no sirve? Eso depende de a lo que llames servir, claro está. Si crees que servir es hacer un servicio a las cosas Reales, seguramente no… no hay nada que cambie con el hecho de que tú cantes. No erradicarás la pobreza, no serás un mejor ateo, ni atentarás de manera grave y decisiva contra el capitalismo occidental…

C: Entonces… no sirve.

O: Pero también, cabe la posibilidad, querido, ¿no sé si te haz parado a pensar? De que quizá si llamamos ‘servir’ a hacer un servicio contra las cosas reales… entonces, puede que sí que sirva nos un poquito, ¿cómo no?

C: Pues, no veo yo que cosa útil puede desprenderse de entonar sevillanas ni pasodobles, o esos romances medievales que de vez en cuando suenan en sus labios…

O: Eso es porque quizá nunca hayas cantado… lo que se dice cantado. ¿No haz oído eso tan popular de que el que canta su mal espanta?

C: ¡Y ahora salta con refranes!

O: ¿Y cuál será el mal que tengamos que espantarte a ti, Caruso querido?

C: ¿Males? ¡Dios! ¡Capital! ¡Estado!

O: (Risas) ¡Bueno, bueno! Tendrás que ejercer un buen terror para espantar a esos que son la viva flor del espanto. Pero, ya en serio, Carusito, que no te veo yo aquí –en esta triste y humilde farsa de cátedra- por la labor de ir erradicando todos esos males que dices…

C: Pues en eso estoy confiado de que los camaradas me ayuden en la lucha.

O: Mmmm… no veo yo por aquí ni camaradas ni ninguna otra lucha que nos traemos con males tan particulares, tan… ¿cómo decirlo? ¿Mundanos? (No sé yo si es la palabra correcta)…

C: ¿Cómo que mundanos, profesor? ¿Es que acaso cree que luchar contra el capitalismo es algo mundano?

O: Por lo menos desde una cátedra de teología no me cabe la menor duda… pero, siendo claros, amigo… ¿No crees que esos males que nombras no son sino la personificación de otra cosa más general?

C: ¿A qué se refiere?

O: Pues que lo que se esconde de tras de esos males que tú nombras es otra cosa que está por debajo de ellos y que si nombramos nombres tales como ‘estado’, ‘política’, ‘capital’, ‘dios’, o incluso unos más particulares como ‘Kennedy’ o ‘Franco’ o ‘dólar’ o ‘Jeohvá’, ¿no crees que hay algo por encima de todos ellos que está ahí preennemente manchandolo todo como si fuera que estos nombres –y a las supuestas cosas que representan, porque cada vez me convenzo más que la cosa misma es su propio nombre y nada más- y que los hermana con alguna cosa?

C: ¿Se refiere usted al ‘poder’?

O: No, porque el poder también vendría a ser una figura de esa otra cosa… yo creo que lo que está por encima, hasta de Dios, es la Fe. Fe que se va personificando en cada cosita particular de la que hablas: políticos, dineros y dioses.

C: Profesor, en algún momento me he perdido o acaso estará intentando confundirme para dejarme en ridículo ante este auditorio, pero… ¿qué demonios tiene que ver esto con el cantar?

O: No, no te haz perdido, Caruso de mi alma… no. Pues es muy sencillo: que el cantar a veces puede espantarte el mal más grande que uno puede tener encima… ¡un mal que es también un figurín más de esa fe que alimenta y da soporte a los poderes!

C: ¿Cuál, profesor?

O: Pues la persona misma… cuando se canta, y se canta bien, uno se empieza a desdibujar y la voz ya no es la de uno. Se vuelve todo un pequeño amasijo de sonidos y las palabras que le saltan a la boca no… no son nuestras…

C: ¡Menuda tontería!

O: Canta un poquito, Caruso, canta un poquito, verás como vas espantando tu mal…

C: Ni hablar, yo me voy, tengo cosas más importantes que hacer que ponerme a cantar con un atajo de vagos, ¡la lucha verdadera me espera! ¡Salud, camaradas, que encontréis el recto camino!

(Portazo.)

O: Pues eso, muchachos, el que canta su mal espanta… para comprobarlo sólo hace falta ver cómo hemos conjurado al pobre Caruso… En fin, vamos desde la primera estrofa, ¿les parece? Tina, marca tú el tiempo… que a veces no hay nada cómo dejarse llevar por el tiempo de otro… el tiempo ese que es puro correr sin medida…


jueves, diciembre 10, 2009

Fiestas


Ya vuelven otra vez esas fiestucas fúnebres para ir matando el aburrimiento del año… ¡Qué importante es matar al aburrimiento! No se vaya a dar uno cuenta, en esa flor viva de razón que suele revivir cuando esa vorágine de los trabajos se detiene un poquito, de que es uno el que ya está bien muertito y embalsamado.

Ay, y es que yo ya no sé que me da más tristeza. No lo sé… si acaso la rabiosa alegría con que se lanzan a la calle los mozos a tirar sus artificios de pólvora y repartir alcoholes, justo y sólo en el momento, en el que Dios se lo manda, o si acaso la ansiedad enloquecedora de ver las lucecitas de los centros comerciales rebosantes de familias dispuestas a entregarse a las delirantes orgías del Amor que el Señor nos da en forma de Santa Closes y ofertuchas en regalazos a tuti plé, o será la cogorza atragantada de la Santa Familia de Misterios siemprenvuelta que se abrazan en la más extraña de las cenas del año…

Pero no… ¿saben qué es lo que más me entristece? Pues que con el haber yéndome creciendo… y que yo creía que esto era pura hipocresía. Que no podía ser así, que no había manera de que esta mentira se sostuviese por tanto tiempo, de pronto me encontré en mí mismo ese terror malsano. Esa angustia por el festejo, esa gana de morirme en la borrachera más grande del año, de ver en mí y en mis alrededores próximos la fe de las Navidades… ¡eso fue lo que acabó por matarme!

¡Qué esto era de verdad! Que no había mentira por debajo…

Que se siente un no sé qué de angustia que acaba a uno por volverlo loco si no festeja, si no tira los cuetes, si no se abre unas cervecitas, sino corta el pavo… y sólo con una fuerza de voluntad, más poderosa que yo mismo, a veces sumido en el más totalitario de los olvidos, he conseguido sobrevivir a estas Fiestas en años pasados… increpando a unos, gritándole a otros, llorando a solas, cagandomeenlaputamarserena de la Realidad entera, y…

¡Y esa fe que le tenía yo, sin saberlo ni quererlo, a la Fiesta, sólo se la podía quitar, quitándome yo de en medio! Sólo la podía romper a condición de romperme yo.

Y quizá pasó, no sé.

Y ahora, vuelven. Y quería decir lo triste que son: Que cuando el cariño se hace carne en un puto brindis de mierda, está ahí todo el amor de la Santa Familia que se entrega a sí misma todo el alcance de su Vida. Que no… que no hay más.

Bueno… no hay más en la Realidad. Y quizá ese es el error (mío y de todos los Santos Suicidas que este año nos abandonarán) que aún seguimos esperando algo que nos llueva desde arriba: de la Familia, del Niñito Jesús o de Santo Nicolás de Bari el alcahuete turco.

No lo sé.

Sólo se que hubo un Verbo… y que se le quiere callar desesperadamente a base de cogorzas de güisqui y coca-cola… que la Realidad necesita que guarde silencio… y poco más.




Oy comamos y bebamos
y cantemos y holguemos
que mañana ayunaramos.

Por onrra de san Antruejo
paremonos oy bien anchos,
enbutamos estos panchos,
rrecalquemos el pellejo,
que costumbres de concejo
que todos oy nos hartemos,
que mañana ayunaremos.

Honremos a tan buen santo,
porque en hambre nos acorra,
comamos a calcaporra,
que mañana hay gran quebranto.

Comamos, bebamos tanto,
hasta que nos reventemos,
que mañana ayunaremos.

Bebe Bras, más tú, Beneyto,
beba Pidruelo y Llorente,
bebe tú primeramente,
quitarnos has deste preito.
En beber bien me deleyto,
daca, daca, beberemos,
que mañana ayunaremos.

Tomemos oy gasajado,
que manana viene la muerte,
bebamos, comamos huerte,
vamonos para el ganado,
no perderemos bocado,
que comiendo nos iremos,
que mañana ayunaremos.

(Cancionero de Juan de la Encina, 1492)